Marcia Gasca: cubana, tropical, rusoparlante

Por María Teresa D’Meza

La conocí en Moscú, en el V Congreso de traducción literaria del Instituto de la Traducción, celebrado en septiembre de 2018, al que ambas asistimos como ponentes: “Hay otra cubana en el Congreso, acompañame, que te la presento”,– me dijo una de las jóvenes de la organización minutos después de la apertura. Marcia Gasca es una gran conversadora, dicharachera y sonriente. Cuando expone, en su discurso despliega un conocimiento desbordante con la voz grave, pausada, en un ruso que impacta por su entonación perfecta, y con la mirada dirigida al público atento por encima de sus lentes de présbite que la ayudan a seguir la ponencia escrita. Con esta entrevista, quisimos traerles a quienes nos siguen en Eslavia eso que Marcia tiene para contarnos y enseñarnos de su experiencia a traductores y amantes de la lengua y la literatura rusa.

OLYMPUS DIGITAL CAMERARecibida de filóloga rusista en la ciudad de Odessa (Ucrania, ex Unión Soviética) en 1986, Marcia nos regala la historia de su carrera como traductora profesional. Esa historia, narrada en primera persona, nos asoma a la historia de la relación entre Cuba y la Unión Soviética en la segunda mitad del siglo XX, del impacto de la desintegración de la URSS para Cuba y del debilitamiento de la escuela cubana de rusística, que había alcanzado un alto nivel por el estrecho intercambio cultural entre ambos países. Marcia traduce literatura e interpreta a nivel oficial durante las visitas de delegaciones culturales rusas a Cuba, coordina la presencia de poetas, literatos y otras personalidades de ese país en la Feria Internacional del Libro de La Habana –una feria que lleva el nombre de la capital cubana pero que atraviesa toda la isla a lo largo de varios meses–, supervisa la calidad de las traducciones del ruso que se editan en Cuba y, sobre todo, su más noble desvelo: se empeña en motivar la formación de traductores literarios entre los nuevos estudiantes del traductorado de ruso en Cuba, en transmitirles todo lo que aprendió de lo que llama “el arte y el oficio” de la traducción a las nuevas generaciones.

 ¿Cómo llegaste a los estudios de la lengua rusa? ¿Fue tu primera opción al elegir carrera profesional?

 Llegué a la lengua rusa por cosas del destino. En el año 1978 fui de vacaciones a la URSS en un viaje que me otorgó la organización de estudiantes. Al regreso, decidí que me iría a estudiar a ese país a cualquier precio. En realidad, quería estudiar Derecho, y cuando terminé el preuniversitario solicité la carrera de Derecho Internacional, que era la más afín de las que se estudiaban en la URSS. Pero no pude irme ese año por razones ajenas a mi voluntad. Mientras tanto, matriculé la Licenciatura en Ruso en la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de La Habana, para no perder el nivel de la lengua. Cuando llegó el momento de viajar a la URSS, ya no quería estudiar Derecho Internacional, me había enamorado de la filología rusa.

¿Cuándo y de qué te graduaste exactamente? ¿Defendiste tesis, sobre qué tema?

 Me gradué en 1986, en la Universidad Estatal de Odessa (ex URSS), en la especialidad de Filología con perfil profesoral. Defendí una tesis de pura gramática. Era una comparación del idioma ruso con el español en el tema del uso de los tiempos y modos verbales. Se llamaba Categoría de la temporalidad en los verbos en ruso y en español. Los ejemplos para ilustrar los diferentes usos fueron citados de las obras de Antón Chéjov en el original y en una traducción, así que la literatura estuvo presente, y el tema de la traducción, también.

Cuéntanos sobre tu paso por la universidad soviética, en qué ciudad y en qué universidad estudiaste. ¿Quieres hacer alguna mención especial sobre esa experiencia?

