Introducción

Laura Gherlone

El nombre de Iuri Lotman (1922-1993) está ligado generalmente a la llamada Escuela Semiótica de Tartu-Moscú (Тартускомосковская семиотическая школа): un grupo de investigadores soviéticos que se formó en 1964, llevando a cabo un programa de investigación interdisciplinar sobre el lenguaje y disciplinas afines (poética, literatura, folclore, etc.). Fue en ese año que Lotman publicó en Estonia el primer número de los Trabajos sobre los sistemas sígnicos (Труды по знаковым системам), una revista académica dedicada a los estudios semióticos que recogerá hasta 1992 las instancias teóricas de este grupo de científicos. Durante ese mismo año, además, se celebró en Kääriku (Estonia) el primero de los cuatro encuentros de verano de la Escuela (1964; 1966; 1968; 1970), reuniones bienales que representarían el núcleo de la elaboración conceptual de la misma (para un estudio más detallado véase, en particular, Salupere, Torop y Kull 2013, Velmezova 2015; Pilshchikov y Trunin 2016; Epstein 2018; Gherlone 2020; Avtonomova 2021).

Pero, ¿por qué Estonia? Entre 1949 y 1951, la Universidad de Leningrado, uno de los dos centros académicos de la intelliguentsia[1] rusa, fue víctima de las duras purgas estalinistas, y aquellos que, como Lotman (de origen judío), habían emprendido o emprendían la docencia en la universidad leningradense tuvieron que renunciar a ella, expatriarse o elegir la “frontera”. Lotman había completado allí sus estudios de filología, obteniendo su título una vez finalizada la Gran Guerra Patria −entre 1940 y 1945 se había incorporado, de hecho, al ejército soviético (del que fue desafectado en 1946), experiencia que le marcaría para el resto de su vida y alimentaría sus reflexiones teórico-literarias y semióticas (véase Kuzóvkina 2019)[2]−. Por ello, se encontró estudiando y trabajando en un entorno académico en el que, a finales de los años 40, se concentraban casi todos los grandes teóricos de la escuela formalista de los años 20: Vladímir Propp, Borís Eijenbaum, Borís Tomashevski, Viktor Zhirmunski, por nombrar algunos. Aunque tuvo que abandonar la universidad de Leningrado, la lección tardoformalista marcará profundamente la futura semiótica de Lotman (véase Lotman 2008/2009 [1992-1993]).

En 1954 la Universidad de Tartu le dio la oportunidad de continuar su actividad como académico, ofreciéndole a partir de 1963 la cátedra de literatura rusa (en particular de los siglos XVIII y XIX) [3]: una oportunidad que transformó una “mutilación” en una condición fructífera y libre de intercambio intelectual.

[…] viajé a Tartu, donde me quedé para el resto de mi vida. El desconocimiento de la lengua y de la situación, y también la estupidez imperdonable que me acompañó durante toda la vida, me impedían ver lo trágico de la realidad en la que nos encontrábamos. Yo sinceramente consideraba la situación como idílica: el trabajo con los estudiantes ofrecía una enorme satisfacción; una buena biblioteca permitía avanzar los capítulos de la tesis de candidato, básicamente ya terminada; la amistad con el círculo de jóvenes estudiosos de la literatura que en esta época habitaban en Tartu. Todo eso creaba para mí una sensación de felicidad permanente. De cuatro a seis horas de clase al día no cansaban y el descubrimiento inesperado de que en el transcurso de la clase era capaz de llegar a unas ideas fundamentalmente nuevas y que al final del día se me habían acumulado concepciones interesantes y antes desconocidas para mí, literalmente daba alas. (Lotman 2008/2009 [1995]: 135).

El propio Lotman destacó la colegialidad de las reuniones como una característica esencial del trabajo de investigación en la nueva Escuela:

En Tartu se formó un grupo que no era muy grande, pero trabajaba intensamente y constantemente intercambiaba discusiones sobre temas teóricos e histórico-literarios. Nos reuníamos muy fruentemente y discutíamos durante horas. […] En resumen, vivíamos en un ambiente intenso y extraordinariamente atractivo. Si conseguíamos hacer un viaje a Leningrado o a Moscú, era solo para meternos en los archivos hasta las orejas. (Lotman 2008/2009 [1995]: 138).

