Fragmento de la novela “¿Si tengo miedo?”

Maruša Krese

Traducción: Florencia Ferre

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1941

¿Si tengo miedo? No. Hace ya tres días que estoy aquí, agachada, en la nieve. Estoy sentada sobre la mochila vacía; en realidad no debo sentarme, sólo agacharme. Me acostaría por un momento, por un segundo, medio segundo. No debes, me encomendó hace unos días el comisario de mi célula desintegrada. Y ahora está muerto. Ni siquiera lo enterramos. Huimos, huimos. No sé. De los alemanes, de los italianos, de los nuestros, de esos blancos. Huimos y dejamos su cuerpo atrás.

“No debes cerrar los ojos,” decía también. Los ojos, sus ojos., Corrí y lo dejé atrás, tendido en la nieve. En verdad ni siquiera lo miré. Si al menos le hubiera cerrado los ojos en un tris. Corrí. Sólo corrí.

Antes en invierno tenía frío. Antes. Entonces era lindo, entonces, cuando todavía sentía el viento frío soplándome en la cara y las lágrimas corriendo por mis mejillas. ¿Lágrimas? No debo llorar. Eso sí que no. Por favor. Después voy a quedarme tendida, tendida para siempre. El frío, ¿Me estaré congelando? ¿Qué es esto? No cierres los ojos, no los cierres. No siento los dedos de las manos, de los pies. Ya no siento nada. Hace mucho que ya no tengo menstruación. ¿Seré todavía mujer?

No oigo a nadie. ¿Hay alguno de los nuestros aún con vida? ¿Sigo cuerpo a tierra hasta el próximo montecito? La vi. Vi a Katja ayer. Estaba ahí escondida tras esos grandes troncos nevados. ¿Estaba sola? ¿Pero dónde está Ančka? ¿Y mi hermano? El menor de mis hermanos. Acababa de empezar el primer grado de la escuela primaria. Estaba todo orgulloso, tan contento, y hasta el vecino le había regalado un perrito chico. Lo llevaba a la escuela con él. Por unos días. Hasta que llegaron los italianos y el vecino con ellos. Señaló con el dedo a mi papá y mi mamá.

“Son rojos, éstos son rojos,” gritó. Desde cuándo somos rojos me preguntaba, y temblaba de miedo. Fue la última vez que tuve miedo.

“No te asustes. Soy yo.”

Alguien me abraza.

“Ančka. Estás viva. ”

***

Ya hace un mes que no la veo. Estaba sentada junto al fuego y tenía los ojos cerrados. Qué linda era. ¿Lo es todavía? ¿Estará viva? Ayer encontré en la cabaña de caza al menor de sus hermanos. Descalzo, hambriento, aterrado. Lloraba.

“Mi hermana dijo que jamás debía llorar. Jamás. Mi hermana dijo que ahora soy adulto,” sollozaba el chiquito.

Lo alcé, lo senté en el caballo y lo traje al cuartel. Lo alimentamos, lo envolvimos en una manta, le pusimos sobre la cabeza una gorra con la estrella roja. Se me pegó toda la noche como garrapata. No puedo dar un paso sin él. No sabe, no sabe nada. Está desesperado. Atontado de dolor. Los hermanos, la hermana, los padres. ¿Dónde están? El padre está en el campo de Gonars[1]. Sólo eso sabe. Eso sin duda lo sabemos todos. ¿Lo llevaré con los suyos? También ellos huyen y se esconden desde hace meses. A veces, alguien me cuenta que los ha visto. No sé cómo consolarlo, qué decirle. ¡Al diablo! Que nos lleve el demonio a todos de una buena vez. ¿Y si le digo que su hermana está viva todavía? ¿Viva? Nadie sabe qué pasó con su célula. Los delataron. ¿Y después? Es demasiado arriesgado buscarlos. ¿Está viva? Es la más hermosa, eso seguro. ¿Era? Pero en general ni me mira. ¿Vanidosa? Ya sé, ya sé. Ella fue al liceo y yo no. Ella ha leído mucho y yo no. Pero igual si está viva, si la encuentro, no se me vuelve a escapar de las manos. Nunca más. ¿Y el hermano? ¿Cuidaría yo tanto del hermano si no fuera hermano de ella? Es muy parecido a ella. Demasiado.

