Ivana frente al mar

Veronika Simoniti[1]

Traducción y presentación: Florencia Ferre

Veronika Simoniti (1967) es traductora y escritora. Comenzó su carrera como escritora de libros para niños. Es autora de dos colecciones de cuentos y dos novelas, Kameno seme e Ivana pred morjem, ambas finalistas del mayor premio a la novela de su país, Kresnik.

Una traductora eslovena residente en París viaja a concretar la venta de la casa de sus abuelos junto al mar en la región de Primorska. En medio del desmantelamiento del apartamento, encuentra una fotografía que parece resignificar toda la historia familiar. Encuentra además, cuidadosamente clasificada, la correspondencia entre sus abuelos maternos.

Con una voz poética fuertemente femenina, la narradora desentraña la historia de su abuela, y por eso de su madre y la suya propia a partir de una vieja foto, y desde esa perspectiva, aborda la historia social y política del siglo XX. Sus personajes no cuentan la historia de la Segunda Guerra Mundial, la viven. Y sus experiencias personales están narradas sin sentimentalismos.

El relato se llena de ramificaciones, de quiebres e idas y vueltas en el tiempo, se demora en descripciones precisas y evocaciones para contraponerlas con detalles actuales, que dan cuenta en una sola frase del cambio diametral de la vida cotidiana entonces y ahora, de las contradicciones políticas y de las polarizaciones sociales de tres generaciones.

Aquí les presentamos entonces, un fragmento desde el comienzo de la novela.

Ivana frente al mar

simonitiSi en diciembre no me hubiera escrito a París el agente inmobiliario de Liubliana y me hubiera dicho que tenía un comprador firme para el apartamento de Primorska, poco después yo no habría encontrado aquellas fotografías y no habría descubierto la historia que ocultaba la foto que el tiempo había ocultado. Va a haber que poner en orden los papeles y firmarlos ante escribano, escribió también el agente. Fue poco después del triple atentado terrorista y me olfateaba que no iba lograr pasar los más estrictos controles aeroportuarios.

Pierre me convenció de que valía la pena ir. Empaqué lo imprescindible y dejé nuestro moderno nidito al final del Boulevard Voltaire, setenta números más allá del club Bataclan, donde más de tres meses antes habían muerto noventa jóvenes bajo la balacera de fundamentalistas islámicos. Después del atentado, nuestro departamento se volvió un hogar de paredes de papel por las que en cualquier momento podían meterse los extremistas; por la noche se me aparecían jóvenes enmascarados que gritaban Allahu akbar, y a punta de ametralladora me despertaban del sueño empapada de sudor.

“¿Y adónde vamos a ir ahora al mar? Eslovenia es todavía uno de los pocos países seguros.”

“A Dubai, naturalmente,” me espetó Pierre muy en su estilo.

***

Si el hogar y la casa son en principio el lugar del orden interno, aunque también de la libertad y de la anarquía íntima oculta a los ojos de los extraños, entonces, al menos a simple vista, la casa de Primorska sin duda no era un hogar: recordaba demasiado a los viejos tiempos, más estrictos. Después de la muerte de los abuelos a principios de los años noventa y más tarde, hacía algunos años, de la de mi madre, con Pierre en general veníamos solo en vacaciones y más allá de pequeños intentos no nos atrevíamos ni queríamos cambiar demasiado: Pierre es arquitecto, y claro, le quemaban las yemas de los dedos por dividir algún cuarto o modificar un nicho en la pared, pero yo no lo dejaba. El apartamento tenía que quedar más o menos como era; en él estaban las huellas de las manos que habían colgado un cierto cuadro en un lugar determinado, el eterno olor a sal en las paredes que absorbían la humedad, siempre el mismo gorjeo de las palomas en el pino frente a la casa, tan característico de las tardes desiertas de domingo. Retazos de tres vidas –el último capítulo de la de mi abuelo; a su muerte, el último tramo en soledad de la abuela, y una parte de la juventud de mi madre– si no cuento nuestros veranos con Pierre.

Pero decidimos vender el apartamento porque estaba muy lejos de París y era muy caro para unos pocos días de verano. Pensando en la posible venta ya hacía alrededor de un año que había empezado a sacar cosas secundarias que no tenían valor de uso ni afectivo. Cuando me hube deshecho de esas cosas, había que encarar la decisión: tirar o conservar. Cambié varias veces las cosas de una pila a la otra con la excusa de que tal vez podía venir bien o de que oía la voz de la abuela diciendo que no debía deshacerme así como así de aquel jarrón. Pero yo no puedo andar cargando las vidas de ustedes y sus objetos como gata a sus gatitos, le contestaba; seguramente me quede con el viejo sillón, pagaré una buena suma para hacer llevar a París el aparador hecho a medida, los cuadros, en especial las marinas, y alguna otra cosa que guarde relatos en su interior.

Así que para terminar de vaciar el apartamento de Primorska le pedí a mi jefe de la sección de traducciones en París una licencia de dos semanas. El coordinador de la sección de lenguas de Europa del Este de Eunilangue –una especie de institución auxiliar para la traducción y la interpretación de los grandes organismos de la Unión Europea–, un tipo por lo demás muy estricto, estuvo esta vez muy considerado: tal vez también él había tenido un asunto inmobiliario similar en su Chequia natal. Dijo lacónico: “Vaya y vuelva.”

Atravesé la psicosis del aeropuerto, las miradas sospechosas, las palabras nerviosas de los pasajeros y los desganados policías que en mi opinión seguían revisando el equipaje de mano muy por encima. Mientras esperaba para hacer el check-in vi de reojo en la tapa del periódico de mi vecino la noticia sobre el arresto de miembros de Daesh, que se decía estaban preparando nuevos atentados en Argenteuil. Cuando por el pasillo del avión apareció caminando un joven árabe con una acompañante con bastón, a quien solo se le veían los ojos negros por el rectángulo que dejaba ver su atuendo negro, una madre francesa que viajaba con sus dos hijos abandonó a los gritos el asiento y arrastró a sus hijos hacia la salida. A continuación hubo una acalorada conversación con el azafato; después ya no pude ver qué pasó. Me consolaba pensar que si tres meses después del triple atentado en París habían dejado subir al avión a una mujer con nicab, seguro le habían revisado hasta el dobladillo del vestido. “Sobreviví al vuelo,” le mandé a Pierre por SMS desde el aeropuerto de Venecia. “Qué pena, ya estaba disfrutando de la libertad absoluta,” fue su respuesta.

Por un paisaje ni tan familiar, salí hacia Trieste en tren, y de ahí pasé a nuestro lado en la línea de autobús con la cual todos los días del socialismo las empleadas domésticas y las niñeras cruzaban la frontera de ida y vuelta; ahora también, algo recordaba en ellas a los viejos tiempos, pero sus bolsas no estaban tan cargadas de polvo de lavar, cajas de arroz, ropa nueva, y sobre todo de jeans para hijos y nietos; no se ufanaban de haber hecho compras a buen precio al otro lado de la frontera. Ahora iban en silencio y miraban serias por la ventanilla.

Abrí la puerta de entrada de la casa e intuí que la vecina conspirativa y vidente ya sabía de mi llegada desde que el autobús empezó a bajar por la montaña hacia la costanera. Pensé que no recordaba en qué momento de mi niñez había empezado a tomar en cuenta esta casa. Sencillamente había estado siempre allí, era parte de las infrecuentes visitas a los abuelos.

