Markéta Pilátová
Traducción: Kepa Uharte, con el apoyo del Ceské Literární Centrum.
No tengo nombre. Me llaman «el que tatúa». La gente viene a verme porque mis tatuajes son perfectos. Las agujas penetran lentamente en la piel y el color, como un intruso con una carga de dolor, se mete en los tejidos, y yo hablo para que la gente olvide. No puedo permitirme aburrir a mis clientes. Soy, pues, el mejor narrador. Es una cuestión de vida o muerte.
Vivo en la Gran Ciudad. Lejos, en el horizonte, brillan los cristales de los rascacielos, de los que algunos dicen que son suaves como la piel de un recién nacido. Y también aseguran que, durante noches enteras, en sus tejados laten los corazones de neón de la Gran Ciudad. Día tras día me propongo ir a verlos. Aquí, en la Gran Periferia, cada noche las llamas de los fuegos lamen los muros de barro de las chabolas. La gente baila a su luz y las piernas arqueadas se mueven lentamente a ritmo de tango hacia el abismo de la melancolía, de la que las vuelven a sacar a la luz el fragor de la samba y el ladrido de las balas, cuya lluvia se hunde en la piel con mucha más avidez que mis agujas. La carne de perro se ahúma entre el hedor de los humos de escape. Alrededor de las ventanas, prudentes, se contonean procesiones de penitentes, llevan a los hombros grandes magnetófonos negros y sostienen en las manos estiradas paquetes de polvo blanco para colocarlos en el altar de la Santa Madre Muerte.
Los que más a menudo llaman a mi puerta de latón son los vendedores de drogas a los que llamamos narcos. ¿Los conocéis? Seguro que sí. Están por todas partes, al fin y al cabo. Igual que está por todas partes el polvo blanco impoluto. Prefiero no observar demasiado sus caras impasibles, que recuerdan serpientes de agua en el fondo de los profundos lagos de las cuevas. Tienen sus tentáculos enlazados en los cables de la conexión a Internet, y aunque ya no lleven aquellos bigotes ridículos bajo la nariz ni los flequillos rizados y alisados, como sus padres y abuelos, siempre tienen la pistola a mano. Basta una sola historia aburrida y me convertiré en «el que se muere». Así que voy con cuidado. Nunca recibo dinero por mi trabajo. Tatúo y cuento historias a cambio de comida y ropa. El dinero genera odio y el odio, aquí, significa tufo a sangre seca en la pared. Y cuanto mejor cuento, más clientes vienen. Desean que les tatúe las imágenes de mis historias en el cuerpo. ¿Qué más puede desear un narrador? Cada día doy las gracias a la estatua de Santa María por este don. Toco el manto de vidrio y miro pensativo a las cuencas de los ojos de su calavera huesuda.
En lugar de pistola, siempre tengo a mano mi libro preferido. Está manoseado, las páginas frágiles como los huesos de ancianas. En él hay historias que han pasado por el tiempo y han huido de la Santa Madre, se colaron. Son mi garantía de que todavía viviré durante un tiempo, todavía sorprenderé durante un tiempo porque aquí nunca han oído historias como estas. Agua viva y muerta, ay, desde que les explico la historia de mi libro preferido, los narcos lo buscan. ¿Y el de la Serpiente Blanca? Yo también querría ser así de sabroso. Una sola vez saber qué cuentan las ratas encima de mi caseta, oír lo que gritan los buitres sobre mi tejado de latón.
Pero la historia que ahora os explicaré la oí a trozos de gente diferente, y algunas partes quizá aún las haya de oír. Pero ahora ya creo que se puede encontrar en ella una lección. También vosotros, cuando la escuchéis, vendréis a verme y me diréis: «Tú, el que tatúa, tatúame en la barriga a la serpiente Har». Y yo lo haré.
El retorno de Michael
I
—Buenos días —dijo el hombre de traje blanco. Lo dijo de una manera algo cavernosa, lo que llamó la atención del funcionario vestido con tejanos y sentado en la mesa de formica, que chirriaba irregularmente. El funcionario no se fijaba demasiado en los que traían reptiles al Instituto de Serpientes y, a cambio de cuatro piezas, se llevaban una ampolla de antídoto.
—¿Qué trae? —preguntó, indiferente, al hombre vestido de blanco. Este lo miró, y solo entonces el funcionario se dio cuenta de que era un anciano con hombros vistosamente anchos, encorvados por la vejez en una forma incómoda, y con la cara cubierta de una red de arrugas. Todo el ser del anciano emitía un frío particular, el funcionario sintió cómo la radiación fría se apoderaba de todas las terminaciones nerviosas de su cerebro. Era embriagador, y a la vez experimentó una excitación desagradable, como si oyera en su cabeza el susurro de una bandada de sanguijuelas. Un murmullo de voces penetró su cerebro en silencio y copos de nieve cayeron lentamente sobre todos sus pensamientos.
Se estremeció. Los hombros de toro, la forma de la boca, la nariz punzante. ¡Era Michael! Dios, el mismo Gran Michael Vidal. ¿Cómo era posible? ¡No, no era posible! Michael había muerto. Fundó el Instituto de Serpientes y lo dirigió con éxito con mano de hierro durante más de medio siglo. Él mismo diseñó todos los edificios coloniales pintados de blanco y con pesadas contraventanas de hierro. Y después lo enterraron en el cementerio de la Gran Ciudad. Lo depositaron en una elegante tumba con un ángel de mármol que levantaba con severidad su dedo huesudo hacia los cielos y que con su pie descalzo pisaba la cabeza de una serpiente blanca. El funcionario había estado en su entierro. Era un día caluroso, las hojas de las palmeras susurraban y acariciaban el aroma tembloroso del jazmín azul. De repente, cayó un chaparrón intenso que arrancó los paraguas de las manos, convirtió los troncos de las acacias en viscosos brazos desnudos, y todos tuvieron que superar los torrentes revueltos que a una velocidad demencial surgieron quién sabía de dónde y quebraban las piernas distraídas. Aún ahora recordaba las colas inacabables de todo tipo de personas a quienes Michael Vidal y su Instituto de Serpientes habían salvado la vida. Con seguridad era viernes, todos los trabajadores del instituto tenían el día libre por el entierro y los árboles ipê sin hojas florecían amarillos. Por la lluvia, desde alguna parte, llegó el lejano sonido de un bandoneón y de un tambor de samba. El funcionario volvió a observar para sus adentros el cadáver en el ataúd. No se parecía a este viejo gnomo vestido de blanco. En la caja negra rectangular, recordaba a un rey. Canoso y omnisciente. Su grandeza estaba evidentemente acentuada por la multitud de invitados. Sin embargo, estaba seguro de que ahora se encorvaba frente él el Gran Michael.
—Un saludo respetuoso, señor Michael, disculpe por no haberlo reconocido enseguida —se disculpó cortésmente.
—Ya, nos hacemos viejos incluso allí —explicó el anciano—. Y muy deprisa —añadió.
—Ehm… ¿Allí dónde? —se atrevió a preguntar el funcionario.
—¡Allí, claro! —repitió impaciente Michael, con su conocido tono autoritario, del que el funcionario se acordaba tan bien. Entonces era becario de la facultad de veterinaria y el doctor le había explicado personalmente el procedimiento para conservar las serpientes muertas en formol. «Menos formol», le decía entonces. «Ehm… ¿cuánto menos?» «La ostia de menos», le soltó el Gran Michael, en un tono cortante.
—Doctor, ¿qué hace aquí, si puedo preguntar?
—Pues no tienes más remedio que preguntar, si se te aparece aquí un cadáver, que encima ha envejecido — Michael volvió a ponerlo en su sitio.
—Ehm… pues entonces, ¿por qué ha venido? ¿Puedo ayudarlo en algo?
El funcionario seguía sintiendo como si sus conexiones cerebrales fueran mantenidas en marcha por la particular irradiación de frío de Michael. Si no hubiera sido así, sin duda se habría derrumbado por la conmoción sobre la mesa amarillenta, o habría salido corriendo al parque que rodeaba el Instituto de Serpientes a gritar que había vuelto Michael. Pero el doctor no podía permitirlo. Necesitaba que el funcionario no se desplomara ni saliera corriendo a ninguna parte. Por ello, su radiación resfriaba las terminaciones nerviosas al grado necesario de prudencia. De otra manera se habría producido un cortocircuito. Un antiguo truco que había aprendido allí.
El doctor tomó la mano del funcionario. El contacto con la piel arrugada de Michael despertó en él una sensación de suavidad y ternura infinitas. Tenía la misma impresión cada vez que sostenía una serpiente. Una emoción suave le atravesó la cabeza. Sí, con eso contaba el viejo gnomo. Sabía que nada del mundo conseguiría tranquilizar al funcionario como este tacto de serpiente.
