“Noches blancas”, una novela sentimental (F. Dostoievski, 1848)

Federico Pavlovsky

Luego de haber conocido la fama, por su primera novela “Gente Pobre” (1846), Fiódor Dostoievski edito en ese año “El doble” (1846), “El Sr. Projarchin” (1846) y “La patrona” (1847), publicaciones que recibieron más críticas que elogios. Obras de un Dostoievski joven, bajo el influjo directo de Gógol y Puhskin, en donde prevalecen personajes, como define Alejandro Gonzalez[1]: anónimos, sentimentales, soñadores, pequeños. Materia prima aun indiferenciada de los grandes personajes del futuro. En menos de tres años Dostoievski pasó de ser un escritor desconocido a integrarse a la élite intelectual, pero esta caricia de la crítica duraría poco, ya que “El doble” recibió fuertes reproches por su componente psicológico y fantasioso.  El ámbito espacial donde se desarrollan estas primeras historias de Dostoievski es igual de importante que el nudo de las aventuras emocionales de sus personajes. Para Donald Fanger[2] , la ciudad del soñador es San Petersburgo y pone a prueba la conciencia del escritor. Una ciudad contaminada por los miasmas del horror, de lo fantástico y de lo extraño.  Ciudad cosmopolita, exótica, en oposición a la tradicional y aislada Moscú. Un ámbito que vio nacer a lo largo de dos generaciones consecutivas, una muestra significativa de la producción literaria mundial. Ciudad de planos geométricos y rectilíneos erigida sobre un pantano en la desembocadura del rio Neva, construida por cientos de miles de esclavos, y diseñada por ingenieros y arquitectos extranjeros. “La ciudad más abstracta y premeditada del mundo” dirá el hombre del subsuelo. Una ciudad edificada sobre cientos de miles de huesos, -más de 150.000 en los primeros tres años de construcción-, de aquellos siervos obligados a abrirse paso entre la vegetación, desecar pantanos, levantar diques y enterrar pilotes en el suelo blando[3]. Una “ventana a Europa” tal cual Pedro I aclamó. Una ciudad atravesada por la “Tabla de rangos”[4]: una nómina de posiciones en el servicio al Estado que determinaba el grado de dignidad en la nobleza según la jerarquía de las funciones desempeñadas.  Dostoievski se refiere a sí mismo: “Soy fantasioso y místico, y se lo debo confesar, San Petersburgo, no sé por qué, siempre me pareció un misterio”[5] . La narración de la novela tiene lugar al final de la primavera, cuando los habitantes de San Petersburgo abandonan la ciudad para pasar la temporada de vacaciones fuera de la capital. La vida callejera se adormece. Los actores se toman vacaciones y se van a la provincia, los literatos descansan, las cafeterías y las tiendas están vacías… predomina el bostezo. El vecino de “Piter” está tan distraído en invierno, tiene tantos placeres, ocupaciones y servicios…  pero en la primavera y el verano… el polvo se amontona en capas espesas de aire cálido. La gente sale hacia el campo, feliz. Caballeros en coches de alquiler, padres de familia con algo de equipaje. El  protagonista se divierte con un juego mental inocente: según el porte, la vestimenta, los gestos de cada viajero, trata de adivinar adónde se dirigirá de vacaciones. Serán las islas Kámenny, Pargolov o la isla Krestovski. Barcazas repletas navegan el Nevá. El protagonista es un personaje solitario que crea novelas en su cabeza mientras deambula por la orilla del rio, sediento de conocer a “alguien”, ya que las personas pasan a su lado sin prestarle atención. Una ciudad donde la luz juega un rol central en las almas que la habitan: un sitio… “donde el alba ilumina el cuarto sombrío con su luz incierta y fantástica”.

La historia transcurre en un período de Rusia particular, bajo la figura del zar Nicolás I, que encabezó uno de los períodos de mayor censura y control de la historia. Aquí surge como tipo literario “el soñador”, un ciudadano medio enfermo que vaga libremente en el mundo de sus fantasías, y totalmente incapacitado para las practicidades concretas de la vida. El soñador es apragmatico al extremo, gasta su último rublo del mes en un perfume francés para regalar a una señorita que aún no conoce.  Le atrae leer, pero luego de dos o tres hojas se detiene porque ya obtuvo una satisfacción completa. La figura del soñador en San Petersburgo es clave en la escritura de Dostoievski, y la ciudad no solo es marco sino también es coautora: intemperie, tinieblas, fuerzas hostiles.

