El año 4338

Vladímir Odóievski

Traducción: Alejandro Ariel González

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Cartas de Petersburgo[1]

Prólogo

Nota. Estas cartas fueron provistas a quien suscribe por un hombre muy notable en varios aspectos (no desea dar a conocer su nombre). Tras realizar durante algunos años experimentos mesméricos, alcanzó tal grado de maestría en ese arte que puede inducirse voluntariamente el estado de sonambulismo; lo más curioso de todo es que puede elegir previamente el objeto al que se dirigirá su magnética visión.

De esa manera, se traslada a cualquier país, época o situación de quien sea casi sin mayor esfuerzo; su capacidad innata, ejercitada por largo tiempo, le permite contar o anotar todo lo que ve en su fantasía magnética; cuando se despierta, olvida todo y él mismo lee, con no menos interés, lo que ha escrito. Los cálculos de los astrónomos, que demuestran que en el año 4339, es decir, dentro de dos mil quinientos años, el cometa Biela chocará indefectiblemente contra la Tierra, dejaron pasmado a nuestro sonámbulo, que quiso averiguar en qué estado se encontraría el género humano un año antes de aquel terrible momento; qué dirían de este, qué impresión causaría en la gente y, en general, cuáles serían entonces las costumbres, el modo de vida; qué formas habrían adquirido los sentimientos más fuertes del hombre: la ambición, la curiosidad, el amor. Con esa intención, se sumió en un estado de sonambulismo que se prolongó bastante tiempo; cuando salió de él, el sonámbulo vio ante sí hojas con profusas anotaciones por las que supo que, durante su trance, fue un chino del siglo XLIV, viajó por Rusia y mantuvo una intensa correspondencia con un amigo suyo que se había quedado en Pekín.

Cuando el sonámbulo refirió el contenido de esas cartas a sus conocidos, estos le plantearon distintas objeciones; algunas cosas les parecían demasiado habituales, otras, imposibles; él respondió: «No lo discuto; es posible que la fantasía sonambúlica a veces engañe, puesto que en mayor o menor medida se encuentra bajo la influencia de nuestros conceptos actuales y a veces se desvía del verdadero camino siguiendo leyes hasta ahora inexplicables». Sin embargo, si consideramos el relato de mi chino a la luz de lo que hoy sabemos, no se puede decir que estuviera tan equivocado; en primer lugar, los hombres siempre seguirán siendo hombres, como ha sucedido desde el origen del mundo, con las mismas pasiones e impulsos; por otra parte, las formas de sus pensamientos y sentimientos, y en particular de su existencia física, ha de experimentar grandes modificaciones. A uno puede parecerle extraño su concepto sobre nuestro tiempo; uno supone que nosotros sabemos más, por ejemplo, sobre lo que ocurrió hace dos mil quinientos años; sin embargo, adviertan que el rasgo característico de las nuevas generaciones es ocuparse del presente y olvidar el pasado; la humanidad, como dijo alguien, es como una piedra arrojada desde arriba que sin cesar acelera su movimiento; las futuras generaciones tendrán tantos asuntos acuciantes que atender que olvidarán el pasado aún más que nosotros; a eso contribuirá la inevitable destrucción de nuestros monumentos escritos; en efecto, se sabe que en algunos países, por ejemplo, en Estados Unidos, los libros, por culpa de ciertos insectos, no duran siquiera una centuria; pero, además, cuántos otros factores habrán de destruir nuestro papel de pulpa al cabo de unos siglos; digan, por ejemplo, qué sabríamos de los tiempos de Necao, incluso de Darío I el Grande, de Psamético, de Solón, si los antiguos hubieran escrito en nuestro papel y no en papiros, pergaminos o, mejor aún, en tablas de piedra; no ya dentro de dos mil quinientos años, sino de mil quedará apenas algo de nuestros libros; desde luego, algunos de ellos serán reimpresos, pero, cuando desaparezcan los originales, surgirán entonces errores aparentes y verdaderos que no habrá cómo cotejar; las conjeturas añadirán una nueva cantidad de errores, mientras que las copias más cercanas en el tiempo desaparecerán a su vez; imaginen todo ello y se convencerán de que, dentro de dos mil quinientos años, los hombres tendrán sobre nuestro tiempo una noción mucho más vaga de la que nosotros tenemos sobre el siglo VII a. C., es decir, hace dos mil quinientos años.

La extinción de razas de caballos es también un hecho evidente, del que existen miles de ejemplos en nuestros días. Por no mencionar los animales antediluvianos, los enormes lagartos que, como demostró Cuvier, habitaron alguna vez nuestro planeta; recordemos que, según el testimonio de Heródoto, había leones en Macedonia, Asia Menor y Siria, y ahora se los ve rara vez aun más allá de Persia y la India, las estepas arábigas y África. La reducción del tamaño de los perros también ha sucedido casi ante nuestros ojos, y puede ser provocada artificialmente, del mismo modo en que los jardineros convierten coníferas y grandes árboles caducifolios en pequeñas plantas para maceta.

Los éxitos actuales de la química hacen posible suponer la invención de un cristal elástico cuya falta siente hoy nuestra industria y que, en su tiempo, le fue presentado a Nerón, hecho que aún ningún historiador ha puesto en duda. El actual uso terapéutico de los gases también habrá de convertirse en algo cotidiano, al igual que la pimienta, la vainilla, el alcohol, el café, el tabaco, que en su tiempo solo eran utilizados como medicamento. De los aerostatos huelga hablar; si hoy, ante nuestros ojos, las máquinas de vapor son el resultado de una tetera casualmente cubierta por un peso, ¿quién puede dudar de que, a lo mejor, antes de que termine el siglo XIX los aerostatos serán de uso masivo y cambiarán las formas de la vida social mil veces más que las máquinas de vapor y el ferrocarril? En una palabra, continuaba mi amigo, en el relato de mi chino no encuentro nada cuya existencia no pueda derivarse naturalmente de las leyes generales de desarrollo de las fuerzas humanas en el mundo de la naturaleza y el arte. Por consiguiente, no cabe acusar de exagerada a mi fantasía.

Hemos considerado necesario publicar estas líneas en calidad de prólogo a las cartas que siguen.

Príncipe V. Odóievski

***

De Ippolit Tsunguíev, estudiante de la Escuela Central de Pekín, a Linguín, estudiante de la misma escuela.

Constantinopla, 27 de diciembre de 4337.

Carta primera

Te escribo una palabras, querido amigo, desde la frontera del Reino del Norte. Hasta ahora mi viaje ha sido exitoso; con la velocidad de un rayo hemos atravesado el túnel del Himalaya, pero, en el túnel del Caspio, dimos con un obstáculo inesperado: seguramente has oído acerca de un enorme aerolito que hace poco surcó el hemisferio sur; ese aerolito cayó cerca del túnel del Caspio y obstruyó el camino. Tuvimos que abandonar el coche eléctrico y, resignados, abrirnos paso a pie entre los montones de meteórico hierro; en ese momento, en el mar, se había desatado una tempestad; el canoso Caspio rugía sobre nuestras cabezas y parecía que en cualquier instante se arrojaría sobre nosotros; en efecto, si el aerolito hubiera caído unos metros más allá, el túnel sin duda habría colapsado y el enfurecido mar se habría vengado del hombre por su descarada osadía; pero, sin embargo, esta vez el arte humano soportó la presión de la salvaje naturaleza; a pocos pasos de allí nos aguardaba en el túnel un coche eléctrico nuevo, magníficamente iluminado por lámparas galvánicas, y en un abrir y cerrar de ojos dejábamos atrás las torres de Erzurum.

Ahora, ¡ahora escucha y atérrate! ¡Estoy subiendo a un galvanostato ruso! Al ver esas naves aéreas, confieso que me olvidé hasta de las exhortaciones del abuelo Orli, del propio peligro y de todos nuestros conceptos sobre ese objeto.

Di lo que quieras, pero volar por el aire es un sentimiento innato del hombre. Por supuesto, nuestro gobierno ha hecho bien en prohibir viajar por el aire; en el estado de ilustración en que nos encontramos, aún sería prematuro siquiera pensar en ello; accidentes que han costado la vida a decenas de miles de personas demuestran que la estricta medida que tomó nuestro gobierno era necesaria. Sin embargo, en Rusia las cosas son completamente distintas; si vieras con qué sonrisa de sorna los rusos escuchaban mis recelos, mis atemorizadas preguntas… ¡no me entendían! Tienen tanta fe en el poder de la ciencia y en la propia fuerza moral que para ellos volar por el aire es lo mismo que para nosotros viajar en ferrocarril. Por lo demás, los rusos tienen derecho a reírse de nosotros; cada galvanostato es dirigido por un profesor; dispositivos muy delicados y complejos muestran el cambio en las capas del aire y advierten sobre la dirección del viento. Muy pocos rusos padecen la enfermedad del aire; gracias a su robusta complexión, en las capas más elevadas de la atmósfera casi no sienten ni opresión en el pecho ni flujo de sangre a la cabeza; quizás el hábito tenga mucho que ver en ello.