—Te recuerdo muy bien, eras el más gandul de todos los internos. Por eso ahora estás sentado aquí, recibiendo las nuevas adquisiciones de serpientes.
El funcionario pensó para sí mismo que Michael ni siquiera allí había cambiado. Aún el mismo cerebro inmisericorde que analizaba fríamente la situación.
—Sí, tiene razón, soy un ejemplar de serpiente absolutamente nulo —intentó un chiste pronunciado con un tono torpemente servil, de manera que toda la gracia se disipó en el vacío.
—Exacto, un ejemplar nulo, ¡ja! ¿Cómo te llamas? Y no te ofendas, sabes que no soy capaz de recordar ni un solo nombre de pila, me confundía hasta con los nombres de mis propios hijos. ¿Cómo coño te llamas, pues? —gruñó descontento el anciano de blanco.
—Yan —respondió servicialmente el funcionario.
—Pues escucha, Yan, hay algo que no se te puede negar. Eres sensible. Al menos lo eras cuando ganduleabas por aquí. Tu sensibilidad no tiene nada que ver con la inteligencia. Simplemente tienes sensibilidad para con las serpientes. Por eso las puedes conservar en formol. Nunca te habría dado este trabajo si no hubiera entendido lo sensible que eres con la muerte de las serpientes.
—Gracias, doctor —consiguió soltar una frase banal el funcionario. Se dio cuenta, emocionado, de que era el primer halago que había recibido del temido científico. Y también tenía claro que Michael en vida jamás habría pronunciado estas palabras. Le daba vueltas la cabeza por qué el doctor estaba tan seguro. Pronto obtuvo la explicación.
—En ti hay cierta gravedad. Y sin duda entiendes las cuestiones morales —continuó el hombre arrugado.
—Don Michael, usted sabe muy bien que nunca he ido a misa, ¿cómo he de entender las cuestiones morales? —se defendió apenas el funcionario, con el mismo tono servil de antes.
—¡Qué coño, misa! Simplemente entiendes lo que se puede y lo que no. Quizá tenga que ver con tu particular sensibilidad, con la que conmueves a las mismas serpientes cuando las echas al cubo de colores con (?) algodón empapado de éter y lo llamas eutanasia. ¡Ja!
—Hum… y… ¿ha venido por mi sensibilidad o por mi moral, doctor? —sondeó de nuevo un poco el funcionario.
—Sí, claro, por eso —le confirmó el científico, distraído, mientras se rascaba nerviosamente la cabeza—. Tú sabes que solo me interesa la ciencia. El veneno de las serpientes. Las infinitas posibilidades de investigación en el campo del uso farmacéutico. Nada de tonterías mitológicas. Serpientes en la cabeza de la Medusa, guardias en el jardín de las Hespérides y bobadas parecidas, ya tú sabes… Pero… allí es diferente —dijo, y suspiró resignado al final del monólogo—. Allí tenemos que hacer deberes.
—Cómo… ¿allí tienen que hacer deberes? —preguntó el funcionario, sinceramente espantado. La idea de que el respetado doctor Michael tuviera que entregar deberes cuidadosamente elaborados era tan absurda que le entró la tos.
—Pues sí, y precisamente por esto he venido, tienes que echarme una mano con algo. Es una cuestión de moral. De moral de serpientes. Puto trabajo.
Sueño diurno del funcionario Yan
Voy por un paisaje infinito y enigmático. Nieva densamente y detrás de mí se arrastra una serpiente blanca. No soy capaz de distinguir de qué especie se trata. Hace mucho frío, no sé cuántos grados bajo cero, pero en cierto punto el conocimiento exacto no sirve de nada, porque simplemente no nos dice nada.
La ventisca en mi sueño diurno se intensifica. La serpiente, que durante largo rato ha estado arrastrándose despacio, de repente se acelera bruscamente. Me habla. Me dice que se acerca un cambio de tiempo y que después de la ventisca llegará una auténtica tormenta. Abre sus fauces y me engulle. Sé que me quiere salvar del granizo en miniatura que cae y me pincha la cara. Me dejo tragar sin resistencia.
El sueño diurno de Yan evocaba un capítulo en los escritos sobre el arte primitivo de los chamanes, que consideraban el sueño del consumo de una serpiente una señal muy favorable. Sobre ello, pintaban figuras con tierra de colores en las paredes de las cuevas. El funcionario Yan realmente tiene una profesión muy particular, en la que siente la imperfección de los conocimientos de las ciencias humanistas. Y, puesto que el tímido Yan tiene mucho tiempo libre, en secreto pinta en el almacén, y también decidió estudiar Historia del Arte a distancia.
Su servicio en el Instituto de Serpientes, fundado por uno de los cerebros más brillantes del siglo, el doctor Michael Vidal, consiste en recibir de la gente serpientes muertas o vivas. Especies venenosas, constrictoras, de vez en cuando incluso una anaconda de ochenta kilos. Algunas de ellas sirven todavía vivas de ejemplares de muestra para los más diversos grupos de bomberos, socorristas, pequeños escoltas o enfermeras. En resumen, gente que se ha de enfrentar a heridas provocadas por serpientes. Las serpientes que no tienen esa suerte y no son usadas como muestras vivas o para ensayos científicos son matadas por Yan y depositadas para el sueño eterno en el almacén de detrás de la oficina.
Yan utiliza la técnica computacional más moderna, pero también viejas fichas de cartoteca del ministerio de higiene pública, abolido hace mucho. Aparte de garabatear sus dibujos en las fichas —flores de ensueño, conchas y caras humanas cuyas sombras siempre ensaliva y repasa con la pluma—, apunta también el peso y la longitud de las serpientes, o toma pequeñas notas sobre lo que tenían en las entrañas antes de realizar la eutanasia. El gran Arcángel Michael, como apodaron los trabajadores del instituto a su superior, indujo a todos a un reciclaje avaro, de manera que ninguno de ellos hoy en día tira voluntariamente el menor trozo de papel. Michael le arrancó las fichas de archivo, amarillentas y rosáceas, deformadas por la humedad, a un portero que estaba a punto de cargarlas en un camión para llevarlas a destruir. El doctor, en lugar de eso, se las echó sobre su lomo robusto y las llevó a la oficina. Sus ojos brillaban juguetones. Ahora Yan garabatea en ellas imágenes y fragmentos de los manuales, que en dos días no sabrá leer, y mientras tanto tiene sus ensoñamientos diarios.
II
Al lado, detrás de la pequeña casa en la que están la oficina y el almacén de serpientes muertas, hay otra casita más pequeña con una sola habitación, en la que se arrellana cómodamente una mesa de billar desgastada. Desde allí se oye el suave golpeteo de cuando topan las bolas brillantes. Los colegas de Yan, y él mismo, aman este entretenimiento. Bien curioso hasta qué punto el Arcángel Michael influyó en ellos, aunque se tratara del tiempo libre. Consideraba el billar el deporte más noble, y a menudo, en aquella casa de muñecas, se jugaba grandes sumas con altos funcionarios del Estado. Invertía todo lo que ganaba en máquinas modernas y nuevos métodos terapéuticos en el hospital que pertenecía al Instituto de Serpientes.
Cuando los funcionarios se iban, a veces de madrugada venían otros jugadores. Pero los trabajadores del instituto nunca jugaron a billar con ellos, lo hacía el mismo Vidal. También los recibía con mucha más solemnidad y calor que a los funcionarios. Tenían los ojos fríos, vacíos, las caras indiferentes, y bajo los trajes perfectamente ajustados la piel tatuada con calaveras, estrellas y símbolos misteriosos. Eran los narcos. El doctor hablaba con ellos en su idioma duro como un cepillo viejo, y bebía con ellos alcohol de caña sin diluir y con grandes trozos de menta y hielo. Justo antes de entrar en la casa, el Gran Vidal siempre se desabrochaba los botones de la camisa para que se viera que debajo se balanceaba una pesada cadena de oro. Después de su muerte, nadie consiguió ganar ni una perra contra los grandes animales. Y los extraños amigos de Vidal ya nunca volvieron.
El hombre que sueña tras la mesa de fórmica, al brillo de la pantalla del ordenador, vuelve a recordar a Michael. Probablemente sea porque acaba de hablar con él. El doctor está muerto, y sin embargo Yan ha hablado con él. Sabe que no ha sido una ensoñación, que no se lo ha inventado ni lo ha leído en los libros.