El olor sofocante, rancio y saturado se me vino encima. Abrí las ventanas, tiré de las guías de la vieja glicina que, posesiva y protectora, había crecido desde la pérgola del patio hasta la casa y se había pegado a las celosías. Cuando hube arrancado la mayoría de los zarcillos que habían trepado por entre las tablillas de madera, desbrocé los postigos y los enganché en las trabas de la pared para que las primeras rachas del viento bora de marzo no las golpeara de vuelta sobre los marcos. Después de mucho tiempo, como si las iluminaran reflectores de teatro, la luz entró en las habitaciones, y los tapices sombríos de árboles bamboleantes cambiaron de un momento a otro al paso intruso del sol llenando de vida los cuartos.

Como si el peso del aire tanto tiempo encerrado se posara en mí y se encapara sobre el cansancio del largo viaje, comencé a sentir el ahogo de un dolor de cabeza que me atenazaba el cráneo. Me tendí en el sofá, eché mano de una manta y me tapé: caía en suaves pliegues hacia el parqué de color miel. Respiré profundo la mezcla del aire fresco, del pino resinoso frente a la ventana de la sala y del polvo de la casa que olía al papel viejo de libros cerrados durante largo tiempo. En la oscilación de las franjas de luz y de sombra que se dibujaban y borraban sobre la pared, me tranquilicé y me dormí.

Me desperté a la mañana siguiente, con hambre. El almacén de la esquina ya no está desde hace algunos años; todos los negocios se mudaron al gran centro comercial a unos kilómetros de allí, así que desayuné en un bar; seguramente en ese momento yo era ahí la única mujer decente; de hecho en la barra estaban acodadas dos rubias teñidas que ya iban por los cincuentas, gritonas y livianas de ropas. Al fin y al cabo están cerca del puerto y del casino, y quienes no están oficialmente en esas instituciones se las rebuscan para encontrar sus huesitos que roer.

En el apartamento volvió a rodearme una soledad muda. Iba a tener que evaluar yo sola qué hacer con cada cosa, sin sugestiones, sola conmigo misma y con los restos de la atmósfera que aún emanaba de esas habitaciones. Iba a dormir catorce días en la casa helada, a calentarme con la taza de café por las mañanas en la galería de vitrales de colores y a mirar más allá del patio y la calle hacia el mar; antes no solía haber tantos puestos y locales de comidas entre el patio y la playa. Me sentía como los personajes de las películas estadounidenses que vuelven a su pueblo de provincia después de años de reniego, y se enredan con su vieja pandilla o no pueden resistirse a su antiguo amor de secundaria aunque justamente de él se fueron huyendo hacia la gran ciudad. Pero yo no tenía cuentas pendientes con este lugar ni tampoco había crecido aquí; acá como en un collar de cuentas se reunían los hilos de hechos, escenas y azares que indirectamente formaron también lo que soy y lo que pienso.

Me puse a trabajar. Cuando retiré algunos mueblecitos y cuadros de las paredes, apareció aquí y allá el moho verde claro o amarillo mostaza de hacía más de treinta años. El color pálido me devolvía una mirada muda y adusta, aunque más me hubiera gustado que me teletransportara al tiempo pasado. Cada recuadro de bordes desparejos en la pared me recordaba algún episodio relacionado con tal o cual lugar, con un objeto u otro. ¿Qué hacer con este sacón de la abuela, de esa lana excelente que ya no se sabe hilar? Usarlo sería casi morboso. Tampoco puedo vender ni regalar estas cosas; cualquiera sabría que son cosas de difuntos y no querrían tenerlas por la superstición de que se les pegara la muerte a través de la prenda o los zapatos. Así que ponía en cajas. Seleccionaba. Trasladaba. Hacía bollos de papeles. Tiraba al cesto y metía en grandes bolsas de plástico. Decidía como jueza implacable qué iba a desaparecer por siempre y qué seguiría entre los vivos.

Hasta que encontré una foto de la abuela en la habitación donde estaban las cajas con cartas y fotografías. En esta foto, la abuela sonríe y mira de reojo al fotógrafo. Con una mano toma la mano de mi mamá a los 5 años; la otra mano está apoyada en su vientre de embarazada. En el reverso de la foto está anotado el año 1943.

Mi madre nació en el año 38 y era hija única. Al menos eso es lo que sabía hasta el momento en que descubrí esta fotografía, a mis 45 años.

Casi no tenía a quién preguntarle qué significaba esta foto: mis padres ya no estaban, la mayoría de los parientes cercanos que me quedaban eran más jóvenes que yo. Aquí en Primorska solo quedaba una parienta lejana, Sonja; iba a tener que ir a verla.

Me senté en el sillón que apestaba a crin de caballo enmohecida.

***

“Tal vez mi mamá no era hija única”, le conté preocupada a Pierre por teléfono aquella noche.

“¡Ay, no! ¿Más de ustedes en este mundo?”

Le pedí que por una vez tratara de contenerse.

“Ok, chérie, lo intentaré. ¿Vuelves sola?”

Dos días después, Pero, el anticuario de Izola, daba vueltas por la sala de estar con cara de conocedor y me recordaba al anticuario Cyril Boggis, de uno de los cuentos más divertidos de Dahl.

“Me puedo llevar anche questo,” y señaló la mesita redonda con un movimiento de la cabeza.

Lo había encontrado por internet y lo llamé; una media hora después estaba en la puerta: un gordito furbo y simpático. Nos tuteamos de inmediato espontáneamente, y entendí por intuición que ningún negocio con él iba a prosperar. Se alisó los pocos pelos y husmeó la caja con libros.

“Esa tapa es de los tiempos en que ilustraban en xilografía…”

“Esos no los vendo,” le respondí. Me ponía de los pelos que se metiera con las cosas que no le había ofrecido.

“Sí, sí, solo decía,” siguió ahora con el libro en las manos, “es de la época en que…”

De la época en que. Si consideras a alguien a lo largo de su vida, ¿qué época es la que cuenta? ¿La época en que las cosas iban sobre rieles, cuando todo era estable y contínuo o la verdadera época es después, cuando miras el espejo hacia atrás, como era cuando la persona aún estaba viva? ¿Cuenta el tiempo en que se está en la cima o esa última época en que todo lo que era posible se empasta y apelmaza?

“¿No te molesta si revuelvo un poco, no?”

En realidad era bueno que hubiera alguien más en la casa, que no estuviera del todo sola con los fantasmas y pensamientos que me habían perseguido toda la noche, con esa idea de que tal vez para mi madre y mis abuelos yo no estaba justo en la punta de la escala, yo no era la persona más querida del mundo. Tal vez era una entre las más queridas, tal vez era una de las dos más queridas; si este misterio estuviera más oculto de lo que parecía a simple vista: ¿qué había pasado con ese hijo que vendría a ser mi tío o mi tía? ¿Estará muerto, estará muerta, se habrá ido quién sabe a dónde, habrá huido, habrá tenido un accidente, la habrán matado, se habrá vuelto loco o habrá perdido la memoria, se me aparecerá de pronto y me pondrá patas arriba todas las imágenes e historias de la familia, traerá consigo a sus posibles descendientes, mis primos y primas desconocidos? ¿Habrá llegado él a nacer, habrá venido ella a este mundo?

Mientras Pero merodeaba por las pilas de libros y echaba a perder mi sistema de selección, traté de comunicarme por teléfono con Sonja, que vivía en el siguiente pueblo de la costa. Ella seguro tenía que saber algo sobre esto.