Dostoievski, al momento de la escritura de la obra,  tenía la misma edad del protagonista y también residía en Petersburgo[6] (26). Desde el comienzo del relato se perfilan dos escenarios complementarios y necesarios: la ciudad en sí misma, en una versión veraniega y opresiva, y lo que el protagonista llama “mi rincón”, que bien podría ser el embrión de futuros “rincones” que encontraremos en “Memorias del subsuelo” y en “Crimen y castigo“. Espacios incómodos, húmedos y con frecuencia ubicados en los cuartos pisos (signo de pobreza).  Imprevistamente una noche, el personaje, un empleado de bajo rango del estado, tiene un encuentro inesperado con una mujer de nombre Nástienka, de apenas diecisiete años. Un incidente con un hombre ebrio le da a él  la excusa perfecta para salir en su defensa y entablar conversación. Al protagonista le late el corazón, se dirige a ella con miedo y se disculpa por su  falta de experiencia y tacto con las mujeres.  “Parece un sueño”- se dice a sí mismo. “Nunca he tenido la posibilidad de estar con las mujeres, soy un solitario”, confiesa.  Existe una posición demandante desde el inicio, una petición en apariencia amable: “…es obligación de las mujeres el no rechazar la tímida súplica de un hombre tan desgraciado como yo….”. El formato de comunicación de la novela será  la autodefinición confesional, una herramienta común en la prosa de Dostoievski, donde los personajes son quienes presentan sus propios conflictos. Esto no es menor en la medida que el autor tiene la  inocula en personajes corrientes existencias no humanas[7], figuras de carne y hueso al límite de la exaltación espiritual[8].

ночи3

La novela transcurre  a lo largo de cuatro noches consecutivas, un período definido y breve de tiempo, -un sello de las obras de Dostoievski- y se sitúa  en las orillas del canal de Fontanka. En el mismo primer encuentro le solicita de forma enérgica que escuche lo que él tiene para decir, que al menos le diga dos palabras, que le dé esperanzas…. Ella solo ríe y admite: “Usted es el peor enemigo de sí mismo”.

-Voy a soñar con usted toda la noche, toda la semana, todo el año…” El narrador le jura amor  “fraternal” a pocos a minutos de conocerla. Al final de este primer encuentro dirige un discurso a la joven: “La conozco como si fuésemos amigos desde hace veinte años”; “En dos minutos me ha hecho usted feliz para siempre…”.

La mujer promete volver a ese sitio de encuentro con una sola condición, que será el mejor anzuelo del mundo para este romántico protagonista: “No se enamore de mí”. Nástienka lo escucha con atención y le hace una pregunta –que en sí entraña un desenmascaramiento–- que repetirá la prostituta al hombre del subsuelo: “¿Por qué usted habla como un libro?”  El narrador es un experto del reproche amistoso. Ese tipo de calidez que está más cerca de la ira que lo que muchos suponen.

Nastienka relata haberse enamorado el año pasado de un inquilino que leía “libros buenos” junto con ella. Libros de Walter Scott, las obras de Puhskin… pero aquel hombre se excusó por ser una persona pobre, sin medios para casarse, y prometió en un año retornar de Moscú.

Dostoievski retrata en esta novela a ambos personajes, al hombre y la aún adolescente, como si fueran figuras paralelas que necesitan encontrar su respectiva pareja para compartir con ella sus sentimientos[9].

En la literatura dostoievskiana, el amor tiene un tinte sombrío y hasta monstruoso. El hombre aparece siempre torturado.  Dice Berdiálev sobre el amor en Dostoievski:[10] “No se obtiene nada por medio del amor, salvo la ruina que produce un huracán”. La mujer representa un “estorbo”, “una tentación” en la ruta del hombre. Esta impronta de Dostoievski está presente en toda su obra y quizá refleje hasta qué punto la naturaleza femenina siempre le resulto extraña y ambivalente. Su segunda mujer, Anna Grigorievna Snítkina [11], con la que se casó cuando ella tenía 21  y él 46, y con la que convivió los últimos catorce años de su vida, describe el tipo de relación que los unía: “convertirme en su compañera, compartir su trabajo, volver soportable su existencia dándole un poco de felicidad. F.M (Fiódor Mijáilovich) se convirtió en mi Dios, mi ídolo; estaba decidida a pasar toda mi vida de rodillas ante el”.

El encuentro del protagonista con Nástienka ocurre en el período en el que debería volver el pretendiente de ella, de Moscú. Esa es la razón inicial por la cual se encontraba en la orilla del río, sola. Pero pasados tres días aún no se ha puesto en contacto con Nástienka. ¿Cómo interpretar aquello? En una vuelta a la atmósfera epistolar de “Pobres gentes”, el narrador (que no tendrá nombre a lo largo de la historia) le aconseja escribirle una carta, y le dicta los renglones, uno tras otro, y se ofrece a ser él mismo quien la lleve

-Es usted un enviado de Dios- dice Nástienka.

