Notas petersburguesas del año 1836

Nikolái Vasílievich Gógol

Traducción: Julián Lescano

I

…Realmente, adónde fue arrojada la capital rusa: ¡al fin del mundo! Extraño pueblo el ruso: estaba la capital en Kíev –aquí es demasiado cálido, poco frío; se trasladó la capital rusa a Moscú –no, acá también hace poco frío: ¡dénos Dios Petersburgo! Buena la va a hacer la capital rusa codeándose con el polo helado. Digo esto porque se le hace agua la boca por mirar de cerca a los osos polares. “¡Así que te escapás a setecientas verstas de madrecita! ¡Qué rapidito, eh!” —dice el pueblo moscovita, entornando un ojo para el lado finlandés. ¡Pero qué páramo entre la madrecita y el hijito! ¡Qué clase de vistas estas, qué clase de naturaleza! El aire atravesado por la niebla; sobre la pálida, gris-verdosa tierra, tocones quemados, pinos, un abetal, terrones… Es todavía una suerte que como una flecha vuele la carretera y que las cantarinas y estridentes troikas rusas pasen por ella como un suspiro. ¡Y qué diferencia, qué diferencia entre los dos! Ella todavía es una barba rusa, mientras que él ya es un prolijo alemán. ¡Cómo se ha extendido, cómo se ha ensanchado la vieja Moscú! ¡Qué despeinada que está! ¡Cómo se ha echado para atrás, cómo se ha estirado el petimetre Petersburgo! Ante él se alzan por todos lados espejos: allá el Nevá, allá el golfo de Finlandia. Tiene dónde mirarse. En cuanto se note una plumita o plumón, ¡enseguida un coscorrón! Moscú es una vieja muy casera que cocina blinís, mira de lejos y escucha, sin levantarse del sillón, los relatos de lo que pasa en el mundo; Petersburgo, un muchacho desenvuelto, que nunca se queda en casa, siempre bien vestido y, poniéndose bonito para Europa, saluda a las foráneas muchedumbres.

Todo Petersburgo se remueve de los sótanos al desván; desde la medianoche empieza a hornear panes franceses, que para mañana se habrá comido todo el pueblo alemán, y toda la noche le brilla o un ojo o el otro; toda Moscú duerme de noche y al día siguiente, tras persignarse e inclinarse a los cuatro costados, sale con sus panecillos al mercado. Moscú es de género femenino, Petersburgo del masculino. En Moscú es todo novias, en Petersburgo todo novios. Petersburgo observa un profundo decoro en su vestimenta, no le gustan los colores chillones ni se permite ningún tipo de bruscos y audaces apartamientos de la moda; en cambio Moscú exige, si vamos a hablar de moda, que en todo el uniforme haya moda: si el talle debe ser largo, lo hace más largo aún; si las solapas del frac deben ser grandes, ella se las deja como portones. Petersburgo es una persona prolija, un perfecto alemán, que todo lo observa con escrupulosidad y que, antes de ocurrírsele dar una fiesta, mira en su bolsillo; Moscú es un noble ruso y, si quiere divertirse, se divierte hasta decir basta y no se preocupa de si ya agarró más de lo que tiene en el bolsillo; no le gustan las medianías. En Moscú todas las revistas, por muy científicas que sean, siempre hacia el final del volumen terminan con una ilustración de moda; las petersburguesas rara vez incluyen ilustraciones; si las incluyen, el que les echa una ojeada puede pegarse un susto por la falta de costumbre. Las revistas moscovitas hablan de Kant, Schelling, etc., etc.; en las revistas petersburguesas se habla solo del público y de las buenas intenciones… En Moscú las revistas van a la par del siglo, pero las entregas se retrasan; en Petersburgo las revistas no van paralelas al siglo, pero salen con puntualidad, según lo estipulado. En Moscú los literatos tiran su fortuna, en Petersburgo hacen su fortuna. Moscú siempre anda en carruaje, envuelta en un abrigo de piel de oso, y en general a almorzar; Petersburgo, con una levita frisada y las dos manos en los bolsillos, vuela a toda velocidad hacia la Bolsa o “a cumplir con el deber”. Moscú sale hasta las cuatro de la mañana y al día siguiente no se levanta de la cama antes de las dos de la tarde; Petersburgo también sale hasta las cuatro, pero al día siguiente, como si tal cosa, a las nueve ya está con su levita frisada yendo de prisa a la oficina. Hacia Moscú se arrastra la Rus con dinero en el bolsillo y vuelve sin nada; a Petersburgo va la gente sin dinero y de ahí se van para todos los rincones del mundo con considerable capital. Hacia Moscú se arrastra la Rus en trineos de invierno por invernales baches para vender y comprar al por mayor; a Petersburgo va el pueblo ruso a pie en tiempo estival para construir y trabajar. Moscú es un almacén, amontona bultos y fardos, a los pequeños vendedores ni mirarlos quiere; Petersburgo se ha despilfarrado en pedacitos, se ha dividido y ha deambulado por puestos y tiendas y ahora pesca pequeños compradores. Moscú dice: “si el comprador lo necesita, lo hallará”; Petersburgo te pone el letrero bajo las narices, te excava bajo los pies un sótano con vinos del Rin y pone una parada de cocheros a las puertas mismas de tu casa. Moscú ni mira a sus habitantes, pero envía sus mercaderías a toda la Rus; Petersburgo vende corbatas y guantes a sus propios funcionarios. Moscú es un gran mercado central; Petersburgo, una tienda luminosa. Moscú le es necesaria a Rusia; a Petersburgo le es necesaria Rusia. En Moscú rara vez encontrás un botón con escudo de armas en un frac; en Petersburgo no hay frac que no tenga botones así. A Petersburgo le encanta reírse un poco de Moscú, de su ordinariez, torpeza y mal gusto; Moscú pincha a Petersburgo diciéndole que es un mercenario y que no sabe ni hablar ruso. En Petersburgo, en la Avenida Nevski, las personas pasean a las dos como si salieran de las ilustraciones de las revistas de moda que están expuestas en las ventanas, incluso las viejas con talles tan ceñidos que se vuelve gracioso; en los paseos de Moscú siempre cae, en medio de la primorosa multitud, alguna madrecita con un pañuelo en la cabeza y que ya ha perdido por completo todo talle. Podría decir algunas cosas más, pero…