Sonja no contestaba. A mí me urgía averiguar, la ansiedad crecía en mí no menos que la impaciencia; los pensamientos se entrecruzaban y acumulaban uno sobre otro. Por suerte todo lo neutralizaba la sensación de que algo así no podía ser cierto, de que se trataba de una ilusión óptica explicable, de la broma del almohadón bajo el vestido.

Pero seguía cambiando libros de lugar y le advertí que algunos de esos libros no debía tocarlos, y también que me iba a llevar a París toda la colección Pájaro azul, a la que estaba suscripto mi abuelo: todo lo que aparecía entonces en esloveno lo tenía, incluida toda la ilegible literatura rusa del realismo socialista de tiempos de Stalin, la serie de novelas de comerciales Doktor Roman y las historietas originales de Rip Kirby, que también era mi ídolo. Todo esto había quedado en los estantes de mi abuelo, que había vivido el suspenso literario probablemente más largo de Eslovenia: justo antes de empezar la guerra había aparecido en Pájaro azul la primera parte de la novela Lo que el viento se llevó, suficiente para que los lectores se enamoraran de Scarlett O’Hara, pero luego tuvieron que esperar varios años, hasta después de la liberación (aunque la fecha oficial de publicación es 1940), para enterarse cuál había sido su suerte. Yo también tendré que esperar.

¿Y si en el reverso de la fotografía hubieran escrito simplemente una fecha equivocada, tardía? ¿Y si la nena que la abuela tiene de la mano no fuera mi mamá sino otra nena –los chicos chiquitos son tan parecidos entre sí– y mi mamá hubiera estado entonces aún en ese vientre abultado de mi abuela?

Otra vez marco el contacto de Sonja. El teléfono al que intenta llamar no está disponible en este momento.

“¿Y cuánto por este cuadro?” pregunta Pero.

“Veinte.”

Ben, tengo solo 10 ahora.” Me extiende el billete con un gesto de trato cerrado.

“Y qué, ¿tus nonos siempre vivieron acá?”

“Llegaron después de la guerra. Mi abuelo nació en Trieste. Su padre era un oficial austrohúngaro. El era profesor de biología y antes de la guerra terminó en Šentlenart en Pohorje. Un año antes había conocido a mi abuela y tuvieron que esperar mucho para poder ir a vivir juntos. Ayer encontré sus primeras cartas, estuve leyéndolas toda la noche.”

Adrijan Vuga ve por primera vez a Ivana Fortunat bajo la bóveda del monasterio adonde se dirige a la biblioteca, la única en Maribor, una ciudad que estaba lejos de su mar. Ve en ella una bondad desobediente disfrazada de testarudez: no había encontrado nada igual en ninguna otra chica. En la biblioteca del monasterio, abierta también a los simples mortales y copiosa en libros de botánica, que es lo que él estudiaba en la lejana Zagreb, se entera por el bibliotecario de quién es la joven que vive con las monjas y estudia en el magisterio de señoritas.

Las tres primeras respuestas a los intentos epistolares de él son patéticamente engreídas; lo disuade de la idea de que entre los dos pueda establecerse cualquier tipo de relación: Nadie me conoce, por eso juntaron piedras para arrojármelas encima. Con una sonrisa en los labios pasé por delante de todos. Pero para tratarse de comunicar su negativa, sus papeles eran notablemente largos y llenos de explicaciones de por qué no valía la pena cantarle una serenata: estaba herida, todo el mundo le resultaba odioso, ¿por qué habría de ser entonces ahora o en el futuro diferente? Seguirá pensando en mí, le escribe en la cuarta carta, de octubre de 1926. Si su intención es peregrinar junto a la iglesia del monasterio y escuchar suspiros, mejor no lo haga. Nadie va a escuchar mis suspiros ni me va a ver mover los labios en oración. Ivana no le ruega a nadie.

Ivana tampoco dice ni una palabra cuando vuelve de su tercer encuentro con Adrijan Vuga y encuentra la caja de madera donde guarda las cartas con la cerradura quemada. La madre superiora se cuida muy bien de no cruzar su mirada con la de Ivana ese día. Desde entonces Adrijan le escribe a la dirección de una conocida, Nada Bernot, en la calle Aleksandrova 32.

De haber recibido su carta hace un año –escribe Adrijan en la carta cuyo sobre Ivana numeró con un VII en romanos–, le respondería así: No sueñe despierta, no piense y no busque nada, jamás llegará a su objetivo: sentirá una eterna insatisfacción consigo misma. Tendrá sombra y oscuridad a su alrededor. Si sale de paseo en las noches calmas, disfrute de toda la belleza que perciba, pero no piense de dónde viene. Si oye el rumor del follaje meciéndose en el viento nocturno, no lo interrogue, no intente averiguar qué quiere decirle. Si mira al cielo no busque otros mundos, no busque en la inmensidad otros seres que busquen, amen, ansíen como usted, que miren tal vez en este momento hacia la tierra con el mismo pensar en su corazón. Esos pensamientos tienen una tristeza eterna. Eso podría haberle respondido hace tiempo. Pero hoy le respondo así: Sueñe, mi alma, sueñe y sea feliz soñando.

Ivana es feliz soñando, pero solo por unos días: una semana después, una joven muchacha del monasterio muere de tifus y sin comulgar. Tengo que comprometer al menos a una persona para que me saque de aquí si me enfermo… Usted sabe que soy fuerte –¡ay, que nunca se decepcione y aparte de mí! Pero en aquellos tiempos nada es definitivo y nada es para siempre, y ya en la siguiente carta las palabras son de nuevo luminosas: ¡Tagore en Zagreb ¡Ay, tengo que verlo aunque yo no sepa ni inglés ni bengalí! ¿Le agrada a usted ese ángel de la poesía? A mí mucho, lo conozco por las traducciones de Gradnik.

Un mes después, cuando el tren se detiene, Ivana se acomoda la blusa floreada, comprueba si el impecable bucle de pelo por sobre la frente aún tiene forma de cuerno de crema, vuelve a meter el dedo por última vez en el frasco de mermelada de frambuesa y se unta con ella los labios muy suavemente. Un Adrijan flaco y alto va de acá para allá en el andén de la estación de ferrocarril de Zagreb. Se abrazan entre el gentío, hay demasiada gente como para que se atrevan a un beso, solo se huelen fugazmente; él, el cabello de ella, con una vaharada del aire viciado del vagón; ella, el traje de él, que ha tomado la humedad del cuarto de alquiler; y por un momento a ninguno de los dos le gusta, tenían otro olor en el recuerdo, ella un olor fresco, él un olor dulce, como el aroma de las palabras de ella en las cartas. Tal vez se disipará, esperan, pero incluso después del día que pasan juntos en Maksimir están retraídos, como si los dos se hubieran petrificado en sí mismos por causa de la turbación mutua, y casi que se alivian cuando llega el momento de la despedida: por carta tal vez todo vuelva a ser más fácil, aunque se separan con la sensación de algo no dicho que flota sobre los dos durante semanas como el recuerdo de sus olores, que flota sobre cada uno de ellos, separados.

Las épocas en que aún hay ecos del pudor de Ivana se mezclan con su creciente adicción a las cartas de Adrijan. Si al principio usted se hubiera comportado como todos los demás, hoy seguramente no lo recordaría. Pero usted ni me miró: ¡Como si yo fuera de aire! Me hizo dar una buena rabieta. Luego volví a verlo en compañía de esa Marjeta que nunca me gustó. Y entonces volvió a caer en desgracia para mí. Pero cuando me acompañó desde la Casa del Pueblo hasta el instituto de magisterio de señoritas, por la noche escribí en mi diario: “¡Este también me estudia, pero es distinto!”