La ubicación en Estonia, lejos de las fáciles acciones represivas, y un clima cultural extraordinariamente fértil favorecieron el nacimiento de esa pluralidad de perspectivas y matices metodológicos (a veces contradictorios) que caracterizó la investigación semiótica en la Escuela de Tartu-Moscú: la continuidad con la herencia cultural rusa y su recomprensión a la luz de la nuevas instancias procedentes de las ciencias naturales y las humanidades (como la cibernética y la teoría de la información), la tensión hacia una visión sintética de estas dos en búsqueda de una cosmovisión cultural, la problemática y nunca resuelta elaboración de una metodología que dé cuenta de la complejidad de la realidad[4].

La última página de No-memorias (Не-мемуары), además de ser el testamento intelectual de Lotman, es la síntesis de la “inquietud” epistemológica que acompañó a la escuela de Tartu-Moscú y que, sobre todo en las obras de Lotman, se tradujo en abruptos cambios de perspectiva y método.

La serpiente crece, mudando de piel. Es una expresión simbólica exacta del progreso científico. Para permanecer fiel a sí mismo, el proceso de desarrollo cultural debe radicalmente cambiarse a tiempo. La vieja piel se hace estrecha y ya no protege, sino que frena el crecimiento. Durante la vida científica yo, junto con la Escuela de Tartu, he tenido que mudar la vieja piel varias veces. (Lotman 2008/2009 [1995]: 148).

En particular, a partir de la segunda mitad de los años ochenta y hasta 1993, Lotman elaboró una ciencia de la cultura cada vez más abierta, interdisciplinaria y atenta a la dimensión histórica de los procesos semióticos[5].

Esta visión se debe en particular al concepto de semiosfera, término que el autor acuñó en 1984 para explicar la realidad cronotópica de la cultura, es decir, su carácter de sistema complejo, según el siguiente conjunto de ideas:

(i) el texto, a través de (al menos dos) lenguajes que lo modelizan, es el dispositivo mínimo mediante el cual los humanos se comunican, es decir, transmiten información compleja en el tiempo y el espacio;

(ii) un “texto puede existir (es decir, ser reconocido socialmente como un texto) si está precedido por otro texto” (Lotman y Uspenski [1982] 2016: 544): esto implica que los textos se mueven –y se hacen inteligibles– en el espacio-tiempo de las culturas a través de su continua y mutua traducción intersemiótica (o políglota), que enriquece y transforma su significado;

(iii) el conocimiento de la realidad por parte de los seres humanos tiene lugar fundamentalmente a través de la comunicación, es decir, dentro de una esfera semiótica intertextual (o semiosfera), que moldea la cultura;

(iv) lo que pertenece a la extracultura es fatalmente incognoscible, a menos que se traduzca en forma de texto a través de los códigos lingüístico-comunicativos culturales;

(v) la traducción continua de la extracultura implica un extraordinario esfuerzo semiótico para articular/introducir lo “ajeno” (lo desconocido, lo inexpresable, lo extrasemiótico) en la cultura;

(vi) dicho esfuerzo es el que, a su vez, multiplica la traducción intertextual dentro de la cultura, dando lugar a un crecimiento semiótico exponencial[6].

Dicho de otro modo, para tener acceso a una forma culturalizada del mundo (o realidad extracultural) necesitamos interactuar a través de una “capa semiótica inestable, porosa y no reducible [que] nos sumerge en un mundo de puntos de vista diferentes. Al cruzarse, colisionar y contradecirse entre sí, [estos puntos de vista] nos proporcionan tal variedad de proyecciones diferentes del mundo” que llegan “a brindar a nuestro conocimiento un carácter volumétrico (объёмный)” (Lotman 1992-1993). Esta totalidad interrelacionada de traducciones (es decir, la dinámica de las interacciones entre los seres humanos y entre éstos y el entorno vivo y no vivo) es lo que genera la cultura, una “peculiar ecología de la sociedad humana” (Lotman 2005 [1989]: 470).

