“El oficio”, de Serguéi Dovlátov

Nahuel Campos – Instituto Superior del Profesorado “Joaquín V. González”, Buenos Aires

La historia de la literatura rusa, especialmente durante el período soviético, está íntimamente relacionada con los problemas ligados a la censura. Algunas de las grandes obras que desafiaban, abiertamente o no, la doctrina del “realismo socialista”, debieron publicarse y circular de forma clandestina, mecanismo que se denominó samizdat[1]. Por ejemplo, la conocida novela Doctor Zhivago, de Borís Pasternak, y el poema Réquiem, de Anna Ajmátova, circularon de ese modo. El escritor Serguéi Dovlátov fue uno de los que, al no encontrar lugar en aquel sistema cerrado y opresor, tuvo que girar hacia este tipo de publicaciones. Como tantos otros, él veía cómo se truncaban sus aspiraciones de editar y de ser leído en su patria. El dilema con el que Dovlátov se enfrenta a lo largo de El oficio y otros libros es el derecho a escribir sobre los temas que él deseara y de la manera que deseara. Este posicionamiento de Dovlátov lo coloca en un lugar de lucha y discusión con la doctrina oficial y sobre los temas a escribir. Muchos de los momentos más significativos de este libro giran en torno a la problemática de la censura y al carácter muchas veces ilógico de esta. Superar las trabas impuestas por el aparato de censura estatal resulta casi imposible, porque siempre hay una razón, por más ridícula que sea, para negar la publicación de un libro.

El oficio, recientemente publicado en nuestro medio por la Editorial Añosluz y traducido por Irina Bogdaschevski (traducción sobre la que hablaremos más adelante) resulta un interesante registro de las vicisitudes, malos entendidos, rechazos y riesgos que debió vivir Dovlátov para ser publicado, primero en su patria y luego en Estados Unidos. Sin embargo, todo esto nos lo cuenta con una escritura cálida, franca y sencilla. De hecho, muchas veces, la literatura de Dovlátov se acerca enormemente a lo que podríamos definir como una anécdota que alguien cuenta en una reunión. No exige interpretaciones, no hay en ella palabras altisonantes o un léxico fuera de lo común. La lengua en las obras de Dovlátov es simple, fácil de seguir, aunque no por ello pobre. Es una literatura pura, libre, propia del autor y de su generación: la generación de la apatía y de la emigración; la generación que se organizaba para hacer circular escritos de forma clandestina porque no serían publicados. ¡Nada peor para alguien que desea ser escritor que no ser publicado en su tierra y en su lengua! Pero no por ello se trata de una literatura menor, sino todo lo contrario: en su realismo extremo, en su ironía sorda, en aquellos personajes que sobreviven al día a día, predomina la forma, el intento de construir un relato a partir de las propias experiencias del autor. En todo esto está el deseo del escritor de no ser olvidado. Sus personajes son los mismos con los que su vida se entrecruza. Estos son escritores, poetas, intelectuales que comprenden que el destino es escapar o morir en el más completo olvido.

Por fortuna para aquellos que somos adeptos a Dovlátov y su crudeza, no desde las imágenes truculentas, sino desde su la sencillez de su forma de expresarse, él logra emigrar y allí[2], lejos de su tierra, consigue, de alguna manera, que le publiquen varias de sus obras. El presente libro en realidad son dos. Dos historias contadas en distintos momentos de la vida del autor, pero que poseen un tema en común: la necesidad y el deseo máximo de ser publicado. La búsqueda desesperada de seguir adelante con su vocación de escritor y compartir con Gógol “el derecho a publicar lo escrito. Quiero decir, el derecho a la inmortalidad o al fracaso”.

La primera parte de este libro doble transcurre en la Unión Soviética entre los años 60 y 70 y se titula, muy acertadamente, “El libro invisible”.  En esta primera etapa, Dovlátov nos cuenta todas las desventuras que tuvo que afrontar, las situaciones tragicómicas vividas en su empeño por convertirse en un escritor publicado. El libro invisible, casi fantasmal, que aparece mencionado, es La zona, un libro de relatos inspirados en sus experiencias como guardia de un campo de prisioneros en Komi. En “El libro invisible” seguimos al Dovlátov narrador y personaje que ve cómo sus expectativas de ver publicado su primer libro se esfuman por tecnicismos ridículos: el pretexto de que es demasiado talentoso o por no mencionar las bondades del sistema soviético. Todas estas respuestas son la forma en que el narrador nos dice que su libro es víctima de la censura por parte del Estado. Esto lo hace sin mencionar ni una sola vez el término de forma directa, son formas educadas de decirle que su obra jamás verá la luz del día. Su libro es invisible porque aunque ya está escrito, nadie lo puede ver, ni leer, porque no es publicado. Es censurado una y otra vez.