Aquí en medio de este bosque estoy seguro. ¿Ya estamos en Croacia? El cuartel general decidió que nos escondiéramos hasta que pase esta tempestad de fuego. ¿Es lo correcto? No podemos nada más quedarnos a esperar que suceda un milagro. Tenemos que seguir. Tenemos que buscar ayuda. ¿Adónde? ¿Dónde está quién? Es invierno. La primavera demora otra vez. Necesitamos un bosque reverdecido. Así es más fácil. Al menos podemos comer las hojas. Y el pasto. Las primeras frutillas. Para eso falta mucho. ¿Estará viva?

¡No sueñes! Voluntarios, ¿dónde están? Vamos.

***

No debo quedarme dormida. Ahora le toca a Ančka.

“Si ronco, tápame la nariz,” llegó a susurrar antes de cerrar los ojos.

Se durmió en el acto. Ahora ya se acabó mi tiempo para dormir. No debo despertarla. Su cabeza está apoyada en mi regazo. Trataré de aguantar un poco más. Le acaricio el pelo. Cuándo tendremos un poco de agua para lavarnos el pelo. Me pica todo. Seguro que estamos de nuevo llenas de piojos. ¿Dónde estás, mamá? ¿Dónde están tus suaves manos que me trenzaban el cabello cada mañana? ¿Dónde estás? Las noches en que nos preparabas café de achicoria y castañas tostadas. Te sentabas junto al horno de pan a surcir medias. Las medias de siete hijos. Sonreías y escuchabas nuestras bobadas. Recién ahora pienso que seguramente estabas todo el tiempo cansada, que estabas sola, que no tenías el apoyo de tu marido, nuestro padre, que estaba todo el tiempo serio y exigía, y sin palabras y a cada paso te daba a entender que lo habían desheredado por haber elegido casarse contigo. Exigía agradecimiento eterno y tú siempre callabas. Y los dos primos, los hijos del hermano de papá, que había heredado una gran finca en lugar de su hermano mayor y se había casado con una mujer que rezaba en la iglesia sin cesar, siempre me señalaban con el dedo en la escuela y se me reían con malicia. Nunca quise contártelo. ¿Y ahora dónde estarán? Seguro que no entre nosotros. ¿Dónde estás, mamá? El hijo del vecino, Lojze, que se nos unió hace como un mes, contó que a ti y a papá se los habían llevado, esposados a los dos, y que papá estaba seguramente en Gonars, que de ti nadie sabía nada y que todos mis hermanos habían huido por separado. En nuestra casa instalaron una base militar italiana, y antes de eso los vecinos se llevaron todo lo que fuera útil de la casa. Ya no tengo sueño ni frío ni miedo, sólo me preocupa qué pasó con ustedes. No debo llorar. Que Ančka siga durmiendo un poco más.

***

La nieve ha empezado a derretirse. Los más jóvenes se arrastraron de noche y por la mañana volvieron con un algunas papas viejas que encontraron en un sembradío cercano. El cocinero preparó una especie de sopa, una sopa rara de papas sin sal, y los combatientes más jóvenes se volvieron héroes al instante.

La patrulla de reconocimiento volvió. Va a ser duro. Difícil. Tenemos que movernos. Los alemanes vienen en auxilio de los italianos. Por la noche perdimos a tres combatientes que se quedaron dormidos en la nieve, y nos faltó aguardiente de ciruelas para paliar el dolor de los heridos. Tendremos que llegar de algún modo al monasterio, donde viven unos monjes que están de nuestro lado. Siempre nos aprovisionan con aguardiente, harina, grasa, con cecina y un poco de optimismo. Tenemos que llegar hasta ellos y ocultar ahí a los heridos al menos por unos días. Estos pocos caballos que nos han quedado están demasiado hambreados como para poder usarse. ¿Qué haremos con ellos?

