La República de la Cruz del Sur

Valeri Briúsov

Traducción: Eugenio López Arriazu

Artículo de un número especial de “El Heraldo Vespertino de Europa Septentrional”

En los últimos tiempos apareció toda una serie de descripciones de la terrible catástrofe que sufrió la República de la Cruz del Sur. Difieren asombrosamente entre sí y reportan una cantidad no pequeña de sucesos claramente fantásticos e increíbles. Evidentemente, los antologistas de estas descripciones aceptan con demasiada credulidad los testimonios de los habitantes sobrevivientes de Ciudad Estelar, quienes, como se sabe, padecieron todos de desorden psíquico. Por eso consideramos útil y oportuno hacer aquí una síntesis de todas las noticias fiables que tenemos hasta ahora de la tragedia que se desarrolló en el Polo Sur.

La República de la Cruz del Sur surgió hace cuarenta años de  trescientas fábricas de fundición de acero situadas en las regiones del Polo Sur. En una circular difundida entre los gobiernos del globo terrestre, el nuevo estado reclamó todas las tierras, tanto continentales como insulares, comprendidas dentro de los límites del círculo polar antártico, así como todas las que cruzaban los límites mencionados. Expresó su voluntad de adquirir estas tierras comprándoselas a los estados que las consideraban parte de su protectorado. Los reclamos de la nueva República no hallaron oposición entre las quince potencias más grandes del mundo. Las cuestiones polémicas sobre algunas islas que estaban por completo tras el círculo polar, pero muy próximas a las regiones polares, requirieron acuerdos especiales. Con la ejecución de las diferentes formalidades, la República de la Cruz del Sur se incorporó a la familia de los estados del mundo, con los que acreditaron a sus representantes.

La ciudad principal de la República, llamada Estelar, estaba ubicada justo en el polo. El edificio de la Municipalidad estaba en el punto imaginario por el que pasa el eje terrestre y se unen todos los meridianos, y su aguda cúspide, que se elevaba por sobre los techos de la ciudad, apuntaba al nadir celeste. Las calles de la ciudad se desparramaban por los meridianos desde la municipalidad y las meridionales eran cortadas por otras que iban en círculos paralelos. La altura de todos los edificios era igual así como el exterior de las construcciones. Las paredes de las edificaciones carecían de ventanas porque tenían iluminación eléctrica interior. Las calles también tenían luz eléctrica. En razón de la severidad del clima, habían construido sobre la ciudad un techo impenetrable a la luz con potentes ventiladores para el recambio permanente del aire. Estas regiones del globo terrestre sólo conocen un día de seis meses en el curso del año y una larga noche también de seis meses, pero las calles de Ciudad Estelar estaban siempre iluminadas por la misma luz clara y pareja. De modo similar, en todas las estaciones del año se mantenía artificialmente siempre la misma temperatura en las calles.

Según el último censo, la cantidad de habitantes de Ciudad Estelar llegaba a 2.500.000. El resto de la población de la República, que se estimaba en 50.000.000, se concentraba alrededor de los puertos y las fábricas. Estos puntos también reunían a millones de personas y por su construcción exterior se parecían a Ciudad Estelar. Gracias a la ingeniosa aplicación de la fuerza eléctrica, los accesos a los puertos locales permanecían abiertos todo el año. Caminos eléctricos colgantes unían entre sí los puntos habitados de la República transportando diariamente de una ciudad a otra a decenas de miles de personas y millones de kilogramos de productos. Con respecto al interior del país, permanecía deshabitado. Ante la vista de los viajeros, por las ventanas de los vagones, sólo pasaban desiertos monótonos, completamente blancos en invierno y con escasa hierba los tres meses de verano. Los animales salvajes hacía mucho que habían sido exterminados y el hombre no tenía allí con qué mantenerse. Por lo que resultaba aún más asombrosa la vida agitada de las ciudades portuarias y las ciudades fabriles. Para dar una idea de esta vida, es suficiente decir que en los últimos años cerca del 70% de todo el metal producido en la tierra llegaba para su elaboración a las fábricas estatales de la República.

La Constitución de la República daba la impresión de haber hecho realidad el poder popular total. Los únicos ciudadanos con plenos derechos eran los obreros de las fábricas metalúrgicas, que constituían cerca del 60% de toda la población. Dichas fábricas eran de propiedad estatal. La vida de los obreros en las fábricas no sólo disfrutaba de todas las conveniencias posibles, sino incluso del lujo. A su disposición, además de habitaciones hermosas y comedores refinados, se ofrecían tipos diversos de instituciones educativas y de entretenimiento: bibliotecas, museos, teatros, salas de conciertos y para todo tipo de deportes, etc. La cantidad de horas laborales diarias era totalmente insignificante. La crianza y la educación de los niños, la asistencia médica y jurídica, los servicios religiosos de diferentes cultos eran tarea del estado. Con todas las necesidades, e incluso caprichos, ampliamente satisfechos, los trabajadores de las fábricas estatales no recibían ninguna recompensa monetaria, pero las familias de los ciudadanos que hubieran servido 20 años en las fábricas, así como las de los difuntos o las de quienes habían perdido durante los años laborables su capacidad de trabajo, recibían una rica pensión vitalicia a condición de no abandonar la República. Entre esos mismos obreros, por medio de una votación general, se elegía a los representantes del  Palacio Legislativo, que reglaba todas las cuestiones de la vida política del país sin derecho a cambiar sus leyes básicas.

