Eugenio López Arriazu
Leer hoy, a veintitrés años de su primera publicación, Acerca del robo de historias y otros relatos, es producir una aventura doble: el goce de las historias en sí mismas, tan frescas y vigentes como cuando fueron concebidas, y la sorprendente comprobación de que de ellas surge toda la obra posterior.
El lector que quiera disfrutar sin mediaciones ni condicionamientos del libro, tiene aquí, en el segundo párrafo de esta reseña, una buena oportunidad para abandonarla. Tome la recomendación, hágase del libro y lea a pierna suelta anécdotas, historias enmarcadas, alegorías, mucha imaginación y sátiras que lo harán pensar, inevitablemente, en nuestra realidad argentina (mucho más cercana a la búlgara de lo que se podría pensar). Si les gustó el libro, vuelvan. Lo que sigue intenta dar algunas claves para releer ese mismo libro como si fuera otro.
Continuemos, por tanto, con los que no se fueron y con los que regresaron.
En uno de los cuentos, “Vaysha, la ciega”, Vaysha ve el pasado con el ojo izquierdo y el futuro con el derecho. Pero es ciega, porque no puede ver el presente: un joven pretendiente, por ejemplo, es un niño si lo ve con el izquierdo, un anciano si con el derecho. La parábola es un comentario sobre la perplejidad continua que nos produce el presente. La situación de todos es también la del crítico: entrenados para analizar el pasado, no sabemos a menudo cómo tomar el presente. Sin embargo, aquí termina el paralelo. Porque la posibilidad de ver el futuro nos está negada a los simples mortales. Solo podemos proyectar la razón o el deseo, hipotetizar y soñar. La ceguera frente al presente no es otra cosa, en última instancia, que la falla de todas nuestras previsiones ante la emergencia de lo imprevisto. Es decir, el abismo existente entre nuestra visión del futuro y la realidad en que se ha convertido cuando se hace presente.
Empecemos, entonces, por lo seguro. Jugaremos brevemente a ser Vaysha en 2001. Dejando el 2001 de lado, examinaremos con el ojo izquierdo el pasado señalado en las historias, para luego jugar al futuro y examinar con el ojo derecho lo que vino después: la dirección que las historias le marcaron a la obra de Gospodínov. Pero sería cobarde quedarnos ahí. Saldremos del área de confort e intentaremos, para finalizar, evaluar la vigencia de las historias en nuestro presente de 2024, aún sin futuro.

Las veintiún historias que componen el libro fueron escritas durante la década de 1990 y publicadas, como el lector ya sabe, bajo el título de Y otras historias, en 2001. Son historias de la década posterior a la caída del sistema socialista búlgaro en 1989. Buscan, por tanto, una nueva estética para el presente, dar cuenta del pasado y señalar un camino para el futuro. Por cierto, esto que dicho así parece lógico (“por tanto”) es lo que hace de Gospodínov un gran autor. Pocos son los escritores que comienzan su obra con una visión de la misma como tal, tanteando una construcción unitaria y coherente que se desarrolle en el tiempo a partir de un diagnóstico de la realidad y de una decisión sobre el futuro.
Los elementos del pasado que los relatos reevalúan son la historia del período comunista, su cosmovisión y discursos legitimadores, un mundo que aparece repetidamente, siempre con distancia, satirizado. En “Primeros pasos”, por ejemplo, hay una nostalgia y rechazo de los recuerdos de la niñez.
Y allí, en un cartel de metacrilato azul colgado de la pared, leí por primera vez: “Los escritores son los cirujanos del alma humana. Deben extirpar de ella todo lo que está podrido y descompuesto”. ¿Qué podía significar ese cartel en aquel lugar? Lo leía por sílabas mientras sorbía mi sopa. Una cucharada, “cirujanos”; otra, “podrido”; otra más, “descompuesto”… Tenía un sabor peculiar aquella sopa.[1]
El niño es el portavoz de la memoria del pasado, al que considera “una época dorada para nuestra cultura general”, y esto se articula de inmediato con la percepción presente del adulto, para quien “El mundo resultó ser mucho más aburrido de lo que prometía”. La desilusión da una nueva perspectiva a las percepciones del niño, de algún modo desautorizadas. A la vez, pone coto a la nostalgia.
