Una lectura de «Yo que he servido al rey de Inglaterra», de Bohumil Hrabal.

Tomás Salvador Bombachi

 La novelística del escritor checo Bohumil Hrabal (1914-1997) se desarrolló en tiempos de crisis y cambios profundos, tanto en lo político como en lo literario: ambas Guerras Mundiales, el régimen comunista en Checoslovaquia, la imposición oficial del realismo socialista, la censura y las prohibiciones a la cultura y la producción literaria. El régimen comunista rigió durante cuarenta y un años en Checoslovaquia (1948-1989). Si bien comenzado el año 1963 la censura fue relajándose, lo que permitió que las obras que habían sido prohibidas durante los últimos quince años pudieran ser publicadas (Trenes rigurosamente vigilados, entre tantas), durante el año 1968 inicia en el país un proceso de “normalización” que culminaría recién con la caída del comunismo. Aquella fecha, en la que los ejércitos de Varsovia (liderados por la Unión Soviética) ocuparon el país hasta la posterior caída del comunismo, marca el fin del período políticamente más liberal de los sesenta en Checoslovaquia, el cual permitió que Hrabal fuese reconocido como escritor dentro y fuera de su país. El proceso consistió en la depuración, reubicación y despido sistemático de profesores, escritores, periodistas y la negativa al acceso a la educación superior (Bermúdez Liévano, 11). La censura alcanzó a la literatura, la escritura, al proceso de publicación y a todo aquello relacionado con la Primavera de Praga[1]. La traductora y amiga de Hrabal, Monika Zgustova, en su biografía sobre Hrabal, Los frutos amargos del jardín de las delicias (1997), comenta a propósito de aquella época:

Las nuevas autoridades comunistas tardaron aún varios años, hasta la primera mitad de los setenta, en hacer retroceder la cultura veinte años atrás, hacia las profundidades de los años cincuenta. En esa época muchos escritores checos se exilian en el extranjero; Milan Kundera se marcha a París, Josef Škvorecký y su mujer fundan una importante editorial de literatura checa en Toronto, otros exiliados checos crean revistas culturales y periódicos en lengua checa en América y Europa (Zgustova, 197).

Al igual que en Rusia a comienzos de la tercera década del siglo XIX durante el gobierno de Nicolás I, período en el cual paradójicamente la producción literaria cobró un despliegue fundacional en la historia de las letras rusas a pesar del riguroso control sobre las políticas culturales y sociales, en Checoslovaquia la producción literaria tuvo un gran incremento, si bien muchas obras conocieron la luz luego de la caída del comunismo. Frente a la imposición de quedarse y adaptar la literatura al estilo oficial o directamente no escribir ni publicar, se enraizó la cultura samizdat, es decir, la producción literaria mecanografiada clandestina[2]. Hrabal, para quien el exilio “sería un cáliz amargo del que tendría que beber siempre” (Zgustova, 198) nuevamente tuvo que resignarse a escribir para guardar todo en el cajón o bien para que sus manuscritos circularan escasamente en forma paralela, no oficial. En este período Hrabal escribe Yo que he servido al rey de Inglaterra, escrita en 1971 y publicada recién en 1989 en checo[3]. Fruto de ese tiempo es también la novela Una soledad demasiado ruidosa, escrita en 1976 y publicada al año siguiente en samizdat.

La idea de Yo que he servido al rey de Inglaterra surge en el “exilio voluntario” en su casa del bosque en Kersko, a unos treinta kilómetros de Praga, cerca de Nymburk, ciudad que aparecerá a lo largo de toda su obra (sobre su infancia en aquella pequeña ciudad Hrabal escribirá en 1974 una de sus novelas autobiográficas, La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo). Zgustova, en sus conversaciones con Hrabal, recuerda las palabras del autor sobre la escritura de Yo que he servido…, la cual fue concebida “bajo el sol fuerte de verano, la máquina de escribir estaba incandescente y más de una vez por minuto se atragantaba y balbuceaba […] perdía el control sobre lo que escribía, de modo que redactaba sumido en una ebriedad producida por la luz” (Zgustova, 212). Aquel estado o experiencia de “ceguera” se condice con el denso pero atractivo estilo de Hrabal: párrafos extensos (el primer capítulo, por ejemplo, consta de cuatro párrafos y ocupa cincuenta páginas), poco uso del punto y aparte, lo que deviene en una escritura sin respiro, sin una pausa para pensar y “acomodar” la narración; más bien, es un “dejar correr” la pluma, lo que permite recordar las primeras experiencias literarias de Hrabal y Karel Marysko[4] con el surrealismo.

