La representación de la emigración como reflejo de las dinámicas sociales en la ex Yugoslavia

Miguel Roán

“Me gustaría preservar la noción de que se puede vivir sin saber, sin preguntar qué origen tiene cada uno.”

Igor Štiks

Las memorias de Charles Simic (Una mosca en la sopa) son una buena referencia cultural de la emigración yugoslava. Simic tenía siete años y se llamaba Dušan cuando cruzó la frontera eslovena con su madre y hermano durante los albores de la Yugoslavia titoísta, para reunirse con su padre, ya emigrado en EE.UU. Su relato biográfico exuda ternura y melancolía, pero de una forma contenida, como tradicionalmente se ha expresado la narrativa balcánica. Su recorrido personal está marcado por una identidad en construcción, desde los avatares de una Belgrado destruida por los bombardeos nazis y aliados, durante la Segunda Guerra Mundial, hasta su conformación como artista y poeta estadounidense. Y, sin embargo, el ganador en 1990 del Pulitzer de poesía, por la obra El mundo no se acaba, traslada su evolución vital a sus lectores con serenidad, sin que su personaje se revele de forma épica ni heroica, ni siquiera con alguna manifestación de autocompasión, un drama interno aparentemente neutralizado por la cadencia de los sucesos y acontecimientos relativamente ordinarios que se producen como emigrado en el extranjero.

Los estudios sobre la emigración respecto a la antigua Yugoslavia han estado tradicionalmente centrados en los factores económicos que la generan, se han realizado trabajos estadísticos sobre el origen y la nacionalidad de los emigrantes. De hecho, el análisis de la emigración ex yugoslava puede plantearse desde una perspectiva etnocéntrica (Wimmer, 2011). Esta posibilitaría examinar una presunta condición de colectivo preservador de unas particularidades étnico-religiosas, con sus formas organizacionales que se conectan con vínculos transnacionales a una patria original (Adamson, 2007, p. 497). También han sido recurrentes los trabajos sobre las conexiones socio-políticas entre los nacionalismos locales y la diáspora, particularmente en lo que respecta a la eclosión de los nacionalismos serbio y croata en el contexto de la fragmentación de Yugoslavia (Perica, 2011). Desde este punto de vista, esta aportación solo pretende bosquejar una selección de representaciones culturales que ofrezca una lectura diversa ya no rígida de la emigración. Al margen del distanciamiento físico, la diáspora puede ser un mundo en sí mismo, con sus propias dinámicas y complejidades, pero también reflejar los cambios sociales y políticos del lugar de origen, como, igualmente, influir desde el extranjero sobre la sociedad de la que proceden, articulándose como un espacio vehicular político, económico y socio-cultural entre ambas geografías.

Ya desde la última mitad del siglo XIX las emigraciones desde el sudeste europeo fueron un fenómeno habitual, que determinó la vida de cientos de miles de personas, pero también creó un campo de estudio y de interés social. Antes de la Primera Guerra Mundial, miles de trabajadores “sudeslavos” conformaban ya una segunda y una tercera generación de trabajadores de la industria pesada alemana —los denominados Westfalische Slowenen— (Pavlica, 2005), pero esta emigración también llegaba a otras latitudes más lejanas como Estados Unidos, Latinoamérica o Australia (Grečić, 2002). Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, más de 200.000 yugoslavos quedaron varados en una situación de irregularidad, y sin una perspectiva clara de retorno a Yugoslavia, desprotegidos en una Europa y con una patria en ruinas. Ellos formaron una nueva ola de emigraciones hacia países como EE.UU., Canadá, Argentina, Australia o Nueva Zelanda. Estos dos flujos de emigración yugoslava fundaron un entramado complejo, pero estable de comunidades ex yugoslavas que se reprodujeron con ocasión de la guerra de los 90. Desde entonces, se calcula que prácticamente la mitad de la población de origen croata vive fuera de las fronteras de la República de Croacia. De los 11 millones de ciudadanos de origen serbio, dos millones viven en la diáspora. En torno a un tercio de los macedonios étnicos viven fuera de la República de Macedonia. Desde la guerra de los 90, cerca de la mitad de la población bosnia ha emigrado al extranjero.