Hasta para el ojo de la providencia es un misterio lo que habrá ocurrido por navidad para que las primeras cartas de Ivana del año siguiente ya dejen de encabezarse con un Estimado señor Adrijan; ya lo tutea, lo llama Jadran, como le dicen en casa, y le contesta que quiere ver las cartas de Marjeta que él le ofrece como prueba de que no tiene nada con esa chica. Pero mientras él se pasea por la calle Ilica y se divierte con sus colegas por los cafés de Zagreb, a Ivana empiezan a carcomerla los primeros celos –que son solo una de las formas del miedo, y para Ivana eso es nuevo–. Oculta su herida tras el relato de las condiciones en el monasterio, donde les recomiendan no usar medias de colores, y por eso Ivana pide dinero prestado y se compra un par de medias verdes. Cuando les ordenan llevar el cabello largo atado en un rodete, acude inmediatamente a hacérselo cortar à la garçonne. Cuando les dan permiso para ir al baile del club clerical, se queda en su habitación. Tres muchachas de mi curso anunciaron que se van a meter a monjas. Todo el monasterio estaba alborotado, algunas se pusieron a llorar, otras las felicitaron, yo me quedé callada. Otra, Jurka, dijo que estaba en el terrible dilema de quedarse también en el claustro, y agregó: “Pero cuando miro a Ivana, siento el llamado del mundo.”

Un año después, Adrijan recibe una resolución de Belgrado por la cual lo trasladan a Šentlenart; es el final de sus correrías por Zagreb y va por última vez a la cantina estudiantil en lo de Gladić, donde pasó con los amigos tantos buenos momentos comiendo un buen gulash con pan de leche y bistec; paga la cuenta que tiene abierta desde hace varios años, y como regalo de despedida Gladić le da una cuchara que suelta con un martillo de la cadena con la que estaba atada a la mesa para que no la robaran.

Después de las vacaciones posteriores a su graduación también Ivana encuentra empleo: la administración del banco le asigna un puesto en un caserío al fondo de todos los agujeros del mapa, en Škale. Me compadezco de los alumnos que van a tener semejante maestra, ya tienen suficiente con el castigo de vivir en ese sitio. Ahora voy a estar castigada yo también. Como bajo un maleficio, las cartas de Adrijan llegan cada vez con menor frecuencia, justo ahora cuando necesita consuelo, y la caligrafía de ella se vuelve cada vez más irregular, pero se calma y adopta trazos estables verticales cuando ella se alivia por la respuesta de él.

Škale está aherrojado en sus antiguas costumbres, pero se dispone a salir del fondo de sus socavones mineros y saltarle encima a cualquier extranjero que se atreva a disturbar el letargo de sus días. Como no voy a misa, parece que arman verdaderos congresos en el restaurante; me difaman, y el párroco está al frente. Los padres de los alumnos sacuden la cabeza desde lejos y la observan caminar los domingos por las montañas sobre el lago, que es un espejo del pueblo: los domingos no hay donde pasear, el domingo es el día del Señor, rezar y trabajar son las palabras de Dios en todas sus formas y sentidos: reza y trabaja; si no es verdaderamente imprescindible, ni asomes la nariz fuera de la casa y haz de cuenta que nada te importa.

Pero hasta el más disimulado interés por ella es demasiado; el pueblo se ocupa mucho por lo bajo de la maestra de afuera, y la esposa del director de la escuela, Alfonz Kumer, está celosa de la joven colega. Ivana vive en un cuarto pequeño; debería corresponderle tener pago el alquiler, pero las solicitudes de ella se pierden por milagro en la oficina de Kumer. Y cuando quiere ir de viaje a Austria, rechazan su formulario por incompleto: Kumer no ha puesto los sellos correspondientes.

Ivana sabe que no siempre será así; sabe que algún día ser irá. Leo El valle de la luna. ¡Eres Billy!, le dice a Adrijan en una larga carta de comienzos de septiembre de 1931. Ya en octubre, después de varias semanas de silencio por parte de él, ella le escribe el mensaje más corto de la historia de su intercambio espistolar: S.O.S! Con el consuelo de su respuesta ella le escribe una carta con el paroxismo de gestos y suspiros a lo Greta Garbo.

En ese tiempo se le aparece un buen día en el corredor Alfonz Kumer y se la queda mirando a los ojos: a Ivana su mirada le parece desquiciada, intenta pasar al lado de él pero es como si la hubiera petrificado, algo terrorífico e inmovilizante brilla bajo sus cejas ralas, que lo asemejan a un lagarto. Ivana no se atreve a escribir sobre esto ni siquiera en su diario, qué pasaría si se metieran en su cuarto y le revolvieran las cosas: si eso hizo la madre superiora, tanto más lo haría un director de escuela sin modales. Ivana no se atreve siquiera a escribirle a Adrijan sobre lo que le está pasando: podrían abrir a escondidas sus cartas; el cartero seguro está con Kumer, Kumer con el párroco, el párroco conspira con todo el pueblo para contrariar a la maestra de afuera; esta tarea les da un nuevo sentido a sus vidas.

Pero Ivana cobra coraje y en una nueva carta le reprocha a Adrijan que su silencio la ofende. Se consuela cuando él le informa los pormenores incluso de meses atrás. Pero esta carta alcanza también para los meses por venir, y eso a Ivana le queda claro solo a fin de año, cuando sigue sin tener noticias de él. ¡No soy el juguete de nadie! Dice y ya en la siguiente carta, después de su encuentro de Año Nuevo, le pide perdón por esa frase.

El Año Nuevo trae nuevas esperanzas, aunque Adrijan se quiebra la mano derecha, por eso no puede escribir; también le resulta difícil tener acceso a una máquina de escribir para golpetearla con la izquierda. Cuando la mano se sana, toda su atención está ya en otro lado y de nuevo no tiene tiempo: su madre se le está muriendo. Cuando la madre milagrosamente se recupera, se encuentran, pasan un domingo maravilloso y ella salta de felicidad.

La única frase en una carta de junio es otra vez: ¡Tú, mi novio infiel! No entiende por qué otra vez él no le escribe; no entiende que para él algunas cosas son simples y obvias, y cuando se las obtiene una vez se las ha conquistado para siempre. Por eso Ivana los domingos sigue obstinada, caminando por las montañas sobre Škale, Ivana no le ruega a nadie, Ivana no ruega nada, se repite, y trata de no mirar hacia abajo, al pueblo y a su espejo encharcado.

Ma che povera bestia, tu nona, qué sola estaba,” me interrumpió Pero, y a él casi en el mismo momento el timbre en la puerta.

Llegaron dos hippies viejos, que habían mandado un mensaje por SMS unas horas antes para venir a llevarse el aparador de la cocina. Ella, con un vestido largo y amplio e innumerables flequitos, se quejaba de que le habían asignado una vivienda social que no tenía con qué llenar; él parecía un Lennon desgarbado, pero resultó que estaba en pleno vigor cuando separó el mueble de la pared. Ella otra vez se excusó, que no podía ayudar, que era inválida, mientras Lennon ya golpeaba con la parte de arriba del armario la tulipa de porcelana de la lámpara del techo, que se hamacó hacia un lado, se bamboleó de vuelta y estalló contra el aparador de la cocina.

“¡Ey, calma, viejo!” gritó Pero.

