Cosas de niños (fragmento)

Traducción: María Florencia Ferre [1]

Este fue el luminoso comienzo de mi vida en la tierra de mi padre. De algún modo llegamos a casa, a pesar de todo lo que les ocurrió a mi madre, a mi padre, a Gizela, a mí y por último a Klara –que un día llegó a la estación de Novo Mesto y trajo mi mantita infantil de Basilea junto con todo lo demás–. Este pasaje, me digo, está teñido del tono almibarado, si no poético, de mi primera experiencia y de los primeros días de mi vida en el pueblo de Cegelnica. Los animales conservaban su dignidad, aunque se les temiera o se los compadeciera cuando los carneaban, y también la naturaleza en espesos bosquecitos salpicados junto al Krka. Papá no estaba con nosotros. Ganaba algún dinero en Ljubljana. Era costurero de forros, bolsillos y mangas de trajes de caballeros y damas en la firma Bazar-Elita junto al correo central. Trabajaba en negro, no en la mesa común con los otros sastres del taller, que tenían una relación laboral en regla, sino tras la cortina, para que los inspectores no lo pescaran. Ganaba 100 dinares a la semana. Tenía un cuartito a una hora de distancia en los alrededores de la ciudad. A mediodía almorzaba pan y ricota en una lechería y después descansaba un poco en el parque Tivoli, pues a la una tenía que estar de vuelta en el trabajo. No usaba el tranvía para ahorrar dinero. Por eso se levantaba tempranísimo y salía hacia el trabajo, de donde volvía recién por la noche, siempre a pie. Se hacía un té o sopa en cubitos Maggi en la cocina a alcohol y comía un salame barato que siempre le había gustado. No nos visitaba porque el tren era demasiado caro. Los domingos trabajaba a domicilio por poco dinero –daba la vuelta a viejos trajes y prendas de piel–, o vendía por las casas lo que le quedaba de su peletería de Basilea –gorros, estolas, manguitos–. Cuando por casualidad se encontraba con un conocido de su juventud, que trabajaba en los ferrocarriles como acompañate del vagón del correo, viajaba gratis entre sobres y paquetes hasta nuestra casa y se volvía por la noche con su amigo a Ljubljana. Tenía que colarse siempre a escondidas, para que los compañeros de trabajo de su amigo no lo pescaran. En el otoño vino por dos días, cuando el tío Karel estaba preparando aguardiente. Entonces papá le preguntó a Karel en el vestíbulo, temeroso, en voz baja pero con valentía: “¿Qué has estado haciendo que hace cuatro días que mi familia tiene toda la habitación ahumada?” Hacía una semana que salía humo del horno, porque la chimenea no tiraba o algo así. Cuando yo había subido por la escalerilla, tanteando con la vara, no había sentido ningún trapo ni nido. Karel se rió y después como un mago sacó con su mano izquierda de un hueco de la pared un trozo de chapa ennegrecido. Fue un gesto tan cándido de su parte que me lo quedé mirando con admiración y olvidé las escaldaduras del látigo con que me castigaba ante el menor descuido. Papá alisó los bolsillos de su saco satisfecho de haber resuelto el conflicto tan rápidamente. “¡Aquí tienes Lojz, ahora salud!”, le dijo el tío ofreciéndole un vaso la terrible bebida. Por amabilidad, tomó el vaso y le dio un sorbo. “Más, más”, lo alentaban el tío, la tía Mica, mis dos primos y la prima Paula. Como no estaba acostumbrado al alcohol, le hizo efecto de inmediato. Perdió su andar erguido, menudo, pulido, del que todos se reían un poco; después también perdió los anteojos. Le dieron una vara larga con una bolsita en la punta donde debía hacer caer una pera del árbol. Papá, que no podía mantener ni siquiera la mano hacia arriba, se bamboleaba, asestaba, se tambaleaba alrededor de la copa, y se aferró a la vara vertical de dos metros de largo que de buenas a primeras se cayó y él rodó por el pasto con vara y todo. “Dale, dale” seguían alentando, pero ya no era en serio ni sincero. Finalmente, cuando pasó junto a nosotros tambaleando hacia el Krka, para vomitar o para lavarse la cara, rompieron en risas como si no fuera posible esperar otra cosa de él, porque siempre se lo había tenido por el hazmerreír de la familia entre los parientes. También yo cuando seguí a mi papá aquella vez, me sonreí un poco, porque temía que, de no hacerlo, el tío y la tía nos echaran de la casa. Pero papá empezó a murmurar y canturrear cuando se levantó de la orilla… “Más allá del lago, más allá del bosque, está mi hogar querido, y mi pequeña cuna…”[2] y todos se unieron a la canción frente a la casa y le hicieron un lugar a la mesa de piedra. Esta canción era muy triste, también a mamá la emocionaba; me la había aprendido, como aprendía todas las canciones que cantaban, porque no entendía su dialecto, y cuando la cantaba, siempre pensaba en Basilea, en Elizabethplatz, en mi canasta en el cuarto marrón. Sólo así aprendí esa lengua que nunca había escuchado dentro de mí. Prefería canturrearla lejos de casa, allá abajo junto al río Krka, porque imaginaba que