San Petersburgo y Moscú (Una mirada y algo más)

N. B. Guersevánov

Traducción: Marina Berri

Realizar una caracterización completa de las dos capitales del imperio es una tarea demasiado amplia y compleja. Sería mucho más fácil trazar unos bosquejos superficiales de estas ciudades o apuntar unas notas que el viajero puede reunir en poco tiempo, sin emprender investigaciones profundas y observando solo el aspecto exterior y los lugares públicos.

Las grandes ciudades casi en todas partes llevan la impronta del país que las rodea, concentran la vida intelectual de las regiones adyacentes, son un espejo fiel de las costumbres, idiosincrasia y modo de vida de las tierras circundantes. Entre nosotros esto no es así. Si se puede considerar que Moscú representa, hasta cierto punto, la Rusia central, no se puede de ninguna manera decir que Petersburgo sea una fiel representación de la Rusia del norte. Petersburgo, y esto es mucho más exacto, constituye la nueva y renacida Rusia, la capital del imperio; Moscú es la antigua Rusia, o la vieja capital de los zares. Petersburgo es la sede de la corte, de los funcionarios, del ejército, de los extranjeros y el principal puerto comercial. Moscú es el centro industrial del Estado, una ciudad manufacturera y de artesanos y, por consiguiente, está habitada predominantemente por gente sencilla.

Hay dos tipos de patriotas que merecen idéntico respeto: unos, discípulos del siglo diecinueve, adoran todo lo nuevo, lo brillante. Han viajado por Inglaterra y Francia, han navegado a Lübeck en un hermoso y cómodo barco de vapor, se han desplazado en el ferrocarril de Birmingham, se han sorprendido con Lablache,[1] han conocido todos los placeres, todo el confort de la moderna cultura europea y lo adoran. Quisieran encontrar ese confort en Rusia; lo encuentran, en parte, solo en Petersburgo y prefieren esta ciudad. Los otros son patriotas a la antigua: conocen su historia; piensan que Rusia podía ser fuerte y feliz en el anterior estado de cosas y, por eso, no gustan de las innovaciones. Como Víctor Hugo, se asientan en aquella parte de la ciudad en la que todo recuerda los tiempos pasados. Estos patriotas prefieren Moscú. ¿Y qué ruso podría permanecer indiferente cuando escucha hablar de ella? Sin mencionar la importancia histórica de la madre de las ciudades rusas, es imposible no amarla por su amabilidad y su hospitalidad, en oposición a la etiqueta y al egoísmo de Petersburgo. Es imposible no amarla por su religiosidad, por su encendido patriotismo, por su filantropía. ¡Qué sentimientos suscita ver el sagrado Kremlin! Nuestros antepasados no sabían construir; en las ciudades hay pocos edificios antiguos; casi todos están en Moscú, en el Kremlin: ¡aquí también está nuestro santuario! La mano del tiempo poco ha tocado el Kremlin; permanece casi tal como era hace doscientos años. Las mismas cúpulas doradas, las paredes blancas, las torres, las puertas; solo falta la vida de antes: es un monumento grandioso, unos anales muertos. El Kremlin está construido con templos, palacios, monasterios; no hay casas para el vulgo, y luce desierto; solo los domingos se perturba su tranquilidad habitual. Los días de semana reina en el Kremlin un silencio profundo; las multitudes no se agitan cerca del Pórtico Rojo; no hay cañones en las paredes; los soldados no se pasean por las torres; el enorme centinela de sombrero dorado que Godunov puso para custodiar Moscú ahora está desocupado. Antes vigilaba los alrededores a treinta verstas a la redonda; nada se le ocultaba a su agudo ojo. En el Kremlin todo continúa como antaño. ¿Qué mano tocará el santuario? Pero fuera de los límites del Kremlin mucho puede y debe cambiar. Las calles son angostas, sinuosas, empinadas y sucias; eran suficientes para la población antigua, que andaba a pie y no conocía los caprichos de los coches. Hoy Moscú tiene 350.000 habitantes; todos viajan en coches; la mayor parte de los alimentos se trae por tierra; ¿es de extrañar que en el invierno algunas calles sean intransitables? En Petersburgo las calles son rectas, anchas, limpias; transitar por ellas es seguro y hasta el aire es más puro. Es imposible no decir con orgullo que la Palmira del Norte eclipsó a todos sus rivales europeos en lo que respecta a su belleza exterior. El río y los magníficas malecones —los mejores ornamentos de la capital, que ninguna otra ciudad tiene ni puede tener— aseguran para siempre su primacía. Templos, edificios públicos, puentes que se erigen sin cesar; las casas crecen a una velocidad vertiginosa; es verdad que se piensa poco en la solidez: se prefiere el quebradizo ladrillo al longevo granito; sin embargo, todo brilla, todo está laqueado. Moscú parece no querer construirse; la apariencia de la ciudad no cambia. Lo que está hecho, está hecho: es imposible enderezar las calles; pero con el tiempo se las puede ampliar o, al menos, construir veredas decentes.  Hoy las veredas fatigan al modesto peatón, y en invierno son simplemente intransitables: no se puede culpar a los habitantes de su pasión por los coches. Pero ¿solo en esto la vieja Moscú pierde ante su hermana menor? En la antigua capital no hay entarugado, ni correo, ni iluminación a gas, ni una empresa que provea de agua a las casas. Hay fuentes, pero están construidas solo en una parte de la ciudad, y la falta de agua es bastante notable. Toda la vida literaria de Moscú se limita a “El observador de Moscú”.[2] Los diarios y revistas que pertenecen a la esfera literaria se imprimen todos en el norte, adonde también se han mudado muchos literatos moscovitas. A cambio de ello, la literatura menor florece más en Moscú; la imprenta de Kiríllov trabaja sin descanso. Los señores Orlov y Kuzmichiov[3] vivieron y escribieron aquí. Los modestos amantes del conocimiento no encontrarán en la antigua capital con qué satisfacer la necesidad de cultura; no hay cursos gratuitos de física, química, agricultura: Ostrogradski,[4] Hess, Niecháiev, Úsov no dan clases aquí; solo hay un curso de química para fabricantes. No hay galerías de arte, ni museos, ni bibliotecas públicas; las bibliotecas privadas son insignificantes; no ocurre lo mismo en el norte, donde hay dos enormes bibliotecas. La biblioteca pública y el Museo Rumiántsevski, que se encuentran bien conservados, muestran sus tesoros a todos, sin excepción.

