Una conversación con Monika Zgustová

Florencia Ferre

Monika Zgustová, escritora y traductora checa, nació en Praga y reside desde los años ochenta en Barcelona. Colabora con El País-Opinión, entre otros periódicos de España y del exterior; ha realizado más de sesenta traducciones del checo y del ruso, de la obra de Bohumil Hrabal, Jaroslav Hašek, Václav Havel, Milan Kundera, Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva, entre otros, por las que ha recibido el premio Ciudad de Barcelona y el premio Ángel Crespo. Entre sus novelas destacan La mujer silenciosa, aclamada entre las cinco mejores novelas del 2005; La noche de Valia, premio Amat-Piniella 2014 a la mejor novela del año; Las rosas de Stalin (2016); La intrusa (2018); Un revólver para salir de noche (2019), y Nos veíamos mejor en la oscuridad (2022). Su obra se ha traducido a nueve idiomas, entre ellos inglés y alemán, con tres de sus novelas publicadas en Estados Unidos. Ha estrenado dos obras de teatro. En 2024 publicó Soy Milena de Praga.

Mientras traducíamos con Jorge Lucero los artículos de Milena Jesenská reunidos en El camino a la simplicidad, buscábamos y leíamos todo lo que sobre ella podíamos encontrar. En ese momento, apareció Soy Milena de Praga. Poco después viajé a Barcelona y traté de comunicarme con la autora. No pudimos encontrarnos en persona, pero más adelante hicimos una cita virtual. El resultado fue la conversación que sigue.

Sos una prolífica traductora literaria del checo al español, una periodista activa y una escritora de obras de ficción también. Me gustaría saber algo más sobre tu vida: ¿Cómo llegaste a vivir en Barcelona y por qué te quedaste a vivir en la ciudad?

Yo viví en Praga hasta mis 16 años. En la primera mitad de los años setenta, mis padres decidieron irse a Estados Unidos. Tuvieron que irse a través de India, porque no estaba permitido migrar directamente a América. Así que fuimos a la India con un viaje organizado. Desde allí, mis padres huyeron conmigo y con mi hermano, de modo que yo estudié en Estados Unidos, y después de mis estudios, cuando tenía poco más de 20 años, tenía ganas de volver a Europa, y, como no podía ir a la Checoslovaquia comunista y había estado brevemente en Barcelona y la ciudad me había fascinado, quise probar. Me vine con muchas ganas y todavía no me he cansado (risas).

Mi padre era lingüista y mi madre colaboraba con él. No era fácil viajar. Podíamos viajar a los demás países comunistas y mi padre a veces podía viajar para participar en algunos congresos.

Cuando te vas de tu país todo el mundo te parece cercano, puedes vivir casi en cualquier parte.

¿Y cómo es tu relación entre lenguas, qué representa para vos el checo y qué el español?

Con cada lengua que sé tengo una relación distinta. Mi lengua materna es el checo. Últimamente no la uso mucho. Antes hablaba con mis padres. No tengo muchos amigos checos; sin embargo, es muy importante no perderla, es como un tesoro para mí. Cuando voy a Praga nadie me nota nada extraño.

Mi segunda lengua es el inglés. La usaba cuando nos exiliamos allí. Tuve que aprenderlo por narices y me encantó hacerlo. La hablo igual que el castellano y el catalán. Puedo escribir en ella, escribo ensayos y colaboro con la prensa americana.

El castellano es mi tercera lengua y el catalán la cuarta.

Aparte de ellas sé francés y ruso. Las sé bien, puedo leer, mantener una conversación perfectamente, dar una conferencia. Pero no se me ocurriría escribir un libro en estas lenguas.

El castellano y el catalán son las lenguas del país en que vivo. Barcelona es una ciudad bilingüe, y pensé que si quería tener una ciudad que fuera como mi casa tenía que saber lo mismo que la gente que vive aquí. Generalmente nadie se da cuenta de que no soy de aquí.

