Entrevista al último partisano

Julia Sarachu

4 de mayo de 1926, Tabor de Dornberk (actual Eslovenia). Alojzija preparó la comida, cargó todo en un canasto y subió el cerro 5 km hasta el viñedo. Allí estaban el marido y los 6 hijos trabajando al sol; detuvieron su actividad y se sentaron a la sombra para el almuerzo. En ese momento Alojzija sintió la señal, se paró y les dijo: “Vuelvo a casa porque me parece que viene el chico”; entonces saludó, se puso en camino y descendió cuesta abajo por la pendiente. Me contó mi abuelo (que en ese momento tenía 11 años) que cuando llegaron después del trabajo encontraron a Bernardo recién nacido en brazos de su madre, que lo parió sola en la casa. Bueno, tenía mucha experiencia, y no solo en partos: había sido alexandrinka[1] en Egipto; a los 25 años regresó a Eslovenia y se casó; formó una familia numerosa con todos hijos varones. Sin embargo en 1915, con los 5 primeros hijos y mellizos recién nacidos en brazos, tuvo que exiliarse a un campo de refugiados porque en el pueblo donde vivían había frente de batalla entre austríacos e italianos. Uno de los bebés no sobrevivió y murió a los pocos meses; el otro era mi abuelo. Al regresar cuando terminó la guerra, la casa estaba derrumbada; había sido bombardeada y tuvieron que reconstruirla. Alojzija todos los días alimentaba 7 hijos, al marido y al suegro, una vaca, dos cerdos y las gallinas; producía con sus propias manos manteca para vender y todas las verduras que comían en su huerta; también fabricaba la ropa de todos. Aparte del esloveno hablaba alemán, francés y un poco de árabe; le gustaba mucho leer y dicen que en su vejez escribía poesía. Vivió hasta los 80 años. Imagino a esa mujer que no conocí como una super heroína, como una mezcla de Afrodita, Artemisa y Palas Atenea. Sé que de algún modo su fuerza late en mí, aunque me siento infinitamente inferior a ella.