Las razones que explican esas migraciones son diversas: desde la posición geopolítica privilegiada de Yugoslavia cerca de un perímetro de industrialización occidental, la pobreza extendida en muchas zonas del país, malas perspectivas para la gente formada, la cualificación de la mano de obra yugoslava, hasta llegar a las turbulentas circunstancias de la fragmentación yugoslava y de la guerra (Gabrity, 1997). Con las primeras señales negativas de la economía yugoslava en la mitad de los años 60, una de las decisiones adoptadas por Yugoslavia fue facilitar la salida de mano de obra yugoslava. Las remesas de los trabajadores en el extranjero fueron una de las fuentes seguras y principales de divisas. Por ejemplo, solamente en Alemania el número de serbios empleados pasó de 2000 en 1954 a 24.000 en 1962, y finalmente llegó a 200.000 en 1969 (Ćirković, 2005, p. 119). Sin embargo, esta tendencia, aunque se mantuvo al alza, bajó en intensidad como consecuencia de las crisis del petróleo de los años 70, y significó el retorno de miles de trabajadores a partir de los 80. En 1971 había empleados 870.000 yugoslavos en el extranjero, y este número descenderá a 490.000 debido a las sucesivas crisis del petróleo y las políticas restrictivas de los estados receptores (Malačić, 1994). Y llegados los 90, la estadística ascendería a más de un millón, una gran parte en la Alemania occidental, Austria y Suiza (Fassmann y Münz, 1995). No solo el número de emigrantes muestra la relevancia de estos estudios, sino también el volumen de las remesas y su impacto social, que durante los años 80 supondrían una cuarta parte de los ingresos en divisas y superarían prácticamente tres veces los ingresos por turismo internacional (Grečić, 1994).

Lejos de situarse en la emigración como un fenómeno económico y en la diáspora como un espacio estrictamente de progresión personal, las migraciones yugoslavas ofrecerán un extenso material para evidenciar el lado disfuncional del sistema socialista. En esta ocasión nos centramos, por ejemplo, en cuatro dimensiones diferentes que cuestionarán la solidez del lema “hermandad y unidad” entre los pueblos yugoslavos, eslogan fundamental promovido por el régimen titoísta. En primer término, a través de una diáspora como mera exposición de identidades estrechamente vinculadas a sus orígenes étnicos y a sus claves socio-culturales. Durante la época yugoslava, el número de personas declaradas yugoslavas no superó el 5.4 % de la población (Calic, 622, p. 581). El elemento étnico sería una manifestación culturalmente preponderante, por encima de la identidad civil yugoslava. En el documental Avtralija, Avstralija (1976), del director Stole Popov, se muestra a la comunidad macedonia en Australia durante la década de los 70. Expone el relato de decenas de macedonios, cuya inmensa mayoría acudió hasta el continente australiano por motivos laborales. Son trabajadores poco cualificados, que expresan adaptación o inadaptación al medio, pero que son una mano de obra indispensables para el crecimiento de la economía australiana. A través de la expatriación de un cadáver de un trabajador macedonio, Popov refleja magistralmente un hilo sentimental y cultural con la madre patria, pero vinculado a una comunidad macedonia tradicional. Otros mensajes resultan menos explícitos y, sin embargo, críticos desde su mera exposición, como el estado de extrema pobreza de la vida rural macedonia, frente a la propaganda del régimen, o la adhesión de los macedonios expatriados a las costumbres religiosa ortodoxas frente a la condición anti-clerical del régimen. Tanto en el enfoque, en el mensaje, en el movimiento de la cámara como en la utilización del sonido ambiente, el documento visual recuerda al cine documental de la Ola negra, a los trabajos de autores como Želimir Žilnik, Živojin Pavlović o Dušan Makavejev, por la crudeza del mensaje, el retrato realista y la ausencia de efectismos para narrar la vida macedonia en Australia.

En segundo término, el cine comenzó a expresar las quiebras del sistema mostrando cómo permanecían en el imaginario social de la diáspora el recuerdo de las luchas fratricidas habidas entre los bandos nacionales durante la Segunda Guerra Mundial.  En Braća po materi (1988), del director Zdravko Šotra, dos hermanastros, uno serbio y otro croata, entran en contacto y se intercambian casetes para conocer los hechos trágicos que acaecieron a su familia con ocasión de la creación del Estado independiente de Croacia. El relato de la película bascula entre la nostalgia por la pérdida familiar y el drama humano vivido durante la guerra. Sin embargo, del visionado de la película se puede apreciar una perspectiva fundamental: una suerte de hilo conductor entre los sucesos trágicos del pasado y la vida de la nueva generación posterior a la guerra, el vínculo sentimental entre dos generaciones diferentes pero reunidas en torno a una tragedia que se convierte en una herencia pesada y dolorosa.