El humor se hace entonces omnipresente y conduce algunos cuentos a la sátira. En “Los paños menores de la historia”, por ejemplo, Gospodínov satiriza, con una maestría digna de Gógol, el ambiente cotidiano de sospecha y delación entre los vecinos y miembros del partido en un pueblo pequeño.
“Forjando el pendiente búlgaro”, para dar otro ejemplo, es un sueño alegórico en el que nos alejamos de la narración tradicional con personajes y conflicto definido, para acercarnos a las técnicas del ensayo artístico. El título hace alusión a un refrán, “que lo lleves como un pendiente en la oreja”, donde lo que se lleva sirve de lección o escarmiento. Es una pesadilla. A través del oído,[2] la oreja se engaña a sí misma sobre el pasado y sus proyecciones de futuro (el presente democrático tras 1989) y produce en su propio interior, con su yunque y su martillo, su propio pendiente: “Como en el escudo de Aquiles, en él estaba todo representado: las cocinas, los embudos, los que engañaban y los engañados. También estaban los que se habían dejado arrastrar por el baile, y los que se escondían”.
Pasemos a la obra que sigue tras estas historias. Encontramos en ella no solo un estilo y motivos que se repiten, sino toda una temática y una visión de mundo. El estilo que surge del conjunto, irreverente y descreído, fragmentario, alegórico y altamente imaginativo se continúa y crece en las novelas.
Hay motivos que se repiten. Las moscas, baños y urinarios serán centrales en Novela natural (1999)[3] y una mosca ocupará otra vez varias páginas de Las tempestálidas (2020).[4] Gaustín, un personaje que se convertirá en alter ego de Gospodínov, ya aparece aquí en dos cuentos, que casi enmarcan la colección. En “El hombre con muchos nombres”, segundo del libro, Gaustín es un filósofo vagabundo (los vagabundos son otro de los motivos que recorren la obra). En “Gaustín”, que cierra el libro, leemos la historia de un personaje obsesionado con la restauración del pasado. Tuvieron que pasar veintitrés años para que los lectores de habla hispana tomáramos conciencia de la importancia fundacional de este relato y de este personaje. Porque el cuento, íntegro e intacto, constituye el capítulo cinco de Las tempestálidas. Así como de un pañuelo sale un conejo gracias a la galera del mago, la novela entera sale de esta historia, gracias a la magia de Gospodínov.
El tema central, por último, es nuestra realidad vista desde un trasfondo filosófico que podemos llamar posmoderno: en las antípodas de cualquier intento idealizante, Gospodínov juega con la cotidianeidad, la lengua, el estatuto engañoso de los discursos como parte material de la realidad, las representaciones presentes del pasado (su invención) y los vericuetos del poder, percibido siempre con distancia apartidaria.
La visión puede captarse aquí a partir del valor que adquiere en el conjunto el concepto “historias”. Esto vale para la totalidad de la obra, porque si toda novela es, en principio, un conjunto de historias entrelazadas, Gospodínov hace de este principio, a través de la fragmentación y la pululación, un sello estructural, estilístico y temático.
Lo primero que hay que notar, entonces, es que el titulo original no es el de la versión española, sino, simplemente, Y otras historias. Es decir, una primera colección de historias que se proponen como respuesta, desafío, complemento, etc., a las historias que ya circulan en la sociedad.
Segundo, como concluye “Mosca en el urinario”, “ya ninguna historia es inofensiva”. De ahí la carga política en sentido amplio, el intento desestabilizador de nuestra doxa.
Tercero, la circulación anárquica de las historias contra toda jerarquía (brotan por doquier) implica que estas no aspiren a una trascendencia más allá de su rol subversivo en el contexto siempre presente de la lectura. Por eso, “Vaysha, la ciega”, concluye con una apelación al lector que ha intentado leer “Vaysha, la ciega” (y todo el libro) con solo uno de los ojos… sin poder distinguir las letras. Porque está leyendo con los ojos de Vaysha o porque “esta historia es tan perecedera como este trozo de papel y este mundo marchito”.