Increíblemente Bernardo no conocía la anécdota del día que nació, y así fue cómo me tocó a mí relatarle su propio nacimiento al comienzo de la entrevista. Durante la conversación que se realizó este año en plena pandemia (septiembre 2020), intento guiar a Bernardo a través de su experiencia como partisano durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando se desató la guerra, Bernardo tenía 12 años y quedó como único hombre en la casa junto a su madre y la esposa de su hermano mayor, embarazada de pocos meses, de modo que tuvo que hacerse cargo por sí solo del trabajo pesado del viñedo. Uno de los hermanos había muerto de niño; tres emigraron a Argentina antes de 1938; el padre murió en 1940; los dos hermanos restantes primero fueron movilizados por el ejército italiano hacia diferentes destinos, luego se unieron a los partisanos y uno de ellos murió en un enfrentamiento contra los ustaše en Dolenjska. En 1943 el ejército italiano tomó prisionero a Bernardo y lo trasladaron a Calabria. Cuando Mussolini capituló, él regresó a su pueblo en la frontera con Italia y se unió al ejército partisano hasta el final de la guerra, y bastante tiempo más también. El recorrido que describe es el siguiente: primero se refugió con los partisanos cerca de su pueblo en las montañas, cerca del monte Čaven y el bosque de Ternovo, y desde allí atacaban a las tropas del ejército nazi que hacía rastrillajes en su avanzada hacia la frontera donde se enfrentaría con el ejército ruso. Luego ordenaron a su compañía realizar el traslado de algunos heridos hacia el hospital de campaña en Bela krajina, y caminaron 4 días sin comer y casi sin dormir hasta llegar a destino. Al llegar se unió a la compañía Bela krajinski Odred que controlaba la frontera con Croacia para impedir el avance de los ustaše. Bernardo cuenta que allí sufrieron los peores enfrentamientos y padecieron la pérdida de amigos y compañeros. Luego, por un mes y medio, fue enviado al hospital de campaña en Novo Mesto, donde colaboró como enfermero bajo las órdenes de un médico ruso que le enseñó primeros auxilios. Uno de los clímax del relato se produce cuando Bernardo cuenta la historia de un partisano que llegó herido de bala en la cabeza y agonizó por varios días; cuando le pregunté por qué no lo mataron para que no sufra, contestó que nadie se atrevía a matar a un compañero, nadie tenía suficiente sangre fría. Cuando terminó la guerra, con lo que quedó de la compañía fue movilizado hacia Ljubljana; entraron en lo que parecía una ciudad fantasma; los habitantes estaban encerrados en sus casas a la expectativa de lo que pudiera pasar; finalmente los recibieron al ver que venían en paz. Los partisanos debían ocupar las principales fábricas, edificios públicos y sitios claves, así que permanecieron un tiempo en Ljubljana. Luego lo enviaron a cuidar la fábrica de acero en Jesenice, donde también fue comisionado para recibir a los hombres, mujeres, ancianos y niños que traían en tren de los campos de concentración en Alemania; debían recibirlos y escoltarlos hasta la frontera con Croacia, desde donde los enviaban a sus casas. Finalmente lo enviaron a patrullar la frontera con Italia cerca de Kobarid. En ese momento Bernardo cuenta una anécdota que parece trivial, un hecho que lo marcó aunque pueda parecernos insignificante: llegó una orden según la cual todos los soldados debían ser completamente rapados, porque había epidemia de piojos. Bernardo no quería que le cortaran el pelo; cuando le pregunté por qué, dijo que iba a los bailes y a las chicas no les gustaban los hombres rapados. Quiso oponerse pero lo obligaron de todos modos; en ese momento le preguntó al comandante: “¿Y dónde está la libertad por la que peleamos?, y el comandante le respondió: “En el ejército no hay libertad”. Bernardo dice que él era una persona dócil y aceptó la orden, pero decidió irse del ejército en ese momento; pidió la baja y lo enviaron nuevamente a Ljubljana. Allí intentaron persuadirlo varias veces de que permaneciera en el ejército porque lo necesitaban, pero se negó tres veces. Cuenta que había muchos como él en esa situación; algunos tenían alto rango, pero todos querían dejar el ejército, querían desesperadamente volver a sus casas con su familia, volver como sea a la vida normal que en un momento se había detenido: habían sido arrastrados voluntaria e involuntariamente hacia el absurdo y la locura de la guerra. Por eso la anécdota del corte de pelo, aunque resulte un hecho insignificante y un poco humorístico, resume bastante bien la sensación de hartazgo de la marcha forzada a través de innumerables situaciones que tuvo que padecer un joven que desde los 12 años, cuando comenzó la guerra, fue obligado a hacerse cargo de la casa, luego arrastrado como un títere en calidad de prisionero por los italianos y, finalmente, involucrado voluntariamente, pero bajo las órdenes del ejército partisano, en batallas sangrientas donde vio morir a sus amigos, en caminatas interminables por la nieve con hambre y frío. ¡Basta! Entonces un hecho insignificante resulta revelador: “En el ejército no hay libertad”. Sin embargo, necesita ser libre, aunque más no sea para usar el pelo como quiera.

Bernard y partisanos
Bernard y partisanos

La entrevista expone la cuestión de la lucha partisana como reacción de autodefensa ante la ocupación extranjera: Bernardo se presenta a sí mismo como un simple joven campesino, su discurso no está contaminado de ideología, su incorporación al ejército partisano se manifiesta como la decisión en un momento crucial, determinada por las circunstancias. Los nazis hacían requisas permanentes para capturar a todos los jóvenes que estuvieran en edad de unirse a los partisanos, y para evitarlo los enviaban a campos de concentración; por lo tanto, Bernardo no podía quedarse en casa. Pero unirse a los domobranci (eslovenos colaboracionistas) no era una opción: quizás los únicos momentos ideológicos de la entrevista aparecen cuando menciona a los domobranci como “los traidores”, “los que se vendieron” o los “alcahuetes de los alemanes”; sin embargo, también habla de “guerra entre hermanos”, “hermano contra hermano”, y en ese momento se muestra afligido y le brillan los ojos. Bernardo dice que a ellos los movilizaba el deseo de expulsar a los italianos y los nazis de donde vivían. La experiencia de la lucha partisana en primera persona resulta interesante justamente porque condensa todas las contradicciones, paradojas, el absurdo de las situaciones junto a la motivación real y plenamente justificada de la reacción de autodefensa, unida al aspecto involuntario, inconsciente, que arrastra al hombre a través de la vida en momentos decisivos hacia su destino. Porque en eso justamente consiste la tragedia de la humanidad: más allá de lo que piense, diga o decida, hay un aspecto de la realidad que el ser humano no controla, pero lo determina. En el dolor, la humanidad experimenta la toma de conciencia de dicha determinación.