En “El libro invisible”, además, vemos sus comienzos en la Universidad de Leningrado, su amistad con otros escritores y poetas, entre ellos, su gran amigo, el futuro Premio Nobel Joseph Brodsky, quien tendrá un papel fundamental en la publicación de sus libros. Las páginas lo llenan a uno de desazón al leer cómo el Dovlátov personaje ve cómo se le esfuman sus ilusiones de ser reconocido en su patria a través de su obra sin siquiera haber sido leído; porque también es el relato trágico de toda una generación: la de los que debieron emigrar, los que no tienen voz. Sin embargo, no hay que leer en esto un simbolismo o alguna metáfora de la época. No es necesario.

OFICIO TAPA 1-11
Buenos Aires, Añosluz Editora, 198 pp. ISBN 978-987-4083-04-3

La segunda parte transcurre ya en Estados Unidos, y se llama “El periódico invisible”. Dovlátov emigra con su familia y busca la forma de sobrevivir a un mundo que le es completamente ajeno. Hay cierta melancolía por la pérdida de la lengua materna, fundamental para un escritor. Junto con otros emigrantes, periodistas de profesión como él, se embarca en la búsqueda de inversores con el fin de fundar un nuevo periódico ruso. Son muchas las peripecias que atraviesan Dovlátov y sus colaboradores para conseguir el dinero para publicarlo, como cambiar artículos porque hablan del cerdo, animal prohibido para los judíos o entrar en ropa interior a buscar a uno de los colaboradores del periódico porque se estaba incendiando la redacción. Lo que apreciamos en esta etapa son los obstáculos y los prejuicios que encuentran los emigrantes al llegar a la “tierra prometida”. América es la tierra de la libertad, pero ya está descubierta y hay quienes ponen las reglas.

En estas dos mitades del libro no hay interpretación ni intertextualidad que valga, los personajes son los compañeros y amigos con los que Dovlátov (personaje) convive, se encuentra, discute y recuerda. Son gente común que se encuentra en la calle ganándose la vida de la mejor manera posible. En esta obra se entremezclan ambos, el escritor y el personaje. Es una novela con un claro carácter autobiográfico, como toda la obra de Dovlátov: es su vida mediada por la forma en la que está escrita y los sucesos que se narran.

Así como el fantasma de su manuscrito de La zona atraviesa toda la primera mitad de El oficio, también leemos una gran cantidad de episodios que lindan con el ridículo pero que, aunque aislados, dan material al escritor para mostrarse. Son sus experiencias de vida, sus anécdotas, lo que nos cuenta a los lectores en confianza. Son muchos los episodios narrados, todos marcados por la ironía y el realismo absurdo que caracteriza al autor. Muchas de esas anécdotas resultan memorables, de las cuales nos gustaría mencionar algunas que revelan el carácter de los acontecimiento narrados que tanto influyeron en el destino personal de Dovlátov: cuando es contratado para escribir un guion para un documental sobre el escritor Iván Bunin, ganador del Premio Nobel, y el proyecto se cancela por ser aniversario del nacimiento de Lenin; más adelante, vuelve a embarcarse en un nuevo proyecto cinematográfico, encargado por dos armenios que resultan ser estafadores. Tiempo después, cuando todo parece encaminarse hacia la publicación de su libro, el narrador tiene la desgracia de que encuentren su manuscrito durante un allanamiento en la casa de un presunto enemigo del Estado, lo que nuevamente echa por tierra sus aspiraciones. Otro episodio de sus desdichas tiene lugar en Estados Unidos: Dovlátov y otros emigrados se juntan con un mafioso en busca de fondos para abrir su periódico y este resulta ser un militante del Partido Comunista; pero quizá uno de los golpes más duros que pega el libro sea cuando el propio Dovlátov toma un trabajo en la revista Kostior, y tiene como tarea acabar con los sueños de otros autores de ver sus libros publicados. El propio autor lo dice mejor: “Yo era al mismo tiempo predador y víctima”. Como en los relatos de La zona, donde Dovlátov era guardia de prisión a la vez que víctima.