Sin embargo, bajo el exterior democrático se ocultaba la tiranía puramente autocrática de los miembros fundadores del ex trust. Cedían a otros las bancas del Palacio, mientras ponían invariablemente a sus candidatos como directores de las fábricas. La vida económica del país se concentraba en las manos del Consejo de estos directores. Ellos hacían todos los pedidos y los distribuían entre las fábricas; ellos adquirían las máquinas y los materiales de trabajo; ellos dirigían el funcionamiento de todas las fábricas. Por sus manos pasaban sumas enormes de dinero, que se calculaban en miles de millones. El Palacio Legislativo sólo confirmaba las cuentas de beneficios y gastos que les presentaba la gerencia de las fábricas, si bien el balance de dichas cuentas superaba por lejos todo el presupuesto de la República. La influencia del Consejo de directores sobre las relaciones internacionales era enorme. Sus decisiones podían causar la ruina de países enteros. Los precios que fijaban determinaban el salario de millones de masas trabajadoras en toda la tierra. Al mismo tiempo, la influencia del Consejo, si bien indirectamente, era siempre decisiva en los asuntos internos de la República. El Palacio Legislativo era, en esencia, sólo un humilde ejecutor de la voluntad del Consejo.

El Consejo conservaba el poder en sus manos gracias antes que nada a la reglamentación despiadada de toda la vida del país. A pesar de la libertad aparente, la vida de los ciudadanos estaba reglada hasta los más mínimos detalles. Los edificios de todas las ciudades de la República se construían según el mismo modelo determinado por la ley. La decoración de todas las habitaciones concedidas a los trabajadores, a pesar de todo su lujo, era estrictamente uniforme. Todos recibían la misma comida a las mismas horas. La vestimenta provista por los almacenes estatales era siempre la misma durante décadas, siempre el mismo corte. Después de cierta hora, a una señal de la Municipalidad, estaba prohibido salir de casa. Toda la prensa del país estaba sometida a una severa censura. No se publicaba ningún artículo dirigido contra la dictadura del Consejo. Por otro lado, todo el país estaba tan convencido de lo beneficioso de la dictadura que los mismos tipografistas se negaban a componer oraciones que criticaran al Consejo. Las fábricas estaban llenas de agentes del Consejo. A la menor insatisfacción con el Consejo, los agentes convocaban rápidamente a una asamblea y se apresuraban a persuadir a los dudosos con discursos apasionados. Una prueba que los desarmaba era, por supuesto, que la vida de los obreros de la República era objeto de la envidia de toda la tierra. Afirman que en el caso de la agitación indoblegable de personas individuales, el Consejo no desdeñaba el asesinato político. Sea como fuere, durante toda la existencia de la República no se eligió por voto general de los ciudadanos ningún director del Consejo hostil a los miembros fundadores.

La población de Ciudad Estelar se componía principalmente de obreros retirados. Eran, por así decirlo, rentistas estatales. Los medios que recibían del estado les daban la posibilidad de llevar una vida de riquezas. No sorprende, por tanto, que se considerara a Ciudad Estelar una de las ciudades más alegres del mundo. Era una mina de oro para una gran variedad de empresarios y emprendedores. Los famosos de toda la tierra traían aquí sus talentos. Aquí estaban las mejores óperas, los mejores conciertos, las mejores exhibiciones de arte; aquí se publicaban las gacetas mejor informadas. Los negocios de Ciudad Estelar asombraban por la riqueza de sus ofertas; los restaurantes por el lujo y el refinamiento de los platos; los antros seducían con todas las formas del libertinaje inventadas en el Viejo y en el Nuevo Mundo. Sin embargo, la reglamentación gubernamental de la vida también se mantenía en Ciudad Estelar. Por cierto, la decoración de los departamentos y la moda de la vestimenta no eran tan estrictas, pero seguía en vigor la prohibición de salir de las casas después de una hora determinada, se conservaba la censura severa de la prensa, el Consejo mantenía su vasto cuerpo de espías. El orden se resguardaba oficialmente por una guardia popular, pero existía a su lado la polícía secreta del omnisciente Consejo.

Ése era, en sus rasgos más generales, el sistema de vida de la República de la Cruz del Sur y de su capital. Será tarea del historiador futuro determinar en qué medida éste influyó en el surgimiento y diseminación de la fatal epidemia que causó la desaparición de Ciudad Estelar y, quizás, de todo el joven Estado.

Los primeros casos de la enfermedad de “contradicción” se detectaron en la República hace ya veinte años. La enfermedad era entonces del tipo de las enfermedades casuales y esporádicas. Sin embargo, despertó el interés de los psiquiatras y neuropatólogos locales, quienes la describieron en detalle y le dedicaron algunas ponencias en el congreso internacional de medicina que tuvo lugar entonces en Lhasa. Después fue de algún modo olvidada, si bien en los hospitales psiquiátricos de Ciudad Estelar nunca faltaron pacientes que la sufrieran. La enfermedad recibió su nombre del hecho de que los enfermos contradicen ellos mismos sus deseos, quieren una cosa, pero dicen y hacen otra. (El nombre científico de la enfermedad es mania contradicens). Suele empezar por síntomas que se expresan con bastante debilidad, principalmente bajo la forma de una original afasia. En vez de “sí”, el enfermo dice “no”; si quiere decir palabras amables, cubre de insultos a su interlocutor, etc. Por lo común, junto con esto el enfermo empieza a contradecirse también con sus actos: quiere doblar a la izquierda y va hacia la derecha, quiere levantar el sombrero para ver mejor y se lo cala hasta los ojos, etc. Con el desarrollo de la enfermedad, estas “contradicciones” llenan toda la vida corporal y anímica del paciente, por supuesto, ofreciendo variaciones infinitas según las características individuales de cada uno. En general, el habla del enfermo se vuelve incomprensible y su conducta absurda. También se altera la normalidad de las funciones fisiológicas del organismo. Los pacientes se dan cuenta de lo absurdo de su conducta, lo que los lleva a un estado de gran excitación que llega con frecuencia al frenesí. Muchos acaban suicidándose, a veces en un acceso de locura, otras veces, por el contrario, en un momento de iluminación espiritual. Otros mueren de derrame cerebral. Casi siempre la enfermedad termina fatalmente; los casos de cura son extremadamente raros.

