“Viaje de mi hermano Alekséi al país de la utopía campesina”, Aleksandr Chaiánov

Néstor Pablo Lavergne – María Beduyetti Sambra

Cuando Engels escribió el prólogo a la traducción alemana de la Miseria de la filosofía de Marx, expresó en pocas líneas y de manera sumamente lúcida esa suerte de principio de demarcación que supo ofrecer al mundo la investigación marxista sobre «la cuestión social»[1]. Tomando como contexto la disputa que casi 40 años antes diera contra Proudhon el autor de Das Kapital, utilizó dicho prólogo para relanzar los términos de la misma contra el socialista alemán Johann Karl Robertus. Lo esencial del ataque a este economista de izquierda, quien acusaba a Marx de haberlo plagiado en materia de las investigaciones sobre el plusvalor y la renta de la tierra era, nada más ni nada menos, el hecho de que Robertus carecía –a diferencia de Marx- de un enfoque crítico de la economía clásica. Su desarrollo teórico terminaba siendo –siempre según Engels- un mero deambular por la superficie de los conceptos de la economía política, sin someter a crítica lo que se veía y sin encontrar así el trasfondo esencial de las determinaciones fundamentales que esos conceptos expresaban. Por consiguiente, y al igual que le pasaba a Proudhon -según la denuncia de Marx-, las formulaciones de la acción política transformadora de la sociedad, que derivaban del tratamiento acrítico de la economía, terminaban presentándose para él como meras utopías. Como tales, dichas utopías estaban destinadas al fracaso revolucionario.

La formulación utópica de propuestas políticas era, en ese sentido, para el primer investigador marxista por definición, una deformación discursiva condenada a la derrota, producto de un análisis acrítico no científico de las categorías propias de la economía. En la demarcación entre ciencia y metafísica, la utopía política aparecía claramente denostada como un discurso mistificado vacío de contenido, por carecer de una conciencia científica que orientara la práctica revolucionaria transformadora.

En 1920, el ex viceministro de agricultura del gobierno revolucionario ruso de principios de 1917, Aleksandr Chaiánov, ignorando por completo los preceptos de esa ontología marxista, mediante el recurso de una historia fantástica por él escrita, Viaje de mi hermano Alekséi al país de la utopía campesina, intentó militar un programa político antibolchevique que sirviera para la toma de conciencia sobre la necesidad de revertir el proceso que se había iniciado luego de la caída del gobierno del que él formaba parte. El paroxismo de la metafísica política condenada a la derrota había tomado la forma extrema de una novela utópica.

Tres alegres tigres

La Biblioteca Militante de la editorial independiente RyR, en su colección «Literatura del futuro», puso a disposición del público de habla hispana la traducción, por primera vez desde su idioma original, de la icónica novela del economista Aleksandr Chaiánov (Chayanov). El año pasado y en Buenos Aires, el emprendimiento, que por muchas razones hace honor a la tradición editorial que ha caracterizado a la cultura militante argentina desde ya hace tantos años, acertó además en ofrecerle a Alejandro Ariel Gonzalez, el experto traductor acaso más importante que existe en la actualidad en materia de obras del ruso al español, la posibilidad de realizar tan destacado proyecto.

El producto editorial es exitoso ya por el solo hecho de contar con una traducción directa de una novela que a todas luces ha trascendido su intencionalidad manifiesta. Por muchos años, fue también una edición de origen argentino la que ofreció esta novela al público hispanohablante, solo que aquella versión provenía de una traducción de la versión italiana[2]. Sin embargo, más allá de estas consideraciones, lo que se destaca adicionalmente de la edición de la Biblioteca Militante de RyR es que esta brinda dos textos relacionados que, como bonus track de una traducción de lujo, resaltan cada uno por aspectos distintos, sintonizando en forma particularmente virtuosa con el texto literario en torno al cual han sido presentados.

El libro que nos ofrece Ediciones RyR es, en definitiva, un «tres por uno» encantador. Porque además de la condición excepcional de contar con la novela de Chaiánov traducida directamente del ruso, la propuesta viene precedida por un artículo académico de peculiar envergadura escrito por el profesor marxista Eduardo Sartelli, quien a su vez es el responsable del emprendimiento editorial «Literatura del futuro».[3]

Como apéndice, la edición presenta «¿Qué es la cuestión agraria?», un artículo inédito en castellano de Chaiánov relacionado con la problemática del tema agrario, tan debatido en esa época[4]. Dicho artículo tiene dos aspectos que lo tornan particularmente interesante: en primer lugar, fue publicado en el año en que su autor fue viceministro de agricultura del primer gobierno revolucionario de 1917, aquel que no contaba con hegemonía bolchevique. Como tal, está escrito en franco desafío a las disputas que se generaban en el seno de la revolución en materia de cuál debía ser el camino a seguir. Pensándolo así, además, existe una relación de vínculo conceptual notable con la novela Viaje… que se publicaría tres años después y que los editores de RyR logran rescatar. En segundo lugar, está en franco debate con la clásica corriente marxista que había sido desarrollada al respecto. El hecho de que en el documento no sean mencionados ni Kautsky ni Lenin muestra toda una parada provocativa frente al abecé del conocimiento marxista que había en la materia para aquella época.

