Conversación con Spinoza (Разговор со Спиноза), Goce Smilevski.

Goce Smilevski[1]

Traducción: Pablo Arraigada

PRIMERA NOCHE

La reunión

Yaces muerto en la cama y yo me acerco lentamente a ti. Eres tan pequeño, Spinoza, en esa gran cama de rojo terciopelo, en esa cama de baldaquino con cortinas, en la que naciste cuarenta y cuatro años y tres meses antes de tu muerte. Yaces en la gran cama roja de baldaquino, la única cama que has tenido siempre en tu vida, y en este momento no tienes más, ni un cuerpo con el que yacer, y posiblemente no lo tenías cuando todavía estabas en él, cuando todavía estás vivo.

Cuando estás a cien años de tu muerte, desde esa distancia observo tu cuerpo muerto, esto es sólo un momento antes, cuando por primera vez alguien entró a tu cuarto y te encontró completamente frío. Toco tu mano, en ella aún hay un poco de calor, con un corto toque siento cómo el frío se extiende por tu cuerpo. En tu rostro se seca un rastro de lágrimas, y aquellos que van a venir, que van a encontrarlo muerto, no lo van a advertir. Te van a ver, yaces en posición fetal, tenías el pelo despeinado, la boca un poco abierta, como si quisiera decir algo, empezar una conversación, que tu piel es como papel chino y tus uñas inusualmente débiles, amarillas y oscuras, pero en tu rostro no van a encontrar rastros de una lágrima, como si ya se hubiesen secado.

¿Por qué estoy de pie aquí, Spinoza, sobre tu cuerpo muerto? ¿Por qué estoy tan cerca, a sólo un paso de tu cuerpo muerto, y sin embargo tan lejos, a cien años de tu muerte? Quizás por eso esa lágrima, Spinoza, que es como la esencia de tu vida que dura aún después, incluso cuando la vida ya terminó.

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En mi cara no hay lágrimas, _ _ _ _. Estás cerca, _ _ _ _, sólo a un paso de mi cuerpo, pero siempre demasiado lejos, a cien años de mi muerte, y así como un ojo por la refracción de la luz, como si fuese el caso de una ilusión óptica, cada cosa en el lugar se ve distinta, así también tú ahora, que estás de pie aquí, sobre mi cuerpo, a cien años de mi muerte por eso en la refracción del tiempo en mi rostro ves una lágrima que no está. Además, esos que leyeron mis trabajos bien saben cómo desprecié las lágrimas. Para que se entendiera mi desprecio hacia las lágrimas, se necesitaría examinar toda mi vida, y no sólo las horas de mi muerte. Entonces empecemos en mi nacimiento o, mejor aún, en mi concepción.

Noche de febrero en Amsterdam

 Es de noche, final del mes de febrero y Amsterdam duerme. Duermen los comerciantes y los sacerdotes, los ricos y los pobres, duermen los asaltantes y los ladrones, los amantes y los solitarios, duermen los niños y los ancianos, los lecheros y los constructores, duerme el bien y el mal, duerme el agua en los canales, también la que flota. Amsterdam duerme, pero hay quienes esa noche de febrero no lo hacen. Despiertos los borrachos, que cantan por las tabernas entre Jodenbreestaat y Oude Kerk, despiertas están también las prostitutas que andan de calle en calle, que paran frente a las tabernas y gritan sus tarifas, algunas de ellas en las calles por las mangas llevan a los extraños, otras yacen con marineros o mercaderes londinenses entre sus piernas. Despierto está un hombre que asesinó a su esposa junto a su joven amante, que los atrapó en la cama y espera ser ejecutado el día siguiente. Despierta también está una chica que toca el clavecín, y un muchacho que lee la Anatomía de la melancolía, de Robert Burton. Despierta también una anciana que intenta recordar su noche de bodas, y que va a morir esa noche. Despierto también un pescador, quien piensa en su hijo con hambre, que a causa del hambre no puede dormir, pero ya que lo sabe para protegerlo, pretende dormir. Despierto también está algún pintor que se pone de pie, rodeado de esbozos, se prepara para empezar a pintar sobre el lienzo sólo a unas pocas casas de donde tú naciste. Su nombre es Rembrandt. Despiertos también están tus padres, Spinoza, a escasos cien metros del pintor, que contempla de pie su lienzo. Tus padres en la oscuridad yacen en la gran cama roja de baldaquino. Rembrandt está de pie ante el caballete: mira el dibujo, que con tiza ha trazado en el lienzo. En este, un retrato de un hombre que yace muerto llamado Aris Kindt, que fue ejecutado el 16 de enero de ese año por un delito de robo a mano armada. El día previo a su ejecución, el presidente de la sociedad de cirujanos, Nicolaes Tulp, y seis de sus colegas le pidieron a Rembrandt que los pinte en una lección de anatomía en el Theatrum Anatomicum. Ahora, un mes después, Rembrandt está de pie frente a un lienzo y quiere empezar a pintar. Con el pincel pinta de rojo, está de pie cerca del blanco como tus padres se acercan más el uno al otro, y el espacio entre ambos desaparece. <<¿Con qué voy a empezar aquí?>> Rembrandt se interroga, mientras está con el pincel remojado en el sangriento color. Mira los esbozos, en ellos hay tijeras anatómicas que diseccionan los brazos del muerto y ahora sostienen la carne. Las tijeras en la mano de Nicolaes Tulp, alrededor del muerto están siete selectos cirujanos, uno de ellos está de pie en la esquina izquierda de la imagen, mira a Tulp, posiblemente se interesa en lo que el profesor cuenta. Dos de ellos, que están mejor detrás, miran al pintor, ya que les resulta importante que la pintura sea bonita. Uno mira hacia alguna parte, probablemente allí donde se reunieron los habitantes de Amsterdam que observarían los esbozos de retratos grupales con el muerto. Ese, que está más inclinado, mira la carne que ha sido diseccionada con las tijeras anatómicas. Dos de ellos miran los dedos de la mano izquierda del profesor Tulp, que entre el pulgar y el índice sostiene una gota de sangre. <<¿Debo empezar con esa gota?>>, se interroga Rembrandt esa noche (noche en la cual serás concebido, Spinoza), con dudas, cada vez su mano más cerca del lienzo y luego, de forma súbita, retira la mano, en movimientos cortos, aunque muy rápidos, no queda una sola duda que los cuerpos de tus padres están cada vez más juntos. La contracción de sus rostros es parecida a la de la cara de Rembrandt. <<¿Cómo empiezo, con qué empiezo?>>, se interroga el joven pintor –tiene veintiséis años, es bueno pintando, pero antes de empezar a pintar y cuando la pintura termina, siempre siente miedo-, tus padres en ese momento van a terminar tu concepción, el esperma de tu padre se vierte en la vagina de tu madre. <<No>>, piensa Rembrandt, <<no con una gota de sangre, esa es la esencia del espíritu, lo voy a ahorrar para el final>>, y con el pincel dibuja algunas líneas rojas sobre la carne muerta abierta.

Notas

[1] Escritor de origen macedonio (1975, Skopje, Macedonia del Norte) que se formó en Praga, Budapest y su ciudad natal, Skopje. Ha publicado, entre otras obras, las novelas El planeta de la inexperiencia (2000), Conversación con Spinoza (2002), La hermana de Freud (2010) y El retorno de las palabras (2016). Por su novela La hermana de Freud consiguió premios como el de la Unión de Literatura Europea, y ha sido traducida a varias lenguas, incluso al español. El texto que publicamos es un fragmento de la novela.