¡Distancia de enorme magnitud!

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Calle Tverskáia, principal arteria de Moscú durante el siglo XIX

II

Es difícil formarse una impresión general de Petersburgo. Hay algo de colonia europeo-americana: tiene tan poca nacionalidad originaria como ellas, y tanta mezcolanza extranjera aún no fusionada con la base sólida. Hay en ella tantas naciones diferentes como diferentes capas sociales. Estas sociedades están completamente separadas: aristócratas, funcionarios, artesanos, ingleses, alemanes, mercaderes –todos conforman círculos por completo separados, que rara vez se mezclan entre sí, que más viven y se divierten sin ser vistos por los demás.

Y cada una de estas clases, si se las examina más de cerca, está compuesta por una gran cantidad de otros círculos pequeños, que tampoco se mezclan entre sí. Por ejemplo, tomemos a los funcionarios: los jóvenes asistentillos de jefes de despacho conforman un grupo al que por ningún motivo se rebajaría el jefe de sección. El jefe de despacho, por su lado, levanta su peinado para que esté un poco más alto en presencia de un funcionario de Cancillería. Los artesanos alemanes y los empleados alemanes también conforman dos círculos separados. Los maestros conforman un círculo, los actores el suyo; incluso el literato, que representa aún hoy una ambigua y dudosa figura, se alza por completo aparte. En una palabra, es como si llegara a una fonda una enorme diligencia, en la que todos los pasajeros estuvieron tapados todo el camino, y entrara a la sala común solo porque no había otro lugar. El intento de establecer sociedades públicas hasta ahora no ha tenido éxito. Al club el habitante petersburgués va solo para almorzar, y no para pasar el rato. Que Petersburgo todavía no se haya convertido en un hotel es culpa de cierto elemento interior de los rusos, que todavía encuentran originalidad incluso en el eterno pulimento con extranjeros. Para hablar de cada uno de estos círculos y anotar la vida que transcurre entre ellos, con sus alegrías, placeres, esperanzas, tristezas… hay que ser uno de esos que no escriben en absoluto, porque estos caballeros decididamente no tienen tiempo para recompensas por su quehacer. Es decir, con excepción de bailes y fiestas; me refiero a aquellas diversiones que por más tiempo dejan recuerdos y que son aceptadas por todas las clases. El teatro, el concierto: he ahí los puntos donde se chocan las clases de la sociedad petersburguesa y tienen tiempo de mirarse una a la otra hasta hartarse. El ballet y la ópera son el zar y la zarina del teatro petersburgués. Han estado más brillantes, más ruidosos, más arrebatados que en años anteriores, y los extasiados espectadores olvidaron que existe la majestuosa tragedia, que involuntariamente inspira elevados sentimientos en los corazones dispuestos de esa silenciosa y obediente multitud; que hay comedia, fiel registro de la sociedad que se mueve frente a nosotros, la comedia rigurosamente meditada que produce con la profundidad de su ironía risa, pero no aquella risa que es engendrada por impresiones ligeras, por una superficial ocurrencia, un calambur, tampoco aquella