Tomáš Garrigue Masaryk
Traducción: Jorge Nicolás Lucero
Presentación del traductor
Pocas figuras tienen la dimensión que Tomáš Garrigue Masaryk alcanzó para el pueblo checo y la conformación de su identidad. Filósofo, sociólogo, miembro del Parlamento en el Imperio Austrohúngaro, líder independentista y primer presidente de Checoslovaquia, Masaryk fue un pensador y militante que unió la reflexión sobre el destino checo con una filosofía de la historia apuntalada por el positivismo comtiano, pero también articulada por un humanismo que cuestionaba los reduccionismos esta corriente y su incapacidad para asir la realidad moral y política de su tiempo. Desde la pluma, las aulas, el Parlamento, y finalmente la presidencia de Checoslovaquia, Masaryk defendió ese humanismo democrático como el gran principio rector de todo su sistema político y económico, promoviendo la justicia social como un principio material inseparable del principio formal de la libertad.
El siguiente texto constituye el primer artículo académico que el entonces estudiante de Leipzig publicó con 26 años. Se trata de un estudio y encomio dedicado al que sería su mayor influencia, o al menos, la más constante a lo largo de su vida: Platón. A pesar de ser un texto de juventud, el valor de este documento es notable, pues ya pueden encontrarse varios de los lineamientos filosófico-políticos que tomarán su forma más cocnreta en su tesis de habilitación El suicidio como fenómeno de masas de la civilización moderna (1881) y que irá profundizando a lo largo de toda su vida académica y política. En particular, dos grandes tesis resaltan: 1) la sociología como estudio necesario y fundamental (si se nos permite, como filosofía primera) para el desarrollo de la vida de una nación; y 2) la importancia de la religión separada de la administración eclesiástica como elemento de estructuración moral y de cohesión nacional. Ambas tesis muestran la profunda influencia del positivismo y permanecerán como guías en sus ensayos y reflexiones hasta su madurez, lo que puede apreciarse en obras de diversos períodos, como La cuestión checa (1896) y La revolución mundial tras y durante la guerra (1925).
Como indica el título, en el artículo hay una reflexión sobre el lugar que Atenas ocupaba en el pensamiento de Platón. En contra de las tendencias de su momento que veían a Platón como alguien que despreciaba su ciudad y construyó una filosofía para alejarse de sus condiciones fácticas, Masaryk, a partir de la descripción biográfica y de los fundamentos de la polis ideal de República, sostiene que el filósofo fue un defensor de su pueblo en su búsqueda por acercar el saber y la ciencia al plano de la acción. En este sentido, Platón fue para Masaryk un norte para mirar su propio tiempo, al igual que lo fue para Jan Hus o para František Palacký.
Ciertamente, el conocedor de la historia antigua observará que el texto se apoya en datos históricos que hoy, 150 años después de su publicación, fueron descartados o revisados por la historiografía de la Antigua Grecia. No creemos necesario reparar en cada uno de los datos que hoy en día se muestran erróneos, tan sólo advertir que Masaryk dominaba los conocimientos de la historia griega tal como se desarrollaron en el siglo XIX.
El texto fue publicado por primera vez en 1877 en el almanaque de la Juventud Morava Zora, y firmado con el pseudónimo de Vlastimil Masaryk. Este pseudónimo habría adoptado cuando presidió la Sociedad Académica Checa entre 1874 y 1875, con el fin de reforzar su identidad eslava (cf. Herben, 1946, p. 18). Para esta traducción, hemos tomado la versión publicada en el tomo XVI de sus obras y digitalizada por el Instituto Masaryk (Masaryk, 1993). A diferencia de esta edición, hemos optado por colocar las referencias bibliográficas aludidas en el artículo para contextualizar su discusión.
Platón como patriota (1876)
Kdo svých darů, kdo síly, statku
přinášíš hojně v oběti,
drahou by ozdobil tu matku,
ji zvěčnil v lidstva paměti
[…]
Ty‘s bratr náš, ty’s vlastenec![1]
Cuando el famoso historiador alemán [Bartold Georg] Niebuhr habla sobre la historia del griego Jenofonte, el “renegado – apóstata”, también se refiere de forma desagradable a Platón: “Platón -decía- tampoco fue un buen ciudadano, no era digno de Atenas, hizo cosas incomprensibles; como pecador, se sitúa al otro lado de los santos Tucídides y Demóstenes, y aún así es muy diferente a este viejo insensato (es decir, Jenofonte)” (Niebuhr, 1828, p. 467).
Semejante declaración no pudo dejar de llamar la atención en muchos sectores, y no es sorprendente que muchos, ni bien escucharon las afirmaciones de Niebuhr, se lanzaran a defender la memoria de este filósofo “divino”; y queremos reivindicar a Platón frente a estas palabras pensadas superficialmente y probar que Platón fue un buen patriota. Sin embargo, para aprovechar la oportunidad, hay que tomar en cuenta las enseñanzas de Platón, especialmente si se trata de política, y buscar el verdadero sentido de su enseñanza: quien suscribe tiene entendido que podemos extraer en Platón las mejores ideas de su ciencia teórica y que precisamente su enfoque sobre el patriotismo puede mejorarse más en quienes aún mantienen los juicios habituales que ejercieron los partidarios de lo teórico y de lo práctico en una cuestión tan importante.
En primer lugar, realizaremos una corta biografía sobre Platón respecto a su relación con Grecia en general, y con Atenas en particular, luego intentaremos hacer un juicio válido sobre su enseñanza de lo constitucional.
Platón nació en mayo del 428/7 a. C., en Atenas, o como algunos sostienen, en Argos, donde, según se dice, enviaron a su padre, Aristón, en calidad de cleruco; si este fuera el caso, no le daría la razón a Niebuhr, pues según la ley griega, incluso entonces si una persona nacía fuera de Atenas, pertenecía a la ciudad. Su madre, Perictione, provenía de la familia de Solón, mientras que su padre se contaba entre los descendientes de Codro: Aristocles, como se autodenominó Platón poco después de su nacimiento, era por lo tanto descendiente de ilustres antepasados y, en consecuencia, recibió una educación aristocrática en el seno de su casa paterna y de su extensa familia, que influenció sus ideas aún durante sus últimos tiempos. No disponemos de información adecuada y fiable —quizás, por fortuna— sobre la vida de Platón; no nos ocuparemos de los chismes, abundantes en la épocas posteriores de la Grecia literaria; sus contemporáneos prestaron poca atención a su vida, pues, como parece evidente, a nadie se le ocurrió describir la vida de un hombre que posteriormente alcanzó la gloria eterna. Algunos de los escritores posteriores, debido al honor excesivo, incluso divino, que rindieron a Platón, irradiaron todo lo que lo tocó con una luz milagrosa; por otro lado, sus oponentes proyectaron colores mezquinos sobre su imagen, ya sea que estuvieran motivados por la envidia, la hostilidad o la indignación por la disputa entre escuelas. El propio Platón casi no dice nada en sus numerosos escritos, algo digno de imitación y que los escritores rara vez poseen en nuestros días, ¡a lo mejor, aquellos filósofos que gustan de adjuntar biografías de una braza o un metro de largo a sus escritos, junto con sus retratos, podrían reflexionar sobre este suceso! Por lo tanto, no nos queda más que prestar atención a los sucesos de ese tiempo. Niebuhr basó su juicio únicamente bajo estas mismas situaciones y, por lo tanto, podemos construir una base con más facilidad en lugar de esforzarnos por leer montones de biografías, pues no es fácil dar una descripción razonable de la vida humana, y por eso lamentamos con alegría esa falta de una descripción de la vida de Platón.
Debemos decir que Platón recibió la educación que todo ateniense libre de su tiempo recibió, y no hay necesidad de exagerar en los detalles, porque el lector está familiarizado con estos asuntos. Recordemos que Atenas acababa de alcanzar su máximo esplendor y poder en aquella época: sabemos que tras la derrota de los arrogantes persas, casi todos los estados griegos consideraban Atenas un lugar sagrado, y que todos los griegos se sometieron a un poderoso líder, ya sea voluntariamente o por la fuerza. Pericles, a quien sus contemporáneos comparaban con Júpiter, condujo a su patria a la gloria, el poder y la educación. Atenas se convirtió para toda Grecia en lo que una chimenea es para una casa de familia. Lo que dijo Börne sobre París (Börne, 1834) también se aplica con toda la fuerza a la Atenas de entonces; quien pueda profundizar en aquellas condiciones reconocerá los momentos particulares entre aquellos que se unieron a través de los dialectos de los diferentes pueblos griegos, y encontrará con facilidad similitudes con eventos en la actualidad. Hermosos y elegantes edificios adornaban la ciudad victoriosa de aquella época, en la que el arte y la ciencia se abrieron espacio: la colosal estatua de Atenea Pártenos, obra de Fidias, se alzaba en el Vyšehrad[2] ateniense del Partenón, que debe su creación al mismo artista. Policleto, Polignoto y Mirón contribuyeron al embellecimiento de la ciudad con sus obras maestras, el pincel de Agatarco adornaba el teatro, que, tras haber sido cultivado por el anciano Esquilo, pronto alcanzó una grandeza inimaginable gracias al gran espíritu de Sófocles. Luego, Eurípides pronunció para sus hermanos enseñanzas filosóficas desde el escenario, nuevas para su época. Aristófanes dominó la comedia hasta tal punto que siempre fue un poeta celebrado, incluso por el Platón crítico, no menos que el ingenioso Sofrón y el filósofo Epicarmo. Tucídides describió con sublime sencillez la guerra en la que Atenas finalmente sucumbió para no resurgir jamás. El fenómeno de cómo la nación ática produjo esa literatura universal en unos 100 años, lo cual sirvió de principal palanca en la ilustración para épocas posteriores, aún no se ha explicado adecuadamente: parece que Atenas murió de agotamiento mental. La peste, de la que también fue víctima Pericles, redujo considerablemente la población que comenzaba a disfrutar del lujo y la exuberancia; poco después, una cruel guerra convirtió a Atenas en una armería y un campamento militar.
Nuestro Platón creció en esa época, dotado por naturaleza de una extraordinaria agudeza mental y de nobleza. Podemos imaginar que su familia, y especialmente su tío Critias, lo indujo a unirse al bando aristocrático en las disputas partidistas hogareñas. Fue precisamente en su juventud cuando no dispuso de muchos ratos para regocijarse en la imaginación poética, lo que entendió completamente; desde el Vyšehrad pudo observar cómo los ejércitos extranjeros se asentaban en Decelia. Según la ley consuetudinaria, se alistó por primera vez en el ejército, en la defensa nacional, entre los 18 y 20 años de edad, aproximadamente en la misma época que Alcibíades, impulsado por el resentimiento, traicionó a su nación. Pronto habría de ser recibido en su casa con aún mayor gloria y alegría; quién sabe si Platón no habría estado también en aquella procesión festiva, que se restableció tras una larga pausa. En 406, posiblemente se encontraba en la flota donde se concentraba todo el poder militar de Atenas, si no, defendía a los dioses y el hogar de su ciudad natal. Cuando finalmente comenzó el llamado gobierno de los Treinta Tiranos, Platón pensó que había llegado el momento de la justicia, pues la democracia le había disgustado con sus incursiones e irregularidades, llevadas a cabo durante el reinado antecesor, y a las que atribuyó la ruina de Atenas. Sin embargo, decepcionado de sus nuevas esperanzas, también renunció al partido al que pertenecía su poderoso tío Critias. Un tiempo de semejante crueldad no podía complacer a un hombre que anhelaba el bien de su patria. Sabemos que el propio Terámenes se opuso a la tiranía excesiva de sus camaradas oligárquicos, tan pronto como la mayor y más poderosa parte del ala democrática fue expulsada del país o exterminada por expediciones. En una ocasión, Critias le respondió a un consejero con tolerancia: “No podemos dudar; estamos tomando el camino ofensivo de la ambición y, por lo tanto, debemos deshacernos de quienes podrían oponérnosnos con más vigor”. Critias confesó públicamente que su gobierno y el de sus amigos afines no eran más que un despotismo, y sabemos el trabajo que Sátiro tuvo que realizar para darles a las víctimas de los tiranos la cicuta: los ricos no estaban seguros de la vida debido a la riqueza, y los ciudadanos manifiestos, que habían sacrificado toda la fortuna de su país, murieron por sus convicciones. Para poder acusar al cielo de invocar venganza contra otros, actuaron con verdadera maldad, obligando a ciudadanos inocentes a servir a los opresores, para que cada uno fuera culpable y así poder cubrirse. El propio Terámenes atribuyó la incitación de Critias a su propia responsabilidad; enviaron a Sócrates para que traiga a León de la isla de Salamina, a quien habían condenado a muerte. Pero Sócrates no obedeció, como antes, porque los seguidores de Pritanis no querían votar ilegalmente a favor de la ejecución de los gobernadores argivos. A pesar de todo esto, los tiranos también comenzaron a suprimir la libertad de pensamiento, no menos de lo que probablemente ocurre en los estados asiáticos; entre otras cosas, solo mencionamos de nuevo a Sócrates, a quien ya se le prohibía “hablar”.
Es hora de examinar la relación de Platón con este hombre que lo condujo a la filosofía y a su gloria inmortal.
Sócrates tenía unos 65 años cuando le presentaron al veinteañero Platón. La noche anterior, Sócrates había soñado que un joven y aún implume cisne se posaba en su regazo; de forma ostensible le iban creciendo alas que entonces se desplegaron para elevarse hasta las nubes, y todos los que escucharon su canto encantador quedaron considerablemente sorprendidos: ese cisne se convirtió en Platón. Sobre la actividad misionera de Sócrates no es necesario explayarse, y aún si quisiéramos, no tendríamos suficiente lugar para ello. Al fin y al cabo, ya hemos escuchado que no se doblegaba ante el poder, que no obraba contra su conciencia, esa que surge desde un interior profundo y emerge como un ángel guardián. Consideremos por un momento a un hombre simplón y desaliñado, descalzo y con el pelo despeinado que se paseara por los bellos caminos de nuestra gran ciudad, acompañado por una multitud de muchachos ávidos de saber: ahora detiene a un ministro y le pregunta “irónicamente” sobre cuestiones indiferentes, a primera vista inofensivas, y poco a poco el interrogado y el interrogador no pueden escapar del aprieto irresoluble sobre la gobernabilidad [vladaření], a menos que ambos confiesen que no saben nada sobre un asunto de semejante importancia; pero el ministro gobierna, y Sócrates no integró un gobierno. En otras ocasiones, detiene a obispo de espléndida vestimenta, a un comandante voivoda, al jefe de un partido político, o incluso a profesores de filosofía, ¡y ninguno de ellos sabe nada fidedigno sobre sus tareas! Semejante bicho raro sería llevado por la policía, pues no debería molestar a la gran aristocracia —¡Durante mucho tiempo no existió esta policía en Atenas! Así conoció Platón a este hombre: abandona la poesía, a la que había llegado por su extraordinario talento, y quema todos sus poemas con los que se preparaba para combatir con los demás en un arte ya célebre, y se une completamente a Sócrates, y de este modo a la filosofía, de la que hasta ese momento se había ocupado parcialmente. No podemos saber si tuvo tiempo para la investigación filosófica en un período tan intranquilo; apenas, diríamos, porque el servicio militar estorbaba.
La situación política cambió. Trasíbulo reunió a los partidarios de la democracia, con los cuales derrotaron al ejército de los Treinta Tiranos. Critias cayó. Gracias a la mediación del rey espartano Pausanias, las partes acordaron y hubo amnistía general (salvo a los treinta), lo que facilitó el desarrollo de una democracia moderada, algo que el examen de las leyes por parte de Euclides confirmó (403 a. C.). Con todo, esta democracia no estuvo a la altura de las exigencias que Platón planteaba. En el año 399, Meleto, Ánito y el orador Licón acusaron a Sócrates de corromper a la juventud y destruir la religión de su país, señalando a sus discípulos Alcibíades, Critias y otros. Conocemos el final de ese juicio: por una pequeña mayoría de votos, el insoportable moralista fue condenado a muerte. En el círculo de sus fieles y devotos amigos —el propio Platón estaba ausente, afligido por la enfermedad—, bebió la copa de veneno destinada a él. Sócrates no fue la única víctima de la jerarquía ateniense: Protágoras, Teodoro el «impío», Diógenes de Apolonia, Estilpo, Teofrasto, e incluso Aristóteles, Esquilo, Eurípides y Fidias, todos ellos fueron exiliados del país o condenados a muerte por sus opiniones según las leyes atenienses. Quienes tanto se complacen en elogiar la excesiva libertad de Atenas en comparación con condiciones más recientes, que recuerden estos nombres. Platón, al menos, nunca perdonó este paso de la democracia.
Luego de la muerte de su maestro y amigo partió al extranjero. Primero, hacia lo de Euclides de Megara, desde donde se dirigió a Cirene y Egipto, en un viaje para ampliar su conocimiento. En el 394 a. C. estuvo mayormente en su patria, en donde, al parecer, formó parte de la campaña de Corinto. No es posible suponer que alguien en su vejez pudiera permanecer tan lejos de su patria, como muchos piensan, pues la dificultad de la travesía y la residencia de un extranjero en el extranjero en ese entonces era sumamente complicada. Posteriormente lo vemos en Italia y Sicilia con un amigo pitagórico; pasó un tiempo conociendo al príncipe Dion en la corte de Dionisio, rey de Siracusa. Pero este rey no encontraba mucho deleite en las reprensiones de Platón, por lo que más adelante lo vendió como esclavo; también llegó a la isla de Egina, que en ese momento estaba enemistada con Atenas, tal que cualquier ateniense que se encontrara allí lo pagaría con su vida; pero Platón fue salvado de la muerte por Anniceris y redimido de la esclavitud. Los amigos de Platón quisieron devolverle el dinero de la liberación al benefactor, pero este no lo aceptó, y con este dinero compraron (c. 398 a. C) la huerta Academia, donde Platón se reunía con sus compañeros filósofos. Esta época de la academia no sólo tiene importancia para la filosofía, sino para la educación en general. Platón comenzó a dar conferencias en la Academia, lo que sin duda causó consternación en su familia, que no podía entender cómo un ateniense libre pudiera convertirse en un profesor ex cathedra. Allí, en un recoveco, separado de la vida pública, tramó sus enseñanzas y exhibió los fundamentos del gran templo de la filosofía socrática, cuyo alumno y discípulo Aristóteles fortaleció para siempre. El desarrollo de la filosofía griega en esos importantes períodos de la vida ateniense puede ilustrarse mejor con la imagen de una viña donde los vendimiadores recibían vino dulce; muchos lo probaban, pero sus estómagos quedaban disgustados y, por lo tanto, lo encerraron en una bodega profunda; en ese lugar, desde lo dulce, fermentaba hacia un vino fuerte y agudo, un vino que con todas sus fuerzas quería purificarse en una bebida estable, de color dorado, pero que solo podía avanzar hacia este objetivo con el tiempo: así como el vino dulce, el espumoso y el refinado son uno y el mismo, solo que con el paso del tiempo se vuelven vinos diferentes, también la enseñanza de la trinidad filosófica de Sócrates, Platón y Aristóteles es una y la misma.
No es necesario agregar más sobre la filosofía griega en su generalidad.
En cuanto a su vida doméstica, Platón estaba constantemente ocupado con conferencias y escritos; no se casó, sino que llevó una vida casta impecable y pura, lo que los cuentos de escritores chismosos no pueden estropear. Casi nunca interfirió en la política pública de su país, excepto cuando por ley le correspondía tal o cual cargo. Al no tener una voz fuerte, no creo que intentara alcanzar la corona de la oratoria, por la que competían entre sí los sofistas y los retóricos de aquellos días; pero se nos explica que [el general] Cabrias defendió a los dirigentes en un discurso público, a lo cual un tal Cleóbulo le cuestionó si no sabía que también a Sócrates le habían preparado la cicuta, a lo que Platón respondió: “Yo he afrontado peligros por mi patria en campañas militares, y estoy en condiciones de afrontarlos ahora si tengo la obligación de defender a mi amigo”. Así hablaba y actuaba un hombre que agradece a los dioses haber nacido como humano y no como animal, como hombre y no como mujer, como griego y no como bárbaro y, finalmente, como ciudadano ateniense en tiempos de Sócrates. Lo que hasta ahora hemos visto sobre su vida difícilmente nos fuerza a adoptar el juicio de Niebuhr; no se puede registrar un solo acto por el cual Platón hubiera demostrado ser un hijo indigno de su patria. Es necesario, por tanto, examinar si no ha pecado contra su patria con sus enseñanzas.
Suele ocurrir que los grandes hombres no están en armonía con su tiempo, que se inclinan más o menos contra la corriente general. Platón ni siquiera estaba satisfecho con su tiempo, y ya hemos visto cuán defraudadas estaban sus esperanzas por las acciones de todos los partidos políticos. Reprochó a Pericles, a quien los atenienses estaban contentos de estar agradecidos por su gloria, que no hiciera a sus conciudadanos más felices de lo que eran. Tampoco le agradaban Temístocles y Limón por las mismas causas. Platón no pudo pronunciar ningún juicio más hostil cuando reprendió a los hombres que todos admiraban y glorificaban. Platón quería encontrar verdades infalibles en todas partes y en todo: así como toda su vida estaba regida por las ideas más sublimes, así como toda su conducta se asemejaba a un drama cuyos episodios eran simples y bellamente cuidados, así también quería corregir la vida de sus ciudadanos. Al igual que la paz y el orden gobiernan el universo, donde ni la partícula más pequeña no puede actuar en detrimento propio, no es capaz, porque todo se mantiene sólo en relación con el todo según una cierta intención necesaria del organizador, así también su enseñanza filosófica tenía que implementarse de modo sistemático en el estado, en la vida de todos, de modo que todo tenía que adaptarse a sus ideales. Por lo general, son conocidas la forma en la que impartió sus ideas, aunque nadie por el momento ha considerado cómo Platón se había esforzado por implementar de forma consecuente esta hermosa enseñanza en todos los campos de la filosofía. No podemos abordar esta empresa aquí, pues nos centramos en la sociología de Platón, por lo cual sólo llamamos la atención para el lector que esté familiarizado con este tema. Por ello, examinemos sus principios generales para ver si son contrarios al verdadero patriotismo y luego presentaremos una breve selección de su principal obra política.
Su principal tarea habría sido la de la inmortalidad del alma, en la que durante su época sus compatriotas creían únicamente sobre la base de una doctrina religiosa, aprovechando ciertos resultados en la ciencia moral para darle evidencia. Sócrates inculcó la filosofía desde el cielo a la tierra y sus discípulos completaron lo que el maestro había comenzado. Platón prestó mayor atención a la naturaleza humana y se dedicó a sentar bases sólidas para la ciencia del alma; se preocupó principalmente por la esencia del conocimiento humano. Consideró los principios y verdades originales y evidentes de la ciencia al contemplar con el alma esas visiones eternas e inmutables, esos prototipos de las cosas sensibles sin los cuales no hay conocimiento sólido posible. Si bien extraña, esta enseñanza le dio a Platón el fruto más hermoso: apartarse del mundo y vivir en su investigación. Un verdadero filósofo, según se enseña, no conoce desde su juventud el camino a la plaza del mercado, no sabe dónde se encuentra el juez ni dónde se reúne el consejo, porque no le importa ningún poder ejecutivo. No necesita leyes, ni las escritas ni las no escritas; como no se presenta como candidato, no le divierten las fiestas ni las sociedades donde actrices y cantantes deben atraer a los comensales; la filosofía por sí sola siempre le basta.
No nos ocuparemos de si este o aquel gran linaje y qué recibió de sus antepasados; al observar el conjunto, ignoramos lo cercano, pero el alma se eleva a la altura del cielo y hacia las profundidades de la tierra, examinando la naturaleza de todas las cosas; sólo el cuerpo, cárcel del alma, habita la tierra. Por ello, aquella desconoce si aún vive algo más aparte de sí, y por esta razón está obligada a buscar de forma incansable qué es realmente el hombre y cuál es su propósito principal. Resulta obvio que un hombre semejante saldría mal parado si alguna vez debiera sumergirse en los asuntos públicos que están a la mano: la gente se burlaría de él. Pero en cambio, cuando escucha alabar al rey o al tirano, le parece precisamente otra cosa, como si se estuviera alabando a un pastor de ovejas porque ordeña mucho o bendiciendo a un sacerdote; si escucha hablar sobre extensas labranzas, lo considera una minucia. Y cuando se cantan alabanzas a sus antepasados, no ve nada meritorio o especial en ello, aun si alguien puede recitar una lista de unos 25 antepasados, incluso si se remontan a Hércules; el mundo en efecto se ríe de él, como la mujer de Tracia se rió de Tales. Pero al verdadero filósofo no le importa esto, sino que se ocupa con todas sus fuerzas, con toda su alma, por asemejarse lo más posible a Dios, por ver visiones eternas en la tierra, visiones cuya contemplación sola es la garantía de toda ciencia, por eso su vida no le importa, para que el alma pueda vagar hacia aquellas regiones celestiales, donde habrá de contemplar por siempre la verdad eterna. De esta forma Platón juzgaba la vida pública; por un momento casi pareció que, efectivamente, había pecado contra su país, en especial si juzgamos este asunto desde el punto de vista de la visión antigua, algo que de todos modos el propio Niebuhr no hizo. El patriotismo era muy diferente entre los antiguos que entre nosotros. Cada individuo vivía toda su vida exclusivamente para el Estado, las épocas de guerra y, en parte, la vida personal, no propiciaban una vida familiar pacífica y doméstica. Un hombre se preocupaba poco por sus hijos y la madre de sus hijos, y por lo tanto, su vida transcurría más en las calles y lugares públicos en general que en el hogar. Por lo tanto, en aquella época, la amistad entre los hombres, que incluso Platón se esforzó por ennoblecer, desempeñaba un papel completamente diferente al que tiene hoy. En Atenas, las condiciones de la vida pública eran particularmente difíciles: hoy un ciudadano libre se sentaba en el consejo de los pritanos como comandante, mañana era enviado como líder militar contra el enemigo; tan pronto como era relevado de su cargo religioso, tenía que equipar inmediatamente los barcos para que, una vez terminada la expedición, pudiera preparar obras navales para el teatro. Esta versatilidad, que hoy nos parece un ideal inalcanzable, fue combatida por Platón, para quien cada uno debía ocuparse sólo de aquello para lo que era naturalmente fuerte, porque un individuo no puede hacer muchas cosas bien; en pocas palabras, estaba a favor de la división del trabajo, en el sentido en el que surgieron las fábricas en nuestros días, en las que solo se producen cantidades determinadas de algún objeto. Ya para Sócrates la democracia quedó estropeada por la demagogia depravada; fue fuertemente en contra de la costumbre de elegir a los altos funcionarios mediante sorteo, con lo cual se originó el defecto de que todos estaban en igualdad de condiciones. Platón heredó esta insatisfacción con la democracia, a lo que se añade su educación puramente aristocrática. Esto explica por qué no le gusta la igualdad democrática, algo que, en cuanto ideal, no podemos alcanzar en nuestra época. La misma valoración para todos, la libertad de palabra para todos, no se compara en absoluto con sus ideas filosóficas, de acuerdo con las cuales cada uno debía pensar únicamente en aquello que comprendiera de forma debida: sólo los conceptos claros y las creencias con pruebas rígidas tiene establecen conocimiento, pero no las apariencias, aunque estas fueran buenas. Desde esta perspectiva, podríamos demostrar que la constitución ateniense y sus disposiciones no se sostendrían, y sólo habría un estado bien gobernado cuando los gobernantes sean filósofos, o filósofos gobernantes.
Aunque resulta más fácil juzgar que actuar mejor, quizás alguien podría decir y recordar que un filósofo debe proteger su ámbito, que únicamente deben buscar la verdad en soledad sin mezclarse con sus conciudadanos. A fin de cuentas, en la vida de Platón, separada del mundo, se podrían encontrar pruebas de que realmente protegió a su patria. Entonces, parece necesario que conozcamos la enseñanza platónica sobre el Estado, al menos sumariamente, para que podamos convencernos hasta qué punto implementó sus convicciones filosóficas con coherencia y por qué no se involucró en la administración del Estado. Solo así reconoceremos lo que no es posible reprocharle.
Abordemos, pues, el mejor de los Estados, aquel que Platón deseaba y que describió en República (Stát).[3]
Comienza su análisis tomando en consideración lo que realmente es la justicia. En otros escritos buscó los fundamentos sólidos para una ciencia moral y, por consiguiente, buscó la naturaleza de la virtud. En su Estado la justicia, la virtud de todas las virtudes, tiene que ser el fundamento sólido de la sociedad humana sobre el que se asienta todo el edificio de la Constitución. Simónides pensaba que la justicia consiste en dar a cada uno lo que corresponde; otros pensaban que el hombre justo da a cada uno lo que es suyo; y para otros, consiste en ayudar al amigo y perjudicar al enemigo. Estas afirmaciones no cumplen con una prueba mayor, y por eso debe darse otra definición. No hacer daño a nadie, ya sea amigo o enemigo, quizás satisfaga mejor la exigencia que debemos tener sobre la justicia, dado que es mejor sufrir el mal que cometerlo. Trasímaco, el oponente de Platón, insiste en que lo justo es aquello que le conviene al más fuerte. Entonces, Platón nos describe, con su pluma cautivadora, los desacuerdos que surgen de ese principio, pues el gobernante, siempre más poderoso que sus súbditos, no tiene que ocuparse más por sí mismo que por la sociedad que se le ha confiado. La injusticia debe desaparecer de cualquier Estado, a menos que persista una lucha constante de todos contra todos. El injusto no sólo estará en conflicto constante con los justos, y con los propios dioses, también lo estará consigo mismo. Solamente el justo es en verdad feliz, más feliz que el injusto, si bien el mundo suele juzgarlo de otro modo. La justicia es buena, buena por sí misma y por las consecuencias que de ella derivan, y por lo tanto el justo es feliz, sin importar si las consecuencias son favorables o desfavorables para él.
Se podría objetar a Platón que ha olvidado que la dicha del individuo depende también de la sociedad en la que vive, y que la virtud y la justicia no bastan para la felicidad. Pero Platón era consciente de esa circunstancia. Sabemos la amargura con la que soportó la muerte de su maestro, condenado siendo inocente. Es difícil objetar eso. En efecto, al desear restablecer toda la sociedad, indica que no perdió de vista la relación con el individuo en su conjunto; y es que planeó su estado en la necesidad mutua de todos, como veremos luego.
Al construir su estado, Platón parte del individuo, conforme al cual pretende transformar a la sociedad humana. Este es un buen método para seguir. Platón fue el primero que formó a la sociología, por lo que no podríamos estar del todo de acuerdo con este método desde una perspectiva más avanzada: por ejemplo, aún no diferenciaba ética de política, algo que hizo su discípulo Aristóteles, lo que debió originar algunas dificultades en su concepto de Estado. No queremos con esto decir que la política no debe ocuparse de la moral; por el contrario, estamos convencidos de que no es posible ninguna sociología sin una ciencia moral, ambas ciencias sólo deben ser tratadas por separado bajo una implementación sistemática. En un sentido muy diferente, Maquiavelo hacía caso omiso a la ciencia moral en la política, pues, según sus principios, el estadista debía alcanzar su objetivo bajo cualquier medio, incluso los inmorales. No obstante, estas deficiencias provenían principalmente de la psicología incompleta de su época. El estudio de la historia también es poco utilizado, aunque en nuestro tiempo la verdadera historia apenas está naciendo y aún no se ha desarrollado. Como no es posible seguir aquí con el método que debemos utilizar en sociología, volvamos al análisis platónico; lo dicho será suficiente, salvo que en otro momento escribamos sobre este asunto tan importante.
Para Platón, el Estado es, por así decirlo, una persona. Lo que es cierto del individuo, es cierto del Estado. Todo Estado surge de la carencia y la necesidad mutuas: el individuo no se basta a sí mismo, porque la carencia y el servicio de otra cosa derivado de aquella son recíprocos. La sociedad más simple y primitiva se compone de una cinco personas que se facilitan la vida, a saber: un agricultor, un constructor, un zapatero, un tejedor, etc., son suficientes. Rápidamente, se acordó que podrían cooperar con más eficacia si cada uno se dedicaba a una tarea más específica y proporcional a sus talentos y habilidades naturales. La división del trabajo, en los inicios de la unión social, devino un principio poderoso, pues estaba prescrito por la propia naturaleza. En cuanto surgieron nuevas necesidades, el trabajo volvió a dividirse: se eliminaron a los herreros y a otros artesanos. En poco tiempo, hicieron falta intermediarios, los comerciantes acuden al mercado y, finalmente, cuando se establece el dinero, comienzan las importaciones y exportaciones. Una sociedad tan pequeña, si acaso se da fin a la escasez, ha de ser feliz: cada ciudadano alcanzará una edad avanzada y todos vivirán en paz y con respeto a los dioses. Pero cuando la sociedad se haya expandido más allá de los recursos materiales alcanzados, surgirán conflictos y guerras con los vecinos, pues las nuevas necesidades no pueden satisfacerse con los recursos domésticos; y como nosotros a nuestros vecinos, así como ellos podrían hacérnoslo a nosotros, les quitaremos lo que les falta, estallará una primera guerra. Ahora bien, para la guerra, se necesitan ante todo guerreros; y como hemos establecido que cada uno debe dedicarse a aquello para lo que está más naturalmente capacitado, surgirá una clase especial de soldados, cuya única preocupación será la guerra y todo lo relacionado con ella; estos, al tener que luchar sólo contra el enemigo, deben ser buenos con su propia gente, bondadosos y no ansiosos por luchar, pero sí muy ansiosos por luchar contra extranjeros.
Muchos de ustedes, al leer esta clasificación de la población, piensan en un ejército moderno. A decir verdad, poco se parece. En general, se dice que toda la estratificación del pueblo-Estado de Platón nos recuerda a los estamentos medievales. Que el lector juzgue por sí mismo. Aunque es necesario notar que en tales analogías se pierde con facilidad el carácter especial de lo que comparamos, ya que juzgamos lo menos familiar mediante lo más familiar. Muchos han comparado la burocracia de Platón con la burocracia más reciente; con qué razón, quizás, se aclarará tras nuestra reflexión.
El Estado debe tener la mayor preocupación por la educación de sus ciudadanos. Por lo tanto, debe velar para que el alma y el cuerpo de cada persona se formen en igual medida y en armonía. En este sentido, no se deben inculcar a los jóvenes historias que les serían perjudiciales para su madurez, solamente se deben hablar y enseñar cosas buenas sobre los dioses y, por lo tanto, se debe establecer una censura estatal, que prestaría especial atención a los poetas y erradicaría todo lo que sea inapropiado en ellos.
Desde su punto de vista ético y político, Platón llegó a la conclusión de que el arte en general tenía sólo una posición subordinada en su Estado, ni Homero, el maestro nacional, escapaba a la regla. En la música, de la que sabía muy bien cuán poderosamente afectaba al espíritu, quería mantener una vigilancia muy estricta: sólo debían usarse aquellas composiciones, como la dórica y la frigia, que se distinguían por la seriedad y la simplicidad, y además permitía sólo la lira y la guitarra en la ciudad, y en el campo un cierto tipo de flauta para pastores.
Si tenemos en consideración el arte que predominaba en aquel tiempo y recordamos la formación inicial del ciudadano ateniense, reconocemos la gran diferencia entre el método habitual de enseñanza y las exigencias de Platón. ¿Es de extrañar que sus compatriotas ya se opusieran firmemente a él, acusándolo de un adulador cuyas calumnias no debían tolerarse? Sin embargo, toda la multitud de declamadores retóricos y sofistas no logró destruir la inquebrantable coherencia de Platón, pues, si examinamos el asunto con mayor imparcialidad y profundidad, veremos que sólo defendieron superficialmente aquello que Platón no quiso eliminar de golpe. El ingenio con el que Platón ideó todo lo que se propone lo reconocerá cualquiera que intente explicar bajo la psicología sus instrucciones para la educación ciudadana: ¿quién no admiraría, por ejemplo, la observación de que debemos prestar atención a los juegos infantiles, porque a menudo de la transformación de estos juegos nace una transformación insospechada en la vida cívica? Podríamos encontrar muchos principios tan acertados si nos tomáramos un tiempo; en particular, la enseñanza de Platón sobre el arte aún no se ha explicado adecuadamente.
Asimismo, Platón enseña que se debe elegir entre los guardias a los de espíritu más maduro como líderes y gobernantes, tan pronto como hayan demostrado su competencia y dignidad mediante rigurosas pruebas. La unidad y la armonía supremas deben reinar en el Estado. Todos deben ser hermanos. Por ende, desde una edad temprana, inculquemos en todos que son verdaderamente hermanos. Para este propósito, que los guardias vivan en hogares separados, no deben tener propiedad privada ni usar oro ni plata y, para esto, el pueblo los apoyará y proveerá para sus necesidades apropiadas. Sólo entonces, al carecer los guardias de algún interés personal, el Estado prosperará; de lo contrario, perecerá. La verdadera unidad consiste en que cada individuo se limite a realizar su trabajo asignado sin sobrepasar los límites establecidos. Además, uno no debe ser rico y el otro pobre, porque de esta manera se corrompe la moral, surgen partidos y se socava el estado.
El comunismo que aquí se exige difiere enormemente de las enseñanzas modernas de algunos comunistas, pues el pueblo posee propiedades, mientras que las clases altas, como los soldados y alcaldes, carecen de ellas, por lo que dependen de sus súbditos. Este punto, hasta ahora pasado por alto por los filósofos, explica el verdadero alcance de la enseñanza de Platón sobre las cuatro virtudes principales del Estado. Además, se ha señalado debidamente que en la antigüedad el comunismo no era algo tan insólito como en nuestra posterior época cristiana, algo que nos lo ha demostrado teóricamente el famoso Montesquieu y prácticamente los jesuitas paraguayos.
En todo lo que emprende el Estado, pero especialmente en materia religiosa, Apolo debe ser el oráculo de Delfos. El Estado, tal como lo hemos descrito, es bueno, sabio, valiente, apacible y justo. Encontrarás sabiduría en los alcaldes, valentía en los soldados de la guardia, apacibilidad en toda la nación, porque los líderes gobiernan correctamente, los súbditos obedecen correctamente. La justicia está con todos y cada uno por separado, porque cada uno sigue su propio camino sin interferir en los deberes de los demás; la injusticia surge solamente cuando alguien interfiere en el trabajo, la propiedad, etc., de otro, o asume más de una función.
Se ha criticado con frecuencia a Platón por no respetar la libertad de la voluntad, la libertad individual; sin embargo, no debemos olvidar que Platón quería que todos fueran educados para hacer aquello de lo que eran naturalmente capaces, y veremos que puso gran cuidado en la búsqueda y evaluación de individuos. Además, ideó una consistente división del trabajo basándose en su psicología. Enseñó que el Estado se asemeja al individuo en todo: pero cada hombre posee en sí mismo razón, coraje y lujuria, de modo que en el Estado el estamento de alcaldes, guardias y trabajadores, o el pueblo llano, se compara con estas tres partes del alma —como lo expresó Platón—: así como un individuo debe tener estas tres partes de su ser en armonía para ser considerado justo, también el Estado debe estar en completa armonía y unidad, pero esta unidad se logra mediante las virtudes recién indicadas.
Cualquiera que esté mínimamente familiarizado con la historia de la psicología sabe que Platón construyó sus fundamentos sobre una extraña división de la existencia mental humana. Podemos decir que la psicología sufrió una mayor influencia de sus enseñanzas políticas de lo que la ciencia política sufrió de la psicología, como sería esperable. Pero sabemos que él consideró la misteriosa pregunta de las clases originales de conciencia (interna) como algo indeciso y, por lo tanto, a Platón no se le puede reprochar mucho al respecto. En general, la crítica siempre debe tener en cuenta el desarrollo gradual de esta o aquella ciencia, lo que entonces desaparecería muchas, si no todas, las palabras amargas.
Hemos oído que los estamentos dominantes no deberían tener propiedades. Platón quería asegurar que los soldados y alcaldes no tuvieran intereses personales, pero para asegurar esta tarea de modo aún más firme, quería erradicar de raíz todo impulso de interés personal y, por lo tanto, exigió que nadie tuviera familia propia. Por lo tanto, mujeres y hombres deberían vivir juntos, ambos deberían recibir la misma educación en todo; ambos gozan de los mismos derechos en todos los asuntos, ambos van a la guerra. Los alcaldes organizan matrimonios inmediatos de la manera más astuta, mediante la cual se realiza un sacrificio selectivo, para que nazcan hijos fuertes y sanos. Muchos creen que Platón ordenó el aborto y el abandono de los niños si el feto se volvía inviable, pero niego esta opinión por muchas razones, que pretendo demostrar en otro momento. Los hombres tienen hijos para el estado entre los 30 y los 50 años, las mujeres entre los 20 y los 40; los niños son criados por el propio Estado. Respecto a la educación estatal en nuestra época, cabe citar las actividades y escritos de Cobden (1870).
Vemos la férrea coherencia con que Platón se esfuerza por abolir la vida familiar, la que consideramos la posesión más sagrada de todas: ¿no es esta enseñanza contraria a la naturaleza misma?
Ciertamente, el propio Platón, soltero, desconocía las alegrías de la vida familiar; además, la perturbada vida social lo llevó a considerar las relaciones sexuales como un efecto puramente físico, de modo que, cuando padres e hijos no se conocían, pudiera alcanzar la fraternidad universal. Mirabeau exclamó una vez en una asamblea que “estos padres de familia son capaces de todo”, reconociendo así, no menos que Platón, el poder de los lazos familiares; pero Aristóteles ya había despotricado contra las ideas de Platón; quizá había olvidado el punto principal, como todos los jueces del Estado platónico. Primero, debemos preguntarnos si el estado de cosas que Platón deseaba es este deseable. Si lo es, ¿cómo puede una sociedad, que vive sobre la base de prácticas ancestrales, elevarse a un nuevo estadío? Platón, en efecto, nos impone la responsabilidad de la educación, pero sus reglas generales no son suficientes para todos los casos individuales.
Podemos suponer que Platón era consciente de una exigencia un tanto excesiva, ya que permite vivir juntos a quienes han cumplido 50 años, en cuyo caso pueden surgir intereses familiares. También podemos aceptar como sustituto su noble enseñanza sobre el amor: puesto que la vida social, no sólo de hombres y mujeres, sino también del sexo masculino entre sí, era extremadamente tensa y nublada, Platón buscaba la consecución de logros masculinos sobre la base de la amistad filosófica, que debía ayudar a la consecución común de las verdades filosóficas eternas; puesto que él daba mayor importancia a la generación masculina, como es evidente en sus otros escritos, quería por tanto casi masculinizar [zmužtiti] el sexo femenino a través de su educación, aunque no, como algunos pensaron más tarde, emanciparlo en nuestro sentido; la coherencia exigía que no sólo los hombres juntos, sino también las mujeres con los hombres estuvieran unidos por el vínculo del amor platónico. De esta manera, desde su punto de vista ético, quería subyugar completamente la lujuria a la razón, de modo que sólo la razón, no las pasiones, reinaran en su Estado; los niños sólo son susceptibles de dolor y de lujuria; por tanto, a través de una educación minuciosa, la razón prevalecerá en ellos, después de lo cual se harán conscientes las causas de tal educación, lo que puede que anteriormente no haya ocurrido.
Al controlar de forma estricta los matrimonios temporales, quería mantener la población en un cierto nivel. Como Malthus, mostró cómo el número de la humanidad está relacionado con la moralidad, el vicio y la pobreza, y qué reguladores naturales tiene la sociedad humana en estos factores.
Prohibió a los griegos luchar contra los griegos, ya que todos ellos están emparentados por naturaleza. De aquí que nuestro filósofo también consideró el misterio de por qué los griegos estaban tan divididos en tantas naciones; más de un proclamador eslavo del paneslavismo o un proclamador alemán del pangermanismo también debería reflexionar sobre esta cuestión.
Cualquiera que haya leído el discurso de Platón en el Alcibíades reconocerá, incluso si no supiera nada más, las altas exigencias que Platón le impone al estadista. Busca estadistas con un conocimiento profundo, como en cualquier otro campo, todos deben aprender su trabajo para poder llevarlo a cabo. El estadista no tiene una vaga idea de su tarea, sino un conocimiento garantizado, por lo tanto, ha llegado a la conclusión de que los estadistas deben ser filósofos, o los filósofos, estadistas, pues sólo así su Estado deviene posible. Un filósofo es aquel que, mediante la investigación y el aprendizaje, ha alcanzado ese nivel de sabiduría que le permite acceder a visiones eternas. Pero una vez que alcanza estas visiones eternas, es decir, la verdad, todo lo que emprende será bueno. De este modo, el pueblo debe someterse a los filósofos si desea que intervengan de forma práctica en el aparato estatal. Con todo, el pueblo odia al verdadero filósofo, e incluso sus propios parientes lo persiguen, dando crédito a los sofistas aduladores y a otros maestros privados que, apoyándose en la fe inestable de los ciegos, ejercen una influencia perjudicial. Estos se vuelven locos por la fama y el poder, mientras que los filósofos se alegran si obtienen seguridad. El grado más alto de la filosofía es el conocimiento de la Idea del bien, de la divinidad misma, que es visible en el mundo como el sol lo es en el mundo. Pero como Dios es la medida de todas las cosas, al reconocer esta última y suprema verdad, también conocemos todo lo demás a la perfección. Quien se ha hecho partícipe de esta verdad deslumbrante no puede, mientras viva en la tierra, absorberse en su contemplación, sino que pronto regresará a una existencia más ordinaria. Obviamente, estos filósofos no se desprenderán de su mundo abstracto, y por lo tanto no les agrada sumergirse en política. Pero esta es precisamente la prueba de su utilidad y capacidad, pues si el gobierno está en manos de personas ansiosas de dominación, se produce una lucha, porque otros con la misma mentalidad se postulan para el gobierno, lo que genera partidismo y un conflicto destructivo. El filósofo no distingue entre “lo mío y lo tuyo”, porque busca el bien común y, por lo tanto, debe obligarse a la actividad práctica, aun si esta se le opone. Por ende, podríamos afirmar que “actuar” es el principio fundamental de Platón en la vida política.
Muchos han dicho que Platón no deseaba otra cosa que la teocracia, pero han olvidado que quería filósofos como gobernantes, no sacerdotes, como deseaba Campanella en su estado solar (Campanella, 2007), pero no así Platón; además, los gobernantes surgían de las clases bajas, y de todos sin distinción, y no tenían propiedades, lo que tampoco es raro en los estados teocráticos.
Muchos se han resistido, aunque erróneamente, a la idea de que los filósofos gobiernen. Sin duda, sólo tenían en mente a los filósofos más recientes, de los cuales, para ser honestos, únicamente unos pocos serían dignos de gobernar. Para Platón, la filosofía era algo muy distinto de una ciencia escolar; teoría y práctica estaban en la mayor armonía, algo desde luego deseable. Pensemos sólo en la ciencia moral de nuestros días: la mayor parte de los filósofos que ex officio despotrican contra la religión positiva no han pensado que aún no han dado a la humanidad, ni siquiera a sí mismos, una base moral sólida, y que están dejando este asunto tan importante a otros, principalmente a la religión. Aun cuando tengamos el nombre “filosofía práctica”, no tenemos la filosofía práctica como tal, y esto es precisamente en lo que Platón quería ayudar al argumentar que la vida, tanto del individuo como de todo el Estado, debería ser gobernada y administrada en todos sus aspectos por la filosofía —la teoría y la praxis no deberían diferir.
Desde este punto de vista, su sistema es admirable, incluso único: una cosmovisión teleológica lo condujo al absolutismo ilustrado. Esto se le reprocha a menudo porque es asociado a conceptos completamente diferentes con este nombre. Él mismo sabía bien que un gobierno basado en leyes firmes es mejor que el gobierno sin ley de un hombre malvado, pero no es tan bueno como un gobierno sin leyes cuando gobierna un hombre sabio. Estoy convencido de que Platón tiene toda la razón en esto. No pretendo decir que los filósofos (¡hoy en día!) deban convertirse en gobernantes, pero lo que es cierto es que los gobernantes y, en general, quienes de una u otra manera participan en el gobierno, deben tener una sólida base científica. En pocas palabras, ¡tienen que estar dispuestos al estudio de la sociología! Entonces, no sería necesaria la exigencia de Bacon de que toda ley quede justificada, porque, como enseñó Platón, solamente la sabiduría dirigirá el destino de las naciones. Y, entonces, desaparecerá la apreciación de los estadistas basada en el éxito inmediato, porque cada paso se dirigirá únicamente al bien común.
Hemos usado la palabra sociología varias veces sin expresar lo que realmente entendemos por ella. Hay mucho que decir al respecto, pero quizás esto baste. Así como podemos determinar las acciones y pensamientos (en el sentido más amplio de la palabra) de un individuo según leyes psicológicas, la vida de las naciones, es decir, la sociedad de muchos individuos, también está determinada en todas sus interacciones, desarrollo, progreso y regresión por leyes firmes. Para comprender este sistema complejo y, por lo tanto, difícil de comprender, necesitamos una ciencia exacta, mediante la cual debemos prever el futuro y el presente. Esta ciencia, aún en sus inicios, aunque Platón ya sentó sus primeras bases, es la sociología, la ciencia de la existencia social y la vida de las naciones y de la humanidad.
Reprocharle a Platón que haya olvidado por completo al pueblo también resulta extraño, pues las normas dadas a los gobernantes solo tienen validez y significado en relación con los súbditos. Por ello, es evidente que los estadistas filosóficos sólo deben respetar el bien de su pueblo. No podemos admitir que Platón hable tan poco del pueblo en su Estado por negligencia, ni siquiera permitiríamos que nadie piense que lo hizo por despecho contra la democracia. El famoso autor de la Historia de Grecia, el inglés Grote (Grote, 2010), también admitió, como lo hizo antes el historiador aristocrático Mitford (Mitford, 1835), contra quien defendió la democracia, que la guerra entre Atenas y Esparta, la llamada Guerra del Peloponeso, tuvo el mismo curso que la Revolución Francesa y, en gran medida, que las luchas modernas actuales. Si admitimos esta analogía, no debemos pensar que, en esa guerra, Platón se situó definitivamente del lado aristocrático contra el democrático. Ya hemos demostrado cómo Platón, con el tiempo, se distanció por completo de la actividad política en su país y vivió exclusivamente de la filosofía; hemos oído que no basó su nobleza en nada, sólo desea alcanzar la verdad y, una vez alcanzada, abrirle paso en todas partes, incluido su propio Estado. Por lo tanto, no hay mención de los esclavos, quienes desempeñaron un papel particularmente importante tanto en la antigüedad en general, como en Ática en particular. Resulta evidente que bajo un gobernante y un gobierno adecuados, nadie puede ser perjudicado. Por lo tanto, Platón se preocupó principalmente por las clases dominantes, para que cumplan con su función.
Hemos dicho que Platón no dio enseñanzas detalladas y específicas sobre cómo el viejo Estado debe renacer en el nuevo. Aún así, nos ocuparemos también de sus instrucciones más generales en este campo.
Hasta los 20 años, los soldados serán entrenados en las ciencias elementales, con las cuales se fortalecerán en igual medida el alma y el cuerpo. Quien se haya distinguido durante ese tiempo pasará al segundo departamento, en el que se preparará para el estudio de la dialéctica o la filosofía; permanecerá en la clase de dialéctica durante 5 años y luego pasará a la vida práctica, en la guerra y la administración administrativa, durante 15 años; aquellos que hayan demostrado ser capaces se convertirán en alcaldes, gobernantes del estado, a partir de los 50 años; este cargo debe considerarse como un deber, pero no como un honor por el que todos deban esforzarse.
Tal estado durará muchísimo tiempo, pero no puede existir eternamente, porque solo la existencia misma pertenece a la eternidad. Después de cierto tiempo, comenzará a desmoronarse, tan pronto como se desmoronen los guardianes. Primero, surgirá una timocracia: los guardianes disfrutarán de su propiedad, mientras que las demás clases de la población serán esclavizadas, como en Creta y Esparta.
Al respecto, Platón no utilizó la constitución espartana exclusivamente para su ideal, como a menudo se afirma. Un psicólogo, que además de las leyes de asociación de conceptos también conoce los tiempos en que fueron establecidos, reconocerá en el Estado de Platón mucho de las constituciones ateniense, espartana, cretense y egipcia. Sin embargo, al desarrollar su concepción del Estado, tenía principalmente en mente los fundamentos de su filosofía, cuya aplicación consecuente se esforzó por promover.
Tras la timocracia, llegará un gobierno oligárquico, bajo el cual solo dominarán los ricos: el amor a la propiedad se generalizará, las virtudes desaparecerán hasta el punto de que prevalecerá la lujuria sustentada por la riqueza. Luego, los demócratas tomarán las riendas. Quienes, bajo el gobierno oligárquico, no podían gobernar por pobreza, ahora se ocuparán de enriquecerse; así surgirán la libertad y la igualdad, los dignatarios serán elegidos por sorteo. Todos podrán entonces elegir la vida que deseen, lo que eliminará la monotonía, porque surgirá la diversidad de morales y caracteres. Para la igualdad misma no habrá gobierno ni orden alguno, pero la igualdad no será sólo para los buenos, sino también para los malos. Como toda esta sociedad, el individuo vivirá con comodidad, de una manera hoy, de otra mañana. No habrá autoridad, nadie obedecerá, porque todos mandan: el hijo se cree igual a su padre, el alumno a su maestro, el inquilino a su burgués, la esposa a su esposo, el esclavo a su amo. Incluso los caballos, burros y perros se mueven con mayor libertad bajo la democracia, y si no te apartas de su camino, te chocarán; en resumen, no hay leyes, porque cada uno es dueño de sí mismo. Semejantes estragos cesan por quienes desean liderar a otros, estos se congracian con los pobres dejándoles los bienes de los más ricos; el pueblo busca destruir a los ricos que se resisten, y en su lucha el líder egoísta pronto se vuelve loco como un tirano. Se abren camino con arreglos que el pueblo acepta con gusto; por ejemplo, se les dan tierras a los pobres o se les eximen de deudas. Cuando los partidos dentro del estado son destruidos, comienza una guerra, para que el pueblo siga siendo pobre y necesite salarios de guerra. Pronto imaginan el descontento o lo encuentran; por lo tanto, matan y expulsan a los descontentos como si se tratase de enemigos, odiando y destruyendo a todo aquel que sea más rico, más inteligente o mejor que ellos. Finalmente, se defiende de los nativos con mercenarios extranjeros, a quienes no puede pagar, pero saquea los templos y al pueblo. Este es el gobernante que Eurípides y otros poetas exaltan. La verdadera tiranía es lo opuesto al mejor Estado, el estado de Platón, de lo que se deduce que la democracia no es el peor gobierno para él. Como es el estado, así será cada individuo, como sabemos; un padre demócrata es muy malo, un hijo déspota es aún peor. La libertad y la amistad no existen, solo esclavos y amos, y un déspota se vuelve peor cuanto más avanza. Es un hombre completamente infeliz, porque tiene grandes necesidades que nunca puede satisfacer.
En otros escritos, Platón presenta un orden de sistemas diferente, en donde se suceden uno tras otro. Por lo general, considera la democracia y el absolutismo como las dos constituciones básicas, las madres de todas las demás. Pero si ya se ha visto el desarrollo histórico en este orden, como ya lo hizo Aristóteles,[4] no hay necesidad de examinarlo aquí. Sólo deseábamos conducir al lector por el trayecto desde el mejor Estado a su contraparte.
Platón estaba convencido de la posibilidad de su Estado, porque no escribió utopías tal como Moro y otros. Al menos, así es como mejor podemos apreciar sus viajes a Sicilia. Cuando Dionisio el Joven ascendió al trono de Siracusa, Dión convocó a Platón a la corte real. Platón llegó y al principio fue muy popular y se sintió satisfecho con sus planes: toda la corte estuvo filosofando. Sin embargo, el bando conservador pronto triunfó por encima de las innovaciones. Dionisio prometió liberar las ciudades recién conquistadas, pero esto no sucedió debido a las intrigas cortesanas. Muchos dicen que Platón actuó de forma poco práctica, que era más un confesor que un consejero político; podemos asumir con certeza que en todo, incluido este experimento práctico, actuó con coherencia, lo que ciertamente no agradó a muchos. Dión fue desterrado del la ciudad y Platón regresó a casa con las manos vacías.
¿Acaso alguien acusaría a Platón de comportamiento antipatriótico por esta actividad en una Sicilia extranjera? La razón por la que no se postuló para un cargo en su ciudad fue simplemente que los atenienses de la época no querían escuchar su voz, o tal vez no podían. Pero él no quería actuar en contra de sus convicciones, pues un filósofo sólo debía gobernar en un Estado como el que él deseaba. En Atenas, en su tierra natal, despertó a los nativos en la filosofía, buscó para sus propios compatriotas un hogar con una base sólida en ética y política. Por lo tanto, no se mudó de su tierra natal, como lo hizo Jenofonte, sino que llevó la vida tranquila y eremítica de un filósofo ante los ojos de sus conciudadanos: sabía en qué podía ser útil. Así como Sócrates no quería escapar de la prisión, aunque sus amigos, e incluso las propias autoridades atenienses, quisieron ayudarlo a que escape, Platón también pasó su vida en su ciudad natal. En Critón nos demuestra que debemos obedecer nuestras leyes domésticas incluso cuando tal vez seamos agraviados, ya que les debemos tantos beneficios desde nuestra infancia que sería un pecado no obedecerlas, o incluso abandonar nuestra patria, si tal vez alguna vez en nuestra vida hemos sufrido una injusticia a causa de esas mismas leyes.