El huso de los recuerdos de Yan se desenrolla lentamente. Se acuerda muy precisamente de qué manera Michael, que sabía jugar al billar igual de bien con la derecha y con la izquierda, se pasaba el taco de una a otra mano. ¡Hop! Izquierda. Derecha. Clac. Y el rostro alargado y cansado de su compañero de juego. Recuento titubeante de billetes. Michael en el humo azulado y acre de los cigarrillos nocturnos agarra a Haré de la caja de plástico colocada junto a la mesa de billar. Es de la especie jiboia: una gorda boa constrictor que, cuando tiene hambre, primero muerde a su víctima, luego la rodea rápidamente y aprieta con todas sus fuerzas. Haré tiene la piel inusualmente fría. Quizá por eso la amara tanto el Arcángel Michael. ¿O la ama? No se deja ver con ella en público, ni la expone ostentosamente ante los periodistas. La usa exclusivamente por su efecto intimidatorio con las víctimas del billar, a las que necesita exprimir óbolos para la ciencia. Para la ciencia de Michael. Cuando se imagina alguna tacada, primero sopesa a Haré en su mano, la mira a sus ojillos estrechos y evidentemente encuentra la solución en el movimiento vibrante de la lengua. Deja a la serpiente en el transportín de plástico, se remanga la camisa blanca alabastro y ¡hop! Izquierda. Derecha. ¡Clac! Sonrisa victoriosa, cara de decepción. Nuevos mimos a Haré. Humo de cigarrillos. Una música horrible e inacabable que sale del magnetófono de baquelita con botones amarillentos.
Las dos mujeres indias de Michael observan. Son diferentes. Y sin embargo son parecidas. Como dos cuadros de épocas diferentes con el mismo tema. Ninguna de ellas se puede resistir. Así que Michael tiene a las dos. En una casa con dos entradas. En una casa para dos mujeres. En silencio, respetuosas, observan la partida de billar. Se juega una alta cantidad. El sudor corre por la espalda del doctor. Los funcionarios y los trabajadores del Arcángel dan caladas, excitados. Se juega el desarrollo de un nuevo suero. Ahora. Con prudencia, la bola se dirige adonde debe. Michael acaricia a Haré. Haré hace vibrar la lengua.
III
—¿Te acuerdas de cuando jugábamos al billar en la casa de detrás? —preguntó el doctor. De algún modo, con el afán de todas sus fuerzas agradables, había conseguido tocar la cuerda correcta en las reacciones subconscientes de Yan. Y como cuando deja de doler un músculo en espasmos, Yan dejó completamente de interesarse en si hablaba o no con un cadáver. Por fin el doctor Michael pudo dejar de agotar sus reservas de radiación fría.
—¿Quién no se acordaría de cómo jugaba al billar? ¡Eso ya no se puede olvidar!
—Sí, un poco sí que va sobre el billar —dijo triste Michael.
—¿Cómo? Ya no jugamos por dinero, porque perderíamos más que ganaríamos. Desde que no está aquí, simplemente hacemos el tonto, puramente por aburrimiento, pero… no acaba de ser eso —dijo precipitadamente Yan, para disculparse por los negocios estropeados.
—¿Te acuerdas también de Haré? —continuó secamente el doctor. E inmediatamente se dio cuenta de que no podía resbalar a un tono como aquel si no quería asustar inútilmente a Yan.
—Sí, Haré estaba maravillosamente frío. Siempre le quise preguntar si su frío, mientras jugaba, lo calmaba o le traía suerte, o algo así… —preguntó Yan anheloso, y ahora notablemente más atrevido.
«Por Diossss —gimió el doctor Michael para sus adentros—. Este idiota después de cada frase preguntará una nueva bobada y estaremos aquí diseccionando mis sensaciones con la piel de serpiente. ¡A tomar viento!», blasfemó el doctor, pero solo dentro de su esencia austera y arrogante. Entonces contó hasta diez y empezó a hablar.
—Haré era realmente calmante. Y hace ya bastante que no la tenéis en el instituto, ¿eh? —disparó hacia Yan, consternado.
—Esto… bueno… no está. ¿Cómo lo sabe? Seguramente allí lo sepan, verdad, sí, ya lo sé, disculpe… —volvió a tartamudear Yan, asustado.
—No, Yan, no importa, sé que es complicado —se dominó con valor Michael. De nuevo, por si acaso, contó hasta diez—. Se trata de nuestro colega que jugaba al billar igual de bien que yo. Otto también desapareció, ¿no? —El doctor hizo avanzar la explicación.
—Sí, presentó la dimisión justo después de su entierro, a todos los extrañó, pero él, como sabe, era… impulsivo. Y tiene razón, también desapareció Haré… ¿Puedo encenderme un cigarrillo, doctor? Sé que no lo soporta, pero necesitaría calmarme un poco —pidió Yan, después de una pausa considerable.
«¡Burro adicto!» Michael hizo una mueca de enfado, al límite de su paciencia, pero en voz alta dijo:
—Bueno, bueno, jódete la salud tranquilamente, si tanto te calma.
Llovía ligeramente. A Yan le gustaba aquel tiempo inusualmente repulsivo que se mete en todos los poros y crea en la piel una capa de humedad y sudor. Sacó sus Marlboro arrugados del bolsillo, encendió una cerilla húmeda: sus cerillas, por algún motivo misterioso, siempre estaban húmedas, hiciera lo que hiciera. También ahora la cerilla dejó una mancha roja de moco en el raspador. El doctor Michael lo miraba entretenido. Entonces el cigarrillo se encendió con vacilación, Yan aspiró la primera partícula microscópica de nicotina y se quedó pensativo unos momentos. Este estado repentino era tan innato en su carácter soñador que ni siquiera percibió el disgusto del doctor. Yan estaba pensando y se sentía bien. Era la primera vez que el doctor Michael hablaba con él de manera agradable. Le hacía sufrir cómo el científico lo ignoraba cuando todavía estaba normalmente vivo. En su cabeza solo tenía sus grandes cosas. No le interesaban los soñadores de día, raros y no demasiado trabajadores. Sin embargo, al acabar los estudios, Yan había deseado intensamente trabajar en su instituto.
Se dio cuenta una vez que Michael estaba dando una clase sobre el desarrollo de los sueros de serpientes. Con su abrigo blanco inmaculado, el puntero luminoso moderno y el portátil, en Yan tuvo el efecto como si disparara de una pistola brillante, elegante. El sonido potente del estallido lo despertó, y ante su propia sorpresa se acercó al doctor en el gris pasillo de la universidad y le solicitó una beca de estudios en el famoso Instituto de Serpientes.
Al acordarse del pasillo de la universidad, donde se desmoronaban bajo sedimentos de polvo los desgastados sillones de felpa en los que se sentaban los raquíticos estudiantes de pelo largo, se estremeció involuntariamente del asco. La tribu gafuda de futuros científicos despertaba en él una tensión particular. Más en tanto que se daba cuenta de que, aunque iba con ellos a clase y en los seminarios hacía autopsias a ratones, no encajaba con ellos. Prefería vagar por las librerías públicas de dudosa calidad diseminadas por la Gran Ciudad, donde se sentía en casa.
El encuentro con el Gran Michael para él significó liberarse de su propia nimiedad, en la que había caído al principio de su pubertad no demasiado rebelde y a la que se pensaba condenado para siempre. Se daba cuenta de que no era capaz de fortalecer él mismo el estado fangoso de su propia alma. Cuando, a fuerza de trabajar, se acostumbró al ritmo frenético de todo el equipo de Michael, se dio cuenta de que allí no podía destacar en nada. Nunca se le ocurría nada, no era sistemático, y lo único que de verdad le salía bien era el trato con los animales. Subconscientemente, era capaz de sentir cuándo los animales para los experimentos estaban nerviosos o estaban del humor indiferente apropiado para dejarse herir voluntariamente. Le fascinaba esa voluntariedad. Los caballos, que esperaban atados pacientemente junto a los grandes círculos de hierro, debían sentir como mínimo náuseas y fiebre cuando les pinchaban veneno de serpiente varias veces al mes. Luego con su sudor se elaboraban los preciados antisueros, pero los caballos ya no podían saberlo, ¿o quizá sí? A Yan le desesperaba su propia incompetencia y mediocridad. La viscosidad insatisfecha de sus fracasos, sin embargo, cambió el día que Otto entró por primera vez en el instituto.
IV
Entró. Más bien bamboleándose. Con sus piernas peludas enfundadas en bermudas kaki caqui recordaba a un oso cruzado con un orangután. Y uno tenía que resignarse con el hecho de que ese robusto animal de delante era el doctor Otto Struncowski.
Otto entró a formar parte del instituto a pesar de la oposición testaruda, y sin embargo infructuosa, del doctor Michael. Este al final sucumbió a un moderno mandato del Ministerio de Salud. Los burócratas que no jugaban al billar ordenaron al Gran Michael a tener en su pequeño hospital, donde eran tratados los pacientes mordidos, a tener a un psiquiatra que supervisaría el transcurso de la recuperación. «Idiotas, follacabras obtusos, saben dar órdenes, ¡pero soy yo el que pagaré a un psicópata imbécil!», se expresó entonces el doctor Michael ante la nueva medida, en la reunión de la Junta Directiva.
