El último cuarteto de Beethoven

Vladímir F. Odóievski

Traducción: Alejandro Ariel González

Estaba seguro de que Krespel se había vuelto loco. El profesor afirmaba lo contrario. «Hay personas a las cuales -dijo él- la naturaleza o circunstancias singulares les quitan el velo tras el cual nosotros nos dedicamos en silencio a diversas extravagancias. Se parecen a esos insectos a los que el anatomista quita las membranas y deja así al descubierto sus músculos». Lo que en nosotros es solo pensamiento, en Krespel es acción.

Hoffmann[1]

En 1827, en primavera, en una casa de un suburbio vienés, unos aficionados a la música interpretaban el nuevo cuarteto de Beethoven, recién salido de imprenta. Con asombro y enfado seguían los deformes arrebatos del debilitado genio: ¡había cambiado tanto su pluma! Había desaparecido el encanto de una melodía original, plena de propósitos poéticos; el refinamiento artístico se había convertido en el escrupuloso pedantismo de un contrapuntista sin talento; el fuego que antes ardía en sus rápidos allegros y que, redoblándose paulatinamente, se derramaba como lava hirviente en armonías perfectas, colosales, se había apagado en medio de incomprensibles disonancias, y los temas originales, joviales de los alegres minué se habían convertido en brincos y trinos imposibles para cualquier instrumento. Por doquier una escolar e infructuosa tendencia hacia efectos inexistentes en música; por doquier un sentimiento oscuro, incomprensible para sí mismo. ¡Y este era el mismo Beethoven, el mismo cuyo nombre, junto con los de Haydn y Mozart, pronuncia el teutón con éxtasis y orgullo! Con frecuencia, los músicos, desesperanzados por el despropósito de la composición, soltaban los arcos y se disponían a preguntar: ¿no será esto una burla sobre las obras del inmortal? Algunos atribuían la decadencia a la sordera que había atacado a Beethoven en los últimos años de su vida; otros, a la locura que a veces también ensombrecía su talento creativo; en alguno provocaba una vana compasión; otro, burlón, recordaba cómo Beethoven, en un concierto donde se estaba interpretando su última sinfonía, movía las manos totalmente fuera de ritmo imaginando dirigir la orquesta y sin percibir que detrás de él estaba el verdadero director; sin embargo, rápidamente volvían a tomar los arcos y por respeto a la gloria pasada del célebre sinfonista continuaban tocando, como contra su voluntad, su incomprensible obra.

De golpe la puerta se abrió y entró un hombre de levita negra, sin corbata, con los cabellos revueltos; sus ojos ardían, pero su fuego no era el del talento; ya solo las cejas y los extremos de la frente, bruscamente cortados, mostraban el excepcional desarrollo del órgano musical del que tanto se admiraba Gall al contemplar la cabeza de Mozart. «Disculpen señores –dijo el inesperado visitante-, permítanme mirar su departamento, se ofrece en alquiler…». Luego colocó las manos detrás de la espalda y se acercó a los intérpretes. Los presentes le cedieron el lugar con respeto; él inclinó la cabeza hacia uno y otro costado mientras intentaba escuchar la música, pero fue en vano: las lágrimas inundaron sus ojos. Silenciosamente se apartó de los intérpretes y se sentó en un rincón alejado de la habitación, cubriéndose la cara con las manos; pero, en cuanto el arco del primer violinista arrancó junto al puente una nota casual añadida al acorde de séptima y una salvaje armonía resonó en las notas redobladas de los otros instrumentos, el desdichado se animó y empezó a gritar: «¡Oigo! ¡oigo!», y con furiosa alegría comenzó a dar palmadas y a patalear.

-¡Ludwig! –le dijo una joven señorita que había ingresado tras él. -¡Ludwig!, es hora de ir a casa. ¡Aquí molestamos!

Él dirigió una mirada hacia la señorita, la entendió y, sin decir una palabra, fue lentamente tras ella, como un niño.