La fascinación de Lotman por las interrelaciones textuales que, a su juicio, hacen inteligible el mundo, lo llevó, en la última fase de su parábola intelectual, a considerar sobre todo aquellos momentos en los que dicha capa semiótica inestable (los puntos de vista que se cruzan, colisionan y se contradicen) genera la “explosión”, haciendo que la historia evolucione de forma impredecible: una historia compuesta por hombres que, como las partículas de un experimento (por utilizar la similitud química tan querida por Lotman), se descubren cada vez más sometidos a la ley de la indeterminación −no piezas de un mosaico ordenado, sino individualidades de un proceso colectivo en el que su encuentro continuo (a veces intencionado, a veces aleatorio) genera un espacio-tiempo multidimensional, denso de sentido y en continuo crecimiento y acumulación. Lotman escribe en la monografía Cultura y explosión (Культура и взрыв):

Un campo minado (заминированное поле) con impredecibles puntos de explosión y un río de primavera con su poderoso, pero direccional flujo: éstas son las dos imágenes visuales que surgen en la mente de un historiador atento a los procesos dinámicos (explosivos) y graduales. (Lotman 1992: 19)

En los escritos de 1986 a 1993 se produjo un encuentro epistemológico entre los conceptos científicos de predictibilidad e inestabilidad (o bifurcación) −según la perspectiva del inspirador del “último” Lotman, el Premio Nobel de Química Iliá Prigogine− y los conceptos semióticos de gradualidad y explosión de significado: un encuentro que se convirtió en el medium a través del cual nuestro autor comenzó a releer la historia de la cultura rusa, emprendiendo un trabajo intelectual de deconstrucción de una determinada Weltanschauung que, especialmente en esta parte del mundo, se basaba precisamente en una visión determinista y binaria, generando cambios históricos a menudo abruptos y traumáticos. Es bien conocida por los estudiosos “la proverbial (y excesivamente simplificada) imagen de la cultura rusa como un lugar únicamente de extremos en blanco y negro e ideales maximalistas” (Emerson 2008: 18): imagen que la misma autoconsciencia rusa ha alimentado reiteradamente desde la Edad Media, encontrando luego en los llamados Tiempos Turbulentos (Смутное время) una especie de patrón (o guión) histórico-cultural autodescriptivo[7].

La explosión, en la visión lotmaniana de la monografía Los mecanismos impredecibles de la cultura (Непредсказуемые механизмы культуры), es una fuerza que

rompe la cadena de causas y efectos y hace aflorar un espacio dentro del cual surge un conjunto de acontecimientos igualmente probables. En esta situación, es esencialmente imposible predecir cuál de estos eventos se realizará. El momento de la explosión se sitúa en la intersección del pasado y el futuro y es como si fuera sacado del tiempo[8]. (Lotman 2010 [1993]: 46)

Admitir que la historia puede manifestarse a través de momentos “atmosféricos” o explosivos densos de significado indeterminado (casi como si el tiempo estuviera suspendido) significa cambiar la forma de interpretar los acontecimientos: no basándose solo en las “narraciones” del pasado (ya que la memoria puede resultar una mala guía) sino haciendo dialogar la experiencia acumulada con la posibilidad y el azar, y asumiendo así la incertidumbre no como un defecto sino como una posibilidad de evolución creativa (para una profundización véase Tamm 2019) −en esta perspectiva Lotman era ciertamente heredero de Pushkin según el cual el Azar es el dios inventor y la vida es realmente vida si incluye los accidentes impredecibles (случай) −. Nuestro autor llegó a imaginar la historia como un proceso dinámico hecho de antinomias que puede ser transformado tanto por la conciencia y la acción individuales como por las colectivas, tanto por la explosión inventiva como por la secuencialidad lógica[9].

La idea de un tiempo abierto y múltiple del camino de la humanidad fue, sin duda, el resultado de un presentimiento: la inminente “explosión” histórica (la disolución de la Unión Soviética) que habría arrasado a Lotman y todo su universo cultural y que él, como un “sismógrafo”, advertía profundamente. Esto le llevó a dejar un legado a la posteridad, invitando a pensar en el futuro no como un “todo ya escrito” sino como un camino abierto a la co-construcción individual y colectiva. En el ensayo Sobre la literatura rusa del período clásico (1992)[10], presentado en este número de Eslavia, se lee en esta amplia cita:

El pasado se forma a partir de leyes que son predecibles desde el punto de vista del presente. El futuro, en cambio, se construye con leyes mucho más complejas donde siempre está presente la posibilidad de elegir entre diferentes caminos, así como el azar en la determinación de esta elección. Por ello el futuro es siempre menos organizado y siempre incluye en sí lo impredecible, es decir, el futuro siempre es informativo. La famosa idea de Einstein de que para el Señor no existe el azar y que, por tanto, no existe el futuro, necesita de una corrección. Más correcto sería decir que para el Señor el mundo es un experimento que contiene en el futuro el azar y en el pasado la regularidad. Podría incluso decirse que el mundo es un mecanismo especial que convierte el azar en regularidad y transforma el movimiento explosivo e impredecible en gradual y predecible, y puede que allí radique su sentido. En lo que respecta al momento presente, detenta dos posibilidades de realización: la posibilidad de las personas de reconocer el presente como pasado, es decir, como predecible, como resultante de lo pasado, y la posibilidad de reconocer el presente como orientado al futuro, es decir, como impredecible, explosivo y, si se quiere, revolucionario. Esta doble posibilidad de concepción del presente −con las categorías del pasado y del futuro− está ligada aún con otra posibilidad: la de concebir el pasado con las categorías del futuro y el futuro con las categorías del pasado, de ver en el futuro una rigurosa predictibilidad y, en el pasado, una acumulación informativa de diversas posibilidades. Por lo tanto, el proceso que estamos discutiendo posee una excepcional complejidad y, de acuerdo con el punto de vista que adoptemos, no solo modifica su presente, no solo transforma su pasado −que, en la práctica, lejos de tener un final, se encuentra siempre en estado de autodesarrollo−, sino también el futuro. El historiador se encuentra, como quien dice, en el corazón mismo del proceso dinámico. (Lotman 2021 [1992])

En este y en el siguiente número de Eslavia dedicados a Lotman −y patrocinados por la Sociedad Argentina Dostoievski con el apoyo de la Universidad de Tallin a través de la agencia Elkost− queremos ofrecer al lector y lectora latinoamericano/a una muestra de la dinamicidad de la que habla nuestro autor. Hemos optado por traducir y presentar textos que, por un lado, recogen la tradición literaria rusa desde el siglo XVIII hasta la actualidad (véase el ensayo sobre Iósif Brodski) y, por otro, ponen de relieve la capacidad de Lotman para vislumbrar −a través de lo que él llama “comparaciones tipológicas”− los vínculos semiótico-culturales entre escritores y movimientos literario-artísticos de diferentes épocas: es decir, esos núcleos de sentido que, como “llamaradas extraordinariamente brillantes, casi espasmódicas” (Lotman 1996 [1985]: 161), surgen de forma transhistórica  y hacen que la cultura rusa se perciba como algo extremadamente peculiar y, al mismo tiempo, asombrosamente universal.

El/la lector/a se encontrará con uno de los primeros ensayos escritos por Lotman, Las vías de desarrollo de la prosa ilustrada rusa del siglo XVIII de 1961[11], y se dará cuenta de que desde el principio su interés se dirigió hacia los caminos evolutivos (пути развития), que −en la visión de Lotman− siempre tienen que ver con el encuentro con la alteridad, con lo diferente. En el caso del mencionado ensayo es el encuentro con Europa occidental (especialmente con Francia): un universo cultural que penetró en las fibras más profundas de la intelliguentsia rusa y que, si bien desde un punto de vista promovió e impuso una modernización brusca y traumática (así como un conjunto de ideas, valores y conductas  ajenos), por otro lado constituyó un motor de tal potencia que −como leemos en el ensayo de treinta años más tarde, Sobre la literatura rusa del período clásico (1992)− llevó en pocos años a la literatura rusa a la cumbre artística, convirtiéndola no solo “en una literatura mundial, sino también [en] un fenómeno de una unidad orgánica” (Lotman 2021 [1992]): mirando al otro, Rusia se encontró a sí misma, transformándose desde  adentro. Esta perspectiva también se contempla en el ensayo”Arcaístas ilustrados de 1986, donde, hablando de la relación entre lo “propio” y lo “ajeno”, Lotman introduce la tensión entre el “centro” y la periferia” y la necesidad de la traducción. La dinámica de la penetración de la Ilustración europea (francesa) en tierra rusa fue el ejemplo, según nuestro autor, de cómo en realidad un proceso de difusión cultural es algo necesariamente dinámico, es decir,

es invariablemente a la vez una transformación, y cada una de las regiones culturales periféricas interviene no como un depósito pasivo de ideas y textos llegados de fuera, sino como socio activo en el diálogo comunicacional. La actividad se manifiesta, en particular, en que la cultura transmitida desde fuera “se traduce” con ayuda de los códigos culturales ya existentes en una cultura dada y de esa manera se inserta en los marcos de la historia cultural nacional. (Lotman 2021 [1986])