No obstante, no puedo ocultarte que también aquí ha cundido una gran inquietud. En la estación aérea me encontré al ministro ruso de Galvanostática junto con el ministro de Astronomía; alrededor de ellos se había apiñado un sinnúmero de científicos; examinaban los galvanostatos y aerostatos del correo, activaban diversos instrumentos y aparatos; la angustia se les reflejaba en el rostro.

Sucede, querido amigo, que la caída del cometa Halley, o, si prefieres, su colisión contra la Tierra, ya parece un hecho seguro; se estima que caerá este año, pero aún, por diversas razones, es imposible determinar la fecha y el lugar exacto de la caída.

San Petersburgo, 4 de enero de 4338.

Carta segunda

Por fin me hallo en el centro del hemisferio ruso y de la ilustración mundial; te escribo sentado en una hermosa construcción sobre cuyo techo convexo dice con enormes letras de cristal: «Hotel para recién llegados». Aquí ya tienen esa costumbre: todos los edificios suntuosos cuentan con techos de cristal o están revestidos con tejas blancas también de cristal, y el nombre del dueño está compuesto con cristales de colores. De noche, cuando los edificios están iluminados por dentro, esas brillantes hileras de tejados ofrecen un vista mágica; además, esa costumbre es muy útil; no ocurre lo mismo entre nosotros, en Pekín, donde de noche es imposible reconocer desde arriba la casa de tus conocidos y debes descender a tierra. Volamos muy despacio; si bien aquí los aerostatos del correo están muy bien fabricados, nos demoraba sin cesar el viento en contra. ¡Figúrate: tardamos casi ocho días en llegar aquí desde Pekín! ¡Y qué ciudad, querido compañero! ¡Qué magnificencia! ¡Qué inmensidad! Mientras la surcaba, creí en la mítica leyenda de que aquí alguna vez había dos ciudades, una llamada Moscú y otra precisamente Petersburgo, y que estaban separadas poco menos que por una estepa. En efecto, en esa parte de la ciudad que se llama Moscú y donde se conservan las majestuosas ruinas del antiguo Kremlin, hay algo singular en el carácter de la arquitectura. Por lo demás, no esperes grandes novedades de mi parte; casi no he podido examinar nada, porque mi tío llevaba mucha prisa; solo he reparado en esto: aquí los caminos aéreos están en perfecto estado. ¡Ah, sí!, ya me olvidaba… también volamos hacia el ecuador, pero solo por un rato, para mirar el comienzo del sistema de calefacción, que desde aquí se extiende casi por todo el hemisferio norte. En verdad, ¡una obra digna de asombro! ¡El trabajo de los siglos y de la ciencia! Figúrate: aquí unas máquinas enormes introducen sin pausa aire caliente en tuberías conectadas a los principales reservorios, a los cuales se conectan todos los depósitos de calor especialmente construidos en cada ciudad de este vasto Estado; desde los depósitos urbanos, el aire cálido es conducido en parte a las casas y jardines cubiertos y en parte hacia el camino aéreo, de modo que en toda la ciudad, pese a lo riguroso del clima, casi no hemos sentido frío. ¡Así fue como los rusos vencieron incluso sus hostiles condiciones climáticas! Me han dicho que aquí la sociedad de industriales quería proponer a nuestro gobierno proporcionar, a la inversa, aire frío directamente a Pekín, para refrescar las calles; pero ahora no están para eso: todos están preocupados por una sola cosa, el cometa que debe destruir nuestra Tierra dentro de un año. Sabes que mi tío fue enviado a Petersburgo por nuestro emperador para llevar adelante negociaciones precisamente sobre ese tema. Ya ha habido varias reuniones diplomáticas; nuestra tarea consiste, primero, en inspeccionar todas las medidas que se están tomando contra esa desgracia, y, segundo, en hacer ingresar a China en una alianza de Estados que pretende compartir los costos ligados a aquella. Por lo demás, los científicos de aquí están muy tranquilos y dicen con resolución que, si los obreros no pierden la presencia de ánimo al activar los dispositivos, será muy posible prevenir el impacto del cometa contra la Tierra; solo hay que saber con anticipación hacia qué punto se dirige el cometa; pero los astrónomos prometen calcular eso con precisión tan pronto como se pueda ver el cometa en el telescopio. En una de mis próximas cartas te contaré todas las medidas que el gobierno ruso ha tomado en el asunto. ¡Cuánto conocimiento! ¡Cuánta profundidad de pensamiento! ¡Asombrosa erudición, y aún más asombrosa inventiva la de este pueblo!

Se ve a cada paso. Ya por la sola y audaz idea de hacer frente a la caída del cometa puedes juzgar el resto: todo a esa escala, y a menudo, confieso, pienso con vergüenza en el estado de nuestra patria; es cierto, sin embargo, que nosotros somos un pueblo joven, y que aquí, en Rusia, la ilustración se cuenta por milenios: solo eso puede consolar nuestro amor propio nacional. Cuando contemplo todo lo que me rodea, suelo preguntarme, querido compañero, qué sería de nosotros si, hace quinientos años, no hubiera nacido nuestro gran Jun-Guin, que despertó finalmente a China de su secular modorra o, mejor dicho, de su inerte estancamiento; si no hubiera destruido los vestigios de nuestras antiguas y pueriles ciencias; si no hubiera sustituido nuestro fetichismo por una verdadera fe; si no nos hubiera integrado a la familia común de los pueblos educados. Ahora seríamos, fuera de broma, semejantes a esos salvajes estadounidenses que, a falta de otras especulaciones, venden sus ciudades al mejor postor, después vienen a saquearnos y nos obligan solo a nosotros en todo el mundo a mantener un ejército que los tenga a raya. ¡Da horror pensar que hace apenas doscientos años que la navegación aérea es popular en China, y que solo las victorias de los rusos sobre nosotros nos enseñaron ese arte! Y la culpa de todo la tuvo ese estancamiento en el que aún hoy nuestros poetas encuentran algo poético. Por supuesto, nosotros, los chinos, hoy nos hemos ido al extremo opuesto e imitamos irracionalmente a los extranjeros; todo entre nosotros sigue la usanza rusa: la vestimenta, las costumbres, la literatura. Lo único de lo que carecemos es de la listeza rusa, pero también la adquiriremos con el tiempo. Sí, amigo mío, estamos atrasados, muy atrasados respecto de nuestros célebres vecinos; pero nos daremos prisa en aprender mientras aún seamos jóvenes y tengamos tiempo. Adiós. Escríbeme en el próximo mensaje que envíes por telégrafo.

P. D.: Dile a tu papá que he cumplido con lo que me pidió y le he encargado a uno de los mejores químicos obtener imágenes con la cámara oscura de algunas de las casas más antiguas de aquí, tal como son, con sus contornos y colores; verás qué poco se parecen a lo que en nuestro país llaman casas de estilo ruso.

Carta tercera

Uno de los científicos locales, el señor Jartin, me llevó ayer al Gabinete de Curiosidades, que ocupa un inmenso edificio construido en el medio del río Nevá y que cuenta con vista a toda la ciudad. Innumerables arcos comunican ambas orillas; desde las ventanas se ve la enorme bomba que impide que se inunde el sector litoral de Petersburgo. La isla cercana que antiguamente se llamaba Vasílievski también pertenece al Gabinete; en ella hay emplazado un jardín cubierto donde crecen árboles y arbustos, y detrás de unas rejas, pero en libertad, van y vienen diversos animales; ¡ese jardín es un milagro del arte! Está todo construido sobre bóvedas que se calientan lentamente con aire cálido, de modo que unos pocos pasos separan el clima tropical del templado; en una palabra, ese jardín es como una versión en miniatura de todo nuestro planeta; recorrerlo equivale a dar una vuelta alrededor del mundo. Obras de todos los países están exhibidas en ese sitio, tal como existen en sus lugares de origen. Además, en el centro del edificio que ocupa el Gabinete, sobre el mismo Nevá, hay una enorme piscina climatizada con un sinfín de peces raros y diversas especies de anfibios; a ambos lados se extienden salas llenas de objetos creados por todos los reinos de la naturaleza, ordenados cronológicamente desde los tiempos antediluvianos hasta nuestros días. Si bien examiné todo ello con rapidez, comprendí cómo los científicos rusos abrevan tan admirables conocimientos. Basta solo con caminar por ese Gabinete y, sin mirar siquiera un libro, te conviertes en un naturalista muy competente. Aquí, dicho sea de paso, hay una notable colección de animales… ¡Cuántas especies han desaparecido de la faz de la tierra o han cambiado su forma! Sobre todo, me impactó un ejemplar muy raro de un caballo gigante que conservaba hasta el pelo. Era muy similar a esos caballitos que las damas gustan de tener junto con los perritos de alcoba, solo que ese caballo antiguo era enorme: apenas si podía tocarle la cabeza.

