Con Gombrowicz, pese a Gombrowicz

Nicolás Hochman

Anoche fui a un ciclo de lecturas, como oyente, de civil. Había mucha gente, muchos amigos que iban y venían, muchos conocidos. Uno vino a saludarme al grito de “¡El Señor Gombrowicz!”. Otro me dijo que estaba leyendo mi libro sobre Gombrowicz. Otros tres me preguntaron cómo venía en Congreso Gombrowicz este año. Al final se acercó una escritora, que no se acordaba de mi nombre pero me dijo que le gustaba mucho lo que hacíamos con Gombrowicz. Yo estoy podrido de Gombrowicz, le respondí. Me miró desconcertada, puso una excusa y se fue. Yo lo digo de verdad. Estoy saturado, y no pasa un año sin que le diga a mi mujer que es la última vez que hago algo con Gombrowicz, a lo que ella responde desde hace un tiempo siempre igual: sí, mi amor, seguramente.

Empecé a leerlo cuando tenía veintidós, muy intrigado, porque Milan Kundera decía que junto con Joyce, Kafka, Musil y Broch era lo más importante que le había pasado a la literatura del siglo XX. Antes había visto su nombre al pasar en distintos textos de Sabato, que fue amigo suyo cuando se exilió en Buenos Aires. Leí Ferdydurke, que me pareció algo enrevesado y aburrido, y probé con Cosmos, y me pasó algo parecido. Después de dos oportunidades creí que me historia con él había terminado, pero no.

Más o menos para esa fecha estaba terminando la carrera de Historia en Mar del Plata. Conseguí una directora de Letras, porque sabía que mi tesis iba a ser sobre literatura, sobre algo literario de Europa del Este, sobre el exilio. La primera vez que estuve con ella, nervioso, tímido, inseguro, me preguntó a quién quería estudiar. A Kundera, le dije. Me respondió que no, que estaba vivo, que pensara en otro. Sándor Márai, contesté. Tampoco. No lo conocía. Desorientado, balbuceé que Witold Gombrowicz. Ella sonrió, y yo me insulté.

Pasé los siguientes años leyendo todo lo que Gombrowicz había publicado, y todo lo que otros escribieron sobre él. Leí mucho, y en cada lectura fui entendiendo un poco más. No sus libros, o no necesariamente lo que sus libros quieren decir. Fui entendiendo sus intenciones, sus búsquedas, su deseo de provocar, de despertar a los lectores de una modorra intelectual. Encontré en Gombrowicz a un pensador lúcido, brillante, reflexivo, que como no se sentía cómodo en ninguna parte buscaba trasladar esa misma incomodidad a todos los demás.

En 2014 hicimos el Primer Congreso Internacional Witold Gombrowicz. Digo hicimos porque fuimos muchos. Lo empecé sin saber a dónde estaba yendo, y se sumaron personas a las que no había visto nunca en mi vida, y que en general no habían leído nada de Gombrowicz, pero que se cargaron la propuesta al hombro. Y leyeron a Gombrowicz. Y se especializaron en Gombrowicz. El evento de 2014 se hizo principalmente en la Biblioteca Nacional, donde reunimos a más de sesenta especialistas de dieciséis países. En la misma sala en la que discutíamos colgamos las ilustraciones que cuarenta artistas hicieron sobre Gombrowicz, y que se transformaron además en nuestro primer libro (Esto no es una nariz). Hicimos un pequeño ciclo de teatro, un city tour y empezamos a filmar un documental. Y, a pedido de Rita Gombrowicz (la viuda), se comenzó a reeditar a Gombrowicz en Argentina, después de mucho tiempo de ser un autor inconseguible en librerías. Todo sobre Gombrowicz, con dos años de preproducción, y a lo largo de cuatro días. Terminamos exhaustos, felices, sabiendo que ahí terminaba todo ese asunto.

Pero tampoco.

Nos gustó tanto lo que pasó ahí que decidimos seguir. Nosotros, que no teníamos nombre, que éramos un rejunte de personas de diferentes profesiones, estudios, intereses, decidimos ser el Congreso Gombrowicz, dando inicio a una confusión muy genuina que se sostiene hasta hoy. Porque el Congreso Gombrowicz es un evento, y el Congreso Gombrowicz es un colectivo organizador de cosas sobre Gombrowicz. Que no es lo mismo.