Lennon empezó a disculparse; ella, entre tanto, se paró tras el aparador y en medio de la porfía de los dos hombres, en la que Pero había asumido el papel de mi defensor, viendo que en el rincón donde antes estaba el aparador estaba el aserrín que habían dejado las hormigas ,tal vez hasta eran termitas, dijo a viva voz que ya no quería llevarse una madera agujereada y enclenque aunque el apartamento al que iba fuera una vivienda social.

No me inquieté, porque en realidad tenía razón, y tampoco estaba tan encariñada con la lámpara de porcelana rota como para lamentarlo.

Ciao, Janis,” la despidió Pero en la puerta cuando ella ya no podía oírlo, y se sentó en el diván para enterarse de cómo seguía mi historia.

***

Entonces, Ivana va los domingos a limpiarse el barro de Škale a las montañas, mira en las cimas los árboles y el cielo para no ver el pueblo y su duplicación en la superficie del laguito que, aunque lejana, todas las veces le parece un poco más grande.

Le gusta mucho más esa otra agua a la que Adrijan la lleva en junio, en su primera excursión: el mar es para él el hogar; ella lo ve por primera vez. Le da vergüenza no tener el vestido adecuado para la ocasión, la preocupa no tener medias corrientes sino solo unas de abrigo que le darían mucho calor; está acostumbrada a estar siempre preparada para todo, en especial para lo peor. Pero toda preocupación está demás, el tiempo es demasiado caluroso incluso para medias corrientes y con su vestido de lienzo y su sombrero de paja en la cabeza, Adrijan la acaricia suavemente y la abraza con fuerza todo el tiempo; el mar junto a Duino es azul brillante e Ivana moja la mano en el agua y la toca con la lengua; no termina de asombrarse de su sabor, que es el sabor de Adrijan y sus promesas. Cuando lo ve, el mar se lleva todas las palabras hoscas, los pensamientos obtusos y las medidas preparadas; le sopla un vientecito que casi la asusta, tan libre y liviano es, Ivana tiene la sensación de que le hace cosquillas en la cara y las manos, jugueteando se le mete por la boca y la nariz y ella respira lento, lento, no vaya a ser que algún conjuro mágico se lo haga faltar.

Cuando regresa y vuelve a respirar el aire ahíto del continente, se cierne sobre ella todo el peso de Škale: Adrijan está lejos una vez más, como encerrado, hace más de una semana que no le contesta, las chicanas de Kumer van a la par del silencio de Adrijan; el silencio está demasiado lejos (¡Estoy tan indeciblemente sola!), el director de la escuela está demasiado cerca.

Un día Kumer la llama a su oficina después de clase y la interroga minuciosamente sobre los alumnos. Al despedirla le aprieta fuerte la mano y no la suelta y no la suelta y no la suelta. Al día siguiente Ivana se entera de que en el segundo semestre le ha endilgado todas las suplencias de un colega enfermo, cuyas horas deberían de haberse distribuido equitativamente entre todos los maestros, aunque son pocos. Škale es un sitio del demonio e Ivana se da el gusto de pronosticar que, si no toman medidas, las primeras casas junto al lago pronto comenzarán a moverse hacia el agua por los socavones mineros: por causa de las perforaciones de los mineros, el vientre de la tierra en Škale está vacío como lo está la gente de por aquí.

Se hace confeccionar un nuevo vestido, demasiado elegante para Škale, y para Navidad viajan con Adrijan a su Trieste natal, donde él le presenta a su señora madre. Terezija Vuga es una mujer de nariz aguileña y ojos ahumados que ha encanecido prematuramente; esposa de un gendarme de policía, le había conseguido a su hija Julija un buen partido, el oficial yugoeslavo Herman Balkovec, con quien Julija se fue luego a vivir durante el invierno a Sušak, en las afueras de Rijeka, y en verano a la cosmopolita Opatija; no tenía el mismo ascendiente sobre su hijo Jadran y en el instante en que ve por primera vez a su Ivana, tiene para sí que en su división del mundo habrá de ubicarla en el confín de los que caen en desgracia. Ivana sabe que no encontrará en ella una segunda madre: en el año 1918, casi a los 36 años, su madre y dos de los hermanos de Ivana contrajeron la gripe que solo ornamentaba un romántico adjetivo geográfico y a la que siguió la muerte en pocas horas; por fortuna la pesadilla se apiadó del padre Franc, de la hermana de Ivana, Ljuba, y de su hermano Štefan, y durante algunos años Ivana tuvo que cuidar de los tres.

Ahora Ivana está satisfecha, porque se dio cuenta a tiempo de que de Terezija no va a recibir amor, y se queda callada mientras la madre de Adrijan la escudriña y la reprende porque debe comer más, porque en su casa todo se cocina en aceite y no en grasa, en grasa de cerdo, insiste con una mueca de asco. Adrijan lleva a Ivana a Barkovlje, o Barcola como la nombran los italianos, donde ella admira a los elegantes paseantes y se siente incómoda porque en el vaporeto a Milje –o Muggia–, es la peor vestida –y por eso mismo es la pasajera más feliz en cubierta: tiene el novio de más bella estampa y por debajo se encrespa el mar de invierno.

Los espléndidos días pasan demasiado pronto e Ivana vuelve al pedregoso Škale. Me turba el dechado de belleza de su familia. Mi pobreza es por eso más estridente. Donde hay mucho sol, también hay sombra: ¡el sol de su lado y la sombra del mío! La sombra se oscurece cuando por sexto año consecutivo él olvida el día de su santa patrona, y el sol se colorea cuando al siguiente domingo de Pascua él la invita al baile en Šentlenart. Después vuelve a no escribirle tres meses enteros. ¡Despierta, despierta, Jadran, Jadran!

En la carta siguiente ya le habla de la compra de los muebles de su futuro dormitorio matrimonial, que encargó al carpintero de Škale: la cama , el tocador, las mesitas de luz y dos sillitas, ¡mandé al diablo el cerezo de monte y elegí raíz de nogal importada! Los de Škale la observan con envidia mientras los aprendices del carpintero llevan los muebles nuevos a su pequeño cuarto. Kumer se enfurece y la castiga negándole una licencia anticipada: una vez, en el corredor, ella iba llevando los cuadernos con la tarea corregida y él tropieza con su cadera. Por la noche Ivana piensa en ese contacto tanto tiempo que al final no sabe si lo ha imaginado o si fue real. Desde entonces va a ir más por el borde del corredor, se dice e imagina a Kumer entrando al agua del estanque de Škale y de pronto el fondo empieza a ceder bajo sus pies, empieza a hundirse en el agua que sube imperceptiblemente, junto a la cual las primeras casas y las dependencias de la chacra se van inclinando un poco más en el barro hacia la superficie del lago.

También Ivana se hunde. El camino hacia su vida juntos está trazado, todo está preparado, pero Adrijan vuelve a callar. Si en todo este tiempo no me has recordado, es malo; pero si te has dado cuenta de que espero… entonces es aún peor. Luego él le envía un cuadro del mar, óleo sobre tela, que le ha regalado Albert, un amigo pintor de Santa Croce Mare, y de nuevo ella le perdona todo. Ivana cuelga el cuadro, que ha viajado desde Šentlenart entre varillas y envuelto en cartón y papel, en la pared más grande de su modesto cuarto de alquiler, y varias veces todos los días se adentra en los reflejos de la superficie del agua: le gusta el agua, junto al agua en Servola y en Barcola ha pasado los momentos más intensos con Adrijan, el agua se ha llevado y se llevará todas las dificultades, el agua lo solucionará todo, el agua se derramará sobre Škale.