risa que mueve a la vulgar chusma de la sociedad, para la cual se necesitan convulsiones y caricaturescas mofas de la naturaleza, sino aquella eléctrica y vivificante risa que se suelta involuntaria, libre e inesperadamente, directo de un alma deslumbrada por el cegador brillo de la inteligencia, que surge de un tranquilo placer y es producida tan solo por una inteligencia elevada. Los espectadores tienen razón en extasiarse con el ballet y la ópera… En la escena dramática aparecieron el melodrama y el vodevil, huéspedes de paso que eran anfitriones en el teatro francés, pero que en el ruso cumplieron un rol singularmente extraño. Ya hace tiempo que está aceptado que los actores rusos resultan un tanto extraños cuando representan marqueses, vizcondes y barones, como de seguro sería gracioso que a los franceses se les ocurriera imitar a unos muzhikí rusos; pero las escenas de bailes, tertulias y recepciones a la moda… ¿cómo son? ¿Y los vodeviles…? Hace ya tiempo que se han colado los vodeviles en la escena rusa, entretienen al pueblo llano, que se presta a la risa fácil. ¿Quién podría pensar que habría no solo vodevil traducido en la escena rusa, sino incluso original? ¡Vodevil ruso! Es verdad, es un poquito extraño, extraño porque este ligero y deslucido juguete pudo nacer solo de los franceses, nación que no tiene en su carácter una fisonomía profunda e inamovible; pero cuando obligan al todavía un tanto hosco, difícil carácter ruso a dar vueltas como un petimetre… me da la impresión de que nuestro obeso y despabilado mercader de anchas barbas, cuyo pie nunca ha conocido otra cosa que pesadas botas, se puso en su lugar un borceguí ajustado y unas medias “U jour”, y en el otro pie se dejó sencillamente la bota, y se convirtió de ese modo en primera pareja de una cuadrilla francesa.

Ya hace unos cinco años que los melodramas y vodeviles se adueñaron de los teatros de todo el mundo. ¡Qué pantomima! Incluso los alemanes… ¡quién habría pensado que los alemanes, ese sólido, inclinado a profundos placeres estéticos pueblo, que los alemanes ahora representan y escriben vodeviles, reescriben y pegotean inflados y fríos melodramas! ¡Y ojalá esta epidemia trajera consigo la potencia de la marca del genio! Cuando todo el mundo salmodiaba al son de la lira de Byron, no era algo gracioso; en esa aspiración había incluso algo consolador. ¡Pero Dumas, Ducange y otros se han convertido en autoridades mundiales…! Lo juro, el siglo XIX va a avergonzarse de estos cinco años. ¡Oh, Molière, gran Molière! ¡Tú, que con tales amplitud y plenitud desarrollaste tus caracteres, con tal profundidad observaste todas sus sombras; tú, riguroso, circunspecto Lessing, y tú, noble, ardoroso Schiller, que con tan poética luz expresaron la dignidad del ser humano! ¡Den un vistazo a lo que se hace después de ustedes en nuestra escena; vean qué extraño monstruo, bajo el aspecto del melodrama, se introdujo entre nosotros! ¿Dónde está nuestra vida? ¿Dónde estamos nosotros con todas nuestras modernas pasiones y extrañezas? ¡Si tan solo algún reflejo de ella viéramos nosotros en nuestro melodrama! Pero miente del modo más desvergonzado nuestro melodrama…