Si algo nos quedó latente del evento fue que habían ido muchísimas personas que no tenían nada de especialistas. Más de mil asistentes, simples curiosos que querían saber más. Lanzamos entonces una campaña, “Echemos a Gombrowicz a la calle”, que era donde tenía que estar. En 2015 partimos de esa idea y armamos un evento mucho más pequeño, en un bar, que se llamó “Gombrowicz en un minuto”. Convocamos a unos treinta escritores, dramaturgos, periodistas, psicoanalistas y lectores de Gombrowicz vinculados al mundo cultural. Les dimos fragmentos de su obra, los hicimos subirse al escenario y les pedimos que un tras otro fueran leyendo esos papeles, que en un minuto servían como un pantallazo general de la obra completa de Gombrowicz.

Ese año armamos también una audiovideoteca y una biblioteca Gombrowicz, las dos online y gratuitas, con más de setenta videos y cuatrocientos textos de y sobre Gombrowicz, y fuimos a Puan. Preparamos un par de textos breves, le pedimos a dos actrices que los memorizaran, y las acompañamos con una cámara por toda la facultad. Irrumpían en las aulas en el medio de la cursada y lanzaban la parrafada, que terminaba con un “A mis alumnos les digo: recuerden que no soy uno de esos profesores buenazos de ustedes, con patente y garantías. Conmigo nunca se sabe. En cualquier momento puedo soltar una tontería o mentir, en fin, tomar el pelo. Conmigo no hay garantías. Soy un bribón, me gusta divertirme, y me pitorreo, me pitorreo, me pitorreo, me pitorreo, me pitorreo, me pitorreo, de ustedes y de mis enseñanzas”. Algunos se reían. Otros miraban aburridos, o sacaban fotos con el celular, o ponían cara de qué espanto, o nos echaban. Pero ese día todos escucharon algo de Gombrowicz.

Si en 2014 habíamos hecho un evento para especialistas, y en 2015 uno para lectores, en 2016 optamos por dar un paso más allá y saltar al vacío, para hacer una propuesta en la que pudieran participar y divertirse personas no solo que no hubieran leído a Gombrowicz, sino que no leyeran nada, en general. Ese año hicimos “Contra los escritores”, a partir de un juego de palabra con un texto de Gombrowicz, “Contra los poetas”, uno de los manifiestos políticos, éticos y estéticos más fuertes del siglo XX. El motivo: acabábamos de publicar de manera digital El fantasma de Gombrowicz recorre la Argentina, un libro con treinta y siete artículos expuestos durante el congreso de 2014, y no queríamos que pasara desapercibido.

W-VI“Contra los escritores” fue un evento en el que inventamos un formato, una mezcla de reality show con juego de preguntas y respuestas, obra de teatro, performance y no sé qué más. Los participantes fueron celebrities, personas que salían en la tele y que en la mayoría de los casos no había escuchado hablar de Gombrowicz jamás. Los sentamos en un escenario y los hicimos jugar y participar, y hacer gestos grotescos y hasta desvestirse, mientras contestaban cosas de Gombrowicz para sorpresa de las quinientas personas que fueron al Teatro del Globo ese día. La fila para entrar comenzaba en Marcelo T. De Alvear, al lado del Coliseo, daba vuelta a la esquina y llegaba hasta mitad de cuadra de la 9 de julio. Minutos antes de que empezara el evento salí a ver ese fenómeno extraño y delirante. Paseaba entre la gente y les preguntaba qué hacían ahí. Una me contestó que no sabía. Que iba caminando, vio la fila, preguntó qué regalaban, le dijeron que nada, que era una obra de teatro, o algo así, sobre un escritor, o algo así, que no sabían, pero que era gratis y estaba Gonzalo Heredia, así que decidió quedarse ella también. Esa persona se fue del teatro habiendo escuchado el nombre de Gombrowicz, y quizás recordando el título de uno de sus libros, o alguna anécdota, o un dato de color. Tal vez se fue movilizada por alguna frase, o simplemente huyó despavorida y shockeada cuando vio un formato tan inmaduro, que fue lo que propusimos.

“Contra los escritores” fue sin lugar a dudas la acción más extraña y cansadora que hicimos en todos estos años. Realmente no sabíamos lo que hacíamos, pero sí por qué. El triunfo, para nosotros, fue leer que varios lectores de Gombrowicz, muy serios todos ellos, estuvieran enojados y ofendidos, porque a quién se le ocurre llevar a Muscari y Dalia Gutman a un teatro para explicarle a la gente quién era este polaco. Para nosotros fue un triunfo porque esos lectores develaron, de algún modo, su costado más conservador, rígido y formal. Todo eso que Gombrowicz ataca con risa.

