Petersburgo y Moscú

Vissarión G. Bielinski

Traducción: Alejandro Ariel González

Nuestros ancestros, que se vieron obligados a conocer en sangrientos combates a los Nobles de Dios[1] y las orillas del Nevá, no imaginaban, por supuesto, que sobre estas salvajes, desfavorecidas, bajas y pantanosas costas estaba destinado a surgir el Imperio ruso, así como no imaginaban que el Zarato ruso, con Moscú a la cabeza, alguna vez se convertiría en el Imperio ruso. ¿Y acaso era posible imaginar algo semejante? ¿Quién puede adivinar la aparición de un genio? ¿Y puede acaso el vulgo prever los caminos de un genio, por más que este genio no sea sino el pensamiento, la razón, el espíritu y la voluntad de ese mismo vulgo, con la única diferencia de que lo que en este es un vago presentimiento, en aquel es nítida conciencia? A fines del siglo XVII, el Zarato ruso presentaba ya un contraste demasiado marcado con los Estados europeos, ya no podía seguir avanzando sobre las herrumbrosas ruedas de su organización asiática; le había llegado el fin, pero el pueblo ruso debía vivir: tenía un gran futuro por delante, por eso Dios extrajo de él un genio que debía aproximarlo a Europa. Como todos los grandes hombres, Pedro apareció a tiempo para Rusia, pero en muchos sentidos no se asemejaba a otros grandes hombres. Su valor, su gigantesca estatura, su aspecto orgulloso y majestuoso con una inmensa mente creativa y una voluntad titánica, todo ello se semejaba mucho al país en el que había nacido, al pueblo al que había sido llamado a recrear, a ese país sin límites, pero aún sin unión orgánica, a ese pueblo grande que solo presentía su gran futuro. Por eso Pedro tuvo que crearse a sí mismo y hallar los medios para esa autoeducación no en los elementos sociales de su patria, sino fuera de ella, y su primera institutriz fue la negación. Los fanáticos y los crasos ignorantes lo acusaban de despreciar su país natal, pero se engañaban; Pedro estaba estrechamente ligado a Rusia por el íntimo e invencible sentimiento, común a ambos, de su gran predestinación. Pedro amaba con pasión esa Rus’ que él mismo representaba en función del derecho supremo emanado de Dios, pero veía en Rusia dos países, el que había encontrado y el que debía crear; a este último pertenecían sus pensamientos, su sangre, su sudor, sus esfuerzos, toda su vida, toda la dicha y toda la alegría de su vida. Discípulo de Europa, siguió siendo ruso de alma, pese a la opinión de hombres de cortos alcances -tan abundantes también en nuestro tiempo- de que el europeísmo transforma a un ruso en un no-ruso y que, por tanto, todo lo ruso solo descansa en las salvajes e ignorantes formas de la existencia asiática. Moscú, capital del Zarato ruso, Moscú, ya por su sola ubicación en el centro de Rus’, no se correspondía con los planes de Pedro de emprender una reforma general y radical; Pedro necesitaba una capital a orillas del mar. Pero carecía de mar, puesto que las costas de los océanos Ártico y Pacífico y del mar Caspio no facilitaban en absoluto el acercamiento de Rusia a Europa. Debía sin falta conquistar un nuevo mar, y eran dos los que se le ofrecían: el Negro y el Báltico. Para acceder al primero, sin embargo, Rusia menor debía hallarse bajo su pleno control, y no solo bajo su soberana protección, y eso sucedió tan solo después de la traición de Iván Mazepa. Además, debía quitarles Crimea a los turcos y adueñarse de las vastas y desiertas estepas contiguas al mar Negro, y adueñarse de ellas significaba poblarlas: una labor intempestiva y de resultado incierto. Una capital a orillas del mar Negro habría aproximado a Rusia no a Europa, sino acaso a Turquía, y habría atraído las fuerzas de Rusia hacia un punto tan alejado que Rusia habría tenido entonces su capital, por así decir, en un Estado extranjero. Distinto era el cuadro que presentaba el mar Báltico. Los países adyacentes a él eran antiguos conocidos de la espada rusa; mucha sangre rusa se había derramado en ellos, y dejarlos en manos ajenas, no hacer del mar Báltico una frontera de Rusia habría significado dejar a Rusia para siempre expuesta a invasiones enemigas y para siempre cerrada a las relaciones con Europa. Pedro comprendió ello demasiado bien, y la guerra con Suecia se convirtió necesariamente en la cuestión principal de toda su vida, en el principal resorte de toda su actividad. Tallin, y en especial Riga, parecían llamadas a ser la nueva capital de Rusia, un lugar donde el elemento ruso se encontraría cara a cara con el europeo no para desaparecer en él, sino para asimilarlo. Pero Tallin y Riga se convirtieron posteriormente en patrimonio de Pedro, quien comenzó con muy poco, apenas con un rinconcito sobre la orilla del Báltico, y quien no tenía tiempo que perder en espera de conquistas: debía apurarse a vivir, es decir, a crear y actuar, y por eso, cuando Tallin y Riga pasaron a ser rusas, la ciudad de San Petersburgo ya contaba con siete años de existencia, en ella ya se habían invertido tanto dinero y esfuerzos, y merced a la isla de Kotlin y al Nevá -con su cuádruple desembocadura- ocupaba una posición tan ventajosa y seductora para la mente del reformador, que ya era tarde y le habría dado tristeza pensar en otro sitio para la nueva capital. Ya hacía mucho que consideraba Petersburgo su creación, la amaba como a una criatura de su pensamiento creador; puede que a él mismo a veces le pareciera penosa y desesperante esa lucha con la salvaje y áspera naturaleza, con el terreno pantanoso, con el clima húmedo y malsano en un lugar desierto y alejado de las poblaciones que podían abastecerlo, pero su inquebrantable fuerza de voluntad se impuso sobre todo; el genio es tenaz precisamente porque es genio, y cuanto más ardua es la batalla que enfría a los débiles, más placer siente él en desplegar ante el mundo y ante sí mismo toda la exuberancia de sus inagotables fuerzas. Solemne fue el instante en que, al contemplar las salvajes orillas del golfo de Finlandia, surgió por primera vez en el alma de Pedro el Grande la idea de fundar allí la capital del futuro imperio. Ese instante contenía un poema entero, vasto y grandioso; solo un gran poeta podía adivinar y abarcar toda la riqueza de su contenido en estos breves versos:

A orillas de desiertas olas
miraba él, de altas ideas colmo,
la lontananza. Ancho, delante,
corría el río; pobre barca
por él bregaba solitaria.
En las orillas, musgo y barro,
aquí y allá negreaban isbas,
del pobre finlandés reparo;
y el bosque, oculto en la neblina,
del sol incógnito a los rayos,
bullía en torno.
Y él pensaba:
De aquí pondremos miedo al sueco,
una ciudad será aquí alzada,
contra el vecino altivo adrede.
Natura aquí nos ha asignado
a Europa abrir una ventana,
plantar pie firme junto al mar.
Por olas nuevas para ellas
visitas todas las banderas
para festejo nos harán.
[2]

Petersburgo fue construida de improviso: en un mes se hizo lo que debería haberse hecho en un año. La voluntad de un solo hombre venció a la mismísima naturaleza. Diríase que el propio destino, a despecho de todos los cálculos de probabilidad, quiso arrojar la capital del Imperio ruso en ese paraje de naturaleza y clima adversos y hostiles al hombre, donde el cielo es de un verde pálido, la exigua hierba se confunde con el brezo rastrero, el musgo seco, la maleza de los pantanos y grises matorrales; donde reinan el pino espinoso y el lúgubre abeto, cuya abrumadora monotonía rara vez es perturbada por un endeble abedul, ese planta del norte; donde las emanaciones de los pantanos y la humedad disuelta en el aire atraviesan las casas de ladrillo y los huesos del hombre; donde no hay ni primavera, ni verano, ni invierno, sino donde arrecia todo el año un pútrido y húmedo otoño que parodia ora la primavera, ora el verano, ora el invierno… Diríase que el destino quiso que el hombre ruso, que hasta entonces había dormido en un sueño profundo, forjara su futuro sudando sangre y en lucha desesperada, puesto que solo son sólidas las victorias obtenidas con el esfuerzo, solo con sangre y sufrimiento se logran las conquistas. Quizás en un clima más favorable, en medio de una naturaleza menos hostil, en ausencia de obstáculos insuperables, el hombre ruso pronto se habría enorgullecido de sus fáciles éxitos y su energía se habría vuelto a aletargar sin haberse siquiera despertado del todo. Y por ello, quien le fue enviado por Dios era más que zar y soberano y actuaba no solo con la autoridad, sino más bien con el propio ejemplo, que desarmaba la inveterada ignorancia y la pereza abrigada durante siglos:

Ora académico, ora héroe,
Ora navegante, ora carpintero,
¡Con alma que todo lo abarcaba
En el trono era un trabajador eterno![3]

A pesar de toda la actividad, de la que la historia no conoce precedentes, la Petersburgo dejada por Pedro el Grande era una ciudad pequeña, demasiado pobre e insignificante para que se pudiera hablar de ella como de algo importante. Parecía que esa ciudad, cuya forzada existencia se debía a la voluntad de un gran hombre, no estaba destinada a sobrevivir a su constructor. La voluntad de uno de sus herederos podía condenarla al olvido eterno o a una marchita e irrelevante existencia. Pero ahí también se manifiesta en todo su brillo el genio creador de Pedro el Grande: sus planes, sus disposiciones debían prolongarse por siempre. Tales son el derecho y la fuerza del genio: coloca la piedra basal de un nuevo edificio y deja su plano; quienes continúan la obra, a lo mejor, desearían trasladar el edificio a otro sitio, pero no tienen de dónde sacar una piedra basal tan sólida, mientras que la piedra colocada por el genio es tan grande que es imposible siquiera soñar con moverla mediante el esfuerzo humano…

Petersburgo no podía no continuar porque a su existencia estaba estrechamente ligada la existencia del Imperio ruso, que sustituyó el Zarato ruso. Y Petersburgo creció no de día en día, sino de hora en hora:

Cien años, y la joven urbe,
de Septentrión beldad y ostento,
de entre los bosques y pantanos
alzose, ubérrimo portento;
otrora el pescador finés,
hijastro triste de natura,
solo él en las orillas esas
hurgaba con su red vetusta
el agua ignota, ahora allí
por las orillas redivivas
se aprietan las esbeltas moles
de los palacios; y los buques
en masa de los cuatro puntos
se apuran a los ricos muelles;
vistiose el Nevá de granito;
sobre las aguas penden puentes;
del verde oscuro de jardines
sus islas fueron recubiertas,
y ante la capital menor
Moscú la anciana es opacada,
como ante la zarina joven
hace la viuda majestad.