El trabajo introductorio de Sartelli poco habla de las características literarias de la novela que se presenta; más bien, se adentra en todo lo concerniente al contexto histórico y político, así como económico-social, en el que se desenvuelven el autor y su aventura utópico-literaria. De una erudición que avasalla, en el buen sentido del término, Sartelli ilustra y analiza a Chaiánov sin medias tintas, dejando en claro la intencionalidad de su propio emprendimiento cultural: toda publicación literaria es política y especialmente esto en idioma ruso, pues «la literatura es, en el país de los zares y los soviets, el equivalente al socialismo francés, la economía política inglesa y la filosofía alemana, es decir, la forma y el vehículo a través del cual la sociedad es pensada y su futuro imaginado».

Será un acuerdo tácito aceptar entonces que lo más interesante de esta aventura hacia la literatura utópica tal vez no vaya a ser encontrado en la experiencia literaria en sí, sino más bien en todo lo que la misma evidencia en relación con su condición de instrumento sostenedor de debates revolucionarios en torno a la cuestión social.

Lo aburrido que se torna interesante

Efectivamente, y nobleza obliga, no sería posible recomendar la novela del viaje que narra Chaiánov para alguien que quisiera llevarse algo entretenido para leer en sus vacaciones en la playa. En sí misma, la historia que se nos cuenta de Alekséi Kremniov carece de hechos que atrapen por su dinamismo o por el misterio de sus personajes. Las acciones transcurren sin una elaboración mínimamente esforzada. El lector termina encontrándose entonces con una escenificación burocratizada del devenir del relato, porque esencialmente este es una excusa para bajar línea del manifiesto político, que es en definitiva el que ocupa el lugar central de la narrativa. Paradójico, porque el recurso de un cuento utópico termina redundando en escenas de poco vuelo imaginativo, muy «prácticas», puestas al servicio de lo discursivo, reproduciendo una historia de bajo nivel creativo.

Tapa Viaje de mi hermano Alexei al país de la utopía campesina-01
Buenos Aires, Ediciones RyR, 185 pp. ISBN 978-987-4412-12-6

En nombre de lo utópico no debería quedar habilitado cualquier recurso que sea presentado en forma disruptiva. La falta de esmero en la construcción del ambiente escénico no puede ser reemplazado con el uso adjetivado de la palabra «utopía» para cualquier énfasis sustantivado.  Y sin embargo, se nos propone que el viaje del hermano del Sr. Kremniov-Chaiánov es «utópico» porque, entre otras cosas, en su camino lo cruzan «mujeres utópicas» que lo enloquecen y que en la figura de una supuestamente irresistible Katerina le ha de introducir sin más ni más en un «amor utópico» ciertamente inexplicable, no tanto por transcurrir en «el país de la utopía», sino más bien porque no es posible entender desde dónde ha llegado. El título del capítulo 10 de la novela lo advierte en forma descarnada, aunque, ciertamente, muy simpática: «una historia sin amor es lo mismo que el tocino sin mostaza». Sin embargo, y lamentablemente, sobre el amor no hay una historia realmente elaborada, sino más bien una consigna descarnadamente presentada como fórmula infalible que advierte que no queda otra posibilidad que hablar de amor para que no falte el condimento.

Justamente, es a través de los títulos de cada uno de los capítulos de esta novela como se pretende explicar abundantemente lo que en rigor se desarrolla de manera muy pobre en el cuerpo escrito. Recurso obligado para una historia poco trabajada en su aspecto argumental. Sin embargo, tales títulos son, por ingeniosos y casi surrealistas, lo mejor de la narración, tomado esto desde el punto de vista del arte literario. Incluso resulta insólito que esos títulos tan simpáticos adelanten hechos y relaciones que luego no se encuentran en el texto.