En tercer término, el discurso oficial de “hermandad y unidad” encuentra su contradicción en los propios sucesos que devenían con la quiebra del sistema. En Opasni trag (1984), del director Miomir Stamenković, un largometraje basado en hechos reales, un grupo de nacionalistas albaneses provenientes del extranjero es perseguido por las fuerzas de seguridad yugoslava tras conocerse que quieren introducir armas en Kosovo. Su estreno coincide con las repercusiones políticas de las manifestaciones antigubernamentales albanesas en Pristina, tras la muerte de Tito, a favor de una mayor autonomía e independencia respecto a Belgrado. Ambas películas encajan en lo que Benedict Anderson definió de «nacionalismo de larga distancia» y que ha sido reflejado para el caso ex yugoslavo en diferentes trabajos, ensalzando el lazo cultural, social y económico que se mantiene entre grupos nacionales más allá de las fronteras (Bock-Luna, 2007). Pero también se reproduce el mito de la diáspora como plataforma de los nacionalismos locales, a partir de los cuales estos nacionalismos de larga distancia custodian las esencias nacionales, avivan a los grupúsculos nacionalistas y eventualmente auxilian con recursos y soporte exterior a los activistas internos.

Y el cuarto aspecto relevante que vincula a la diáspora con los problemas internos yugoslavos tiene que ver con la delincuencia y la experiencia delictiva de sus ciudadanos en el exterior. Por citar una referencia, en Praznik u Sarajevu (1991), del director Benjamin Filipović, un grupo de ladrones vuelven a Sarajevo después de estar en el extranjero y se enfrentan con un espacio hostil donde vuelven los fantasmas, derrotas y amenazas del pasado. El largometraje ofrece un escaparate de las corruptelas de un sector de la sociedad yugoslava, con su apéndice en el extranjero, en Europa central o países escandinavos, involucrado en el crimen organizado y que sentará las bases de los grupos paraestatales que caracterizan el poder político durante la crisis de los 90. Nombres como los de Ljuba Zemunac o Arkan Ražnatović forman parte de ese fenómeno de conexiones internacionales que había despegado en los 70 con organizaciones criminales, como los YACS, y que continuarán hasta la actualidad con grupos como los Pink Panthers.

Sin embargo, existen otras formas relevantes de expresión de la diáspora y que se ofrecen como transmisoras respecto a las dinámicas sociales yugoslavas. Los años 80 alumbraron corrientes musicales que incardinaban la música folclórica proveniente del medio rural en las nuevas tendencias electrónicas que llegaban desde las capitales de Europa occidental y que tendrán su máxima expresión en el género musical del turbo-folk. El neofolk o la novokomponovana muzika se reveló como un gusto musical contrario a las modas urbanitas, como el rock o el punk, y parte de unos orígenes foráneos que se recrearon a partir de los gastarbajters yugoslavos: «En muchos casos, el género se conocía como gastarbajterske pesme, el término alemán para “trabajador invitado” que se había elevado directamente al idioma serbocroata» (Gordy, 1999, 107–108). Durante los 80, el folclorismo se convirtió en un movimiento emergente enlazado con las corrientes nacionalistas cada vez más encontradas con la rigidez autoritaria de las instituciones comunistas, o con pensamiento clasista y cosmopolita de las capitales yugoslavas.

Las guerras de la ex Yugoslavia desencadenaron, como era de esperar, un flujo migratorio todavía mayor: un gran número de trabajadores emigrantes y de refugiados afectados por los conflictos. Algunos patrones se repetirán todavía con mayor intensidad: la idealización de la vida en el extranjero, como recurso para un porvenir personal y profesional, y una nostalgia respecto a la patria que se manifiesta en una doble vertiente. La nostalgia en relación a un hogar que se encuentra muy lejos y al que echar de menos, pero también una nostalgia marcada por una patria que ha dejado de existir, Yugoslavia. La escritora Dubravka Ugrešić en el Museo de la rendición incondicional y en El Ministerio del dolor aborda la condición del exiliado. La protagonista de esta última obra, una profesora en Ámsterdam, imparte clase a ex yugoslavos y se topa con una variedad de estudiantes, que expresan una interpretación diferente sobre la fragmentación yugoslava, y sentencia: «la tierra de la que procedíamos era nuestro trauma común». Históricamente, el elemento nostálgico está presente en la música, el teatro, la literatura o el cine, como un universo propio y característico por definición de la cultura balcánica, pero la fragmentación yugoslava solo hizo que se reforzara entre la ausencia, el anhelo y el dolor espiritual por la pérdida.