Incomprensible fenómeno: aquello que nos rodea todos los días, lo que es inseparable de nosotros, lo ordinario, solo puede notarlo un profundo, gran, extraordinario talento. Pero aquello que sucede rara vez, lo que constituye una excepción, lo que nos suspende con su deformidad, su desarmonía entre la armonía, de eso se agarra con ambas manos la mediocridad. Y es así que la vida de un profundo talento transcurre en todo su desborde, con toda su armonía, pura como un espejo, reflejando con idéntica precisión las nubes oscuras y las claras: a la mediocridad se le arrastra como una turbia y sucia ola, sin reflejar ni lo claro, ni lo oscuro.

Lo extraño se ha vuelto el tema del drama actual. Todo radica en relatar algún suceso sin falta nuevo, sin falta extraño, nunca hasta el momento visto u oído: asesinato, incendios, las más salvajes pasiones, ¡que no existen ni por asomo en las sociedades actuales! Como si tras nuestros fracs europeos se escondieran los hijos de la abrasadora África. Los verdugos, los venenos son solo un efecto, un eterno efecto, ¡y ni un solo personaje despierta el más mínimo interés! Hasta ahora nunca ha salido del teatro un espectador entristecido, llorando; al contrario, en estado de inquietud se ha sentado apurado en el coche, no pudiendo por un tiempo ordenar y discernir sus propios pensamientos. ¡Y entre nuestra sociedad refinada y educada, qué clase de espectáculos encontramos! Contra nuestra voluntad se mueven frente a los ojos aquellas palestras sangrientas que se reunía a ver toda Roma en su época de mayor esplendor y embotada saciedad. ¡Pero, gracias a Dios, aún no somos romanos ni estamos en el ocaso de la existencia, sino apenas en sus albores! Si se reúne todos los melodramas presentados en nuestra época, podría pensarse que es una Kunstkámera[1] en la cual fueron deliberadamente reunidas las monstruosidades y errores de la naturaleza o, mejor, un calendario en el cual se registran con calendaril frialdad todos los sucesos extraños, donde junto a cada fecha se anuncia: hoy hubo en tal lugar tal estafa; hoy le cortaron la cabeza a tales bandidos e incendiarios; tal artesano apuñaló a su mujer… y cosas similares. Imagino en qué extraña perplejidad se encontrará nuestro descendiente al que se le ocurra buscar nuestra sociedad en nuestros melodramas.

No es sorprendente que el ballet y la ópera sean más consoladores y sirvan de descanso: en ellos el disfrute es sosegado. La ópera es recibida entre nosotros con avidez. Todavía no se evaporó el entusiasmo con el que se arrojó todo Petersburgo hacia la viva, brillante música de “Fenella”, hacia la salvaje, impregnada de placer infernal música de “Roberto”. “Semiramide”, la cual hasta hace cinco años miraba el público con indiferencia; “Semiramide”, en los tiempos que corren, cuando la música de Rossini es casi un anacronismo, transporta a un éxtasis absoluto a ese mismo público. Del entusiasmo que suscita la ópera “Una vida por el zar” nada hay que decir siquiera: es comprendido y conocido ya por toda Rusia. De esta ópera habría que decir mucho o no decir nada[2].

Pero a mí no me gusta hablar ni de música ni de canto. Me da la impresión de que todos los tratados musicales y reseñas deben ser aburridos incluso para los mismos músicos: en la música una parte inmensa es inexpresable e indefinida. Las pasiones musicales no son pasiones cotidianas; la música solo en contadas ocasiones expresa o, mejor dicho, imita la voz de nuestras pasiones para, tras apoyarse en ellas, precipitarse, como una salpicante y cantarina fuente de otras pasiones, a una esfera diferente. Solo haré notar que la melomanía se propaga más y más. Personas de las que nadie sospechó jamás de un pensamiento de tipo musical, no pueden despegarse del asiento en “Una vida por el zar”, “Roberto”, “Norma”, “Fenella” y “Semiramide”. Las óperas se ponen en escena casi dos veces por semana, sostienen un incontable número de presentaciones, y aún así a veces es difícil hacerse de una entrada. ¿No es acaso nuestra cantarina naturaleza eslava la que actúa en nosotros? Y no es esto acaso un retorno a los tiempos antiguos luego de un viaje por la extraña tierra de la ilustración europea, donde a nuestro alrededor se hablaba en una lengua por completo incomprensible y pasaban personas del todo desconocidas, un retorno en una troika rusa con una campanita cantarina desde la que nosotros, incorporándonos a la carrera y agitando el gorro, decimos: “¡De visita se está bien, pero en casa mejor!”

¡Qué opera puede hacerse de nuestros motivos nacionales! Muéstrenme un pueblo que tenga más canciones. Nuestra Ucrania resuena con canciones. Por el Volga, desde su nacimiento hasta el mar, en toda la fila de barcazas de carga se sienten canciones de sirgadores. Al son de canciones se tallan a partir de troncos de pino isbas por toda Rus. Al son de canciones se zarandean de mano en mano los ladrillos, y como hongos crecen las ciudades. Al son de canciones se fajan las viejas, se casa y se entierra a los rusos. Toda la nobleza y no nobleza de viaje vuela al son de las canciones de los cocheros. A orillas del Mar Negro un imberbe, moreno cosaco con bigotes azabache, cargando su arcabuz, canta una antigua canción: y allá, en la otra punta, a caballo sobre un témpano flotante, un industrial ruso caza con un arpón una ballena, entonando una canción. ¿No tenemos acaso con qué hacernos una ópera? La ópera de Glinka es tan solo un estupendo comienzo. Él logró unir felizmente en su obra dos músicas eslavas; escuchás dónde habla el ruso y dónde el polaco: en uno respira el vasto motivo de la canción rusa, en el otro el irreflexivo motivo de la mazurca polaca.

Los ballets petersburgueses brillan. Por cierto, a propósito de los ballets en general. La realización de ballets en París, Petersburgo y Berlín ha llegado muy lejos; pero hay que hacer notar que lo que se perfecciona en ellos es tan solo la riqueza del vestuario y la riqueza del decorado; la esencia misma del ballet, su invención, no va de la mano con su realización; los compositores de ballet muy poco de nuevo muestran en los bailes. Hasta ahora hay poco de peculiar. Miren, danzas populares hay en diversos rincones del mundo: el español no baila igual que el suizo, el escocés igual que el alemán de Teniers ni el ruso igual que el francés o que el asiático. Incluso en las provincias, dentro del mismo Estado, varían las danzas. El ruso del norte no baila igual que el ucraniano, que el eslavo del sur, que el polaco, que el finés; uno tiene una danza elocuente; el otro, una insensible; uno tiene una frenética, libertina; el otro, una serena; uno tiene una intensa, pesada; el otro, una liviana, aérea. ¿De dónde nació tal diversidad de danzas? Nació del carácter del pueblo, de su vida y modo de ocupación. El pueblo que ha llevado una vida orgullosa y pendenciera expresa el mismo orgullo en su danza; en el pueblo despreocupado y libre, la misma ilimitada libertad y poética abnegación se reflejan en los bailes; el pueblo de clima ardiente dejó en su danza nacional el mismo deleite, pasión y celo. Guiándose por un fino rigor, el creador de ballets puede tomar de ellos cuanto desee para definir el carácter de sus héroes danzantes. Ni que decir tiene que tras coger de ellos un primer elemento, puede desarrollarlo y volar incomparablemente más alto que su original, así como el genio musical, de una sencilla, escuchada en la calle canción, crea todo un poema épico. Por lo menos, las danzas van a tener entonces más sentido, y de ese modo podrá configurarse figuradamente este liviano, ligero y ardiente lenguaje, hasta el día de hoy todavía un tanto cohibido y comprimido.