En el límite de la ciudad, en el tercer piso de un viejo edificio de piedra, hay una habitación pequeña y sofocante dividida por un tabique. Una cama con una frazada desgarrada, algunos manojos de papel de música, los restos de un piano eran todo su ornamento. Era la vivienda, era el mundo del inmortal Beethoven. Durante todo el camino no había dicho ni una palabra; pero, cuando llegaron, Ludwig se sentó sobre la cama, tomó de la mano a la señorita y le dijo: «¡Mi buena Luisa! Solo tú me entiendes; solo tú no me temes; solo a ti no te molesto… ¿Crees que todos esos señores que tocan mi música me entienden? ¡Nada de eso! ¡Ninguno de los maestros de capilla de esta ciudad sabe siquiera dirigirla! Sólo les preocupa que la orquesta toque como es debido, pero ¡qué les importa la propia música! Creen que estoy perdiendo mis fuerzas; incluso he advertido que algunos de ellos parecían sonreírse mientras tocaban mi cuarteto; es una clara señal de que nunca me han entendido; al contrario, solo ahora me he vuelto un gran y auténtico músico. Mientras caminaba se me ocurrió una sinfonía que inmortalizará mi nombre; la escribiré y quemaré todo lo anterior. En ella transformaré todas las leyes de la armonía, hallaré efectos que hasta ahora nadie sospechaba; la compondré según una melodía cromática de veinte timbales; introduciré en ella acordes de cientos de campanas afinadas con diferentes diapasones, porque –añadió con un susurro- te diré un secreto: cuando tú me condujiste al campanario descubrí lo que a nadie se le había ocurrido anteriormente, descubrí que las campanas son el instrumento más armónico que se puede utilizar con éxito en el adagio suave. En el final introduciré una batalla de tambores y armas de fuego, ¡y yo también oiré esta sinfonía, Luisa! –exclamó fuera de sí de entusiasmo-. Espero oírla –agregó sonriéndose por algún pensamiento-. ¿Recuerdas cuando en Viena, en presencia de todas las cabezas coronadas del mundo, dirigí la orquesta con mi batalla de Waterloo?[2] Miles de músicos dóciles a mis movimientos de manos, doce maestros de capilla, y alrededor el fuego de la batalla, los disparos de cañón… ¡Oh! Hasta ahora es mi mejor obra, a pesar de ese pedante de Weber.[3] Pero lo que ahora realizaré eclipsará también esta obra. No puedo contenerme para no darte una idea de ella».

Con estas palabras Beethoven se acercó al piano, en el que no quedaba ninguna cuerda entera, y con aire importante comenzó a golpear las teclas vacías. Éstas percutían monótonamente sobre la madera seca del estropeado instrumento mientras las fugas más difíciles con 5 y 6 voces atravesaban todos los misterios del contrapuntista y se formaban por sí mismas bajo los dedos del creador de «Egmont» y éste intentaba dar la mayor expresividad posible a su música… De pronto, cubrió con fuerza las teclas con las palmas de la mano y se detuvo.

-¿Oyes? -le dijo a Luisa-, este es un acorde que hasta ahora nadie se ha atrevido a ejecutar. ¡Así es! Reuniré todos los tonos de la gama cromática en un acorde y les demostraré a los pedantes que ese acorde es correcto. ¡Solo que no lo oigo, Luisa, no lo oigo! ¿Comprendes lo que significa no oír la propia música?… Sin embargo, creo que cuando reúna los salvajes sonidos en un acorde, este resonará en mis oídos. Y cuanto más triste estoy, Luisa, más notas deseo añadir al acorde de séptima, cuyas auténticas propiedades nadie ha comprendido hasta hoy… ¡Pero basta! Puede que te haya aburrido también a ti, como a todos ellos. Solo que, ¿sabes una cosa? Por esta invención tan prodigiosa bien puedo agasajarme hoy con una copita de vino. ¿Qué te parece, Luisa?

Las lágrimas saltaron a los ojos de la pobre muchacha, la única de todas las discípulas de Beethoven que no lo había abandonado y que, bajo la apariencia de lecciones, lo mantenía con el esfuerzo de sus propias manos: ella complementaba los escasos ingresos que Beethoven percibía por sus obras, cuya mayor parte se gastaba en vano en incesantes mudanzas, en repartos a diestra y siniestra. ¡No había vino! Apenas si quedaban unos centavos para comprar pan… Pero enseguida dio la espalda a Ludwig para ocultar su turbación, le sirvió un vaso de agua y se lo tendió.