—¿Es posible creer que los hombres alguna vez montaban estos monstruos? —le pregunté al cuidador del Gabinete.

—Si bien no hay datos fidedignos —me respondió—, hasta hoy se conservan monumentos antiguos en los que los hombres son representados sobre caballos.

—¿No tendrán esas imágenes algún sentido alegórico? Quizás los antiguos querían expresar de ese modo la victoria del hombre sobre la naturaleza o sobre sus propias pasiones.

—Eso piensan muchos, y no sin fundamento —dijo Jartin—, pero, sin embargo, parece que esas imágenes alegóricas fueron tomadas del mundo real; de otro modo, ¿cómo explicar la palabra «caballería» o «ejército de caballería» que a menudo aparece en los manuscritos antiguos? Además, mire —dijo señalándome una pata levantada del caballo, donde vi un pedazo curvo de hierro oxidado clavado al casco—, esta es una de las curiosidades más valiosas de nuestro Gabinete; mire: ese hierro está fijado con clavos, y las huellas de esos clavos se ven también en los otros cascos. Esto es claramente obra de las manos humanas.

—Pero ¿para qué podía servir ese hierro?

—Seguramente para morigerar la fuerza de este terrible animal —señaló el cuidador.

—O puede que, en batalla, los lanzaran contra el enemigo, y ese hierro le causaba aún más daño.

—Su observación es muy ingeniosa —respondió con cortesía el científico—, pero ¿dónde están las pruebas de ello?

Guardé silencio.

—Hace poco descubrieron aquí un cuadro muy antiguo —dijo Jartin— en el que se representa un aparato que, por lo visto, usaban para apaciguar al caballo; en ese cuadro, las patas del caballo están atadas a un poste, y un hombre le martillea un casco; allí cerca hay otro caballo uncido a un extraño carruaje sobre ruedas.

—Eso es muy curioso. Pero ¿cómo explicar la reducción del tamaño de estos animales?

—Hay distintas explicaciones; lo más probable es que, en el segundo milenio después de Cristo, la difusión masiva de los aerostatos tornó menos necesarios a los caballos; abandonados a merced del destino, estos se fueron a los bosques, se volvieron salvajes; nadie se ocupó de su conservación, y la mayoría pereció; pero, cuando se convirtieron en objeto de curiosidad, el hombre acabó la obra de la naturaleza; durante varios siglos hubo una moda por las plantas y los animales pequeños; los caballos corrieron la misma suerte: con la intervención del hombre, se fueron achicando paulatinamente hasta llegar a lo que son hoy, unos graciosos, pero inútiles, animales domésticos.

—O cabe pensar —dije mirando el esqueleto— que en la antigüedad solo los héroes montaban a caballo, o que los hombres eran más valientes que ahora. ¡Hay que atreverse a montar semejante monstruo!

—En efecto, los hombres de la antigüedad se exponían al peligro con más gusto que nosotros. Por ejemplo, ahora está firmemente demostrado que el vapor que hoy usamos solo para provocar explosiones y abrir túneles, esa terrible y peligrosa fuerza, sirvió durante siglos para mover carruajes…

—¡Es inconcebible!

—¡Oh! Estoy seguro de que, si se hubieran conservado los libros antiguos, nos enteraríamos de muchas cosas que ahora consideramos inconcebibles.

—En ese sentido, ustedes tienen más suerte que nosotros: su clima ha preservado al menos algunos fragmentos de escritos antiguos y ustedes han hecho a tiempo a transcribirlos al cristal; pero, en China, lo que no se pudrió por sí mismo fue devorado por los insectos, de modo que ya no quedan monumentos escritos.

—Tampoco nosotros tenemos tantos -observó Jartin-. En los grandes fajos los anticuarios solo encuentran palabras o letras sueltas, y son ellas las que sirven de fundamento a toda nuestra historia antigua.

—Cabe esperar mucho de la labor de sus venerables anticuarios. He oído que el nuevo diccionario que están preparando contendrá dos mil palabras antiguas más que el anterior.

—¡Así es! —señaló el cuidador—. Pero ¿de qué servirá? Por cada palabra escribirán dos mil monografías y, sin embargo, no descifrarán su significado. Tome sin ir más lejos la palabra niemtsi.[2] ¡Cuánto trabajo ha costado a nuestros científicos!, y todavía siguen sin esclarecer su verdadero sentido.

El físico había tocado mi punto débil; para un estudiante de historia, esa duda resultaba ofensiva; decidí hacer alarde de mis conocimientos.

—Los niemtsi eran un pueblo que habitaba al sur de la antigua Rusia —dije—; eso, al parecer, está demostrado; los niemtsi fueron conquistados por los alamanes, tras los cuales aparecen los teutones, que fueron conquistados por los germanos o, mejor dicho, germaninos, quienes fueron sometidos por los deutsche, un pueblo célebre del que se ha conservado hasta el idioma en varios fragmentos que quedaron de su poeta Goethe…

—¡Sí! Eso han pensado hasta nuestros días —respondió Jartin—, pero ahora, entre los anticuarios, existe la opinión casi general de que los deutsche eran algo completamente distinto, y que los niemtsi constituían una suerte de casta especial a la que pertenecían personas de diferentes tribus.

—Confieso que para mí ese es un punto de vista completamente nuevo; veo que no estamos al corriente de sus descubrimientos.

Conversando así recorrimos todo el Gabinete; pedí permiso para visitarlo con más frecuencia, y el cuidador me dijo que el Gabinete está abierto día y noche. Puedes figurarte la alegría que me da haber conocido a un científico tan consistente.

En el mismo edificio funcionan varias academias que llevan un mismo nombre: Congreso Científico Permanente. Dentro de unos días la Academia abrirá sus puertas al público; con Jartin acordamos no perdernos la primera sesión.

Carta cuarta

He olvidado decirte que hemos llegado a Petersburgo en el momento más desagradable para un extranjero, en el llamado mes de reposo. Los rusos han establecido dos meses así: uno a principios y otro a mediados de año. Durante esos meses, todas las actividades cesan, las dependencias gubernamentales se cierran, nadie visita a nadie. Esa costumbre me gusta mucho: han considerado necesario fijar un tiempo en el que cada cual puede dedicarse a sí mismo, dejar toda actividad externa, ocuparse del perfeccionamiento interior o, si se quiere, de sus quehaceres domésticos. Al principio temían que eso pudiera detener la marcha de los asuntos, pero sucedió lo contrario: todo aquel que tiene un tiempo asignado para sus propias ocupaciones dedica exclusivamente el tiempo restante a los asuntos sociales y ya no se distrae con nada, por lo que todo avanza dos veces más rápido. Esa disposición ejerció, además, un efecto benéfico en la disminución de los litigios: todos tienen tiempo de recapacitar, y las dependencias públicas cerradas impiden que quienes litigan actúen en un rapto de pasión. Solo una emergencia tal como la espera del cometa podía alterar en cierto modo una costumbre tan loable; pero, pese a ello, hasta ahora no ha habido en ninguna parte veladas y reuniones. Hoy, al fin, hemos recibido el periódico personal del primer ministro, en el cual, entre otras cosas, se nos invitaba a una velada. Debes saber que en muchas familias, sobre todo en aquellas que cuentan con un amplio círculo de conocidos, se publican tales periódicos; con ellos sustituyen la habitual correspondencia. La obligación de publicar esa revista una vez por semana o por día recae en cada casa en el mayordomo. Es un trámite muy sencillo: cada vez que recibe una orden de sus amos, anota lo que le han dicho; después, en la cámara oscura, imprime el número necesario de ejemplares y los envía a los conocidos. El periódico suele contener noticias sobre la salud o la enfermedad de los dueños de casa y otras novedades domésticas, observaciones y pensamientos diversos, pequeñas invenciones y también invitaciones; cuando hay convocado un almuerzo, también trae le menu.[3] Asimismo, para que las familias se comuniquen en caso de algún imprevisto, existen telégrafos magnéticos a través de los cuales quienes viven lejos pueden conversar.

Pues bien, por fin veré la alta sociedad de aquí. En mi siguiente carta te describiré qué impresión me ha causado. No nos viene mal a nosotros, los chinos, que gustamos de transformar la noche en día, saber que aquí el atardecer comienza a las cinco, a las ocho cenan y a las nueve ya se van a dormir; pero, a cambio, se levantan a las cuatro y almuerzan a las doce. Visitar a alguien en la mañana se considera la mayor descortesía, pues se supone que todos están ocupados. Me han dicho que aun quienes no hacen nada cierran las puertas por la mañana para salvar las apariencias.