La mania contradicens adquirió en Ciudad Estelar un carácter epidémico desde mediados del corriente año. Hasta ese momento la cantidad de enfermos de “contradicción” nunca había superado el 2% de la cantidad total de enfermos. Pero esta proporción creció de golpe en el mes de mayo (mes de otoño en la República) hasta el 25% y siguió aumentando en los meses siguientes, con lo que también creció abruptamente el número total de enfermos. Hacia mediados de junio ya cerca del 2% de la población total, es decir, unas 50.000 personas, se consideraban oficialmente enfermos de “contradicción”. No tenemos datos estadísticos posteriores a este momento. Los hospitales no dieron abasto. El contingente de médicos pronto resultó del todo insuficiente. Además, los mismos médicos, así como el personal hospitalario, empezaron a contagiarse la enfermedad. Pronto los enfermos no tuvieron a quién acudir por ayuda médica y el registro exacto de los enfermos se hizo imposible. Por otra parte, los testimonios de todos los testigos coinciden en que para el mes de julio era imposible hallar una familia en la que no hubiera un enfermo. Al mismo tiempo, la cantidad de personas sanas decrecía constantemente, de modo que empezó una emigración masiva de la ciudad, como de un lugar apestado, y aumentó la cantidad de enfermos. Se puede pensar que no están lejos de la verdad quienes afirman que, para agosto, todos los que permanecían en Ciudad Estelar sufrían de este desorden psíquico.

Se pueden seguir las primeras apariciones de la epidemia en los diarios locales, a las que le dedicaban una sección cada vez más voluminosa: mania contradicens. Como es muy difícil reconocer la enfermedad en sus primeros estadios, la crónica de los primeros días de la epidemia está llena de episodios cómicos. Un conductor del subterráneo en vez de cobrarle a los pasajeros les pagaba él mismo. Un agente cuya función era regular el tránsito lo entorpecía durante todo el día. Un visitante de un museo recorría las salas descolgando los cuadros y volviéndolos contra la pared. Un diario a cargo de un corrector contagiado resultaba lleno de absurdos ridículos. En un concierto, un violinista de pronto arruinaba con las disonancias más horribles la pieza ejecutada por la orquesta, etc. La larga serie de sucesos parecidos alimentaba las salidas ocurrentes de los periodistas locales. Pero algunos casos de otro tipo pronto detuvieron la corriente de bromas. El primero fue que un médico enfermo de “contradicción” le recetó a una muchacha un remedio absolutamente letal para ella, y la paciente murió. Los diarios se ocuparon de este caso durante dos o tres días. Luego, dos niñeras del jardín de infantes municipal degollaron a 41 bebés en un ataque de “contradicción”. La noticia conmocionó la ciudad. Pero ese mismo día a la noche, dos enfermos sacaron las ametralladoras de un edificio de la policía local y dispararon a mansalva sobre la muchedumbre que paseaba pacíficamente por la calle. Los muertos y heridos llegaron a 500.

Después de eso, todos los diarios, la sociedad toda pidió a gritos que se tomaran medidas inmediatas contra la epidemia. En una reunión urgente del Concejo Municipal y el Palacio Legislativo se decidió convocar inmediatamente a los médicos de otras ciudades y del exterior, ampliar los hospitales existentes, abrir nuevos y construir en todas partes salas de aislamiento para los enfermos de “contradicción”, imprimir y repartir en la cantidad de 500.000 ejemplares un folleto sobre la nueva enfermedad en el que se señalaran sus síntomas y formas de curación, organizar en todas las calles guardias especiales de médicos y ayudantes y recorrer los departamentos particulares para brindar primeros auxilios, etc. También se dispuso enviar a diario por todos los ramales trenes exclusivos para los enfermos, ya que los médicos indicaban que el mejor remedio para la enfermedad era el cambio de lugar. Diferentes asociaciones particulares, uniones y clubes tomaron medidas similares. Incluso se organizó especialmente una “Sociedad para la lucha contra la epidemia”, cuyos miembros pronto desplegaron una actividad sacrificada. Pero, a pesar de que se emprendieron todas estas medidas y otras similares con energía infatigable, la epidemia no se debilitaba, sino que se fortalecía día a día, afectando por igual a viejos y niños, a hombres y mujeres, a quienes trabajaban y a quienes disfrutaban del descanso, a moderados y a libertinos. Y pronto toda la sociedad se vio presa de un terror elemental e ingobernable ante una desgracia inaudita.

Empezó el éxodo de Ciudad Estelar. Primero algunas personas, sobre todo los funcionarios más altos, directores, miembros del Palacio Legislativo y del Concejo Municipal se apuraron a enviar a sus familias a las ciudades del sur de Australia y de la Patagonia. Tras ellos se fueron los habitantes ocasionales: extranjeros que habían venido por placer a “la ciudad más alegre del hemisferio sur”, artistas de todos los ramos, diferentes tipos de empresarios, las mujeres de comportamiento liviano. Luego, ante los nuevos éxitos de la enfermedad, se fueron también los comerciantes. Vendieron a las apuradas sus productos o dejaron sus negocios a merced del destino. Junto con ellos huyeron los banqueros, los productores teatrales, los dueños de los restaurantes, los editores de diarios y libros. Por último, les tocó el turno a los habitantes originarios y locales. Los trabajadores retirados tenían prohibido por ley salir de la República sin un permiso especial de las autoridades, bajo amenaza de perder su pensión. Pero ya no hacían caso de la amenaza por salvar la vida. También empezó a haber deserción. Huían los empleados de las instituciones municipales, huían los miembros de la milicia popular, huían las enfermeras de los hospitales, los farmacéuticos, los médicos. El deseo de huir se volvió a su vez una manía. Huían todos los que podían huir.