Al final del video de la entrevista he agregado una anécdota más que extraje de otro encuentro virtual. En ese relato breve, Bernardo cuenta un hecho que ocurrió cuando fue herido durante un enfrentamiento con el ejército alemán y huyó a su casa, donde permaneció dos meses. Pero los alemanes hacían requisas permanentes en las aldeas buscando partisanos escondidos para ejecutarlos o mandarlos al campo de concentración. En una oportunidad irrumpió un oficial en la casa durante la madrugada para hacer el control. Bernardo estaba en la cama durmiendo. Cuando el oficial entró en la habitación vio en el techo, justo arriba de la cama, patas de jamón colgadas que se estaban estacionando. El oficial alemán miró los jamones y el hambre pudo más: descolgó uno y se fue sin preocuparse por Bernardo, de modo que salvó su vida por un jamón. Entonces su madre le dijo que se fuera de inmediato, que no permaneciera más en la casa porque lo iban a capturar, y Bernardo ese mismo día volvió con los partisanos. Mi abuelo me contó esa historia muchas veces cuando era niña. En el libro Las bellezas del lobo (Gog y Magog, 2007) publiqué un poema realizado a partir de esa anécdota en el que se cuenta el hecho desde el punto de vista de la madre y luego desde el punto de vista de Bernardo, transformado por mi imaginación. A continuación, agrego el poema para que los lectores puedan comparar y observar el proceso de composición desde tres puntos de vista: el relato del hecho contado por quien lo vivió, la versión poética de la anécdota filtrada por el relato de mi abuelo y mi fantasía y, por último, la explicación anterior. Les propongo este experimento como una especie de filosofía de la composición al estilo Poe.

En este momento, Bernardo Vodopivec tiene 94 años y vive junto a su familia en San Luis, Argentina. El estilo de la entrevista es informal y el trato con el entrevistado cercano y personal; sin embargo, el contenido conceptual y emocional del relato de la experiencia de la guerra en primera persona resulta universal; por otro lado, muestra hasta qué punto también nuestra  historia y cultura argentina, y el presente social en que vivimos inmersos, se encuentran determinados, no absolutamente, pero sí en gran medida, por los hechos que ocurrieron en esa guerra cruel y sangrienta del siglo XX que produjo un éxodo masivo y en la que murieron 50 millones de personas. Ahora el capital ya no necesita producir enfrentamientos armados para dominar a la gente cuando la situación se va de control; ha desarrollado la biotecnología para conducir a la masa humana y obligar de manera eficiente, sin necesidad de afrontar responsabilidades históricas ni tribunales de posguerra.

Se recomienda seguir el relato con visión detallada del mapa que lo acompaña (puede ampliarse aquí).

Mapa

HAMBRE

I

Después de escalar tres horas
con una canasta sobre la cabeza
llegué al viñedo.

Dentro del galpón
acurrucado
encontré a mi hijo herido.
Lo llevé a casa
saqué la bala, vendé el brazo
fiebre
le di de beber
y lo acosté en la cama.

Esa tarde a la hora
del control de los soldados
abrí la puerta de casa
temblando.
A través de las salas
conduje al guardia
cuando entró en la habitación
y vio a Bernardo
preguntó qué le pasaba
por qué estaba acostado.
Dije que estaba enfermo
engripado
el nazi levantó la mirada
pendía del techo
una gran pata de jamón
estacionado.
Sus ojos se iluminaron
preguntó
si podía llevárselo
contesté que sí, lo desató con cuidado
dio gracias y se fue
con el jamón bajo el brazo.