Basilea estaba en la línea recta justo detrás de la montaña azul que se alzaba sobre las líneas negras de los senderos al otro lado de la orilla. También “Dos caballitos tiene mi papá” me salía bastante bien, si me dejaban pararme en la baranda del carro con las riendas en las manos, cuando los dos caballos de Jože corrían entre los nabos que había que recoger antes del chaparrón. El temblequeo, el traqueteo del carro, el trote por las piedras me ayudaban a sentir el ritmo macizo de las palabras. También dominaba la percusión de Basilea: rápido, sordo, fuerte, más fuerte con un palo, después casi un susurro, en sus barriles de diferentes tamaños, como los tamborileros del carnaval en sus tambores largos y cortos. Siempre necesitaba algún objeto, digamos una flauta, que sabía tallar a partir de una rama, para representarme la canción casi físicamente, como una conversación con alguien sentado junto a mí durante el pastoreo. Pensar, sentir, hablar o incluso escribir en lengua eslovena era para mí algo tan inaccesible como despertarme por la mañana y haberme transformado en ángel después de sueños turbulentos. Sólo después de un año en Cegelnica empecé a garrapatear en cuadernitos y dos años después publiqué mi primer cuento, por el cual recibí –y esto me parece especialmente digno de subrayar– un pago tal que después de la muerte de papá pudimos vivir yo y mi familia durante un mes sin tener que ir a la plaza a vender pieles o cortar leña en casas ajenas. En aquel entonces, en el año 1938, y aún hoy, las lenguas eslovena y alemana –y da lo mismo que se le pregunte a un mendigo o a un filósofo–, formaban un abrazo mortal de odio mutuo. Cada lengua, desde la concepción en adelante, habita en cada persona. ¿Y qué ocurre si dos enemigos inseparables habitan bajo el mismo techo? Se pelean constantemente con uñas y dientes, histórica, política, nacional y sentimentalmente. En particular cuando las dos piensan la misma cosa y se azuzan una a la otra con la fuerza de esas bolas de acero que los albañiles usan para demoler casas viejas. Quince años después de Cegelnica se empezó a hablar de que no sólo hablamos nuestra lengua, sino que la lengua también nos habla. La oímos ya en el vientre materno, percibimos su música, su disposición, su tradición. Ha habido algunos casos aislados de personas que quisieron salir de la lengua que los habla por tradición, para poder decir “sus cosas, sus nuevas y distintas cosas”, y volverse ellos mismos el origen de su lengua. A algunos les resultó, otros murieron en el intento. Más tarde las cosas se complicaron aún más; de pronto fue una sorpresa que habláramos desde hace al menos diez milenios y al fin y al cabo qué significa hablar. Lo compararon con un río. ¿Es el origen del río más importante que el origen de su meta, el océano? Yo mismo, en mi lengua de dos rostros, llena de errores, defectos, intencionales o involuntarios, trataba de expresar mis “distintas cosas”. Tendí puentes colgantes entre las dos lenguas; cuando todas las equivalencias fracasaron, infringí las leyes de las dos lenguas y, con una tercera sintaxis traté de componer y precisar la mezcla de estados agregados que sentía y veía en mi cabeza. Me comportaba como una muestra para la investigación biológica, un ratón de laboratorio entre los tabiques espirituales de ambas tradiciones. No por eso fue más fácil. Pero ahora de repente, con la edad, la tan insípida lengua materna me parece más cercana a la más escrupulosa de las lenguas, la paterna. ¿Se sentiría más a gusto el alma si me hubiera quedado en la primera lengua? ¿Me habría ahorrado todas las iluminaciones de la segunda lengua y libre como un pájaro en su rama habría cantado acerca de mis problemas existenciales y mis agobios económicos? Es demasiado tarde para cambiar de hábito, y de todos modos jamás habría podido salir de mi estado escindido. Habría estado a la intemperie y habría debido volver tan pronto como pudiera a mi caparazón, para que no saliera nadando con las cortezas, ramitas o lo que hubiera en la corriente, para que no se perdiera entre cachuelos y riachos, en los remansos de montaña; y me habría tenido escalofríos, dificultades, problemas, preocupaciones, intolerancias, porque me habría quedado desnudo. Me pregunto, si hubiera usado la primera lengua, ¿habrían cabido en ella más rasgos líricos y melancólicos del alma de mi padre, tanto como en la segunda flotaron en la superficie las ideas de mi madre y su depresión? Eso no lo sabré nunca.

 

Notas

[1] La traducción fue realizada en el marco del Sexto Seminario de Traductores Literarios de lengua eslovena, Novo Mesto, Eslovenia, agosto de 2015, organizado por la Agencia Pública del Libro de la República de Eslovenia (JAK, http://www.jakrs.si).

[2] Se trata de la canción popular “Gor čez izaro, gor čez gmajnico, kjer je dragi dom, z mojo zibalko…” [n. de t.]

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