El universo en una metáfora: “Aún más lejos en la nieve” de Guennadi Aiguí

Por Julián Alejandro Lescano – Profesor y Licenciado en Letras (UBA)

La poesía de Guennadi Aiguí –nacido en 1934 en Shaimurzinó, República de Chuvasia, y fallecido en 2006 en Moscú– es una perfecta demostración de la sentencia de Vladímir Nabókov: “el arte es difícil”. Para el autor de Lolita, la buena literatura siempre es elaborada y compleja, condición que, lejos de entrar en contradicción con la felicidad que proporciona, la potencia al infinito. En el caso de Aiguí, este término (“infinito”) es particularmente apropiado, puesto que sus poemas, en su brevedad y concisión, tienden en efecto a lo ilimitado; en su complejidad, encierran la más prístina sencillez. En el zigzagueo de su verso libre y sus inesperados neologismos, hacen gala de una naturalidad y una pureza verbal que, tras el desconcierto del primer acercamiento, se revelan súbitamente, como una epifanía.

Tapa Aiguí
Buenos Aires, Dedalus Editores, 2017. 144 p. ISBN 978-987-3744-05-1

La antología Aún más lejos en la nieve, que comprende los años 1966-2003 (y abarca por lo tanto la casi totalidad de la obra de Aiguí) es la primera traducción en Argentina y España de la obra del poeta chuvasio. Solo podemos agradecer la generosidad y la sensibilidad poética de Eugenio López Arriazu, quien se ha encargado de traducir y editar los poemas, puesto que su labor ha hecho posible al lector hispanohablante acceder al tesoro de una poesía única en una versión cuidada, meticulosa, respetuosa del ritmo, los acentos y el estilo del original.

El de Aiguí es un arte donde todo es significativo, como puede observarse en su uso sumamente idiosincrático de las mayúsculas, las cursivas, los espacios en blanco y los signos de puntuación (paréntesis, comillas, rayas y guiones…), que tienen en sus versos un valor propio, que excede e incluso contraviene su función gramatical. Es una poesía, además, donde la repetición es constructiva y va de la mano del hallazgo: así, en “Paseo otoñal del hijo”, sorprendentes imágenes construidas por yuxtaposición, como “Cáliz-Cerebro” y “ciudad-niebla”, se reiteran con ligeras variantes a lo largo del poema, se entrelazan y se vuelven a separar, adquiriendo nuevos sentidos en cada aparición. Lo mismo sucede a nivel macro, con la insistencia, a lo largo de toda la antología, en conceptos clave como “floración”, “ausencia”, “dolor”, “blancura”, que contribuyen a construir el mundo poético del autor.

La traducción de López Arriazu es fiel a todos estos matices, repeticiones y creaciones verbales, de modo tal que prodiga al lector la extrañeza y el asombro del estilo aiguiano, evitando la tentación de “sobre-interpretar” mediante perífrasis explicativas que ganarían en claridad a costa de sacrificar la riqueza del original:

                              y ningún abismo – sino golpes
                             de la nin-gu-ni-dad! y de dónde – la explosión? –
                             cuando en todo – alocal – pero en todo
                             sólo innombrabilidad y ausencia –

Pasajes como este –extraído del poema que da título a la antología–, que delatan la feliz intervención del traductor, colman las páginas del libro. López Arriazu logra aunar la “fidelidad” (a la unidad del verso original, al número de versos, a las ambigüedades sintácticas y semánticas) con la eufonía esperable de la gran poesía.

La belleza musical de sus versos descansa en gran parte en el modo en que Aiguí –como su admirado compatriota Velímir Jlébnikov, a quien dedica uno de los poemas de la antología–, al jugar y tensar los límites del lenguaje, apunta a aquello que no puede ser dicho, al “pre-decir” (según la expresión del propio autor). En su razonada introducción al volumen, López Arriazu identifica esta búsqueda del arte de Aiguí con la aspiración a expresar el silencio y la pureza de la naturaleza, anteriores al Verbo y de una “profundidad (simple – como la vida) –”, como declara uno de sus versos.

El tono íntimo, la economía expresiva y las temáticas comunes de los poemas dan cohesión a la antología, pero esta unidad fundamental no excluye la diversidad. En su precisión y calma melancolía, la poesía de Aiguí se aproxima en ocasiones al haiku:

                              esto
                              (puede ser)
                              el viento
                              inclina – el corazón tan
                              (para la muerte)
                              ligero

          (“Jardín – Tristeza”)

En otras, tiende al aforismo:

                              Y las almas como velas, encendiéndose la una a la otra.

         (“Pueblo como templo”)

Pero su arte abarca también la prosa poética, el monólogo dramático, el fragmento vagamente narrativo e incluso el epitalamio (“A la boda de un amigo”). Del mismo modo, los temas fundamentales de la ausencia, lo divino, el hombre y la naturaleza, se expresan en las más variadas modulaciones, que incorporan las inquietudes sociales, la reflexión filosófica, el comentario poético… La traducción de López Arriazu, atenta a todas estas tonalidades, permite apreciar los diversos trazos y matices sobre las que se asientan, recreando minuciosamente cada poema en castellano, con sus particularidades métricas, rítmicas, temáticas. El decurso de las páginas de la antología no depara, por consiguiente, monotonía alguna al lector, sino, por el contrario, el placer de presenciar cómo una serie de temas y recursos rectores montan una sinfonía fundada en una repetición que se articula en innumerables variaciones e inflexiones.

En definitiva, Aún más lejos en la nieve es no solo un aporte al justo reconocimiento de uno de los grandes poetas de la época soviética y post-soviética, sino también, merced a la audacia y al virtuosismo poético con que el traductor afronta –y supera– los graves desafíos impuestos por el arte vanguardista y minimalista de Aiguí, una más que atendible contribución a la poesía contemporánea en lengua castellana.

 

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