Sin embargo, las victorias de Otto en el billar se convirtieron en una nueva fuente importante de ingresos del instituto. Jugaba al billar mucho mejor que el Gran Michael. De todos modos, iba con gran cuidado de no delatarse ante él y dosificaba sus victorias con exactitud para que no superaran la puntuación del jefe. Nunca hablaba con él de psiquiatría. Entretenía a los pacientes del pequeño hospital con anécdotas de su gran vida de cuento, y nadie le confiaba problemas psíquicos, porque Otto igualmente no lo habría dejado hablar. Lo único por lo que les preguntaba siempre a los pacientes era por sus sueños. Su pregunta sonaba sencilla: «¿Y qué ha soñado, hoy?» No comentaba ni analizaba de ningún modo los sueños que la gente le explicaba, solo de vez en cuando los apuntaba en el pequeño cuaderno que apretaba con una pequeña goma negra. Era la única persona del instituto que, delante del Gran Michael, fanático no fumador, podía apretar un cigarrillo liado a mano entre sus grandes labios carnosos bordeados de pelo rojizo. Cuando Otto vio por primera vez el instituto, las jaulas de hormigón desesperadamente pálidas para las serpientes y el edificio con dos entradas para las dos mujeres de Michael, dijo:
—Esto parece sacado de una novela.
—¿Una novela? —preguntó amenazador el doctor, que no soportaba nada que oliera a arte.
—Sí, una novela —respondió pensativo el nuevo psiquiatra.
Yan se enamoró de Otto. Y Otto también de Yan. Nunca se dijeron cómo había pasado. Otto una vez estaba en el cuarto donde Yan sostenía en la mano una barra con dos puntas de hierro ligeramente oxidadas, esforzándose en sujetar una serpiente cascabel. Otto estaba explicando una confusa historia sobre cuando su tío había sido encerrado en prisión por haber apostado con la tía que se desnudaría en la plaza de la ciudad de montaña. La tía no había querido creérselo, pero el tío se había quitado la ropa y la policía de la moral lo había detenido.
—Otto, en nuestro país nunca ha habido una policía de la moral —objetó Yan.
—Hum, puede ser, pero el tío simplemente se quitó la ropa y entonces…
Y entonces Yan miró hacia Otto. Otto miró hacia Yan, el cigarrillo a medio fumar se cayó de sus labios carnosos y ya no tuvieron que explicarse nada más. Los ordenadores del cuarto dejaron de zumbar, las cajas de plástico dejaron de apestar. Y el amor entre ellos dos entró como cuando Haré se deslizaba entre las manos del doctor y hacía vibrar la lengua.
Un amor del que todos sabían, porque —como Yan ya había dicho— en su país nunca había habido una policía de la moral, y porque Otto tenía una visión absolutamente clara de su relación. Eso era lo importante. Yan no podía deshacerse de la sensación de estar haciendo algo indebido. Pero le quitó la inseguridad la siguiente conversación, oída por casualidad cuando pasaba junto a la ventana baja, de colores alegres, del hospital. Un paciente estaba hablando, seguramente con Otto, sobre una anécdota absurda, u Otto estaba comentando un chiste verde. Era el método de diagnosis de Otto. Siempre que acababa algún chiste absolutamente tonto empezaba a analizarlo desde los más diversos ángulos económico-filosóficos, a los que añadía imágenes abigarradas de los libros de bolsillo que llevaba en su abrigo blanco. De donde más citaba era de una edición manoseada de cuentos eslavos que había leído en su infancia y quizá hubiera oído cien veces, y que llevaba siempre consigo como un talismán. El paciente se reía contenidamente, como una adolescente, y Otto reflexionaba sabiamente: «La homosexualidad es más vieja que Matusalén, señor González, da igual chico o chica, todo tiene su qué, hijos, matrimonio, uno no acaba de resolverlo nunca, verdad, aunque empiece a pensar en ello a los doce años». Yan oyó el característico chasquido con el que Otto se pasaba el cigarrillo corto y babeado de una comisura a la otra. Otto continuó: «Si igualmente lo importante solo es la relación, los dos seres que se juntan, y luego ya no se separan nunca del todo, aunque quizá tras un tiempo sí, y después vuelven, y así una y otra vez, ya sabe, señor González. Como en este cuento, por ejemplo», Otto hojeó los cuentos eslavos. «Sí, claro, quién no iba a saberlo, doctor, claro, todo el mundo lo sabe, es una bonita lectura, esto», acabó el paciente su simposio. Yan estaba de pie junto a la ventana, sonrió en silencio y repitió para sí mismo, satisfecho, como un Padrenuestro: «Chico o chica, matrimonio o no, hijos o no, todo igual.»
Otto también era la única persona del instituto, y quizá también de todo el mundo, a quien no le irritaba el «emm…» de Yan al principio de cada frase. Al contrario. Oía en él una llamada directa a interrumpirlo en cualquier momento y continuar él mismo la frase empezada. A Yan no le importaba lo más mínimo que Otto lo hiciera continuamente. Lo amaba por ello. No le gustaba hablar, y cuando alguien hacía ese trabajo por él estaba de lo más feliz. Los dos encajaron como cuando un guante grande ciñe la pequeña mano suave y remilgada de una niña vergonzosa.
V
Ahora Yan estaba sentado tras la mesa, desconcertado se frotó las manos sudadas, lo que, junto al horrible emm, era otro gesto característico de su sensiblería. Aquí no había nadie que acabara por él una frase con la que no supiera qué hacer.
—Emm… doctor, usted ya sabe que Otto y yo fuimos, emm… amantes.
—Eso lo sabe todo el mundo, ¿no? —confirmó el doctor.
—Exacto, y cuando Otto despareció, o sea después de que me dejara, no pude ni empezar a buscarlo.
—¿Y por qué no? —sondeó el doctor, a quien los asuntos amorosos lo ponían más nervioso aún que el arte.
—Porque Otto me dijo que necesitaba estar solo —Yan por poco se echó a llorar.
«Por Dios», el doctor Michael se asustó para sus adentros.
—Otto me dijo que necesitaba estar solo.
—Eso ya lo he oído, hostia —voceó Michael con tono arcangélico.
—Exacto, y si necesita estar solo no puedo empezar a buscarlo, sabe, es que si lo hiciera, si empezara a buscarlo antes de que volviera, emm… bueno… algo se estropearía —explicó Yan, y se frotó las manos, que ya tenía tan sudadas que caían de ella en silencio finísimos hilos de un líquido salado. Tenía un aspecto realmente lamentable. Las lágrimas saltaron de sus ojos húmedos, y las manos sudadas se les unieron como si con toda esa humedad pudiera invocar a Otto.
—Pues ya lo tendríamos, Otto necesitaba estar solo. ¿Y por qué? —El doctor se esforzó en proceder de manera sistemática, tal como estaba acostumbrado tras largos años de carrera científica. Nunca habría pensado que después de la muerte obtendría la tarea de detective y rastrearía a un psiquiatra amariconado. Puto trabajo.
—Otto necesitaba acabar su estudio. Cuando se fue, dijo que necesitaba teclear no sé qué al ordenador y ganar pasta, bueno, emm… ya sabe cómo hablaba, seguramente dijo más, pero cuando entendí que quería dejarme me derrumbé, así que no me acuerdo de nada —Yan volvió a sentir pena por sí mismo.
—¿Y qué… qué necesitaba teclear ese capullo? —El doctor escupió al suelo de la oficina.
—Tengo la sensación de que trabajaba en algo de psicología profunda, no sé exactamente de qué iba, solo como un mes antes de vez en cuando lo atrapaba sentado, mirando fijamente las cajas de serpientes, y también escribía un poco demasiado a menudo al ordenador, y… y emm, eso es lo que más me extrañó, que no leía nada.
—Ajá, así que tenía un encargo para algún rollo profundo, quién lo diría, ¿eh? —El doctor Michael mostró sorpresa sincera. En el mundo había demasiadas cosas irracionales de las que durante su vida sin duda no había planeado ocuparse.
—Y también… ahora, seguramente, emm… doctor, ahora se enfadará de verdad —dijo Yan en un tono un poco delator—. Sí, lo diré, antes de irse, sabe, seguro que no tenía malas intenciones, pero a menudo tenía contacto con Hugo el Apestoso.
Y ya estaba fuera.
VI
—Aaah —soltó el doctor, realmente atónito. Y se alivió una vez más—. Aaah, ese asqueroso, apestoso cabrón, imbécil, engendro, malparido, ese malpariiido —lanzó ofendido el doctor, y parecía que quizá no fuera a acabar nunca.