MoscúGuerse
Teatro Bolshói, Moscú, siglo XIX

Los teatros moscovitas son una copia de los de Petersburgo.  Observemos los teatros de la capital del norte; hay tres: el Aleksandrinski, destinado preferentemente a obras rusas; el Mijáilovski, a obras francesas, y el Bolshói, a la ópera y el ballet. Hay, además, una compañía de teatro alemana; representa sus obras en el teatro Mijáilovski. El exterior, el interior de los teatros, el decorado, la puesta en escena de las obras, todo esto es valorado como corresponde, igual o aun mejor que en París. Echemos un rápido vistazo a los espectadores que van a este o a aquel teatro, porque cada teatro tiene sus habitués. El teatro francés es el espectáculo de las clases altas de la sociedad. Aquí todo es refinado: el propio teatro Mijáilovski, las actuaciones, el público, las damas vestidas siempre como para un baile; cualquiera de ellas podría servir de modelo para pintar un cuadro de moda. En ninguna capital se puede ver un espectáculo tan encantador como el público del teatro francés. Aquí todo es solemne, cortés, decoroso. Los espectadores del teatro Mijáilovski se dividen en tres categorías bien marcadas: 1) las primeras tres filas de butacas y balcones; 2) las últimas cuatro o cinco filas de butacas y el paraíso: aquí se sientan casi exclusivamente las modistas francesas, las peluqueras-artistas et setera[5]; 3) las filas del medio y los palcos superiores. La primera fila de butacas la ocupa el público de más alto nivel: individuos que sirven en la corte, miembros del cuerpo diplomático. Casi todos los lugares corresponden a abonos; para este público el teatro es un deber o un servicio; además, en ellos se observa la más estricta etiqueta. En las primeras filas se arrellana también la jeune France.[6] ¿Participa en el espectáculo? En absoluto; vio a mademoiselle Mars, fumó un cigarro con George Sand, admiró las enormes patillas de Balzac: ¿podría gustarle algo en Rusia? El público de la segunda categoría, la más interesante, va al teatro con otro fin: precisamente el del disfrute intelectual. Aquí verán una belleza, una encantadora miss que por una noche se olvida de la aversión de su pueblo hacia los franceses; a un joven funcionario que sueña con llegar a director, a un oficial del Estado Mayor, a la familia de un rico negociante, a un maestro francés y a un literato ruso. En el teatro Mijáilovski se reúne el público más inteligente, imparcial y educado; salvo él, ningún otro público en toda Rusia está en condiciones de valorar la excelente actuación del encantador y refinado Allan. Estos espectadores aplauden poco, rara vez piden que los artistas vuelvan a subir al escenario para despedirse; su aprobación es muy valorada.

El teatro ruso, o el Aleksandrinski, atrae a espectadores rusos, exclusivamente rusos; los extranjeros acuden poco; el público del teatro Francés se asoma por aquí en escasas ocasiones, para una o dos representaciones de alguna obra célebre: “La mano del altísimo», “El inspector”, “Los fundadores de la flota rusa».[7] Los provincianos consideran una obligación ir al teatro Aleksandrinski la noche posterior a su llegada. ¡Qué bueno y poco exigente es el público del teatro Aleksandrinski: pone a su favorito por encima de Talma,[8] de Potier! En toda Europa no hay quizás ni un solo público que disfrute tanto y con tal fanatismo del teatro, que le guste aplaudir a cambio del dinero que paga; a muchos les duelen las palmas a la salida, el teatro tiembla hasta sus cimientos cuando aplauden a una actriz. Los desmedidos aplausos de este público han arruinado a muchos excelentes talentos. El teatro Bolshói, dedicado a la ópera y al ballet, atrae a uno o a otro público en función de la obra, de la cantidad de veces que se haya representado y del artista que actúe. Las primeras veces que se representa una obra verán al mejor público francés, aunque, en general, reina aquí una mezcla de todas las nacionalidades y rangos. No obstante, incluso este caos aparente tiene su orden. Las clases más altas de la sociedad siempre se sientan en las primeras filas; a medida que se alejan del escenario, las filas de butacas se llenan con los estamentos de la sociedad que no tienen un rango tan alto ni tanta educación, de manera que con frecuencia se sientan adelante los fervorosos adoradores de Sílfide y, en los últimos asientos, gente buena que solo se sorprende de que esta tenga el arte de pararse en puntas de pie.  En las filas del medio murmuran. “Taglioni[9] es buena, no hay duda —dicen—, pero ¿no le rinden demasiados honores?».

PeterGuerse
Teatro Aleksandrinski, San Petersburgo, siglo XIX

En Moscú hay dos teatros, el Bolshói y el Mali; para semejante ciudad son pocos, pero aquellos también suelen estar vacíos, en especial el Francés. Pese a ello, algunas escenificaciones son buenas, y los dramas populares que representan a las clases medias a veces superan a los del norte. El público moscovita no acude al teatro tan asiduamente como se podría esperar. ¿Qué hace por las tardes? Seguramente baila mucho. En Moscú, las Asambleas de la Nobleza son más frecuentes que en Petersburgo; su salón de baile es majestuoso y goza de todas las comodidades. Petersburgo quiere robarse esta ventaja y se encuentra construyendo un nuevo y amplio salón. En Moscú se baila con gran placer, de todo corazón; las señoritas quieren gustar y atraer con su encanto. En el norte los bailes son fríos, carecen de vida, el sentimiento queda aplastado por el cálculo, los novios son famosos por su espíritu mercantil: para ellos una novia es una acción cuya cotización conocen y, si bailan, es para especular con esa acción. Por la cantidad y calidad de jóvenes que invitan a una doncella a bailar, un observador puede decir con exactitud cuál es la posición económica de esta. Además de la Asamblea de Nobles, la Palmira del Norte tiene el Club de Comercio para los negociantes, el Bürger Club y otras sociedades de baile. En Moscú, con excepción de la Asamblea de la Nobleza, se baila poco. Si en un baile petersburgués a uno le gustó alguna persona bonita y quiere verla, va a pasear y sin falta se la encuentra en el malecón Inglés o en la avenida Nevski. Los paseos son en el norte un atributo importante de la vida. Los más empedernidos sedentarios moscovitas pasean con gusto por Petersburgo y se sorprenden de su nueva pasión. ¿Cómo no querer andar a pie? ¡El sol pleno es tan raro, los paseos son tan agradables! Todo se conjuga para hacer del malecón Inglés un lugar encantador para pasear; aquí no existe la tediosa monotonía de otras partes de Petersburgo; aquí hay río, malecones de granito, veredas anchas, completa ausencia de populacho, barcos de vapor que llegan y se van; en la ribera opuesta, el elegante edificio de la Academia de las Artes; a lo lejos, la fortaleza de Pedro y Pablo; en un extremo, el caballo de Pedro el Grande; en el otro, las inmensas dársenas que John Bull[10] mira con enojo; todo atrae al mejor público. Como consecuencia de un peculiar sistema de educación, al final del invierno, a la hora señalada, salen a pasear al malecón las bonitas alemanas e inglesas; en la vereda, limpia como el parquet, se puede admirar sus pequeños piecitos, que no tienen parangón. Otro paseo es la avenida Nevski, que para los incansables peatones suele conformar un todo junto con el paseo de la ribera, con el que se conecta mediante el bulevar Admiralteiski. La avenida Nevski es, en nuestra capital, lo mismo que el Palais-Royal en París: la esencia, el tesoro de toda la ciudad. Su lado luminoso tiene una vereda muy amplia comparada con otras calles, pero estrecha para el gran flujo de personas que circula. Petersburgo es tan rica en paseos como pobre es Moscú. El bulevar Tvierskói es casi el único sitio en donde se puede ver un público distinguido, pero está tan alejado de la calle Kusnetski Most —una imitación pobre o, más correctamente, una parodia de la avenida Nevski— que una joven dama no alcanzará en una mañana a pasear por el bulevar, recorrer las tiendas y hacer una visita. En verano no hay en Moscú dónde pasear; los estanques Priésnienski, Neskúchnoie se encuentran lejos del centro; por lo demás, no hay quien pueda pasear: los terratenientes, que llegan en invierno, en primavera vuelven a sus campos, y los habitantes de la ciudad se van a las dachas. En general no hay en Moscú un criterio para establecer diferencias, y eso la afecta mucho en diversos aspectos: todo se encuentra mezclado y disperso. En Petersburgo, por el contrario, reina en todas partes un estricto y sistemático orden: todo tiene su lugar. La primera circunscripción Admiralteiski y la avenida Nevski hasta el puente Ánichkov conforman el centro de la ciudad; aquí uno encontrará de todo: palacios, ministerios, oficinas públicas, teatros, el centro comercial Gostini Dvor, negocios, confiterías, bibliotecas; en una palabra, la mayoría de los lugares públicos. Las otras circunscripciones de la ciudad conforman mundos separados. La tercera circunscripción Admiralteiski es una concentración de menudeo y oficios. Las circunscripciones Imskaia y Víborgskaia tienen sus habitantes específicos. La isla Vasílievski se distingue por su peculiar fisonomía. La proximidad de la bolsa de comercio atrae a negociantes; por su lejanía del centro y por el bajo costo de los departamentos viven allí funcionarios pobres, el modo de vida es más sencillo, patriarcal y, según la expresión de un escritor, los consejeros de Estado van ellos mismos al mercado. En medio de la actividad mercantil de la isla se levanta de manera bastante modesta la Academia de Ciencias y la Universidad. La Academia Rusa también se encuentra allí.

¿Qué mejoras pueden hacerse a la reina de las capitales? Por más hermosa que sea la beldad del norte, por más suntuosa que sea su vestimenta, la hermana mayor siempre le encontrará defectos.  La primera necesidad de la ciudad, de la que todos saben y hablan, es un puente fijo que cruce el Nievá. Hasta la invención de los puentes con cadenas esto difícilmente hubiera sido posible. Además de ser excesivamente caros, los puentes de piedra tienen otros inconvenientes. El arco de piedra más grande -el del puente de Waterloo, en Londres- posee una abertura de aproximadamente 18 sazhen[11]. El ancho del Nievá es de 140 sazhen en la zona del puente de Isaac y requiere de ocho a diez pilares, lo cual dificultaría la navegación y aumentaría la rapidez del río. Luego de la invención de los puentes con cadenas no resulta difícil establecer una comunicación permanente con la isla Vasílievski. Se puede hacer puentes de 100 sazhen e incluso más largos. Para uno de estos puentes se precisan no más de dos pilares de piedra con un puente levadizo entre ellos, de modo que puedan pasar las embarcaciones; las columnas de hierro fundido, afirmadas sobre los pilares, y a las cuales se cuelgan las cadenas, pueden unirse por arriba con tirantes longitudinales en forma de semicírculo. Todo el puente consistiría en dos puentes con cadenas y uno levadizo entre ellos; sería muy hermoso y no resultaría caro. Muchos piensan todavía que el Almirantazgo, que embellece la capital con sus tres fachadas, da una vista fea al río; que si se pudiera quitar de allí el astillero y extender el interrumpido malecón de granito la ciudad ganaría mucho en belleza y comodidad.

El sentimiento estético, inherente al hombre, existe de diferentes maneras en cada uno; algunos han sido dotados generosamente de él por la naturaleza, mientras que en otros está completamente ausente. Casi lo mismo ocurre con los pueblos. Los griegos nos dejaron inimitables ejemplos de belleza en todas las artes. Los romanos —pueblo severo, guerrero— recibieron la cultura de los griegos y fueron completamente ajenos al sentimiento estético. Sus descendientes no siguieron su ejemplo: la tierra regada con la sangre de los gladiadores se considera ahora la patria de las bellas artes. Es difícil explicar por qué unos pueblos han sido generosamente dotados de sentimiento poético mientras que otros, como por ejemplo los holandeses y los rusos, se distinguen por un gusto opuesto a las leyes universalmente aceptadas de la estética. Los monumentos de nuestra arquitectura antigua, según la opinión de algunos críticos, están signados por la falta de gusto. La mezcla de formas y colores constituye la principal virtud de los edificios del Monasterio de la Trinidad, de las iglesias y los miradores del Kremlin y de la catedral de San Basilio. ¿No habremos adoptado dicha mezcla de Asia? Petersburgo es diferente. No tiene nada de la antigüedad rusa, y por doquier está el sello de la nueva cultura europea. El gusto no solo se manifiesta en las bellas artes, sino en todo, incluso en la sencilla vida rural. La ropa de las pastoras suizas es una belleza.  En algunas zonas de Rusia central las campesinas se ciñen el talle arriba del pecho, el colmo del mal gusto. No hay nada más feo que la ropa cotidiana de los ucranianos. En Moscú el sentimiento antipoético, inherente al pueblo ruso, asombra con bastante frecuencia. El teatro, la lectura tienen poco encanto para los moscovitas, quienes inventaron sus propios entretenimientos: los gitanos, la caza menor. Los gitanos aparecieron hace poco en la estación Pávlovski y se dice que gustaron, pero es difícil de creer. Al menos, cabe creer que gustaron por poco tiempo. La caza menor es un pasatiempo digno de los romanos, de los españoles y de los europeos del siglo catorce, pero no del siglo diecinueve. El jardín de un aficionado es también una de las atracciones de Moscú. Tiene sus méritos, aunque no se ajusta a las reglas del buen gusto. En una pequeña parcela hay de todo: estanques, puentes, barcos, torres góticas, templos chinos, pagodas indias, kioscos turcos, árboles podados al estilo holandés, chozas, puertas triunfales, etcétera, etcétera. Esto es del agrado de muchos, aunque otros consideran que es una mezcolanza nada elegante. Basta con decir que en el jardín hay estatuas, soldados armados y ninfas hechos en madera y pintados con costosas pinturas: ¡una desviación total de las reglas de la belleza! El estricto buen gusto separó la pintura de la escultura; las figuras de cera despiertan un sentimiento desagradable porque imitan demasiado la naturaleza. Prueben a pintar la Venus de Médici y la sala en la que esta se encuentra siempre rodeada por audaces turistas ingleses quedará de inmediato vacía.