Cuarto, el resultado de la videncia es el opuesto al esperado: la desacralización completa de las historias en un mundo inmanente.
Quinto, no solo no hay historia original,[5] sino que, como tematiza la historia que sirvió de título a la edición española, toda historia es un robo. Es decir, es ajena. Ahora bien, uno se preguntaría, ¿por qué un robo? ¿No podrían ser de todos? ¿Acaso la circulación de historias no es algo comunitario, el acervo de una tradición, el encolado de una identidad? Gospodínov parece decirnos que, en nuestro mundo capitalista de propiedad privada, las historias también han sido apropiadas. Disputarlas, robarlas y ponerlas a circular en contextos nuevos con nuevos significados es la tarea (inevitable, así sucede). Porque cada historia es también una cuestión política, una lucha de poder.
Sexto, las historias abundan en fallas y paradojas comunicativas, como en “La octava noche”, donde la sordera obliga a la lectura, imperfecta, de los labios; o como en “Una segunda historia”, donde un guarda de tren y un pasajero tienen un “diálogo” verbal a pesar de hablar diferentes idiomas. Porque las capas polisémicas del lenguaje le dan la espalda al referente. Ya no hay representación realista posible.
Séptimo y último, las historias reemplazan la transparencia de la representación realista por la inversión posmodernista del simulacro. En “Primeros pasos”, Gospodínov nos da una clave de lectura al aludir a Baudrillard y su idea de precedencia del simulacro por sobre la realidad. Ya no hay territorio, nuestros modelos son el mapa, no el territorio. Así sucede en Las tempestálidas. Así pasa ya en estas historias. Así lo dice Gospodínov: “Por eso abrazamos luego con tanto furor a Baudrillard y la ‘precesión del simulacro’. Ya no teníamos por qué ir a ver la torre Eiffel: era otra copia más, y sin termómetro”[6].
Nos queda salir de la zona de confort. ¿Qué vigencia tienen estas historias y esta noción de historia? Plena, a juzgar por el éxito de la obra en su conjunto. A pesar del paso del tiempo, la percepción posmoderna de la realidad sigue siendo actual. Desconfiamos, con razón, de las representaciones, porque los discursos no representan: crean; son, por lo tanto, ficcionales. No dejamos de desconfiar desde la caída del Muro de Berlín. El mundo pasó de la bipolaridad previa a una monopolaridad que duró treinta años para ir desarmándose ahora hacia un mundo multipolar. Ahora bien, quienes detentan el poder también se legitiman por un discurso antiideológico. Esconden su ideología tras la crítica de la ideología como narrativa. Gospodínov muestra que sus narraciones son también representaciones, y así nos ayuda a desenmascararlas.
Tal vez sea hora de volver a enarbolar una ideología, pero sin hacerla piel y falsa conciencia, conscientes de su carácter representativo: un arma, tan ofensiva y perecedera como una historia.
Notas
[1] Todas las citas son traducción de María Vútova.
[2] Nuevamente el oído frente a la vista. Cf. mi artículo en este dossier sobre el primer cuento de esta colección: Borges, la ceguera, la sordera y Gospodínov.
[3] Traducida al español como Una novela natural por Neva Micheva (Barcelona, Saymon, 2009) y como Novela natural por María Vútova (Madrid, Fulgencio Pimentel, 2020).
[4] Ganadora del Booker Prize 2023, su título original podría traducirse literalmente como “El refugio del tiempo” (Madrid: Fulgencio Pimentel, 2022. Trad. de María Vútova).
[5] Cf. mi artículo sobre la primera novela de Gospodínov en esta revista para una relación entre las historias, la Historia y el origen. Eslavia N° 6, diciembre 2020, https://eslavia.com.ar/la-historia-y-las-historias-una-novela-natural-de-g-gospodinov/
[6] En una Bulgaria que no permitía viajar libremente al exterior, la visión de la torre Eiffel se daba en “forma de un pequeño souvenir con un termómetro para medir la temperatura de los interiores”.