La diáspora también se convirtió en un refugio para aquellas identidades antinacionalistas que no encajaban en el marco de las nuevas democracias étnicas. Tanto Drubravka Ugrešić como Slavenka Drakulić, figuras disidentes contra el gobierno nacionalista croata de Franjo Tuđman, en sus ensayos y novelas, han recreado una narrativa personal condicionada por fenómeno del exilio. Se han afirmado como dos voces críticas contra los nacionalismos y en memorias activas de las secuelas de los conflictos, sin que ello sea óbice para que su criticismo vaya más allá del ámbito balcánico, extendiendo su examen contra el capitalismo, la deshumanización de la modernidad o las contradicciones del discurso occidental. El personaje principal de la novela Como si yo no estuviera, de Drakulić, basada en los testimonios de multitud de mujeres que habían sido víctimas de la guerra, va a dar a luz a un hijo fruto de una violación, y encuentra en Estocolmo y en un idioma que desconoce un refugio alejado de la barbarie de sus agresores. Tanto Ugrešić como Drakulić, o los músicos Branimir Štulić o Jadranka Stojaković, que residieron durante la transición pos yugoslava en el extranjero, personificaron y personifican con sus declaraciones públicas, y eventualmente con su arte, una condición multiétnica y cosmopolita, cultivada en la antigua Yugoslavia, con diferentes niveles de vinculación con sus lugares de origen.

La diáspora también se convirtió en un espacio de inadaptación e inspiración para muchos escritores con ocasión de las guerras yugoslavas: Ismet Prcić en Esquirlas (2007), Velibor Colić en Manual del exilio (2017) o Aleksandar Hemon, en El hombre de ninguna parte (2002) y en El libro de mis vidas (2013) profundizan en esa condición del extranjero que levanta los cimientos de una vida en otro lugar, con otro idioma y otra cultura, con los recuerdos de una niñez, una infancia o una adolescencia en Bosnia y Herzegovina. Y, por otro lado, un exilio que se convierte en una herida punzante que permanece emplazada en la conciencia personal. Hemon señalaba en una entrevista: «La pérdida, la añoranza y el exilio me interesan emocional y literariamente. Cómo escribir sobre la pérdida sin volverse sentimental. Lo que he aprendido es que cualquier tipo de migración, sea o no como refugiado, es inherentemente traumática, divide la vida entre un antes y un después. Y al antes no se puede volver. Ese volver es nostálgico, se convierte en una utopía. Es un pasado perdido, pero está presente en la vida» (Hemon, 2019). La novela o la autobiografía sobre el exilio aportan matices de desorientación, soledad, perplejidad y combate existencial, que no solo dependen de la propia astucia, sino también de los avatares de la bienvenida y de las vicisitudes del encuentro casual. Y, en este punto, se abre un subtema relevante: la visión de la emigración y su estratificación social dentro de la sociedad receptora. Se aprecia en películas como Kajmak i Marmelada (2003), del director Branko Đurić, o la novela Čefuri Raus! (2008) de Goran Vojnović. Ambos documentos muestran a las claras una interpretación caracterizada de los ex yugoslavos que emigraron a Eslovenia, reproduciendo personajes alterados, envueltos en conflictos, en un estado permanente de agitación interior y descontrol, frente a un paisaje de tranquilidad, limpieza y orden que transmiten los eslovenos. De ambos trabajos se presume una identificación de la diáspora como un espacio de reproducción de las formas y actitudes locales, así como una caricaturización repleta de puntos de análisis sobre los balcánicos y su discurrir foráneo.

La condición de emigrante genera formas sutiles de fricción, fruto de la deslocalización sentimental y material respecto a la comunidad originaria. En Hadersfild, del director Ivan Živković (2007), un hombre vuelve a su lugar de la infancia y visita a dos de sus compañeros de colegio: se aprecia una idealización de la vida en el extranjero, envidia hacia el emigrante, sarcasmo por sus nuevos hábitos, reproche por su ausencia durante los años difíciles y desvaloración de sus esfuerzos para construir un nuevo proyecto de vida en el extranjero. Todo esto, sumido en el contexto de la difícil transición económica pos-yugoslava, reafirma la distinción de clase, entre el visitante de formas mesuradas y correctas, y los dos amigos con actitudes desfogadas e impertinentes. Esta aproximación realza un patrón antagónico que enfrenta a la depresión local con la bonanza espiritual y material de la diáspora. El personaje de Dule procura ofrecer al espectador un término medio entre ambos extremos, aunque termine venciéndose a la desesperanza de los que se quedan en su hogar frente al visitante que vuelve a su residencia en Inglaterra. Honeymoon (2009), del director Goran Paskaljević, igualmente, ofrece una visión anhelante y optimista de Europa occidental, y todos los esfuerzos denodados, personales y familiares, que acompañan a ese viaje. Las dos parejas: una serbia y otra albanesa, ansían llegar a ese destino, y sus diferencias étnicas y sus circunstancias diferentes no impiden observar que existe un mismo deseo incontenible de emigrar.