Te amo, haría todo lo que fuera por ti, incluso renunciar a ti, parece inconmovible, aunque todo se quiebra dentro de ella. Pero se seca las mejillas, guarda el pañuelo en el bolsillo y continúa: Ya es tiempo de que hablemos de lo que mencionamos en la Pascua del año pasado. ¿Sí o no? Una de dos, porque hay muchos detalles que deberé adecuar a una u otra palabra. No se da cuenta de que Kumer infiere la felicidad de su rostro y no le dice que los suplentes reciben una suma mayor de dinero. La noticia de que parece que incluso el campanario de la iglesia de Škale se ha inclinado someramente le pasa por el costado: Estoy tan inmensamente feliz de que hayas dicho “¡Cien veces sí!” ¡Solo que ahora me aflige pensar en qué novia menesterosa vas a tener!

***

El cuadro del maestro Albert seguía colgado de la misma pared en la casa de Primorska desde que tengo memoria. Tenía tonos bastante sombríos, y quién sabe si se había oscurecido con el tiempo o si había sido así desde sus comienzos. En el frente había rocas calcáreas marrón grisáceo, la parte del medio era la ondulante superficie plateada del mar, en la que se reflejaba la luz del sol de la tarde oculta tras unas nubes más o menos plúmbeas. Cuando era chica no me gustaba este cuadro, me parecía demasiado tétrico, y ahora me resultaba muy hermoso y por supuesto tenía la intención de llevármelo conmigo a París: voy a tener que protegerlo especialmente, tal vez ponerlo entre varillas de madera y envolverlo con cartón corrugado y papel. Lo descolgué del clavo: el revés era una tela de arpillera salpicada de manchas de hongos.

Empiezan los preparativos para la boda e Ivana está excitada: Ya tengo apalabrada a la modista. No son asuntos menores, ¿qué tal si me hace un mamarracho? Con miles de cosas que hacer, pasa como una exhalación junto a los pobladores que se dan vuelta para mirarla. Hasta ahora yo era su prometido, le dice el párroco y niega con la cabeza, como diciendo que los de Škale se van a ofender si no se casa en el pueblo. Al día siguiente va a la administración del obispado para perdir le autoricen una dispensa, para que se la otorguen, a ver si es que se puede cometer semejante pecado, le cuenta Ivana a Adrijan. ¿Y cuándo vas a venir por el clavel a lo de mi padre? ¿Y no me harías el favor de de echar un manto de piedad y hacer la vista gorda? ¡Nuestra gente es tan poca cosa!

Cuando se anuncian las nupcias, Kumer anda descabezado por el pueblo y más de una vez hace un alto en la taberna donde es el último huésped en salir por las noches. Por la mañana llega a la escuela ojeroso, se hunde en sus papeles y cavila cómo impedir lo que se le ha ido de las manos.

El lago está ahora apenas a diez metros de las instalaciones de la escuela, ondea imperceptiblemente en el prado y se acerca al edificio; día a día se oye cada vez más fuerte el croar a las ranas que, con el avance del agua, se multiplican alegremente. A Ivana no se lo puede creer: ¡Siempre puedes arrepentirte, Jadran. Cuando caigan las últimas palabras del púlpito ya no habrá nada que hacer!

Dos semanas antes de la boda Adrijan vuelve a callar. La caligrafía de la hoja de Ivana es desmañada: ¡Por el amor de Dios! ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué debo pensar? Ya estaba por mandarte un telegrama. ¿Será nuestro gran día o no? ¡Esta incertidumbre es terrible!

Kumer presiente que no todo va sobre ruedas, se inventa que ella tiene que ir a verlo para una reunión. Esto es lo único que le faltaba a Ivana, en medio de la confusión de sentimientos y cosas que hacer –y eso él de algún modo lo sabe. La espera sentado en la mesa; ella debe estar de pie. Luego de algunas palabras (“Como sabrá, en la escuela hay cada vez más trabajo”, “Hay que seguir las directivas al pie de la letra”, “Puede haber también alguna sanción”), él también se pone de pie, se acerca, camina en círculos alrededor de ella y luego entra en el círculo, da vueltas muy junto a ella, primero sin que se note, de modo que ni ella misma ve cuánto se está arrimando a ella. Recién cuando siente la mano grasienta en su pecho, su cuerpo se da vuelta, furioso de indignación, y bruscamente le da un empujón con la palma abierta al director que casi cae contra la mesa. En ese momento chirría la puerta, entra la esposa del director, e Ivana oye solo el suspiro de estupor y ya está abriéndose paso junto a la mujer y sale volando de la oficina.

Adrijan e Ivana se toman por esposos el 21 de agosto. Aunque todo el tiempo había temido pasar vergüenza con su vestido de Cenicienta, está preciosa, y preciosa es también la breve ceremonia en Šentlenart. Los padres de él llegan desde Tolmin, adonde entre tanto se habían mudado por miedo a las presiones sobre Trieste; el padre de ella está demasiado débil como para emprender el camino desde Gorenjska. El testigo de Adrijan es el pintor Albert, el de Ivana, su hermana Ljuba. Para la ocasión, Ljuba se ha peinado su espeso cabello trigueño en una trenza gruesa que ha embebido en agua endulzada para que se mantenga toda la ceremonia: mientras van a la iglesia le revolotea un enjambre de abejas que espanta todo el camino con su cartera tejida al crochet.

Ante la pregunta decisiva del párroco, Adrijan responde como recién despierto de un largo sueño con un triple sí. Una maestra colega de Ivana le trae como regalo de bodas un libro de oraciones con tapas de cuero: Lo recibí con sentimientos encontrados. Pero Ivana está en los cielos, todo perdona; olvida todo lo malo, le he arrancado a la vida lo mío, aunque hasta último momento no lo podía creer. ¿Pero debe el ser humano apropiarse de tanta felicidad? Me temo que la alegría no me deja escribir en buen esloveno, le dice en un mensaje unos días después de la modesta boda… porque de nuevo están separados, cada uno en un lugar distinto: las autoridades siguen rechazando con insistencia el traslado de ella a Šentlenart.

Las cartas de Adrijan de nuevo quién sabe adónde van a parar. Mi querido Jadran, ¿qué está pasando? Cuando Ivana averigua en persona en la oficina del consejo escolar en una ciudad a cien kilómetros de allí, adonde el tren y el autobús demoran siete horas en llegar, descubre que la correspondencia se ha extraviado con Kumer. Ivana, que ahora se siente invencible, entrega una solicitud y después de una semana los gendarmes encuentran toda la correspondencia retenida en un cajón de Kumer. En la exaltación, al director de escuela se le quiebra la cadenita de los anteojos, por los que refulgen miradas vengativas. Recién un año y medio después, en 1933, se le permite a Ivana mudarse con su Adrijan, Jadran, a Šentlenart. En el primer día de verano cinco años después llega al mundo una muchachita a quien Jadran, inamovible a pesar de la férrea oposición de su madre, rebautizará del católico nombre Jožefina, que en Trieste sería Giuseppina, al casi pagano Pina. Vinko Munda, vicario principal ex officio, confirma el nacimiento y el certificado de bautismo número 585, extendido en el obispado de Lavant del Reino de Yugoslavia. Jožefina Vuga, nacida en: Petrovo Selo – Košaki, Vinarska ulica 3, religión: católico romana, padre: Jadran Vuga, maestro provisional de la escuela pública, oficia el bautismo: August Šparl, vicario principal. A la madre de Adrijan se le alargó la nariz aguileña, los ojos se le ensombrecieron y los labios se le petrificaron en una fina línea. Bella in culla, brutta in piazza, fueron sus agoreras palabras cuando la invitaron a ver a la bebita por primera vez: la bella en la cuna, la fea en la calle; todo lo malo está por venir, querida Pina.