El cansancio fue tan grande que en 2017 decidimos hacer, me cito textual, “algo chiquito y simbólico”. Pensamos en festejar los setenta años de la traducción al español de Ferdydurke, y durante meses estuvimos trabajando en organizar una kermesse. De verdad. Al final optamos por seguirle el juego a Gombrowicz y Virgilio Piñera, que para promocionar Ferdydurke hicieron dos revistas de un solo número: Aurora. Revista de la resistencia, y Victrola. Revista de la insistencia. Hicimos entonces Witolda. Revista de la persistencia, en la que convocamos a más de cien personas de todo el mundo. Produjimos contenido para que los especialistas encontraran material nuevo, para que los lectores recurrentes se sintieran cómodos y sorprendidos, y para que los que no conocían a Gombrowicz empezaran a conocerlo.

Como imprimir una revista con tintas flúo es un poco caro (mucho más que hacerlo full color) lanzamos una campaña de financiamiento colectivo, similar a las que habíamos hecho otros años, pero con mucha más producción y la participación de actores de primer nivel. La campaña fue tanto o más agotadora que la creación de todo el contenido de la revista. Y, mientras tanto, organizamos el evento de lanzamiento en la Biblioteca Nacional, para algo más de doscientas personas. Hubo vino, hubo un pibe con cabeza de Gombrowicz paseándose entre la multitud, estuvo el embajador de Polonia y cerramos con un acústico de Ricardo Tapia, cantante de la Mississippi, cantando el “Gombro Blues”, que compuso especialmente para ese día.

2018 fue nuestro año más tranquilo en lo que se refiere a dar la cara. Estuvimos en el Teatro San Martín, acompañando el estreno de la obra “El casamiento”, y para eso propusimos dos acciones: llevar la muestra de ilustraciones que ya teníamos armada, y organizar una mesa de debate clásica y efectiva sobre Gombrowicz y el teatro.

Y lanzamos, además, el Premio Gombrowicz de Novela, que cerró este año y al que llegaron mil quinientas cincuenta obras de treinta y siete países. Es un buen premio, con cien mil pesos para la obra ganadora y un jurado compuesto por Martín Kohan, Ariana Harwicz y Eduardo Berti.

Para mí fue un año especial, porque fui a Polonia por primera vez. Me reuní en Varsovia y Cracovia con varios de los especialistas en Gombrowicz más importantes de mundo (varios de ellos ya habían estado en Argentina para el primer congreso), fui al Museo Gombrowicz de Wsola, y al Teatro Universal de Radom, imponente, donde cada dos años se organiza el Festival Gombrowicz. Quizás lo más movilizante de todo el viaje haya sido dar una clase sobre Gombrowicz en español en Łódź, a estudiantes de Filología Hispánica. Aunque no descarto poner en ese lugar mis visitas a librerías en las que me miraban muy extraño cuando me llevaba diez o doce libros de Gombrowicz, en polaco (idioma que desconozco por completo), o una escena un poco preocupante, en la que más o menos hostigué a una chica a la que vi leyendo a Gombrowicz en el metro, y que fue la única persona a la que encontré con un libro de Gombrowicz en la mano durante toda esa semana.

Todo eso es pasado. Es la historia del Congreso Gombrowicz, de lo que hicimos, de lo que no. En breve vamos a abrir las puertas del Segundo Congreso Internacional Witold Gombrowicz, y ahí no sabemos qué va a pasar. Sabemos qué vamos a proponer, qué actividades vamos a desarrollar, pero no qué va a pasar. Sabemos que la apertura la vamos a volver a hacer en el auditorio principal de la Biblioteca Nacional, el lunes 12 de agosto a las siete de la tarde. Sabemos que el IDAES de la UNSAM va a ser la sede de todas las ponencias académicas, y que va a haber charlas, debates y talleres (de lectura y de traducción) en el Espacio Borges de la Biblioteca Miguel Cané, en la Biblioteca Domeyko, en la librería Witolda. Que va a haber cuatro obras diferentes en dos teatros. Que vamos a teñir la ciudad de afiches negros y violetas con la imagen nueva del Congreso. Que vamos a llevar las mejores películas sobre Gombrowicz a una de las mejores salas de cine del país, y que ahí vamos a proyectar algo del documental que seguimos filmando, después de cinco años. Que vamos a volver con el city tour, y que por primera vez en la historia va a haber una radio dedicada a transmitir durante veinticuatro horas contenido sobre un escritor. Que en la Biblioteca Lugones va a funcionar una sala de escape, y que como cierre de todo esto vamos a entregar el premio de novela. Sabemos que van a venir especialistas de todo el mundo, y que por sobre todas las cosas queremos que sea un evento gratuito, abierto, que tenga como objetivo echar a Gombrowicz a la calle, que es donde pertenece. Un evento para especialistas, para lectores, para personas que quieran disfrutar de acciones culturales distendidas, divertidas, informales, con mucha producción.