Y una vez abandonado el lugar, y habiendo hecho vida en el extranjero, tu pasado puede volver a ti, porque el emigrante lleva su bagaje personal y emocional consigo. En la película Krugovi (2013), del director Srdan Golubović, se refleja esa carga del emigrante y sus consecuencias sobre su construcción vital, cuando un suceso del pasado obliga al interpelado a cumplir con una deuda pendiente, aunque se encuentre en términos espacio-temporal muy lejos de su hogar primigenio. Relacionada con los sucesos de la guerra, la película ofrece una perspectiva certera sobre el campo de la justicia transicional y los traumas que acarrean los supervivientes y víctimas en su itinerario y que perviven más allá del fragor del conflicto para el resto de sus vidas.

Cada vez más trabajos han puesto el acento en el descenso demográfico de los países surgidos de la ex Yugoslavia. Los datos muestran un flujo migratorio masivo desde la región y una perspectiva de envejecimiento intenso y extendido en casi toda el área balcánica (Judah, 2019). Este paisaje social es una caracterización típica en la cultura popular, pero dos décadas después de las guerras de Yugoslavia, la percepción social gira en torno a los problemas de gestión pública, más que al contexto bélico y pos bélico. La canción Pionirska pesma (2017), de Dubioza Kolektiv, hace balance de los problemas de incapacidad política, de corrupción y del nepotismo que sufre la región en la actualidad. Dice así: «hay que enviar a los jóvenes a la diáspora a trabajar, para limpiar los platos hasta el final de esta balada». La diáspora, en ese sentido, continúa siendo un reflejo de los problemas y desafíos locales, y reproduce un proceso político, económico y social con una trayectoria de más de un siglo.

Para concluir, vamos a trasladarnos de una aproximación colectiva de las migraciones a un enfoque centrado en los casos individuales, por si fuera de interés para futuras investigaciones. Hay que destacar el desarrollo particular de algunas celebridades de la cultura, donde se manifiesta un caso paradigmático en los que la experiencia personal en la diáspora deviene en la conformación de identidades “híbridas” (Stuart Hall, 1991, p. 345) que se entremezclan o adquieren nuevos atributos culturales y sociales del país de residencia. Por tanto, es importante no hacer una lectura estanca de la diáspora, sino analizar también fronteras difusas que ofrecen algunos perfiles y que, por su propia naturaleza, son más difíciles de identificar y categorizar. Algunos de estos ejemplos resultan conocidos, y reafirman la identidad como una construcción social y personal, que emerge de forma compleja, orgánica e independiente respecto a los márgenes precisos que impone la identidad nacional y su evaluación compacta y homogénea. Escritores como Charles Simic, Aleksandar Hemon, Velibor Čolić, Saša Stanišić, Dejan Tiago Stanković han publicado obras originales en un idioma diferente al materno. Stanković, por ejemplo, es traductor de Ivo Andrić al portugués. Y se puede citar no solo desde el ámbito socio-lingüístico otros supuestos que evidencian los territorios móviles de la identidad en la diáspora. Valga la referencia de Mitar Subotić, Suba, una de las figuras más relevantes del panorama musical de los 80 en la ex Yugoslavia; entre sus éxitos se encuentran la producción de grupos como Ekatarina Velika y Haustor. Prendado de la música afro-brasileña, se mudó a Brasil, donde murió en un incendio poco después del lanzamiento de su trabajo São Paulo Confessions (1999) y Tanto Tempo (2000), de Bebel Gilberto, consideradas dos de las obras musicales más relevantes e influyentes de la música electrónica moderna y de la bossa nova. El álbum Angel Breath (1994), por ejemplo, compuesto junto con el músico Milan Mladenović, es un muestrario de la convivencia entre los paisajes del rock yugoslavo con una línea de músicos brasileños y temas en serbo-croata y portugués. En este punto cabe preguntarse en qué momento un sujeto residente en el extranjero ha dejado de formar parte de la diáspora y cuáles son las razones que determinan la finalización de este proceso de división social marcado por la distancia, pero, como hemos visto, marcado también por el reflejo, la carga y el intercambio social entre el lugar de origen y el lugar de destino.

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