Como ya dije, me gradué en la Universidad Estatal de Odessa. Recuerdo los cinco años de mi carrera en la URSS como la experiencia más profunda y sorprendente de mi vida. Llegar con dieciocho años a un país extraño, conociendo apenas los rudimentos de la lengua, machacada unos nueve meses en una preparatoria en La Habana, ir a vivir de pronto y sin preámbulos a una residencia estudiantil con jóvenes del país, literalmente “zambullirnos”, hasta las raíces, en una cultura ajena por completo a la cubana, matizada por la presencia de estudiantes de otros países que también venían con sus propias costumbres, personas de lugares remotos para nosotros como la India, Mongolia, Laos, y de otros no tanto, como Polonia, fue una enseñanza irrepetible y maravillosa. Además de haber aprendido la lengua rusa, que fue el principal objetivo de mi viaje, lo más preciado que me llevé de esa “aventura” fue la amistad inquebrantable que entonces se forjó y que hasta el día de hoy perdura con muchos de los que estudiamos juntos en aquel entonces, y el haber conocido la cultura, la idiosincrasia rusas y recibir el afecto de un pueblo noble que me abrió sus puertas y me acogió sin reservas.

¿Volviste a visitar Rusia?

Tuvo que pasar casi un cuarto de siglo para que recibiera la alegría de volver a pisar el suelo ruso. Fui invitada a participar en un congreso de traductores que por primera vez se celebraría en Moscú en 2010. Además, he vuelto a Odessa, Ucrania, lugar donde estudié mi carrera. Eso me ha permitido visitar mi universidad, la residencia estudiantil donde viví aquellos extraordinarios años, ver a algunas personas con las que estudié o que conocí en mi estancia allá, reencontrarme con algunos de mis antiguos profesores que aún viven, pues hay que tener en cuenta que han pasado más de treinta años de mi período de estudios en la URSS. Ahora todo parece diferente, pero en esencia, sigue siendo la misma.

¿Habías estudiado ruso en la secundaria y en el preuniversitario?

En las escuelas donde cursé la enseñanza media no estaba incluido el ruso en el plan de estudios, y tampoco me motivé en aquellos años a estudiarlo en alguna otra institución, que las había en abundancia en la Cuba de esa época, cosa que hoy ha cambiado para peor.

¿Cómo llegaste a ser participante del Congreso Internacional de Traducción Literaria que organiza cada dos años el Instituto de la Traducción de Rusia en Moscú? ¿Cuántas veces has estado y qué te parece el Congreso, qué importancia le atribuyes?

En el año 2009 se me encomendó la traducción del primer texto de literatura rusa contemporánea que se traduciría en Cuba tras casi veinte años de interrupción de esta labor en nuestro país: una antología de cuentos que más tarde ganaría un Diploma de Honor, otorgado por el Instituto de Literatura y Lingüística de Rusia. En el año 2010 fui convocada por nuestro Instituto Cubano del Libro para que apoyara en la logística de la participación de Rusia ese año en la Feria Internacional del Libro de la Habana, pues ese país sería el invitado de honor del evento en un momento de renovación de las relaciones entre Cuba y Rusia, que comenzó justamente por el lado de la cultura y la literatura. Sobre la marcha el trabajo cambió de objetivos, y me vi involucrada cooperando con la delegación rusa tanto en los asuntos prácticos de su estancia en La Habana como en los asuntos profesionales de su participación en la Feria, incluidas traducciones bilaterales de conferencias de escritores rusos y encuentros entre directivos de ambos países. Meses después, como ya dije antes, fui invitada al 1er Congreso de traductores que se celebraría ese año en Moscú. He participado en tres congresos.

Para mí ha sido una experiencia extraordinaria, es el encuentro de tantos traductores de ruso diseminados por el mundo entero, que vienen a exponer materiales teóricos de vital importancia para el desarrollo de la ciencia de la traducción, así como sus experiencias prácticas como profesionales. Resulta un lugar y un momento imprescindibles para estimular el renacer de la literatura rusa en el resto del mundo y en la propia Rusia. Tras el desplome de la URSS, todo el trabajo de divulgación de la literatura rusa y soviética que durante años realizaron instituciones como el Goskomizdat, poderosas editoriales como Mir y Progreso, a través de las cuales el mundo de aquellos años tuvo acceso a la literatura rusa, todo aquel esfuerzo se esfumó. No sé qué consecuencias trajo esto para otros países, pero Cuba en particular perdió la posibilidad de ofrecer a sus lectores las novedades de la literatura rusa de todo un larguísimo período contemporáneo que abarcó casi veinte años. Solo algunos pocos clásicos fueron reeditados en aquellos oscuros años por nuestras propias editoriales. Los congresos de traductores y en especial la creación del Instituto de la traducción dan continuidad a aquel esfuerzo. Ese es el principal logro que les atribuyo a los congresos.