Hugo el Apestoso es un médico joven y elegante de traje que vive en una casa detrás del instituto. Por lo visto domina todos los ingenios del misterioso ritual de curandería, es profesor adjunto de medicina práctica y gana muchísimo dinero, lo que el doctor durante su vida le envidiaba de manera descubierta, porque siempre se imaginó todo lo que se podría hacer con él en la ciencia. Sus victorias en el billar no le llegaban ni a la suela de los zapatos. El Gran Michael realmente lo odiaba. Además no es un engendro. Se le llama Hugo el Apestoso porque de vez en cuando sale un olor horroroso de su chimenea. Hugo puede estar elaborando un elixir de amor, o sopa de serpiente, o lixiviando piel de lagartija, cuesta decir, pero ese olor atrae a todos los que se atreven a ir hasta su espléndida casa. El mirador de vidrio sembrado de macetas con cactus en miniatura, las paredes de hormigón, los suelos de madera, casi ningún mueble y sobre todo ni dos entradas, ni dos mujeres, ni sus bebés eternamente berreantes. Ese era el verdadero motivo del odio del doctor. Hugo el ricachón no tiene hijos ni está casado.
Pero tiene novia. «Esta es Pula, mi novia», dice de la minúscula mujer de pelo largo que pasa como una chispa por su gran casa vacía.
—¿Y por qué su casa está justo al lado del instituto? —preguntó Yan a Pula cuando fue inesperadamente de visita. Empezó a tener relación con Hugo y Pula cuando se enamoró de Otto, que siempre estaba con ellos. Necesitaba aclarar muchas cosas y el único que podía ayudarlo con radiación fría era Hugo el Apestoso.
—Es el instituto el que está al lado de nuestra casa —corrigió Pula a Yan, enojada—. La casa de Hugo estaba aquí unos cincuenta años antes de que viniera el papaíto con sus serpientes y comprara los terrenos adyacentes. El papá de Hugo construyó aquí una pequeña cabaña de madera que luego Hugo reconstruyó, pero ya nadie se acuerda de esto y todos piensan que Hugo vino aquí a hacer de curandero porque quería sacar algo de estar cerca de tantas serpientes, lo que es una leyenda urbana injusta —Pula, descontenta, dio una breve palmada. Yan temía que cayera en uno de sus dos estados conocidos: empezaría a moverse frenéticamente por la casa buscando un refrigerio para él, o al contrario estaría dos horas callada mirando el cactus. Por suerte, se equivocó. Pula sintió que Yan necesitaba abrirse a alguien, así que esperó concentrada su confesión.
—Michael ha vuelto —dijo Yan, por fin.
—Lo sé —contestó tranquilamente Pula.
VII
—Espera, ¿has dicho papaíto con sus serpientes? —dijo extrañado de repente Yan—. ¿El papaíto de quién?
Clavó sus inocentes ojos azules en Pula.
—Bueno, mi papaíto con sus serpientes.
—Ah, tu papaíto con sus serpientes… ¡¿Cómo?! ¿Michael? —por fin entendió Yan.
—Sí, sí, también es una larga historia, necesitaremos unas dos horas —dijo con un resoplido de insatisfacción Pula—, y en realidad por qué no, si tiene que ver con esto —continuó decidida y empezó a buscar la cafetera para servirse su dosis de caballo.
—Entonces… —Pula tuvo que volver en su relato diez años atrás a América, donde nació. Bebía a sorbos, lentamente, el alquitrán caliente, e intentaba ordenar con exactitud los fragmentos ya algo grises de la época en que empezó a estudiar Derecho en la universidad porque deseaba ser capitana de la policía. Su deseo fue resultado de las largas noches solitarias en la pubertad, cuando la madre de Pula, la conocida bióloga marina Linda Valparaíso, iba por los congresos o a expediciones de investigación en la selva y su padre, filólogo clásico, se encerraba en el despacho y no quería ser interrumpido. Como protesta contra la exquisita educación de sus padres, Pula se compró toneladas de novelas de detectives, y cuando tuvo que decidir en qué convertirse no se le ocurrió nada más apropiado que policía, en el mejor de los casos detective privada. Sus padres se rieron, pero puesto que eran personas amables e inteligentes aprovecharon la norma que exige que, para cualquier ascenso, el aspirante debe haber estudiado en la facultad de derecho. Apuntaron a Pula en ella. Creían que sus deseos infantiles se irían con el tiempo, cuando perdiera la inocencia y lo pensara todo bien. Cuando Pula conoció a su primer novio, un lector de novelas de detectives igual de chiflado que ella misma, su madre la llamó inesperadamente a su despacho.
Desde las paredes miraban a Pula los ojos disecados de mamíferos marinos, tablas de los cambios zoogenéticos provocados por carbohidratos policíclicos y un mapa de Alaska, donde había naufragado el petrolero Exxon Valdez. La madre de Pula se dedicó durante largos años a los cambios producidos por el impacto del petróleo en la fauna marina, y pasó varias largas temporadas investigando en Alaska. Desde allí, escribía cartas a Pula en las que le describía extensamente qué tono tenía el agua y cómo a los pájaros con petróleo pegado se les acortaba la vida. Ahora examinó con atención a su hija. La luz del atardecer del despacho fue atravesada por los deslumbres de los ojos castaños de la madre. Pula se apoyó cómodamente en la butaca de cuero y esperó a ver con qué le vendría. Le gustaban sus discursos, siempre disfrutaba de la manera temperamental con la que Linda presentaba las decisiones familiares vinculantes o los sermones sobre la anticoncepción, en los que exhortaba a su hija: «Por favor, ¡sobre todo que el chico siempre, entiendes, siempre se ponga la goma!»
El padre de la doctora Valparaíso era un hotelero cubano que se mudó a los Estados Unidos después de la Revolución y, aunque su inglés era perfecto, estaba sazonado con expresiones picantes que solo podía meter una medio cubana:
—Oye, sabes que mi familia por el lado americano de mi madre no me tiene ningún aprecio. Pensaban que estudiaría biología, me encerraría en un laboratorio y me quedaría allí sentada hasta la jubilación. Y cuando empecé a ser un poco conocida y a involucrarme con el Animal Freedom Front… pero da igual, por qué lo decía, con el tiempo podrían soltarte, carajo, una cosa muy importante.
—¿Por qué? ¿Qué cosa? —preguntó Pula con interés. La doctora Valparaíso se sirvió un chupito. Pula rogó con los ojos, así que su madre le sirvió otro. Entonces tomó aire.
—Sabes, Pula, tu padre en realidad no es tu padre.
El sabor gélidamente azul del vodka atravesó la garganta de Pula.
—¿Cómo que no es mi padre? —preguntó, mirando fijamente a su madre. Entonces pensó que lo que estaba viviendo era un episodio de una telenovela o de una serie mediocre para adolescentes. Ahora su madre le contaría que la habían encontrado en la basura o que estuvieron dos años buscándola en un orfanato. Pero la doctora Valparaíso no le contó nada por el estilo.
—Sabes que te tuve a los cuarenta. ¡Tuve que currar! Si quieres dedicarte bien a la ciencia no puedes estar cambiándole los pañales a un bebé durante dos años. Tú vas a por algo, quieres ser buenísima porque a tu alrededor, como una bandada de buitres, siempre están dando vueltas unos hombres asquerosamente talentosos y trabajadores que sin duda no están pensando en ningún hijo —La bióloga se enfurruñó con todo el mundo científico.
—Pero salías con papá, ¿no? O sea, con Paulo —se corrigió Pula, para estar segura.
—Claro, ya tú sabes, ya desde tercero. Paulo me viene de maravilla, es un tipo inteligente, y lo único que le interesa es qué verso está relacionado con uno escrito dos siglos atrás. Eso lo entendía, sus deseos de conocer con exactitud cosas que a otras personas les parecían guanajadas totales. Además, tu padre, y ahora puedo decírtelo, porque ya sabes de qué va, es fenomenal en la cama. Eso.
Pula, aunque ya sabía algo del sexo, no se esperaba esta revelación. En las novelas de detectives no se escribe mucho de esto, y aparte de su gafudo Pula no tenía con quién comparar.
—Claro, así que me tuviste a los cuarenta.
Pula se sintió aliviada porque no se produciría una descripción de un orfanato, quizá ni siquiera un contenedor de basura.
—Sí, pero después de intentarlo mucho sin llegar a nada. Por poco Paulo y yo nos separamos, entonces. Fue terrible. Después de tantos años entre tubos de ensayo de repente me entró una especie de crisis existencial como la que le llega a la mayoría de la gente a los cuarenta, es como un sarampión de los cuarenta.
—Sí, sí, ajá —Pula, de diecinueve años, intentó mostrarse comprensiva.
—De repente me sentía que nada iba a ninguna parte, que todas las investigaciones, congresos, reuniones de activistas, que igualmente nada servía para un carajo. El mundo se va a la mierda y yo no soy capaz de evitarlo. ¿Y qué hace una mujer en este caso? —Miró interrogativa a su hija.
