Aleksandr Orlov (Sobre el autor)
Traducción: Alejandro Ariel González
¡Vacaciones! La alegría era doble por la libertad: iba a pasar solo todo junio. No en una soledad absoluta, por supuesto: debía cuidar al papá de mi padrastro. El gracioso viejito ya hacía mucho que asombraba a todos con sus extravagancias. La primavera pasada había sacado el balde de basura y había viajado desde la avenida Léninski a arrojar el contenido a Sokólniki, junto al estadio de los hermanos Známenski, donde vivía antes. Y hacía unos días había salido al patio y la policía lo había encontrado 24 horas después en un puesto cercano al teatro Bolshói.
Moscú cambiaba su fisonomía, y mis amigos y yo corríamos todos los días a la calle Srétenka a la hora en que abría la librería. Por primera vez habían aparecido a la venta álbumes de color con figuritas de futbolistas: los que participaban en el Mundial de Italia. Especuladores, cambistas y muchachos musculosos de los suburbios acompañaban las larguísimas colas; junto al metro, jóvenes revoltosos llegados de otras ciudades revendían vodka, jugaban por dinero a las cartas y a «¿dónde está la bolita?».
La Televisión Central por primera vez se atrevía a transmitir todos los partidos de la Copa del Mundo. Parecía que todo el mundo se hubiera detenido en vísperas de esa celebración futbolística.
Nueve de junio… Primer partido de la selección de la URSS en el Mundial. Justo antes del comienzo de la transmisión, la puerta se abrió y en la habitación, sonriendo, disculpándose y con una ligera cojera, entró aprisa Aleksandr Iefímovich. Como de costumbre, el viejo llevaba un saco castaño con la Orden de la Estrella Roja encima de una camiseta blanca y pantalones azules deportivos que se calzaba a la fuerza, como los pantalones de montar del ejército. No me alegré de su aparición, pero ¿cómo iba a echar al viejo?
Aleksandr Iefímovich se acomodó en la silla y empezó a hablar:
—Bueno, ahora que han liberado a Stárostin,[1] el nivel de Spartak mejorará y estaremos cerca de ganar el campeonato. Yo también alguna vez jugué de mediocampista en el Ducat.[2]
El viejo guardó silencio un par de minutos y otra vez se animó:
—¿Quién es ahora el capitán de Spartak?
—Fiódor Cherenkov —respondí con sequedad.
Comenzó la transmisión, el comentarista dio los nombres de la formación de la URSS, que incluía a jugadores del Dinamo de Kiev: Vladímir Bessónov, Oleg Kuznetsov, Anatoli Demiánenko, Guennadi Litóvchenko, Oleg Protásov; el viejo, sentado de medio perfil al televisor, de pronto sonrió y dijo:
—¡Nuestros muchachos del Start de Kiev!
No entendí de inmediato a qué se refería Aleksandr Iefímovich y estuve a punto de replicarle, pero me cohibí. Lo miré con atención; el viejo sonreía, meneaba la cabeza y decía:
—¡Los nuestros! ¡Nuestros héroes! Nikolái Trusévich, Iván Kuzmenko, Alekséi Klimenko, Nikolái Korótkij, Makar Goncharenko.
Empezó el partido. Durante la transmisión, el comentarista nombraba sin cesar los apellidos de los jugadores de las selecciones de la URSS y Rumania. Aleksandr Iefímovich, de pronto, me lanzó una mirada y preguntó:
—¿Juegan con los rumanos?
—Sí —respondí.
—Ah, quiere decir que ya les ganaron a Ruj y a la guarnición húngara; ahora juegan con los rumanos y después con el Flakelf. Lo sé. ¡Ahora empezará todo!
Aleksandr Iefímovich se volvió hacia mí y preguntó:
—¿Te acuerdas de las dos palizas que les dieron?
—Sí, me acuerdo; mejor dicho, lo sé: 5 a 1 y 5 a 3. El «partido de la muerte»[3] —respondí algo turbado.
En el comienzo mismo del partido, al minuto de juego, Oleg Protásov, después de un pase magistral de Aleksandr Zavárov, dejó atrás al defensor de la selección rumana, quedó mano a mano con el arquero Lung y pateó al arco, pero el arquero despejó con facilidad el peligro. Se mostraban activos los bielorrusos Serguéi Gorlukóvich y Serguéi Aléinikov, llevaba peligro el discípulo de la escuela de fútbol de Tiráspol Ígor Dobrovolski, y hacia el final del primer tiempo Aleksandr Zavárov, tras eludir a un defensor rumano, pateó al arco a quemarropa, pero Lung logró adelantarse, le achicó el ángulo y rechazó el remate. La selección de Rumania era incisiva en los contraataques, el comentarista nombraba todo el tiempo los apellidos: Lupescu, Sabău, Lăcătuș, Răducioiu…
—Antonescu, Dumitrescu, Constantinescu —repitió alarmado Aleksandr Iefímovich—. ¿Rumanos? —me volvió a preguntar con tono amenazante.