Durante toda la etapa inicial de preproducción del Segundo Congreso nos planteamos mucho por qué seguir llamándolo congreso, si en general los congresos son eventos serios, formales, aburridos, a los que se va para sumar puntos que sirvan para una beca, un cargo docente, o algo así. Estuvimos a punto de abandonar el nombre y llamarlo festival, fiesta, lo que sea. Pero decidimos que no. Que nosotros somos un congreso, y que un congreso no tiene por qué sostener las características que se le suelen endosar. Que un congreso puede ser otra cosa, que puede ser esto también, y que entonces nuestra posición no solamente va a ser la de sostener un significante, sino la de militar para que el significante crezca, se vuelva polimorfo, para que se transforme y pueda devenir en otra cosa. Para que los congresos se vuelvan más dinámicos, más inclusivos, más entretenidos. Más incómodos. Más gombrowiczianos.

En mi casa no hay un día en el que no se hable de Gombrowicz. En mi biblioteca hay setenta y cuatro libros suyos (los acabo de contar) en español, polaco, francés, inglés, checo, italiano y danés. Hay libros sobre él, fotocopias de otros libros que no tengo, cuadernos, agendas, vasos, fotos. Tengo cinco remeras con frases suyas, tres tazas con tres idiomas diferentes con el comienzo del Diario (“Lunes yo, martes yo, miércoles yo, jueves yo”) y siete pares de medias diferentes, que incluyen un Gombro Simpson y otras que dicen “Gombro o muerte”. Tengo una reproducción a escala del Federico Costa, el barco italiano en el que se volvió a Europa, y la máquina de escribir en la que Rosa María Brenca pasó en limpio la primera versión de El casamiento. Encima de mi escritorio está el original del dibujo que mi hijo mayor hizo de Gombrowicz, que es la imagen de mi libro sobre él (mi tesis doctoral, adaptada). Élaprendió a decir Gombrowicz cuando tenía dos años (lo pronuncia con una fonética perfecta, mejor que la mayoría de la gente que conozco) y siempre me pregunta cosas sobre él. Cuando nació mi segundo hijo muchos me preguntaron, un poco en chiste y un poco en serio, si lo iba a llamar Witoldo. Jamás lo hubiera llamado así, pero si era mujer no me hubiera disgustado que fuera Rita.

Gombrowicz es, a esta altura, una parte importantísima de mi vida. Y yo estoy podrido de él, de la saturación que me produce. Porque cada vez que quiero despegarme y dejarlo de lado, y estar un buen tiempo sin hacer algo con él, retorna. Como un fantasma. No como el fantasma de un escritor polaco que seguramente habrá sido un tipo desagradable, y que estoy muy feliz de no haber conocido nunca. Más bien retorna como el fantasma de un tío abuelo que es lejano, pero del que siempre me hablaron mucho. Como si fuera parte de una historia anterior a mi nacimiento, o a mi decisión. Como si fuera parte de mi ADN. No lo es. Sería tranquilizador que fuera así, que la biología o el destino me lo hubieran impuesto, pero no: hago cosas con Gombrowicz porque es una decisión. Las hago porque puedo, porque me gusta, porque aunque el hartazgo aparezca cada vez hay algo que es más fuerte, más movilizante, más profundo o pesado. Es, creo yo, la intuición de que semejante fijación me salva, de algún modo. Me permite ahondar siempre un poco más en algo que va mucho más allá de Gombrowicz, de sus libros, de sus provocaciones, y que tiene que ver con un modo de vida, de relacionarme con el mundo, de hacer que pasen cosas para que donde no había nada haya un congreso, un colectivo, un montón de gente que sala a calle con las medias de un escritor polaco que quizás todavía no leyó, pero que está ahí, agazapado, listo para llamar la atención del próximo que pase y forzarlo a pensar de otra manera, a correrse de lo establecido y hacer lo que sea que haya que hacer. Más o menos eso es lo que Gombrowicz representa para mí.