Carta quinta

La casa del primer ministro se halla en la mejor parte de la ciudad, cerca del monte Púlkovo, cerca del famoso y antiguo Observatorio que, según dicen, fue construido hace dos mil trescientos años. Cuando llegábamos a su casa, sobre el techo ya había un sinfín de aerostatos: algunos flotaban en el aire, otros estaban amarrados a columnas construidas especialmente para tal fin. Salimos a la plataforma, que descendió rápidamente, y nos vimos en un magnífico jardín cubierto que hacía las veces de sala de recepción.

Todo el jardín, lleno de plantas exóticas, era iluminado por un dispositivo eléctrico de maravillosa factura con forma de sol. Me dijeron que no solo ilumina, sino que, además, actúa sobre los árboles y arbustos; en efecto, jamás había visto una vegetación tan exuberante.

Me gustaría que nuestros partidarios de las viejas costumbres conocieran el trato y los modales mundanos de aquí; no hay en estos nada semejante a nuestras formalidades, de las que hasta hoy no podemos librarnos. La sencillez en el trato puede resultar fría a primera vista, pero después te acostumbras a ella, te parece de lo más natural y compruebas que esa aparente frialdad está ligada a una sincera cordialidad. Cuando ingresamos, la sala de recepción ya estaba llena de invitados; aquí y allí, entre los árboles, iban y venían grupos de paseantes; algunos hablaban con ardor, otros los escuchaban en silencio. Debes saber que aquí nadie está obligado a hablar: se puede entrar en una habitación sin decir una sola palabra y sin responder siquiera a las preguntas; a eso nadie le parecerá extraño; los fashionable[4] contumaces guardan un resuelto silencio durante noches enteras; eso se considera de gran tono; preguntarle a alguien por su salud, sus asuntos, el tiempo o, en general, plantearle una pregunta ociosa es tenido por una gran descortesía; en cambio, una conversación ya iniciada continúa con pasión y viveza. Había muchas damas, en general hermosas y muy lozanas; la delgadez y palidez son tenidas por un signo de ignorancia, ya que aquí la ciencia de la salud y los temas médicos forman parte de una buena educación, de modo que, quien no sepa cuidar su salud, en especial si es una dama, es considerado un maleducado.

Las damas vestían con esplendor; la mayoría llevaba vestidos de cristal elástico de diversos colores; algunos destellaban con todos los visos del arco iris; otros tenían diversas cristalizaciones metálicas, plantas exóticas, mariposas y escarabajos brillantes fundidos en sus telas. Una dama fashionable llevaba en los festones de su vestido luciérnagas vivas que, en las alamedas oscuras, con el movimiento, emitían un brillo enceguecedor; ese vestido, según decían aquí, es muy caro y solo puede llevarse una vez, ya que los insectos no tardan en morir. No sin asombro, en más de una ocasión noté, por las conversaciones, que en la alta sociedad nuestro fatídico cometa concitaba mucho menos atención de la que podía esperarse. Hablaban de él a la pasada; algunos hablaban como expertos acerca del mayor o menor éxito de las medidas tomadas, calculaban el peso del cometa, la velocidad de su caída y hasta qué punto los aparatos diseñados para detenerlo serían efectivos; otros recordaban todas las victorias con las que la humanidad se había alzado sobre la naturaleza, y su fe en el poder de la mente era tan fuerte que hablaban con sorna de la esperada catástrofe; en otros, la serenidad obedecía a otra causa: insinuaban que la vida ya se había prolongado lo suficiente y que todo debía acabar alguna vez; pero la mayoría hablaba de asuntos actuales, de planes futuros, como si nada fuera a cambiar. Algunas damas llevaban tocados à la comète,[5] compuestos por un pequeño dispositivo eléctrico que desprendía incesantes chispas. Noté cómo esas damas, por coquetería, trataban de caminar más tiempo por la sombra para ostentar la magnífica borla eléctrica que hacía las veces de estela y que, cual pluma brillante, adornaba sus cabellos y confería a sus rostros un singular matiz.

En diferentes sitios del jardín se oía cada tanto una orquesta oculta que, sin embargo, tocaba muy suave para no perturbar las conversaciones. Los aficionados a la música se sentaban en una pantalla de resonancia especialmente dispuesta sobre la invisible orquesta; me invitaron a tomar asiento, pero mis nervios, por falta de costumbre, se irritaron tanto ante ese agradable pero excesivo estremecimiento que salté al suelo antes de que hubieran transcurrido dos minutos, lo que provocó las risas de las damas. En general, a mi tío y a mí, en tanto extranjeros, todos los invitados nos prestaban una singular atención y trataban, según la antigua costumbre rusa, de mostrarnos como fuera posible toda su cordial hospitalidad, especialmente las damas, a las cuales, lo digo sin falso amor propio, les gusté mucho, como verás a continuación. Mientras caminábamos por un sendero cubierto por una alfombra de terciopelo, nos detuvimos ante una pequeña piscina que emitía un quedo murmullo y de la que brotaban gotas de agua aromática; una dama muy bella y bellamente vestida con la que me había entendido mejor que con las demás se acercó a la piscina, y un instante después aquel murmullo se convirtió en una bella y suave melodía; jamás había oído unos sonidos tan extraños; me acerqué a mi dama y, con asombro, vi que tocaba un teclado adherido a la piscina: las teclas estaban unidas a orificios que, por momentos, dejaban caer agua sobre unas campanas de cristal y producían una armonía maravillosa. A veces el agua salía con rapidez, en un chorro impetuoso, y entonces los sonidos semejaban un rugido de olas enfurecidas que formaba una extraña pero correcta armonía; a veces los chorros fluían con calma, y entonces, como desde lejos, llegaban unos acordes majestuosos y plenos; a veces los chorros se esparcían en pequeñas gotas sobre el cristal sonoro, y entonces se oía un murmullo quedo y melódico. Ese instrumento se llama hidrófono; fue inventado hace poco aquí en Rusia y aún no es popular. Nunca mi dama me pareció tan encantadora: las violetas chispas eléctricas de su tocado caían como una lluvia de fuego sobre sus blancos y exuberantes hombros, se reflejaban en aquellos rápidos chorros y, con su fugaz centelleo, iluminaban su bello y expresivo rostro y sus suntuosos rizos; a través de las irisadas franjas de su vestido refulgían brillantes chorritos que por momentos resaltaban sus hermosas formas, que parecían espectrales. Pronto, a los sonidos del hidrófono se unió su pura y expresiva voz, que parecía fundirse con las armónicas modulaciones del instrumento. La acción de esa música, como salida de la insondable profundidad de las aguas; aquel prodigioso y mágico brillo; el aire impregnado de aromas; por último, aquella bella mujer que, diríase, flotaba en esa maravillosa fusión de sonidos, olas y luces: todo eso me sumió en un éxtasis tal que, cuando la beldad terminó de tocar, estuve largo rato sin poder recobrarme, lo cual, si no me equivoco, ella advirtió.

La dama produjo casi el mismo efecto en los demás, pero, sin embargo, no resonaron aplausos ni cumplidos, ya que aquí eso no se estila. Cada cual conoce el grado de su arte: un mal músico no atormenta los oídos de los oyentes, y un buen músico no se hace rogar. Por lo demás, aquí la música forma parte de la educación general como materia obligatoria, y es tan usual como la lectura y la escritura; a veces tocan música ajena, pero la mayoría de las veces, en especial las damas, como mi beldad, improvisan sin que nadie se lo pida cuando sienten la disposición interna para hacerlo.

En diversos sitios del jardín había árboles cargados de frutos para los invitados; algunos de esos frutos eran una maravillosa obra del arte de la jardinería, que aquí alcanza máxima perfección. Al mirarlos, no podía sino pensar en cuánto esfuerzo del pensamiento y paciencia habría costado unir, mediante paulatinos injertos, diversas especies de frutos completamente diferentes y obtener especies nuevas, sin precedentes; así, por ejemplo, noté frutos que eran algo intermedio entre el ananá y el durazno; nada se puede comparar con el gusto de esa fruta; noté también dátiles injertados en un cerezo, bananas unidas a un peral; es imposible enumerar todas las especies nuevas que, por así decir, inventaron los jardineros rusos. Alrededor de esos árboles había pequeñas botellas con grifos dorados; los invitados tomaban esas botellas, abrían los grifos y, sin ceremonias, succionaban la bebida que, supongo, contenían. Seguí el ejemplo general; en las botellas había una aromática mezcla de gases excitantes; su gusto semeja el olor del vino (bouquet), y al instante infunden en todo el organismo una asombrosa vivacidad y alegría que, en cierta dosis, hacen imposible contener una constante sonrisa. Esos gases son absolutamente inocuos y su uso es muy aconsejado por los médicos; esa bebida aérea sustituye por entero los vinos en la alta sociedad; solo toman vino los sencillos artesanos, que no se atreven a abandonar su rústico hábito.