Guardamos todo, borramos las huellas, y hacemos planes para el combate. El hermano menor de ella pide una pistola o al menos una granada pequeña. Una granada pequeña. Pobre niño. ¿Podré seguir protegiéndolo? Ya no pienso en su hermana. Al menos trato de no pensar. Duele demasiado.

***

“Queridos chicos, resistan. No olviden quiénes son, qué son,” alcanzó a decir el profesor de lengua eslovena antes de huir por la ventana.

Temblábamos de miedo y horror. Habían entrado a la clase el director del liceo, el profesor de religión y cuatro oficiales italianos. Y un traductor. Me pareció que estaba más pálido que nosotros. El director miraba fijo a cada uno a los ojos, golpeaba con un puntero en la mesa y luego en nuestros dedos y gritaba.

“¿Quién fue? ¿Quién ha traído esta literatura a la escuela? ¿Quién ha organizado esta traición?”

¿Traición? ¿Quién es el traidor? Nosotros, que no aceptamos la dominación italiana. Nosotros, que le prometimos al profesor que no íbamos a olvidar quiénes éramos. ¿Nosotros, traidores? El director dice que hemos elegido un camino peligroso. Es cierto. Pero no el camino peligroso de él. Nuestro camino peligroso. Esa misma noche nos fuimos al bosque Mara, Katija, Marija y yo. Nunca más volvimos del colegio a casa. El primo de Mara nos estaba esperando frente al colegio y nos advirtió.

“No vayan a sus casas. Es un verdadero infierno.”

Al profesor, que se había quebrado una pierna, lo apresaron. Nos escondimos hasta el anochecer y después por contactos por la noche llegamos hasta mi hermano mayor que ya hacía unos meses había desaparecido.

“Mejor para ustedes, si no saben nada” alcanzó a decir antes de cerrar la puerta tras de sí.

Se rió de nosotras cuando nos vio. Nosotras, cuatro colegialas asustadas con portafolios, en faldas y sandalias. Era verano.

“Pero qué vamos a hacer con ustedes,” bromeaban mi hermano y sus compañeros. Al día siguiente la mujer de la finca nos dio pantalones de sus hijos. Una semana después me pusieron solemnemente una pistola en una mano y un vaso de aguardiente de miel en la otra. Y unos días después, cuando hube disparado al primer hombre, ascendí a comisario de la célula. A decir verdad ascendí a comisario antes de recibir la pistola. Mandaron a Ančka en mi ayuda, que venía del otro lado del país. Fue verla y abrazarla. Al instante fue como la hermana que nunca había tenido.

Ančka duerme. La acaricio con manos que matan. Con manos que se parecen a las manos de mamá. A las manos que me peinaban todas las mañanas. Manos. Muerte. Silencio. Silencio que mata.

***

Despacio. Despacio. Nos detenemos cada cincuenta metros, escuchamos, esperamos, y cuando vuelve la patrulla seguimos desplazándonos. Pero adónde llegaremos si seguimos así. Las enfermeras se ocupan de que los heridos se mantengan callados. No quiero saber cómo es que se ocupan de esto. Si yo estuviera herido, me dispararía en el acto. Para ser tanta carga para otros, para ser tan dependiente de los otros, para ser, para ser… No, de inmediato me dispararía. No pediría auxilio a nadie. Está viva, ¿estará herida? No quiero ni pensar.

“Vamos a dormir aquí,” decidió el comandante. Habíamos llegado demasiado cerca del pueblo así que tuvimos que retirarnos bosque adentro. Está demasiado oscuro como para poder seguir.

Me despertaron para que hiciera el relevo de la guardia. Me sacaron de sueños profundos. ¿Sueños? ¿De veras estuve soñando? Volvía a ser el niño que acompañaba a papá a la estación en el pueblo vecino. Le pedía que no se fuera. Le pedía que me llevara con él. Le pedía. Ya no sé qué más le pedía. Él quería secarme las lágrimas con un pañuelo limpio que mamá le había dado para el camino.

“No, ése te lo dio mamá para el camino.”

