“La pulsera de granates”, de Aleksandr Kuprín

María del Mar Gámiz Vidiella

La editorial argentina La Compañía de los Libros acaba de publicar un segundo título del escritor ruso Aleksandr Ivánovich Kuprín (1870-1938). Se trata de La pulsera de granates, en una traducción realizada al alimón por Marina Berri y Florencia García Brunelli, y revisada por Alejandro Ariel González, autor, por su parte, de la traducción de Moloch, el primer título de Kuprín publicado en esta casa editorial. Ampliamente reconocida y valorada en vida del autor, la obra de Kuprín se sigue leyendo con placer en Rusia, bien porque aún apela al gusto contemporáneo, bien porque aparece en los programas escolares de literatura como un clásico nacional, o bien porque en ella se condensan tipos, obsesiones y valores de una época bisagra, que quizá por considerarse “de transición” entre el Imperio ruso y la Unión Soviética despierta un interés especial en los lectores contemporáneos. Sin embargo, y a pesar de que su autor pasó 17 años exiliado en Francia, actualmente se le conoce muy poco fuera del mundo eslavo. Con estos libros, La Compañía ofrece a los lectores hispanohablantes una muestra significativa del multifacético prisma temático al que Kuprín aplicó su talento, en traducciones que no sólo no lo desmerecen ni un punto, sino que son cuidadoso resultado del esfuerzo sostenido por la Sociedad Argentina Dostoievski (a la que pertenecen los tres traductores) para estudiar, traducir y divulgar la literatura rusa en Latinoamérica.[1]

Traducir y publicar textos de autores desconocidos, que vivieron en otro momento y en una cultura que de entrada pudiera resultar lejana y extraña es una apuesta altamente arriesgada, pero en la que, si se hace con cuidado, inteligencia y sensibilidad, siempre se gana más de lo que se pierde. Seguramente habrá quien se pregunte: ¿por qué Kuprín y por qué este título? En palabras de Marina Berri, “La pulsera de granates es uno de esos libros que los lectores rusos aman —y siempre te preguntan si leíste, ávidos por recomendarte un texto al que le tienen muchísimo cariño—, pero que, en Argentina, era prácticamente desconocido e inconseguible. Además, es una novela que recrea una época hermosa”. Florencia García añade “en Argentina hay una especie de ‘vacío’ en lo que respecta a la literatura rusa de las últimas dos décadas del siglo XIX y la primera del XX, con algunas pocas excepciones. No tenemos mucho traducido de esa época. Esto lo menciona Alejandro González en el prólogo de Moloch. Creo que traducir La pulsera de granates se enmarca en esa intención de reponer autores no tan conocidos en nuestro país.”

La anécdota principal de La pulsera de granates es una historia de amor, y de amor trágico, no correspondido, de un “hombre pequeño”, funcionario menor y de pocos recursos económicos, hacia una mujer, una princesa casada, dueña de una belleza inglesa heredada de la madre, “de una adusta sencillez, de una fría y algo altanera amabilidad y de una majestuosa calma” (22). Un amor unívoco, idealizado, en el que quien ama es capaz de sacrificar su propia vida cuando, tras siete años de vivir con el único propósito de observar a la distancia y enviarle cartas que firma sólo con sus iniciales, se le prohíbe expresar su pasión al objeto de su amor. Parece que hemos leído una historia más de las tantas que narran el amor romántico. Pero, tras leer el relato completo, se vuelve difícil afirmar que en efecto se trate de una historia igual a las demás, en las que se exalta esta fórmula y a ella se reduce la experiencia amatoria. El talento compositivo y la destreza verbal de Kuprín (tan precisamente trasvasada por las traductoras) crean un relato amoroso, sí, pero cuya fuerza no necesariamente parte de la anécdota principal, sino de las múltiples formas en las que se retrata al amor en esta historia.