-¡Un excelente vino del Rin! -dijo él, bebiéndolo de a poco con aire de entendido-. ¡Vino real! Como el de la bodega de mi padrecito; Dios tenga en la gloria a Friedrich.[4] ¡Me acuerdo muy bien de este vino! Cada día que pasa se vuelve mejor. ¡Eso es un indicio de buen vino! -Y con esas palabras, con voz ronca pero segura, comenzó a entonar la melodía de su famosa canción para el Mefistófeles de Goethe:

Es war einmal ein König,
Der hatt’ einen grossen Floh[5]

pero, a pesar suyo, la mezclaba con la misteriosa melodía con la que había definido a Mignon.[6]

-Escucha, Luisa -dijo al fin, devolviéndole el vaso-; el vino me ha reanimado y me dispongo a anunciarte algo que ya hace tiempo deseo y no deseo decirte. Sabes, me parece que no viviré mucho más; por lo demás, ¿qué vida es la mía?, apenas una sucesión de infinitos tormentos. Ya en mis años mozos vi el abismo que separa el pensamiento de la expresión. Ay, nunca he logrado expresar mi alma; nunca he podido volcar en el papel aquello que se me figura en la imaginación. ¿Que lo que escribo lo tocan? ¡No sale igual!… No solo no sale igual que como lo sentí: ni siquiera sale igual que como lo escribí. Ora se pierde la melodía porque a un mal artesano no se lo ocurrió poner una llave extra; ora el insoportable fagotista me obliga a rehacer una sinfonía entera porque su fagot no emite un par de notas bajas; ora el violinista disminuye un sonido indispensable en el acorde porque le resulta difícil tocar notas dobles. ¿Y las voces, el canto? ¿Y los ensayos de los oratorios, de las óperas?… ¡Oh, ese infierno aún lo llevo en los oídos! Pero entonces aún era feliz: a veces notaba que intérpretes inexpresivos conocían raptos de inspiración; oía en sus acordes algo similar a la oscura idea que había acudido a mi imaginación; entonces estaba fuera de mí, desaparecía en la armonía que yo mismo había creado. Pero llegó un tiempo en el que, poco a poco, mi fino oído comenzó a endurecerse; aún quedaba en él la sensibilidad suficiente como para oír los errores de los músicos, pero se había cerrado a la belleza; una sombría nube lo envolvió y ya no oigo más mis creaciones, ¡no las oigo, Luisa!… Por mi imaginación desfilan series enteras de armónicos acordes; originales melodías se interrumpen una a otra, se funden en una misteriosa unidad; en cuanto quiero expresarlo, todo desaparece: la obstinada materia no me arroja un solo sonido, y rústicos sentimientos destruyen toda la actividad de mi alma. ¡Oh, qué puede ser más terrible que esta discordia entre el alma y los sentimientos, entre el alma y el alma! ¡Engendrar una obra con la propia voz y morir a cada hora entre dolores de parto!… ¡La muerte del alma! ¡Qué terrible, que viva es esa muerte!