Sin embargo, no me siento española. Sé que soy checa básicamente por las costumbres adquiridas de niña y por la lengua materna, aunque soy muy crítica con mi país de origen, seguramente mucho más crítica que con mi país de adopción. Estoy encantada de vivir en el Mediterráneo, me encanta vivir en un país donde se habla una lengua derivada del latín. Ahora mismo estoy mirando el mar Mediterráneo y nunca dejo de pensar en Ulises y en los mitos que constituyen nuestra herencia como occidentales.

En Vidas ajenas, León Edel, biógrafo de Henry James, pone en tensión la naturaleza literaria de la biografía y la contundencia de los hechos como materia de escritura.  ¿Es Soy Milena de Praga una novela biográfica o una novela sin más?

Yo creo que es una novela. Lo que yo quería era escribir una novela sobre Milena sin tener las obligaciones que conlleva escribir una biografía.

Quería escribir como desde dentro de Milena sobre algunas cuestiones que no se pueden tratar en una biografía. Yo quería escribir por ejemplo sobre su relación con los hombres, su relación con las mujeres, sobre cómo eran sus relaciones amorosas.

A mí, que soy básicamente novelista, se me da mucho mejor intentar resolver estas cuestiones en forma de novela y no en la forma de un ensayo biográfico. Entonces escribí una novela basada en un personaje de la realidad.

A veces me preguntan qué es: una novela biográfica, una biografía novelada… leí que en el posfacio de vuestra traducción de El camino a la simplicidad, de Milena, Jorge Lucero dice biografía novelada. Cuando lo vi escrito me di cuenta de que no. No es una biografía novelada, no lo es. Si así fuera tendría que incluir todas las cosas que hizo o dejó de hacer Milena.

En cambio, esto es, antes que nada, una novela basada en un personaje muy, muy interesante. En una novela tú puedes hacer lo que tú quieras, tienes mucha libertad, puedes hacer casi de todo, incluso una putada… La libertad es enorme, tanto que casi asusta.

Lo que tienes que tener en cuenta en una novela basada en una biografía es justamente no poner todas las cosas que sabes, sino las que están en juego para que esto componga una buena novela.

¿Y por qué escribir sobre Milena Jesenská en primera persona?  ¿El lector podría identificar la voz narrativa con ella?

Tienes toda la razón. Por eso, para la escritura en primera persona, tomé una precaución. En el capítulo introductorio de la novela, “La niebla”, escribo al final que, durante mi viaje en el campo de exterminio de Ravensbrück, estaba viendo a las mujeres presas en el campo, y de golpe vi una que iba más recta que las otras, una persona que flotaba un poco en el aire, un personaje soñado, y este personaje soñado me empezó a hablar en primera persona; con esto quise dar a entender: “Lector, cuidado, que no es Milena en sí quien habla, es mi sueño”.

¿Y tenés algún proyecto de escribir más extensamente sobre su vida?

Me gustaría hacer algo más biográfico sobre la vida de Milena. Y me gustaría incluir estos artículos que tradujiste de El camino a la simplicidad, ya veremos si estás de acuerdo en incluir las traducciones para mi proyecto de hablar de la vida de ella más allá de la novela que yo escribí.

Sos, sin duda, una gran conocedora de la vida de Milena Jesenská, ¿podrías contarnos cómo fue la investigación sobre su vida para escribir esta novela?

Cuando yo tenía unos 20 años, mis padres me regalaron la primera biografía de Milena, la de Margarete Buber-Neumann. Yo la leí y releí, y Milena me pareció un personaje absolutamente fascinante, y desde entonces leí todo lo que podía sobre ella. Fui a los archivos en Praga, que también me ofrecieron mucho.

Cuando todavía vivían personas que la habían conocido, también me reuní con ellas. Todas me hablaron muy bien de Milena.

A través de los años y las décadas, no solo fui juntando información sino que también fui formándome la imagen de cómo era esta persona, cómo podría haber sido, cómo sería si ahora estuviera sentada con nosotras, tomándose un té contigo y conmigo, cómo hablaría.

