Radka Denemarková y la (im)posibilidad de la justicia

Jorge Nicolás Lucero

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial Checoslovaquia se restaura como nación soberana y con ello recupera los Sudetes, una región que pertenecía al país desde su fundación en 1918 y donde vivía un porcentaje considerable de alemanes étnicos. La zona había sido anexada por Alemania en 1938 tras los acuerdos de Munich, con el aval británico, francés e italiano, en un último intento por evitar una guerra que, como sabemos, se desencadenaría al año siguiente. En el desenlace del conflicto, el presidente en el exilio Edvard Beneš realizó una serie de decretos sobre los pasos a seguir tras el fin de la ocupación. Cuatro de ellos destacaron sobre el resto: el 5/1945 “Sobre la nulidad de algunos derecho de propiedad durante la época de la ocupación y sobre la administración nacional de propiedades de los alemanes, húngaros, traidores y colaboracionistas y de algunas organizaciones e institutos”; el 12/1945 “Sobre la confiscación y distribución inmediata de los bienes de los alemanes, húngaros, así como de otros enemigos y traidores del pueblo checo y eslovaco”; el 28/1945 “Sobre la repoblación de las tierras agrícolas de alemanes, húngaros y otros enemigos del estado de los checos, eslovacos y demás agricultores eslavos”; y el 33/1945 “Sobre la regulación de la ciudadanía checoslovaca para personas de nacionalidad alemana y húngara”.[1] Estos decretos impulsaron entre mayo y agosto de ese año la expulsión de cerca de tres millones de alemanes checoslovacos, así como la confiscación de sus tierras, propiedades y la pérdida de su ciudadanía. La acusación de colaboracionista recayó sobre la mayoría de los sudetoalemanes, con excepciones muy específicas —estar en matrimonio con un ciudadano checo o eslovaco, por ejemplo.

Este evento aún constituye un verdadero tabú en la sociedad checa, cuya historia oficial siempre (no sin razón) enfatizó su posición de víctima durante el Protectorado de Bohemia y Moravia. También fue un tema prohibido durante el comunismo. Recién 44 años después, días antes de la Revolución de Terciopelo, Václav Havel fue uno de los primeros en pronunciarse públicamente sobre la expulsión de los alemanes. En una carta al entonces presidente de la Alemania Federal Richard von Weizsäcker, Havel describe el hecho como un “crimen” y “un acto inmoral que perjudicó gravemente no solo a los alemanes, sino también a los propios checos, tanto en lo moral como en lo material. Responder ante el mal con mal, no lo elimina, sino que lo prolonga” (Havel, 1989, nuestra traducción). Más aún, no fue sino hasta 2005 cuando el gobierno checo dio un reconocimiento oficial a los alemanes antifascistas que habitaron los Sudetes.[2]

La novela El dinero de Hitler (2006) de Radka Denemarková constituye un hito literario en Chequia, siendo uno de las pocas obras que desarrolla el contexto de la expulsión de los alemanes y que, en dosis iguales de belleza y crudeza, desfigura el imaginario victimista checo. En este sentido, se la ha considerado acertadamente una “hacker cultural” (Bertazza y Noubel, 2021). A lo largo de la novela, la victimización, el pasado como un retorno de lo reprimido y la venganza colectiva e individual, resultan los temas más presentes. Gita Lauschmannová es hija de Rudolf Lauschmann, un exitoso comerciante judío del pueblo de Puklice. Ellos, su madre Ulrike, su hermana Rozálie y su hermano Adolf son llevados al campo de concentración de Auschwitz, del cual solo Gita y su hermano logran por separado) sobrevivir. Con la esperanza de reencontrarse, Gita regresa a Puklice. Sin embargo, su casa se halla ocupada por vecinos checos, pues todas las propiedades de su familia habían sido inmediatamente embargadas. A pesar de ser judíos, han sido considerados nazis en razón de su ascendencia alemana. Con rapidez el pueblo se alerta de la presencia de Gita y es secuestrada por un grupo de locales liderados por Ladislav Stolař, un checo que, como ella, sobrevivió a los campos de concentración. Habiéndola torturado y privado de su libertad, sus coterráneos deciden matarla de hambre. Stolař representa la desmedida del resentimiento de los sobrevivientes, que sentencian en base a la pertenencia antes que a las acciones: “Tu familia es culpable y sanseacabó. Lo único que importa es en qué hablabais. Y ausgerechnet [por sobre todas las cosas] en vuestra casa a puertas cerradas se sprachaba [hablaba, en deformación desde el checo] en alemán a todas horas” (Denemarková, 2015, p. 31). Esta posición es adoptada incluso por la hermana de Stolař, nombrada en el texto como “la Mujer”, quien apropiándose de la casa de Gita y a la espera de un hijo, la alimenta en secreto y la ayuda a fugarse: “—Eres alemana. Me suelta las mejillas. Con el delantal se limpia la mano, que tiene saliva de mi lengua. —No lo soy. Tengo nacionalidad checoslovaca. Soy… —Alemana. —Bueno, y qué. Soy una alemana checa. —¿Y eso qué más da? Eres checa, pero también eres alemana” (Ibíd., p. 43). Gita nunca se avergüenza u oculta su origen durante las interacciones con los habitantes de Puklice, pero a la vez no deja de expresar la carga ilegítima que el pasado y su origen posan sobre ella (cuestión que la novela explota reiteradas veces en su personaje, aunque también, de modo indirecto, en los Stolař).

Su fuga no le otorga ningún alivio, sino la repetición del horror de Auschwitz: “La piel ha encogido, una piel arrugada con manchas marrones y salpicada de pecas que le cubre los nudillos y el dorso de la mano. Me arden las mejillas y en mis oídos resuena la voz de Rozálie: «Hasta ahora nos hemos salvado, así que cállate»” (Ibid., p. 53). La narración de Denemarková no resalta la tensión ante la inminente salvación, sino el absurdo radical del estado de guerra que imponen los vencedores. Presenciando una cruda violación, Gita no puede hacer otra cosa que reírse a carcajadas.

Expatriada, Gita construye una vida decente como doctora, tiene una hija y dos nietas. Pero en 2005, 60 años después, la Oficina de Documentación e Investigación sobre los Crímenes del Comunismo rehabilita a sus padres, afirmando que la confiscación de sus bienes ha sido arbitraria. Gita, que buscó toda su vida escapar del recuerdo de Puklice, se encuentra llamada por esta rehabilitación a limpiar el nombre de su familia. Regresa al pueblo con su nieta y un abogado. Su casa se ha vuelto un economato, ingresa a hacer una compra y pide entrar a la parte privada, enuncia quién es y qué el lugar era su casa hasta que se lo robaron, de esta forma alerta intencionadamente a todo el pueblo de su presencia. No busca iniciar la demanda judicial. Su pretensión no es recuperar sus propiedades, sino que se erija en Puklice una estatua en conmemoración a su padre. Una victoria que, antes que jurídica, debe ser moral, su pequeña revolución pacífica: “Se acerca el instante en el que voy a levantar los dedos índice y corazón, y voy a abrirlos formando una V ancha y aterciopelada […] A ver si por una vez sois vosotros los que os reconcoméis en vuestra inseguridad. Lo que quiero es que erijáis un monumento en la plaza. A mi padre. Éste es el objetivo que tengo al alcance de mi mano. Y una sensación de plenitud a punto de materializarse.” (Ibíd., pp. 80-81). En la búsqueda de Gita se encuentra, de manera transversal, la elaboración de un tema tanto o más universal que la victimización y la venganza: el sentido y la posibilidad de la justicia. La rehabilitación moral que desea Gita permite poner en juego una distinción, y hasta casi una asimetría esencial, que el filósofo Jacques Derrida establece entre la justicia y el derecho. El derecho, región del cálculo y la mensurabilidad, es un conjunto de principios y normas deconstruible. La justicia, por el contrario, es indeconstruible, porque posiciona un mundo fuera del cálculo del derecho, un mundo por venir que irrumpe, dado que no es inferido de ninguna regla ya establecida —un posicionamiento que posibilita la deconstrucción misma (Derrida, 2008).

Gita se reúne con el alcalde de Puklice, Stolař hijo, Denis, hijo de la Mujer, y el barbero Klein, quien participó de su secuestro. Este último, que parece un personaje secundario, enfatiza la irrelevancia que parece tener cualquier reparo jurídico para Gita, pues en ninguno de los diálogos selo acusa de ser un autor partícipe de la privación de su libertad. Por su parte, los checos de Puklice sí temen por sus propiedades. De allí que, anticipándose a su reclamo, Stolař joven y Denis sacan a la luz el pasado de Gita luego de su huida, con el fin de cuestionar su capacidad mental para realizar cualquier reclamo. Saben que tuvo un hijo, Rudolf, que falleció, y un marido, Adolf, que se suicidó, y que pasó varios años internada en un psiquiátrico. Por supuesto, la repetición de los nombres no es anecdótica, sino un énfasis en la iteración de la injusticia en la vida de Gita. El diálogo es una muestra magnífica de la narrativa de Denemarková. Estrictamente hablando, no hay un giro en la trama, sino un giro en la interpretación y apropiación de los hechos, porque lo que se esperaba que fuera una confesión se convierte en un acto de revelación. Lejos de negar y evitar los hechos, Gita relata crudamente el asesinato de su bebé a mano de tres hombres, el suicidio de su marido, su intento de suicidio y cómo sobrepasó todas esas tragedias. La declaración de Gita, podríamos decir, se vuelve una “experiencia de aquello de lo que no se puede tener experiencia” (Ibíd, p. 38), es decir, una manifestación de que la justicia que requieren los actos sufridos por ella no puede ser colmada. Pero esta justicia no puede ser si no exigida en ese mismo acto de enunciación que muestra su inconmensurabilidad. Por eso, Gita acusa al propio Stolař hijo de asesino, “[n]o  porque haga revivir mi pasado y desvíe la atención del suyo, sino porque hace revivir mi pasado para enterrar mi derecho a un presente” (Denemarková, 2015, p. 107). Pero, a su vez, el personaje de Gita rescata otro punto crucial para Derrida en esta experiencia aporética de la justicia: la responsabilidad incalculable ante la memoria o la “herencia de un imperativo” que es necesario recalcular: “Está juntando historias que no se pueden unir, para acosarme, para etiquetarme. ¿Como qué? ¿Como una nazi? ¿Como una nazi que merecía ser violada? Con una mentira así no se puede ir a ninguna parte. Tengo que irme. Otra vez por la fuerza, no podía ser de otra manera. Sin embargo, volveremos a vernos. No tema. Pronto. Pero ahora ya no voy a conformarme con un monumento, miserables.” (Ibid., pp. 118-119).

La asimetría esencial, nos dice Derrida, no disocia derecho de justicia, sino que requiere su asociación: “la politización obliga a reconsiderar, es decir, a reinterpretar los fundamentos mismos del derecho tal y como habían sido calculados o delimitados previamente. Esto fue cierto en la Declaración de los Derechos del Hombre, en la abolición de la esclavitud, en todas las luchas emancipatorias” (Ibíd, p. 65). Pero el fragmento anterior muestra que Gita no quiere imponer la justicia como derecho (la tramitación jurídica que volvería calculable su objetivo), sino como venganza. El personaje de Gita separa, pero también disocia justicia y derecho, pues deduce que la incalculabilidad del daño demanda una reparación infinita:

“No existe ninguna disculpa para esto. No voy a perdonar a nadie. Nunca. De algunas épocas de mi vida no hablo. Tras todos estos años tengo la sensación de que esas cosas le ocurrieron a otra persona, que no fue y no es asunto mío. Y usted, en vez de disculparse porque me robaron mi propio techo y me echaron de mi propia casa como a un perro sarnoso y famélico, saca tranquilamente y sin inmutarse esa carpeta negra. Se hincha las mejillas con aire fétido y de un soplido barre el espeso polvo de tantos años. Aviva crímenes que de hecho no tienen nada que ver con usted. Ha traído de vuelta a mi vida a esos tres imbéciles colocados. A los tres. Para que lo hagan de nuevo.” (Ibíd.. pp. 111-112).

Se trata de un sentido de justicia pura que implosiona.

La contrapartida de Gita se encuentra hacia el final del libro en su nieta Barbora, que tras la muerte de su abuela toma las riendas del proceder judicial: “Barbora se pasea por la ruinosa propiedad con los inversores. Entre dientes murmura un lema que ha impreso incluso en las tarjetas de visita y en el papel de cartas: «Si hay justicia, que sea absoluta». Con una serenidad nada sentimental desencadena la lucha legal. Quiere que los habitantes de Puklice salgan corriendo como pollos desplumados, ahuecando las pocas plumas que les quedan” (Ibid., p. 201). El derecho acaba volviéndose la forma de hacer justicia (esto es, en sentido estricto, un derecho sin justicia) por medio de la venganza y la violencia. Gita pagó por el pasado de su padre, Stolař hijo también lo hará.

El personaje de Denis también toma relevancia hacia el final. Su madre le confiesa no solo que ha ayudado a escapar a Gita cuando era adolescente, sino también que su tío y sus secuaces habían capturado al hermano de Gita un tiempo antes de su llegada y lo habían matado. Esta confesión termina de separar a Denis del resto de los habitantes de Puklice y poniéndolo del lado de Gita. Se enamoran y tras la muerte de Lauschmannová, la familia le cede los diarios donde Gita intentaba dar una conexión a la historia de su familia, que cargaba consigo. Denis termina identificándose con ella especialmente en relación a este peso que él también carga con la confesión de su madre, pero que jamás confiesa. Y no lo hace, sin embargo, porque al igual que Gita advierte que la justicia parece señalar lo irreparable. Denemarková finaliza la obra en este sentido: “No es porque la historia llegue a su fin, sino porque se termina la provisión de palabras disponibles. Sí, eso es: con las palabras pueden cometerse muchos crímenes. Pero con ellas no se puede defender nada.” (Ibid., p. 206). Aun cuando pueda materializarse esta reivindicación, (jurídicamente, restituyendo las propiedades) o éticamente (rehabilitando el nombre del padre), la justicia acaba desvaneciéndose, a no ser que los eventos que la exigen continúen clamándose a viva voz.

Bibliografía

Bertazza, J. P. y Noubel, F.. (2021). “Radka Denemarková, una hacker cultural”, disponible en: https://espanol.radio.cz/libros-checos-que-deberias-leer-8683023/22 Consultado el 27/05/2023.

Denemarková, R. (2015). El dinero de Hitler (Trad. de Buixaderas, E.). Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Derrida J. (2008). Fuerza de ley: el fundamento místico de la autoridad (Trad. Barberá, A. y Peñalver Gómez, P). Madrid: Tecnos.

Havel, V. (1989). “Dopis Václava Havla prezidentu SRN Richardu von Weizsäckerovi, 05/11/1989”, disponble en:  https://archive.vaclavhavel-library.org/Archive/Detail/58170. Consultado el 29/05/2023

Notas

[1]Los decretos pueden leerse en:

https://www.zakonyprolidi.cz/cs/1945-5#

https://www.zakonyprolidi.cz/cs/1945-12#

https://www.zakonyprolidi.cz/cs/1945-28#

https://www.zakonyprolidi.cz/cs/1945-33#

[2]https://www.irozhlas.cz/zpravy-domov/vlada-uznala-zasluhy-sudetonemeckych-antifasistu_200508241752_mtaborska