Todas estas anécdotas se muestran en el libro con el estilo particular del escritor. Hay episodios que son narrados con simpleza pero que generan sensaciones: bronca, ira, risa y ternura. Hay mucha ternura, pero también una ironía cálida sobre su vida y la de aquellos que son como él: intelectuales censurados y perseguidos que terminan convirtiéndose en emigrantes. También hay humor, como en una reunión entre amigos y donde siempre hay uno que nos dice “no sabés lo que me pasó…” y empieza a contarnos episodios de su vida cotidiana. Ese humor que está en la respuesta a una declaración absurda o una pregunta sin sentido. El humor como herramienta para sobrevivir al horror y la apatía de la época.

Ficción y realidad se mezclan en las páginas de El oficio. La forma, el cómo el escritor genera esas sensaciones o crea el ambiente en que ocurren, es lo que predomina en este relato y en toda la obra de este autor. La riqueza no está tanto en los temas, como en el estilo, en la cadencia de sus frases, como si Dovlátov las hubiese escrito pensando en ser recitadas, más que para ser leídas. A estos elementos, hay que sumarle el uso de cartas y documentos oficiales que el escritor incluye para darnos a entender que aquellos episodios ocurrieron realmente, como la declaración del Komsomol luego del Encuentro de la Juventud Creativa, donde afirmaban sobre el joven Dovlátov que “cuanto más talento tiene el oponente ideológico, más peligroso es”; este comentario, casi un halago, es lo menos terrible de un documento que execra antisemitismo y odio en cada una de sus líneas. La reacción de Dovlátov (narrador) es de ira, más que entendible; mas la lectura de aquel texto da pavor y le da a entender al lector los problemas de los artistas en ese período.

Constituyen uno de los elementos más llamativos y valiosos de la obra los extractos de sus cuadernos de notas, bautizados como “Solo de Underwood”, detalles exquisitos que dan más profundidad a ciertos personajes y anécdotas. La inclusión de los “Solo de Underwood” crea una suerte de collage, donde el material crudo de sus obras no solamente son sus anécdotas sino que da cuenta de su trabajo como escritor, del cuaderno de notas como un elemento más de la creación literaria.

Leer cada mitad de novela es un ejercicio literario fantástico, donde en la primera parte se puede percibir la ira y la frustración de este aspirante a la inmortalidad en el panteón de las grandes letras rusas ; y en la segunda, la incertidumbre y apatía de un hombre sin muchas opciones, pero que, a pesar de todo, finalmente puede alcanzar su sueño de ver su manuscrito traducido y publicado en los Estados Unidos y de que sus relatos sean leídos en la revista The New Yorker y admirados por otros escritores. En ese momento, la felicidad es imposible contenerla. Lo logró. Objetivo cumplido.

La traducción resulta en este caso una herramienta más que ayuda a lograr la conexión precisa con el texto. El mismo Dovlátov (personaje y escritor a la vez) desconfiaba de la traducción al inglés de sus relatos: “Todos ellos (sus personajes) hablan un argot salvaje. La mayor parte de su lengua no la entiende ni mi mujer.” Las palabras y variedades, como el voseo en los diálogos o palabras del lunfardo, propias del dialecto rioplatense que aparecen en el relato, no entorpecen la lectura: la hacen más realista. Es posible imaginar a Dovlátov, a Baskin o a cualquier otro personaje dovlatoviano hablar con el equivalente ruso de nuestro castellano. Todos estos detalles permiten captar el tono de la ironía salvaje de Dovlátov, y el tinte hasta ridículo de muchos de sus sucesos.

Lo que es posible sentir en el relato es esa búsqueda de la palabra justa, precisa, para hacernos entender a los lectores que las anécdotas, las experiencias y las vivencias que ocurren pasaron de verdad. La novela no intenta justificar la realidad ni a sus personajes. No hay grandes tragedias morales ni lecciones que aprender. Está la vida y la necesidad de sobrellevarla lo mejor posible. Dovlátov lo intentó con su literatura y, para nuestra suerte, podemos disfrutar de ella.

Notas

[1] La palabra samizdat está formada por la raíz rusa sam- (que significa por uno mismo) e -izdat (editar). Este término se utiliza para describir la literatura que circulaba dentro de la Unión Soviética a pesar de la fuerte censura instalada por el régimen.

[2] Allí tiene una significación especial para gran parte de la disidencia rusa en el extranjero. Allí (en ruso, tam) se relaciona con el tamizdat, es decir, la literatura rusa que era publicada en el extranjero por estar prohibidas en la Unión Soviética y que, en algunos casos, ingresaban al país de forma clandestina.