Del contenido a la forma: un brevísimo viaje por la crítica literaria rusa

Raquel Siphone

Los comienzos del siglo XX fueron un período turbulento para Rusia. Marcada por numerosos conflictos, tanto externa como interiormente, y en medio de una fuerte inestabilidad política, la historia rusa desembocó en la caída de la dinastía que gobernaría la nación por más de 300 años, la dinastía Románov. Sin embargo, a pesar de esos agitados años, el nuevo decenio creó el terreno ideal para el nacimiento de innumerables estéticas artísticas. Las nuevas manifestaciones surgieron en los sectores artísticos más diversos: la pintura, el teatro, la música, etc. Y lo mismo pasó con los estudios del lenguaje.

La Rusia del XIX fue un país literariamente fructífero. Fue la cuna de lo que se convino en llamar “la era de oro”. Entre “gógoles”, “tolstóies” y “dostoiévskis”, la literatura rusa rompió las barreras nacionales convirtiéndose en una de las más traducidas, leídas y comentadas.

Ya en el campo de la crítica literaria, la nación conoció tres movimientos fundamentales: los críticos radicales, los conservadores y, posteriormente, los críticos “académicos”. Esas tres líneas de pensamiento ora se yuxtapusieron, ora transcurrieron concomitantemente. En un primer momento se estableció el debate entre los críticos radicales y los críticos conservadores. El debate en sí entre occidentalistas y eslavófilos ya era antiguo, pero se manifestó con nuevo ímpetu en el ámbito de la literatura[1] a mediados del siglo XIX.

El sistema “editorial” del tiempo facilitó la aparición de algunas figuras. En la época era habitual la publicación de textos literarios en revistas periódicas. Grandes novelas, como Anna Karénina y La guerra y la paz fueron divididas y publicadas poco a poco en esas tolstie zhurnali (толстые журналы).

Siphone
Varias ediciones de “revistas gruesas”. Imágenes hechas en el Museo Pushkin de San Petersburgo (agosto de 2017).

Estas revistas literarias no sólo publicaban obras de ficción, sino también críticas sobre ellas. Fue a través de este medio que en Rusia se consolidó la práctica y el hábito de la lectura de críticas literarias. Pero, si por un lado las revistas permitían el acceso a una vasta cantidad de lectores, por el otro las críticas en general se enfocaban demasiado en el contenido y se preocupaban más por el entorno de la narrativa que por el texto en sí.

[La] crítica de la época analizó el problema literario en términos puramente ideológicos, y las discusiones se centralizaron en torno a la cuestión del carácter progresista o reaccionario de la literatura y no de su nivel artístico. Los valores estéticos y morales son tratados en el mismo nivel, y los primeros realmente se reducen a los últimos. (Pomorska, 2010, p. 75)

El debate entre los críticos conservadores y radicales se extendería durante todo el siglo y el pensamiento progresista de algunos representantes de la crítica radical sería esencial para la formación de una juventud rusa que pensara en un país libre de la autocracia. En cierta manera, la ideología de esta nueva generación sería determinante para el cambio político de principios del siglo XX.

El tercer movimiento crítico fue elaborado en el medio académico. Y, a pesar de ganar fuerzas en las décadas finales del siglo XIX, es una línea de pensamiento que, en general, poco se aborda en Occidente. Consolidada principalmente en la figura de dos Aleksandrs, Potebniá (1835-1891) y Vesselovski (1838-1906), fue una crítica centrada en el pensamiento descriptivo y analítico de la obra literaria, como suele suceder en los estudios científicos del lenguaje. Cada uno a su manera –Vesselovski seguía la línea comparatista a fin de mapear los límites de la ciencia literaria, mientras que Potebniá ponía su atención en los estudios del folclore ruso y las cuestiones que involucraban el pensamiento y el lenguaje (en esta última sobresalió)– fue determinante para el mantenimiento de un pensamiento analítico que se basase más allá de las convicciones e ideologías personales y que se orientase por la obra literaria per se.

Actualmente, en Occidente en general el contacto con estos dos grandes teóricos se da a partir de fragmentos incluidos en textos de otros pensadores del lenguaje. En el caso del formalismo ruso, esa reproducción completa de extractos creó un diálogo con las nuevas líneas de pensamiento propuestas. A diferencia de aquella crítica que circulaba a mediados del siglo XIX, en general esta otra fue mucho más cerrada y elitista. Las discusiones iniciadas por estos estudiosos del lenguaje quedaron circunscritas, principalmente, en las universidades y círculos literarios. Así, era natural que los principios discutidos por ellos fueran más profundos y exigieran del interlocutor una profundización teórica que no era requerida por las revistas ya mencionadas.

Damos aquí un salto a la década de 1910 para mirar el resultado de ese desarrollo crítico, el formalismo ruso. Abordaremos exclusivamente el primer momento de creación de esta escuela teórica, reconociendo que sus desdoblamientos rompieron con mucho de lo que se hizo en este comienzo.