Hrabal estudió derecho en la Universidad de Carolina de Praga, disciplina con la cual reñía. En septiembre de 1939 las tropas alemanas ocuparon dos regiones de Checoslovaquia, Bohemia y Moravia, violando el acuerdo de Múnich firmado un año antes y dando fin a la Primera República Checoslovaca. En medio de las incontables muertes y un escenario bélico en pleno desarrollo, Hrabal comenzó a trabajar en los ferrocarriles, luego de haber hecho un “cursillo” de ferroviario en Hradec Králové[5]. De allí toma los registros experienciales para, casi veinticinco años después, escribir la novela Trenes rigurosamente vigilados. Dicho contexto histórico enmarca gran parte de la trama de Yo que he servido al rey de Inglaterra., la cual junto a Trenes… y Una soledad…, es una de las novelas más renombradas del autor.

yo-que-he-servido-al-rey-de-inglaterra_2945494395La novela está guiada por un narrador-protagonista (que muchas veces vira hacia el monólogo interior), un camarero checo que narra desde su experiencia y anonimato. Al inicio de cada capítulo, la frase muletilla que usa para abrir y captar la atención del lector, “Prestad atención a lo que os voy a contar ahora”, funciona como pivote para comenzar a narrar. La obra está estructurada en cinco capítulos, y cada uno relata el paso de nuestro pequeño héroe por distintos hoteles y escenarios históricos (la ocupación nazi y el período comunista). Aquel comienza como un simple aprendiz de camarero que “no debía ver ni oír nada” aunque, como su primer superior de hotel Praga, al tomarlo de la oreja, le dice imperativamente: “Pero recuerda también que debes verlo todo y oírlo todo. ¡Repítelo!” (Hrabal, 9). La efectiva sensación de sumisión, fundada a lo largo de la novela por las distintas figuras de autoridad con quien se topa el aprendiz, funciona en él como fermento para proyectar una salida posible de aquel ambiente asfixiante, al mismo tiempo que solventa económicamente su reciente vida dentro de los distintos hoteles y en el mundo laboral.

Nuestro camarero comienza a observar atentamente las mañas de los empleados más experimentados para sacar ventaja, como los demás, para sí mismo: presta atención al decoro necesario para conseguir una propina más alta, como también a no dar el vuelto correcto para hacerse con unas pocas monedas. El “fingir”, es decir, la relación entre apariencia y esencia, estructura la conducta de todos los personajes de la novela. El actuar conlleva siempre una intención escondida, mayormente para sacar provecho de la situación. La impostura es un tema que Hrabal trabaja sagazmente en la novela: por un lado, su camarero se adentra en espacios rebalsados de sonrisas falsas, trucos para hacerse con algún dineral o, también, para dar un “brillo” de elegancia a ciertas situaciones. Son incontables los ejemplos: cuando a nuestro aprendiz le mandan a vender salchichas calientes en la estación de tren, al momento de dar el vuelto, “levantaba yo la mano y casi, casi, aquellos billetes tocaban ya los dedos del viajero inclinado por la ventanilla […] pero luego por fin los dedos se alejaban rápidamente y yo, jadeante, mantenía tendida la mano en la que quedaban aquellos billetes que me pertenecían” (Hrabal, 10). Mañas y trucos cuya finalidad de ahorrar dinero sacando ventaja de forma deshonesta están presentes en la mayoría de los hoteles. Lo mismo sucede en el prostíbulo “Casa Paraíso”, un lugar “paradisíaco” para nuestro pequeño aprendiz de camarero[6]. Cuando bebe de la supuesta copa de champán de su acompañante, por la cual había pagado con el dinero ahorrado de toda la semana, se lleva una sorpresa:

como tenía sed, cogí la copa de Jaruška, intentó quitármela pero no pudo impedir que bebiese y, decepcionado, dejé la copa, pues no tenía champán, sino una limonada amarilla, desde el principio había bebido limonada que yo había pagado como champán, de lo que no me había enterado hasta entonces (17-18).