La bajada de línea como leitmotiv del relato es presentada como mero monólogo de personajes poco trabajados o como situación inverosímil en el recurso de un personaje central que se pone a leer un libro de historia, por ejemplo. Tales monólogos no surgen nunca de una conversación convincente. Hay claramente aquí una historia contada para que los acontecimientos solo estén al servicio de los momentos en que se ofrece alguna forma de presentar el manifiesto político.

Y, no obstante, es ahí donde la novela se torna interesante. No tanto por algún tipo de recuperación en materia de su calidad literaria. Sino más bien cuando se sabe que esa calidad está irremediablemente perdida y entonces se empieza a leer la historia de la utopía con el código explicado en el prólogo. En clave histórico-política, y siendo Chaiánov un economista que hizo aportes interesantes al debate de la organización social del proceso de producción defendiendo su opción por la figura de lo agrario y campesino, la novela del utópico viaje se torna efectivamente un «viaje» muy interesante hacia la discusión sobre la economía y sobre la cuestión social en su conjunto, incluyendo su aspecto político.

La revolución de la derrota

Es cierto que la no demarcación entre conocimiento científico y conocimiento en general es el recurso de Chaiánov para poder dar cuenta de sus posiciones en materia de política y organización socioeconómica. Dicho recurso le permite hacer de una posición científica, estratégica y política completamente derrotada, una salida o accionar que se pretende con expectativas de triunfo.

Es el populismo en su más descarnada expresión gráfica, sin medias tintas, sin disimulos. Porque si hay algo que debe mostrar la falta de conciencia objetiva de un accionar práctico guiado por instrumentos fundados en el conocimiento científico es que dicho accionar está orientado por el anhelo de la utopía.  Como señala Jaime Labastida comentando Viaje… de Chaiánov, las utopías son metas que normalmente no están destinadas a ser realizadas. Pero sirven como banderas de lucha[5]. Habrá que prestar atención al hecho de que se trata de la postulación de la revolución a través de una acción práctica no-científica que, como se prevé destinada a la derrota, encuentra en la literatura el instrumento perfecto para su manifestación no científica.

Los tres aspectos generales que redondean la utopía de Chaiánov son el triunfo de la organización campesina sobre la proletaria, la concentración demográfica en el campo y no en ciudades urbanas y el triunfo peculiar, con un final conclusivo que linda con lo hilarante, de la guerra contra una Alemania bolchevique, proletaria y urbana.

Hay una sociedad en donde la abundancia de comida y de la salubridad y del goce del espacio físico se presenta en claro contraste con la supuesta realidad en la que vive no tanto Charlie Man, ni siquiera Alekséi Kremniov, sino el mismísimo Chaiánov, si se lo piensa inserto en el contexto de la URSS de los años ’20. La cultura y el arte figurativo entre los campesinos que habitan este país de la utopía es de una aspiración que desde una visión realista casi podría ser considerada estigmatizante. Peor aún si se lee esto en código de cuestiones de género. Porque la reproducción del mundo hedonista pasa también en esta fantasía política por la existencia de una mujer bella que está todo el tiempo al alcance de la mano y que no se sabe bien por qué razón aparece ya de entrada dispuesta a congeniar con el personaje central de la historia.  «En una palabra, todo era magnífico», se dirá del contexto en que se encuentra el país de la utopía.

Aun así, no dejan de llamar la atención algunos rasgos de realidad que se cuelan en la fantasía. Y que dejan planteadas ciertas dudas en torno a la expectativa del mejor vivir que este mundo campesino insinúa. La historia cuenta que el paso de las poblaciones en masa desde las ciudades al campo es producto de una suerte de colectivización tan forzada como la que en la realidad generaría la política del propio Stalin, una suerte de «decisión final» para terminar de lograr el salto de abundancia de riqueza material que el Estado Soviético debió generar para empezar a pensar en su defensa en la Gran Guerra. Esa magnificencia del «país de la utopía» tiene en el origen imaginado por Chaiánov lo que en la realidad terminó siendo la explicación de los procesos forzados de colectivización que el mismísimo Stalin impuso en la URSS. Eso sí, según lo relatado para el país de la utopía por Chaiánov, las colectivizaciones forzosas antiurbanas en la novela no parecen haber ocasionado muertes masivas. Como tampoco lo origina el triunfo sobre la Alemania «socialista proletaria», que es derrotada en un santiamén gracias a la aplicación de una tecnología climatológica, normalmente usada como instrumento de producción y que ahora es aplicada a una represalia no sangrienta contra el enemigo alemán. Aquí también se puede decir que hay una notable secuencia predestinada en relación con lo que significó para la URSS la guerra contra la Alemania nazi años después. Pero además nos muestra el testamento de muerte escrito por Chaiánov: el país proletario perderá la guerra declarada en manos del país campesino. A confesión de partes, relevo de pruebas. Chaiánov será ajusticiado años después en un campo de colectivización forzada por orden del máximo referente y representante de la Dictadura del Proletariado.