—Sí, rumanos, rumanos —dije echándome a reír.
—¡Rumanos! ¡La puta madre gitana que los parió! ¡Uuuf, qué carroña! —gritó el viejo.
Nunca había oído a Aleksandr Iefímovich insultando. Estupefacto, miraba a ese anciano decrépito con angustia.
—¿Sabes cómo estos llevaban a la gente a trabajar a fustazos en Odesa? ¿Lo sabes? ¿Y cómo los magiares, esos miserables alemanuchos, azotaban a nuestras mujeres? —El viejo exigía una respuesta y se enfurecía.
Yo todavía no había cumplido quince años; miraba al enardecido veterano y no sabía qué responderle.
—¡Rumanos, putas mercenarias! No son guerreros, sino mierda. Mishka el odesita y yo ni siquiera los tomábamos prisioneros. ¡Los liquidábamos! Mishka era un buen pibe, judío, no había cumplido todavía veinte años, se la pasaba soñando con ir al mar cuando acabara la guerra y me invitaba a la legendaria cervecería Gambrinus, pero ya no está, en Transilvania se quemó vivo. ¡Qué muchacho murió! Después de la guerra fui a visitar a sus parientes a Odesa, en la calle Bunin, y a Kiev, en la calle Kreshátik. Sus parientes kievitas habían sobrevivido de milagro; un sacerdote ortodoxo, caballero de la Orden de San Jorge, los bautizó y les dio el certificado de bautismo, y así salvó de Babi Iar[4] a toda la familia y vaya uno a saber a cuántos más. Ese sacerdote solo quedó en la memoria de los judíos de Kiev: los servidores de los autocefalistas e independentistas, muchachos con olor a chamusquina con camisa de pecho bordado, quisieron crucificarlo, pero no pudieron, entonces lo ataron a una cruz con alambre de púas, lo rociaron con gasolina y lo quemaron vivo. Sabíamos muchas cosas, así que Mishka y yo liquidábamos a toda esa escoria para que el recuerdo quedara por siempre; los liquidábamos en Ucrania, los liquidábamos en Rumania, en todas partes donde aparecieran esas putas de Hitler. ¡Me acuerdo de todos ellos! Antonescu, conducător de mierda, que dejó una estela de sangre en Besarabia y Bucovina en su paso hacia Odesa y Stalingrado; Dumitrescu, a quien nunca le voy a olvidar lo del Dniéster y Crimea, rata de una pata, pintarrajeada; y Constantinescu, Mociulschi, Dăscălescu…
El antiguo combatiente del frente avanzaba por su cuenta y con dificultad, pero ¡con qué rabia recordaba, qué odio sincero y feroz era el suyo! Pensé que en él vivía ese verso del himno sagrado de Vasili Lébedev-Kumacha: «Que la noble furia bulla como una ola, se libra una guerra popular, una guerra santa», solo que para Aleksandr Iefímovich la guerra no había terminado.
En el minuto cuarenta y uno, el veloz mediocampista de la selección de Rumania y del Steaua de Bucarest, Marius Lăcătuș, marcó el primer gol en el arco de la selección de la URSS.
Terminó el primer tiempo.
Vi la pose solemne de Aleksandr Iefímovich sobre la silla rumana de caoba mientras sus improvisados pantalones de montar se mojaban y las gotas le caían sobre las pantuflas.
—Vamos —dije abatido.
—¿Adónde? —quiso saber él con aire culpable y temeroso.
—Al baño, a lavarse.
El comienzo del segundo tiempo fue favorable a los jugadores rumanos, que superaban a la selección de la URSS en velocidad y orden táctico. El árbitro vio una mano en el área del exjugador del Spartak Vaguiz Jidiatullin y marcó erróneamente un penal que no había existido. Marius Lăcătuș venció con seguridad a Rinat Dasáiev: 2 a 0.
Aleksandr Iefímovich estaba sentado en una silla cubierta con hule: después del baño, había envuelto al viejo en una sábana.
Me miró con atención y masculló sombrío:
—¿Y el saco?
—¿Le hace mucha falta? —pregunté.
—No puedo estar sin el saco, la orden me la entregó el mismísimo Dragunski, nuestro comandante de brigada. Era un hombre heroico, con una fuerza de espíritu extraordinaria, digna de la envidia del Sansón del Antiguo Testamento. En sus tierras, en la provincia de Chernígov, los fascistas fusilaron a su padre, a su madre y a sus hermanas; sus hermanos murieron en el frente. ¿Sabes cómo era? En el año 43 ardí dentro de un tanque; mi carro fue el primero en acometer las posiciones enemigas; nos sacaron de combate, pero, gracias a Dios, todos salimos ilesos. Le di a mi comandante palabra de que no me quitaría la condecoración mientras estuviera vivo.