petergogol
Malecón Inglés, San Petersburgo, siglo XIX

Petersburgo es un gran aficionado al teatro. Si pasean por la Avenida Nevski una fresca mañana helada, en la que el cielo de color rosa-dorado alterna con pasajeras nubes del humo que asciende de las chimeneas, entren a esa hora al vestíbulo del Teatro Alexandrinski: quedarán estupefactos con la obstinada paciencia con la que el pueblo allí reunido asalta la pechera del vendedor de entradas al sacar este un brazo de la ventanilla. Cuántos lacayos de todo tipo se amontonan allí, empezando por el que vino con un capote gris y una colorida corbata de seda, pero sin gorro, hasta el que tiene en su capote con librea un cuello de tres pisos semejante a una mariposa multicolor de paño para limpiar plumas. Aquí se apretujan también esos funcionarios a los que les limpian las botas las cocineras y que no tienen a nadie a quién enviar por sus entradas. Aquí verán cómo un héroe auténticamente ruso, perdiendo por fin la paciencia, llega, para singular asombro, abriéndose paso a través de los hombros de toda la muchedumbre, a la ventanilla y recibe su entrada. Solo entonces sabrán ustedes hasta qué punto es evidente nuestro amor al teatro. ¿Y qué pasan en nuestros teatros?… ¡unos melodramas y vodeviles cualesquiera…! Enojado estoy con los melodramas y vodeviles.

La situación de los actores rusos es lastimosa. Ante ellos se agita y bulle el pueblo, y les dan personajes que nunca en su vida vieron siquiera. ¿Qué pueden hacer con estos extraños héroes que no son ni franceses, ni alemanes, sino gente extravagante que en absoluto tiene pasión definida ni fisonomía marcada alguna? ¿Dónde mostrarse? ¿En qué desarrollar su talento? ¡Por Dios, dennos caracteres rusos, dennos a nosotros mismos, a nuestros pícaros, a nuestros excéntricos! ¡A la escena con ellos, para risa de todos! La risa es una gran cosa: no priva ni de la vida ni de las propiedades, pero frente a ella nos sentimos culpables como conejos encadenados… Nos acostumbramos tanto a las incoloras obras francesas que ya nos da timidez ver las propias. Si nos presentan algún carácter vivo, ya nos ponemos a pensar: ¿no es acaso una personalidad? Porque el personaje presentado no se parece en nada a ningún paysan, tirano teatral, poetastro, juez ni a semejantes personajes circundantes que arrastran los autores desdentados a sus piezas, como arrastran a escena a eternos figurantes que siempre con la misma sonrisa bailotean frente a los espectadores su paso, malamente aprendido después de cuarenta años. Si se dice, por ejemplo, que en una ciudad hay un consejero de la corte de conducta poco sobria, todos los consejeros de la corte se ofenden, y otro consejero, de tipo completamente distinto, incluso dirá: “¿Cómo puede ser esto? Yo tengo un pariente que es consejero de la corte, ¡excelente persona! ¡Cómo pueden decir que hay un consejero de la corte de conducta poco sobria!” ¡Como si uno solo pudiera desacreditar a todo el estamento! Y esta susceptibilidad la tenemos por completo extendida por todas las clases. ¿Hacen falta ejemplos? Recuerden “El inspector”[3]

Es una lástima. En verdad es hora ya de saber que solo una fiel representación de los caracteres no en rasgos generales asimilados, sino en forma tal que se manifieste su nacionalidad y nos impresione con su vivacidad, de modo que digamos: “Pero esta me parece una persona conocida”, solo una representación así resulta sustancialmente provechosa. Del teatro hicimos un juguete del estilo de esos sonajeros con los que se engatusa a los niños, olvidando que es una cátedra desde la que se da de una vez a toda una multitud una clase viva donde, por el solemne brillo de la iluminación, por el estruendo de la música, por la risa unánime, se muestra el vicio conocido y esquivo y, por la misteriosa voz del concurso general, se asoma el sentimiento conocido y elevado, que se oculta por timidez…

Pero ya es suficiente acerca del teatro. Ya me cansé de hablar de él. Su carnaval invernal es cerrado por la ruidosa semana de Petersburgo, en la que la ciudad, con una mitad de su población, vuela en hamacas, se precipita como un torbellino desde las montañas heladas, y con la otra se convierte en una larga cadena de carruajes y apenas se mueve, alineada por los gendarmes; cuando los espectáculos se dan de día y de noche y toda la plaza del Almirantazgo está sembrada de cáscaras de nuez…

Tranquila y severa es la Gran Cuaresma. Parece escucharse una voz: “Detente, cristiano; vuelve la cabeza y mira tu vida”. Las calles están desiertas. No hay carruajes. En la cara del transeúnte se puede ver la reflexión. ¡Te amo, época de meditación y oración! Más libres, más estudiados correrán mis pensamientos. Todo el vacío e insignificante pueblo yacerá, con certeza, soñoliento y extenuado, y olvidará entrar a importunarme con su vulgar conversación sobre el whist, sobre la literatura, sobre los premios, sobre el teatro.