Así pues, Rusia apareció de pronto con dos capitales, la vieja y la nueva, Moscú y Petersburgo. La excepcionalidad de esa circunstancia no dejó de tener consecuencias más o menos importantes. Mientras Petersburgo crecía y se embellecía, Moscú también cambiaba a su manera. Como resultado de la inevitable irrupción del europeísmo, por un lado, y conservando intacto el elemento de antigua inmovilidad, por el otro, se convirtió en una ciudad extravagante en la que sobresalen y saltan a la vista rasgos entremezclados de europeísmo y asiatismo. Moscú se estiró y se extendió sobre un inmenso espacio, ¡parece una ciudad inmensa! Pero caminen por ella y verán que su amplitud se debe en gran medida a vallas extensas, muy extensas. No hay en ella enormes edificios; las casas más grandes no es que sean pequeñas, pero tampoco son grandiosas; no presumen de méritos arquitectónicos. En su arquitectura intervino claramente el genio del antiguo Zarato ruso, que permaneció fiel a su afán de comodidad familiar. Basta con caminar una hora por las torcidas e inclinadas calles de Moscú para advertir enseguida que se trata de una ciudad patriarcal y familiar: las casas están separadas, casi todas cuentan con un patio bastante amplio cubierto de hierba y rodeado de dependencias. El moscovita más pobre, si está casado, no puede prescindir de una despensa, y, cuando alquila un departamento, se preocupa más por la despensa donde guardará sus provisiones que por las habitaciones donde vivirá. A menudo, el sueño más preciado en la vida del moscovita más pobre, si está casado, es dejar algún día de deambular de departamento en departamento y adquirir su propia casita. Y un día, a duras penas, confiándose al querido «azar», compra o alquila por cierta cantidad de años un sitio inhabitado en algún rincón perdido y durante unos cinco años, cuando no diez, se construye una casita de tres ventanas, comprando los materiales ora a crédito, ora de ocasión, arreglándose como puede. Y, por fin, llega el anhelado día de la mudanza a la propia casa; una casita mala, pero propia y, además, con patio, de modo que es posible criar gallinas y hay lugar para que pazca un ternero; pero lo más importante es que la casita cuenta con despensa, ¿qué más pedir? Moscú está llena de casitas semejantes, lo que facilita, si no su esplendor, sí su amplitud. Tales casitas se encuentran incluso en las mejores calles de la ciudad, entre las mejores casas, del mismo modo que casas buenas (es decir, de ladrillo, con dos o tres plantas) se encuentran en las calles más feas y alejadas, entre tales casitas. Para un ruso que ha nacido y vivido sin salir de Petersburgo, Moscú es tan sorprendente como para un extranjero. De camino a Moscú, nuestro petersburgués vería, por supuesto, Veliki Nóvgorod y Tver, que no lo dispondrían en modo alguno para el espectáculo de Moscú; si bien Veliki Nóvgorod es antigua, de lo antiguo solo ha conservado su kremlin, muy poco atrayente, y la catedral de santa Sofía, notable por su antigüedad, pero no por su grandiosidad ni por su elegancia. Las calles de Veliki Nóvgorod no son torcidas ni estrechas; muchas casas recuerdan, por su arquitectura e incluso color, Petersburgo. Tver tampoco dará a nuestro petersburgués una idea acerca de Moscú; sus calles son rectas y anchas, y para ciudad de provincia es bastante bonita. Por consiguiente, cuando entre por primera vez en Moscú, nuestro petersburgués entrará en un mundo nuevo para él. En vano buscará la calle principal o mejor de Moscú, una calle que pudiera comparar con la avenida Nevski. Le mostrarán la calle Tverskaia y él se verá con asombro en medio de una calle torcida y estrecha a lo largo de una pendiente, con una pequeña vereda sobre uno de sus lados, una calle cuya casa más grande y hermosa sería considerada en Petersburgo muy modesta en cuanto a grandiosidad y elegancia; con una sensación extraña, nuestro petersburgués, acostumbrado a las calles y a las esquinas rectas, vería que una casa sobresale varios pasos hacia la calle, como si deseara ver qué ocurre en esta, mientras que otra retrocede varios pasos, como por altivez o humildad, según sea su aspecto; que entre dos casas de ladrillo bastante grandes hay una antigua casita de madera, humilde y acogedora, que apoya sus paredes laterales sobre las paredes de las casas vecinas y, al parecer, no deja de alegrarse de que estas le impidan desplomarse y, además, la protejan del frío y de la lluvia; que al lado de una espléndida tienda de moda hay una diminuta tabaquería o un sucio bodegón, o una cervecería de iguales características. Y nuestro petersburgués se sorprendería aún más al sentir que el extraño grotesco de esa calle tiene su belleza. Y se dirigiría al puente Kuznetski, donde se ofrece el mismo cuadro, con excepción de las casitas de madera; allí vería casas de ladrillo con tiendas de moda, pero tan minúsculas que a su mente acudiría la idea de si no es un nuevo Gulliver que ha entrado en el reino de los liliputienses… Si bien ningún auténtico petersburgués se asombra o se arroba con nada, no podría contener alguna interjección pronunciada en voz alta si, al pasear por el círculo de los bulevares que rodean Moscú -sus mejores ornamentos, que Petersburgo tiene todo el derecho a envidiar-, viera en todas partes, ora al bajar por una pendiente, ora al subir por otra, los anfiteatros de los tejados mezclados con el verde de los jardines; si en lugar de iglesias hubiera alminares, pensaría que se ha trasladado a una de esas ciudades orientales de las que contaba Scheherezade. Y ese espectáculo le gustaría y, por lo menos durante la primavera y el verano, dejaría con gusto de buscar capitales y ciudades que, a cambio de ello, ofrecen paisajes pintorescos…

Muchas calles de Moscú -Tverskaia, Arbátskaia, Povarskaia, Nikítskaia-, así como las dos líneas de los bulevares Tverskoi y Nikitski se componen principalmente de casas «señoriales» (¡una palabra moscovita!).[4] Allí uno ve más comodidad que grandiosidad o elegancia. En todo y sobre todo se nota el sello de la vida familiar: casas cómodas y espaciosas, pero, sin embargo, para una sola familia; un patio amplio, y junto a las puertas, en las noches de verano, una numerosa servidumbre. En todas partes desunión, separación; cada cual vive en su casa y se aísla bien del vecino. Eso se nota aún más en Zamoskvorieche, ese barrio habitado puramente por mercaderes y estratos medios; allí las ventanas tienen corridas las cortinas, las puertas permanecen cerradas y, al llamar a ellas, resuena el agresivo ladrido de un perro de presa; todo luce muerto o, mejor dicho, somnoliento; la casa o la casita se parece a una pequeña fortaleza preparada para soportar un prolongado asedio. ¡Familias por doquier, y casi en ningún sitio se ve la ciudad!…

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Moscú, Bulevar Tverskói, años 1830. A. Cadol

En Moscú hay muchas tabernas, y siempre están colmadas preferentemente de gente que solo bebe té. Huelga aclarar de qué gente hablamos: gente que toma al día quince samovares de té, gente que no puede vivir sin té, que lo toma cinco veces en su casa y otras tantas en las tabernas. Y si uno mirara a esa gente, no se asombraría de que el té no le altere los nervios, no le impida dormir ni le estropee los dientes; uno pensaría que esa gente puede consumir toneladas de opio sin perjuicio para su salud… Confiterías en Moscú hay pocas; en ellas compran mucho, pero las visitan poco. Los hoteles en Moscú existen principalmente para quienes están de paso o para los jóvenes solteros que aman la juerga. En Moscú se come más en casa. Allí incluso los pobres solteros, en su mayoría, prefieren comer en casa, fieles al carácter familiar de Moscú. Si comen fuera, es en casa de alguna familia conocida, sobre todo de los parientes. En general, Moscú, célebre por su hospitalidad y buena acogida, es ajena a la vida urbana, social, y le gusta comer en casa, en familia. El Club Inglés goza de fama por sus suculentas comidas, pero prueben a comer en él y, pese a que estarán rodeados de quinientas personas o más, sin falta les parecerá que han comido en casa de parientes. Por lo que respecta a los miembros permanentes del club, estos prefieren comer allí porque les parece que comen en casa, en familia. ¡El carácter familiar impregna todo lo moscovita!

El parentesco desempeña incluso hoy un gran papel en Moscú. Allí nadie vive sin parientes. Si uno no tiene familia y viaja a vivir a Moscú, enseguida le encontrarán esposa y tendrá una enorme parentela hasta la septuagésima séptima generación. No amar y no respetar a los parientes es considerado en Moscú peor que el librepensamiento. Uno estará obligado a saber el día de cumpleaños y el onomástico por lo menos de ciento cincuenta personas, y ay de usted si olvida felicitar siquiera a una de ellas. Eso es un poquito embarazoso y aburrido, pero, por otro lado, los parientes son algo sagrado. Allí donde la vida familiar está tan desarrollada, el parentesco no puede no gozar de gran estima.

Al morir Pedro el Grande, Moscú se convirtió en el refugio de los nobles ilustres caídos en desgracia y en lugar de descanso de los altos dignatarios retirados de sus ocupaciones. Como consecuencia de ello, la ciudad adquirió cierto carácter aristocrático que se desarrolló particularmente durante el reinado de Catalina la Grande. ¿Quién no ha oído hablar de la vida suntuosa y desprendida de los altos dignatarios en Moscú? ¿Quién no ha oído relatos acerca de cómo, en sus espléndidos palacios, convidaban a diario a los invitados y a los no invitados, a los conocidos y a los desconocidos, en la ciudad y en el campo, donde abrían para todos sus exuberantes jardines? ¿Quién no ha oído relatos acerca de sus banquetes, relatos que parecen extraídos de Las mil y una noches? Pueden ver que también en ello Moscú se ha mantenido fiel a su antiguo elemento moscovita: ¡la arrogancia y la generosidad, la vida desprendida y divertida han hallado en ella refugio! Sin embargo, ya desde su precedente reinado, Moscú comenzó poco a poco a convertirse en una ciudad mercantil, industrial y manufacturera. Viste a Rusia entera con sus artículos de hilado de algodón; sus barrios más alejados, sus alrededores y su distrito están sembrados de fábricas y talleres grandes y pequeños. En este sentido, Petersburgo no puede competir con ella, porque su propia ubicación, casi en el centro de Rusia, le prescribió ser el centro de la industria nacional. Y más lo será aún cuando el ferrocarril la una con Petersburgo y, como una arteria desde el corazón, desde ella partan las carreteras hacia Yaroslavl, Kazán, Vorónezh, Járkov, Kíev y Odesa…

Moscú se enorgullece de sus antigüedades, de sus monumentos; ella misma es una antigüedad, tanto interna como externamente. Pero, al igual que ella misma, sus antigüedades anteriores al período de Pedro constituyen un extraño espectáculo de mezcla con lo nuevo; del Kremlin apenas si han quedado los planos, porque año tras año lo reforman y en él aparecen nuevos edificios. El espíritu de lo nuevo sopla también sobre Moscú y borra poco a poco sus rasgos antiguos.

Hemos comenzado por Petersburgo y nos hemos explayado sobre Moscú, pero eso no es en absoluto una desviación del tema principal. Tenemos dos capitales: ¿cómo hablar de una sin compararla con la otra? Solo a través de la comparación podemos conocer las particularidades y el carácter de cada una de ellas. Nada en el mundo existe porque sí; si tenemos dos capitales, quiere decir que cada una de ellas es necesaria, y la necesidad solo puede residir en la idea que expresa cada una de ellas. Por eso Petersburgo representa una idea, y Moscú, otra. En qué consiste la idea de una y de otra ciudad, eso es posible averiguarlo trazando solo un paralelo entre ambas. Por eso, en más de una ocasión, cuando hablemos de Petersburgo, nos dirigiremos a Moscú. Hasta ahora hemos establecido que el carácter distintivo de Moscú es la cultura familiar. Dirijámonos a Petersburgo.

De Petersburgo estamos acostumbrados a pensar como de una ciudad construida ni siquiera sobre un pantano, sino casi en el aire. Muchos aseguran, sin bromear, que se trata de una ciudad sin sacralidad histórica, sin tradiciones, sin vínculo con su país natal, una ciudad construida sobre pilotes y planificada. Todas esas opiniones ya están algo caducas y es hora de desecharlas. Es cierto, si quieren, que tienen su cuota de verdad, pero, en contrapartida, contienen mucha falsedad. Petersburgo fue construida por Pedro el Grande como la capital del nuevo Imperio ruso, ¡y dicen que Petersburgo es una ciudad sin historia, sin tradiciones!… ¡Eso es un absurdo que no resiste objeciones! Toda la desgracia estriba en que Petersburgo es demasiado joven para sí misma y una completa criatura en comparación con la vieja Moscú. ¿Acaso un joven que manifiesta su ingreso en la vida con un gran hito no es un hombre histórico porque ha vivido poco, mientras que un viejo cualquiera es un hombre histórico porque ha vivido mucho? No solo ha vivido mucho, sino que también ha experimentado mucho la antigua Moscú, la capital del Zarato ruso; tiene su historia, nadie lo discute, pero ¿qué es toda su historia en comparación con la gran épica vital de Pedro el Grande? ¿Acaso Petersburgo no está estrechamente ligada con la biografía de ese hombre? Impugnar la importancia histórica de Petersburgo, ¿no significa que no se sabe valorar el papel de Pedro en la historia rusa? Cuando hablan de sacralidad histórica suelen preguntar: ¿dónde tiene Petersburgo esos monumentos sobre los que han pasado siglos sin destruirlos? Sí, muy señores míos, Petersburgo no tiene ni puede tener tales monumentos porque ella misma, desde el día de su fundación, hace apenas ciento cuarenta y un años que existe, pero, por otro lado, ella misma es un gran monumento histórico. Por doquier verán en ella huellas vivas de su constructor, y para muchos (incluso para nosotros) esas pequeñas construcciones como, por ejemplo, la casita en el Lado de Petersburgo, el palacio en el Jardín de Verano, el palacio en Peterhoff valen no uno, sino muchos Kremlins… ¿Qué se le va a hacer? ¡Cada uno tiene su gusto! Petersburgo fue planificada, eso es cierto; pero ¿en qué la planificación es peor que el ciego azar? Los sabios siglos dicen que un clavo de hierro hecho por la rústica mano de un herrero antiguo es superior a cualquier bella flor engendrada por la naturaleza, superior en el sentido de que es obra de un espíritu consciente, mientras que la flor es obra de una fuerza espontánea. El cálculo es un aspecto de la creación. También afirman que Petersburgo no tiene nada original, autóctono, que es una especie de encarnación general de la idea de ciudad capital y que se parece a todas las capitales del mundo como una gota de agua a otra. Pero ¿a cuáles precisamente? A las capitales viejas tales como, por ejemplo, Roma, París o Londres, no puede parecerse en absoluto; por tanto, esa afirmación es pura mentira. Si se parece a otras ciudades, es probable que sea a las grandes ciudades de Estados Unidos, las cuales, a semejanza de ella, también fueron planificadas. ¿Acaso esas ciudades no tienen nada propio, original? ¿Acaso ver el futuro en las paredes de la ciudad y en cada uno de sus ladrillos no significa ver algo original y, además, bellamente original? Pero Petersburgo es más original que todas las ciudades de Estados Unidos porque es una ciudad nueva en un país viejo, por tanto, es la nueva esperanza, el hermoso futuro de este país. Una de dos: o la reforma de Pedro el Grande fue solo un gran error histórico o Petersburgo tiene una importancia inmensamente grande para Rusia. Una de dos: o la nueva conformación de Rusia, en tanto falsa e ilusoria, pronto desaparecerá del todo sin dejar huella tras de sí, o Rusia ha sido arrancada para siempre y sin retorno de su pasado. En el primer caso, desde luego, Petersburgo es un fruto accidental y efímero de una época que tomó la dirección equivocada, un hongo que en una noche creció y al otro día se secó; en el segundo caso, Petersburgo es un fenómeno necesario y eterno, un roble robusto y majestuoso que concentra todos los jugos vitales de Rusia. Algunos políticos de poca monta que se consideran dueños de una asombrosa profundidad de pensamiento creen que, dado que Petersburgo, al parecer, apareció no espontáneamente y no creció ni se amplió al cabo de los siglos, sino que debe su existencia a la voluntad de un solo hombre, entonces otro hombre con poder supremo también puede abandonarla y construirse una nueva ciudad en el otro extremo de Rusia. ¡Una opinión sumamente infantil! Tales asuntos no son fáciles de emprender y de realizar. Hubo un hombre que tenía no solo el poder, sino también la fuerza para hacer un milagro, y hubo un instante en que esa fuerza pudo manifestarse en semejante milagro; por eso, para que se produzca otro milagro de esas características, se requieren otra vez dos condiciones: no solo el hombre, sino el instante. El arbitrio no produce nada grande; lo grande sale de la necesidad racional, es decir, de Dios. El arbitrio no construye en breve tiempo una gran ciudad; el arbitrio solo puede construir acaso una torre de Babel cuya consecuencia no será el renacimiento del país a un gran futuro, sino la división de las lenguas. Es mucho más fácil decir que se abandone Petersburgo que llevar eso a la práctica; la sinhueso, como reza un proverbio ruso, puede decir lo que sea, pero los hechos no son meras palabras. Solo los señores Manílov[5] pueden construir con facilidad, en su ociosa fantasía, puentes sobre estanques con tiendas en cada uno de sus lados.

El extranjero Algarotti dijo: «Petersburgo es una ventana a través de la cual Rusia mira Europa». ¡Una expresión feliz que en pocas palabras logra captar una gran idea! ¡He ahí en lo que residen los firmes cimientos de Petersburgo, y no en los pilotes sobre los cuales está construida y de los cuales no es tan fácil moverla! ¡Y he ahí en lo que reside su idea y, por tanto, su gran significado, su sagrado derecho a una existencia eterna! Dicen que Petersburgo expresa solo un europeísmo aparente. Supongamos que así sea, pero, en el desarrollo de Rusia, diametralmente opuesto al europeo, es decir, en el desarrollo que va de arriba hacia abajo y no de abajo hacia arriba, la apariencia tiene mucho más significado, mucha más importancia de lo que se cree. ¿Qué ven ustedes en la poesía de Lomonósov? Pura apariencia, palabras rusas embutidas en una estructura latino-germana, pensamientos prestados de los que no había ni indicio en la sociedad en la cual y para la cual escribía Lomonósov sus retóricos versos. Y, sin embargo, Lomonósov es llamado, no sin fundamento, el padre de la poesía rusa, la cual, también no sin fundamento, se enorgullece, por ejemplo, aun de un poeta como Pushkin. ¿Es necesario demostrar que, si entre nosotros no hubiera sido introducida esa poesía muerta, imitativa, puramente aparente, no habría nacido la viva, original y autóctona poesía de Pushkin? No, eso es claro como el agua y no requiere demostración alguna. Así pues, a veces la apariencia vale lo suyo. Más aún, lo aparente a veces trae consigo lo interior. Supongamos que ponerse frac o levita en lugar de zamarra, sayal azul o caftán casero no significa aún haberse convertido en europeo, pero ¿por qué en Rusia aprenden algo, se preocupan por leer, descubren el amor y el gusto por las bellas artes solo los hombres que se visten a la europea? Digan lo que digan, y aunque el frac y la levita parezcan objetos meramente exteriores, han ejercido un influjo no menor en el aspecto interior del hombre. Pedro el Grande comprendía ello, de ahí la prohibición de llevar barba, ójabieñ, terlik, múrmolka y otras prendas predilectas del vestuario moscovita.

Existen personas sabias que desprecian todo lo aparente; a ellas dales ideas, amor, espíritu y no hechos; el mundo práctico, el costado prosaico de la vida, no quieren ni mirarlo. Existen otras personas sabias que, con excepción de los hechos y de los quehaceres, no quieren saber nada, y en las ideas y en el espíritu ven meras ilusiones. Las primeras consideran un honor especial escuchar con aire despectivo cuando, en presencia de ellas, se habla del ferrocarril. Esos medios les parecen falsos e irrelevantes para elevar la dignidad moral del país; esperan todo de un milagro y creen que la educación un buen día caerá directamente del cielo y que el pueblo solo deberá tomarse el trabajo de levantarla y tragársela sin masticar. Los sabios de esta categoría ya hace mucho que son conocidos con el nombre románticos. Los sabios de la segunda categoría duermen y ven las carreteras, los ferrocarriles, las manufacturas, el comercio, los bancos, las sociedades para distintas especulaciones: en ello radica su ideal de la dicha popular y estatal; el espíritu y las ideas son a sus ojos ilusiones perniciosas o inútiles. Tales sabios son los clásicos de nuestro tiempo. Sin pertenecer ni a unos ni a otros, vemos en los últimos al menos algo, mientras que en los primeros -perdón- no vemos absolutamente nada. Hay dos maneras de inyectar una nueva fuente de vida en el organismo aletargado del cuerpo social: la primera es la ciencia, o el estudio, la imprenta en el amplio sentido de la palabra, como medio para la divulgación de ideas; el segundo es la vida, entendiendo por esta palabra las formas de la vida cotidiana, diaria, los hábitos, las costumbres. Una y otra manera son igual de importantes, y la última quizás lo sea algo más, en el sentido de que la propia lectura y la propia idea solo son importantes y efectivas cuando ingresan en la vida y se convierten, por así decir, en hábito o costumbre. No hay nada más fuerte y vigoroso que la costumbre; es mucho más fácil convencer a los hombres de una verdad cualquiera apelando a la lógica que incitarlos a la aplicación práctica de esa verdad cuando se lo impide la costumbre. Nos parece que a Petersburgo le tocó principalmente esa segunda manera de divulgación y afirmación del europeísmo en la sociedad rusa. Petersburgo es para Rusia un ejemplo de todo lo relativo a las formas de vida, desde la moda al tono mundano, desde el modo de colocar los ladrillos a los supremos misterios del arte arquitectónico, desde la elegancia tipográfica a los periódicos que concitan con exclusividad la atención del público. Comparen la vida petersburguesa con la moscovita y en sus diferencias o, mejor dicho, en su contraste verán enseguida el significado de una y otra ciudad. A pesar de su estrechez, las calles moscovitas, provistas de veredas de treinta centímetros, solo de día son difíciles de transitar, y en absoluto todas, y más debido a su estrechez que a su gran concurrencia. Desde las diez de la noche Moscú ya se vacía, y especialmente en invierno son aburridas y desiertas esas calles torcidas con pasajes más torcidos aún. Las anchas calles de Petersburgo casi siempre están animadas por gente que se apura, que lleva prisa. Hasta las doce de la noche son bastante concurridas, y hasta el amanecer uno encuentra en todas partes, por aquí y por allí, personas que regresan con retraso a sus hogares. Las confiterías rebosan de público; alemanes, franceses y otros extranjeros, hombres del lugar y de paso beben, comen y leen los periódicos; los rusos son más de beber y comer, y algunos hojean «La abeja del norte», «El inválido» y en ocasiones leen con atención revistas gruesas encuadernadas, para mayor comodidad, en libros separados, por secciones; esos son los amantes de la literatura (en general hay pocos amantes de la política entre nosotros). Los restaurantes siempre están llenos, al igual que los comedores. En ellos sucede lo mismo: beben, comen, leen, fuman, juegan al billar, y la mayor parte del tiempo callan. Si hablan, lo hacen en voz baja, y entre vecinos; en contrapartida, a menudo se oyen recias voces que no se cohíben lo más mínimo en hablar de asuntos que no interesan en absoluto a los circunstantes, por ejemplo, cómo Iván Semiónovich ayer se quedó sin dos al jugar el siete de corazones, o que Piotr Nikoláievich obtuvo un puesto, o que Vasili Stepánovich fue ascendido de rango y demás novedades literarias y políticas de esa índole. Las casas en Petersburgo, como se sabe, son enormes. El petersburgués no se preocupa por la despensa; si no está casado, almuerza en una taberna; si lo está, compra todo en una tienda. La casa en la que alquila un departamento es una auténtica arca de Noé en la que es posible encontrar una pareja de cualesquiera animales. Rara vez el petersburgués conoce a quien vive a su lado, ya que arriba, abajo y a los costados de él vive gente que, al igual que él, está ocupada con sus asuntos y tampoco dispone de tiempo para saber de él como él de ella. La principal comodidad del departamento que anhela el petersburgués consiste en estar cerca de todo, del lugar de trabajo y del lugar donde se consigue todo lo mejor y barato. La última comodidad a menudo la encuentra en su arca de Noé, donde hay un bodegón, una confitería, un comedor, tiendas, sastres, zapateros y todo lo demás. La idea de la ciudad consiste sobre todo en la densa concentración de todas las comodidades en un espacio reducido; en ese sentido, Petersburgo es mucho más ciudad que Moscú, y quizás sea la única ciudad en toda Rusia donde todo está disperso, desunido, impregnado de carácter familiar. Si en Petersburgo no hay vida pública en el auténtico sentido de la palabra, tampoco hay vida solitaria en casa o en familia; Petersburgo ama la calle, los paseos, el teatro, la cafetería, la estación de tren; en una palabra, ama todos los establecimientos sociales. Eso por ahora es poco, pero de ello mucho puede resultar en el futuro. Petersburgo no puede vivir sin periódicos, sin carteleras y sin anuncios de todo tipo; Petersburgo ya hace mucho que está acostumbrada a «La gaceta policial» y al correo de la ciudad; diríase que los necesita. En cuanto se despierta, el petersburgués quiere saber enseguida qué ponen hoy en los teatros, si hay algún concierto, carreras, paseos con bandas musicales; en una palabra, quiere saber todo lo que compone la esfera de sus placeres y entretenimientos, y para ello le basta con estirar la mano hacia la mesa, si está suscrito a todos esos periódicos, o con pasar por la primera confitería que encuentre. En Moscú, muchos suscriptores de «La gaceta de Moscú», que sale tres veces por semana -martes, jueves y sábados-, mandan a recogerla solo los sábados y reciben los tres números de una vez. Eso es cómodo: antes del feriado hay tiempo libre para ocuparse de las noticias de todo el mundo… Además, a falta de correo de la ciudad y de recaderos, hay que enviar al criado a la oficina de la tipografía universitaria, y eso no es cómodo y ni siquiera posible para todos. Para el petersburgués, echar un vistazo todos los días a «La abeja del norte» o «El inválido» es una necesidad semejante, una costumbre semejante a la de beber té por la mañana… En contraposición a Moscú, las enormes casas de Petersburgo no están cerradas de día y se puede acceder a ellas a través del portón y de las puertas; de noche, junto al portón, siempre se puede encontrar al portero o llamarlo con la campanilla, de modo que siempre se puede entrar en la casa a la que uno necesita ir. Junto a las puertas de cada departamento se ve la manija de la campanilla, y sobre muchas puertas se ve no solo el número, sino también una plaquita de cobre o de hierro con el nombre de quien lo ocupa. Si bien en Moscú las calles no son largas, cada una lleva un nombre especial y casi en cada una hay una iglesia, cuando no más, por eso parecería fácil dar con quien se busca cuando se conoce la dirección; sin embargo, encontrar allí a alguien es una auténtica tortura cuando en la casa vive más de una persona. A menudo, uno ingresa en un patio bastante grande en el cual, salvo uno o varios perros, no hay un solo ser vivo; no hay a quién preguntar, es preciso llamar a las puertas y preguntar si fulano de tal no vive allí, puesto que en Moscú los porteros son escasos y las campanillas lo son aún más. No hay posibilidad alguna de caminar por las calles de Moscú, que son estrechas, torcidas y están llenas de coches. Hay que ser moscovita para saber caminar con audacia por ellas, del mismo modo que hay que ser parisino para caminar por París sin mancharse en sus mugrientas calles. Por lo demás, los propios moscovitas no gustan de caminar, por eso en Moscú hay mucho trabajo para los cocheros. Allí los cocheros no piden mucho, pero los drozhkis[6] son malos y los trineos, espantosos; los drozhkis son en todas partes malos por su propia construcción; no son sino un instrumento de tortura para interrogar a los acusados; pero trineos malos no hay en Petersburgo; aquí los trineítos más feos están hechos a la manera de los buenos y están cubiertos por una manta de ternero, pero similar al oso, y la propia manta está cubierta por algo semejante al paño. ¡En Petersburgo nadie se subiría a un trineo sin piel de oso!… Por lo demás, en Petersburgo se viaja poco; es más lo que se camina; eso es sano, puesto que el movimiento es el mejor remedio -y, además, el más barato- contra las hemorroides; asimismo, en Petersburgo es cómodo caminar; no hay elevaciones ni pendientes, todo es liso y llano, las veredas están hechas con losas y, en algunas partes, con granito; son anchas, parejas y en todas las estaciones del año están limpias como los pisos de una casa.

Para conocer mejor nuestras dos capitales, comparemos a sus habitantes.

El estamento superior, o el círculo más alto de la sociedad, constituye en todas las ciudades del mundo algo excepcional. El gran mundo, en Petersburgo más que en cualquier otra parte, es una auténtica terra incognita para todo aquel que no goza de derecho de ciudadanía en ella; es una ciudad dentro de la ciudad, un Estado dentro del Estado. Los no iniciados en sus secretos la miran de lejos, a respetable distancia; la miran con envidia y con ese padecimiento con el que un viajero perdido en los arenosos desiertos de Arabia mira un espejismo que se le antoja un oasis; pero no está a su alcance el paraíso del gran mundo, custodiado por la maza del portero y la multitud de mozos vestidos como marqueses del siglo XVIII; este ni siquiera mira a esos que esperan el movimiento del agua paradisíaca.[7] Quienes componen los diversos estratos del estamento medio, desde el superior al inferior, escuchan con gran atención el lejano e incomprensible rumor del gran mundo e interpretan a su manera las fragmentarias palabras y frases que llegan hasta ellos, se cuentan extasiados las anécdotas que llegan hasta sus oídos, tergiversadas por su simpleza. En una palabra, se preocupan tanto por el gran mundo como si no pudieran respirar sin él. No contentos con ello, pugnan con todas sus fuerzas, pobres, por imitar el modo de vida del gran mundo y, à force de forger,[8] alcanzan la dulce seguridad de que también son parte de él. Por supuesto, el verdadero gran mundo se echaría a reír con mucha bondad si se enterara de esos innumerables pretendientes a emparentarse con él; pero, sin embargo, el afán de considerarse perteneciente o allegado al gran mundo llega en los estratos medios de Petersburgo al frenesí. Por eso en Petersburgo son incalculables los diversos círculos del «gran mundo». Todos ellos se distinguen, en su trato al círculo inferior, por una mirada majestuosa o maliciosamente burlona; y, en su trato al círculo superior, por el fastidio del amor propio ofendido, amor propio que, dicho sea de paso, se consuela diciéndose que no somos menos que nadie y que sacamos la cara por nosotros con buen tono. El buen tono es el punto débil del habitante de Petersburgo. El último de los funcionarios, que no gana más de setecientos rublos de salario, en nombre del buen tono lanza a la menor ocasión una frase tergiversada en francés, la única que ha logrado memorizar del manual para autodidactas; en nombre del buen tono se viste siempre con un buen sastre y lleva en las manos guantes amarillos, por más sucios que estén. Las señoritas incluso de los estratos bajos aman con locura introducir en sus esquelas escritas en un mal ruso una frase escrita en un mal francés, y si uno tiene que escribirle a una señorita semejante, no encontrará mejor modo de halagarla que mezclando el ruso de la provincia de Nizhni Nóvgorod con el francés; así le demostrará que la considera una señorita educada y de «buen tono». También les gustan los versitos, en especial los de los cuplés de vodevil; pero, en algunas, su gusto se eleva hasta la poesía de Vladímir Benedíktov: se trata de las señoritas de los círculos más aristocráticos y de «buen tono» del estrato de los funcionarios. Como ven, Petersburgo es fiel a sí mismo en todo: aspira a la forma suprema de la vida social… Moscú es distinta en este sentido. En ella incluso el gran mundo tiene su carácter especial. Pero, quien no pertenece a él, no le presta la menor atención y está sumido por entero en la esfera de su propio estamento.

El núcleo de la población autóctona de Moscú lo componen los mercaderes. Nueve décimas partes de ese numeroso estamento lleva una barba ortodoxa, heredada de los ancestros, levita de faldones largos de paño azul y botas de montar con borlas que cubren los extremos de sus pantalones de felpa o paño; la décima parte se permite rasurarse la barba y, por su ropa y forma de vida, en general por su apariencia, se parece a los raznochintsi[9] e incluso a los nobles venidos a menos. ¡Cuántas casas antiguas de altos dignatarios han pasado ahora a las manos de los mercaderes! Y, en general, esos edificios enormes, monumentos de hábitos y costumbres de un pasado ya perimido, se han convertido casi sin excepción o bien en establecimientos de enseñanza del Estado o bien, como ya hemos dicho, han pasado a formar parte de la riqueza de los mercaderes. Cómo se han instalado y cómo viven en esos aposentos y palacios los «reshpetable’» mercaderes, eso los curiosos pueden averiguarlo, dicho sea de paso, en el relato de Aleksandr Veltman Llegado de provincia, o Alboroto en la capital. Pero no solo en los palacios de príncipes y de condes: esos mercaderes también son buenos en las suntuosas carrozas y carretelas que vuelan como un torbellino tiradas por magníficos caballos, de brillantes y carísimos arreos; a bordo del coche viaja un barba «reshpetable» y muy contenta de sí misma; junto a ella se ubica la maciza y voluminosa masa de su media naranja, emblanquecida, coloreada, sobrecargada de perlas, a veces con un pañuelo en la cabeza y con trenzas que le caen de las sienes, pero, lo más a menudo, con un sombrero con plumas (¡el bello sexo incluso entre los mercaderes se ha adelantado mucho a los hombres en el camino del europeísmo!), y en la parte trasera del coche va el dependiente con una levita judía de faldones largos, botas coloradas con borlas, gorro de plumón y guantes verdes… Los mercaderes de menor riqueza y los miembros de los estratos medios chasquean con placer la lengua al ver los veloces caballos y añaden con orgullo: «¡Ya ves, uno de los nuestros!», y los nobles, que miran desde las ventanas, piensan con enfado: «¡Maldito campesino! ¡Va arrellanado de cualquier modo!…». Para un mercader ruso, sobre todo moscovita, un caballo gordo, de comparsa, así como una esposa gorda y de comparsa son los principales bienes de la vida… En Moscú uno encontrará mercaderes por doquier, y todo le mostrará que Moscú es preferentemente una ciudad de mercaderes. Pueblan Kitái-Górod, se han apoderado de Zamoskvorieche e incluso pululan en las calles y en los sitios más aristocráticos de Moscú tales como Tverskaia, el bulevar Tverskói, Prechístenka, Ostózhenka, Arbátskaia, Povarskaia, Miasnítskaia. A ese numeroso estamento de Moscú sirve de base otro estamento aún más numeroso: el estrato social medio (comerciantes, propietarios de casas, artesanos), que se dio una vestimenta que constituye una singular mezcla de lo ruso y lo alemán, donde sin falta descuellan guantes verdes, gorro de plumón o casquete de la misma tela, en los cuales están igualmente desfigurados y vulgarizados los tipos ruso y extranjero de tocados masculinos; botas de ternera sobre pantalones de mahón o de paño; por encima, algo intermedio entre levita judía de faldones largos y caftán de cochero; camisa roja de algodón o de percal con tirilla al costado y, sobre el cuello, un sucio y abigarrado pañuelo. La vestimenta de la hermosa media naranja de este estamento también es una ridícula mezcla de ropa rusa y europea; en su mayor parte (con excepción de las más pobres) llevan pañuelos y chales decentes, pero ocultan el cabello bajo un gorrito hecho con un pañuelo de seda multicolor; el albayalde, el colorete y el antimonio constituyen parte inalienable de ellas mismas, así como los ojos de vidrio, el rostro apagado y los dientes negros. Ese estamento está allí donde hay rusos, incluso en una gran aldea comercial. Su tipo fue perfectamente logrado por el actor petersburgués Piotr Grigóriev, y a ese tipo le debe su excepcional éxito en el teatro Aleksandriiski.

Pero en Moscú hay otro tipo de estrato medio, el estrato medio letrado. No consideramos necesario explicar a nuestros lectores qué entendemos en general por estratos letrados: ¿quién no sabe que aquí, en Rusia, hay un rasgo ostensible que distingue los estratos iletrados de los letrados y que consiste, primero, en la ropa y las costumbres, que revelan una resuelta pretensión de europeísmo; segundo, en el amor al préférence; tercero, en el mayor o menor tiempo dispensado a la lectura. Respecto al último punto, puede decirse con certeza que quien lee todo el tiempo siquiera «La gaceta de Moscú» ya pertenece al estrato letrado, si, además, sigue la moda occidental en la ropa y en las costumbres. Entre las necesarias diferencias del hombre «letrado» respecto del «iletrado» hay que contar también el rango, si bien desde hace un tiempo ya han comenzado a comprobar que un hombre letrado puede no tener rango y un iletrado sí tenerlo. Por lo demás, esta opinión no ha penetrado en absoluto en las clases bajas de la sociedad, y un mercader millonario, acariciándose la barba, puede pretender con valentía a la inteligencia (pues es pillo y maestro en engañar a los amigos y enemigos), pero jamás a la instrucción. Hay muchos matices y grados entre los hombres «letrados». Algunos solo leen documentos y cartas oficiales que les conciernen personalmente, además de almanaques y «La gaceta de Moscú»; otros van más lejos y leen todo el tiempo «La abeja del norte»; hay algunos que leen decididamente todas las revistas, periódicos, libros y folletos rusos y no leen nada foráneo, aun cuando saben algún idioma extranjero; por último, hay algunos esprits forts[10] que leen mucho en lenguas extranjeras y nada en su idioma materno; pero los más «letrados» entre nosotros deben considerarse, sin dudas, esos pocos que, si bien a veces echan un vistazo a las revistas rusas, leen todo el tiempo revistas extranjeras; que, si bien rara vez leen libros rusos (pues buenos los hay muy pocos), suelen leer libros extranjeros. Pero más numerosos son los matices de nuestra instrucción respecto a la ropa, las costumbres y las cartas. Hay quienes llevan ropa europea solo oficialmente, pero en casa, sin visitas, andan todo el tiempo con batas de Tver, botas de cordobán y bonetes de diverso tipo; algunos, más que bata, prefieren gallardos arjaluks,[11] primor de los lacayos de provincia; otros, por el contrario, en casa también permanecen fieles al estilo europeo y andan con un abrigo con el que pueden, sin faltar al decoro, recibir visitas sin ceremonia; algunos siguen siempre la moda, otros son afectos a las cazadoras, a los calzones cosacos y demás bravías, gallardas y atrevidas invenciones del delicado gusto provincial. En cuanto al modo de vida, el principal matiz de las diferencias consiste en que algunos se levantan tarde, jamás almuerzan antes de las cuatro, por la noche jamás beben té antes de las diez y cuanto más tarde se acuestan, mejor; otros, en este sentido, mantienen las costumbres antiguas. En el trato, los matices de nuestra sociedad son tan numerosos que no hay posibilidad alguna de hablar sobre ellos. Pero, en este sentido, todos los matices, desde el más alto al más bajo, tienen el rasgo común de ser igualmente fieles a una apariencia que no obliga a nada interior: se trata de una misma ropa. Respecto a las cartas, hay solo tres diferencias: algunos juegan solo al préférence; otros, solo al bank y a los palki; y otros, al préférence, al bank y a los palki. La diferencia en las apuestas va de suyo. En Petersburgo juegan al préférence por palos y piden menos de siete cartas; en Moscú y en la provincia no distinguen palos y piden hasta diez cartas. La clase letrada de Moscú es bastante numerosa y sumamente variada. A pesar de ello, todos los moscovitas se parecen mucho; a ellos siempre les cabrá ese rasgo señalado por el celebérrimo moscovita Fámusov:[12]

De la cabeza a los pies
Todos los moscovitas tienen un sello distintivo.

Los moscovitas son personas abiertas, auténticos atenienses, solo que a la rusa-moscovita. Aman vivir y, según su parecer, en efecto viven bien. ¿Quién no ha oído sobre el Club Inglés de Moscú y sus suculentas comidas? Además de los clubes Inglés y Alemán, ahora en Moscú también está el de nobles. ¿Quién no ha oído de la hospitalidad y cordialidad moscovitas? ¿En qué otra ciudad del mundo puede uno casarse y comer con tanta facilidad como en Moscú?… ¿Dónde, sino en Moscú, puede uno trabajar, comerciar, componer novelas y editar revistas solo por propia diversión, para recrearse? ¿Dónde puede uno descansar y restablecer la salud mejor que en Moscú? ¿Dónde, sino en Moscú, puede uno hablar mucho de sus trabajos, presentes y futuros, cobrar fama del hombre más activo del mundo y, a la vez, no hacer resueltamente nada? ¿Dónde, sino en Moscú, puede uno estar más contento por no hacer nada y pasar el tiempo del modo más agradable? Por eso en Moscú hay tanta gente ociosa de paso, que se dirige allí desde la provincia para disfrutar de la vida, parrandear, divertirse, casarse. Por eso allí hay tantas batas, cazadoras, pantalones de civil con bandas a los costados y esas insólitas levitas con cordones que, si aparecieran en la avenida Nevski, concitarían las aterradas miradas de todos los habitantes de Petersburgo. Dicen que en Moscú incluso hay múrmolkas[13] semejantes a la que, según creen los moscovitas, llevaba ya Riúrik. Por eso, por último, solo en Moscú puede prosperar el coro gitano Iliushka. La cara del moscovita nunca luce preocupada; es bondadosa y franca y mira como si quisiera decirle a uno: «¿Dónde come usted hoy?». Quien conozca siquiera un poco Moscú no puede ignorar que, además del confort inglés, existe también el confort moscovita, llamado también «vida desprendida». Los moscovitas se diferencian tanto de quienes no lo son que, por ejemplo, el noble moscovita, la noble moscovita, la señorita moscovita, el poeta moscovita, el pensador moscovita, el literato moscovita, el joven estudioso moscovita no son sino tipos, palabras técnicas absolutamente incomprensibles para quienes no viven en Moscú. Eso lo explica la excepcional situación en que la reforma de Pedro del Grande colocó a Moscú. Moscú sola reunía la triple idea de Oxford, Manchester y Reims. Moscú es una ciudad industrial. En Moscú se encuentra no solo la más antigua, sino también la mejor universidad de Rusia, que atrae la fresca juventud de todos los rincones del país. Si bien una parte considerable de quienes se forman en esa universidad abandona la ciudad cuando finaliza los estudios -aunque más no sea para hacer algo en este mundo-, un número suficiente de ellos se queda en Moscú. Los que se quedan, junto con los que estudian, constituyen un singular estrato medio compuesto por personas de todos los estratos. Los une y nivela la educación o, por lo menos, el afán por educarse. Este estrato medio es un oasis en el terreno arenoso de todos los demás estratos. Tales oasis se hallan en muchas ciudades rusas, si no en todas. En una ciudad ese oasis está compuesto por cinco; en otra, por dos; en otra, por una sola alma, y en algunas ciudades directamente no existen tales oasis, todo es pura arena o pura tierra cubierta de maleza y ortigas. Para singular honor de Moscú, es imposible no admitir que, en ella, tales oasis abundan prácticamente más que en cualquier otra ciudad rusa. Eso sucede por dos motivos: primero, por la excepcional situación de Moscú, ajena a todo carácter administrativo, burocrático u oficial, por su importancia como capital y, a la vez, enorme ciudad de provincia; segundo, por la influencia de la Universidad de Moscú. Por eso, respecto a las cuestiones concernientes a la ciencia, el arte y la literatura, los moscovitas tienen más amplitud, conocimiento, gusto, tacto e instrucción que la mayoría del público lector e incluso escritor de Petersburgo. Eso, repetimos, es el mejor aspecto de la vida moscovita. No obstante, en el mundo todo está tan extrañamente constituido que lo mejor debe tener sin falta su lado débil. Que no hay en el mundo un pueblo más estudioso que el alemán, eso lo saben todos; los propios moscovitas, en cuanto a ciencia, no son sino alumnos en comparación con los alemanes. Pero, en contrapartida, los alemanes tienen el lado débil de que, hasta los treinta años, son estudiantes, y el resto -y la mayor parte- de su vida son filisteos y, por eso, no tienen tiempo de ser hombres. Lo mismo sucede en Moscú: los hombres que han hecho de la instrucción el objetivo de su vida primero son jóvenes que prometen mucho, y después, si no se marchan a tiempo de Moscú, se convierten en moscovitas y ya entonces dejan de dar cualquier esperanza, como hombres a los que se les ha pasado la hora de prometer mientras que la hora de cumplir aún no les ha llegado. Incluso los jóvenes que «dan muchas esperanzas» en Moscú tienen un mismo defecto: suelen confundir los conceptos más diferentes y contrarios, como la poesía con la acción, la fantasía de una mente ociosa con el pensamiento. A muchos de ellos (son raras las excepciones) les basta con elaborar, sobre el asunto que sea, su propia teoría o fantasía -o, lo más a menudo, leer una ya preparada- para atreverse ya sin vacilar a ver justificada dicha teoría o fantasía en la realidad, y cuanto más contradiga la realidad su querida quimera, más obstinadamente se convencen de la identidad de una con la otra. De ahí los juegos de palabras que se toman por actos, los juegos con conceptos que se consideran hechos. Todo eso es muy inocente, pero no por ello menos ridículo. Hagan lo que hagan los jóvenes que se marchan de Moscú para dirigirse a Petersburgo, lo cierto es que algo hacen; en cambio, los moscovitas se limitan solo a conversar y a discutir acerca de qué debe hacerse, conversaciones y discusiones a menudo muy inteligentes, pero siempre infructuosas. La pasión por debatir y discutir es el rasgo más vivo de los moscovitas, pero esas deliberaciones y discusiones no arrojan ningún resultado. En ninguna parte hay tantos pensadores, poetas, talentos, incluso genios, en especial «naturalezas superiores», como en Moscú; pero todos ellos se vuelven más o menos conocidos fuera de Moscú solo cuando se trasladan a Petersburgo; aquí ellos, quieran o no, pasan a formar parte de ese vulgo al que siempre increparon y se convierten en simples mortales, o en verdad encuentran una liza para sus capacidades más o menos notables, si no geniales. En ninguna parte se habla tanto de literatura como en Moscú, y, sin embargo, precisamente en Moscú no hay ninguna actividad literaria, por lo menos ahora. Si allí aparece una revista, no busquen en ella más que grandilocuentes tiradas acerca del significado místico de Moscú fundadas en el cañón Zar Pushka y en la gran campana, como si la ciudad de Pedro el Grande estuviera fuera de Rusia y como si el gigante de la plaza Isaákievski no fuera el más importante monumento histórico del pueblo ruso; no busquen más que un sinnúmero de versos mediocres dedicados a una doncella, a la luna, a Iván el Grande, a la torre Sújarev y, en ocasiones -¿me creerán?-, al vino espumoso, como si este fuera la fuente de todo lo grande en el pueblo ruso; malos relatos, juicios caducos sobre literatura, embargados de hostilidad a Occidente, ataques directos e indirectos a la inmoralidad de quienes no pertenecen a la feligresía de esa revista y que no se maravillan por la genialidad de sus colaboradores. Si se publica un folleto, otra vez se trata de ataques no del todo eruditos contra el putrefacto Occidente o de fantasías infantiles que se pretenden el descubrimiento de profundas verdades, como que Gógol es, sin broma, nuestro Homero, y Almas muertas es la única auténtica epopeya después de Ilíada.

Por supuesto, hablamos aquí de los lados débiles sin negar la posibilidad de bellísimas excepciones a ellos. Todo tiene su lado bueno y, por consiguiente, su lado débil o insuficiente. Petersburgo y Moscú son dos caras o, mejor dicho, dos caras separadas cuya fusión puede formar, con el tiempo, una bella y armónica totalidad si cada una inocula en la otra lo mejor de ella. Este tiempo está cerca: el ferrocarril se construye a buen ritmo…

Vayamos a Petersburgo.