El encuentro con Nástienka plantea un problema difícil de resolver. El protagonista se ha despertado de la ensoñación, pero lejos de estar satisfecho es conciente de que su felicidad y éxtasis momentáneo, entraña un serio peligro: haber perdido la capacidad de abstracción del mundo ordinario. Le dice a Nástienka: “¡He vivido al menos dos noches en mi vida!”.

¿Qué busca de mí, Nástienka?… ¿Consejos?, ¿Alguien que la escuche fraternalmente? Por momentos el personaje se parece al mismo Makar de “Pobres gentes” en esa mezcla de diálogo paternal y al mismo tiempo colmado de expectativas amorosas, que se frustran rápidamente por la irrupción de un tercero. Dostoievski plantea dudas sobre la naturaleza aparentemente inocua de este tipo de soñadores, y advierte en ellos gestos de egoísmo  disimulados detrás de la candidez y las palabras amables. El soñador, como tipo social dostoievskiano, tiene un semblante triste, turbado, obra como si estuviese planificando un crimen, o lo hubiese cometido, o fuese el protagonista de un hecho deshonroso. El autor, casi anticipando la psicología del futuro Raskólnikov, retrata cómo vive el soñador su aislamiento: “este hombre recibe al huésped con timidez, con un rostro, como si un momento antes hubiese cometido en esas cuatro paredes un crimen o hubiese fabricado dinero falso”.  El soñador, por el peso específico de su propia evolución, está destinado a la transformación o más bien, a la descomposición. A diferencia del soñador, los personajes de las grandes novelas, son  indiferentes a los vaivenes cotidianos, en la medida que una “idea dominante” ha poseído el núcleo profundo de su personalidad.

Nuestro personaje describe la tercer “noche blanca” como un momento apagado, lluvioso, oscuro, -como será mi vejez- arriesga. Nástienka, decidida a unirse con su pretendiente,   advierte que el protagonista está enamorándose de ella.  Todo tiene algo patético.

-Cuando me case continuaremos muy unidos, más que si fuésemos hermanos- le dice ella.

–Qué detestable es en ocasiones la persona feliz- confiesa el protagonista. Pero no se enfada con Nástienka, a la que también el autor llama en la novela “niña”, “muchacha sencilla”, “una mujer de poco mundo”.  “Estaremos siempre juntos”,  pregunta o afirma Nástienka…

Pero llega la escena donde finalmente estalla: “No puedo callar”- dice el joven protagonista-        “tengo que hablar, decir todo lo que oprime aquí, en mi corazón. Es absurdo, quimérico, estúpido pero la quiero a usted. Soy un hombre sencillo, pobre, muy poca cosa. Usted me tiene pena”.

Y en el transcurrir del diálogo, Nástienka se va dando cuenta cuán ofendido se encuentra y, por un momento le resulta atractivo. Lo mira con otros ojos. Es un momento. En el acmé de una posible escena romántica, en el momento menos oportuno y pensado, ambos son interrumpidos por la llegada del pretendiente. El otro hombre que hace más de un año había desaparecido.

 -“Es él”- dice Nástienka. Ella se libera forcejeando de sus brazos y vuela al encuentro del otro. “Si fuese posible amarlos a ambos… Si él fuera usted… Sé que lo he ofendido, pero bien sabe que quien ama no recuerda por mucho tiempo la ofensa”-  llega a decirle Nástienka.

Con esta escena, el protagonista de la historia termina de darse cuenta que su posibilidad de habitar la vida de los mortales, de la gente común, se desvanece. Esto se conecta posteriormente con la elaboración de la “gente común” y la gente  “fuera de lo común”, esgrimida por Raskólnikov.

Nástienka le promete un recuerdo de gratitud eterna “que nunca se desaparecerá de mi alma”.

-“Yo permanecí mucho rato en el mismo lugar, siguiéndoles con la mirada. Por fin dejé de verlos”- relata el protagonista.

A modo de final epistolar, Nástienka envía una nota donde explica: “…la semana entrante nos casamos. Ha vuelto enamorado, nunca me olvidó. No se enfade usted porque hable de él….”

Así es que el protagonista, sin nombre, lee la carta un sinfín de veces, llorando, hasta que cae de sus manos, dolorosamente conciente de que también se le escapó de las manos lo que él llama, “un instante de bienestar”.

