Srečko Kosovel. Escritos sobre el arte*

Presentación: Pablo Arraigada

Traducción: Florencia Ferre

Srečko Kosovel (Sežana, 1904-Tomaj, 1926) es uno de los mejores exponentes de los movimientos de vanguardias en la península de los Balcanes. Su producción literaria va de la mano de su compromiso político – Srečko Kosovel no sólo era un opositor al fascismo, sino que también se enfrentaba ante la política de una “Gran Serbia” que imperaba en la época, y a la vez era muy cercano a las ideas socialistas. En su obra podemos encontrar su postura frente a las transformaciones que vive el mundo desde la Primera Guerra Mundial, los cambios geopolíticos e institucionales que tienen lugar, así como la idea central de un nuevo hombre libre, un nuevo humanismo. Su estilo está atravesado por el futurismo italiano, el constructivismo ruso y el movimiento zenitista, propio de la región, lo que muestra cómo su producción es un reflejo del compromiso de los intelectuales y de la perspectiva de nación en la zona del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos durante los primeros años del período de entreguerra.

Ya que su poesía puede encontrarse en español (hay ediciones de editorial Bassarai de Mi rostro no es para un marco e Integrales, así como la edición argentina de La risa del rey del Dadá), aprovechamos este dossier para acercarlos a su prosa (de la que hay apenas dos cartas publicadas en la revista La Balandra, núm. 12, en: http://la-balandra.com.ar/cartas-de-srecko-kosovel/ a su hermana Karmela y al pintor Avgust Černigoj). En los textos aquí publicados vemos una literatura de la mano del clima social y cultural, con un tono reflexivo acerca de la función del arte y de los movimientos de vanguardia en la zona.

Carta

El arte es la religión de la vida nueva, moderna. No ese arte que aún hoy describe caballeros y reinas, reyes, cortesanos, y pone todo su empeño en la construcción de la forma. No ese arte. Porque el arte que pone su centro en la forma no es arte,[1] sino virtuosismo. Y todos sabemos que el verdadero artista no crea su obra para el museo, el esteta o los archivos, sino para el hombre y para la vida. Pero si quiere crear como hombre-artista para el hombre, primero que nada debe acercarse a ese hombre, primero que nada debe volverse hombre él mismo. ¿Pero qué ocurre con el arte en nuestros días? Una mirada al viejo arte en extinción, cristalizado en la forma, agonizante, nos demuestra su inconsistencia, no porque estos poetas escriban en verso, sino porque escriben sin contenido. Entre ellos y la vida hay un muro que aún no han derrumbado. En su insignificante aislamiento ni siquiera sueñan con los ideales del hombre y la humanidad sino que piensan que su oficio es escribir versos. Pero en todos esos versos no tienen nada que decir. En esos versos no hay fuego ni sangre, ni verdadero dolor ni amor sincero; todo lo que hay son consignas literarias tomadas de la poética. Es una característica de nuestra época que los viejos artistas en su mayoría no comprendan la vida presente por la que luchamos nosotros. Esto prueba el entumecimiento de la emoción del artista y este entumecimiento espiritual es la muerte del artista. El artista debe estar fundido con la vida al punto de sentir su más mínima pulsación, de reconocer hacia dónde va el futuro a partir de un solo gesto, de percibir la nueva vida en un instante. El verdadero artista no envejece, es siempre joven, siempre se renueva, desde sí mismo y para los demás.

El verdadero artista es símbolo de renovación, desarrollo y nueva vida. Su desarrollo va por delante de la vida, porque el artista crea el futuro. Todas las banderas por las que lucha la humanidad en su conjunto deben ser tomadas de la religión o del arte, y hoy el arte tiene su misión religiosa. Todo nuevo arte debe ser no confesional y apolítico, porque debe volverse religioso.

El artista debe ser como una antena que recibe las señales más lejanas del cosmos, el escultor que a partir de sí mismo da forma al rostro del futuro.