Las estaciones de los trenes eléctricos se colmaron de multitudes enormes. Los boletos de los trenes costaban sumas enormes y había que batirse para conseguirlos. Por un lugar en los dirigibles, con capacidad sólo para diez personas, se pagaban fortunas enteras… Cuando un tren iba a partir, gente sin boleto entraba a los vagones y no dejaba el lugar conquistado. Las muchedumbres detenían los trenes equipados exclusivamente para los enfermos, los sacaban a los empujones de los vagones, ocupaban sus literas y obligaban por la fuerza al maquinista a seguir la marcha. Desde finales de mayo, toda la dotación rodante de los ferrocarriles de la República limitó su recorrido a las líneas que unían la capital con los puertos. Los trenes que salían de Ciudad Estelar estaban sobrecargados; los pasajeros iban parados en todos los pasos, incluso se arriesgaban a ir parados por fuera, si bien a la velociad de los trenes eléctricos modernos ello era una amenaza de muerte por sofocación. Las compañías de barcos de vapor de Australia, Sudamérica y Sudáfrica tuvieron grandes ganancias trasportando a los emigrantes de la República a otros países. No menos se enriquecieron las dos Compañías del Sur de dirigibles, que llegaron a realizar cerca de diez viajes y sacaron de Ciudad Estelar a los últimos millonarios retrasados… En dirección a Ciudad Estelar, por el contrario, los trenes iban casi vacíos; nadie aceptaba trabajo en Ciudad Estelar por el salario que fuera; sólo de vez en cuando iban a la ciudad apestada algunos turistas excéntricos, amantes de las sensaciones fuertes. Se calcula que desde el comienzo de la emigración el 22 de junio, cuando se suspendieron las rutas regulares de tren, salieron de Ciudad Estelar por las seis líneas de ferrocarril un millón y medio de personas, es decir, casi las dos terceras partes de la población.

Por su espíritu de iniciativa, fuerza de voluntad y hombría mereció en estos tiempos la gloria eterna el presidente del Concejo Municipal Horace Deville. En una asamblea extraordinaria del 5 de junio el Concejo Municipal en acuerdo con el Palacio y con el Consejo de Directores otorgó a Deville la facultad dictatorial sobre la ciudad bajo el título de Comandante, transfiriéndole el control de las arcas, de la milicia popular y de las empresas municipales. Acto seguido, se transfirieron de Ciudad Estelar al Puerto Norte las instituciones gubernamentales y los archivos. El nombre de Horace Deville debe escribirse con letras doradas entre los nombres más nobles de la humanidad. Durante un mes y medio luchó contra la creciente anarquía de la ciudad. Logró reunir a su alrededor un grupo de ayudantes igualmente sacrificados. Supo mantener la disciplina y la obediencia por mucho tiempo entre la milicia popular y los empleados municipales sobrecogidos por el terror ante la desgracia general y la epidemia que se diseminaba constantemente. Cientos de miles le deben a Horace Deville su salvación, ya que pudieron irse gracias a su energía y buena organización. A otros miles les alivió los últimos días, dándoles la posibilidad de morir en el hospital cuidados con esmero en vez de bajo los golpes de la multitud enloquecida. Por último, Deville llevó para la humanidad un anal de toda la catástrofe, puesto que no se pueden llamar de otro modo los breves, pero ricos y precisos telegramas que a diario y varias veces al día enviaba de Ciudad Estelar a la residencia temporal del gobierno de la República en Puerto Norte.

La primera medida de Deville al asumir su cargo de Comandante de la ciudad fue intentar calmar las mentes alarmadas de la población. Se publicaron manifiestos que indicaban que la infección psíquica se transmitía con mayor facilidad a la gente excitada y que pedía a las personas sanas y equilibradas que influyeran con su autoridad sobre las personas débiles y nerviosas. Al mismo tiempo, tomó contacto con la “Sociedad para la lucha contra la epidemia” y distribuyó entre sus miembros todos los lugares sociales: teatros, asambleas, plazas, calles. En esos días casi no pasaba una hora sin que en alguna parte no se descubriera a un enfermo. Acá y allá se observaban personas o grupos enteros de personas cuya conducta era claramente anormal. A la mayor parte de los enfermos, al comprender su condición, les surgía el deseo inmediato de pedir ayuda. Pero, bajo la influencia del desorden psíquico, el deseo se expresaba por acciones hostiles contra las personas cercanas. Los enfermos querían llegar rápido a casa o a un sanatorio, pero en vez de eso se largaban a correr asustados hacia las afueras de la ciudad. Se les cruzaba el pensamiento de pedirle a alguien auxilio, pero en vez de eso agarraban de la garganta a los transeúntes casuales, los sofocaban y les daban una golpiza, a veces los herían incluso con un cuchillo o con un palo. Por eso la multitud, ni bien se hallaba cerca de una persona contagiada de “contradicción”, salía huyendo. En esas circunstancias brindaban su ayuda los miembros de la “Sociedad”. Algunos dominaban a los enfermos, los tranquilizaban y los enviaban al sanatorio más cercano; otros se esforzaban por hacer entrar en razón a la multitud y explicarles que no había ningún peligro, que sólo había ocurrido una nueva desgracia con la que tenían que luchar según la medida de sus fuerzas.