La poderosa “traducción” (la rusificación en clave socio-utópica) de la Ilustración occidental que tuvo lugar en Rusia a principios del siglo XVIII −como podemos ver en los ensayos Pushkin. Bosquejo de la obra de 1989, La literatura rusa de la época pospetrina y la tradición cristiana de 1991 y El “hombre corriente” y el “ser excepcional” de 1993– hizo que la periferia se transformara en centro y la literatura rusa generara esos rasgos marcadamente nacionales que encuentran una de sus máximas expresiones en el escritor-profeta: una figura primariamente social que no solo sabe contar la realidad, sino que se hace cargo de ella, redescubriendo y sacando de las profundidades del pasado la sacralidad de la Palabra:

Precisamente esta capacidad de fortalecer la autoridad de la palabra con el martirio es lo que da derecho al lugar de profeta. Esta tradición resultó ser más sólida que las cambiantes épocas de la evolución literaria. […] la imagen [gogoliana] de una vida errante, de una vida constantemente bajo techo ajeno, la renuncia por principio a la cotidianidad, en combinación con la ingenua creencia en el derecho a instalarse en una casa ajena −creencia que a muchos irrita e incluso puede parecer indiscreta−, reproducían claramente los ideales de esa santidad errante e indigente a la que tiene derecho quien profetiza en nombre de Dios o es un loco en Cristo. También podríamos mencionar los tormentos que a Lev Tolstói le causaba saber que no vivía como predicaba. (Lotman 2021 [1993])

Finalmente, el/la lector/a encontrará en el ensayo Entre el objeto y el vacío de 1990 la encarnación del escritor-profeta (exiliado), Iósif Brodski, en quien la palabra es la única capaz de colmar los “agujeros” de la vida y superar los límites del espacio y del tiempo, incluso de la muerte: “En el mundo que está más allá de la poesía, la muerte triunfa sobre la vida. Pero el poeta −el creador del texto, el demiurgo de los signos gráficos− triunfa sobre ambas. Por eso, su imagen en la poesía de Brodski no es solo trágica, sino también heroica” (Lotman 2021 [1990]).

Bibliografía

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Velmezova, Ekaterina (ed.). 2015. L’Ecole sémiotique de Moscou-Tartu, Tartu-Moscou: histoire, épistémologie, actualité. Slavica Occitania (número especial), 40.

Notas

[1] Hay que recordar que Rusia, tanto en la época imperial como en la soviética, era un gigante bicéfalo: San Petersburgo y Moscú eran las capitales culturales de un territorio inmenso pero muy centralizado, poblado en su mayoría por campesinos. Cuando, a principios del siglo XIX, la literatura rusa (moderna) y, en general, el mundo intelectual pospetrino comenzó a emanciparse de la corte, todos los principales editores así como, por otra parte, el público lector se concentraron allí, mientras que “el resto del país estaba todavía imperfectamente mapeado y en gran parte mudo” (Emerson 2008: 13). El desarrollo del mundo académico siguió la misma dinámica bipolar, aunque, por supuesto, con el tiempo surgieron otros centros científicos importantes. En el caso concreto de la Escuela Semiótica de Tartu-Moscú, surgió del legado de la Sociedad para el Estudio del Lenguaje Poético de Petersburgo/Leningrado (OPOIAZ) y del Círculo Lingüístico de Moscú (MKL).

[2] Por ejemplo, en 1991, en una de sus conferencias televisivas sobre Puskhin, recordando al gran escritor cuando estaba a punto de morir, comentó: “Herido por una bala, llamó a Karamziná [Ekaterina Andréievna Kolivanova, la segunda esposa de Nikolái Karamzín]. Y de esto [los críticos] dedujeron que la amaba… No, cada persona tiene su propia experiencia. Y la mía ha sido bastante dura, he visto morir a muchos hombres. Por lo general, si eran soldados, mientras creían que iban a sobrevivir se limitaban a maldecir, pero la última palabra era siempre “mamá”. ¡Cuántos de ellos he visto morir con esa palabra! Porque los moribundos vuelven a la infancia, a la indefensión (беззащитность). Pushkin, en cambio, sentía frialdad por su madre. Ella no había tenido ningún sentimiento maternal hacia él, y él no había experimentado ningún apego filial hacia ella. Entonces recordó a Karamziná, que era mucho mayor que él” (Lotman 2005 [1991]: 582).