 

El teléfono al que usted llama no puede ser alcanzado en este momento, responde el teléfono de Sonja. Notifiqué a Pero de que ya era hora de irse, y se fue a regañadientes de la casa. Después llamé un taxi y le pedí que me llevara a lo de Tine, el hijo de Sonja. Me quedé irremediablemente en la puerta; como no me había anunciado, nadie me abrió, aunque creo que él y su familia estaban en casa, encerrados tras las herméticas ventanas de doble vidrio de su moderna vivienda, o quizá no estaban.

Me volví al apartamento y me inundó una desagradable sensación de abandono. Tenía hambre pero no quería comer: qué desgraciado es comer sola… más que cualquier otra cosa, comer sola es la acción más miserable de todas. Y me sentía tanto más abandonada por cuanto ahora tenía pendiente también este dilema: ¿sabía mi mamá de ese vientre de encinta? ¿Conoció a su hermano o hermana? ¿Se habrá sentido culpable porque siempre se la tuvo por la única hija real de sus padres, mientras que quizá la suerte del otro hijo era incierta, trágica, tal vez incluso vergonzante? ¿Sólo a mí me ocultaron este capítulo? ¿Y cómo competía mi madre con el hermano o la hermana, con el hijo que tenía una ventaja infinita porque seguramente lo idealizaban, era perfecto en su ausencia, porque quizá se fue demasiado pronto injustamente? Y si no sabía nada de él, ¿fuimos por tanto engañadas las dos con el silencio? En esas me asaltó la sensación de que la ignorante ante quien se había ocultado esto era solo yo: tenía una historia común y corriente de la vida de mis antepasados como cosa sagrada, aunque evidentemente no era la historia verdadera.

***

En el fondo de la biblioteca, tras las puertitas, había cuatro grandes cajas de cartón, en las que venían quince pesados volúmenes de la enciclopedia yugoeslava que alguna vez habían comprado. En ellas había toquitos de papel primorosamente guardados, atados con un piolín. Mamá a papá, decía en el primero, Papá a mamá, Yo a papá y mamá y así siguiendo. Todas estas etiquetas estaban cuidadosamente munidas de fechas y tenían olor a viejo. Me senté y desaté el primer toquito de su envoltorio, Mamá a papá. Eché un ojo a las primeras hojas: Con una sonrisa en los labios pasé por delante de todos… ¿Seguirá pensando en mí?… Ivana no ruega nada… Usted sabe que soy fuerte –¡ay, que nunca se decepcione y aparte de mí!

¿Debería estar leyendo esto? ¿A quién estaba dirigido? ¿Por qué me había esperado, por qué la abuela y luego mi mamá no lo habían destruido? ¿Habrán querido que yo leyera las cartas o simplemente habrán llegado tarde y la muerte les habrá ganado de mano? Pero al menos la abuela podría haberlas destruido, si no antes, cuando le dio el primer accidente cerebrovascular. La muerte anda olfateando, me dijo un año antes de morir, ahora sé de qué se trata. Aunque en su vejez era muy reposada, también podía ser a veces reservada y huraña; por ejemplo, rechazaba indignada a todo desconocido que la interpelara por la calle, incluso si solo quería preguntarle por una dirección. Esto ya era para ella una intrusión en su privacidad, un disturbio de su sagrado espacio y tiempo. Probablemente no le habría gustado que yo estuviera leyendo sus cartas de amor, pero cuando ya estaba un poco ausente, enfrascada en su mundo, no habrá de haber pensado que las cartas aún andaban por ahí. Cuando una vez le pregunté cómo se habían conocido con el abuelo, miró soñadoramente por la ventana y apretó los labios para que no se le fuera a escapar alguna palabra por la boca. Entendí que no quisiera profanar el amor entre los dos y no insistí. Pero también me puse un poco celosa: un amor del que no se quiere decir ni una palabra y, a la vez, al pensar en él la mirada se ilumina, debe de haber sido algo muy especial.

Y hasta entonces no me había imaginado a la abuela Ivana sino ya entrada en años, solo veo su cuerpo robusto que después de estar sentado en la ancha silla de la cocina durante el día va a sentarse al sillón de la galería por la tarde, a mirar el mar del atardecer, veo sus crucigramas y sus suspiros por el esfuerzo al moverse. Ahora, todas estas fotos de una joven y bella muchacha eran algo que entonces, cuando la conocí, no era tan evidente para mí. Recién ahora empezaban a dibujárseme su piel lisa, su cabello brillante, su risa sonora, su tontera soñadora, tan parecida a la mía en esos mismos años verdes. Cómo se encapan las cosas con los años, con capas de recuerdos translúcidas pero cada vez más oscuras, y qué difícil es adivinar los pensamientos y el carácter de una muchacha adolescente con sombrerito en una fotografía en blanco y negro, una de las fotos prendidas al sobre de una carta a su Jadran.

Después de unos días vino Pero a decirme que los sillones de los años cuarenta del siglo pasado habían ido a parar a Udine como decoración de una soberbia tienda de vestidos, y el cuadro de un amigo de la familia, que era patólogo y pintor aficionado, a lo de su tía odontóloga.

“Quería un Hlavaty, que también era doctor y pintor, pero ahora ella tiene colgado ese que me vendiste.”

Por el precio bien podría decir que me regalaste.

Al día siguiente vino ya como un amigo que llega a tomar un café.

“La gente ya no tiene gusto para las antigüedades, prefieren ir al Depot y comprar aglomerado. Y ese tapiz… interesante,” se quedó mirando la pared en la que había un marco colgado con una negra bajo una palmera, al que por milagro las polillas habían dejado en paz todos estos años.

“Llévalo, llévalo, qué voy a hacer con él,” y ya estaba apareciendo en el tapiz la aureola ahumada del marco.

“Gracias, ya tengo que irme,” alcanzó a decir y desapareció. Como experto que era debía saber que el tapiz no tenía ningún valor; la abuela lo había bordado sobre un modelo que en alquellos tiempos probablemente parecía muy exótico. Tendría que haber significado más para mí, pero no, siempre había sentido rechazo por los tapices, en especial después de que mi abuela me recriminara, a mis ocho años, que en el primero que hice para mi taller de manualidades de la primaria hubiera dejado el revés lleno de hilos cruzados uno sobre otro. Nena, el bordado tiene que estar del revés tan prolijo como del derecho, todavía la oigo, y todavía tengo cargo de conciencia: esos hilos son la mala conciencia, el revés del cañamazo de frívolos motivos de Fragonard, que ocultamos, tal vez debería ser como el lado que mostramos. Pero ahora es evidente que ese cañamazo me fue ocultado a mí por otros, y durante todo el tiempo que vivimos juntos: en lugar de que los muertos tengan cargo de conciencia, lo tenemos los vivos. Yo tengo cargo de conciencia: por vender el apartamento y todos estos objetos y muebles, por algunas palabras pronunciadas, cuando ahora quisiera retirar lo dicho. Me siento una traidora por vender la historia familiar –¿pero cómo es esa historia, cuál historia, si evidentemente hay dos, una oculta bajo la otra? Tengo cargo de conciencia también por cosas muy banales; por ejemplo porque no le advertí a la nueva propietaria a través del agente inmobiliario que cuidara el parqué, que es el original; antes de la llegada de mis abuelos las botas militares taconearon sobre él: después de la guerra, durante unos meses funcionaron aquí oficinas del ejército yugoeslavo. Estoy oyendo a mi abuela y mi mamá: Dile a la señora que ni se le ocurra cambiar el parqué… Pero probablemente la nueva propietaria no quiera escuchar nuestra historia, querrá habitar el nuevo hogar con su contenido, no contaminado, aunque compró el apartamento porque “tiene alma propia”.