La cuaresma en Petersburgo es una fiesta de músicos. En esta época se reúnen allí desde diversos puntos de Europa. El enorme concierto a beneficio de los inválidos siempre es grandioso: ¡cuatrocientos músicos! Es algo poderoso. Cuando el armonioso rumor de cuatrocientos sonidos se oye bajo las trémulas palabras, entonces me parece que la más ínfima de las almas de los oyentes debe estremecerse con un inusual temblor.

Continuando el ayuno, el sol echa una ojeada a la atmósfera petersburguesa. El lado occidental desde el mar se vuelve más luminoso. El norte mira con menos severidad desde el barrio de Víborg. Las tripulaciones se detienen más a menudo en la calle y hacen bajar a la vereda a los paseantes. Desde el año 1836 la Avenida Nevski, esta ruidosa, en eterno movimiento, ajetreada y empujadora Avenida Nevski ha caído en decadencia: el paseo se ha trasladado al malecón Inglés. Al difunto emperador le gustaba el malecón. Es realmente magnífico. Pero solo cuando empezaron los paseos noté que es un poco corto. Pero los paseantes salen ganando, porque la mitad de la Avenida Nevski siempre estuvo casi ocupada por artesanos y funcionarios, y por eso en ella se podía recibir un tercio más de empujones que en otros lugares…

—¿Por qué vuela tan rápido nuestro por nada irreemplazable tiempo? ¿Quién lo está llamando? ¡Gran Cuaresma, qué sereno, qué solitario fragmento suyo! ¿Qué es lo que no puede hacerse en estas siete semanas? Ahora, por fin, me ocuparé a fondo de mi labor. Ahora terminaré por fin lo que no me dejaron terminar el ruido y la agitación generalizada; pero he aquí que ya la primera semana toca su fin; no atiné a empezar, que ya vuela tras ella la segunda, ya la mitad de la tercera, ya la cuarta, ya la feria en Gostini Dvor, y toda una galería de sauces con frutas y flores de cera ha florecido bajo sus oscuros arcos. Cuando pasé frente a esta abigarrada avenida, a cuya sombra había amontonados toscos juguetes infantiles, quedé disgustado. Me enojé con las nianias de mejillas rojas que se bambolean en muchedumbre, y con los niños que se detienen alegres frente a montones de basura que para ellos es divertida, y con el moreno, rechoncho y bigotudo griego que se da el título de confitero moldavo, con sus dudosas e indefinidas mermeladas. Los cepillos de calzado en las mesitas, los monitos de estaño, los cuchillos y tenedores, los priániki, los pequeños espejitos me parecieron repugnantes. El pueblo se sigue abigarrando, apretujando; los mismos sentimientos se expresan en su cara; mira con la misma curiosidad con la que miraba también un año, dos y tres, y varios años atrás; y sin embargo, yo y todas las personas de este pueblo ya no somos las mismas: ya son en ellas los sentimientos distintos que los que tenían un año antes; ya más severos sus pensamientos; su alma tiene menos sonrisa en sus labios, y algo se pierde día a día de su vivacidad anterior.