[3] Su tesis tuvo como tema Aleksandr N. Radíshev, (А.Н. Радищев в борьбе с общественно-политическими воззрениями и дворянской эстетикой Н.М. Карамзина), figura destacada de la Ilustración rusa de finales del siglo XVIII. Su trabajo doctoral se centró en la literatura rusa anterior a la revuelta decembrista de 1825 (Пути развития русской литературы преддекабристского периода). Con el tiempo Lotman se especializó en particular en la vida y la obra de Aleksandr S. Pushkin, como demuestran las célebres obras La novela de Pushkin Evgueni Oneguin. Comentario (Роман А.С. Пушкина Евгений Онегин. Коментарий) de 1980 y Aleksandr Serguéevich Pushkin. Biografía del escritor (Александр Сергеевич Пушкин. Биография писателя) de 1981. El/la lector/a de este número de Eslavia podrá apreciar el ensayo Pushkin. Bosquejo de la obra de 1989.

[4] Lotman comentó en el discurso que pronunció con motivo del 350° aniversario de la fundación de la Universidad de Tartu: “Para mí, como representante de las humanidades, el mayor interés se encuentra en la frontera entre las ‘ciencias del hombre’ […] y [las ciencias] naturales y exactas” (Lotman 2016 [1982]: 683).

[5] Esta perfectiva llevó Lotman a hablar preferentemente de culturología, como un enfoque integral del estudio de las culturas humanas. Dicho término no sustituye al de “semiótica de la cultura”, si acaso lo amplía, enfatizando su aspecto unitario-poliédrico. El término semiótica de la cultura −a través del cual se recuerda e identifica a Lotman− fue acuñado por la Escuela Semiótica de Tartu-Moscú en 1970, aunque la fecha oficial de su nacimiento como disciplina sea 1973, el año en que se redactaron las “Tesis para el estudio semiótico de las culturas (aplicadas a los textos eslavos)” (Тезисы к семиотическому изучению культур (в применении к славянским текстам), artículo escrito a diez manos por Lotman junto con Borís Uspenski, Viachesláv Ivanov, Aleksandr Piatigorski y Vladímir Toporov.

[6] La cultura implica al menos tres mecanismos de traducción: entre los lenguajes (al menos dos) de un mismo texto, entre textos culturales, entre cultura y extracultura.

[7] Véase en particular la reflexión planteada en el ensayo “El mecanismo de las turbulencias: hacia una tipología de la historia cultural rusa” (Механизм Смуты (К типологии русской истории культуры)) (Lotman 2002 [1992a]).

[8] En la monografía que acabamos de citar, Los mecanismos impredecibles de la cultura (Непредсказуемые механизмы культуры) de 1993, Lotman señala que el criterio que permite determinar el carácter explosivo de un proceso consiste en la impredecibilidad de principio de un acontecimiento. El evento que se produce y el que no se produce son, en el momento de la explosión, variantes intercambiables.

[9] Lotman parece bastante contradictorio con respecto a este último punto. Mientras que en la monografía Cultura y explosión de 1992 tiende a atribuir igual valor transformador a los procesos explosivos y a los “lógicos”, es decir, graduales y predecibles, en Los mecanismos impredecibles de la cultura parece preferir únicamente los procesos explosivos (esto se debe probablemente a que en la obra de 1993 la atención de Lotman se dirige por completo al papel liberador del arte en la historia: arte que, para el culturólogo ruso, es todo aquello que no está rígidamente limitado por las leyes de la causalidad lógica, sino que se manifiesta, al estilo pushkiniano, como un caleidoscopio de posibilidades).

[10] Este ensayo se puede leer a la luz de otro escrito de Lotman, es decir, “¿Manifestación de Dios o juego de azar? Lo lógico y lo accidental en el proceso histórico” (Изъявление Господне или азартная игра? (Закономерное и случайное в историческом процессе)) (Lotman 2002 [1992b]).

[11] El trabajo aparece en la colección Problemas de la Ilustración rusa en la literatura del siglo XVIII (Проблемы русского Просвещения в литературе XVIII века), coordinada por P. N. Berkov y publicada por el Editorial de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética.