Tres semblanzas de Ósip Mandelshtam

Traducción: Jorge Bustamante García [1]

Ilyá Ehrenburg

«Mandelshtam» – qué solemne suena el órgano en las naves majestuosas de la catedral. «¿Mandelshtam? Ah, no me haga reír», por los arroyos corren relatos alegres. No se trata de un héroe de Rabelais ni de un seminarista moderno ni de Françoise Villon ni de aquella anécdota en el vagón. «¿De quién habla usted?» – «Por supuesto, del poeta de “Piedra”». – «¿Y usted?» – «Yo hablo de Ósip Emílievich». No es más que un malentendido. ¿Es, acaso, obligatoria la semejanza del pintor con sus cuadros? ¿Acaso no fue Tiútchev, el «cantor del caos», un diplomático cuidadoso, y acaso el tímido Bátiushkov no superó en frivolidad a Parny[2]?

Mandelshtam era un despreocupado encantador, que no retrocedía ante el pensamiento ni dejaba que el pensamiento huyera de él. De hecho Piedra[3] peca de excesivo pensamiento, aprieta con el peso, diría yo, del pensamiento alemán. Mandelshtam es tan inquieto, que no puede hablar sobre algo más de tres minutos; sentado en la punta de la silla, todo el tiempo está listo para huir hacia algún lado, como una locomotora bajo el vapor. Pero sus versos son inquebrantables, en ellos existe tal belleza que, como dice Baudelaire, causa disgusto el más mínimo movimiento.

¿Recuerdan el «mientras no se exija al poeta»[4]? Mandelshtam deambula por el mundo, anda por las redacciones, estudia los cafés y los restaurantes. Si le creyéramos a Pushkin, su alma «gusta del sueño frío». Después, lo que sucede muy raramente, y de manera solemne, se resuelve con un nuevo poema. Emocionado, como si estuviera él mismo asombrado con lo realizado, lo lee a todos y a cualquiera. Después corre de nuevo a trajinar.

Delgado, pequeño, con la cabeza echada hacia atrás, en la que los cabellos se levantan en el copete, entona con aire importante sus odas solemnes, a la manera de un gallo joven, pero sin duda lo que canta no lo canta para el corral de las aves, sino para los aires de la Acrópolis. Es fácil comprender lo que, a decir verdad, no es necesario comprender, el retrato en el que todo está integra y armoniosamente. Ahora intenten descifrar la lengua de los contrastes.

Estamos acostumbrados a despreciar desde la niñez la poesía ditirámbica. Gracias a Dios, Pushkin de una vez y para siempre acabó con el estilo pseudoclásico. Así nos enseñaron en el liceo, y ¿quién revisó después los cánones del maestro de literatura? Nos seduce la injuria callejera o el susurro de tocador, Maiakovski y Ajmátova. Pero me parece que sería una gran bocanada de aire revolucionaria la puesta de la tragedia de Stepán Razin en la sala de la bolsa parisiense, o la declamación del poema «Reflexión» de Lomonósov ante las admiradoras de Ígor Severianin que aspiran cocaína.

El siglo diecinueve –presuntuoso y charlatán– temía mortalmente parecer ridículo y se esforzaba por ser héroe. Creó actores sin temple, sin colores, incluso sin fuego de candilejas. La ironía mató el pathos. Pero entre nosotros, al fin y al cabo, en los años veinte del siglo veinte, probablemente, el patetismo de Mandelshtam sea mucho más actual que el esnobismo chispeante de Burliuk[5]. Es grandioso el gesto con el que Mandelshtam lleva a las redacciones las falsas apariencias de los tiempos heroicos. Es maravilloso en el zumbido de los cablegramas, el poderoso idioma de la oda en el fragor de la reducción patética.

Mandelshtam era demasiado laborioso, como para permitir expresarse en poesía con la lengua ordinaria. Él vive con nosotros, claro y accesible, pero al igual que una mujer embarazada, no mira al mundo, sino a sí mismo. Allá, en el vientre poético, con el tiempo madura la palabra fuerte y hermosa, que le permite estar consigo mismo hasta el final. Este instinto de autoconservación engendró la representación más admirable, contradictoria y maravillosa. Los poetas recibimos la revolución rusa con exclamaciones fogosas, con lágrimas histéricas, lloramos con entusiasmo enfurecido, como unos malditos. Pero Mandelshtam, el pobre Mandelshtam que nunca bebe del agua cruda y que pasa de largo al frente de la comisaría, sólo él entendió el pathos de los acontecimientos. Los hombres vociferaban, pero el pequeño trajinante de los cafés petersburgueses fue quien concibió la escala de lo que sucedía, la grandeza de la historia creada después de Bach y el gótico, y esclareció la locura de la actualidad: «Bueno, probaremos la enorme, torpe y chirriante vuelta de timón»[6].