Me miró, me acarició el cabello y me palmeó la espalda: “No debes llorar. Ahora tú tienes que cuidar a la familia hasta que gane lo suficiente como para que vengan conmigo.”

El papá de mi amigo también se iba. Los dos volvimos a casa. Caminábamos despacio, despacio. En silencio. Al frente de la casa estaban sentados mamá, mis hermanos menores y mis hermanas. Mamá estaba por dar a luz otra vez. Me fui al bosque, bajé hasta el arroyo y lloré. Volví después de dos días. Me hice adulto. Llegó una carta de América con tres dólares. Luego otra sin dólares. Y otra. Después no hubo más.

No, no soñaba. ¿Terminará esta noche de una vez? ¿Y esta guerra? No vamos a sobrevivir a otro invierno como éste. Ni sé si vamos a sobrevivir a éste. Mi amigo del pueblo, con el que habíamos acompañado a nuestros padres, tomó otra decisión. Se fue con los blancos.[2]

“¿Sabes qué? No voy a tener frío ni hambre. Los míos van a estar seguros.”

Así dijo. ¿Tendría razón? No, seguro se equivoca. O al menos eso espero, que se equivoque. Lo va a lamentar. Si al menos alumbrara la luna por unos segundos. ¡Y las estrellas! Si al menos esta noche en que no debo dormir pudiera mirar las estrellas. Como aquellas bellas noches en que llevaba a pastar a las vacas. Me tendía y contaba las estrellas. Ellas me llevaban a visitar a mi padre. Con las estrellas viajaba por el mar hasta la tierra de la que decían que era milagrosa y bella. Pedía a las estrellas que le dijeran a mi padre cómo estaba yo y que de verdad cuidaba a la familia, y pedía a las estrellas que me trajeran un saludo de mi padre. A esos bellos ojos cálidos. Entonces no sabía que eran bellos.

***

“¿Por qué no me despertaste?” preguntó ella.

“Dormías como muerta.”

“Gracias por el descanso. Y por mantenerme a salvo. Ahora cierra tú los ojos, al menos un poco.”

“No debo. Ya amanece.”

Estoy sentada en una roca. A mi alrededor hay sólo cadáveres. Fui caminando de un ser humano muerto a otro. Les cerraba los ojos. A todos. Italianos. Alemanes. Partisanos. Les cerraba los ojos como una máquina. ¿Me habré vuelto una máquina? ¿Qué soy? ¿Quién soy?

Cuando Ančka intentaba persuadirme de que me dormiera, pasó junto a nosotras un partisano. Después otro y otro más. Huían.

“Huyan,” nos gritaban.

Fuimos atacados.

“Locos,” les empezó a gritar Ančka; agarró la pistola y corrió en sentido contrario.

“Rápido, al ataque,” gritaba como enloquecida.

Corrí tras ella gritando yo también. No soporto mi voz cuando grito. Crucé a los saltos el monte y corrí a más no poder. Prefiero morir a escapar. Detrás de nosotras corrían otros partisanos que unos segundos antes estaban huyendo.

Estoy sentada en una roca y miro los muertos. Menos cuatro sobrevivimos todos los de la célula. ¿De verdad me habré vuelto una máquina?

“¿Pero de dónde sacan tanto valor, viejas?”

¿Es un elogio o qué? El correo ha venido a decirme que ya es hora de que sigamos viaje.

***

Cuánto hacía que no veía el fuego. Estoy sentado aquí al abrigo y espero a que se haga la sopa en la marmita. Los últimos días comimos sólo cortezas y se nos murieron diez heridos. ¿Quizá ya estoy enloqueciendo? No sé de dónde saco toda esta fortaleza. No es fortaleza. Es ira y locura. El instante. Aquí y ahora. El instante en que no tienes nada que perder. Miras al adversario a los ojos y sabes: ¡es él o yo! ¿Él o yo? A veces desearía ser yo. Desearía que todo esto terminara de una buena vez.

He oído que se salvaron y que con Ančka ascendieron a comandante y comisario del batallón. No sé cuál de las dos es comandante y cuál es comisario. Da lo mismo. ¿Lo habrán decidido en el cuartel para burlarse de los hombres? Está viva, lo he oído. La voy a convencer cuando la encuentre. Tengo a su hermano conmigo.

