Arina Óbuj (Sobre la autora)
Traducción: Daniela Arias Barragán
Están de pie en la orilla, como esperando a que por el Neva lleguen flotando los cuerpos de sus enemigos.
Camuflaje, cien bolsillos, lata de gusanos, maletín con anzuelos, baldecito para los pescados grandes, baldecito para los pequeños, red de pescar al hombro y, por supuesto, la caña. Y no una, seis. El pescador las lanzó todas y las puso en línea, esperando a que al menos una picara.
En sus manos sostiene la caña más costosa.
Y aquí lo más importante es el rostro: un rostro feliz. El rostro feliz de un hombre concentrado. En esta felicidad no hay prisa. Es prolongada. Es seria. Tensa.
Y mañana él volverá. Por la felicidad.
Aunque sabe que no hay nada que pescar, que no atrapará nada. Bueno, tal vez, un pececito, sin rumbo, solitario, que nade cerca. Pero ¿a quién alimentas con eso? Si acaso al gato. Y ese también queda insatisfecho.
Y yo de inmediato comienzo a pensar en la mujer. La mujer del pescador. ¿Será que existe? Creo que sí. Le alegra, probablemente, que él haya salido de casa. Está despejado el apartamento sin el pescador. Pero luego regresa. Apesta a pescado. No hay pescado y, aun así, apesta.
Y la mujer, desde el umbral, le lanza una mirada: “¿Otra vez nada?”
Y en respuesta pesca algo infantil en sus ojos: “¡Aj, tú qué sabes!…”
—¿Y qué vamos a comer? —pregunta ella.
La nevera está repleta de comida, pero las mujeres de todos los tiempos deben domar a los pescadores de todos los tiempos. Deben humillarlos, excavar en lo profundo, buscar la verdad.
Las mujeres buscan la verdad femenina y la encuentran: reposa en los baldes vacíos para pescados grandes y pequeños. Pescado no hay, pero balde, sí.
Y mañana él nuevamente saldrá a pescar. Y los ojos de ella de nuevo preguntarán: “¿Y el pescado?”
Y el pez… está en el alma. Ese pez no se frita, no se come. Se agita dentro del pescador. Y a él le alegra que esté allí. Y eso basta.
Basta que lo entienda un pez y lo soporte una mujer.