II

Fogoso límite este
donde las cosas empiezan a existir
y dejan de existir.
Por un anhelo por una nostalgia
los átomos empiezan a girar;
primero un latido
hasta el estallido final
y algo es para no ser.
Remueve la pesada eternidad
se ubica, es masa, es tiempo,
es una impenetrable ubicuidad
ahora nada ni nadie
puede ocupar su lugar
y entramos en una trágica soledad.
Podía sentir mi nacimiento
como el pasado de un planeta,
de las plantas, de las aguas.
Dividir aguas
y dos orillas
ya ni ojos ni oídos
sólo abrir la boca
como un pez moribundo
respirar aire y luz que sin destino
en estrecha danza
se escapaban por la herida
sin embargo avanzar
era el impulso de una fiera enloquecida.
En la otra
yo viajaba en la música del primer estallido
y era un dulce estar
fervor de mediasombra
en la luz misteriosa de los eclipses.
En el avance la tierra es piedra
pero la sangre retrocede,
ahora, memoria y sueño intrauterino
chapoteo acuoso
de líquido amniótico en mis botines.
Oleadas de vibraciones me llegan
como aquel canto materno
durante mi gestación.
En este punto cero
vi el despliegue de
todos los ángeles y todos los demonios
pero en paz,
vi caminatas descalzas en la nieve
una cena frugal
fragmentos de algún relato
alrededor del hogar
de una fruta robada
fresca y virtual.

No siento la saliva
y con hartazgo de desierto
retrocedo a un estado elemental,
así en abanico
un silbo de serpientes holgazanas
me viene a rodear
es un delirio que tuerce piernas
y brazos a una posición fetal.
Navego por una semipenumbra
como la luz que entra por los ojos
cuando todavía dormido
se está en las vísperas del despertar
y ella que entre balas y bombas
otra vez me esperó nueve meses
me vuelve a rescatar
tengo olfato de viñedo y madre
un olfato animal.
Grito y llanto separan las tinieblas
y el llanto
no es el de las lloronas antiguas
que lloran por ellas.

Me despierto en una cama blanca
de sábanas blanqueadas con ceniza
con la herida acabada de lavar,
pero otra vez el silbo de serpientes holgazanas
me viene a buscar.
Entra un general
pregunta por el origen de mi mal
mi madre contesta una simple dolencia
como si lloviera o nevara
pero contesta en alemán;
pregunta y respuesta suspendidas
en el aire helado de terror muerte y poder
espacio liminar e instantáneo que separa
los segundos de la eternidad.
La palabra, el dolor y el hambre
crean una extraña hermandad;
sus ojos recorren las paredes y el techo
corta un jamón y se va.

Ya no importa la inutilidad
del pájaro que en el aire agita las alas
sin poder avanzar,
potencia el movimiento conoce su secreto
aunque esté siempre en el mismo lugar.
Posiblemente la vida
me legaba su última herencia
ya ningún momento podía ser opaco
o vulgar.
Raro sentimiento, extraña forma del amor
aunque más adelante yo no pudiera avanzar
iba inspirado por la voluntad de caminar.
Ahora,
en la placidez urbana
del barrio de Florida
se me hace leve el matiz
entre la nostalgia y el arraigo
la vulgaridad y la brillantez,
vivo la vida con pasión,
sin accidentes
la vivo por ella misma
terrón oscuro o atavismo ancestral
que uno abraza como a un hijo
soy como dueño de mi propio nacimiento,
fervor de mediasombra
en la luz misteriosa de los eclipses.

Notas

[1] A fines del siglo XIX comienzos del XX muchas jóvenes eslovenas viajaron masivamente a las colonias europeas en África en busca de trabajo. Algunas trabajaban como empleadas domésticas o cuidaban a los hijos de las familias europeas. Se las llama alexandrinke; mi bisabuela fue una de ellas; a los 15 años, en 1895, viajó a Egipto, donde trabajó cuidando los hijos de una familia francesa; así aprendió a hablar francés y un poco de árabe.