Matías Carnevale
La madre de todas las distopías: Nosotros, de Evgueni Zamiatin
Evgueni Zamiatin (o Yevgueni) Zamiatin (1884-1937) fue ingeniero naval y se unió a los bolcheviques en sus tiempos de estudiante en el Instituto Politécnico de San Petersburgo. En la Revolución de 1905 fue arrestado y padeció el primero de sus exilios. Comenzó a escribir por hobby luego de volver a Rusia de su exilio finlandés. Sufrió un segundo exilio en 1911, pero fue amnistiado dos años después. Su primera novela, En medio de la nada, un alegato antibelicista, fue censurada por el zarismo. Trabajó diseñando buques de gran calado en Newcastle, Inglaterra, donde aprendió sobre el Taylorismo,[1] de fundamental importancia para la novela que aquí reseñamos. En ese contexto, en 1920 escribió una historia futura en la que un Estado Unido, comandado por un tiránico Bienhechor, dirige todos y cada uno de los aspectos de la vida de los súbditos, cuya identidad personal ha sido reducida a una letra y un número de tres cifras y cuyo pensamiento debe encaminarse hacia lo que el Estado dictamina.

Мы (Nosotros) fue publicada fuera de Rusia y no fue hasta 1988, durante la glásnost, que se publicó en su idioma original. Esto permitió que la novela fuera sumamente influyente en escritores y escritoras de la tradición distópica angloamericana como Aldous Huxley, George Orwell, Kurt Vonnegut y Margaret Atwood.[2]
Traducciones previas de la obra
La base de datos de ciencia ficción La Tercera fundación enumera las distintas traducciones al español que existen de la novela: la primera es de 1970, de Juan E. Benusiglio, publicada por Plaza y Janés; la segunda de 1972, por el mismo traductor, publicada por Seix Barral; la tercera del Grupo Editor de Buenos Aires, de 1975, citada como obra de un “traductor desconocido”; la cuarta de 1983, del Centro Editor de América Latina, en traducción de Mario Albanese y con prólogo de Elvio Gandolfo—de dilatada trayectoria como escritor, traductor y analista de la ciencia ficción—; la quinta de Tusquets, de 1991, por Margarita Estapé; la sexta fue publicada por Alianza en 1993, en traducción de Juan López-Morillas; la séptima por el círculo de lectores en el año 2000, en versión de la ya citada Estapé y con prólogo de Fernando Savater; y la octava fue publicada en 2004 por la editorial Eclipse, en la misma versión—que también se usó en la novena edición, publicada por Las Tres Sororas al año siguiente. Sergio Hernández-Ranera tradujo en 2008 una versión para Akal, la décima en nuestro listado, y en 2010 apareció la edición de Mil Uno (sello argentino, la decimoprimera de este apartado), en traducción de Irina Bogdaschevski y con prólogo de Pablo Capanna, el máximo estudioso de la ciencia ficción que ha dado nuestro medio. Al año siguiente se publicó la edición de Cátedra, traducida a cuatro manos por Alfredo Hermosillo y Valeria Artemyeva, con una curiosa portada que remite más a lo cósmico que a lo mundano de la novela de Zamiatin. En 2015 salió una edición digital e impresa, traducida por Fabián Alberto Alba, mientras que en 2016 vio la luz la primera edición de la traducción que nos compete hoy aquí. Vemos que el panorama de las traducciones al español ha estado dominado por ediciones españolas y argentinas. Existen, además de las citadas, dos ediciones argentinas recientes, publicadas por Ediciones Lea en 2020 y Del Fondo Editorial en 2022, posiblemente para capitalizar la fama de precursora del género distopía que tiene la novela y la vigencia de este tipo de historias.
Sobre el traductor y esta edición
Si la existencia de una obra depende de, entre otros factores, el trabajo creativo de su autor, su difusión depende de, entre otros agentes, los traductores que la acercan a públicos lejanos. Alejandro Ariel González (Buenos Aires, 1973) ya había trabajado con textos relacionados con la fantasía y la ciencia ficción y había presentado ponencias en congresos: podemos citar “Un marciano en el Kremlin”, desarrollado en el I Encuentro Nacional sobre Utopías y sus Derivas, en 2020. La ciencia ficción, especialmente en su vertiente utópico-tecnófila, recordemos, tuvo una amplia aceptación en la Rusia soviética. Incluso H. G. Wells—precursor insoslayable de la ciencia ficción moderna, en su vertiente negativa, tecnófoba—visitó el país en 1914 y 1920, para escribir artículos que eventualmente saldrían publicados como libro, Rusia en las sombras (o Rusia en las tinieblas) en 1921, época de la gestación de Nosotros.
El mundo opresivo y rígidamente racionalista de los habitantes (llamarlos ciudadanos sería un desatino: el Bienhechor es reelegido infinitamente en elecciones abiertamente fraudulentas) del Estado Unido; incluye ejecuciones públicas, casas con paredes de cristal en las que se practica un poliamor sancionado por el Estado; intervenciones quirúrgicas para extirpar toda sensibilidad que no sea la obediencia a la Superestructura; un muro que divide la civilización de la barbarie; represión con látigos eléctricos;[3] una alimentación basada en el petróleo y una vestimenta uniforme como método de homogeneizar el pensamiento. El lector avezado encontrará en la novela de Zamiatin varios paralelos con la distopía máxima de la literatura inglesa, 1984. Analizarlos aquí ocuparía demasiados párrafos, pero bien valdría intentar una comparación acabada entre una y otra novela, ya que podemos considerar que la fama de la primera es menor a la de Orwell, y esto supondría cierta injusticia literaria que merece ser enmendada.
Entre los enemigos favoritos del comunismo ruso se hallaba la religión, que cumple un rol destacable en la novela. El Dios del Antiguo Testamento parece ser cuestionado por el protagonista, aunque puede entenderse, más bien, como reivindicado en su rol de verdugo (Zamiatin, 2020, p. 185). Si los adeptos al Bienhechor representan al Dios de orden bíblico, los salvajes allende el Muro serían el equivalente a los orgiásticos paganos –de ahí su nombre, mefis, por Mefistófeles, eterno antagonista de la Deidad en la tradición judeocristiana (a la sazón, uno de la tríada demoníaca que tienta al desdichado Doctor Fausto en la obra homónima del dramaturgo inglés Christopher Marlowe).[4] Es evidente que los del otro lado se oponen al cristianismo, al que reducen a la crueldad y una obsesión por el orden y el control, “nosotros, los anticristianos…” (Zamiatin, 2020, p. 145), olvidando que, en el largo transcurso de la historia, también legaron a la humanidad universidades, científicos de renombre y reformistas varios. Los mefis, como sobrevivientes de una humanidad afín a la poesía, al disfrute de los sentidos y a la vida en comunión entre sí y la naturaleza –poseen una “sangre solar, forestal” (Zamiatin, 2020, p. 144)—, pueden ser considerados, sin mucho margen de error, precursores de los hippies. A propósito de este punto, resulta espeluznantemente profética esta imagen de la novela: “Es como tapar la boca de un fusil con la mano” (Zamiatin, 2020, p. 143); recordemos que en las muchas protestas de los hippies en los años sesenta—especialmente en la de 1967 hacia el Pentágono, contra la Guerra de Vietnam—se veía a los activistas poniendo flores en las armas largas de las fuerzas represivas.[5]
Nuestro protagonista, D-503, escribe un diario que contiene todas las peripecias emocionales y vivenciales que atraviesa al relacionarse con I-330, una mujer de espíritu libre que lo lleva a conocer la sociedad del otro lado del Muro. El diario tiene 200 páginas y se llama Nosotros; en esto podríamos hallar cierto grado de autorreferencialidad: la novela es el diario que D-503, con dudas sobre su identidad y su rol en una sociedad organizada de forma rígida, escribió. La conclusión es desesperanzadora; la revuelta que proponen los mefis es desmontada, la mujer es ejecutada y D-503 reafirma su obediencia al Bienhechor. Para Winston Smith la esperanza estaba en los proles y su potencial revolucionario; para el narrador de Nosotros, está en la expresión artística libre y sin restricciones.
Bibliografía
“Nosotros”, en https://tercerafundacion.net/biblioteca/ver/ficha/1938. Accedida el 20 de enero de 2024.
Zamiatin, E. (2020). Nosotros. Madrid: Hermida Editores. Traducción de Alejandro Ariel González.
Notas
[1] Para no repetir, Huxley elegiría en Un mundo feliz a un fiel seguidor de las ideas de aquel para nombrar a su máxima deidad: Ford.
[2] Existe, además, una breve distopía escrita por Jack Kerouac—paladín máximo, aunque renegara del título—de la Generación Beat norteamericana, llamada “cityCityCITY”, todavía inédita en español, que imita el estilo de Zamiatin: oraciones telegráficas, digresiones del pensamiento del narrador, neologismos. Kerouac no volvió a escribir ciencia ficción, pero es probable que haya leído a Zamiatin, al igual que contemporáneos suyos que sí estuvieron asociados al género, como Kurt Vonnegut. A la sociedad y la política norteamericana le convino la literatura producida por disidentes o perseguidos por el régimen soviético; recordemos la amplia difusión de 1984 en los años posteriores a su publicación.
[3] Arma que luego se multiplicaría en las páginas y el celuloide del siglo pasado, pensemos en el film THX 1138, de George Lucas.
[4] Esta referencia no es gratuita: en la página 77, el narrador llama al Integral, la nave interestelar que llevará las bondades de la ideología del Estado Unido, “ígneo Tamerlán de la dicha…”, lo cual puede leerse como una alusión a la obra homónima de Marlowe, en la que el desquiciado tirano apunta sus cañones a Dios. Es probable que Zamiatin leyera a Marlowe durante su estadía en Inglaterra.
[5] Ver la foto Flower Power, de Bernie Boston, nominada para el Premio Pulitzer en 1967.