El Nevá se ha deshelado temprano. Los hielos, no inquietados por los vientos, alcanzaron a derretirse casi antes del deshielo, se deslizaron ya sueltos y se fueron quebrando solos. El Lago Ládoga envió también los suyos casi al mismo tiempo. La capital de repente se ha transformado. Y la aguja del campanario de San Pedro y San Pablo, y la fortaleza, y la Isla Vasílievski, y el barrio de Víborg, y el malecón Inglés –todo ha adquirido un aspecto pintoresco. Humeando se ha precipitado el primer buque. Los primeros botes con funcionarios, soldados, nianias viejas, oficinistas ingleses, empezaron a apresurarse desde la Vasílievski y hacia la Vasílievski. No recuerdo que haya habido tan sereno y silencioso clima en mucho tiempo. Cuando subí al bulevar Admiralteiski –esto fue en vísperas del Domingo de Resurrección por la tarde–, cuando desde el bulevar Admiralteiski alcancé el muelle, ante el que brillan dos vasijas de jaspe; cuando se descubrió frente a mí el Nevá; cuando el color rosado del cielo humeó desde el barrio de Víborg su neblina celeste y las construcciones del lado de Petersburgo se cubrieron de un color casi lila, disimulando su feo aspecto; cuando las iglesias, a las cuales la neblina con su manto monocromático les ocultó todos los relieves, parecían dibujadas o adheridas a una tela rosada, y en esta bruma lila-rosada solo brillaba la aguja del campanario de San Pedro y San Pablo, reflejándose en el infinito espejo del Nevá, me parecía que no estaba en Petersburgo. Me parecía que me había trasladado a alguna otra ciudad, donde ya había estado, donde conozco todo y donde hay lo que no hay en Petersburgo… Allí un remero que me es familiar, al que no veo desde hace más de medio año, vaga con su bote cerca de la orilla, y familiares se alargan los ríos, y el agua, y el verano, los cuales no había en Petersburgo.

Me encanta la primavera. Incluso aquí, en este norte salvaje, es mía. Me parece que nadie en el mundo la ama tanto como yo. Con ella viene a mí mi juventud; con ella mi pasado es más que recuerdo: se presenta frente a mis ojos, listo para hacer brotar una lágrima de mis ojos. Tan absorto estaba en los claros, luminosos días de la Pascua de Resurrección, que no noté en absoluto la enorme feria en la plaza del Almirantazgo. Solo vi, de lejos, cómo una hamaca llevaba al aire a un joven sentado de la mano con una dama de sombrerito vistoso; por un momento refulgió en sus ojos el letrero del puesto de la esquina, en el que había dibujado un gigantesco diablo pelirrojo con un hacha en una mano. No vi nada más.

El Domingo de Resurrección parece como si se terminara la capital. Parece que cualquier cosa que veamos en la calle está empacando para marcharse. Los espectáculos, los bailes después del Domingo de Resurrección ya no son más que residuos remanentes de lo que había antes de la Gran Cuaresma o, mejor dicho, invitados que se marchan más tarde que los demás y pronuncian junto a la chimenea algunas palabras más, cubriéndose con una mano su boca bostezante. La ciudad se ha secado toda, las veredas están secas. Los caballeros petersburgueses van solo de levita y con bastones varios; en lugar de los engorrosos carruajes, avanzan por la calzada de entarimado semicoches y faetones. Los libros se leen con más indolencia. Ya en las ventanas de las tiendas, en lugar de medias de lana, se ven por allí gorras de verano y fustas. En una palabra, Petersburgo en todo el mes de abril parece suspendido en el aire. Es divertido despreciar la vida sedentaria y pensar constantemente en el distante camino bajo otro firmamento, en los verdes bosques del sur, en países de aire nuevo y fresco. Divertido para aquel a quien al final de la calle de Petersburgo se dibujan las altísimas cumbres del Cáucaso o los lagos de Suiza, o la coronada de anémona y laurel Italia, o la magnífica y solitaria Grecia… Pero detente, pensamiento mío: todavía a mis dos costados se amontonan las casas petersburguesas…

 

Notas

[1] La Kunstkámera, primer museo de Rusia, fue establecido por Pedro el Grande y completado en 1727. En sus orígenes, el museo era un gabinete de curiosidades dedicado a preservar “curiosidades naturales y humanas”, con un énfasis en la búsqueda de deformidades y rarezas.

[2] Gógol hace un repaso de las óperas más populares de esos años: Masaniello, o La muda de Portici (conocida en Rusia en un primer momento como Fenella) del compositor francés Daniel-François Auber, a partir de un libreto de Germain Delavigne, revisado por Eugène Scribe; Roberto el diablo, con música de Giacomo Meyerbeer y libreto en francés de Eugène Scribe y Casimir Delavigne; Semiramide de Gioachino Rossini y Una vida por el zar, la primera ópera nacionalista rusa, que causó gran impresión en su época, con música de Mijaíl Glinka y libreto en ruso de Egor Rosen.

[3] Gógol se refiere al escándalo desatado por su obra El inspector, feroz sátira de la sociedad de su tiempo, y en particular de la corrupción de los burócratas y funcionarios de Imperio Ruso.

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