Avanzado el primer capítulo, “Un vaso de granadina”, el narrador-protagonista observa cómo el vendedor de la empresa Van Berkel, que se presenta en calidad de viajante, arroja puñados de monedas a la calle por la ventana del hotel, y exclama, luego de que el jefe del hotel le preguntara por qué hacía aquello, por qué no iba a tirar la calderilla “si usted, como dueño de este negocio, tira cada día decenas de coronas de la misma manera” (28), refiriéndose a la falta de precisión de las balanzas que el hotel usaba para pesar la comida. Y, ¡afortunadamente!, aquel vendedor le presentó “unas balanzas que pesan en todo el mundo, igual en el ecuador como en el polo norte, con exactitud” (29). Hrabal, mediante este juego de apariencias y conductas, confecciona el punto más sólido de la individualidad que caracteriza a la gran mayoría de los personajes y, sobre todo, a nuestro reciente aprendiz de camarero que absorbe todo aquello.

Al correr de los capítulos, manteniéndose hasta el final, se observa en el personaje la dificultad de formar parte orgánicamente de alguna forma de comunidad. Además de no durar mucho tiempo en los hoteles donde trabajó, ya que siempre algún conflicto o insubordinación terminaba siendo su boleto de salida. Semejante a un outsider, no expresa tener vínculo patriótico o afectivo alguno con su país, con un pasado colectivo o propio (sobre este último no se nos informa nada) o incluso con sus compatriotas checos, quienes lucharon contra los alemanes durante la ocupación. Luego de su escandaloso casamiento con Liza, una profesora alemana de gimnasia, ni siquiera el mismo círculo alemán que los rodeaban mostró interés o afecto alguno hacia él:

Se terminó la ceremonia nupcial y yo estaba allí y tendía la mano para recibir las felicitaciones, pero de pronto me empezó a cubrir el sudor, pues yo tendía la mano, pero los oficiales, tanto los de la Wehrmacht como los de la SS, no me daban la mano […] volví a ver cómo, aunque todos brindaran también por mí, en realidad todo giraba en torno a Liza, y yo empecé a ponerme en el papel de un, aunque soportado ario, en definitiva, paria checo (163)

Si bien nuestro protagonista pensó que su casamiento con Liza había sido un acto puro e indiscutible de amor, cuando los acontecimientos nupciales fueron celebrados, luego de los incontables exámenes médicos y jurídicos, tomó conciencia de su error, aunque sin darle demasiada trascendencia: “aquello no fue una boda, sino una especie de acto militar de Estado durante el cual se hablaba sin parar sobre la sangre, el honor y el deber” (161). El fundamento de aquellos frustrados intentos de integración (más avanzada la narración, tampoco será bien visto entre los millonarios, quienes no pueden evitar ver en él su origen humilde) puede comprenderse a partir de la obsesión por el dinero y su acumulación que impera no sólo en nuestro protagonista sino en la gran mayoría de los personajes.

El leitmotiv de la novela es el dinero. No sólo podemos observar pares conceptuales como dinero-identidad, dinero-soledad, dinero-placer, sino que el dinero, y acá comienza a gestarse el gesto crítico hrabaleano, conforma un absoluto necesario, indispensable para la existencia. Aquello puede notarse en la afirmación de nuestro aprendiz de camarero al ver a un señor mayor agachado buscando una moneda perdida: “enseguida supe qué es lo que mueve a las personas y en qué cree la gente y de qué es capaz por un par de monedas” (20). Hrabal va a fondo con esta cuestión, al punto que el dinero es asociado a cuestiones estéticas, en palabras del representante de la firma Berkel, el señor Walden: “Acuérdate, el dinero te abrirá las puertas del mundo entero […] ésta es mi comisión, ¿has visto alguna vez algo más bello [la cursiva es mía]?” (46). Si bien el mayor deseo de nuestro aprendiz es amasar cierto capital para abrir su propio hotel, algo que hará avanzada la narración, ésta concluye dejando ver a un individuo en una casa en el bosque, alejada de la ciudad, despojado de todas sus pertenencias materiales y sólo con lo necesario. Aquella apoteosis crítica es lo más potente de Hrabal: de todo aquello, en realidad, él trata de burlarse, reírse, desprenderse: de las relaciones atravesadas por la lógica utilitaria, de la cuestión del “valor” de la mercancía (la valija con sellos, que irrisoriamente le permite abrir un lujoso hotel y mucho más) y las escenas violentas y los malos tratos laborales. Este gesto crítico está marcado desde el primer capítulo, cuando el señor Walden, luego de una exitosa venta,