En Buenos Aires, en 2015 se fundó la Sociedad Argentina Dostoievski, la cual realiza actividades no sólo en torno a este autor fundamental sino al mundo de la lengua y la cultura rusas y, más ampliamente, aglutina a interesados en el mundo eslavo. Realiza jornadas científicas, conferencias, presentaciones de libros, y publica la revista Eslavia. ¿Qué les contarías a sus lectores sobre la Feria Internacional del Libro de La Habana?

Es un evento de enorme trascendencia, considerado el más importante de la vida cultural del país, por encima del Festival de Ballet de La Habana y el Festival de cine latinoamericano, que se citan entre los que más público arrastran en Cuba. Sin embargo, por el número de participantes, por la connotación cultural que tiene al llevar a grupos poblacionales de todos los estratos a un contacto directo con un objeto cultural, en este caso el libro, por el programa profesional que presenta, por el ambiente de sana distracción que genera para toda la población en general, por ser un evento que abarca no solo a la capital, sino que se extiende durante varios meses a todo lo largo y ancho del país, es considerado el evento más masivo de la cultura cubana. Las actividades de la Feria de la Habana transcurren en la Fortaleza San Carlos de la Cabaña, lugar muy asiduo de cubanos y visitantes foráneos durante todo el año en distintos eventos. En primer lugar, y por sobre todas las cosas, es la oportunidad de encontrar un buen libro a buen precio, es el encuentro con el escritor cubano más leído en estos tiempos, la posibilidad de conocer sobre la actividad editorial de otros países, las novedades de la literatura universal de boca de sus propios protagonistas, pues la feria se honra con la presencia de numerosos invitados internacionales, sobre todo de América Latina y España. La presencia rusa en la Feria del libro se ha vuelto una constante desde 2010, con una delegación integrada por los escritores más prominentes de la literatura rusa contemporánea, que ofrecen un amplio programa profesional.

A lo largo de diez días, con un cargado programa de actividades tanto profesionales como culturales, la Feria ofrece opciones para gustos y exigencias variopintas y casi siempre llenan las expectativas de los que escogen visitar el principal recinto ferial, así como sus numerosas sedes, diseminadas por toda la ciudad. El evento es un aglutinador popular alrededor de la literatura y un formidable caldo de cultivo para fomentar las relaciones interculturales entre los países del mundo. En ella también se firman convenios, se logran acuerdos para publicar a este o aquel autor. Es el lugar y el momento ideal para concebir cualquier proyecto literario. De nuestras ferias, de los encuentros que ha propiciado entre autores rusos y editores cubanos, han salido la mayoría de las publicaciones de la literatura rusa contemporánea en nuestro país en los últimos años.

Cuéntame brevemente sobre tu trayectoria profesional desde que te graduaste.

En los cinco años durante los cuales estuve estudiando en la URSS, las condiciones internacionales en Cuba y en el mundo se abocaban a un drástico cambio. A finales de los ochenta se veía venir la disolución de la Unión Soviética y por lo tanto se verían afectados los nexos que unían a Cuba con ese país. El panorama de los cubanos que en masa tuvimos la opción de estudiar el idioma ruso para cubrir las necesidades de profesores y traductores que exigía nuestro nivel de cooperación y comercio con la URSS, ya para inicio de los noventa se vió ensombrecido por un cambio sociopolítico que determinaría la brusca disminución de estudiantes de idioma ruso en Cuba y de la necesidad de profesionales de esa lengua. Con la disolución de la URSS se rompieron los convenios de colaboración que durante decenios mantuvimos en muchas ramas de la economía en general y en la esfera editorial en particular. Ya no necesitaríamos tantos graduados de ruso.

A mi regreso, tras infructuosa búsqueda de trabajo en distintas instituciones, sobre todo pedagógicas, pues me había graduado de profesora, sólo logré conseguir un puesto por contrato temporal como traductora en una remota unidad militar. Allí fui aprendiendo sobre la marcha los rudimentos de la traducción, para la que no había sido formada, pues mi perfil, como ya dije era profesoral. Una vez más, el destino escogía por mí. Pero no era lo que había soñado. Por suerte, pasado algún tiempo, me enteré de una convocatoria para unas oposiciones en el Departamento de Traducciones del Instituto Cubano del Libro, institución que agrupa a las principales editoriales del país y rige en lo fundamental la política editorial en Cuba. Por varias razones, que aún hoy me pellizco y no me las creo, obtuve la plaza. Era un lugar codiciado, pues era allí donde se traducía la mayor parte de la literatura universal que se publicaba en Cuba. La suerte me duró poco. En 1987 obtengo mi plaza y en 1991 la URSS es disuelta. De inmediato me quedé sin trabajo. No obstante, había aprovechado aquellos cuatro años para hacer un buen entrenamiento como traductora de obras literarias. Tuve muy buenos mentores, experimentados traductores que me enseñaron mucho del oficio y el arte de la traducción.