Anna Ajmátova

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Mandelshtam era uno de los más brillantes interlocutores: no se escuchaba sólo a sí mismo, ni se respondía a sí mismo, como ahora hacen casi todos. En la plática era cortés, agudo e infinitamente variado. Nunca escuché que se repitiera… Con pasmosa facilidad Ósip Emílievich aprendía idiomas. Sabía de memoria en italiano páginas enteras de la Divina Comedia. Un poco antes de su muerte le pidió a Nadia[7] que le enseñara inglés, idioma que desconocía por completo. Cuando hablaba de poesía era deslumbrante, parcial y a veces podía ser extraordinariamente injusto (como, por ejemplo, hacia Blok). De Pasternak dijo: «He pensado tanto en él, que ya estoy cansado» y «Estoy seguro de que él no ha leído ni uno solo de mis versos». Y sobre Marina Tsvetáieva afirmó: «Soy anti Tsvetáieva».

En música Ósip se sentía en casa, lo que era una peculiaridad bastante rara. Lo que más temía en el mundo era la propia mudez. Y cuando la mudez lo alcanzaba, él se espantaba y se inventaba las más disparatadas razones para explicar esa desgracia. Otra de sus aflicciones eran los lectores. Permanentemente le parecía que lo apreciaban aquellos que menos le interesaban. Conocía y recordaba bien los versos ajenos, con frecuencia se extasiaba en determinadas líneas y con facilidad memorizaba lo que le leían…

Conocí a Mandelshtam en la «Torre» de Viacheslav Ivánov en la primavera de 1911. Por entonces era un muchacho muy delgado, que portaba un muguete en un ojal, con una alta cabeza echada hacia atrás y pestañas que le llegaban casi a las mejillas.

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En los años diez, por supuesto, nos encontrábamos en todas partes: en la redacción de las revistas, en casas de los amigos, en el «Perro Vagabundo», donde entre otras cosas me presentó a Maiakovski… sobre lo que después contaría muy graciosamente a Járdzhiev (en los años treinta), en la «Academia del verso» («Sociedad de adeptos de la palabra» donde reinaba Viacheslav Ivánov) y en las hostiles reuniones de esta «Academia» con el «Círculo de poetas», donde muy pronto llegó a ser el primer violín.

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Gumiliov muy pronto apreció bien a Mandelshtam. Los simbolistas, en cambio, nunca lo aceptaron.

Ósip Emílievich visitaba a veces Tsárskoe Seló. Cuando se enamoraba, cosa que sucedía a menudo, muchas veces yo era su confidente. La primera en mi memoria es Anna Mijáilovna Zélmanova-Chudóvskaia, una bella pintora, que le hizo un retrato de perfil con fondo azul y la cabeza echada hacia atrás. A Anna Mijáilovna, Ósip no le escribió versos, por lo que se quejaba amargamente ante mí. La segunda fue Tsvetáieva, a quien dedicó versos escritos en Crimea y en Moscú. La tercera fue Salomé Andrónikova, a quien Mandelshtam inmortalizó en su libro Tristia («Cuando, la pajilla…»).

Con mucha frecuencia me encontré con Mandelshtam en los años 1917-1918, cuando yo vivía en Vuíborski y Sreznievski (calle Bótkinskaia, 9), no en una casa de locos, sino en el departamento del médico Viach, Viach Sreznievski, esposo de mi amiga Valery Serguéievna.