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La clase baja de la población, propiamente el pueblo sencillo, es igual en todas partes. Aunque el pueblo sencillo de Petersburgo se diferencia un poco del moscovita; además de vodka y té, ama también el café y los cigarrillos, con los que se regodean incluso los hombres de los arrabales; por su parte, el bello sexo del bajo pueblo petersburgués, en la persona de cocineras y criadas de todo tipo, no considera en absoluto necesarios el té y el vodka, pero sin café decididamente no puede vivir; los campesinos de los suburbios de Petersburgo han olvidado ya las danzas nacionales rusas por la cuadrilla francesa, que bailan bajo los sonidos del acordeón que ellos mismos tocan: ¡influencia del maligno Occidente, efecto calculado de sus infernales ardides! Las costureras de Petersburgo, y en general todas las mujeres sencillas que han adoptado la vestimenta europea, prefieren los sombreros a las cofias, mientras que en Moscú sucede lo contrario y, a grandes rasgos, se visten con más gusto incluso que las mujeres de otros estratos sociales. Lo mismo cabe decir de los hombres; puede reconocerse a qué estrato pertenece un criado o un artesano solo por sus modales, pero no siempre por su ropa. ¡Eso también es influencia del maligno Occidente! Más adelante, en nuestro libro,[14] el benévolo lector encontrará la descripción de los llamados «bailes de lacayos» con los que los miembros moscovitas de este estamento jamás siquiera soñaron. Al hablar de Moscú, nos explayamos adrede sobre el estamento de los mercaderes y estratos medios, así como sobre sus rasgos más característicos. Sin duda alguna, los estratos medios que tan exitosamente representa Piotr Grigóriev en el escenario del teatro Aleksandriiski existen también en Petersburgo, y en bastante cantidad; sin embargo, aquí parecen no hallarse en casa, parecen visitantes, colonos o extranjeros de paso. Son más lo de origen alemán que autóctono. En las calles de Peterburgo se los encuentra con menos frecuencia que en Moscú; hay que buscarlos en el mercado Shukin, en los puestos de verduras, de carnes y en todas esas pequeñas tiendas desparramadas por Petersburgo. Al estrato medio pertenecen los dependientes y vendedores de los puestos que se encuentran en las calles más visibles de Petersburgo; es algo más civilizado que su compadre moscovita. En general, están tan mezclados en la población de la ciudad que no saltan a la vista como en Moscú; más aún, en Petersburgo pasan completamente desapercibidos. Por eso creemos que Piotr Grigóriev no habría gozado en la escena moscovita del éxito que goza en la petersburguesa; el tipo que representa, por supuesto, no es algo insólito en Petersburgo, pero, a la vez, no es un fenómeno tan habitual cuyo brusco contraste con las costumbres del estamento que prevalece en Petersburgo no pudiera suscitar a su cuenta risas tan alegres y sonoras. Por lo que respecta a los mercaderes de la ciudad, se diferencian claramente de los moscovitas. En Petersburgo hay pocos mercaderes con barba y muy ricos, y parecen definitivamente colonos en esta ciudad europeizada; incluso han escogido determinadas calles como lugar exclusivo de residencia: el pasaje Troitski, las calles contiguas a Piat Uglov y a la iglesia de los viejos creyentes. En Petersburgo hay muchos mercaderes de origen alemán, incluso inglés, por eso la mayor parte incluso de los mercaderes rusos no parecen mercaderes, sino hombres de negocios, y es imposible distinguirlos de la compacta multitud que compone el estrato medio de la ciudad. Por fin, hemos llegado al principal (por su número y rasgos comunes) «estamento de Petersburgo». Se sabe que en ninguna otra ciudad del mundo hay tantas personas jóvenes, maduras e incluso viejas sin hogar como en Petersburgo, y en ninguna otra parte las personas con techo y familia se distinguen tanto de las que carecen de hogar como en Petersburgo. En este sentido, Petersburgo está en las antípodas de Moscú. Esa brusca diferencia se explica por la relación que ambas ciudades tienen con Rusia. Petersburgo es el centro del gobierno, una ciudad preferentemente administrativa, burocrática y oficial. Casi un tercio de su población está compuesto por militares, y la cantidad de funcionarios civiles casi que supera la de oficiales del ejército. En Petersburgo todos trabajan para el Estado, todos se preocupan por conseguir un puesto y por recibir un nombramiento. En Moscú uno puede oír con frecuencia la pregunta: «¿Usted a qué se dedica?». En Petersburgo esta pregunta ha sido decididamente sustituida por otra: «¿Dónde brinda servicio?». La palabra «funcionario» es tan típica de Petersburgo como «barin», «bárinia»,[15] etc. lo son de Moscú. El funcionario es el habitante autóctono, el verdadero ciudadano de Petersburgo. Si a uno le envían a un lacayo, a un niño o una niña siquiera de cinco años, cada uno de ellos, al buscar su departamento, le preguntará al portero o a uno mismo: «¿Aquí vive el funcionario tal?», por más que uno no tenga rango alguno, no sirva en ninguna dependencia del Estado y jamás se haya propuesto hacerlo. ¡Tal es el «carácter» de Petersburgo! El habitante de Petersburgo siempre está afectado por la fiebre de la actividad; a menudo, en realidad, hace nada, a diferencia del moscovita, que no hace nada, pero el «nada» del habitante de Petersburgo es siempre «algo» para él; por lo menos, siempre sabe por qué se esmera. Dios sabrá cómo los moscovitas descubrieron el secreto de hacer todo en el mundo del modo en que en Petersburgo descansan o no hacen nada. En efecto, hasta las visitas, los paseos y las comidas el petersburgués los cumple con aire preocupado, como si temiera llegar tarde o perder tiempo valioso, y a ello se decide no siempre sin interés ni objetivo. En Moscú incluso los hombres de mucho fuste solo callan cuando duermen, mientras que los jóvenes, en especial los que «dan muchas esperanzas», hablan hasta cuando duermen y después incluso publican si han dicho algo bueno en sueños, lo que explica ciertos fenómenos literarios de Moscú. El petersburgués, si es un hombre de fuste, es parco en palabras cuando estas no conducen a ningún fin positivo. El rostro del moscovita es franco, bondadoso, despreocupado, alegre, acogedor; el moscovita siempre está dispuesto a hablar y discutir con uno de lo que sea, y en su conversación es sincero. El rostro del petersburgués siempre luce preocupado y sombrío; el petersburgués siempre es cortés, a menudo incluso amable, pero, si empieza a hablar, lo hace con frialdad y cautela y sobre los temas más corrientes; con seriedad solo habla del servicio, y no le gusta hablar ni discutir sobre nada. Por el rostro de un moscovita se ve si este está contento con la gente y con el mundo; por el rostro de un petersburgués se ve si este esta contento consigo mismo, siempre que, desde luego, sus asuntos marchan bien. De ahí proviene su fino espíritu de observación; de ahí la fuente de su incesante y fina ironía; enseguida nota si las botas de uno no están bien limpias, si en su pantalón se ha soltado una trabilla o si un botón de su chaleco está por salírsele; lo nota y sonríe con malicia y suficiencia… En esa sonrisa, por lo demás, consiste toda su ironía. El moscovita es indulgente con la ropa y no presta en general atención a todo lo que se refiere a la apariencia. Lo que más le importa es que uno sea o un buen muchacho o un hombre con alma y corazón… Al primer encuentro con uno ya se pondrá a discutir y solo comenzará a reír con ironía cuando vea que las opiniones de uno no coinciden con las del círculo en el que él echa peroratas o en el cual escucha las peroratas de otros, y que sin falta considera un «partido» literario o filosófico. En general, todo moscovita, cualquiera sea su estamento, está plenamente satisfecho con la vida porque está contento con Moscú y a su manera sabe disfrutar de la vida, porque a su modo vive con holgura, libertad y desinhibición. En qué consiste su goce de la vida, eso es otra cuestión. Los hombres inteligentes ya hace tiempo que han convenido que un sueño profundo, un buen apetito, un estómago sano, un abdomen cuyo volumen impone respeto, un rostro sonrosado y, por último, una envidiable capacidad de estar siempre de buen humor, constituyen la base más sólida de la auténtica felicidad en este mundo. Los moscovitas, en tanto hombres inteligentes, están en un todo de acuerdo con ello y creen además que cuanto menos seriamente se preocupe el hombre de cualquier cosa, cuanto menos haga y cuanto más hable de todo, más feliz es. ¡Y difícilmente no tengan razón en este sentido, dichosos sabios! Por eso el solo aspecto de un moscovita suscita en uno apetito y ganas de hablar mucho, con pasión y convicción, pero sin objetivo ni resultado alguno. No es el mismo efecto el que produce en el alma del observador el aspecto de un habitante de Petersburgo. Rara vez luce sonrosado, suele estar pálido, pero, lo más a menudo, su rostro tiene ese colorido hemorroidal propio del cielo petersburgués; y sobre ese rostro casi siempre se ve la preocupación, algo inquieto, alarmado y, junto con ello, cierto contento consigo mismo, algo similar a la inquebrantable convicción de la propia dignidad. El habitante de Petersburgo nunca se acuesta a dormir antes de las dos de la noche, y a veces ni siquiera se acuesta, pero eso no le impide estar ya ocupado de sus asuntos o en su oficina a las nueve de la mañana. Después de comer va sin falta al teatro, a una velada, a un baile, a un concierto, a una mascarada, a jugar a las cartas o a pasear según cuál sea la estación del año. Llega a todas partes y se divierte aprisa, igual que como trabaja, echando un vistazo al reloj como si temiera no contar con el tiempo suficiente. El moscovita es el más bueno de los hombres, crédulo, conversador y muy dado a la amistad. El petersburgués, por el contrario, no es hablador, mira a los demás con recelo y con el sentimiento de la propia dignidad; todo el tiempo cree estar ocupado con documentos oficiales o jugando al préférence, y se sabe que los asuntos importantes requieren ser atento y taciturno. El petersburgués se distingue mucho del moscovita incluso en la manera de disfrutar; para comer y beber busca refinadas delicadezas culinarias; no exceso, no mares de abundancia. En compañía de otros prefiere aburrirse antes que entregarse al encanto de la conversación y, así, faltar a la solemnidad y la ceremoniosidad, en las que acostumbra a ver decoro y buen tono. La excepción son las francachelas de solteros: el ruso parrandea del mismo modo en todos los rincones de Rusia, y en su parranda asoma siempre por igual cierta libertad esteparia que recuerda las costumbres de la antigua Veliki Nóvgorod.

En Moscú no hay funcionarios. La gente decente de Moscú, para su honor, sabe ser simplemente gente fuera de su puesto de trabajo, de modo que no es posible adivinar dónde brindan servicio. El estrato bajo de la burocracia es conocido allí con el nombre de «escriba» y pasa poco percibido para quienes, desde luego, no hacen caso de ellos, pero tanto más percibido es por quienes necesitan de su ayuda. Militares en Moscú hay pocos; muchos de ellos van allí solo por un tiempo, de licencia. En una palabra, en Moscú no se percibe casi nada oficial, y un funcionario petersburgués es en Moscú un fenómeno tan extraño y asombroso como un pensador moscovita en Petersburgo. Si bien el moscovita es en general más original y, diríase, genuino que el petersburgués, se acostumbra muy rápido a Petersburgo cuando se traslada a vivir a esta ciudad. ¡Adónde van a parar sus grandilocuentes sueños, ideales, teorías, fantasías! Petersburgo, en este sentido, es la piedra de toque de un hombre: quien al vivir en ella no se deja llevar por el torbellino de su ilusoria vida, quien sabe preservar su alma y su corazón no a costa del sentido común, quien conserva su dignidad humana sin entregarse al quijotismo, a esa persona uno puede tenderle la mano como a un hombre… Petersburgo ejerce sobre ciertas naturalezas un efecto desembriagador: primero parece que, por la influencia de su ambiente, las convicciones más caras a uno caerán como las hojas de los árboles, pero pronto uno advierte que no se trataba de convicciones, sino de sueños engendrados por la vida ociosa y por el absoluto desconocimiento de la realidad, y uno quizás es presa de una penosa tristeza, pero en esa tristeza hay tanto de sagrado, de humano… ¡Qué son los sueños! Los más seductores de ellos no valen, a los ojos de un hombre práctico (en el sentido racional de esta palabra), la más amarga de las verdades, ya que la dicha de un tonto es una mentira, mientras que el sufrimiento de un hombre práctico es una verdad, verdad que, además, da frutos en el futuro.