El primero que encontramos es el amor que existe entre las dos hermanas, Vera y Anna, quienes, a pesar de ser muy distintas entre sí tanto física como espiritualmente, mantienen una relación estrecha y cariñosa, marcada por una “cálida y solícita amistad” desde la más temprana infancia. Dos capítulos (II y III) de los trece que conforman La pulsera de granates están dedicados a caracterizarlas a ellas y a su relación. En éstos se describe la apariencia de cada una y la llegada de Anna a la dacha de Vera, situada en lo alto de un acantilado bajo el que se extiende el mar Negro. Aunque la conversación trata de las posturas encontradas que cada una tiene frente a la naturaleza, aquélla fluye de manera tan íntima y alegre, contrapunteada a cada momento por besos, sonrisas y abrazos, que se comprende que lo que las une es un amor que neutraliza cualquier juicio, envidia o competencia que pudiera malquistarlas.

pulsera
Buenos Aires, La compañía, 114 pp. ISBN 978-987-1802-09-8

Las hermanas son protagonistas también de otra manifestación amorosa digna de mención. El general Anósov, quizá el personaje más entrañable del relato, es un militar retirado, al que las hermanas llaman “abuelo” y cuya presencia en la celebración las llena de gozo. Disfrutan escuchar las múltiples historias de su vida aventurera, pero también de mimarlo y procurar que esté cómodo y satisfecho. La confianza y la cercanía entre ellos son tales, que en ocasiones sorprenden la franqueza y la picardía de su plática: pareciera que hablaran, en todo caso, con una abuela o incluso una amiga. Y la sorpresa es aún mayor cuando sabemos que este abuelo en realidad no está emparentado sanguíneamente con las hermanas:

El general Anósov había sido compañero del ejército y leal amigo del difunto príncipe Mirza-Bulat-Tuganovski, en cuyas hijas, al morir este, Anósov volcó su amor y tierna amistad. Las conocía de pequeñas e incluso era el padrino de Anna. En aquella época –igual que ahora– era el comandante de una fortaleza, grande pero casi en desuso, en la ciudad de K***, y a diario frecuentaba la casa de los Tuganovski. Los niños sencillamente lo adoraban por su complacencia, por los regalos, porque los llevaba al circo y al teatro y porque nadie más sabía entretenerlos tanto con juegos como Anósov. Pero lo que más los cautivaba y se grababa en su memoria eran las historias de campañas militares, batallas y altos en vivacs, de victorias y retiradas, de muerte, de heridas y crueles heladas, historias propias de un corazón simple que relataba sin apresurarse, con una calma épica, entre el té de la tarde y esa hora aburrida en que mandan a dormir a los niños. […] En K*** trabó amistad con la familia Tuganovski y estableció lazos tan estrechos con las niñas que se le volvió una necesidad afectiva verlas todas las tardes. Si las jóvenes no estaban o él se retrasaba por trabajo, en verdad las extrañaba y no se hallaba a sí mismo en las grandes habitaciones de la casa del comandante. Todos los veranos se tomaba vacaciones y pasaba un mes entero en la finca de los Tuganovski, en Egórovskoie, a cincuenta verstas de K***. Anósov volcó en esos chiquillos, sobre todo en las niñas, toda la secreta ternura de su alma y la necesidad de un amor auténtico. (37-38 y 40-41)

Un amor que supieron cultivar y que entabló un vínculo duradero, tierno, auténtico.

Un tercer amor, retratado de manera más discreta, pero presente, es el que se profesan los príncipes Vera y Vasia Shein. En una época en la que ya se empezaba a cuestionar el matrimonio como institución (recuérdese el amargo retrato que de éste hace Tolstói en su Sonata a Kreutzer, por un lado, y la revolución en las relaciones sexo-afectivas que se anunciaba a principios del siglo XX, por otro) la amistosa placidez conyugal, la carencia de reproches por la falta de hijos y de venenosas invectivas que podría despertar el empobrecimiento gradual, pero constante, que los aquejaba invitan a intuir que entre ambos existe una relación basada en un amor, cuando menos, correspondido. Kuprín lo dibuja, desde la perspectiva de Vera, como un “apasionado amor [que] hacía ya tiempo que se había convertido en un sentimiento de firme, fiel y sincera amistad” (18). Mientras que con algunos gestos de Vasia, como el regalo que le da a Vera por su santo y la consideración y el respeto con que la trata, se comprende que él también la quiere y es feliz en su relación.