sonreía placenteramente, todo él empapado de felicidad como un niño pequeño, poniendo parsimoniosamente un billete de cien coronas al lado de otro por toda la alfombra, ya tenía media alfombra llena de billetes y aún no estaban todos, ya que volvió a sacar otro fajo de la cartera y los colocaba como si tuviese dibujada una plantilla en la alfombra, cada billete de cien iba como en un recuadro, previamente dibujado, y cuando terminaba la fila […] se deleitaba mirando aquellos billetes, incluso llegó a dar una palmada con sus gruesas manos y a continuación se acarició los carillos lleno de entusiasmo infantil […] y luego prosiguió y seguía pegando aquellos billetes de cien sobre el suelo (40).

La caracterización infantil de aquel comerciante conjuga también la connotación negativa del homo oeconomicus, figura tan presente en Yo que he servido…: “Siempre me figuraba que todos llevaban los calzoncillos sucios, hasta amarillentos en la entrepierna, que tenían todos los cuellos de las camisas renegridos, y que tenían los calcetines del todo churretosos” (Hrabal, 47). Comenzado el segundo capítulo, el mismo comerciante recomienda a nuestro aprendiz en otro hotel, el hotel Tranquilo. Aquel lugar era “como de cuento, como una construcción china, como la villa de un ricachón forrado de pasta” (55). Allí nuestro camarero conoce al dueño, quien no escapa de la sugestión del autor en tanto sujeto codicioso, falso y, necesariamente, feo, desproporcionado: “un señor gordo, sentado en una silla de ruedas […] el gordinflón se vino hacia adelante, por poco no se cae, tan sólo se le corrió de la calva el peluquín negro […] los ojos se me iban solos hacia ese enorme cuerpo en la silla de ruedas, tan gordo era todo él como la publicidad de los neumáticos” (57). Dicha trinidad obsesión-dinero-fingir modela en la novela lo que denominamos “degradación”. Por aquella se comprende cierta evolución negativa del personaje y del entorno. El proceso de degradación en Hrabal surge a partir de la relación desbalanceada entre dinero y vida: el trabajo excesivo y la posición jerárquica en la novela son los motivos de envilecimiento y enviciamiento del cuerpo y, sobre todo, del pensamiento. Mediante aquella representación de las relaciones atravesadas por el dinero, es posible pensar cierto “achicamiento” del mundo o una única preocupación: todas las energías se orientan a una dirección, dando como consecuencia la efectiva limitación del ejercicio crítico por la obsesión de los personajes con el dinero. La degradación se observa en los recursos que Hrabal implementa: la articulación de un personaje-narrador como testigo y sujeto experiencial de hechos violentos, injustos, maltratos (insultos del jefe, pelea a navajas, xenofobia); la descripción del espacio (histórico y político) que condiciona a los personajes; la estética de lo grotesco y lo excesivo (el vendedor obsesivo-infantil, el jefe paralítico, los hoteles inhabitados pero con la cocina y los empleados permanentemente activos); la especulación con la muerte (Liza y la valija llena de sellos, la guerra y la oportunidad de definirse como millonario).