Y entonces, cuando lo haces paulatinamente, a lo largo de tu vida, yo creo que te vas acercando bastante al personaje; hay cosas con las que te identificas: por ejemplo, como ella, yo también soy traductora; ella era periodista, yo también soy periodista; ella era extranjera en Viena, yo soy un poco extranjera en todas partes; por supuesto, lo del campo de exterminio espero ahorrármelo, pero con cualquier novela te pasa que realmente te identificas con tu personaje. Y cuando tienes que describir cosas minuciosas de su psicología, de su manera de comportarse, entonces tú mezclas un poco lo aprendido con lo que tú has sentido, para darle la veracidad que necesita una novela. Ya se sabe que las novelas no pueden ser enteramente objetivas y yo jamás he reclamado que esta lo fuera.

En las primeras páginas de Soy Milena de Praga, la voz narrativa, Milena, se muestra resignada al abuso de su marido. Parece reprimir el dolor y la furia que le provoca la infatuación perdida y aceptar la humillación —no tanto de la infidelidad como del abandono hacia ella, la expropiación de sus muebles, la desvalorización de su capacidad e inteligencia—. También Simone de Beauvoir ha sido leída como resignada a una infidelidad que solo le provoca dolor. ¿Te parece que el artículo de Milena «La dama y la mujer moderna» es una aceptación del desencanto de su relación de pareja?

Creo que ella tenía una lucha mental en ese aspecto. Era muy joven, apenas más de 20 años cuando se fue a vivir con su marido a Viena. Aunque haya tenido relación con otras personas, no tenía experiencia; había tenido relaciones con otras mujeres, otros hombres, pero eran cosas pasajeras. Nunca antes había tenido una relación realmente profunda, como la que tuvo con su primer marido, Ernst Pollak. Ella sabía que su marido era como era: mujeriego, que a ella no la valoraba mucho como mujer ni como persona, pero no podía prescindir de él en ese momento; intentaba ocultárselo a sí misma. Escribía estos artículos para darse fuerzas, y otros para justificar lo que estaba haciendo. Se quedaba a compartirlo todo con un hombre que de hecho era bastante monstruoso.

Ella había sido siempre una persona libre, y no podía ser de otra manera. A ella probablemente le habría gustado vivir su matrimonio de manera mucho más clásica, como fue el principio de su segundo matrimonio: un enamoramiento, tener solo a este hombre y ninguno más, probablemente también un hijo, quedarse la mayoría de las noches juntos a cenar en su casa… pero con este Pollak era todo lo contrario. Ella tenía entonces que hacer un puente entre su imagen del matrimonio ideal y lo que realmente resultó ser su matrimonio.

En tu libro, Milena le dice a Greta una frase que parece de una gran actualidad: «Yo vivía el final de una  época y me aferré a ella como pude. Nunca quise entrar en esta nueva época, que no hará ningún bien a nadie». ¿Cómo ves esa época de la que habla Milena y qué describiría esa frase enunciada en el presente y sobre nuestra época?

Sí, es casi como si habláramos del momento presente. En la Argentina ya habéis entrado en “la otra época”, ¿verdad?

Como Milena era muy lúcida, de una inteligencia privilegiada, se daba cuenta de que la pilló vivir entre épocas. Una época se está transformando, no queremos entrar en ella y sin embargo no hay más remedio que entrar. Ella se daba cuenta.

Cuando se entra en una época tan nefasta como esta, o vives como un exiliado interior o vives como un disidente o, como era el caso de Milena, unes estas dos cosas en una sola mentalidad y  manera de actuar. Milena era libre y por lo tanto disidente del nazismo y el fascismo ya por cómo se comportaba en el campo: la cabeza en alto, se saltaba los recuentos; tenía muchísimo valor. Y tuvo la suerte de haber encontrado a Greta y vivir una intimidad compartida con ella. La mejor relación de pareja que Milena tuvo jamás es la que tuvo con Greta. Supo reunir su propia disidencia y escribir un libro sobre los totalitarismos y al mismo tiempo huir a un espacio íntimo con la persona querida.

Hoy la resistencia puede ser activa o pasiva, pero resistencia debe haber. Los que estamos en el campo de la cultura ya hacemos muchísimo para mostrar qué es lo que han hecho y dicho otros escritores o músicos como Shostakóvich, o como Kafka, que ha sabido escribir con lucidez sobre los regímenes que se venían. Y hoy lo leemos como si estuviera ocurriendo hoy mismo, porque nos acechan regímenes parecidos.