»Y encima ese insulso de Gottfried me mete en discusiones musicales ociosas, me obliga a explicar por qué en tal o cual pasaje utilicé tal y cual fusión de melodías, tal y cual combinación de instrumentos, ¡cuando ni yo mismo puedo explicármelo! Esa gente parece saber qué es el alma de un músico, qué es el alma de un hombre. Piensan que es posible darle forma de acuerdo con las invenciones de los artesanos que fabrican instrumentos, de acuerdo con las reglas que, en sus momentos de ocio, inventa el marchito cerebro de un teórico… No, cuando me embargan los momentos de éxtasis me persuado de que un estado tan perverso del arte no puede continuar, que formas nuevas y frescas sustituirán a las caducas, que todos los instrumentos de hoy serán abandonados y en su lugar aparecerán otros que ejecutarán las obras de los genios a la perfección, que desaparecerá por fin la absurda distinción entre la música escrita y la oída. Les he hablado de esto a los señores profesores, pero no me han comprendido, del mismo modo que no comprendieron la fuerza que acompaña el éxtasis creador, como no comprendieron que yo entonces me adelantaba al tiempo y actuaba movido por leyes internas de la naturaleza aún inadvertidas por la gente sencilla y, en ocasiones, también inadvertidas por mí… ¡Tontos! Con su frío entusiasmo, en su tiempo libre de ocupaciones, escogerán un tema, lo arreglarán, continuarán y no se olvidarán después de repetirlo en otro tono; aquí, por encargo, añadirán instrumentos de viento o un extraño acorde sobre el que piensan y no paran de pensar, y todo eso lo pulirán y lo lamerán con tanta sensatez. ¿Qué es lo que quieren? Yo no puedo trabajar así… Me comparan con Miguel Ángel, pero ¿cómo trabajaba el creador de «Moisés»?: presa de la ira, de la furia, dando recios martillazos al rígido mármol y forzándolo a expresar la vibrante idea que se ocultaba bajo su pétrea envoltura. ¡Lo mismo pasa conmigo! ¡No comprendo el frío entusiasmo! Comprendo ese éxtasis en el que todo el mundo se convierte para mí en armonía, en el que cualquier sentimiento, cualquier idea resuena en mí, en el que todas las fuerzas de la naturaleza se vuelven mis herramientas, la sangre hierve en mis venas, un temblor me recorre el cuerpo y se me para el pelo en la cabeza… ¡Y todo eso en vano! Y ¿para qué sirve todo eso? ¿Para qué? Vives, te atormentas, piensas; lo escribes, ¡y sanseacabó!, en el papel quedan grabados los dulces tormentos de la creación, ¡son irreversibles!; las ideas de un orgulloso espíritu creador son humilladas, encerradas en un calabozo; el sublime esfuerzo del creador terrestre, que ha retado a debate a las fuerzas de la naturaleza, ¡se convierte en asunto de las manos humanas! ¿Y la gente? ¡La gente! Vendrá, escuchará, juzgará como si fuera juez, ¡como si uno creara para ella! ¿Qué le importa que la idea que adquirió una forma comprensible para ella sea un eslabón en la infinita cadena de ideas y sufrimientos; que el momento en que el artista desciende al nivel del hombre es un fragmento de una larga y enfermiza vida de un sentimiento inconmensurable; que cada una de sus expresiones, cada uno de sus trazos, fue parido por las amargas lágrimas de un serafín remachado en la ropa humana y a menudo dispuesto a entregar la mitad de su vida con tal de respirar siquiera un instante el aire fresco de la inspiración? Y a todo esto, llega un tiempo, como ahora, en el que sientes que tu alma se ha consumido, que tus fuerzas flaquean, que tu cabeza no está sana: cualquier cosa que pienses, se mezcla con otras, todo está cubierto como por un velo… ¡Ay!, yo quisiera, Luisa, transmitirte mis últimas ideas y sentimientos, guardados en el tesoro de mi alma, para que no se perdieran… Pero ¿qué es lo que oigo?…

Con estas palabras, Beethoven se levantó de un salto y con un fuerte puñetazo abrió la ventana, por la cual llegaban armónicos sonidos desde la casa vecina…

-¡Oigo! -exclamó Beethoven cayendo de rodillas, y con ternura tendió las manos hacia la ventana abierta-. Es la sinfonía de Egmont, la reconozco: he ahí los salvajes gritos de la batalla; he ahí la tormenta de pasiones; se desata, bulle; he ahí su apogeo… y todo ha cesado, solo queda una lamparilla de ícono que se apaga, se extingue, pero no para siempre… Se nuevo se oyen los sonidos de las trompetas: el mundo entero se colma de ellos, y nadie puede sofocarlos…

***

En el magnífico baile dado por un ministro vienés, multitudes de personas se agolpaban y dispersaban.

-¡Qué lástima! -dijo alguien-, el maestro de capilla y teatro Beethoven ha muerto, y dicen que no tienen con qué enterrarlo.

Pero esa voz se perdió en la multitud: todos prestaban atención a las palabras de dos diplomáticos que hablaban sobre una disputa surgida entre tal y cual en el palacio de cierto príncipe alemán.

Notas

[1] «El consejero Krespel» («Rat Krespel»), 1819.

[2] La obra de Beethoven «Wellingtons Sieg» («La victoria de Wellington») se estrenó el 8 de diciembre de 1813 en Viena, en un concierto a beneficio en el que participaron los más célebres músicos de esa ciudad.

[3] Gottfried Weber -célebre contrapuntista de nuestro tiempo que no hay que confundir con el compositor de «El cazador furtivo»- criticó dura y atinadamente «Wellingtons Sieg» -la más floja de las obras de Beethoven- en su interesante revista científica «Cecilia» [Nota del autor]

[4] Odóievski se vale aquí de una leyenda según la cual Beethoven era hijo bastardo del rey Friedrich Wilhelm II (Federico Guillermo II de Prusia), quien estuvo en Bonn a comienzos de 1770 (Beethoven nació en esa ciudad en diciembre de ese año).

[5] «Había una vez un rey que tenía una gran pulga», primeros versos de la «Canción de la pulga», única obra de Beethoven inspirada en Fausto.

[6] «Kennst du das Land», etc. («¿Conoces la tierra…?», etc.) [Nota del autor]. «Canción de Mignon», (1809), basada en la novela de Goethe Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister.

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