El escenario hrabaleano es un territorio complicado, lleno de engaños, de gente “viva”; es dinámico y caótico, ya que cambia a cada capítulo y la presencia de la censura y la guerra es constante. Sin embargo, la degradación en nuestro autor tendrá consecuencias positivas, emancipadoras. Hrabal construye a su pequeño camarero, luego dueño de un hotel y al final un simple exiliado, constantemente incurriendo en el error, lo que se observará al final de la narración. Más allá de la ausencia patriótica, lo trágico en el personaje es la creencia acérrima en el dinero y su poder “emancipador”. Se observa desde un principio a un camarero que intenta acumular dinero al grito de las palabras deber y servir; que cae en la lógica de “a mayor dinero, menor sumisión”. De ahí su obsesión y su carrera por ser dueño de su propio hotel. Pero, en el último capítulo, “Cómo me hice millonario”, cuando su hotel ya no le pertenece y ha debido marcharse hacia el bosque para hacer trabajos forestales, comienza a contemplar la vida de otro modo:

deseaba para mí mismo haber acabado tal como había acabado, que mi futuro camino ya sólo fuera mi propio camino, que ya no tenía que inclinarme y decir y estar atento a los buenos días y buenas tares y buenas noches y le beso la mano, ya no tenía que estar atento al personal […] ya me alegraba de que mañana me iba a marchar a algún sitio lejano, lejano de la gente, que aunque allí habría gente, sin embargo aquello iba a ser lo que yo creía (232).

En aquel momento, cuando su percepción cambia radicalmente, nuestro aprendiz comprende todo lo que vivó y atravesó como una prueba: “Posiblemente para poder ver y conocer más, tenía que debilitarme” (233). El cambio de conciencia y de perspectiva que se produce en nuestro héroe se acompasa al cambio en el espacio, cuando él se adentra en la casa del bosque: “ahora todo estaba invadido de pastos, lo mismo que las aldeas que había atravesado, como si paseara por el Otro Mundo, que así se llamaba una de esas aldeas según vi indicado en un cruce” (233). Este efecto de un “nuevo mundo” o un “nuevo comienzo”, y también “mundo deseado”, se acentúa cuando observa las casas de los alemanes que se marcharon, cubiertas por la hierba que crecía cubriéndolas por completo. La soledad se combina con un espacio natural e inhóspito: “Y de este modo atravesaba el paisaje, nadie podía oírme ya, donde posaba la mirada todo era naturaleza, desde la cima de las colinas veía sólo los bosques, y aquello que había quedado del hombre y de su trabajo, aquello lenta y sistemáticamente era devorado otra vez por el bosque” (249). En aquel sitio, donde nuestro servidor del emperador de Abisinia pasó un año y medio en compañía de un profesor de literatura francesa y una chica pelirroja, hasta las viejas “condecoraciones” carecen de valor alguno: “He servido al emperador de Abisinia, dije, pero el director se rió y me palmoteaba en la espalda y se ahogaba de risa y decía, qué chiste tan bueno…” (241). Luego de aquel período, nuestro servidor vuelve a Praga para trabajar como peón de caminero, acompañado de un perro-lobo, en la completa soledad.

Todo esto puede leerse en clave biográfica, como Zgustova comenta: “Por medio de la escritura se interrogaba sobre sí mismo, todo era para él una excusa para conocerse mejor. En aquel tiempo, sus preguntas eran más penetrantes que nunca, su confesión más despiadada que antes” (Zgustova, 208). El motivo de escribir, para Hrabal, radica en conocerse aún más a sí mismo, y de allí la idea de camino, de proyección. Recordemos que el narrador también es alguien que escribe y confiesa sus travesuras, sus pensamientos, sus emociones. La idea de camino cobra un sentido transversal en la novela. El héroe de Yo que he servido… es similar al soldado Svejk en Las aventuras del buen soldado Svejk (1921), de Jaroslav Hašek. El “caminante”, noción que encarnan ambos héroes en sus respectivas narraciones, se mueve con curiosidad a lo largo de la historia, disfruta conocer y encontrar nuevos espacios, personajes, situaciones; no está perdido, sino que se “deja llevar” por el propio teatro de los acontecimientos y lo que el medio haga de él. Tal vez la diferencia que estriba entre ambos sea una cuestión de unidad: mientras nuestro camarero, a lo largo de los capítulos, cambia sus pensamientos y formas de actuar, además de poseer una marcada individualidad, el soldado Svejk se mantiene firme, sin perder su voz y su habilidad para conversar, entretener y burlar[7]. Svejk en cualquier situación será Svejk, sin cambiar sus formas, sus pensamientos, sus movimientos; a donde vaya siempre será un humilde servidor parlanchín. Como comenta Alfredo Martín Torrada acerca de la gran novela checa Las aventuras del buen soldado Svejk, el caminante está siempre “a ras de suelo”, no sólo por el acto de caminar sino también por la presencia de los demás personajes con quienes se cruza durante su andar: personas comunes y corrientes, meceros, camareros, turistas, vendedores ambulantes, marginados, viajantes. “Es en este ‘ras del suelo’, en el plano más prosaico y corporal de la vida en la que Jaroslav Hašek ha sabido situar toda su literatura” (Torrada, 2). A propósito de este “a ras del suelo”, Zgustova apunta en su “Introducción” a Las aventuras del buen soldad Svejk: “A Hrabal, Hašek le enseñó a mirarlo todo desde la perspectiva de los marginados, de los de abajo” (Hašek, 15). Tal vez sea en el último capítulo donde Hrabal explaye con más densidad existencial la cuestión del camino y su caminante:

El camino, que iba manteniendo y que iba rellenando con la gravilla que yo mismo tenía que preparar a golpe de maza, ese camino, que se parecía a mi vida, estaba siendo invadido detrás de mí por las malas hierbas y los pastos delante de mí […] Prácticamente durante un mes entero no había hecho otra cosa que trabajar duro de sol a sol para mantener el camino en el estado en que se hallaba cuando me hice cargo de su mantenimiento. Además, cada vez encontraba mayor similitud entre el mantenimiento de este camino y el mantenimiento de mi vida (Hrabal, 252-253).

La novela concluye con un personaje distinto, nuevo. Aquella “metamorfosis”, que podemos entender positivamente como un pasaje de lo social a lo individual, de la ciudad al campo, de lo impuro a lo puro, de un estado de inconsciencia a un estado consciente y armónico con el medio, articula un desenlace emancipador. En este proceso de inversión también cambia la apreciación de la vida asociada al dinero: deja de tener un sentido material-obsesivo para pasar a ser más trascendental. En nuestro personaje resuena la enseñanza del profesor de literatura: “la diversión como necesidad metafísica, que si a uno le entretiene algo, entonces eso es lo auténtico, idiotas, descendencia perversa, estúpida y criminal, decía […] la belleza siempre tiene el impacto y el alcance orientados hacia lo trascendental, o sea, al infinito y la eternidad (258). Esta tesis adoptada por nuestro héroe está en las antípodas con la idea de lo bello asociado al dinero por el vendedor Walden, la cual rige en la consciencia de nuestro ex-servidor de emperador. “Y de esta manera empecé a tener una vivencia palpable de las cosas que eran invisibles pero existían, lo increíble se volvía realidad” (259).

Tal vez la verdadera búsqueda del personaje (incluso del propio Hrabal) sea por la verdad, por su verdad. Hrabal sabe que la soledad “saca chispas”, que es demasiado ruidosa. Primero hay que deshacerse del reloj, de la televisión, de la multitud; ya en el bosque, “en ese estado de esplín, de profunda melancolía, de situación cero […] es más accesible que nunca a la que llama la firme aparición […] solo allí encuentra las verdaderas ideas, los pensamientos válidos” (Zgustova, 202). El desencanto del mundo, causa primera de la soledad y la distancia, es entendido positivamente. Incluso el mundo deshumanizado que retrata Hrabal contiene, en algún lugar, algún dejo de humanismo, algún rincón donde la persona se convierte. Es a partir del caminar, del extraviarse, que nuestro aprendiz encuentra los valores que importan, las verdades inquebrantables, la moral justa. Acá resuena la influencia del Tao Te King de Lao Tse: la sencillez, la naturaleza, el camino, la pasividad, la no violencia. Yo que he servido al rey de Inglaterra nos cuenta sobre una persona, sobre una vida y sobre toda una forma de existencia que, no sin amargor, lleva ineludiblemente a criticar lo cotidiano, lo excesivo, lo primero conocido, y a desmantelar el carácter ilusorio de aquellas actitudes humanas, para deshacerse de todo aquello y, tal vez, hacer algo.