Para completar nuestro cuadro, citemos unas líneas sobre Moscú y Petersburgo extraídas de un viejo artículo que es tan bueno que mucho de lo que dice sigue siendo nuevo siete años después:

«Todo Petersburgo se remueve de los sótanos al desván; desde la medianoche empieza a hornear panes franceses, que para mañana se habrá comido todo el pueblo alemán, y toda la noche le brilla o un ojo o el otro; toda Moscú duerme de noche y al día siguiente, tras persignarse e inclinarse a los cuatro costados, sale con sus panecillos al mercado. Moscú es de género femenino; Petersburgo, del masculino. En Moscú es todo novias; en Petersburgo, todo novios. Petersburgo observa un profundo decoro en su vestimenta, no le gustan los colores chillones ni se permite ningún tipo de bruscos y audaces apartamientos de la moda; en cambio, Moscú exige, si vamos a hablar de moda, que en todo el uniforme haya moda: si el talle debe ser largo, lo hace más largo aún; si las solapas del frac deben ser grandes, ella se las deja como portones. Petersburgo es una persona prolija, un perfecto alemán que todo lo observa con escrupulosidad y que, antes de ocurrírsele dar una fiesta, mira en su bolsillo; Moscú es un noble ruso y, si quiere divertirse, se divierte hasta decir basta y no se preocupa de si ya agarró más de lo que tiene en el bolsillo; no le gustan las medianías. […] Moscú siempre anda en carruaje, envuelta en un abrigo de piel de oso, y en general se dirige a almorzar; Petersburgo, con una levita frisada y las dos manos en los bolsillos, vuela a toda velocidad hacia la Bolsa o “a cumplir con el deber”. Moscú sale hasta las cuatro de la mañana y al día siguiente no se levanta de la cama antes de las dos de la tarde; Petersburgo también sale hasta las cuatro, pero al día siguiente, como si tal cosa, a las nueve ya está con su levita frisada yendo de prisa a la oficina. Hacia Moscú se arrastra la Rus’ con dinero en el bolsillo y vuelve sin nada; a Petersburgo va la gente sin dinero y de ahí se van para todos los rincones del mundo con considerable capital. Hacia Moscú se arrastra la Rus’ en trineos de invierno por invernales baches para vender y comprar al por mayor; a Petersburgo va el pueblo ruso a pie en tiempo estival para construir y trabajar. Moscú es un almacén, amontona bultos y fardos, a los pequeños vendedores ni mirarlos quiere; Petersburgo se ha despilfarrado en pedacitos, se ha dividido y ha deambulado por puestos y tiendas y ahora pesca pequeños compradores. Moscú dice: “Si el comprador lo necesita, lo hallará”; Petersburgo le pone a uno el letrero bajo las narices, le excava bajo los pies un sótano con vinos del Rin y pone una parada de cocheros a las puertas mismas de su casa. Moscú ni mira a sus habitantes, pero envía sus mercaderías a toda la Rus’; Petersburgo vende corbatas y guantes a sus propios funcionarios. Moscú es un gran mercado central; Petersburgo, una tienda luminosa. Moscú le es necesaria a Rusia; a Petersburgo le es necesaria Rusia. En Moscú rara vez encuentras un botón con escudo de armas en un frac; en Petersburgo no hay frac que no tenga botones así. A Petersburgo le encanta reírse un poco de Moscú, de su ordinariez, torpeza y mal gusto; Moscú pincha a Petersburgo diciéndole que es un mercenario y que no sabe ni hablar ruso. En Petersburgo, en la Avenida Nevski, las personas pasean a las dos como si salieran de las ilustraciones de las revistas de moda que están expuestas en las ventanas, incluso las viejas con talles tan ceñidos que se vuelve gracioso; en los paseos de Moscú siempre cae, en medio de la primorosa multitud, alguna madrecita con un pañuelo en la cabeza y que ya ha perdido por completo todo talle.»[16]

Hemos omitido algunas líneas de este fragmento porque ya han perdido toda actualidad y deberían ser acompañadas por comentarios. Más allá de eso, no se puede dejar se subrayar la frase: «Moscú le es necesaria a Rusia; a Petersburgo le es necesaria Rusia». Esta frase es más ingeniosa que justa. Petersburgo es tan necesaria a Rusia como Moscú, y Rusia es tan necesaria a Moscú como a Petersburgo. No se le puede quitar a Moscú su importante significado vital, aunque no pueda decirse aún en qué consiste precisamente ese significado. El significado de Petersburgo es más claro por ahora a priori que a posteriori. Eso sucede porque aún nos encontramos en el presente de nuestra historia; nuestro pasado es tan pequeño todavía que por él solo podemos adivinar el futuro y no hablar de él afirmativamente. Nos hallamos aún en una situación de transición, por eso es difícil captar con certeza y precisión los rasgos característicos de ambas ciudades. Al hablar de lo que son ahora, hay que pensar en qué pueden llegar a ser en el futuro. Quizás la misión de Moscú consista en mantener el principio nacional (cuya esencia, al igual que la de muchas cosas en el mundo, por ahora no es posible establecer) y en la resistencia a la influencia foránea, que podría ser definitivamente externa y, por ello, infructuosa, si no encontrara en su camino el elemento nacional y no luchara con él. Todo lo vivo es resultado de la lucha; todo lo que aparece y se afirma sin lucha está muerto. A pesar de la aparente propensión de Moscú por nuevas opiniones o, acaso, por nuevas ideas, ella, mi madrecita, sigue viviendo como antes y está apesadumbrada. A esas ideas les dispensa un trato diríase alemán: sus ideas, por un lado; su vida, por el otro. Es claro que ella posee su propio principio conservador que solo cede -y solo un poco y lentamente- a lo nuevo, pero no se somete a él. Y el representante de eso nuevo es Petersburgo, y en ello reside su gran significado para Rusia. Petersburgo no se deja llevar por las ideas; es una persona positiva y juiciosa. Nunca llamará toga romana a su levita de franela; preferirá jugar al préférence antes que desvelarse por lo imposible; no la sorprenderás ni con teorías ni con especulaciones, y los sueños no los soporta; erigirse en un pantano no es del todo de su agrado, pero es mejor eso que estar en el aire sin ningún soporte. Su ley es la fastidiosa fuerza de las circunstancias, y está dispuesta a convertirse en lo que sea si estas lo demandan. Por eso es difícil definirla sobre la base de lo que ha sido y es. Ningún petersburgués aspira a genio y sueña con transformar la realidad: la conoce demasiado bien como para no avenirse a su fuerza. Los genios nacen por cientos solo allí donde, como consecuencia de las circunstancias, reina un cabal desconocimiento de lo que se llama realidad, donde cada cual se cree la medida del mundo entero y toma los sueños de su ociosa fantasía por hechos indudables de la historia y de la realidad contemporánea. En Petersburgo cada cual aparece en su sitio y por sí mismo, ya que, si alguien declarara la pretensión de ser mejor y superior a los demás, le dirían: «¡A ver, pruebe!». En una palabra, Petersburgo no cree, sino que pide hechos. En Petersburgo, todos intentan alcanzar su objetivo y, cualquiera que sea este, el petersburgués lo alcanza. Esto tiene su provecho, que además es grande: cualquiera sea la actividad, la costumbre de actuar, así como el saber adquirido gracias a ella, constituye una gran cosa. Quien no se quedó cruzado de brazos ni siquiera cuando no había nada que hacer, sabrá actuar cuando llegue la hora de hacerlo. Una ciudad no es lo mismo que un hombre; para ella, incluso cien años son poca cosa. En suma, creemos que Petersburgo está destinada por siempre a trabajar y hacer, mientras que Moscú, a preparar a los hacedores. Eso se aprecia incluso ahora: ¡cuantos jóvenes que han finalizado sus estudios en la Universidad de Moscú se trasladan a Petersburgo a trabajar para el Estado! Como consecuencia del influjo de la Universidad de Moscú y de la pacífica y provincial situación de Moscú, en ella, hablando en general, se lee no solo más que en Petersburgo, sino que en cuestiones de ciencia, arte y literatura los moscovitas ponen de manifiesto más amplitud, conocimientos, gusto, tacto y educación que la mayoría de quienes en Petersburgo leen e intervienen en los debates. Como consecuencia de las mismas circunstancias, en Moscú hay más jóvenes capaces de actuar que en Petersburgo, pero, otra vez, solo hacen algo en Petersburgo, mientras que en Moscú solo hablan de lo que harían y cómo lo harían si se pusieran a hacer algo.

1844

Notas

[1] Caballeros de la Orden de Livonia, adversarios de los rusos en la lucha por el Nevá y el Báltico.

[2] Versos de El jinete de bronce (1833), de Aleksandr Pushkin (traducción de Omar Lobos).

[3] Versos del poema Estanzas (1826), de Aleksandr Pushkin.

[4] Господские.

[5] Personaje de la novela Almas muertas (1842), de Nikolái Gógol.

[6] Coche ruso abierto y liviano, de cuatro ruedas.

[7] Alusión a Juan 5, 3-4.

[8] Aquí: ‘de tanto insistir’.

[9] Intelectuales no pertenecientes a la nobleza.

[10] Independientes, librepensadores.

[11] Caftán típico de la zona del Cáucaso.

[12] Personaje de la comedia La desgracia de ser inteligente (1825), de Aleksandr Griboiédov.

[13] Antiguo gorro de piel o terciopelo.

[14] El presente artículo fue publicado en la antología Fisiología de Petersburgo en 1844.

[15] Señor, señora nobles.

[16] Nikolái Gógol, «Notas petersburguesas del año 1836», publicado en el número 2 de Eslavia: https://eslavia.com.ar/notas-petersburguesas-del-ano-1836/