—No sé… —Pula realmente no sabía.
—Tiene un hijo —dijo sencillamente la doctora Valparaíso.
—¿Y la sensación desaparece? —quiso saber Pula.
—No, pero la empujas a un rincón, se queda allí acurrucada y no tienes tiempo para dedicarle, porque estás dando de pecho y durante mínimo cinco años solo piensas en lo que será mejor para Pula.
La mujer que era capaz de levantarse cada día a las cuatro de la mañana y caminar varios kilómetros por el agua helada de una playa pedregosa cubierta de escarcha para tomar muestras de cuerpos de cormoranes muertos se removió el pelo corto con la mano, se rascó la nariz y durante unos momentos pensó en qué más decir. Pula se imaginó a su madre cambiándole los pañales y tomándoselo como una terapia. Cuando vio su mano moviéndose para tocar ligeramente la nariz, supo que llegaría una nueva —como decía su padre, o sea Paulo— información crucial.
—Bueno, pues hiciéramos lo que hiciéramos con tu padre, no sirvió de nada. Pensé que era injusto, que algunas mujeres solo olisquean unos calzoncillos y ya se quedan, y yo esforzándome tanto. En todo caso, nada. Unos dos años después fuimos ambos a hacernos unas pruebas y descubrieron que el esperma de Paulo estaba todo muerto. Nada.
Pula retuvo el aliento, ahora realmente quería saber qué pasó después, y hasta qué punto tenía relación con ella. Su madre continuó. Y a medida que hablaba Pula empezó a sentir hacia ella algo que nunca había notado. Una admiración ilimitada. Se veía que la doctora Valparaíso hacía años que tenía este discurso bien preparado, que había tenido que pulirlo en las noches polares hasta que tomó esta forma, que no era ni penitente ni demasiado fría.
—Sabes que Paulo tiene tres hermanos, descendientes de italianos, cada uno un tropel de niños. ¡Tus tíos! Fuimos a verlos para que me dieran esperma para una inseminación artificial. Se quedaría en la familia, pero los fanáticos católicos blandieron que era antinatura, que Dios no deseaba esas cosas, ni cuando les rogué que realmente quería tener un bebé, que de otro modo mi vida no tenía sentido, nada los conmovió. Al final uno de ellos dijo que si un hijo suyo corría por nuestra casa no podría venir a visitarnos. ¡Joeputa! Paulo se hundió con todo esto y quiso separarse. Yo estaba en un estado en que no quería nada más que un hijo y me daba absolutamente igual quién me lo hacía o cómo.
Pula se lo podía imaginar bastante bien, conocía a su madre y su mirada febril, cuando iba furiosa tras su objetivo, sin rascarse la nariz ni una sola vez. Y si en un bebé había visto la luz al final del túnel del sarampión de los cuarentones, sin duda nada pudo pararla.
—¿Y qué más pasó? —Pula dio un trago al vodka y arrugó nerviosamente el borde de su camiseta naranja, donde ponía «What am I doing here?»
—Qué más… pues entonces tuve un sueño.
—¿Un sueño?
—Sí, un sueño, y fue rarísimo, porque yo nunca me acuerdo de los sueños, me duermo y por la mañana me despierto, si alguien me pregunta lo que he soñado, la mayoría de las veces digo que nada.
Pula se estremeció un poco, se acordó de la canción que sonaba por la mañana en la radio y que le pareció insoportablemente sentimental, pero el estribillo se le había quedado en la cabeza gracias al alto oscuro de la cantante desconocida. Pula se lo cantó en voz baja a su madre:
El cabello de la palma
cae sobre mi almohada,
en el libro de los sueños leo
sobre mi muerte, que veo
venir a por mi alma.
—¿El libro de los sueños? —preguntó sorprendida su madre—. Pues mira, fue lo primero que pensé. En el armario donde mi padre tenía trastos viejos de Cuba, saqué el viejo libro de los sueños de la abuela. Ya tú sabes, uno que tiene dibujitos cursis de colores y discursos del tipo: «Una serpiente en el paraíso: el pecado mortal».
—Bueno, ¿y qué soñaste? —incitó a su madre a que presentara el desenlace de la futura novela de detectives.
—Sabes, veinte años después todavía me acuerdo exactamente: cada detalle del cuerpo de la serpiente.
El sueño de la madre con el Hombre Serpiente
Iba por el paraíso. Por todas partes veía abundancia, las mesas se movían, los animales no escapaban de los cazadores, los hombres hacían el amor con mujeres hermosas, y las mujeres hermosas con hombres hermosos. Luz, colores, aire. Todo estaba nítidamente inmóvil, todos se movían despacio, eran bellos y huecos. Mientras paseaba por aquel hermoso paraíso, vi que estaba rodeado de la nada. Me daba mucho miedo caer detrás del límite, que el mundo se derrumbara conmigo, y yo tragara vacío para siempre.
En el momento de mayor terror, notaba una ligera corriente de aire. Se restregaba contra mis talones desnudos, serpenteaba alrededor de mis caderas y, al mirar al suelo, veía a mis pies una gran serpiente. Tenía el cuerpo gris plateado, sus escamas en forma de rombos relucían, encajaban. Me decía que era el Hombre Serpiente. Y yo la entendía. Durante toda mi vida había deseado entender lo que decían los animales. La serpiente gris plateada me hablaba, su voz era clara, urgente. Me decía que al final de sus dientes llevaba el tiempo. Hablaba del borde de la nada del paraíso, donde crecía la hierba del presente. Por lo visto era un poco amarga, pero tenía la ventaja de que todo aquel que decidía probarla captaría su sabor. Me llevaba al lugar donde crecía. Era una espina seca marrón, y en su punta tenía una pequeña flor rosa. Yo la arrancaba y me la comía. El Hombre Serpiente me felicitaba y me preguntaba si notaba el sabor del presente. Yo respondía que sí. Él sacaba de su morro estrecho la lengua fina y partida. Me sorprendía lo azul que era esa lengua. Se lo preguntaba. Por lo visto la lengua azul ayudaba al Hombre Serpiente a orientarse, así sentía mejor lo que pasaba a su alrededor, notaba los movimientos y el olor. En el paraíso lleno de vacío era un color muy práctico. Yo le preguntaba cómo había llegado al paraíso. Me contestaba: «Soy el deseo. Y el deseo es acción. Ahora conoces el sabor del presente y has conocido el vacío infinito. Soy tu guía para siempre, tú misma me has convocado desde el fondo de tu deseo más profundo». Entonces la hierba susurraba, se levantaba el viento y el Hombre Serpiente me abandonaba.
—Me desperté, y me acordaba perfectamente del sueño. Tenía una sensación magnífica, quería saltar por la ventana y salir volando, bailar, agitarme delante del espejo, volver a nacer. Después hojeé el libro de los sueños de la abuela —continuó la doctora Valparaíso. A la oyente, Pula, de repente, como un latigazo, le cruzó la cabeza otro verso de la canción de la mañana:
¿Qué imagen caerá sobre mí, y qué la empujará?
¿Qué sueño es el verdadero, y qué me enseñará?
Se lo murmuró a sí misma en voz baja, mientras su madre continuaba con el relato:
—Las páginas estaban húmedas y me golpeó los ojos el dibujo de una serpiente con la lengua azul, con el texto: El Hombre Serpiente: la huida de casa.
—¿Y huiste? —soltó Pula.
—No, pero me fui a un congreso en Brasil. El tema era de un campo completamente distinto de la biología y debía dar una conferencia un doctor llamado Michael Vidal, a quien todos consideraban una estrella. Sus conferencias sobre los sueros de serpientes fueron trasmitidas incluso por todas las televisiones latinoamericanas. El congreso se celebró en Fortaleza, y yo estaba exhausta con lo del niño, y decidí que al menos descansaría en la playa.
—¿Y el doctor Michael? —Pula empezó a entender.
—Bueno, en él no había nada tan especial, pero cuando subía al atril, extendía sus amplios hombros como alas y se aclaraba la voz… algo en él producía un efecto como cuando ves… a un arcángel, o algo. Y por lo visto lo llamaban así en su Instituto de Serpientes.
—¿Y de qué fue la conferencia? —se interesó de repente Pula, que sabía del trabajo de su madre solo que investigaba cadáveres sospechosos, lejos, en una cabaña polar.
—De los venenos de serpiente y los sueros que hacen en el Instituto de Serpientes. De las posibilidades de nuevos analgésicos potentes y pegamentos quirúrgicos a partir de sustancias extraídas de veneno de serpiente.
—Hum… —asintió Pula, en señal de reconocimiento. Su madre continuó.