La creación de esta corriente crítica se dio, tal como solía suceder en los estudios del lenguaje en territorio ruso en el siglo XX, en el medio académico. Los jóvenes estudiantes, principalmente los del área de filología, serían los responsables de encabezar las discusiones que trazarían el programa de análisis formalista.

Los comienzos del formalismo ruso lo fueron todo menos espectaculares. Los dos centros del movimiento el Opojaz petersburgués y el Círculo Linguístico de Moscú al principio no eran más que pequeños grupos de discusión, en los que los jóvenes filólogos intercambiaban sus ideas acerca de los problemas fundamentales de la teoría literaria […]. Curiosos y desenvueltos, se consumían por explorar, mancomunadamente, nuevas formas del estudio de la lengua y la literatura. (Erlich, 1974, pp. 89-90)

Al principio, rompiendo con la tradición crítica del XIX, esos jóvenes estudiantes se volvieron con ímpetu hacia el estudio de la forma. Se proponía verla más allá de un receptáculo al que se derramaba el líquido del contenido (Eichenbaum, 2013). A partir de esa especificación del objeto de estudio, los formalistas buscaron la “creación de una ciencia autónoma y concreta” (Eichenbaum, 2013, p. 31) para la literatura, pero no con el propósito de un acercamiento cerrado; por el contrario, como estudiosos comprendían que la dinámica de la ciencia, fuera cual fuera, era transformarse. Este pensamiento permitió que cada crítico, pese a partir de una base común, pudiera desarrollar sus propias concepciones acerca de cómo abordar la literatura. Cada uno de los jóvenes que más tarde se convirtieron en importantes teóricos –como Iakobsón, Shklovski, Tiniánov, entre otros–, se volvió hacia distintas esferas del estudio analítico, de manera que hoy, al mirar los estudios formalistas, vemos un abanico de discusiones dirigido a los más variados géneros y autores.

[Fue el]primer movimiento crítico ruso que se ha preocupado sistemáticamente en colocar la obra literaria en el centro de su atención, se interesó por problemas de ritmo, métrica, estilo y composición, acentuando fuertemente la diferencia entre literatura y vida y dejando de lado las habituales explicaciones biográficas, psicológicas, sociológicas y otras. (Gonçalves, 2006, p. 57)

A partir de los innumerables análisis realizados, los formalistas lograron mapear diversos procedimientos. ¿Pero qué son estos procedimientos? En primer lugar, son la técnica. La articulación de un sistema que generalmente está oculto al lector para concederle una mayor inmersión en el universo retratado. Es “un uso específico del material” que tiene en cuenta “la elección hecha entre la materia tomada prestada a la vida, la transformación sufrida por esa materia [y] su papel constructivo” (Eichenbaum, 2013, p. 52). Son “procesos” utilizados en la creación del texto que dan un carácter distintivo al tono general de la obra de un determinado autor. Son innumerables los procedimientos existentes, y cada escritor selecciona aquellos que irá o no a utilizar. Sea como sea, la creación textual exige la selección de algunos de estos procedimientos. Como señala Tiniánov, “cada obra de arte representa una interacción compleja de varios factores; por consiguiente, la finalidad del estudio es definir el carácter específico de esa interacción” (Eichenbaum, 2013, p. 71).

Ahora bien, si estos procedimientos no están a simple vista, es necesaria la presencia de un especialista provisto de su microscopio para percibirlos. Así es la tarea del crítico, el científico del lenguaje. En el caso del formalismo, volverse hacia el texto fue determinante, ya que fue a partir del desmembramiento de la obra que los estudiosos formalistas pudieron detectar estas interacciones.

De esta manera, los formalistas rusos fueron determinantes para retomar el texto literario como matriz y apuntar a la necesidad de, antes que nada, conocer el material del crítico del lenguaje: la obra literaria. Sin embargo, posteriormente, como señalamos antes, estos críticos cambiaron su perspectiva y vieron esta interacción de sistemas más allá del texto, de modo que los desdoblamientos de este estudio analítico formalista desembocaron en una serie de otros métodos de análisis.

 

Bibliografía

Eichenbaum, B. (2013). “A teoria do ‘método formal’”. En Teoria da literatura: textos dos formalistas russos. São Paulo: Editora Unesp, pp. 31-82.

Erlich, V. (1974). El formalismo ruso. Barcelona: Seix Barral.

Gonçalves, S. R. M. (2006). “Posfácio”. En A geração que esbanjou seus poetas. São Paulo: Cosac Naify, pp. 57-74.

Pomorska, K. (2010). Formalismo e futurismo (trad. de Sebastião Uchoa Leite). São Paulo: Perspectiva.

Notas

[1] En portugués (pt-br) tenemos la edición Antologia do pensamento crítico russo organizada por el profesor Bruno Gomide, rusista en la Universidade de São Paulo (USP), que incluye traducciones de ambas corrientes críticas.

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