El chiquito va y viene marchando junto al fuego, saluda a comandantes invisibles y repite sin cesar: “Me hice partisano. Me hice partisano.”

Pobrecito, no sabe lo que le espera. Pero ahora está orgulloso. Apenas si puede esperar para contarle a la hermana y a los hermanos. ¿Llegará a contarles? No sé por qué tengo más miedo por él que por mí mismo.

Ayer atacamos un castillo donde yo trabajaba antes de la guerra. La familia del conde se ha ido hace mucho y los italianos se mudaron al castillo. La biblioteca del castillo se incendió. Sigo teniendo algunos libros del conde. Siempre me los prestaba y debatía conmigo. Me mandaba saludos para la familia cada noche al despedirme, y me consolaba diciendo que en cualquier momento iba a ganar lo suficiente para partir y cruzar el charco y buscar a mi padre. Un consuelo bastante ridículo, pero siempre me ayudaba por algunos minutos.

El párroco del pueblo tuvo largas conversaciones con mi madre hasta que ella se rindió. Me mandaron al colegio a Liubliana, al internado. Me pasaba casi todas las noches llorando, y cuando le confié a un compañero que no pensaba hacerme sacerdote, al día siguiente me mandaron de vuelta al pueblo a toda velocidad. Al pueblo, donde reinan la pobreza y la desconfianza. Al pueblo adonde se llega sólo a pie, y al pueblo en el que en cada casa hay una historia triste. Al pueblo que está en la parte sombría de la montaña. Al pueblo que se llama Bogneča vas. Si entiendo bien el nombre, es un pueblo que ni siquiera dios quiere. Digamos.

Pero dios. Con él de todos modos tengo mis cuestiones. Hasta ahora siempre me ha traicionado. Así que lo dejo de lado. Para siempre.

Se sentó a mi lado. Lo admiraba. En realidad no… Lo respetaba. Había vuelto de España. Sabe lo que es la guerra y sabe lo que es la guerra civil. Y sabe cómo es que un hermano mire a otro hermano a los ojos y estén cada uno del lado contrario. Sabe todo, pero de España no quiere hablar.

“Olvídalo,” dice cada vez que le pregunto.

“Olvídalo.”

“La vi,” dice.

“Pero vas a tener que esforzarte. Tiene demasiados admiradores.”

Pensé que lo iba a estrangular. Se echó a reír. A él lo espera su esposa en Liubliana. Y un hijo. ¿Qué hay de ellos? ¿Podrá él dormir tranquilo?

Voy a dormitar. Aquí junto al fuego. Cuándo estuve al abrigo por última vez. Cubro al chiquito con una manta. Ya está profundamente dormido y aprieta en la mano la gorra con la estrella roja. ¡Buenas noches! Nadie sabe qué pasará mañana. Paz. Silencio. Miedo.

***

Marija llegó para unirse a los partisanos con una falda roja.

“Estás loca,” le espetó el secretario del partido.

“¡Pero si se te ve a kilómetros de distancia!”

Marija lloraba: “Si no eres mi secretario. No estoy en el partido. Y salí huyendo. Huí. Veía desde la montaña cómo ardía mi casa. Mi hermano y mi hermana y yo. Cada uno huyó por su lado. Cuando llegamos a casa, estaban mi papá y mi mamá tendidos, acribillados ante la casa. Nosotros tres salimos huyendo. La falda roja. Me la hizo mamá para mi primer día en la nueva escuela.”

Nos miramos. Teníamos que ponerla a salvo.

“Por la noche voy a dormir yo con ella,” dije.

Si es que acaso alguien puede dormir de noche.

Miro a Marija. Vivía en la casa de al lado. Yo la envidiaba de veras. Y ella lo sabe. Se lo había dicho abiertamente. Unos meses antes de que empezara la guerra había vuelto de América con la familia. Había visto el mar. Había viajado en barco por el mar. El mar. ¿Lo veré algún día?