Su luz ilumina la totalidad, no la individualidad como la luz del científico, por eso es religioso.

Carta

El arte es la religión de la vida moderna. Porque la esencia de la religión es orientar la vida hacia un fin último. Y el arte nos abre las puertas a la vida auténtica, descorre el velo de lo desconocido que se oculta tras lo cotidiano. Quiere conocer la forma verdadera de lo universal, descubrir el auténtico rostro de las cosas; quiere conocer las reglas de la vida que le dan forma, la estimulan y metabolizan. El arte es conocimiento vivo. No es como la ciencia, que acopia resultados “objetivos” y sigue sin poder decirnos qué es la vida, qué es lo que la alimenta y la mueve sin cesar; tampoco se pregunta como la ciencia por las leyes “invariables” de la vida. Busca el instante y, en el instante, la vida impredecible: experimenta la vida. En ese instante el alma se funde con la vida y la aprehende. He aquí la esencia del arte: el contacto directo entre el hombre y el hombre, entre el hombre y el entorno, entre el hombre y el universo. Por eso la época contemporánea rechaza cada vez más la forma racional cristalizada, porque esa forma rara vez inunda el alma humana y la agita y la despierta. Por eso la época contemporánea se ocupa tanto de buscar nuevas formas (en las cuales los enemigos de lo moderno ven tan solo “artificio”), porque quiere que la forma sea la expresión más exacta de la experiencia completa, y que la experiencia influya sobre la forma orgánica sin mediaciones. El secreto de la nueva forma está en la experiencia.

***

El tiempo ha engendrado esta necesidad. La civilización. El frac, los guantes y el libro de las buenas maneras. Ha surgido el doble rostro del hombre: el civilizado y el elemental. En el primero dominan las formas, las convenciones sociales; en el segundo, la realidad. Junto al hombre civilizado sentimos frío; junto al hombre verdadero, abierto, jamás. Haga lo que haga: odie, ame, niegue, mate o desespere, siempre sentimos que es un hombre, el hombre verdadero.

El arte no tiene necesidad de civilización. El arte quiere lo humano. Por eso rompe con la forma artística reconocida, cristalizada, que se volvió la norma del hombre civilizado, rompe esa forma que lo enfría.

Quiere que el hombre verdadero se refleje en su forma auténtica. Así el arte moderno es consistente. En él se encuentran el hombre con el hombre, consumidos hasta la muerte por las terribles experiencias de la vida; en él se conocen el hombre y la naturaleza, enfrentados por la voracidad humana; en él se condensan el hombre y el universo, y el hombre ya no está solo. Es uno con los otros, con la naturaleza y el universo. He ahí la religiosidad del arte.

***

La desarmonía acelera el desarrollo. La lucha entre las distintas corrientes y formaciones vitales acelera el movimiento, el crecimiento. Ascenso y declinación son ambos desarrollo, son ambos el ritmo del universo. Por eso el arte da cuenta de ambos, porque ambos son las dos caras del nacimiento.

***

Por eso lo esencial en el arte no es buscar la »belleza eterna«, lo esencial es conocer al hombre en el arte, es experimentar la vida en el arte. Porque el arte no está aquí para que los estetas lo guarden en sus museos de sistemas filosóficos desde donde los alumbra la débil luz de su propia alma anquilosada; el arte está aquí para despertarnos, para hundirnos en las profundidades de la vida elemental y verdadera, para alimentarnos con el fluido vital. Este es su único y capital objetivo.

Únicamente desde este punto de vista puede todo arte resultarnos comprensible; fuera de él su conocimiento es completamente inaccesible.

El artista y el público

La libertad sin reglas del artista es toda su dicha y su amargura; por ella la sociedad reniega de él; por ella él denuesta a la sociedad…
Ivan Cankar, Crisantemo blanco.