—No tomé notas, porque estaba completamente desquiciada, solo percibía a aquel tipo particular tras el atril, agitando su índice de imagen en imagen y lanzando el puntero luminoso a grafos e imágenes. Veía el uso de medicamentos que no eran adictivos, y también explicó por qué las compañías farmacéuticas retrasaban su desarrollo. Al final añadió una frase rarísima que no pude digerir. Dijo, literalmente: «Todos los representantes de compañías farmacéuticas con los que me he encontrado advierten de la inestabilidad del material orgánico, es decir, la disponibilidad de las serpientes venenosas, pero yo les replico: serpientes, señores, serpientes siempre habrá bastantes”.
Después de la conferencia, no me aguanté y fui a verlo. Estaba comiéndose una tostada y evidentemente no estaba muy entusiasmado de que alguien se dispusiera a interrumpirlo. «Soy la doctora Linda Valparaíso, disculpe, sabe, pero yo creo que no he entendido bien la última frase de la conferencia», dije para presentarme. «Aaaah, señora Exxon Valdez, jaja», dijo, y se rio maliciosamente. «Me lo podría haber imaginado, que precisamente a usted la irritaría la limitación de material orgánico, ja. Pero ahora no tengo tiempo, ¿podemos quedar, pongamos, a las diez en algún bar de la playa?», me miró con los ojos de un hombre seguro de sí mismo que ha entregado su vida a la ciencia, pero que también disfruta entre las piernas de una mujer. «Vale, por qué no», accedí a la mirada lujuriosa, a las que no estaba acostumbrada en los Estados Unidos. Me di cuenta de que estaba en Brasil, de que era cubana, que sabía bailar, que me gustaba hacerlo y que hacía muchísimo tiempo que no me había emborrachado con nadie interesante. «Okey, señora Valdez, pues en el bar La Tortuga Perezosa.» «Okey, pues a las diez.». «Ahí estaré», me sonrió y se fue a por otra tostada con queso.
—Olé, mamá —dijo, atónita, Pula.
—Ya ves, sí —la despachó su madre, ligeramente sonrojada, y continuó—. A las diez por supuesto yo no estaba, lo dejé esperando lo suyo. Me puse una falda larga de colores y me pinté las uñas de rojo.
—Toma ya —dijo Pula, que veía a su madre siempre solo en tejanos y camiseta de tejidos orgánicos.
—Sí, me entraron ganas de ponerme elegante, dejar pasmado a ese cientificucho presuntuoso.
—¿Y él, qué? —Pula cambió de postura en la butaca, donde ya había hecho un hoyo nervioso.
—A ver, pasmado tampoco se quedó, me dijo de todo por haber llegado tarde. Después empezamos a hablar del material orgánico. Me había preparado antes, le dije que en mi opinión las serpientes son criaturas muy interesantes, relativamente poco investigadas, tremendamente frágiles… «Señora Exxon Valdez, todo eso es cierto», me interrumpió Michael. Y después continuó inmisericorde. «Pero yo hago ciencia que ayuda a la gente, no a las serpientes. Si bajo material orgánico me imaginara serpientes reales y no material orgánico que la gente necesita para conseguir medicinas, no llegaría a ninguna parte. Ya hace veinte años, cuando empecé y buscaba una grieta para hacerme famoso, escogí las serpientes porque a todo el mundo le resultan asquerosas. Ya entonces tuve claro que con el tiempo vendrían todas esas comisiones éticas que contarían hasta el último estúpido ratón en los laboratorios.
En ese momento, la madre de Pula tuvo claro que tampoco él esa tarde había perdido el tiempo y había buscado todo lo que había podido sobre ella. La doctora Valparaíso había estado en varias comisiones éticas. Pero en los últimos tiempos este quijotismo la había puesto nerviosa, porque no llevaba a ninguna parte. «Entiende, chiquita Exxon, una serpiente es un animal vulnerable, sensible y quizá a su manera inteligente, pero es absolutamente asqueroso, ¡tú pregúntales a tus bufones del Animal Freedom Front cuál de ellos tendría en sus brazos a una serpiente de coral venenosa! Y precisamente esta es la razón por la que siempre tengo bastantes serpientes para los experimentos, y siempre tendré bastantes. La gente me las trae de toda América Latina, no tenemos dónde ponerlas, chiquilla, tenemos un almacén donde pronto habrá casi ochenta mil frascos con serpientes muertas. ¡No sé qué hacer con ellas! Cuando no las necesito, no puedo devolverlas a la selva, porque tendría que soltarlas en la zona de donde me la ha traído un aldeano tembloroso, e igualmente se morirían. Y ahora de verdad deja de tocarme las narices, porque tú sabes muy bien que el veneno de serpiente no se puede hacer sintéticamente.»
Y Linda lo sabía muy bien.
«Y una cosa más, cielito, ¿sabes quién tenía la ley más progresista para la protección de los animales? ¿Qué, lo sabes o qué?», la provoco Vidal. «¡Claro que lo sé!», contestó Linda, fuera de sí de la rabia. «Con este argumento operan los más astutos de vosotros, que se piensan que los animales son una especie de máquinas que no sienten nada.» «Muy bien, pues ¿quién fue, gatita, eh?» «Hitler, claro, también sacó una ley de la eutanasia, carajo», le reconoció la victoria. «Sí, correcto», la halagó Vidal, y empezó a provocarla aún más, en tono conferenciante. «En la Alemania nazi tenían una ley muy sofisticada para la protección de los animales. Prácticamente parecía como si la vida de una rata de laboratorio cualquiera tuviera más valor que la vida de un judío o de un gitano. ¿Y sabes quién dio su acuerdo a los ensayos con animales? ¡Ja, ja! Te sorprendería, pero fue el mismo ministro del Interior del Reich. A veces, los científicos fieles al nazismo eludían la ley estricta y, en lugar de animales, hacían pruebas con personas, era más sencillo, mucha menos burocracia, entiendes… ah, y espera… ¡una cosa más! Así que cuando vayamos al cielo, no sé tú, pero a mí cuando me pregunten la vida de cuánta gente he salvado, tendré que decir, ja, que ¡cientos, querida! Pero niña, de verdad que no sé cuántos podrás decir tú. Aunque quizá te lleven al cielo por misericordia, igual que a Adolf, ¡tal vez en las balanzas celestiales os midan igual que a mí por vuestras mascotas salvadas!», dijo Vidal, con una mueca de satisfacción. «Pero dejémoslo. Perdona, no paro de hablar, esta tarde he perdido una partida de billar con un tipo y estoy de un humor miserable. ¿No quieres bailar, bellezota exótica?»
Ella quería, aunque habría preferido convertirse en la mamba negra y enviarlo al coto eterno. Sin embargo, quería bailar, emborracharse y quizá incluso dormir con él. Usarlo, obligarlo a ronronear de placer, hacerle grandes arañazos rojos en la espalda peluda, meterle el dedo en el culo hasta que aullara, ponerle esposas y taparle los ojos a este idiota listillo. Sintió cómo se extendía en ella el terrible deseo de dominarlo, si no con su intelecto, sí con sus bragas negras. Quería mostrarle que también él era vulnerable, que también él podía ser un animal de ensayos en el laboratorio de Linda Valparaíso. Pero Michael no sabía bailar. Se arrastraba por el parqué, confundía la rumba con la salsa, luego incluso cedió generosamente a Linda a varios surfistas locales. Como si todo el tiempo hubiera estado pensando en algo lejano, más allá del límite del mar, que se vertía de ola en ola como una gran vela negra y azul. Se quedó sentado en la silla de plástico, sus hombros alados agazapados, hurgando en su caipirosca con la varilla de cristal.
«¿Pasa algo?», preguntó Linda cuando se sentó junto a él, tras un rato de samba.
«No, solo tengo ganas de dormir, me siento viejo, y cuando pienso en que mañana vuelvo al trabajo y al caos doméstico con seis hijos… tengo ganas de salir corriendo.
«Seis hijos», silbó Linda, «eso es fantástico, ¡que con la carrera puedas con seis hijos!»
«Sí, y dos mujeres», añadió cansado el Gran Michael.
«¿Cómo, dos?», Linda no podía creer lo que oía.
«Bueno, soy superindeciso, me gustaban las dos.»
«Te gustaban las dos, ¿así que te casaste directamente con las dos?», preguntó Linda, incrédula.
«No, no, son de un pueblo miserable del norte, donde recogía serpientes hace diez años. Son hermanas indias, no querían compartirme, pero tampoco querían mudarse a la Gran Ciudad la una sin la otra. Y bueno, así es. Dos mujeres indias guapas, jóvenes, misteriosas, solo para mí. ¡Y el respeto que siempre me muestran! Estaban supercontentas de largarse de allí, de comer en mi casa, de que las enseñara a leer y a escribir… pero son fértiles como conejos. ¡Seis hijos, por Dios!», soltó todo de repente el Gran Michael, y Linda lo observó con mucha más atención, vio que estaba en una trampa que él mismo se había puesto a sí mismo, pero no sintió lástima por él. Le sorprendió su propia sensación de deseárselo, de querer que sufriera, de querer para él dos furias del norte que gradualmente lo exprimirían hasta la muerte. «¿Y tú, señora Exxon Valdez, tienes hijos, un hombre y felicidad doméstica?», preguntó cortésmente tras unos momentos el dueño derrumbado de dos piezas.