Cuando “Noches blancas”  fue publicada (1848), la vida de Dostoievski estaba a punto de ser fracturada, ya que su participación en actividades políticas opuestas al Zar (el círculo de Petrachevsky), generaron poco tiempo después su reclusión por cuatro años en Omsk, Siberia.

“Noches blancas” suele pasar desapercibida por los estudios críticos que comentan esta etapa de la literatura rusa, y en su momento apenas fue considerada por la crítica.[12] Si las grandes novelas de Dostoievski le han servido de inspiración a Mijail Bajtin[13] para su trabajo acerca del dialogo dialógico, esta novela no es tomada en cuenta como una fuente de ejemplos. Los diálogos y monólogos del protagonista -sin nombre- suenan a un disco rayado y meloso. No por casualidad Mijaíl Bajtin  no menciona en su estudio a la novela “Noches blancas” en ninguno de sus ejemplos acerca del dialogismo. No encontraremos aquí la pluralidad de voces  independientes, escenas de escándalo grupal, secuencias simultáneas o hechos inesperados Los diálogos y monólogos del protagonista -sin nombre- suenan a un disco rayado y meloso. No encontraremos aquí la pluralidad de voces  independientes, escenas de escándalo grupal, secuencias simultáneas o hechos inesperados En la correspondencia que mantuvo durante décadas con su hermano  (Cartas a Misha)[14]  tampoco se encuentran referencias a esta pequeña novela. “Noches blancas” también tuvo la suerte de  no haber sido analizada por Vladimir Nabokov[15] en su “Curso de literatura rusa”, en donde básicamente trata a Dostoievski como un escritor mediocre y despedaza todas sus obras, a excepción de “El doble”.

Noches blancas”, como señala Joseph Frank[16], -autor del más voluminoso estudio sobre la vida y obra de Dostoievski (cinco tomos)-,  es de todos los relatos menores de Dostoievski el único al que los críticos saludaron favorablemente. El cuento “Mi pequeño héroe” (1849),  escrito en la fortaleza de Pedro y Pablo, en los meses previos a la deportación a Siberia, fue la última producción de Dostoievski por más de una década. Volverá de Siberia otro Dostoievski, pero los lectores pueden encontrar en “Noches blancas” indicios de conflictos que estallarán en toda su dimensión y complejidad en las obras venideras. Rastros de la transformación del soñador en aquellos grandes personajes, que despertarán la ambivalencia del lector, entre la fascinación, el horror y la piedad.

 

Notas

[1] Dostoievski, F. Noches Blancas. El ladrón honrado. Trad., estudio preliminar y notas de Alejandro Ariel González. Buenos Aires, Longseller, 2007.

[2] Donald Fanger. Dostoievski y El Realismo Romántico, Universidad Central de Venezuela, 1979.

[3] Marshall Berman. “San Petersburgo: El modernismo del subdesarrollo”, en: Todo lo solido se desvanece en el aire. Siglo veintiuno editores, Madrid 2006.

[4] Fiódor Dostoievski, El doble. Alejandro Ariel González. Traducción, notas e introducción.  Editora Eterna Cadencia, Buenos Aires 2013.

[5] Dostoievski F.  Sueños de San Petersburgo, Diario de un escritor, Páginas de Espuma, Madrid, 2010.

[6] Aimé Dostoievski. Vida de Dostoievski por su hija. Editorial Mundo Latino, Madrid, 1927

[7] Guardini Romano. El Universo Religioso de Dostoievski.  Emece Editores, Buenos Aires, 1954

[8] Demetrio Merejkovsky. Tolstoi y Dostoievsky. Editorial Cronos, Buenos Aires, 1946.

[9] Jorge Serrano Martinez. Dostoievski, entre el bien y el mal. Editorial Complutense, Madrid, 2003.

[10] Berdiálev Nicolas. El espíritu de Dostoievski. Carlos Lohlë, Buenos Aires, 1978.

[11] Grigorievna Anna. Dostoievski, mi marido. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires 1978.

[12] Tello Nerio. Dostoievski, Maestro de la mirada psicológica. Editorial Longseller, Buenos Aires, 2002.

[13] Mijail Bajtin. Problemas de la Poética de Dostoievski. Fondo de Cultura Económica, México DF, 2011

[14] Fiódor Dostoievski. Cartas a Misha. Grijalbo Editores, Madrid, 1995

[15] Vladimir Nabokov. Curso de literatura rusa. Editorial del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2010.

[16] Joseph Frank. Dostoievski, Las semillas de la rebelión (1821-1849). Fondo de Cultura Económica, México DF, 2000.

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