»Destroza la verdad que hay en ti… no la destrozas.«

»La verdad es el caldero de todo lo demás: de la belleza, de la libertad y de la vida eterna. Mientras sea fiel a la verdad, seré fiel a mí mismo; si trabajo en su nombre, mi obra será fecunda, no se marchitará entre otoño y primavera…«

Todo esto dijo Ivan Cankar en »Crisantemo blanco«,[2] que debería ser el alfa y el omega de todo artista, que toma conciencia de su arte y con él debe tomar conciencia de su novedad artística, que es la única relación entre el artista y el público.

La cuestión del artista y el público no sería de una importancia capital si no viviéramos en una época que no tiene siquiera dos movimientos paralelos; en una época en la que la vieja humanidad agoniza y surge una nueva que apenas intuimos, pero a la que no podemos –ni debemos– aplicarle las leyes desempolvadas de algún viejo libro de filosofía.

Tampoco sería esta una cuestión de tan honda importancia si nuestra vida actual fuera en general un poco más profunda y si la humanidad no atravesara los problemas más severos con la velocidad y la superficialidad de la técnica. Llega un tiempo en que hasta el último de nosotros deberá plantearse la cuestión de su propia vida y al menos tomar conciencia de su significado. Cuanto más demore en llegar ese momento, más atroz aparecerá ante nosotros, más punzante y más cruel. Hasta el último de nosotros debe sobrevivir a su revolución interior, que lo despierta, que le arranca su manto de hipocresía para que pueda luego respirar con todo su cuerpo el aire filoso pero puro de la verdad, de la sinceridad. Esta es la condición y el fundamento del hombre nuevo, y sólo el hombre nuevo podrá crear el arte nuevo.

»¡Ya no sé qué es lo bello!« grita el hombre moderno. Conoce la historia, y la relatividad de la belleza en las distintas épocas. Y sin embargo, por sobre toda esta relatividad hay algo, algo absoluto. La emoción de la belleza que ha vivido en el hombre; para decirlo de otro modo: todo arte es en verdad el templo visible de esa vida invisible, oculta en el hombre, que no podemos definir ni describir si no somos artistas, de lo oculto en la intimidad de las emociones ahogadas, que pierde todo su encanto si comienza a analizarlo el psicólogo impotente; son las emociones que experimenta el niño antes bien que el crítico analítico.

¿De dónde salen corrientes tan distintas en el arte contemporáneo? ¿No es esto culpa de que reconozcamos la historia del arte en lugar de negarla? También he oído decir que hoy en el arte no es posible decir “nada nuevo”, que ya está todo dicho. Las corrientes del arte contemporáneo no son tanto la expresión de concepciones individuales sobre la vida nueva y la vida de la vida nueva, como son el reconocimiento de la historia. Y de eso no son más culpables los historiadores que la gente misma. Los primeros no concibieron orgánicamente la vida, es decir, no concibieron la cultura y el arte griegos como expresión de aquella época y de la gente que vivió entonces, ni concibieron todos los reflejos del arte griego en épocas posteriores como reflejos de la vida misma, que como hemos visto, nunca pudo engendrar una nueva “cultura griega”, porque surgió de las ideas del arte y la cultura griegos, no de la vida griega sin mediaciones. Los historiadores dijeron y siguen diciendo “podría haber ocurrido”, pero la posibilidad jamás es por sí misma prueba de un suceso real y los historiadores deberían afirmar que la cultura griega (digamos) no volverá a surgir nunca más; si hay una parecida, tanto si emerge de las ideas de la cultura griega como de la vida misma, será diferente y cuanto más autónoma, más grande será. La historia no es repetición sino creación. Esta es la única posición que debemos tomar frente a la historia. Por eso nuestro modelo no debe estar en el pasado, sino en el presente vivo que sentimos dentro de nosotros.