Pero el amor tal vez más presente a lo largo de la narración no es uno que se dé entre personas, sino aquel que brota de la pluma del autor y que podría interpretarse como una oda a la vida. Kuprín fue, ante todo, una persona que vivió mucho e intensamente y que supo crear con toda esa experiencia vital, sensorial y de aguda observación psicológica un estilo propio en la escritura. Sin importar el tema que tratara, se reconoce su marca en las descripciones del entorno, de manera que éstas dejan de ser un mero escenario en el que se desarrolla la trama para convertirse en un recurso expresivo que participa en la construcción de la intención, del mensaje. En La pulsera de granates, los contrastes entre tormenta y calma, la presencia de las flores, la abundancia de imágenes en las que concurren todos los sentidos (en particular, llama la atención la cantidad de imágenes olfativas), el mar como metáfora de las emociones humanas y la sinestesia musical están tan imbricados con las acciones de los personajes, que además de traer belleza a la prosa, hay que leerlos como claves que aportan a la caracterización de la historia.

Por ejemplo, veamos cómo las flores acompañan a Vera a lo largo de la narración y que contribuyen a delinear sus acciones y su estado de ánimo. Tomemos la descripción de Vera caminando por el jardín al principio del relato:

En ese momento caminaba por el jardín y, cuidadosamente, con unas tijeras, cortaba flores para la mesa. Los canterios estaban vacíos y tenían un aspecto descuidado. Terminaban de florecer los claveles de muchos pétalos y también los alelíes –mitad en flor, mitad con vainas verdes que olían a col–; los rosales todavía daban, por tercera vez ese verano, brotes y flores, pero ya pequeños, escasos, como marchitos. En cambio, las dalias, las peonías y las ásteres florecían exuberantemente, con su belleza fría y altanera, esparciendo su aroma otoñal, herbáceo y triste por el aire delicado. Las otras flores, luego de su espléndido amor y de su desmedida y abundante maternidad veraniega, derramaban tranquilamente sobre la tierra sus incontables semillas de vida futura. (18-19)

Esta apacible escena podría parecer circunstancial, pero, además de que con ella se termina de pasar del momento tormentoso del principio al día soleado y en calma de la celebración, también entramos al espacio íntimo de Vera: un espacio fragrante y fértil, del que Vera procura regalos para la gente que ama y la ofrenda que hace al cadáver de quien la amó trágicamente.

Todo lo que ella experimenta, todo lo que hace y siente está acompañado de algún olor floral o herbáceo específico, como la intensificación del olor de las flores de tabaco cuando Vera escucha a su amiga tocar la sonata de Beethoven y llora su duelo:

La princesa Vera abrazó el tronco de la acacia, se estrechó a él y lloró. El árbol se sacudió suavemente. Sopló una brisa y las hojas susurraron, como compadeciéndose de ella. Las estrellas de tabaco desprendieron un olor más intenso. (113)

Como se puede observar en este caso –y no es el único–, mediante el uso del símil y la prosopopeya los elementos naturales participan de la trama como un personaje más. Un personaje compasivo, empático, amoroso.

Sin decantarse explícitamente por ninguna de las expresiones amorosas aquí descritas, de alguna manera podría concluirse de la lectura de La pulsera de granates que amar consiste en ver con agudeza la vida, leerla como la muestra Aleksandr Kuprín en su obra. La publicación de La pulsera de granates es motivo de celebración, pero también de solicitud: queremos, necesitamos leer más textos de Kuprín en nuestra lengua, en traducciones tan logradas como ésta.

Notas

[1] Alejandro Ariel González tradujo también Ladridos lejanos, otro texto de Kuprín, publicado en la editorial colombiana Poklonka Editores.