En los teatros y reuniones, los casos de manifestación repentina de la enfermedad con mucha frecuencia tenían un desenlace trágico. En la ópera algunos cientos de espectadores, sobrecogidos por una locura masiva, en vez de expresarles su encanto a los cantantes irrumpían en el escenario y los cubrían de golpes. En el Gran Teatro Dramático un actor que se enfermó de golpe, cuyo papel debía terminar en suicidio, disparó varias veces al público. El revólver, por supuesto, estaba descargado, pero bajo el efecto de la tensión nerviosa en muchas personas del público se manifestó la enfermedad que todavía traían oculta. En la confusión que se produjo, donde el pánico natural se vio fortalecido por los actos “contradictorios” de los locos, murieron algunas decenas de personas. Pero los más terribles fueron los sucesos del Teatro de Fuegos Artificiales. En un ataque de enfermedad, el destacamento de la policía municipal apostado para vigilar la seguridad del evento le prendió fuego al escenario y los velos tras los que se producían los efectos luminosos. Por el fuego y la avalancha murieron al menos 200 personas. Después de este hecho, Horace Deville ordenó suspender todos los eventos teatrales y musicales de la ciudad.

Un gran peligro para los habitantes eran los ladrones y saqueadores, quienes hallaban en la desorganización general un amplio campo de acción. Se dice que algunos vinieron para esta época a Ciudad Estelar del exterior. Algunos simulaban estar locos para evitar el castigo. Otros ni siquiera consideraban necesario disimular el robo. Las bandas de maleantes entraban audazmente en los negocios abandonados y se llevaban las cosas más valiosas, irrumpían en los departamentos particulares y exigían oro, paraban a los transeúntes y les quitaban las cosas de valor, relojes, anillos, brazaletes. Al robo se le sumaban violencias de todo tipo, y sobre todo la violencia contra las mujeres. El Comandante de la ciudad enviaba destacamentos enteros de policía contra los delincuentes, pero estos se animaban a entablar una lucha abierta. Hubo casos terribles en que entre los maleantes o entre la policía de golpe aparecía un enfermo de “contradicción” que dirigía las armas contra sus compañeros. A los detenidos, el Comandante al principio los expulsaba de la ciudad. Pero los ciudadanos los liberaban de los vagones carcelarios para ocupar su lugar. Entonces el Comandante se vio obligado a sentenciar a muerte a los maleantes y violadores comprobados. Así, tras un intervalo de tres siglos, se renovó sobre la tierra la pena de muerte legal.

En junio se empezó a sentir en la ciudad la falta de artículos de primera necesidad. No alcanzaban las reservas de comida, no alcanzaban los medicamentos. El transporte por ferrocarril empezó a reducirse; en la ciudad casi se interrumpieron todas las industrias. Deville abrió panaderías municipales y organizó el reparto de pan y carne para todos los habitantes. Se instalaron comedores sociales según el modelo de los que existían en las fábricas. Pero fue imposible encontrarles una cantidad suficiente de trabajadores. Los empleados voluntarios trabajaban hasta la extenuación, pero su cantidad disminuía. Los crematorios municipales ardían las veinticuatro horas, pero la cantidad de cadáveres en las morgues no se reducía, sino que crecía. Se empezaron a encontrar muertos en las calles y en las casas particulares. Las empresas centrales municipales de telégrafo, teléfono, luz, agua y canalización tenían cada vez menos empleados. Asombra que Deville estuviera en todas partes. Todo lo supervisaba, a todos dirigía. Por sus comunicados se podría pensar que no conocía el descanso. Y todos los sobrevivientes de la catástrofe testimonian con unanimidad que su actividad estaba más allá de todo encomio.

Para mediados de junio empezó a sentirse la falta de empleados en los ferrocarriles. No había maquinistas ni conductores que manejaran los trenes. El 17 de junio sucedió el primer accidente en la línea Suroccidental, causado por un maquinista enfermo de “contradicción”. En un acceso de la enfermedad, el maquinista arrojó todo el tren a un glaciar desde un precipicio. Casi todos los pasajeros murieron o quedaron lisiados. La noticia, que llegó a la ciudad con el tren siguiente, cayó como un rayo. Enseguida se envió el tren de primeros auxilios. Trajo los cadáveres y los cuerpos mutilados que agonizaban. Pero para la noche de ese mismo día se propagó la noticia de que había sucedido una catástrofe análoga en la Primera línea. Dos vías que unían a Ciudad Estelar con el mundo habían quedado inutilizables. Se enviaron destacamentos desde la ciudad y desde Puerto Norte para que las arreglaran, pero es casi imposible trabajar en esas tierras durante los meses de invierno. Hubo que renunciar a la esperanza de restablecer con prontitud el tránsito.

Esas dos catástrofes fueron sólo un modelo para las siguientes. Cuanto más cuidado ponían los maquinistas en su trabajo, con tanta más seguridad repetían en un acceso enfermizo la conducta de sus antecesores. Precisamente porque temían los accidentes, accidentaban los trenes. En cinco días, del 18 al 22 de junio, siete trenes sobrecargados de gente fueron descarrilados a un precipicio. Miles de personas murieron por las heridas y de hambre en las llanuras nevadas. A sólo unos pocos les alcanzaban las fuerzas para volver a la ciudad. Al mismo tiempo, las seis rutas que unían Ciudad Estelar con el mundo quedaron inutilizables. Ya antes se había interrumpido el tránsito de dirigibles. Uno de ellos había sido destruido por una multitud enfurecida, enojada porque las vías aéreas se reservaban sólo para las personas especialmente ricas. Todos los otros dirigibles, uno tras otro, se accidentaron seguramente por las mismas causas que ocasionaban las catástrofes ferroviarias. La población de la ciudad, que en ese momento se reducía a 600.000 personas, quedó aislada de toda la humanidad. Por algún tiempo sólo la comunicó el hilo telegráfico.