¿Y no es acaso expresión de melindrosa endeblez afirmar que todo ha sido dicho, es decir, no es admitir que ya no tengo alma, que ya no soy capaz de vivir? ¿No es este punto de vista, del artista y del hombre, la confesión de la derrota, de su muerte espiritual? Yo siento que lo que vivo aún no lo ha vivido nadie, y si no debo afirmar eso –porque no lo sé–, lo que vivo tiene tal fuerza vital que puede seguir creando vida una y otra vez, y el correlato adecuado de esa vida en la cultura y el arte. Para mí es esencial vivir de acuerdo con mis leyes vitales internas, y no de acuerdo con la historia, cualquiera sea, o con una ética filosófica, y así siguiendo.

Vivo, luego puedo crear es el principio fundamental del hombre artista. Vivo la vida que sea, pero la vivo, y para mí eso es suficiente. Aunque esta vida sea repulsiva, injusta, horrenda, profanada, humillada, golpeada, hundida en el barro, debemos amarla tal cual es. Sería una injusticia, sería insensato romanticismo intentar huir del presente. Porque amar este presente, alumbrar este presente con la belleza y la verdad es el postulado del arte, que el alma vuelva a ponerse de pie y a levantarse. Porque el artista no debe mostrarnos la historia y la tradición. ¿Qué nos dice la historia y la tradición? El presente nos da una dura lección. El presente es lo nuevo. Y es lo nuevo lo que debe descubrir el artista. Pero no lo nuevo de su entorno. De sí mismo. El entorno es la materia, y él mismo es la ley formal.

De todas las ideas expuestas obtenemos un esbozo del artista contemporáneo, para quien el presente lo es todo, y cuenta con él o lucha con él o está de acuerdo con él; eso es solo la subjetividad. Quien, al menos en parte, interpreta la época moderna verá la ausencia de antiguos medios artísticos. El nuevo arte está en camino –marchando con los uniformes más diversos–, y ahora estamos ante una pregunta fundamental: ¿Hacia dónde ir? ¿Hoy tras una consigna y mañana tras otra? ¿Hacia dónde? Seamos sinceros con nosotros mismos, conozcámonos y reconozcamos hacia dónde vamos, cuál es la mira, y todo estará bien. Si seguimos nuestro propio camino y no la moda, siempre tendremos un sustento vivo para el arte que despunta, y que será el único capaz de decir lo que no pueden decir ni la ciencia ni la filosofía, porque ni la ciencia ni la filosofía son el arte.

La tarea del arte contemporáneo sin ornamento es salir del páramo del “arte” polvoriento, empolvado, ruinoso, al rocío fresco del oasis de la creación verdadera. Esto es, abolir toda escuela de arte tradicional, para que el hombre vuelva a la vida a escribir como él mismo siente, no como manden la poética y demás.

Con esto también queda señalada la relación del artista hacia el público. El artista puro que conoce cuál es su tarea y trabaja de acuerdo con sus propias reglas es justo con el público. Por eso en los viejos tiempos –cuando la gente aún respetaba a Dios– se respetaba al artista como patrono de la belleza, como un enviado del reino espiritual, consuelo y glorificación para la patria y el pueblo. Con el correr del tiempo esto cambió; la religión se rebajó a confesión, la ética a moralidad, el heraldo de la belleza a artesano. Aparecieron personas que producían “arte”, pero deshonraban la belleza; aparecieron artistas de moda que comenzaron a satisfacer y querían satisfacer el deseo del público. El público los aplaudió; la belleza se retiró a su propia soledad. Y por eso el arte se volvió una ramera a los ojos del público.

Artistas de folletín, cuentistas, periodistas, pornógrafos, pintores pornográficos, de retratos dulzones, de plenairismo dulcificado, bailarines de cabaret, bailarines, actores de teatro, músicos, compositores se volvieron en ocasiones propagadores de ese arte que deshonraba la belleza y la verdad. Hasta ahora entre nosotros valía decir: no tiene ambiciones artísticas, trabaja por dinero, por eso escribe para el público… tiene familia, o bien, si no dibuja así, el público no lo compra, y así siguiendo. Desde ahora debemos procurar abiertamente que esas personas se vuelvan inofensivas, porque son justamente ellos los mayores corruptores artísticos de la nación; están contra el progreso, contra la belleza verdadera que busca el artista sin importar si el público lo aplaude o no. Tales personas son demasiado perjudiciales como para que podamos reconocerlas; ellos cavan un abismo entre el público y el artista, porque al alimentar los deseos de las masas, alejan a la gente de la verdadera concepción de la belleza, que no está en los deseos de las masas sino solo en el corazón del verdadero artista. Esos “falsos profetas” son culpables de que el artista sea un extraño entre nosotros.