Un rato después, el anfitrión nos invitó a un sector separado en el que había una bañera magnética. Debo decirte que aquí el magnetismo animal es el pasatiempo favorito en los salones, y ha sustituido completamente las antiguas cartas, dados, bailes y demás juegos. Así es como se hace: uno de los presentes —a menudo alguien más acostumbrado a la manipulación magnética— se para en la bañera; todos los demás toman un cordón que sale de la bañera y la magnetización comienza: a algunos les induce un mero sueño magnético que fortalece la salud; en algunos no causa por un tiempo efecto alguno; otros, en cambio, caen de inmediato en un estado de sonambulismo, y en esto estriba la gracia del asunto. Yo, por falta de costumbre, era de aquellos en los que el magnetismo no actúa, y por eso pude ser testigo de todo lo que ocurrió.

Pronto se inició una interesantísima conversación: los sonámbulos expresaron a cual más sus pensamientos y sentimientos más ocultos. «Confieso que —dijo uno—, si bien trato de simular que no temo al cometa, me asusta mucho su aproximación». «Hoy he hecho enfadar adrede a mi marido —dijo una bonita dama—, porque, cuando se enfada, luce muy apuesto». «Su vestido irisado —dijo una lechuguina a su vecina— es tan bonito que sin falta me propongo pedírselo para copiar el modelo, si bien me da mucha vergüenza pedirle eso».

Me acerqué al círculo de damas en el que estaba mi beldad. En cuanto entablé conversación con ellas, mi beldad me dijo: «¡No puede figurarse cuánto me gusta usted! Cuando lo vi, ¡estuve a punto de besarlo!». «¡Y yo también, y yo también!», exclamaron varias voces femeninas; los presentes se echaron a reír y me felicitaron por mi rutilante éxito con las damas de Petersburgo.

Esa diversión se prolongó cerca de una hora. Quienes salen del estado sonambúlico olvidan todo lo que han dicho, y sus francas palabras son motivo de mil mistificaciones que, en buena medida, sirven para animar la vida social: ahí se originan casamientos, intrigas amorosas y también amistades. A menudo, personas que hasta entonces apenas si se conocían descubren en ese estado una buena disposición mutua, y los viejos vínculos se fortalecen aún más gracias a esa sincera expresión de genuinos sentimientos. En ocasiones, solo los hombres se magnetizaban y las damas eran testigos; en otras, eran las damas las que se sentaban alrededor de la bañera magnética y contaban sus secretos a los hombres. Además, la difusión de la magnetización erradicó de la sociedad toda hipocresía y afectación: evidentemente, estas son imposibles; sin embargo, los diplomáticos, en observancia de su cargo, se distanciaban de ese pasatiempo y, por eso, desempeñaban un papel de lo más irrelevante en los salones. En general, aquí no quieren a quienes se niegan a participar en el magnetismo general: creen que ocultan pensamientos hostiles o inclinaciones insanas.

Cansado de todas las diversas impresiones que había experimentado a lo largo del día, no esperé la cena y busqué mi aerostato; afuera se había desatado una ventisca, y, a pesar de los enormes orificios de los ventiladores, que lanzan sin cesar al aire una enorme cantidad de calor, tuve que envolverme bien en mi capa de cristal; pero la imagen de aquella beldad calentaba mi corazón, como decían los antiguos. Después supe que es la hija única del ministro de Medicina; pero, pese a su buena disposición hacia mí, ¿cómo esperar a merecer toda su benevolencia mientras no alcance la celebridad gracias a algún descubrimiento científico? ¡Por eso aún me considero un imberbe!

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Carta sexta

En mi última carta, que fue tan larga, no alcancé a contarte sobre algunas personas notables que vi en la velada del presidente del Consejo. Allí, como ya te he escrito, eran todos de la alta sociedad: el ministro de Filosofía, el ministro de Bellas Artes, el ministro de la Fuerza Aérea, poetas, filósofos e historiadores de primer y segundo orden. Por suerte, encontré allí al señor Jartin, a quien ya había conocido en casa de mi tío; me contó acerca de esos señores varios pormenores curiosos que te referiré en otro momento. En general, te diré que aquí la preparación y formación de los más altos dignatarios de Estado es notable. Todos estudian en una escuela especial que lleva el nombre de Escuela de Hombres de Estado. Allí llegan los mejores alumnos de todos los establecimientos educativos, y del desarrollo de sus capacidades se ocupan desde la más temprana infancia. Luego de aprobar un exigente examen, asisten durante varios años a las reuniones del Consejo Estatal para adquirir la experiencia necesaria; de ese semillero pasan directamente a los puestos elevados del Estado, por eso es frecuente encontrar, entre los más altos dignatarios, a personas jóvenes; eso parece incluso necesario, ya que solo la frescura y dinamismo de los jóvenes pueden soportar las difíciles obligaciones que se les imponen; envejecen prematuramente, y solo a ellos no se les reprocha el deterioro de su salud, ya que es un precio que hay que pagar por el bien de toda la sociedad.

El ministro de Reconciliación es el dignatario más alto del imperio y el presidente del Consejo de Estado. Su cargo es el más difícil y delicado. De él dependen todos los jueces de paz del Estado, que son elegidos entre las personas más ricas y distinguidas; su deber es estar en estrecho vínculo con todas las casas de la región que se les asigna y prevenir todas las desavenencias familiares, querellas y, en especial, litigios, y tratar de poner un fin pacífico a los que ya han sido iniciados; para los casos complicados, reciben del Estado una suma considerable que lleva el nombre de «fondo de conciliación», de la que se valen bajo su responsabilidad para disuadir a las partes en disputa; gracias a la mejora moral general, esa suma es hoy tres veces menor de lo que antiguamente se gastaba para cubrir el funcionamiento del Ministerio de Justicia y Policía. Es notable que los jueces de paz, además de su propensión interna hacia el bien (a lo que se presta rigurosa atención al momento de su elección), están obligados por las circunstancias externas a desempeñar su labor con diligencia, ya que por cada pleito no evitado deben pagar una multa que se destina al fondo de conciliación general. El ministro de Reconciliación, a su vez, responde por la elección de los jueces y sus actos. Él mismo es el juez de paz supremo y debe procurar personalmente que las acciones de todas las dependencias y funcionarios del gobierno guarden armonía; también está a cargo de seguir todas las discusiones científicas y literarias; debe velar por que este tipo de discusiones se prolonguen tanto cuanto sea necesario para el perfeccionamiento de la ciencia y nunca deriven en una cuestión personal. Por eso, puedes figurarte qué conocimientos debe poseer ese dignatario y qué celo por el bien común debo animarlo. En general, digamos que la vida de esos dignatarios es breve; sus inhumanos esfuerzos acaban con ellos, y no es extraño, puesto que no solo deben velar por la tranquilidad de todo el Estado, sino también ocuparse sin cesar de su propio perfeccionamiento, y eso ya casi excede las fuerzas humanas.

El actual ministro de Reconciliación es digno de su cargo; aún es joven, pero ya tiene el caballo cano a causa de su incesante labor; su rostro expresa bondad, sagacidad y profundidad de pensamiento.

Su despacho está atiborrado de libros y papeles; dicho sea de paso, vi allí una gran curiosidad: el Código de Leyes Rusas de mediados del siglo XIX d. C.; muchas de sus hojas se han echado a perder por completo, pero otras se han conservado íntegras; esa rareza se conserva como una reliquia bajo el cristal de una valiosa arca que lleva el nombre del soberano en cuyo reinado se editó dicho Código.

—Es uno de los primeros documentos de la legislación rusa —me dijo el anfitrión—; debido a que el idioma ha cambiado al cabo de tanto tiempo, buena parte de su contenido es hoy absolutamente incomprensible, pero, por lo que hemos podido descifrar, se ve lo antigua que es nuestra ilustración. Tales monumentos deben ser conservados por una posteridad agradecida.

Carta séptima

Hoy a la mañana ha venido a verme el señor Jartin y me ha invitado a ver la sala de la asamblea general de la Academia. «No sé —me dijo— si hoy nos permitirán quedarnos en la sesión, pero hasta que esta empiece podrá conocer a algunos de nuestros científicos».