El 21 de junio se suspendió el funcionamiento del subterráneo por falta de empleados. El 26 de junio se interrumpió el servicio telefónico. El 27 de junio se cerraron todas las farmacias excepto la central. El 1 de julio, el Comandante decretó que todos los habitantes se mudaran al centro de la ciudad, que abandonaran por completo las periferias para facilitar el mantenimiento del orden, el reparto de víveres y la ayuda médica. La gente dejó sus departamentos y se mudó a otros ajenos, abandonados por sus dueños. Desapareció el sentido de propiedad. A nadie le apenaba tirar lo suyo, a nadie le resultaba raro usar lo ajeno. Por otra parte, aún había merodeadores y delincuentes, a los que se podría mejor considerar psicópatas. Siguieron robando, y en este mismo momento, en las salas vacías de las casas abandonadas, se encuentran depósitos enteros de oro y joyas cerca de los cuales yace el cadáver semidescompuesto de un ladrón.

Es notable, sin embargo, que en medio de la destrucción general, la vida conservara sus formas previas. Todavía se encontraban comerciantes que abrían sus negocios y vendían –por alguna razón a un precio exorbitante– los productos que se habían salvado: golosinas, flores, libros, armas… Los compradores se deshacían sin lamentarlo del oro inútil y los tacaños de los comerciantes lo escondían no se sabe para qué. Todavía existían antros secretos –de naipe, vino y libertinaje– donde se refugiaban los infelices para olvidar la dura realidad. Allí se mezclaban los enfermos con los sanos y nadie llevaba la crónica de las terribles escenas que ocurrían. Todavía salían dos o tres diarios cuyos editores intentaban conservar la importancia de la palabra literaria en medio del desastre general. Los números de estos diarios, que ya se revenden ahora diez o veinte veces más caros que su verdadero valor, se volvieron grandes rarezas bibliográficas. Sus columnas, escritas en medio de la locura reinante y reunidas por antologistas semilocos, son un reflejo vivo y terrible de lo que pasó la infeliz ciudad. Había periodistas que comunicaban los “sucesos de la ciudad”, escritores que criticaban acaloradamente la situación e incluso articulistas satíricos que procuraban divertir en esos días de tragedia. Y los telegramas que llegaban de otros países y hablaban de una vida saludable y verdadera debían llenar de desesperación las almas de los lectores condenados al desastre.

Hubo intentos desesperados de salvarse. A comienzos de julio una enorme multitud de hombres, mujeres y niños liderados por un tal John Dew decidieron ir a pie desde la ciudad al pueblo más cercano, Londontown. Deville comprendió la locura del intento, pero no pudo detenerlos y él mismo los proveyó de ropa abrigada y de víveres. Toda esa gente, alrededor de 2.000 personas, se extravió y murió en los campos nevados del país polar, en medio de la noche negra, que no amanecía por seis meses. Un tal Whiting empezó a predicar un medio diferente, más heroico. Propuso matar a todos los enfermos suponiendo que así se terminaría con la epidemia. Encontró no pocos seguidores y, por otra parte, en esos días oscuros la propuesta más loca, más inhumana, que prometiera la salvación, habría hallado partidarios. Whiting y sus amigos recorrieron la ciudad irrumpiendo en todas las casas y eliminando a los enfermos. En los hospitales realizaron aniquilamientos masivos. En su furor, mataban incluso a quienes sólo se sospechaba que pudieran no estar del todo sanos. A los autores intelectuales se unieron locos y saqueadores. La ciudad entera se volvió un campo de batalla. En esos días difíciles, Horace Deville formó un pelotón con sus colaboradores, les dio ánimo y los condujo personalmente a la batalla contra los partidarios de Whiting. La persecución duró algunos días. Cientos de personas cayeron de uno y otro bando. Por último, capturaron al mismo Whiting. Se hallaba en el último estadio de la mania contradicens y hubo que llevarlo no al cadalso, sino al hospital, donde pronto murió.

El 8 de julio la ciudad recibió uno de los golpes más fuertes. Los encargados de supervisar la actividad de la central eléctrica destruyeron todas las máquinas en un acceso de enfermedad. Se interrumpió la luz eléctrica y toda la ciudad, todas las calles, todas las viviendas particulares se sumieron en una oscuridad absoluta. Como la ciudad no usaba ningún otro tipo de iluminación o de calefacción, excepto la electricidad, todos los habitantes se encontraron en una situación de completa vulnerabilidad. Deville había previsto este peligro. Tenía preparadas reservas de antorchas de brea y combustible. Se prendieron hogueras en las calles por todas partes. Las antorchas se repartían entre los habitantes por miles. Pero esas luces miserables no podían iluminar las avenidas gigantes de Ciudad Estelar, que se prolongaban por decenas de kilómetros en línea recta, ni la apabullante altura de los edificios de treinta pisos. Con la llegada de la oscuridad, cayó la última disciplina de la ciudad. El horror y la locura poseyeron por completo las almas. Ya no se distinguían los sanos de los enfermos. Empezó la terrible orgía de la gente desesperada.

Con una rapidez impresionante se descubría en todos la pérdida del sentido moral. La cultura, como una delgada corteza formada durante milenios, se desprendió de la gente y quedó al desnudo el hombre salvaje, el hombre-bestia, como había antes vagado por la tierra virgen. Desapareció toda idea del derecho, sólo se reconocía la fuerza. Para las mujeres, la única ley se volvió la sed de placer. Las madres de familia más modestas se conducían como prostitutas, pasando de mano en mano por su propia voluntad y hablando la lengua indecorosa de las casas de tolerancia. Las muchachas corrían por las calles llamando a quienes desearan aprovecharse de su inocencia, llevaban a su elegido a la puerta más cercana y se le entregaban en la cama de algún desconocido. Los borrachos organizaban fiestas en las bodegas en ruina sin amilanarse porque entre ellos yacieran cadáveres abandonados. Todo esto se complejizaba constantemente por los accesos de la enfermedad reinante. Era lamentable la situación de los niños, abandonados a merced del destino por los padres. Algunos eran violados por depravados repugnantes; otros, torturados por los amantes del sadismo, que de pronto surgieron en grandes cantidades. Los niños morían de hambre en sus cuartos, de vergüenza y angustia después de la violación; los asesinaban a propósito y por casualidad. Dicen que había monstruos que cazaban niños para saciar con su carne los instintos caníbales que en ellos despertaban.