En silencio, le traje el saco y se lo eché sobre los hombros; él sonrió.
—En el invierno del 43, en las afueras de Zhitómir, nuestro comandante se lanzó a la cabeza de todos con un tanque; no era esa la primera vez que lo hacía; en esa batalla sufrió una herida grave… Yo liberé Kiev y la orilla derecha de Ucrania bajo el mando de Dragunski; después me hirieron: me dispararon por azar los najtigalos,[5] perros sin rematar. Pero ¡qué va! A los bastardos de los banderianos[6] los vapuleé hasta mediados de los años 50, así que estamos a mano.
Dos años antes de la Copa del Mundo fui a visitar con mi padrastro y su hijo del primer matrimonio a Aleksandr Iefímovich, que por entonces vivía solo en la calle Podbelski. El nieto de Aleksandr Iefímovich dijo de un modo algo siniestro al abuelo:
—Bueno, abuelo, ¡hola!
El abuelo leía un ejemplar amarillento de Estrella Roja de diez años de antigüedad.
—Abuelo, abuelo, soy yo, tu nieto Sasha[7] —dijo mi tocayo con sonrisa biliosa. Aleksandr Iefímovich, sin despegar la vista, seguía leyendo el periódico; era un poco sordo, secuela de la contusión de Zhitómir. Nos preparamos para irnos; en ese momento, Aleksandr Iefímovich sacó el pañuelo y empezó a sonarse y a expectorar con fuerza.
Según supe más tarde, mi padrastro, de estudiante, había estado de práctica en la región de Altái y había regresado a casa con una muchacha embarazada, Nadiezhda. Después de la guerra, Aleksandr Iefímovich trabajaba en el Ministerio de la Seguridad del Estado, de modo que, para un jubilado-chekista no representaba gran dificultad averiguar todo sobre su flamante pariente. Resultó que la oriunda de Barnaúl era hija de un ounovets[8] que, tras su condena en un campo de concentración, se había instalado en Altái. En una noche helada, en la Fiesta de la Candelaria, Aleksandr Iefímovich echó a la calle al hijo, a la nuera y al niño.
Quedaba claro que la selección de Rumania dominaba las acciones y podía ganar con un marcador más abultado. El comentarista buscaba las razones de la derrota, maldecía a los jugadores y, en el momento en que nombró a Vasili Rats, Aleksandr Iefímovich volvió a animarse.
—¿Qué Rats es ese? ¿István? ¿Lajos? ¡Enemigos! —dijo entre dientes el viejo.
¿Yo qué le iba a responder? ¿Le iba a explicar que Vasili Rats era un futbolista de la selección de la URSS, un eminente maestro del deporte, ganador de una medalla de plata en el Campeonato de Europa, exjugador del Dinamo de Kiev y actual jugador en el Espanyol de Barcelona?
—¡Húngaros! —añadió el viejo con sonrisa venenosa—. De ellos también me acuerdo, sobre todo en Stalingrado, y de alguno que otro en Debrecen, Budapest o el lago Balaton. ¡Recuerdo a sus líderes: Horthy, Jány, Szálasi, Vajna, Károlyi! ¿Cómo olvidarlos? Solo lamento no haber sido yo quien los puso contra el paredón, quien los ahorcó; yo ya no puedo hacer más nada, pero sigo lamentando no haberlo hecho yo. En Hungría combatí y, después de la guerra, solía viajar allí. La comida allí es riquísima, un sabor propio, singular, que recuerda un poco la cocina ucraniana. Los húngaros comen mucho cerdo, y gulash, y paprikás, y un paté de ganso que es exquisito, y qué palinka… m-m-m-m… —dijo sonriendo el viejo—. Pero yo, cuando me acuerdo de Hungría, siempre viene a mi memoria una misma noche. Cerca de una división soviética, en una aldeíta, celebraban una boda; había jolgorio; a nuestros soldaditos les convidaron tanta palinka que, borrachos, empezaron a dormitar. Y también los que estaban de guardia. A la mañana siguiente nos llamaron allí. ¡El espectáculo era terrible! Los magiares no se habían apiadado de nadie, y los muchachos eran todos ucranianos, completamente jóvenes, y no sé cómo decirlo: hicieron de ellos gulash o paprikás, o quizá rétes. Los degollaron a todos amodorrados y después los destriparon; a algunos los cortaron en pedazos. Una zarda[9] verdaderamente sangrienta. Aquello sucedió cinco años después de nuestra Victoria, y no fue la única vez.
El partido entre las selecciones de la URSS y Rumania terminó, los jugadores y los aficionados rumanos festejaban la victoria, y Aleksandr Iefímovich me miraba con una mueca culpable. Le tendí mi brazo al veterano y fuimos al baño.
Pronto, la selección de la URSS jugó su partido de despedida en el Mundial de Italia 90. Todas las noches mirábamos fútbol con Aleksandr Iefímovich; yo preparaba la comida, lo lavaba, y en medio de la noche oía gritos convulsivos:
—¡Por la Patria-a-a! ¡Por Sta-a-alin!
Una noche, antes de la final del Mundial, sentí que en la habitación no estaba solo. Aleksandr Iefímovich, con su uniforme de gala, estaba de pie delante del iconostasio. Examinando los íconos, el viejo comunista me miró y preguntó:
—¿Qué crees, Dios existe?
—Sí —respondí.
—Todos alrededor son ángeles, y yo soy un pecador. Toda mi vida he notado la mugre alrededor y me he examinado en secreto, quería entenderlo todo: si no era yo la causa del fango humano. —Calló unos momentos y después susurró con aflicción—: Jesús Dulcísimo, reconozco mi debilidad, perdóname mis pecados.
Aleksandr Iefímovich se paró frente a mí y me preguntó:
—¿Sabes qué es un patriota?
Al igual que antes, no pude responderle nada. Entonces él dijo con tono franco y severo:
—Pater significa padre, y patriota es quien vela por los preceptos paternos; eso es lo que me enseñaron en la escuela primaria.
Todo el mundo aplaudía el juego magistral de la selección de Alemania; de los virtuosos alemanes Andreas Brehme, Rudolf Völler, Jürgen Klinsmann y Lothar Matthäus hablaba toda la humanidad.
En la cancha de fútbol, después de varios días de apasionados partidos, un adversario de cuarto año de la secundaria, al ver mi camiseta con el adorado número diez en la espalda y la cinta de capitán de la selección de la escuela, me gritó:
—¡Sasha, eres Lothar Matthäus!
—¡Soy Fiódor Cherenkov! —lo corté en seco y con rabia.
Esa tarde, cuando volví a casa, en el recibidor, a espaldas de mi mamá, vi el espejo cubierto por una tela negra.
Notas
[1] Nikolái P. Stárostin (1902-1996), legendario futbolista y jugador de hockey sobre hielo soviético, fundador del club Spartak Moscú. [N. del T.]
[2] Club de fútbol soviético fundado en 1924 con base en la tabacalera Ducat. Alcanzó relevancia a principios de los años 1930. En él jugó Nikolái Stárostin y sus tres hermanos. [N. del T.]
[3] Célebre episodio sucedido durante la ocupación alemana de Kiev en la Segunda Guerra Mundial. Muchos de los protagonistas y de los sucesos del relato guardan relación con dicho episodio. Ver más información aquí: https://es.wikipedia.org/wiki/Partido_de_la_Muerte
[4] Referencia al barranco en las afueras de Kiev donde los nazis cometieron diversas masacres contra la población de origen judío. [N. del T.]
[5] «Najtigalo», del alemán Nachtigall: subdivisión especial (batallón) del grupo Norte de las milicias de nacionalistas ucranianos. «Legión Ucraniana S. Bandera»: destacamento armado compuesto en su mayor parte por miembros y partidarios de la Organización de Nacionalistas Ucranianos, formado y entrenado por la Abwehr alemana para realizar tareas como parte de la subdivisión de sabotaje Brandenburg 800 (en alemán, Lehrregiment Brandenburg z.b.V. 800) durante la operación Barbarroja en el territorio de la República Socialista Soviética de Ucrania. [N. del A.]
[6] Bandieranos: Ejército Insurreccional de Ucrania, brazo armado de la Organización de Nacionalistas Ucranianos. Activo desde la primavera de 1943 en los territorios que formaban parte de la gobernación general (en Galitzia, desde fines de 1943; en Jólmshina, desde el otoño de 1943) del Reichskommissariat de Ucrania (en Volín, desde fines de marzo de 1943) y de la Transnistria rumana; desde el verano de 1944, en Bucovina del Norte. [N. del A.]
[7] En ruso, hipocorístico de Alekskandr. [N. del T.]
[8] Es decir, miembro de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN por su sigla en ruso): organización política ucraniana que funcionó principalmente en el territorio de Ucrania occidental (su período de mayor actividad fue entre fines de los años 1920 y los años 1950). [N. del A.]
[9] Gulash, paprikás, rétes: platos típicos de la cocina húngara. Palinka: bébida alcohólica tradicional de Hungría. Zarda: danza tradicional húngara. [N. del T.]