La sala del Congreso Científico, como ya te he escrito, se encuentra en el edificio del Gabinete de Curiosidades. Aquí, además de para las asambleas semanales, los científicos se reúnen a diario; la mayoría de ellos vive también aquí para aprovechar más cómodamente las enormes bibliotecas y el laboratorio de física del Gabinete. Aquí acuden el físico, el historiador, el poeta, el músico, el pintor; intercambian con nobleza sus ideas, los resultados de sus experimentos —incluso los malogrados—, los rudimentos mismos de sus hallazgos, sin ocultarse nada, sin falsa modestia y sin presumir; aquí deliberan sobre cómo armonizar sus investigaciones y darles un rumbo común; a eso contribuye en gran medida la singular organización de ese estamento, que te describiré en una de mis próximas cartas.

Entramos en una inmensa sala adornada con estatuas y retratos de grandes personalidades; algunas mesas estaban cubiertas de libros; otras, de aparatos científicos preparados para experimentos; hacia una de las mesas se extendían cables provenientes de la red galvano-magnética más grande del mundo, que por sí sola ocupa un edificio aparte de varios pisos.

Aún era temprano y había pocos visitantes. En un pequeño corrillo hablaban con ardor sobre un libro de reciente publicación presentado al Congreso por un joven arqueólogo que pretendía explicar un problema muy controvertido y curioso, a saber: el antiguo nombre de Petersburgo. Quizás no sepas que, sobre esa materia, existen las opiniones más contradictorias. Los testimonios históricos indican que esa ciudad fue fundada por un gran soberano que bautizó la ciudad con su nombre. Eso no lo discute nadie; pero los descubrimientos de algunos manuscritos antiguos inducen a pensar que, por razones inexplicables, esa célebre ciudad cambió varias veces su nombre a lo largo de un milenio. Esos descubrimientos inquietaron a todos los arqueólogos locales; uno de ellos argumenta que el antiguo nombre de Petersburgo era Petropol, y para probarlo cita el verso de un antiguo poeta:

            Petropol con sus torres dormitaba…[6]

Le objetaron, y no sin fundamento, que ese verso podía contener una errata. Otro afirma, también basándose en testimonios antiguos, que el antiguo nombre de Petersburgo era Petrograd. No voy a enumerarte todas las otras hipótesis al respecto: el joven arqueólogo las refuta todas sin excepción. Hurgando en capas a medio pudrir de libros antiguos, encontró un fajo de manuscritos en los cuales algunas hojas habían sido más perdonadas por el tiempo que otras. Algunas líneas intactas le sirvieron de pretexto para escribir un libro entero de comentarios en los que argumenta que el antiguo nombre de Petersburgo era Píter; para validar su opinión, había presentado al Congreso el manuscrito auténtico. Vi ese valioso monumento de la antigüedad; estaba escrito en ese tejido que los antiguos llamaban papel y del que hasta hoy no se ha descubierto el secreto de su fabricación; por lo demás, no hay que lamentarlo, ya que su fragilidad es la causa de que para nosotros hayan desaparecido todos los documentos escritos de aquellos tiempos. Extraje para ti las siguientes líneas, que han movilizado a todos los científicos. Son estas:

«Le escribo, venerabilísimo, desde Píter; en unos días viajaré a Kronstadt, donde me ofrecen el puesto de ayudante de jefe de despacho… con un salario de quinientos rublos al año…». El resto fue destruido por el tiempo. Puedes figurarte fácilmente qué curiosas investigaciones pueden suscitar esas pocas y valiosas líneas; por lo visto, se trata del fragmento de una carta, pero ¿quién era el remitente y quién el destinatario? Esa es una pregunta digna de la atención del mundo científico. Por suerte, quien la escribió nos da ya una noción aproximada de su cargo; dice que le ofrecen el puesto de ayudante de jefe de despacho; pero aquí hay un importante malentendido: ¿qué significa la palabra «jefe de despacho»? Es la primera vez que aparece en los manuscritos antiguos. La mayoría es de la opinión de que el cargo de jefe de despacho era un cargo importante, semejante al de jefe militar o jefe civil. Estoy en un todo de acuerdo con eso: ¡la analogía es evidente! Suponen, y no sin fundamento, que el jefe militar, en la antigüedad, estaba al frente de un distrito militar; el jefe civil, al frente de uno civil; y el jefe de despacho, en tanto superior, respondía por los actos de esos dos dignatarios. La palabra «venerabilísimo», cuya terminación, en opinión de los gramáticos, indica un grado sumo de respeto, demuestra que esa carta fue escrita también a una personalidad importante. Todo eso es tan claro que, al parecer, no dejaría lugar a dudas; solo hay una dificultad: ¿cómo conciliar un salario tan insignificante de quinientos rublos con la relevancia de un cargo como el de jefe de despacho? Eso es fácil de explicar partiendo del supuesto de que, en la antigüedad, la palabra «rublo» era la expresión general de un número de cosas, al igual, por ejemplo, que la palabra «miríada»; pero, en mi opinión, ahí se oculta algo más importante. Esa insignificante suma, ¿no conduce a la conclusión de que, en la antigüedad, el salario de un alto dignatario era mucho menor del que percibían los cargos menores? Porque un cargo alto suponía, en la persona que lo ocupaba, más amor al bien común, más abnegación, más poesía; esa profunda idea era cabalmente digna de la sabiduría de los antiguos. Por lo demás, todo eso demuestra, querido amigo, qué poco sabemos de su historia, a pesar de todos los trabajos de los nuevos investigadores.

Por primera vez tuve ocasión de ver un manuscrito antiguo original; no puedes figurarte qué sentimiento especial se despertó en mi alma cuando vi ese majestuoso monumento de la antigüedad, esa letra de un alto dignatario, quizás de un gran hombre, que lo había sobrevivido por lo menos cuatro mil siglos,[7] un hombre del que, quizás, dependía el destino de millones; en la misma letra hay algo inusualmente elegante y majestuoso. Pero ¡cuántas letras debían escribir los antiguos para palabras que hoy expresamos con un solo signo! ¿De dónde sacaban tiempo para escribir? Y escribían mucho: hace poco me mostraron a la pasada un enorme edificio antiguo que se conserva hasta hoy; está de arriba abajo lleno de atados podridos de papel escrito; todos los intentos de descifrarlos fueron infructuosos; se hacen polvo al menor contacto; solo lograron extraer algunas palabras que aparecen con más frecuencia que otras, como, por ejemplo: raporte, o mejor dicho reporte, instrucción, asignación de provisiones, etc., cuyo significado se ha perdido completamente. ¡Cuántos tesoros para la historia, para la poesía, para las ciencias deben conservarse en esos atados! ¡Y todo destruido por el inexorable tiempo! Si en muchos aspectos estamos atrás de los antiguos, por lo menos nuestros escritos no desaparecerán. Aquí he visto libros escritos hace mil años en nuestro papiro de cristal, ¡parecen escritos ayer! ¡¿Acaso los derretirá el cometa?!

Mientras examinábamos ese monumento de la antigüedad, en la sala se reunieron los miembros de la Academia y, como esa sesión no era pública, tuvimos que retirarnos. Hoy el Congreso debe analizar distintos proyectos relativos a los medios para evitar la caída del cometa; por ese motivo la sesión era secreta; los demás días, la sala apenas si alberga a todos los visitantes: ¡es tan grande aquí el amor general por los asuntos científicos!

Subimos a nuestro aerostato y, en la plataforma contigua, vimos una multitud de personas que gritaban, agitaban los brazos y, por lo visto, insultaban.

—¿Qué es eso? —le pregunté a Jartin.

—Oh, mejor no me lo pregunte —respondió Jartin—. Esa muchedumbre es uno de los fenómenos más extraños de nuestro tiempo. En nuestro hemisferio, la ilustración se ha extendido hasta los sectores más bajos, por eso muchos hombres que apenas servirían como meros artesanos tienen pretensiones de científicos y literatos; se reúnen casi todos los días en el recibidor de nuestra Academia, donde, naturalmente, las puertas están cerradas para ellos, y con sus gritos intentan llamar la atención de quienes pasan. Hasta ahora no han logrado comprender por qué nuestros científicos evitan su compañía, y, por despecho, los remedan y han fundado también algo semejante a la ciencia y la literatura; sin embargo, ajenos a las nobles motivaciones de un verdadero científico, han convertido a ambas en una especie de oficio: uno esculpe disparates, otro los elogia, un tercero los vende, y quien más vende es tenido por un gran hombre; las incesantes transacciones de dinero causan entre ellos incesantes altercados o, como ellos los llaman, partidos: uno engaña a otro y ahí ya tienes dos partidos, y sus discusiones llegan casi hasta las manos; cada cual quiere hacerse de un monopolio y, sobre todo, poseer verdaderos científicos y literatos; en ese sentido, olvidan sus discordias intestinas y actúan mancomunadamente; a quienes evitan sus cotilleos los llaman aristócratas, y se hacen amigos de sus lacayos para sonsacar sus secretos domésticos y luego atribuir a sus imaginarios enemigos toda suerte de mentiras. Por lo demás, ninguna de sus iniciativas prospera y el desprecio general hacia ellos crece cada día.