En este último período de la tragedia, Horace Deville no pudo, claro, ayudar a toda la población. Pero organizó en la Municipalidad un refugio para todos los que conservaban la razón. Las entradas al edificio estaban barricadas y vigiladas permanentemente por una guardia. Dentro había reservas de comida y agua para 3.000 personas durante cuarenta días. Pero con Deville había sólo 1.800 hombres y mujeres. Por supuesto, en la ciudad había todavía gente con una conciencia intacta, pero no sabían del refugio de Deville y se escondían en las casas. Muchos no se decidieron a salir a las calles y ahora se encuentran en algunas habitaciones cadáveres de personas que murieron de hambre en soledad. Es notable que entre los que se habían encerrado en la Municipalidad hubo muy pocos casos de la enfermedad de “contradicción”. Deville supo mantener la disciplina en su pequeña comunidad. Hasta el último día llevó un diario de todo lo que ocurría y ese diario, junto con sus telegramas, es la mejor fuente de lo que sabemos de la catástrofe. El diario se encontró en un armario secreto de la Municipalidad donde se guardaban documentos de especial importancia. El último registro es del 20 de julio. Deville dice allí que la multitud enloquecida acometió un asalto a la Municipalidad y que se vio obligado a rechazar el ataque a tiros de revólveres. “No sé qué espero”, escribe Deville. “Es imposible esperar ayuda antes de la primavera. Hasta la primavera es imposible llegar con los víveres de que dispongo. Pero cumpliré con mi deber hasta el final”. Esas son las últimas palabras de Deville. ¡Nobles palabras!

Hay que suponer que el 21 de julio la muchedumbre tomó la Municipalidad por asalto y que los defensores fueron derrotados o dispersados. El cuerpo de Deville aún no se ha encontrado. No tenemos noticias fiables de lo que pasó en la ciudad después del 21 de julio. Por los rastros que se encuentran ahora mientras se limpia la ciudad hay que suponer que la anarquía alcanzó los últimos límites. Podemos imaginarnos las calles en penumbra, iluminadas por el resplandor de las hogueras hechas de muebles y libros. Hacían fuego golpeando un pedernal contra un hierro. Alrededor de las hogueras festejaban salvajemente las muchedumbres de locos y borrachos. La copa común iba en rondas. Tomaban los hombres y las mujeres. Ahí mismo acometían escenas de lujuria bestial. Ciertos sentimientos oscuros y atávicos cobraban vida en las almas de estos habitantes de la ciudad y, medio desnudos, sucios y despeinados, bailaban en corros las danzas de sus lejanos ancestros, contemporáneos de los osos de las cavernas, y cantaban las mismas canciones salvajes, como hordas que atacan con hachas de piedra a un mamut. A las canciones, a los discursos incoherentes, a la risa idiota se unían los gritos de locura de los enfermos que perdían la capacidad de expresar en palabras incluso sus delirios alucinatorios y los gemidos de los agonizantes que se retorcían allí mismo entre los cadáveres descompuestos. A veces las peleas sucedían a los bailes… por un barril de vino, por una mujer hermosa o simplemente sin motivo, en un acceso de locura que los empujaba a acciones insensatas y contradictorias. No había adonde huir: en todas partes las mismas escenas de horror, en todas partes las orgías, las batallas, la diversión bestial y la maldad bestial…. o la oscuridad absoluta, que parecía aún más terrible, aún más insoportable a la imaginación conmocionada.

En esos días Ciudad Estelar era un enorme cajón negro en el que algunos miles de seres, aún vivos y semejantes a los humanos, estaban sumidos en el hedor de cien mil cadáveres en descomposición, donde entre los vivos no había ni uno que fuera consciente de su situación. Era una ciudad de locos, un asilo gigante de dementes, el Bedlam más grandioso y más repugnante que nunca hubiera visto la tierra. Y esos locos se aniquilaban unos a otros, matándose a puñaladas, cortándose la garganta, morían de locura, morían de terror, morían de hambre y de todas las enfermedades que reinaban en el aire infecto.

Va de suyo que las autoridades de la República no quedaron indiferentes ante la cruel desgracia que azotó la capital. Pero muy pronto tuvieron que renunciar a cualquier esperanza de brindar ayuda. Los médicos, enfermeras, destacamentos militares y empleados de todo tipo se negaban decididamente a ir a Ciudad Estelar. Tras la interrupcón de los viajes del ferrocarril eléctrico y de los dirigibles se perdió cualquier conexión directa con la ciudad, puesto que la inclemencia del clima local no permitía otras vías de comunicación. Además, toda la atención del gobierno pronto se dirigió a los casos de enfermedad de “contradicción” que empezaron a aparecer en otras ciudades de la República. En algunas, la enfermedad también amenazaba con adquirir un carácter epidémico y comenzó un pánico general que recordaba los sucesos de Ciudad Estelar. Esto hizo emigrar a los habitantes de todos los puntos habitados de la República. Se paró el trabajo de todas las fábricas y se congeló toda la vida industrial del país. Sin embargo, gracias a medidas decisivas tomadas a tiempo, se logró detener la epidemia en las otras ciudades y no cobró en ninguna parte las dimensiones de la capital.