Marija solloza. No sé qué decirle. ¿Qué yo admiraba a su padre? Recuerdo que acudimos a él cuando los italianos y los alemanes sitiaron la ciudad. En la alcaldía flameaba un tiempo la bandera alemana, luego de nuevo la italiana. La cambiaban todo el tiempo. La ciudad estaba llena de esvásticas y transformaron el liceo en hospital militar italiano. Nos quedaron sólo unas pocas aulas vacías. El maestro de italiano y geografía, que había venido de alguna parte de la Toscana, siempre nos decía: “Chicos, olvídense de la política. Aprender la lengua italiana y geografía les va a venir bien. Olvídense de la política. Olvídense.”

En vano se esforzaba por que aprendiéramos un poemita sobre la gallina. Eran sólo tres versos. Perdió las esperanzas con nosotros.

Y entonces el 1 de diciembre, como la celebración de la unión de Yugoslavia estaba prohibida, nos poníamos todos de pie y honrábamos a nuestro antiguo país, que seguía siendo nuestra patria, con un minuto de silencio. También los más chicos de la escuela, aunque les insistíamos en que no debían hacerlo. Nos mandaron desde la escuela y nos pusieron la condición de hacernos miembros de la organización de la juventud fascista GIL. Fuimos a ver al padre de Marija. Nos escuchó, se quedó callado y mirándonos mucho tiempo. Y luego declaró:

“Tienen que decidirse ustedes mismos.”

La policía ocupó la escuela. Y nosotros nos dispersamos por todas partes. Y él ahora está muerto. ¿Qué le digo ahora a Marija? ¿Qué me tiene a mí? Magro consuelo.

***

Creo que ha pasado el invierno. Está extrañamente calmo el último tiempo. En el pueblo, los campesinos nos dieron huevos decorados, jamón y potitsa.

“Todo lo hemos hecho bendecir,” nos aseguraron.

Nos bañamos en el arroyo, nos cortamos el pelo, nos afeitamos y dormimos para reponernos.

“Los tanques se acercan al Kolpa,” grita un niño que viene corriendo desde el pueblo.

Hace señas con las manos. Con la hermana de él íbamos juntos a la escuela. Algo se asoma a la cima de la montaña. Tanques, camiones, llenos de soldados armados, jeeps, motonetas. Ayer derribamos el puente. Algo se mueve en el agua.

“Son de los nuestros,” dice el tirador de la metralleta.

Tomo los binoculares. Gente a caballo intenta cruzar el río. El de barba deja el caballo y ayuda al que se ahoga. De veras son de los nuestros y este río es traicionero. La veo. Trata de persuadir al caballo, lo acaricia, lo arrastra. Alcanza a hacer pie. Sigue sin soltar al caballo. Está loca. Se tiende en la orilla, exhausta. Corremos en su auxilio.

“Compañera, toma mi manta,” le digo y la envuelvo.

“No pude salvarlo. No pude,” susurraba.

Tiene los labios azules. “Me salvó la vida tantas veces.”

“Era sólo un caballo,” la consuelo, y sé lo que significa un caballo en estos tiempos. Daría mi vida por el mío. La vida por un caballo. La abrazo con fuerza.

Está calmo, calmo. Está tendida junto al fuego. El hermano se le aferra. No la suelta. Le cuenta sus actos heroicos y ella duerme.

¿Y Marija? Desesperada, habla sobre su falda roja. El agua se ha llevado las ropas.

“Mamá, mamá,” cuenta.

“Mamá me la hizo. El agua se la llevó. La falda roja.”

Todavía no vamos a contarle que su hermano se salvó y que a la hermana la atraparon los alemanes. La fusilaron ahí junto a la fuente de la bodega. Si algún día termina la guerra, le voy a comprar una nueva falda roja.

***

Apenas, sólo apenas alcé la cabeza. Alguien me mojaba los labios con agua y alguien me acariciaba.

“¡Ančka, estás viva! ”

“Estás loca. Darías la vida por mí, por el caballo, seguro que hasta por el mismo diablo,” me sonríe la querida Ančka.