Una mala novela, aburrida, acaba tornándose apasionante. La traducción de Alejandro Ariel González logra imprimir al relato una cadencia mejorada en relación con la versión anterior y corrige también algunos errores de esta. La presentación de Sartelli es la que posibilita entender lo apasionante de la lectura de esta obra, pues en ella se enfoca correctamente el punto crítico de la «experiencia Chaiánov»: «a largo plazo, el campesinado, como la pequeña burguesía en general, agraria o no agraria, tiende a desaparecer», concluirá. Siguiendo a Lenin, aquel está afirmando que el destino de un campesino, originalmente productor directo, es el de transformarse en proletario vendedor de su fuerza de trabajo o en capitalista comprador de la misma. Cuando la ciencia vuelve de su viaje a la literatura señala el toque de defunción para la utopía.

Viaje de Marx y de Chaiánov al país de Ridley Scott

Tanto Marx como Chaiánov dejaron entrar en su nave ontológica, de diversas maneras, a un notable pasajero. El «productor directo», de resultado científico de origen inicialmente inofensivo, terminó invadiendo sus investigaciones, adoptando la forma de un animal descontrolado por sus propiedades no advertidas. Algo determinado a ser fuente de conocimiento, según el estado en que fue desarrollando su naturaleza vital, introdujo peligrosos cuestionamientos tanáticos sobre sus avances en el análisis del mundo relativo a la cuestión social.

La aparición del productor directo en el «planeta Marx» es el resultado de un desenlace inicialmente deslumbrante, desde el punto de vista del método de exposición de la investigación plasmada en Das Kapital.[6] Su descubrimiento hace a la primera toma de conciencia científica sobre la organización social del proceso de producción en la sociedad que produce riqueza bajo la forma de mercancía. El trabajo social está históricamente determinado bajo la forma concreta de trabajo de productores autónomos recíprocamente independientes. Se insiste, este aspecto del conocimiento sobre la cuestión social no es una premisa ni axioma. Es el primer resultado del conocimiento de la investigación.

En el acápite III del primer capítulo de su libro El desarrollo del capitalismo en Rusia Lenin, enfatizando la posición supuestamente marxista, presenta un escenario singular.[7] Discutiendo con los populistas, defiende la tesis de que el paso de una sociedad mercantil a otra de capitalismo desarrollada, al ser acompañada por la desaparición de productores directos que van a formar parte de la clase obrera asalariada (que será la que venderá su fuerza de trabajo a los otros productores directos que «ganan» en el mercado y logran transformarse en capitalistas), de ninguna manera supone el debilitamiento del mercado interior de la sociedad, sino todo lo contrario. Más allá de esta discusión puesta por Lenin en el primer plano de la presentación, debe observarse lo que él desarrolla y lo que no termina de asumir como novedad: hay una clase obrera que se va formando «naturalmente» por el desarrollo de la sociedad mercantil, lo que no parece suponer ningún tipo de expropiación de los medios de producción al productor directo. Pero entonces, si esto es así, tampoco la existencia de una creciente clase capitalista debería asociarse a ningún tipo de comportamiento irregular propio de una supuesta «acumulación originaria» expropiadora. Los productores directos «ganadores» en la transición de la sociedad mercantil a la capitalista lo son por tener una capacidad de producir mercancía por debajo del tiempo de trabajo socialmente necesario y así, «naturalmente», originan una «acumulación originaria verdadera», basada en el resultado de su propio trabajo familiar. Lenin, por supuesto, no llega a tanto. No puede ponerle título conclusivo a lo que de hecho presenta. Pero lo que es cierto es que deposita en este movimiento de transformación de la sociedad toda la explicación que será la Madre de Todas las Batallas contra el populismo de autores como Chaiánov.

En su famoso trabajo sobre el desarrollo del capitalismo en Rusia y en su menos conocido escrito sobre el sistema agropecuario norteamericano[8], aferrado a esta figura marxista sobre la tendencia indeclinable a desaparecer del productor directo campesino, Lenin fuerza las cosas presentando la hercúlea tarea de ajustar la realidad a la teoría. Sus prolíficas estadísticas como ejemplificaciones históricas están llevadas por una ideología que tiende a enturbiar sus planteamientos, de tan ajustados que están al avance de las determinaciones históricas que Marx supo desarrollar sobre el mundo anglosajón en Das Kapital.