En 361 a. C. vuelve a viajar a Sicilia para reconciliar a Dionisio con Dión, lo que tampoco logró. Pero él mismo se expuso a un peligro mortal, del que escapó solo gracias a la intercesión de Arquitas el Pitagórico. En 358 a. C., Dión, apoyado por muchos amigos de Platón, emprendió una expedición contra Dionisio, a quien finalmente expulsó victoriosamente de la ciudad. Tan pronto como Dión se convirtió en gobernante, tampoco quiso satisfacer las demandas de los platónicos, por lo que fue asesinado por Calipo. Sin embargo, no podemos culpar a Platón ni a sus enseñanzas por este asesinato, como es evidente. Tendríamos que atribuirle muchas ofensas similares —sabemos que Quión y Leónidas asesinaron al necio heracleo Clearco, que Heráclides y Pitón destruyeron al rey tracio Cocio. Además, otros seguidores de Platón defendieron valientemente al pueblo contra los tiranos: León defendió a Bizancio contra Filipo, Delio, como embajador de los griegos de Asia Menor, animó a Alejandro contra los bárbaros.
Es innegable que sus enseñanzas tuvieron una gran influencia en épocas posteriores. En efecto, es muy interesante ver cómo las ideas de Platón han tenido un efecto hasta nuestros días. Es sabido que muchos socialistas de la época de la Revolución Francesa se mostraron muy entusiastas con sus ideas; por ejemplo, el fanático Mably se basó en gran medida en las enseñanzas de Platón. Sin embargo, si quisiéramos responsabilizar a Platón de los fracasos de sus seguidores políticos, estaríamos haciendo lo mismo que si no quisiéramos culpar a Cleómbroto de Ambracia, quien se arrojó al mar en cuanto oyó que Platón había demostrado la inmortalidad del alma humana, por su suicidio, sino que le atribuyéramos la culpa a Platón, quien parece prohibirlo. Debemos señalar no solo a sus estudiantes fracasados, sino también a los que tuvieron éxito, y luego medir a los seguidores de otros maestros con ese rasero.
Los contemporáneos apreciaron la habilidad política de Platón; los arcadios y los tebanos le pidieron leyes para la nueva ciudad de Megalópolis, fundada por Epaminondas. Pero no fue allí, porque no querían ni oír hablar de igualdad absoluta (en el sentido que él le daba), otros solicitaron su consejo legislativo. El plan de Plotino, en la época de los emperadores romanos, no es menos conocido: este filósofo quería fundar una ciudad según las normas de Platón, que se llamaría Platonópolis, donde viviría con sus estudiantes, tal como Platón exigía. Ya contaba con el permiso del emperador Galieno y de la emperatriz de Salónica; sin embargo, el emperador, por consejo de sus partidarios, no permitió que se implementaran los planes de Plotino.
El propio Platón no vivió para ver su Estado. En su vejez, él mismo abandonó sus estrictas exigencias. Por ello, en la obra Leyes, nos describió un segundo Estado. Sin duda, sería muy interesante ver en detalle las desviaciones en su obra posterior respecto al primero, pero como habríamos ido mucho más allá de los límites establecidos, cabe señalar únicamente que en Leyes siguió casi por completo las costumbres y leyes nacionales: exige que los legisladores también valoren al máximo las leyes y costumbres no escritas, porque estas se apoyan muy positivamente en ellas. No exige explícitamente que los filósofos sean gobernantes, pero sí que sean morales y apegados a la ley. En general, la religión positiva desempeña el mismo papel que antes tenía la filosofía.
De esto podemos concluir que Platón no se alejó de su patria, sino que, al contrario, se aferró a ella. Sin embargo, no queremos exaltar sus escritos posteriores, escritos en su vejez, por encima de su República, trabajos que decididamente puede considerarse más débiles. Platón es comparable con el filósofo francés Comte, quien en la última etapa de su vida, y en mayor medida, de filósofo positivo, se convirtió en sacerdote de la religión de la humanidad. Para un filósofo, esta inconsistencia es de gran interés: Platón admitió que su filosofía aún no podía generalizarse entre su pueblo, Comte admitió lo mismo; por lo tanto, ambos se adhirieron a la religión, uno a la mitológica, el otro a la católica. Precisamente, observamos en nuestros días que los estadistas y los filósofos desconocen la verdadera naturaleza de la religión y su relación con el Estado: podrían aprender algo de Platón y Comte; después de todo, suelen carecer de esa imparcialidad que John Stuart Mill distingue más que otros otros.
Estamos llegando al final de nuestra discusión y por eso nos preguntamos una vez: ¿Platón era en verdad el tipo de patriota que Niebuhr quería mostrar?
No encontramos nada en su vida ni en sus escritos que justifique tal juicio. Platón elogia a sus hermanos que se distinguieron en la batalla de Megara; él mismo, como aseguran corresponsales fiables, luchó en Corinto, Delia y Tanagra; en Delia incluso obtuvo el premio a la valentía. Que sus contemporáneos en toda Grecia pensaban lo mismo que nosotros de él, lo demuestra el honor que le tributaron cuando visitó los Juegos Olímpicos en el año 360. ¿Quién podría juzgar de otro modo a un discípulo fiel y verdadero de Sócrates en todo? Aristóteles, el gran discípulo del gran maestro, dedicó un altar a su maestro con esta inscripción: “Aristóteles dedica este altar a Platón, a quien ni siquiera los labios de los hombres más vulgares tienen permitido alabar”. La afirmación de Aristóteles es totalmente cierta respecto al hombre a quien los griegos comparaban sólo con Homero, su mayor poeta, y a quien toda la humanidad le debe su gratitud. Niebuhr hizo una declaración precipitada e injustificada, primero porque identificó el patriotismo de la era moderna con el de la antigüedad, y segundo porque no tenía un concepto claro de patriotismo. Sin embargo, este error lo cometen casi todos los historiadores, estadistas y filósofos, por lo que con el tiempo se establecerán conceptos más claros sobre este asunto tan importante. Si hemos logrado hacerlo, al menos parcialmente, en otro lugar, lo dejaremos al lector juicioso y atento. Por ahora, demostramos que Platón no fue un mal patriota ni para sus contemporáneos ni para nosotros, incluso si lo comparamos con nuestros propios estándares de patriotismo.
Bibliografía
Börne, L. (1834): Briefe aus Paris. París: L. Brunet
Campanella, T. (2007). La ciudad del sol (trad. de Gránada, M. A.). Madrid: Tecnos.
Cobden, R, (1870). Speeches on Questions of Public Policy, vol. 2. Londres: Mcmillan & Co.
Čelakovský, F. (1873). “Píseň společná”. En: AA. VV. Českoslovanský zpěvník: hojná sbírka písní vlasteneckých, milostných, žertovných, i některých zpěvoherních. Praga: Jaroslav Popíšila, p. 15.
Grote, G. (2010[1846]). A History of Greece; from the Earliest Period to the Close of the Generation Contemporary with Alexander the Great. Cambridge: CUP.
Herben, J. (1946). T. G. Masaryk. Život a dílo presidenta Osvoboditele. Praga: Sfinx.
Masaryk. T. (1993). “Plató jako vlastenec”. En: Masaryk, T. Juvenilie: studie a stati 1876-1881. Svazek 16 Spisy Tomáš G. Masaryka. Praga: Ústav T. G. Masaryka, pp. 28-47.
Mitford, W. (1835). The History of Greece. Diez volúmenes, Londres: T. Cadell.
Niebuhr, B. G. (1828). Kleine historische und philologische Schriften, Bonn: Eduard Weber.
Notas
[1] Versos que pertenecen al poema Píseň společná (Canción colectiva) de František Čelakovský (1873, p. 15): “Quien en sus dones, fuerza y posesiones/ ponga su abundancia como sacrificio/ para adornar a esa madre con aprecio/ inmortalizándola en la memoria humana / Eres nuestro hermano, eres un patriota”. [N. T.]
[2] Se refiere al Castillo amurallado de Praga, considerado el lugar mítico que dio origen a la dinastía de los Přemyslovci, primera dinastía real de origen checo que gobernó Bohemia desde el siglo X al XIV. [N. T.]
[3] La obra más conocida de Platón lleva el nombre de Politeia, expresión que puede traducirse como “constitución”, “gobierno”, o “Estado”. Si bien Masaryk refiere a esta obra como Stát (posiblemente con la base de la traducción alemana de Politeia en Staat), optamos por dejar el nombre de la obra como República, el más popular en español, si bien es sabido que esta obra no refiere a esta forma de gobierno [N. T.].
[4] Se refiere a los libros III y IV de Política. [N. T.]