“¡Estás viva, viva!” Un niño flaco me abraza tan fuerte que me va a dejar sin aliento. “Hermana mía, mira lo que me dieron.”

Con lágrimas de felicidad me muestra orgulloso la gorra con la estrella roja. Al menos uno de mi familia está vivo. Mejor no pregunto por los otros. ¿Pero cuánto miedo habrá pasado? ¿Y por dónde habrá andado y cómo habrá logrado llegar hasta los partisanos? Le acaricio la cabeza, que solía tener el cabello tan enrulado. ¿Pero qué ha hecho con su pelo?

“Sabes que ese comandante dijo que algo me daba vueltas por la cabeza, y entonces me afeitaron. Pero por eso me prometió que yo sería su ayudante. Correo no, porque si no debería estar de nuevo mucho tiempo solo.”

¿Ese comandante? Ahí al costado está, parado contra un tronco y sonríe. Pero no es aquel que una mañana en pleno invierno, cuando hacía veinte grados bajo cero, llegó a nuestro campo y nos echó en cara que éramos unas burguesas pusilánimes. ¡Pusilánimes burguesas! Insolente. Engreído.

“Ven con nosotros, siéntate con nosotros,” lo llama mi hermano.

“Compañera, ¿estás bien?” me pregunta. Tiene lindos ojos. Oscuros y profundos. No hay desprecio en ellos. No hay vanidad en ellos. Son ojos llenos de comprensión. ¿De respeto?

Asiento y vuelvo a apoyar la cabeza en la manta. Todavía estoy mareada. Sigo sintiendo ese remolino de agua que me tira a lo desconocido, ese remolino que casi me convence de dejarme llevar. ¿Me le escapé a la muerte? Cierro los ojos y me entrego al sueño. El mar. Estoy en el mar.

***

Un descanso. Breve. Escucho la lluvia. La escucho caer en las hojas de los árboles bajo los que estoy acuclillado.

“Avancen,” vuelvo a oír. Caray, pero si ni siquiera alcancé a sentarme. Y a seguir otra vez. Estamos mojados y embarrados. Respiro. Tan profundo como puedo. En estas largas marchas me he acostumbrado a respirar profundo y despacio. A veces, para que todo pase más rápido, cuento los segundos y cuántos pasos puedo hacer en una sola inhalación. Cada vez voy mejor.

“¿Pero no habías ido tú en busca de aguardiente de ciruelas para los heridos al monasterio? ¿No te dieron?” jadea el mulero tras de mí. Lo recuerdo desde antes de la guerra. Del pueblo vecino. Una vez nos trenzamos los de mi pueblo y los del de él frente a la iglesia nomás. Nos llamaron a todos a confesarnos. Ninguno de nosotros fue. Y nunca más traspasamos el umbral de la iglesia.

“Fui, fui. Y claro que me lo dieron.

“Y no te quedasta al menos con un poquito para nosotros,” me acicatea.

Callo. Claro que sí, pero todavía es muy temprano como para mostrarlo. Hay mucho camino por delante. Vamos a Bosnia. Ayer se nos sumaron los delegados croatas. Desconfiamos un poco unos de otros.

“¡Descanso!”

“Nada más un traguito,” susurra el mulero.

***

Ayer apresamos a alguna gente del pueblo. Cuando éramos niños, siempre andábamos juntos. Los veo sentados en el suelo, aterrorizados, esperando. Esperando. Un montón de desgraciados. Me detengo ante Milan. Antes estaba medio enamorada de él. Medio. En verdad no sé si de veras.

“¿Qué te pasó, Milan, que te uniste a estos fascistas? ¿Qué pasó? ¿Por qué no te viniste con nosotros?”

Milan baja la vista.

“Nos apuntamos con mi tío y mi primo. El tío dijo que también su hermano, mi padre, se habría unido a los belogardistas. Esos son los buenos. El párroco también le dio la razón.”

Recuerdo el día en que trajeron al padre de Milan en un carro desde el bosque. Cubrieron su cuerpo con una lona porque parece que era horroroso de ver. Los forestales habían derribado un enorme roble viejo y el padre de Milan estaba parado en el lugar equivocado. Tenía cinco hijos en casa.