—Dígame —le pregunté—, ¿de dónde podía salir esa gente en el bendito reino ruso?

—La mayoría son llegados de otros países; desconocedores del espíritu ruso, son también ajenos al amor por la ilustración rusa; solo quieren amasar fortuna, y Rusia es rica. En la antigüedad, esa clase de gente no existía; por lo menos, no se ha conservado ninguna leyenda sobre ella. Un conocido mío, que se dedica a la antropología comparada, supone que descienden en forma directa de los boxeadores, que en su tiempo existieron en Europa. ¡Qué se le va a hacer! Son la cara oculta de nuestro tiempo; habrá que confiar en que, con una mayor difusión de la ilustración, desaparecerán también esas manchas en el sol ruso.

Ya llegábamos a casa.

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Fragmentos

 I

A comienzos de 4837, cuando Petersburgo ya había sido construida y habían dejado de reparar el pavimento, un galvanostato volador[8] descendió aprisa hacia la plataforma de una alta torre ubicada sobre el Hotel para recién llegados; un empleado del correo lanzó con agilidad varios ganchos hacia los anillos de la plataforma, sacó una escalera corrediza y un hombre con ropa holgada de cristal elástico bajó del vehículo, corrió con presteza por la plataforma, tiró de un cordón y esta descendió despacio hacia el salón central.

—¿Qué van a servir para comer? —preguntó el viajero, quitándose la capa de cristal y arreglándose un caftán corto hecho de fina telaraña.

—¿Con quién tengo el honor de hablar? —preguntó cortés el cantinero.

—Con el Historiador Ordinario de la corte del poeta estadounidense Orli.

El cantinero se acercó a la pared, en la que colgaban varios menús con diferentes títulos: poetas, historiadores, músicos, pintores, etc.

El cantinero le tendió uno de esos menús al viajero.

—¿Qué significa esto? —preguntó este último, luego de leer: «Menú para Historiadores»—. ¡Ah! He olvidado que, en su hemisferio, hay una comida especial para cada profesión. Lo había oído. Convenga, sin embargo, que esa disposición es bastante extraña.

—El destino de nuestra patria, por lo visto, consiste en que los extranjeros nunca la comprenderán —repuso el cantinero con una sonrisa—. Sé que muchos estadounidenses se han burlado de esa costumbre solo porque no han querido penetrar en su sentido. Piense un poco y enseguida verá que está basada en reglas de una verdadera matemática moral: el menú para cada profesión guarda relación con el provecho que esta aporta a la humanidad.

El estadounidense rió burlón:

—¡Oh, país de poetas! Aquí tienen poesía por doquier, incluso en el menú… Yo, prosista del sur, le pregunto: ¿qué haría si deseo un plato que no está en el menú para historiadores?…

—Puede pedirlo, pero deberá pagarlo…

—¿Cómo? ¿Quiere decir que todo lo que figura en el menú…?

—Lo recibirá gratis… en nuestro país solo se le exigirá llevar la vida y desempeñar la actividad que corresponde a su profesión; el gobierno ya me paga una tasa fija por cada viajero.

—Eso no está nada mal —señaló el ahorrativo estadounidense—. En verdad no conocía esa disposición. Eso es lo que significa no salir del propio hemisferio. Nunca he viajado más allá de Nueva Holanda.

—¿Y de dónde viene?, si puedo preguntar…

—Del estrecho de Magallanes… pero hablemos de la comida… deme una buena porción de extracto de almidón en esencia de espárragos, una porción de nitrógeno condensado à la fleur d’orange en esencia de ananá y una buena botella de anhídrido carbónico con hidrógeno. ¿Podré tomar un baño magnético después de comer? Estoy muy cansado después del viaje…

—¿A qué grado: a sonambulismo o menos?…

—No, un sencillo baño magnético para reponer fuerzas…

—Ya lo preparo.

Entretanto, desde el techo descendió, hacia un sofá elástico con soportes dorados, una mesa limpia de rubí tallado y con un mantel de cristal elástico; bajo unas campanas de rubí estaban servidas las esencias nutritivas, mientras que el anhídrido carbónico venía en botellas también de rubí con grifos dorados que terminaban en un largo tubito.

El viajero comió por dos y pidió otra porción de nitrógeno. Cuando vació la botella de anhídrido carbónico, se volvió más locuaz.

—¡Un nitrógeno delicioso! —le dijo al cantinero—. Solo en Madagascar probé uno semejante.

II

Mientras mi tío se ocupaba de sus intrigas diplomáticas, tuve tiempo de conocer a muchas personas interesantes. En casa de mi tío conocí al señor Jartin, historiador ordinario de Orli, el poeta más importante de aquí («historiador ordinario» es uno de los títulos más honorables del imperio; el deber del historiador es preparar material histórico para las reflexiones poéticas del Poeta o realizar nuevas investigaciones de acuerdo con sus instrucciones; el título fue creado hace poco, pero ya ha prestado un importante servicio al Estado: las investigaciones históricas han ganado en coherencia y eso ha permitido echar nueva luz sobre muchos puntos oscuros de la historia).

Sin perder tiempo, le pedí a Jartin que me explicara en detalle en qué consiste su cargo, el cual, hasta donde sé, los rusos otorgan a las personas más venerables, y del cual en China solo tenemos información superficial; esto es lo que me respondió:

«Usted, como hombre de estudios, sabe cuántos esfuerzos han aplicado hombres célebres para unir todas las ciencias en una; en este sentido, son sobre todo notables los trabajos realizados durante el tercer milenio d. C. En la más remota antigüedad ya se encuentran quejas respecto de la excesiva parcelación de las ciencias; transcurrieron diez siglos y todos los intentos de unirlas fueron infructuosos; nada ayudó, ni la simplificación de los métodos ni la clasificación de los conocimientos. El hombre no podía salir de un dilema terrible: su conocimiento o bien era parcial o bien era superficial. Hicieran lo que hicieran los científicos, derivaba naturalmente de la estructura social; la antigua división de la sociedad en Historiadores, Geógrafos, Físicos, Poetas, en la que cada uno de estos estamentos actuaba por separado, dio lugar a la feliz idea que se le ocurrió a nuestro actual Soberano, que se cuenta también entre los mejores poetas de nuestro tiempo: él notó, en esta reunión de científicos, que un estamento se subordinaba de un modo natural a otro, y entonces resolvió, siguiendo esa tendencia natural, reunir los diversos estamentos no solo en términos científicos, sino también sociales; una idea que parece muy sencilla, pero, al igual que todas las ideas sencillas y grandes, solo se les ocurren a los grandes hombres. Quizás, en este primer intento, algunos estamentos no han sido bien clasificados, pero ese defecto se corregirá fácilmente con el tiempo. Ahora la persona digna del título de poeta o filósofo es nombrada por varios historiadores ordinarios, físicos, lingüistas y otros científicos que deben actuar bajo las órdenes de su jefe o preparar material para él; cada historiador, a su vez, tiene bajo su dirección a varios cronólogos, filólogos-anticuarios, geógrafos, etc.; cada físico, a varios químicos, […] minerólogos, etc.; cada minerólogo, a varios metalúrgicos y así hasta llegar a los simples copistas […] y experimentadores, que se dedican a realizar las pruebas más burdas y sencillas. Todos ganan con esa división de tareas: el conocimiento insuficiente de uno es complementado por otro; cualquier investigación se realiza al mismo tiempo desde los más diversos puntos de vista; el trabajo material no distrae al poeta de su inspiración ni al filósofo de su pensamiento. En general, esta unidad en la orientación de la actividad científica le ha aportado a la sociedad inmensos frutos; se han realizado descubrimientos inesperados, perfeccionamientos casi sobrenaturales, y a eso, pero en particular a la unidad, le debemos los brillantes éxitos que han hecho célebre a nuestra patria en los últimos años».

Le agradecí al señor Jartin su benevolencia y por dentro suspiré al pensar cuándo alcanzará China un grado semejante de organización de las actividades científicas.

Anotaciones

La autora de la novela The last man[9] pensaba describir la última época del mundo pero solo describió cosas que aparecieron pocos años después. Eso significa que ya sentía en sí los comienzos que habrían de desarrollarse no en ella, sino en sus sucesores. En general, son pocos los que pueden hallar expresión para un futuro remoto, pero estoy seguro de que cualquiera que se libere de todos los prejuicios y opiniones reinantes en su tiempo, anule todos los pensamientos y sentimientos engendrados por la costumbre, la educación, las circunstancias de la vida y las pasiones propias y ajenas y se entregue al libre e instintivo juego de su espíritu, hallará en el curso de sus ideas sin falta aquellos pensamientos y sentimientos que reinarán en el futuro cercano.