Sin embargo, Lenin es el astronauta Gilbert Kane que interpreta el genial John Hurt: lleva en su interior el monstruo y lo introduce sin saberlo en la nave ontológica de Marx. Años antes de su famoso escrito sobre el capitalismo en Rusia, Lenin trabajó en un material que fue publicado muy posteriormente y que Chaiánov nunca pudo leer. En ese texto, dado a conocer como «El llamado problema de los mercados», el líder de la Revolución Bolchevique presenta un ejercicio teórico singularmente detallado explicando la manera en que, partiendo de una economía natural, la consagración de los productores directos como agentes que intercambian productos los va progresivamente mostrando como compradores y vendedores de mercancías[9]. Como tales, sostienen en el tiempo el paso de su economía natural a una economía mercantil y, finalmente, a una sociedad capitalista.

A partir de ahí, aunque Lenin nunca lo sepa, estallará en el pecho del marxismo la explicación científica de la explotación capitalista. El productor directo que «pierde» por su propio accionar reproductivo, se transforma en proletario asalariado porque sus medios de producción deben ser utilizados para reproducir su existencia y son consumidos. Gracias a que otro productor directo -«ganador» en el intercambio- ha logrado acumular medios de producción, aquel «perdedor» podrá reproducir su existencia y la de su familia. La «naturalidad» de esta transición tan bien contada por Lenin en su ejemplo teórico da por tierra «naturalmente» la idea de la existencia de una explotación capitalista. No hay trabajo ajeno impago porque no tiene por qué pagarse un trabajo que, si bien ha sido hecho por el asalariado, no le pertenece. Y su condición de no propietario de producción surge de su devenir ineficiente regulado por la ley del valor. Poder ser asalariado no es una condena a la explotación sino más bien una oportunidad de sobrevivencia.

Para Chaiánov, el monstruo del productor directo que crece y se desarrolla también ocasiona una masacre en su nave ontológica[10]. Porque al aceptar a campesinos que, como productores directos, efectivamente comercian en el mercado, queda abierta la posibilidad que bien desarrolla Lenin sobre la evolución de la economía natural a la capitalista. En Chaiánov se encuentra (a diferencia de Marx, en donde no se toma plena conciencia de las consecuencias que tiene para la teoría el desarrollo de su propia naturaleza) una pretensión de suspensión en el tiempo de esa naturaleza monstruosa que encierra la figura científicamente tratada del productor directo. Cuando intentó hacer ciencia, Chaiánov –al igual que Proudhon- quiso controlar al monstruo manteniéndolo en su etapa adolescente. En su caso, no puede seguir atento a su desarrollo porque ante él mismo se perciben claras señales de peligro de muerte. Por eso pretende explicar el mundo capitalista sobre la base de productores directos que intercambian con justicia el producto de su trabajo. En sus consignas políticas, Chaiánov es a la utopía lo que Proudhon al robo como justificación de la propiedad privada. Populismo puro acientífico.

Notas

[1] Engels, F: Prólogo a la traducción alemana de Miseria de la filosofía, de Carlos Marx, Siglo XXI Editores, México, 1987.

[2]  Chayanov, A; Kerblay, B.; Thorner, D. y Harrison, M., «Chayanov y la Teoría de la Economía Campesina». Pasado y Presente, México, 1981.

[3] Sartelli, Eduardo: «Mañana campestre», en Viaje…, Ediciones RyR, Buenos Aires, 2018.

[4] Chaiánov, Aleksandr, «¿Qué es la cuestión agraria?». En ibid.

[5] Labastida, Jaime, «La utopía campesina de Chayanov», en Pensamiento en Acción. Cómo la filosofía sirve para comprender los grandes temas de la cultura, Siglo XXI, México, 2019.

[6] Ver Lavergne, N.P., La cuenta que hace Marx. Libro en Edición. Publicación prevista 2020.

[7] Lenin, V.I., El desarrollo del capitalismo en Rusia, Editorial Progreso, Moscú, 1981.

[8] Lenin, V.I., «Nuevos datos sobre el desarrollo del capitalismo en la agricultura. El capitalismo y la agricultura en Estados Unidos de Norteamérica», 1915, Obras completas, Editorial Progreso, Moscú, 1985, tomo 27, págs. 135-238.

[9] Lenin, V.I., «El llamado problema de los mercados». Escrito en 1893 y publicado por primera vez en 1937. Obras completas, Editorial Cartago, Buenos Aires; 2da edición corregida y aumentada, 1969, tomo I.

[10] Chayanov, Alexander, «La organización de la unidad económica campesina», 1925, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1974.

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