Y después ahí, junto a la tumba. Cuando el párroco terminó lo suyo empezó a cantar el coro del pueblo. Milan se unió a ellos. Se paró junto a ellos y cantó a voz en cuello. Las lágrimas le corrían por las mejillas.

Qué linda mañana. Y aquí está sentado Milan ante mí, asustado. Tendría que hablar más de una vez con Milan. Tendría que contarle lo que nos dijeron los maestros en la escuela. Tuvimos suerte. ¿Suerte? Tantos buenos maestros de izquierda mandaron como castigo a nuestra ciudad. Si pienso en Kosmač. Cuando los alemanes ocuparon Chequia nos describió tan vívidamente el país y su gente que al instante casi todos nos apuntamos como voluntarios para ir a auxiliar a los checos. Por supuesto que no pasó nada después. La culpable fue sobre todo mi tía, que también enseñaba en nuestro liceo. Francés. Era horrenda.

“No se hagan los locos, chicos.”

“Pero si hace rato que no somos chicos,” porfiábamos ofendidos.

Pero en ese momento tendría que haber hablado con Milan. No lo hice.

“¿Qué hacer ahora con ellos?”

“Quizá hablar con cada uno por separado. A mí déjenme a Milan,” digo.

Milan está contento.

“Voy a ser tu correo,” me dice.

Espero, de verdad espero que no lo lamente algún día. De veras es un día maravilloso. Y esa paz deliciosa. ¡Si al menos se mantuviera así unos días!

***

Llegamos al pueblo por la mañana temprano. La gente ya nos estaba esperando. Nos llevaron hasta grandes marmitas de las que ya humeaba. ¡Cómo humea! Cacerola bosnia.

“¿Algo más?”

“¿Un poco de rakia?”

Me di vuelta sobre el heno y me dormí. Dormía.

“¡Despiértate, haragán! Hace doce horas que estás durmiendo. ¡Despierta!”

“No seas pesado. Déjame un poco más. Cinco minutos más.”

“¡Despierta! Vamos a ver a Tito. ¿Entiendes? ¡A Tito! Han elegido a cinco de nosotros para ir a hablar con él. También a nosotros dos. ¡Levántate!”

¿A Tito? Me tiemblan las piernas. ¿A Tito? Me pongo de pie de un salto, me acomodo la vieja chaqueta, escupo en la palma y me aliso el pelo. Escupo la palma, pero es muy poco como para limpiar los zapatos. En el bolsillo delantero de la chaqueta llevo el aguardiente de ciruelas que estaba destinado a los heridos y del que luego me apoderé para nosotros, para el largo viaje. ¿Se lo regalaré a Tito? ¿A Tito? ¿Un regalo esloveno?

Nos vendan los ojos. No sé cuánto tiempo hace que estamos andando. Por la montaña, hacia un valle, de nuevo a subir.

Tito. Estas malditas piernas no paran de temblar.

“Compañeros, la situación es extremadamente difícil. Estamos pensando en sacarlos a ustedes, los partisanos eslovenos, de Eslovenia, y entregar Eslovenia a los alemanes. No podemos tener todo bajo control. Es demasiado difícil.”

¿Eslovenia? ¿Entregarla? Jamás.

Tanteo la botellita de aguardiente de ciruelas en el bolsillo delantero. Está tibia. Seguirá siendo nuestra.

[1] El campo de concentración de Gonars fue construido por el régimen fascista italiano en la provincia de Udine en 1941. Fue utilizado para prisioneros civiles de la entonces llamada por la ocupación italiana “provincia de Lubiana”. Algunos de sus internos célebres fueron los poetas France Balantič, Alojz Gradnik y el escritor Vitomil Zupan. Dejó de funcionar con la capitulación del Ejército italiano, en septiembre de 1943. [n. de t.]

[2] Los blancos o belogardistas fueron los nombres con que aludían los partisanos a las milicias anticomunistas, antes guardias aldeanas, unidades civiles paramilitares que colaboraron con las fuerzas de ocupación italiana y alemana. [n. de t.]