Solo hay una pregunta: ¿soy un verdadero artista? ¿Siento la dicha de la creación artística? ¿Respeto la belleza? ¿Es mi obra artística algo ineludiblemente necesario para mi vida? ¿Imprescindible? ¿Es el único camino en mi vida y solo conoce la victoria o el fracaso? Si es cierto que en el arte se condensa toda esencia de la vida, tengo que vivirlo, vivirlo honestamente. Y debo ser leal a esa honestidad sin mirar ni a derecha ni a izquierda, leal a ese yo interior que quiere crear arte. Esa es la ética del artista.

Y entonces ya no veremos pequeños y grandes artistas, sino artistas y no artistas, y podremos decir con Cankar: “¡Dios repartió, Dios dicta sentencia! Te he dado mi corazón y mi mente, mi fantasía y mi palabra; te he dado mi vida, ¿qué más puedo darte?”

Y aún si el artista muere siendo un desconocido, sin reconocimiento, habrá vivido; será un átomo en el universo, un átomo en movimiento, vivo, un átomo luminoso, también él habrá vivido su propia vida, y completado así su misión cósmica.

Somos fuego que debe arder, brillar en la oscuridad e iluminarla. Pero el fuego no es materia sino misión. Por eso no tememos a la muerte, la muerte es nuestra misión, la muerte de la vida putrefacta, horrorosa.

Por eso nuestra misión es una misión de presencia, porque todas las corrientes artísticas del hombre nuevo pueden reducirse a esto: presencia.

Quemado, el hombre europeo divisa lentamente la primavera; su corazón cansado quiere humanidad.

Busca al hombre en el arte, necesita su presencia.

Lo necesita como es: miserable, solitario, acerbo, amargo, asesinado, reconcentrado, alegre, lleno de esperanza, lo quiere a él.

Y por eso no es necesario que el hombre se proclame humano, es necesario que sea humano.

Humano al caer, humano al levantarse, humano con todo lo que es humano y del hombre.

¡Cankar está muerto, Župančič está vivo! ¡Cankar nos habla, Župančič calla!

***

Como el árbol que quiere llegar al cielo desde el suelo, así también el hombre quiere la libertad desde sus formas limitadas, y no hay escapatoria: cuando llegue el momento, esas formas cederán ante la fuerza viva del movimiento del hombre.

Notas

* Tomado de Srečko Kosovel, Zbrano delo, vol. III, Ljubljana, DZS, 1977, pp. 94-103.

[1] Todos los términos en itálicas son del autor. [N. de T.]

[2] Ivan Cankar, Bela krizantema, Franko Luin (ed.), Beseda Omnibus, http://www.omnibus.se. El pasaje antes citado es parte de un apartado donde Cankar responde a las acusaciones sobre el pesimismo en su obra, donde, según los críticos, no hay una sola idea positiva. Cankar pregunta entonces al hombre religioso, al poeta laureado, a la tabernera y a su imagen en el espejo, que le responde que diciendo la verdad no puede esperar elogios, como cuando estuvo a punto de invitar a bailar en una fiesta a una muchacha pero cuando ella se dio vuelta él le dijo: “Discúlpeme, pensé que usted era más bonita.” Cankar hace entonces un alegato sobre la imposibilidad de renunciar a aquello que lo mueve a escribir, a la verdad que, por mucho que intente matar, no puede destruirse. [N. de la T.]

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