Es imposible no decir algunas palabras sobre el Gostini Dvor de Moscú. Es enorme, suntuoso, ocupa un lugar especial de la ciudad. Allí no se entra, como suele decirse, sin querer. El Gostini Dvor de Petersburgo es más limpio y elegante; bajo sus bóvedas se puede pasear sin un objetivo concreto; se encuentra en el centro mismo de la ciudad, en la avenida Nevski. Hay que ir al Gostini Dvor para estudiar las costumbres de los mercaderes, ese importante estamento del Estado. Petersburgo es una ciudad portuaria; todo nuestro comercio exterior está en manos de extranjeros, quienes componen una casta especial y desempeñan un papel importante en la capital. No se dan con los mercaderes rusos y, como son más cultos, han logrado que estos dependan por completo de ellos. ¿Quién tiene la culpa? La falta de educación. Nuestros mercaderes se limitan a leer “La gaceta moscovita”[12] y llevan la contabilidad con ábacos; contra las ciencias comerciales han inventado sus propios prejuicios y refranes. Sin embargo, el roce con los comerciantes extranjeros ejerce poco a poco una influencia positiva también en ellos; las antiguas costumbres son desplazadas por las nuevas, y la mezcla de unas y otras resulta a veces divertida. He ahí un joven que se pasea por el bulevar Admiralteiski con una levita de última moda, vestido como un dandi y ¡ay, con barba corta! He ahí un anciano mercader que va al Gostini Dvor de Moscú; su caballo vale unos cuantos miles, el arnés es vistoso, pero, en lugar de un drozhki[13] o una koliaska,[14] tira una carretita rusa pintada y sin resortes. Muchos ricos tienen casas decoradas con el gusto más moderno y carruajes magníficos, pero van a la feria en una simple kibitka.[15] ¿Puede este estamento recibir una educación europea, fundirse, como debería ser, con las clases altas —proceso que ya ha comenzado— sin cambiar su ropa y sus costumbres? Desearíamos que se quedaran con sus anteriores caftanes largos y sus barbas, con sus adornos nativos y majestuosos, pero pensamos que ahora eso difícilmente sea posible. Los prejuicios son demasiado fuertes, y el feo frac, como símbolo de educación, ha de triunfar.

1839

 

Notas

[1] Luiggi Lablache (1794-1859), cantante italiano (bajo). Cantó, en particular, en la ópera italiana de Petersburgo.

[2] El “Observador de Moscú”, revista enciclopédica que salía dos veces por mes en Moscú desde 1835 a 1839.  Hasta 1837 editó la revista V. P. Andrósov; desde 1838 la publicación pasa en secreto a manos de V. G. Bielinski, quien antes, desde las páginas de “El telescopio”, se había manifestado en contra de “El observador de Moscú” y de la estética de S. P. Sheviriov.

[3] Antón Semionovich Kuzmichiov (1799-1860?), escritor plebeyo.

[4] Mijaíl Ostrogradski (1801-1861/62), matemático ruso, académico de la Academia de Ciencias de San Petersburgo (1830). Germain Hess (1802-1850), químico ruso, fundador de la termoquímica, académico de la Academia de Ciencias de San Petersburgo (1830). Vasili Mijáilovich Niecháiev (1860-?), jurista, profesor del liceo Demidovski (en Iaroslav) y de las universidades de Novorosía y Dierptski, jurisconsulto del Ministerio de Justicia. Serguéi Aleksándrovich Úsov (1827-1886), zoólogo ruso, profesor de la Universidad de Moscú.

[5] *Etcétera (en latín).

[6] La joven Francia (en francés).

[7] “La mano del Altísimo salvó la patria” es una obra histórica de Néstor Vasílievich Kúkolnik (1809-1868), escrita en 1834. “El inspector” es una comedia de N. V. Gógol escrita en 1836, año en el que se estrenó en el teatro Aleksandrinski.

[8] François-Joseph Talma (1763-1826), actor francés que renovó los trajes y el maquillaje.

[9] Marie Taglioni (1804-1884), bailarina italiana. Visitó en sus giras Petersburgo desde 1837 a 1842. Fue la hija del bailarín, coreógrafo e instructor de danza clásica Filippo Taglione, quien desde 1844 hasta 1851-1852 también visitó Petersburgo.

[10] Personificación nacional de Inglaterra.

[11] Antigua medida rusa equivalente a 2,1336 metros.

[12] “La Gaceta moscovita”, uno de los periódicos rusos más antiguos (se publicó desde 1756 a 1917). Desde 1859 se publicó diariamente. Redactores: N. I. Nóvikov (1779— 1789), E. F. Korsh (1840), M. N. Katkov y P. M. Leóntiev (desde 1863).

[13] Coche ruso abierto y liviano, de cuatro ruedas.

[14] Coche ruso pequeño y descapotable.

[15] Coche semicubierto con una tela o lona que solían utilizar los gitanos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s