Tiempo después, matriculé en una filial de la Sociedad Dante Alighieri, y me gradué en un curso de italiano. Comencé a traducir de este idioma, sobre todo literatura sociopolítica y filosófica para una revista y una editorial especializadas, dentro del mismo Instituto. Inesperadamente, el 2010 con su Feria de la Habana y Rusia como invitada de honor, me devolvió a las letras rusas, después de casi veinte años, y hasta hoy.

También formo parte del grupo de revisión de las traducciones del ruso y del italiano en mi Instituto. Como norma, todas las traducciones que se hacen en Cuba deben ser revisadas por otro especialista para garantizar el nivel de calidad de la obra traducida.

 ¿Qué obras y a qué autores has traducido?

Antes de 1991, fundamentalmente traduje literatura para niños y jóvenes. Recuerdo de esa época La buena dueñita y Robo en un museo provinciano, mis primeros pininos. A partir de 2009, con el regreso de Rusia a nuestras ferias y de su literatura a nuestras librerías, he traducido a varios autores contemporáneos. Para aquel año se preparó una antología de cuentos de autores rusos contemporáneos, de los más laureados. Tuve la oportunidad de traducir relatos de Zajar Prilepin, Vladímir Makanin, Román Senchin, Olga Slávnikova, entre otros. Traduje también obras de la literatura infantil contemporánea, hermosos libros de Marina Moskviná y Elena Usacheva. Obtuve una subvención que otorga el Instituto de la traducción en apoyo a la publicación de literatura rusa en el extranjero, para la edición de la premiada novela de Zajar Prilepin Sankia. El libro fue publicado en 2014 y para su presentación el autor viajó a La Habana. El lanzamiento se realizó, una vez más, en el marco de la Feria del Libro. He traducido a varios autores para la editorial colombiana Poklonka editores, entre ellos Concierto póstumo de Jimy Hendrix, de Andrei Kurkov y A orillas de la noche, de Daur Nachkebia, autor caucasiano que escribe en ruso. Colaboré en la traducción de una antología de poesía de autores rusos que se publicó en 2009.

¿Qué interés crees que tienen los lectores cubanos de hoy en la literatura rusa? ¿Se leen los clásicos? ¿Se publican autores contemporáneos? ¿Se estudia el ruso?

Los cubanos son afamados lectores. Saben que una de las formas de conocer otras culturas y otros pueblos es a través de la literatura. Los clásicos rusos se siguen reeditanto cada año y no faltan interesados en adquirirlos. Siempre se ven lectores en las librerías en busca de novedades de la literatura rusa, que desgraciadamente, aún son escasas. Apenas hemos logrado publicar una decena de libros de autores contemporáneos en los últimos diez años. La dificultad principal está en obtener los derechos de autor, que Cuba no tiene recursos para adquirir. Mayormente se publican los libros de aquellos autores que han visitado la isla y como gesto de buena voluntad han decidido permitir la edición de su obra en Cuba, sin recibir remuneración a cambio, puesto que nuestras ediciones mayormente son subsidiadas y no con fines de lucro. Se dio el caso particular de Zajar Prilepin y su novela Sankia. El autor llegó a un acuerdo con su agente literario y autorizó su publicación aquí porque expresó que una novela revolucionaria, si se iba a publicar en español, debía salir en primer lugar en Cuba.

Respecto al interés actual por la lengua rusa, un sector de la población, fundamentalmente estudiantes universitarios, comenzaron a interesarse en ella tras el surgimiento de la Federación Rusa. Se sintieron motivados por conocer de primera mano los sucesos y experiencias que estaban teniendo lugar en aquel país.