Bibliografía

Hašek, J. (2020). Las aventuras del buen soldado Svejk (trad. de Zgustova, M.). Barcelona: Galaxia Gutemberg.

Hrabal, B. (2004). Yo que he servido al rey de Inglaterra (trad. Mlejnková, J. y Ortiz, A.), Barcelona: Ancora y Delfín.

Liévano, A. B. (2006). “Checoslovaquia: Una historia de escritura, censura y resistencia”. En Narrando el mundo desde los márgenes: Hant`a y Una soledad demasiado ruidosa de Bohumil Hrabal”. Bogotá: Universidad de los Andes, pp. 7-15.

Torrada, A. M. (2021). “Jaroslav Hašek: una literatura a ras del suelo, la identidad checa y el hombre común”, Eslavia, Revista de estudios eslavos, Nº7.

Zgustova, M. (2022). Los frutos amargos del jardín de las delicias. Uruguay: Del Sacramento Ediciones.

Notas

[1] La primavera de Praga fue un proceso político de liberación artística y de movilización política en Checoslovaquia. El reformista Alexander Dubček llevó a cabo dichas reformas en 1968 al asumir el cargo de primer secretario del Partido Comunista de Checoslovaquia, aunque el mismo año sería depuesto tras de la invasión al país. Liévano comenta que “Lo que cuestionaban no era necesariamente el modelo socialista, sino el férreo control del partido sobre los asuntos culturales” (Liévano, 10). Aquellos ocho meses de la Primavera de Praga se llevó adelante un socialismo “con rostro humano”, que consistió en el relajamiento de la censura en la producción artística y los medios de comunicación. Dichas reformas no fueron bien acogidas por los soviéticos, quienes mandaron más de medio millón de tropas para ocupar el país el mismo año, lográndolo luego de meses de intensos enfrentamientos.

[2] Para un estudio más amplio del escenario histórico, consultar la producción de Andrés Bermúdez Liévano, Narrando el mundo desde los márgenes: Hanta y Una soledad demasiado ruidosa de Bohumil Hrabal (2006).

[3] Jiřina Šmejkalová en Cold War book in the ‘other’ Europe and what came after (2011) desarrolla las cuestiones sobre el proceso de publicación de la novela: “Hrabal wrote the text over a few weeks in the summer of 1971, and it initially exited as a typewritten original and four copies, which Hrabal shared with his closest friends. The novel was soon afther released in samizdat editions (Petlice, 1973/1974?; Expedice, 1975), and almost ten years later it was published by exile house (Indez, Koln am Rhein, 1980) and in french translation in Paris in 1981” (240-241). Según consigna la autora, la primera publicación oficial de la novela, en checo, fue en junio de 1989, en una edición en conjunto a Trenes rigurosamente vigilados y Lecciones de bailes para mayores, titulada Tři novely (Tres novelas), de la cual se produjeron 190.000 copias.

[4] Karel Marysko, poeta y músico. Zgustova escribe sobre él en la biografía mencionada: “Marysko era buen conocedor de la vanguardia mundial y checa, y despertó en Hrabal el interés por los poetas malditos y el surrealismo. En sus primeros poemas ambos persiguieron el movimiento vanguardista checo de los años veinte” (75).

[5] A propósito de este proceso de reubicación y despido, Zgustova comenta: “A decenas de escritores jóvenes les prohibieron estudiar. Muchos escritores estaban obligados a dedicarse a un trabajo monótono en las comarcas más alejadas de la ciudad. Un sinfín de manuscritos fueron destruidos, sobre todo durante los registros domiciliarios” (Zgustova, 123).

[6] El tema de la sexualidad, el sexo y la virilidad están muy presentes en las novelas Trenes rigurosamente vigilados y Yo que he servido al rey de Inglaterra.

[7] Alfredo Martín Torrada, a propósito del gesto crítico de Hašek en su novela, comenta que el “sentimiento anti imperial que recorre toda la novela funciona como un recordatorio constante de la existencia de un pueblo subyugado, que había sido el primero en levantarse contra el poder central en las revoluciones de 1848. Y alcanza sus puntos más álgidos en las burlas a cada uno de los estratos del poder del Imperio, a lo que Svejk vence y engaña constantemente” (Torrada, 3).