“¿Vendes el apartamento del mar? Eso no se hace, una casa junto al mar no se vende, mucho menos junto al Mediterráneo,” me dijo Marta, una colega intérprete polaca, ante la noticia de que me iba a Eslovenia a terminar con ese asunto. En Francia jamás se ha sentido en casa, admitió alguna vez, aunque hace ya veinte años que vive allí. En Eunilangue somos casi todos extranjeros, los franceses son minoría. Apátridas que vinieron aquí por trabajo, amor, también por la imagen que les presta la magnífica metrópolis. Desde aquí, por supuesto, el frasema “casa en Istria” se oye embriagador e idílico.

Igual que la palabra mar, por la cual alguna vez peleamos empecinados Pierre y yo. Hace años, en medio de nuestras vacaciones en Primorska, llegó el aviso urgente de que yo debía ir a un simposio internacional de nutricionistas porque se había enfermado una colega. La noche anterior habíamos estado sentados en los escalones de piedra ante la galería bebiendo vino, que ahora ante el impacto de la inesperada exigencia de volver a París tenía un sabor distinto. Dije algo kitsch, algo del tipo de que el mar era para mí la alegría, la belleza, la distensión de la que ahora me sacaba la obligación, la cruda realidad que me arranca de la posición desde la que podía observar una extensión inmensa totalmente distinta y tenía la sensación de tocar lo divino.

“Qué postura turística,” me atacó Pierre, aunque en ese momento habría necesitado consuelo. “El mar no es solo la vida, es también la muerte. Y por supuesto es un asunto divino. Cuando a Odiseo lo atrapó Calipso, le prometió la vida eterna si se quedaba con ella, por tanto le ofreció que se volviera un dios.”

“Pero él caminó por la orilla mientras ella estaba sola en su cueva, y aulló su desdicha y su nostalgia por Penélope.”

“Sí, y tuvo que venir Hermes a decirle a Calipso, vamos, deja al muchacho, y solo entonces la ninfa le permitió que empezara a construir su balsa y que partiera. Lo entiendes, Odiseo no quiso volverse un dios.”

“Que me guste el mar no significa que quiera volverme una diosa.”

“Quiero decirte que aunque Odiseo se hacía aconsejar por los dioses cada vez que las cosas se le iban de las manos, los escuchaba y obedecía solo en apariencia; pensaba y hacía lo que lo que mejor le parecía, en tierra y en el mar. Era humano.”

“¿Y qué relación tiene eso con lo que dije antes?” pregunté.

“Él respetaba el mar, tú te lo apropias con sentimentalismo y le atribuyes un carácter divino que a través del mar parece pasar a ti. Él lo consideraba un medio para huir y para regresar; tú te piensas que es tuyo y ahora te arrancan del útero. Se trata de una concepción distinta de la nostalgia, la suya es primordial, profunda; la tuya es frívola.”

Para mi abuelo, el mar significaba el hogar; seguro que por eso le mandó a la abuela Ivana aquel óleo del pintor Albert. Ese recuerdo me hizo desear de pronto la superficie del mar y las olas, como si ya no fuera a tener nunca más la posibilidad de ver el mar… limpié la bicicleta, la cargué al hombro y la traje del sótano; luego salí andando por la ribera. Para mi gusto había demasiada gente; madres con cochecitos, jóvenes en rollers, hombres en bares, pescadores en barcas. Entre los sonidos variopintos apenas pude distinguir el sonido de mi teléfono. Sonja. Entre que buscaba el aparato y pasé el dedo por la pantalla la llamada ya se había perdido; en la pantalla titilaba el auricular con el número 1. Llamé de inmediato.

Sonaba sin responder.

Después de un rato volví a la casa y seguí ordenando, mientras intentaba llamar a Sonja. Aún seguía habiendo un montón de cosas, de las que indignaban a mi madre cuando limpiaba el apartamento después de la muerte de la abuela. Las generaciones de posguerra guardaban todo; tenían miedo de que volviera a haber carestía, decía mientras arrojaba tapones de plástico, tapitas y bolsas, broches inútiles para carpetas y pedacitos de cartón recortado. Pero, querida mamá, en el apartamento dejaste aun recortes de tiras de plástico, cerámicos cortados por las esquinas, vasitos de yogur y un montón de otras porquerías. Tampoco tiraste a la basura las cajas de botones de la abuela que encontré en uno de los armarios.

Me senté en el suelo, desprendí con dificultad la tapita adhesiva del frasquito de tinta que por milagro no estaba seca, llené la pluma fuente Pelikan, tomé una hoja de papel y empecé a escribir.

Cuando vacié la casa de mis abuelos,
encontré grandes cajas de botones.
Botón, una palabra que se
desabrocha
con tanta dificultad: knopfff, bottone, duggme…
Te duelen los dedos.
Quién sabe por qué la abuela guardaba tantos.
No había en la casa siquiera tantos libros que no pudieran leerse en dos vidas,
pero había botones que ni para abotonar
todos los vestidos gastados en cinco veces ochenta y cinco años.
Tiene que haber pensado que se los iban a coser otras personas en sacones de generación en generación
y que de sus indestructibles ollas de acero, que sobreviven a todo ser vivo,
iban a comer desconocidos trescientos años más tarde, tal vez en la cuarta guerra mundial;
en medio de la ciudad destruida, iban a encender el fuego, incontables veces iban a poner la olla indestructible con restos sancochados en el fuego,
acercarse y envolverse en los abrigos, cuyos faldones
seguirían unidos por los botones de mi abuela.

Quién sabe por qué algunos hechos disparan un poema, o si acaso sería más poético que esto estuviera escrito en el papel en líneas continuas del margen izquierdo al margen derecho. ¿Solo eso hace falta para escribir un poema? Ya estaba oyendo a Pierre, si esa noche le leyera el poema por skype, comentaría como Monsieur Jourdain: “¡Dios mío, hace más de cuarenta años que hablo en verso sin saberlo!” Pero así es como tiene que estar escrito ahora, tiene que encontrar su lugar en unos versos, tiene que ser anotado con la tinta de la pluma fuente Pelikan del abuelo que disolví en agua, aunque así, por mi actual disposición, me arrogue desvergonzada el derecho a la tinta destinada a las palabras de mis antepasados.

Puse la caja con botones de vuelta sobre el estante. Tal vez estos eran unos botones que solo servían como amuletos, y había tantos que seguramente cada uno era contra un tipo distinto, contra una nueva forma del miedo.

[1] Veronika Simoniti, Ivana pred morjem [Ivana frente al mar], Liubliana, Cankarjeva Založba, 2019, 176 páginas. El fragmento se reproduce por gentileza de la editorial y de la autora. La traducción contó con el apoyo de la Oficina Pública del Libro de la República de Eslovenia.