Mandelshtam me visitaba con frecuencia y los dos nos íbamos en coche de punto pasando sobre increíbles baches en el invierno de la revolución, en medio de las infaltables fogatas que ardían casi hasta mayo y escuchando el traqueteo de fusiles que llegaba quién sabe de dónde. Así viajábamos a las presentaciones de la Academia de Arte, en donde había veladas en beneficio de los heridos y en donde los dos participamos varias veces. Ósip Emílievich también estuvo conmigo en el Conservatorio en el concierto de Butomo-Nasvánova, cuando ella cantó Schubert. A esa época se refieren todos los poemas que me dedicó: «Yo no buscaba instantes florecientes…», «Tu pronunciación maravillosa…», «Es una golondrina, una hijita…» y, tal vez, «Se niega a ponerlo en prueba…». Los dos juntos colaboramos en «La Voluntad del Pueblo». Mandelshtam fue uno de los primeros en escribir versos con temas de valor civil. La revolución era para él un gran acontecimiento y la palabra pueblo no por casualidad figura en sus versos.

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De nuevo y por muy poco tiempo volví a ver a Mandelshtam en Moscú, en el otoño de 1918. En 1920, un o dos veces vino a verme a la calle Sérguievskaia (en Petrogrado), cuando yo trabajaba en la biblioteca del Instituto de Agronomía. Entonces supe que él había sido arrestado por los blancos en Crimea, y por los mencheviques en Tbilisi. En el verano de 1924 Ósip Emílievich vino a mi casa (en Fontanka N° 2), junto con su joven esposa. Nadiezhda era exactamente lo que los franceses llaman laide mais charmante[8]. Desde ese día se inició nuestra amistad, que hasta hoy continúa.

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En el otoño de 1933 Mandelshtam recibió, por fin, un departamento en el callejón Nashokinski y fue como si la vida andariega para él hubiese terminado. Ahí, por primera vez, pudo reunir sus libros, principalmente las antiguas ediciones de los poetas italianos. En aquel tiempo traducía a Petrarca.

En realidad nada terminó, porque siempre había alguien a quien llamar, algo que esperar, algo a lo que aspirar. Pero de todo esto nunca salió nada.

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Alrededor hizo muchos conocidos, que por lo general eran muy callados y que no eran lo que esperaba. A pesar de que la época era relativamente vegetariana, la sombra del infortunio y la perdición posaba sobre esta casa.

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Vivíamos, en general, precariamente: de algunas traducciones, de reseñas a medias, de promesas a medias. La pensión apenas alcanzaba para pagar el departamento y comprar la ración.

Por aquella época Mandelshtam cambió mucho en su aspecto: aumentó de peso, encaneció, comenzó a respirar con dificultad, producía la impresión de un viejo (tenía 42 años), pero sus ojos brillaban como siempre. Sus versos cada vez eran mejores, y su prosa también.

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El 13 de mayo de 1934 lo arrestaron. Ese mismo día, después de una granizada de llamadas y telegramas, llegué a donde los Mandelshtam desde Leningrado. […] Todos nosotros éramos por entonces tan pobres, que para poder comprar el boleto de regreso, me llevé la estatuilla de porcelana (en que me representaba Natalia Danko, en uno de sus trabajos de 1924) para venderla.

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La orden de arresto estaba firmada por el propio Yágoda[9]. El registro se prolongó toda la noche. Buscaban los poemas. Todos estábamos en un cuarto, en total silencio. Tras las paredes, en la casa de Kirsánov, sonaba una guitarra. El juez de instrucción ante mí encontró el poema «El lobo» y se lo mostró a Ósip Emílievich. En silencio, él asintió con la cabeza. Al despedirnos, me dio un beso. Se lo llevaron a las siete de la mañana, cuando despuntaba el día. Nadia se fue a avisarle al hermano y a los viejos amigos y convenimos encontrarnos más tarde en algún lugar. Regresamos a casa juntas, limpiamos el departamento y desayunamos. Tocaron de nuevo a la puerta, otra vez un registro. Evgueni Jasin nos había dicho: «Si ellos llegan regresan otra vez, seguro se las llevarán a ustedes también». Pasternak, a quien yo acudí ese mismo día, fue a interceder por Mandelshtam ante Bujarin en «Izvestia», y yo ante Enukidze[10] en el Kremlin. Con esto nosotros aceleramos y, probablemente, atenuamos el desenlace. (La sentencia de tres años en Chérdina, donde Ósip se tiró de una ventana de la clínica, rompiéndose un brazo. Nadia envió un telegrama al Comité Central. Stalin ordenó revisar el caso y permitió elegir otro lugar, después llamó a Pasternak. Lo demás es suficientemente conocido).

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A visitar a Nadia llegaban muchas mujeres, pero de los hombres sólo se aparecía uno: Pierets Markish. Recuerdo bien que las mujeres eran muy bellas y bien arregladas, con sus frescos vestidos de primavera: la todavía no tocada por la desgracia Sima Narbut[11]; la bella «prisionera turca», esposa de Zenkiévich[12]; la serena y esbelta Nina Olshévskaia. Y Nadia y yo en ropa arrugada, amarilla y ajada.

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Unas dos semanas después, muy temprano en la mañana, llamaron a Nadia y le propusieron que si ella quería irse con su esposo, tendría que estar en la tarde en la estación de Kazán. La espera había terminado. Nina Olshévskaia y yo nos fuimos a recolectar dinero para el viaje. Recogimos bastante. Elena Serguéievna Bulgákova se puso a llorar y me entregó en la mano un montón de dinero sin contarlo.

A la estación nos fuimos solamente las dos. Pasamos a la Lubianka por unos documentos […] A Ósip tardaron en traerlo a la estación. Mi tren a Leningrado saldría de otra estación y no pude esperarme. Evgueni Yákovlevich Jazin y Alexandr Emílievich Mandelshtam me acompañaron y cuando regresaron a la estación de Kazán, apenas habían traído a Mandelshtam, con quien ya no estaba permitido comunicarse. Estuvo muy mal que yo no lo haya esperado y él no me hubiera visto, porque desde Chérdina a él le parecía que yo había perecido.

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En febrero de 1936 estuve donde los Mandelshtam en Vorónezh y me enteré de todos los detalles de su «asunto». Él me contó cómo en un acceso de delirio corrió por las calles de Chérdina buscando mi cuerpo fusilado, inquietud que gritaba a quien cayera. […] Es sorprendente que la libertad plena, la amplitud y una profunda respiración aparecieran en los versos de Mandelshtam precisamente en Vorónezh, cuando él no era un hombre libre…

Mandelshtam no tuvo maestros. Es un aspecto que valdría la pena reflexionar. No conozco en la poesía mundial un caso parecido. Conocemos los orígenes de Pushkin y Blok, pero ¿quién podrá señalar de dónde nos llegó esta nueva armonía divina, que radica en los versos de Ósip Mandelshtam?

En mayo de 1937 los Mandelshtam regresaron a Moscú, a su «casa» de Nashokinski. Una de las dos habitaciones estaba ocupada por una persona que escribía sobre ellos delaciones mentirosas, por lo que muy pronto ellos dejaron de aparecerse por el departamento.

Ósip no recibió autorización para quedarse en la capital. No había trabajo. Fue cuando llegaron de Kalinin y se sentaron en un bulevar. Tal vez en esa ocasión fue cuando Ósip le dijo a Nadia: «Hay que saber cambiar de profesión. Ahora somos indigentes» y «Para los indigentes en verano siempre es más fácil».

La última vez que vi a Mandelshtam fue en el otoño de 1937. Ellos (él y Nadia) vinieron a Leningrado por dos días. Era un momento apocalíptico. La desgracia nos pisaba los talones a todos. Los Mandelshtam no tenían ni un kópec. Tampoco tenían dónde vivir. Ósip respiraba mal, pescaba el aire con los labios. Yo llegué para verme con ellos, no recuerdo dónde. Todo era como en una pesadilla. Alguien que llegó después de mí dijo que el padre de Ósip Emílievich no tenía ropa caliente. Ósip se quitó el suéter que tenía puesto debajo de la chamarra y pidió que se lo entregaran a su padre. Mi hijo me ha contado[13] que en el tiempo en que le seguían la instrucción del sumario le leyeron las declaraciones de Ósip Emílievich sobre nosotros dos y que ellas eran irreprochables. ¿Muchos de nuestros contemporáneos podrían, acaso, decir lo mismo?

El 2 de mayo de 1938 lo arrestaron por segunda vez en un sanatorio cerca de la estación Cherusti. En esa época mi hijo ya tenía cerca de dos meses en la cárcel de Shpalierna. Todo el mundo sabía de las torturas. Nadia vino a Leningrado. Tenía unos ojos espantosos y me dijo: «Yo me tranquilizaré, sólo cuando sepa que él murió»[14].