Se sabe con qué alarmada atención siguió el mundo entero lo ocurrido en la desgraciada y joven República. Al principio, cuando todavía nadie esperaba que el desastre fuera de dimensiones tan increíbles, el sentimiento dominante era la curiosidad. Los diarios más importantes de todos los países (entre ellos nuestro Heraldo Vespertino de Europa Septentrional) enviaron corresponsales especiales a Ciudad Estelar para que informaran sobre el curso de la epidemia. Muchos de estos valientes caballeros de la pluma fueron víctimas de su deber profesional. Cuando empezaron a llegar noticias de un carácter amenazador, muchas sociedades civiles y los gobiernos de diferentes estados ofrecieron sus servicios a las autoridades de la República. Algunos enviaron sus ejércitos, otros formaron cuadros de médicos, otros llevaron donaciones monetarias, pero los eventos se sucedían con tanta rapidez que la mayor parte de estas iniciativas no pudo llevarse a cabo. Tras la interrupción de la comunicación ferroviaria, las únicas noticias sobre la vida en Ciudad Estelar fueron los telegramas del Comandante. Estos telegramas se desparramaron de inmediato a los cuatro vientos y circularon en millones de ejemplares. Tras la avería del sistema eléctrico, el telégrafo funcionó aún por algunos días porque en la estación tenían acumuladores cargados. Se desconoce la causa exacta por la que se interrumpió por completo la comunicación telegráfica: posiblemente por el daño de los aparatos. El último telegrama de Horace Deville data del 27 de junio. Desde ese día y durante casi un mes y medio la humanidad toda quedó sin noticias de la capital de la República.

Durante julio se hicieron algunos intentos de llegar a Ciudad Estelar por aire. Se proveyó a la República de algunos dirigibles nuevos y de máquinas voladoras. Sin embargo, todos los intentos fracasaron durante mucho tiempo. Finalmente, el aeronauta Thomas Billy logró llegar felizmente a la infeliz ciudad. Recogió del techo de la ciudad a dos personas que habían perdido hacía mucho la razón y agonizaban de frío y de hambre. Billy vio por los ventiladores que las calles estaban sumidas en una oscuridad total y oyó gritos salvajes que demostraban que todavía quedaban seres vivos en la ciudad. Pero no se atrevió a bajar a la ciudad misma. A finales de agosto se pudo restablecer una línea del ferrocarril eléctrico hasta la estación de Lissis, a 105 km de la ciudad. Un destacamento de personas bien armadas, provistas de víveres y medios para brindar primeros auxilios entró en la ciudad por las puertas del noroeste. Dicho destacamento, sin embargo, no pudo penetrar más allá de las primeras cuadras a causa del terrible hedor suspendido en el aire. Hubo que avanzar paso a paso, limpiando las calles de cadáveres, saneando el aire por medios artificiales. Toda la gente que hallaron viva en la ciudad estaba fuera de sus cabales. Parecían animales salvajes por su ferocidad y hubo que atraparlos a la fuerza. Por fin, hacia mediados de setiembre, se logró establecer una vía de comunicación regular con Ciudad Estelar y comenzar su restauración sistemática.

En este momento, una gran parte de la ciudad ya está limpia de cadáveres. La iluminación eléctrica y la calefacción han sido restablecidas. Sólo permanecen desocupados los barrios americanos, aunque se supone que no hay allí seres vivos. Solo se salvaron 10.000 personas, pero la mayor parte padecen de desórdenes psíquicos incurables. Los que más o menos se recuperan hablan a regañadientes de lo que padecieron en los días de la desgracia. Además, sus relatos están llenos de contradicciones y con mucha frecuencia no se condicen con los datos documentales. En diferentes lugares se encontraron números de diarios que siguieron saliendo en la ciudad hasta fines de julio. El último encontrado hasta ahora, con fecha del 22 de julio, incluye la noticia de la muerte de Horace Deville y un llamado a restablecer el refugio de la Municipalidad. Por cierto, también se encontró una hoja con fecha de agosto, pero su contenido es tal que hay que considerar que su autor (quien probablemente tipografió personalmente su delirio) estaba decididamente fuera de sus cabales. En la Municipalidad se descubrió el diario de Horace Deville, que brinda un anal consecuente de los eventos de las tres semanas del 28 de junio al 20 de julio. Por los terribles hallazgos en las calles y dentro de las casas nos podemos formar una clara idea de los frenesíes cometidos en la ciudad durante los últimos días. Por todos lados cadáveres terriblemente mutilados: gente que murió de inanición, gente estrangulada y torturada, gente asesinada por los locos en accesos de furor, y por último… cuerpos a medio devorar. Los cadáveres se hallan en los lugares menos esperados: en los túneles del subterráneo, en los caños de canalización, en los desvanes, en las calderas: los habitantes que perdían la razón buscaban salvarse en cualquier parte del horror que los rodeaba. Los interiores de casi todas las casas estaban devastados y los bienes, que a los saqueadores les resultaban inútiles, escondidos en las habitaciones más secretas y en las recámaras subterráneas.

Sin duda, pasarán todavía algunos meses antes de que Ciudad Estelar vuelva a estar habitada. Ahora está casi vacía. En la ciudad, que tiene capacidad para 3.000.000 de habitantes, viven alrededor de 30.000 trabajadores ocupados en la limpieza de las calles y las casas. Por otra parte, volvieron también algunos de los habitantes anteriores para buscar los cuerpos de sus parientes y llevarse los restos de sus propiedades saqueadas y destruidas. También llegaron algunos turistas atraídos por el espectáculo único de la ciudad abandonada. Dos empresarios ya abrieron dos hoteles, con muy buenos resultados. Pronto se abrirá un café concert, cuyos artistas ya han sido contratados.

El Heraldo Vespertino de Europa Septentrional, a su vez, envió a la ciudad a su nuevo corresponsal, el señor Andrew Ewald, y planea familiarizar a sus lectores, por medio de informes detallados, con todas las nuevas inauguraciones que han de hacerse en la infeliz capital de la República de la Cruz del Sur.