La historia de la naturaleza es un catálogo de cosas que han existido y de cosas que existirán. La historia de la humanidad es un catálogo de cosas que solo han existido y jamás regresarán.

Lo primero hay que saberlo para crear la ciencia general de la previsión; lo segundo, para no tomar lo muerto por vivo.

Los aerostatos y su influencia

Es bastante notable que todas las llamadas condiciones de vida sean posibles solo en una dimensión: el plano; de modo que todas las condiciones del comercio, industria, lugar de residencia y demás serán distintas en tres dimensiones; de modo que es posible afirmar que la continuación de las condiciones de vida actuales depende de cierta rueda operada por un desconocido mecánico, rueda que permitirá dirigir el aerostato. Es interesante saber, cuando la vida de la humanidad se desarrolle en tres dimensiones, qué forma adquirirán el comercio, los matrimonios, las fronteras, la vida doméstica, la legislación, la persecución del crimen, etc.; en una palabra, todo el orden social. También es notable que el aerostato, las locomotoras, todos los tipos de máquinas, independientemente de su utilidad directa, influyen en la ilustración de la gente con su sola existencia, ya que, en primer lugar, exigen de los fabricantes y artesanos determinados conocimientos, y, en segundo lugar, exigen un esfuerzo de comprensión que no es necesario para la pala o la palanca.

Hombres verdes a bordo de un aerostato descendieron en Londres.

Cartas desde la Luna.

Han hallado un modo de viajar a la Luna: esta está deshabitada y solo sirve como fuente para proveer a la Tierra de diversos productos vitales, por lo que se evita la extinción que amenaza al planeta a causa de su enorme población. Esas expediciones son sumamente peligrosas, más que las que se hacen alrededor del mundo; solo las realiza el ejército. Los viajeros llevan consigo distintos gases para crear aire, que falta en la Luna.

La época dentro de 4000 años

Orli, hijo del poeta Orli, no puede casarse con su amada si no se hace célebre gracias a algún importante descubrimiento en algún ámbito de la ciencia; elige la carrera de historia; su arqueólogo le presenta un manuscrito de cuatro mil años que no puede descifrar. Sus comentarios a esas cartas.

Cartas de Petersburgo

Siglo XIX. Dos mil años después. El hijo del poeta, para ganarse la mano de su amada, debe realizar algún importante descubrimiento científico, como antes se destacaban en los torneos y en las batallas. En unas ruinas encuentran un manuscrito que no se sabe a qué época pertenece. El Filósofo Ordinario que trabaja para el poeta padre lo envía al Arqueólogo Ordinario que trabaja para el poeta hijo en el otro hemisferio a través de un túnel que atraviesa el globo terráqueo para que este lo descifre y recree aquel pasado desconocido.

El hijo descubre que, por ese manuscrito, puede concluirse que Rusia era entonces solo una parte del mundo y no abarcaba aún ambos hemisferios, que en esa época los hombres se comunicaban por carta, que aprendían a tocar música pero no sabían leer las partituras.

El jurado considera que el poeta está equivocado y que todas sus investigaciones no son sino un juego de la imaginación; que, si bien ha descifrado algunos nombres, eso no significa nada. Desesperación del joven poeta. Se queja de su época, escribe a su amada que no lo comprenden y le pregunta si está dispuesta a amarlo tal como es, no como poeta.

En las Cartas de Petersburgo (dos mil años después). La humanidad llega a comprender que el organismo natural del hombre no es capaz de desempeñar las funciones que requiere el desarrollo intelectual; en una palabra, que los instrumentos del hombre no son compatibles con el objetivo que la actividad intelectual se ha fijado. Esa imposibilidad de alcanzar los objetivos intelectuales, esa incongruencia entre los medios y los fines humanos provoca en toda la humanidad un irremediable abatimiento; la humanidad en general parece enferma de muerte.

También: la vida nómade surge del siguiente modo: los jóvenes y los adultos viven en el norte; los viejos y los niños se trasladan al sur.

Es indudable que los hombres han hallado un modo de cambiar el clima o, por lo menos, mejorarlo. Quizás, los volcanes de la fría Kamchatka (en la parte sur de esa península) sean utilizados como calderas permanentes para calentar todo el país.

Mediante distintas combinaciones químicas de los elementos del suelo se ha logrado calentar y enfriar la atmósfera; para cambiar los vientos se han inventado ventiladores.

Petersburgo a diversas horas del día.

Reloj de aromas: la hora del cactus, la hora de la violeta, de la reseda, del jazmín, de la rosa, del heliotropo, del clavel, del almizcle, de la angélica, del vinagre, del éter; en las casas de los ricos esas flores florecen a la hora correspondiente.

El perfeccionamiento de la frenología hace que la hipocresía y la afectación sean erradicadas; la interioridad de cada cual es visible por la forma de su cabeza et les hommes le savent naturellement.[10]

El creciente sentimiento de amor a la humanidad alcanza tal punto que los hombres no pueden ver tragedias y se asombran de cómo podíamos admirarnos con el espectáculo de desagracias morales, del mismo modo que nosotros no podemos comprender el placer de los antiguos al ver a los gladiadores.

Hoy la gimnasia de moda se compone de aerostática y magnetismo animal; en compañía, la magnetización mutua se realiza habitualmente como pasatiempo. La simpatía y la antipatía magnéticas originan un nuevo tipo de relaciones mundanas, y a medida que los Estados se funden en uno solo, los distintos grupos se dividen en función de esa simpatía y antipatía interior que se manifiesta bajo los efectos del magnetismo.

Se asombran de cómo los hombres se atrevían a viajar en vapores y coches; creen que solo los héroes viajaban en ellos, y de ahí sacan la conclusión de que los hombres se han vuelto cobardes.

Invención de un libro cuyas letras, mediante una máquina, se convierten en varios libros.

Máquinas para novelas y para dramas históricos.

… Llegará un tiempo en que los libros serán escritos al estilo de los despachos telegráficos; de esa costumbre acaso solo sean excluidos las tablas, los mapas y ciertas tesis impresas en hojas. Las imprentas se utilizarán solo para los periódicos y las tarjetas personales; la correspondencia será reemplazada por la conversación eléctrica; las novelas sobrevivirán, pero no por mucho tiempo: serán sustituidas por el teatro; los manuales serán reemplazados por lecciones públicas. El nuevo trabajador de la ciencia desempeñará una gran actividad: por la mañana, volar (entonces habrá aerostatos en lugar de coches) a unas diez lecciones, leer veinte periódicos y veinte libros, escribir al vuelo diez páginas y acudir en tiempo y forma al teatro; pero lo principal será desacostumbrar la mente al cansancio y acostumbrarla a pasar al instante de una cosa a la otra, cultivarla de tal modo que la más compleja operación le resulte sencilla desde el primer momento; se hallará una fórmula matemática para dar precisamente con la página que se necesita en un libro grande y calcular rápidamente cuántas páginas se pueden saltear sin problema.

Dirán: ¡eso es una fantasía!, ¡eso nunca sucedió! Con excepción de los aerostatos, todo eso está ocurriendo ante nuestros ojos; cada uno de nosotros es tal trabajador, y la fórmula para aliviar la lectura ya ha sido hallada: pregúntenle a cualquiera. Como quieran. Non multa, sed multum:[11] sin eso, la vida es imposible.

Estadística comparada de Rusia en 1900. La seda textil fue sustituida por seda de valva.

Todos nuestros libros fueron o bien devorados por los insectos o bien destruidos por el cloro (cuya composición ya se ha perdido); en el clima boreal se han conservado más libros.

Los ingleses venden sus islas en pública subasta; Rusia las compra.

Notas

[1] Según los cálculos de algunos astrónomos, el cometa Biela chocará con la Tierra en el año 4339, es decir, dentro de dos mil quinientos años. La acción de la novela de la que hemos tomado estas cartas transcurre un año antes de esa catástrofe. [Nota del autor]

[2] ‘Alemanes’ en ruso.

[3] ‘El menú’ (fr.).

[4] Aquí: ‘petimetres’ (ingl.).

[5] ‘Con forma de cometa’ (fr.).

[6] Cita del poema «La visión de la murza» (1791), de Gavriíl Derzhavin.

[7] Sic en el original. [N. del T.]

[8] Globo aerostático movido por la acción del galvanismo. [Nota del autor]

[9] El último hombre (1826), de Mary Shelley.

[10] ‘Y los hombres lo saben naturalmente’ (fr.).

[11] ‘No muchas cosas, sino mucho’ (lat.).