Arthur Lourie

 Mandelshtam amaba apasionadamente la música, pero nunca hablaba de ello. Guardaba hacia la música una relación un tanto pudorosa, que escondía profundamente en él. A veces me visitaba tarde en la noche. Se ponía a dar vueltas por el cuarto, caminando más aprisa de lo normal, sonriendo y con el cabello despeinado, sin decir una sola palabra: por el brillo de sus ojos yo adivinaba que le estaba sucediendo algo «musical». A mis preguntas, inicialmente, no respondía, pero al final reconocía que había estado en un concierto. Sin embargo, Mandelshtam no se explayaba sobre el tema, más allá de este reconocimiento. Después, inesperadamente, aparecían sus versos, repletos de inspiración musical.

En la época de mi amistad con Mandelshtam me acostumbré a que él musitara sus versos. Los componía mientras caminaba o mientras conversaba de otros temas, sin que una cosa interfiriera con la otra. «La Oda a Beethoven» la compuso durante mucho tiempo; en nuestras caminatas yo escuchaba cómo Mandelshtam elegía cada línea y después cada estrofa, de una manera tal que cada verso se movía ya fuera hacia arriba, ya fuera hacia abajo, o hacia el medio, hasta que finalmente la «Oda» tomó su forma definitiva.

Siempre me pareció que para los poetas, incluso para los más genuinos, el contacto con la música viva y no con la imaginaria, era algo prescindible y que su percepción de la música tenía ante todo un carácter metafísico, abstracto. Pero Mandelshtam era una excepción: la música viva era para él una necesidad. El elemento de la música alimentaba su conciencia poética, así como el entusiasmo por el valor civil era lo que impregnaba su poesía.

Notas

[1] Los textos de Ilyá Ehrenburg y Arthur Lourie que se presentan a continuación fueron tomados de Воспоминания о серебряном веке [Recuerdos sobre el Siglo de Plata], Moscú, Respublica, 1993; el de Anna Ajmátova fue tomado de la segunda edición de la antología de Anna Ajmátova, «Узнают голоз мой…», Moscú, Pedagóguika-Press, 1995.

[2] Evariste de Parny (1753-1814), poeta francés autor, entre otras obras, de Poesías eróticas, Opúsculos poéticos y La guerra de los dioses (Todas las notas al pie corresponden al traductor.).

[3] Primer poemario de Mandelshtam, publicado en 1913.

[4] «mientras no se exija al poeta» y «el alma gusta del sueño frío» son versos del poema de Pushkin «El poeta».

[5] David Burliuk (1882-1967), pintor y poeta, uno de los ideólogos y promotores del futurismo desde sus inicios. Salió de Rusia en 1920 y murió en el olvido en Nueva York a los 85 años de edad.

[6] Versos del poema de Mandelshtam «Glorifiquemos, hermanos, las tinieblas de la libertad…».

[7] Nadezhda Mandelshtam, esposa del poeta.

[8] Fea, pero encantadora.

[9] Guenrij Grigórievich Yágoda (1891-1938): Comisario del Pueblo para el Interior y jefe de la policía secreta. Destituido por Stalin en 1936, acabó ejecutado, tras el tercer proceso de Moscú, en marzo de 1938.

[10] Avel Sofrónovich Enukidze (1877-1937): Secretario del Comité Ejecutivo Central de los Soviets de 1922 a 1935, miembro del Comité Central del PC en 1934. Expulsado del partido en 1935, fue detenido en 1936 y ejecutado en prisión.

[11] Esposa del poeta y editor Vladímir Narbut (1888-1944?), cercano a los acmeístas, quien desapareció víctima de las purgas.

[12] Mijaíl Zenkiévich (1886-1973), prosista y poeta, uno de los últimos representantes del Siglo de Plata de la poesía rusa.

[13] Se refiere a León Gumiliov, fruto de su unión con el poeta Nikolái Gumiliov. León pasó casi 20 años en una cárcel de Leningrado, en los tiempos más duros de la dictadura de Stalin. Después se convertiría en un filósofo y pensador reconocido en las décadas de los setenta y ochenta.

[14] Ósip Mandelshtam murió en un campo de prisioneros en la región de Vladivostok el 27 de diciembre de 1938.