A partir de los cambios ocurridos en el panorama económico cubano con el desarrollo del turismo, una abrumadora cantidad de visitantes rusos han invadido nuestras instalaciones, al punto de llegar a ocupar el tercer lugar entre los clientes de todo el mundo. Rápidamente, en primer lugar, el sector empresarial privado vio la necesidad de que sus trabajadores dominaran el idioma ruso. Con ese fin, comenzaron a contratar a personas que habían estudiado en su momento en la URSS, pero que ya en su mayoría peinan canas. Sin embargo, nuestros jóvenes han captado el mensaje lanzado por las circunstancias y los nuevos tiempos y se advierte entre ellos un importante acercamiento al idioma ruso, con fines evidentemnte prácticos, pero que obligatoriamente los llevarán a conocer no solo la lengua sino también la cultura y en especial la literatura, de la que se vale siempre la enseñanza de un idioma. Desgraciadamente, el enfriamiento en las relaciones con Rusia durante casi veinte años está pasando factura a nuestra vasta reserva de profesores y traductores. En esos años la matrícula en la especialidad de ruso se redujo al mínimo, la carrera de ruso comenzó a combinarse con segundos y terceros idiomas, dada la falta de demanda de especialistas en ruso. Muchas escuelas de idiomas de idioma nivel medio se vieron obligadas a cerrar sus puertas por falta de interesados o por recortes en los presupuestos. Hoy el grave problema que enfrenta Cuba en la enseñanza del idioma ruso, cuando la masa de interesados ha crecido y crece considerablemente, es la falta de profesores, además porque los que se siguen graduando en la actualidad prefieren encaminarse a otros sectores más atractivos como el turismo, que le hace competencia a un profesor universitario en cuanto a salario. Lo mismo ocurre con respecto a los traductores. Muchos, por desgracia, ya no están entre nosotros, los que quedamos vamos a necesitar pronto un relevo que aún no está listo.

¿A qué te dedicas en la actualidad?

Sigo trabajando en el Instituto Cubano del Libro, ahora como correctora en la Editorial Letras Cubanas. En tiempos de mejor salud para la literatura rusa en Cuba, adjunto al Instituto existía un Departamento de Traducciones donde trabajé durante muchos años, desaparecido en los noventa. Ahora las pocas traducciones que se hacen son contratadas por las editoriales a traductores que como yo ofrecemos nuestros servicios de forma libre. También hago esporádicas traducciones del italiano.

Algo que estoy haciendo es preparar a algunos jóvenes en el arte y el oficio de la traducción. Durante las Ferias del libro, ya por años, hemos estado convocando a grupos de voluntarios, entre los estudiantes de lengua rusa. Allí hacen sus prácticas durante diez días, que resultan muy productivos porque se relacionan directamente con escritores de alto nivel y logran una práctica que no tienen en la Universidad. Terminada la feria, seguimos en contacto para realizar algunos ejercicios de traducción literaria y así escoger los que verdaderamente están interesados y tienen potencial. No muchos se deciden por este oficio de la traducción literaria, la mayoría se inclinan por la interpretación,  pero algunos sí ya han tomado este camino. Les reviso sus trabajos, les explico las dificultades de gramática en ejemplos concretos. Los resultados ya se van viendo por lo menos en dos de ellos, con los que he estado trabajando más de cerca. Estoy afanada en transmitir a alguien más lo que un día mis mentores me enseñaron.

¿Qué les transmitirías a los jóvenes que se interesan en la lengua y la literatura rusa y se preparan para ser traductores literarios hoy en la Argentina?

Lo principal es que sientan verdadera atracción y curiosidad por la lengua y la literatura. Y que no pierdan de vista que a traducir se aprende traduciendo. La fórmula secreta existe, pero nadie se las podrá dar. Pasa por la preparación y la intuición. En los centros de estudios nos armamos con los rudimentos básicos de la lengua y los aspectos teóricos de la traducción, pero tomar un libro en nuestras manos y volcarlo a otra lengua no se reduce a aplicar las reglas gramaticales, aunque esto también vale. Lleva tiempo, paciencia y esfuerzo. Pero les aseguro que un día tendrán una linda y agradable recompensa. Hay que leer mucho, leer en ruso y sobre todo en español. En la medida en que dominen más la lengua propia, más fácil y fluida avanzará la traducción. En la medida en que amplíen su cultura general, más fácil será descifrar cualquier trampa que les tienda un texto. Y que se sientan orgullosos de dominar la lengua en la que hablaron y escribieron tantos brillantes hombres y mujeres de las letras.

Muchas gracias.

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