«Sí, tengo un hombre, un excelente literato, pero por desgracia no podemos tener hijos, por eso me ha sorprendido que tuvieras seis.»
«Y tú querrías algún mocoso, ¿verdad?», la miró Michael.
«Claro que sí, porque la última vez que estuve en la reunión del instituto, los únicos que no tenían hijos éramos yo y un tipo que pasó veinticinco años en la cárcel por asesinato.»
Michael se rio y también la miró largamente, ahora con mucha más atención.
«Seguramente te merecerías un hijo, ¿verdad? Pero yo tengo un problema, yo no puedo hacértelo. Mis bellezas morenas quizá me hechizaran o algo, simplemente nunca se me levanta con ninguna otra mujer, pero les preguntaré si te puedo dar mi esperma. Las dos son muy majas.» Se levantó de la silla de plástico, al hacerlo la tiró a la arena, y antes de salir dejó a la atónita Linda su tarjeta de visita sobre la viscosa mesilla amarillenta.
—Mamá, ¿quieres decir… quieres decir que el arrogante de Michael te dio su esperma? ¿Quieres decir, de verdad quieres decir que…? —tartamudeó Pula. Ya no estaba sentada cómodamente en la butaca de cuero, ahora estaba volando por el cuarto de su madre como un cohete tembloroso, y no sabía qué tenía que decir, si tenía que enfadarse con su madre, o maldecirla, o si en realidad daba igual con qué esperma había nacido. Cuando se tranquilizó aproximadamente media hora más tarde y se bebió otro vodka hasta el fondo, miró, herida, a su madre, que la miraba inmóvil, como si observara una escena hacía mucho ensayada que hubiera repasado mil veces en su cabeza, cuando estaba tumbada en el saco de dormir de plumas, mirando hacia la noche—. Por favor, ya acaba de contármelo todo, ya lo repasaré más tarde —dijo Pula con un suspiro, y esta vez se sentó en la alfombra afelpada azul, cruzó las piernas y apoyó la barbilla en las manos.
—Bueno, y realmente ya no hay nada más que contar, todo fue como se pudo esperar de un científico serio. Le escribí que había estado sopesando su oferta y que me alegraba mucho, porque sabía que no era un sentimental, y que me escribiera si sus mujeres hermanas se lo permitían. Me respondió esto.
Linda Valparaíso sacó un sobre con el sello del Instituto de Serpientes, estaba doblado por la mitad y completamente manoseado, las letras de la carta ligeramente emborronadas. Pula preguntó si se la llevaba a las expediciones.
—Sí, me la llevaba… —Su madre asintió con la cabeza, titubeante.
Carta del Gran Michael a la doctora Valparaíso
¡Querida y hermosa Linda!
Será para mí un verdadero honor ofrecerte mi esperma. Que tenga un ágil latigazo y cumpla. Luego no quiero saber si has conseguido quedarte embarazada o no, simplemente es un regalo enviado a una bella mujer cubana que se lo merece. Aquella noche en Fortaleza no sé qué habría dado por poderte penetrar en algún asqueroso motel con un letrero luminoso. Pero entonces te vi bailar, vi centellear tus ojos en la oscuridad húmeda, tus dientes temblaban de impaciencia, tus piernas morenas se movían por la arena. Fue muy fuerte, muy trascendental. Pero desde que deseé tener el lujo de dos esposas, ya no me importa ningún «poder». No hubo ninguna contrariedad, no luché ni tuve que resolver ningún dilema. Solo vi frente a mí mi propia situación estúpida. No quise dejarme atrapar y arrastrar a tu deseo intenso. Me fastidió muchísimo, por eso no pasó nada conmigo esa noche. Sin embargo, me hechizaste con la terquedad con la que defiendes a los animales, y estás en tu derecho, porque las pobres criaturas mudas no tienen a nadie que las defienda. Cuando veo a los jóvenes activistas acneicos, pienso que los animales tampoco sacarán mucho de ellos, pero tú estás en otra categoría.
Querida y hermosa Linda, podría ser amor verdadero y quizá al final me convencieras de que es absurdo matar serpientes, pero sabes, yo ya estoy hasta las narices de mujeres convenciéndome. Para mí eres un hueso duro de roer, eres «mucho» para mí. Y también es posible que no crea en mí tanto como antes, en mi cabeza tengo cosas que no quiero perder con una relación amorosa. En todo caso, gracias por bailar, gracias por haberte puesto tan guapa para mí. Ah, en el Hospital Nacional de Boston, en la oficina de un amigo mío, el doctor Ulfice, encontrarás mi esperma; Ulfice lo sabe todo, no hacen falta papeles, iré allí y te dejaré mi regalo. Cuídate, y si algún día nos encontramos en un congreso, quizá nos saludemos y quizá no, según cómo estemos de humor.
Tu Michael
—Así que se enamoró de ti —constató Pula.
—Quizá —dijo Linda, y se rio.
—¿Y tú? ¿Tú también te enamoraste?
—No, pero su esperma funcionó, y tuve una hija.
—¿Y qué dijo papá, o sea Paulo? —Pula tragó en seco.
—Quiso separarse. Me gritó que si hacía lo que quería hacer haría los bártulos y se iría. Pero lo hice, estaba decidida, porque aunque no estaba enamorada, estaba convencida de que Michael era un hombre tan interesante que su hijo sería magnífico—. Miró hacia Pula, que se sonrojó—. Y cuando llamé a Paulo desde el hospital, que había salido bien y que podía recoger sus cosas y marcharse, Paulo en lugar de eso me gritó que ahora no podía dejarme sola, porque me conocía, que no me vigilaría y solo trabajaría, en lugar de cuidar el embarazo… y después, cuando naciste y él te vio por primera vez, se echó a llorar y ya no dijo ni una palabra sobre ninguna separación.
Pula se sonó, arrugó en la mano el pañuelo de papel y no supo qué decir ni qué cara poner. Se sentía bien y fatal al mismo tiempo. Tenía ganas de ir a ver a papá Paulo a su habitación, donde estaba sentado trabajando, y abrazarlo, o solo agarrarlo firmemente, pero seguramente le habría sorprendido bastante, porque Pula no hacía nada parecido a menudo.
—¡¿Y ahora, qué?! —levantó la voz a su madre, contra la que de repente sintió rabia.
—Nada. Solo quería decírtelo. ¿No debía? —Linda bajó los ojos ante la mirada acusadora de su hija. Pula se dio cuenta de que esta era la cerda edad adulta, de la que ya no se desharía, y de que solo era el principio, que todas estas cosas continuarían. Así que hoy no era y era verdad que Paulo era su padre, así que todo podía irse al carajo a su alrededor. Era la introducción al embrollo de la vida. El final de su habitación infantil y de pensar en si ponerse una horquilla rosa o verde. Desde ese momento daría igual. Porque fuera de su control pasarían hasta la saciedad cosas que ni intuía, cosas que fueron y siguen siendo, cosas que habían pasado para siempre.
Su madre seguía allí de pie. Miraba por la ventana hacia la acera. Quizá pensara en el doctor Michael, que hacía mucho tiempo que no era nada en su vida, y pensaba en su deseo aquella vez en la playa y en cómo la ofendió que el torturador de animales, tan seguro de sí mismo, no la quisiera meter en la cama. Pensaría también en Pula, en que no debía privarla de estos momentos. Se dio la vuelta y vio la expresión de enfado de su hija. Suspiró. Sabía que tarde o temprano su Pula debería entender que el mundo era un lugar imprevisible.
Pula habló, tras las grandes ventanas anochecía y Yan se removía en la silla de madera.
—¿Así que por eso estás ahora aquí? ¿Estabas buscando al Gran Michael? —sondeó.
—Sí y no, pero eso da para dos horas más, y no soy una gran cuentacuentos, para eso tengo a Hugo.
—¿Y cómo sabes que Michael ha vuelto? Todo es tan complicado, y yo solo quería vivir una vida corriente con Otto y trabajar en el instituto. En lugar de eso, tengo que ayudar a mi jefe muerto con unos deberes, y Otto no está, ¡y yo no sé por qué! —Yan estaba a punto de llorar, y Pula retorcía lentamente una mecha con el dedo.
Pensó en su padre «espermático» y también en por qué al final decidió que debía encontrarlo. Pero ahora no quería hablar de ello. Lo que tocaban eran las serpientes, que estaban relacionadas con todo esto. Animales que entran arrastrándose en los sueños, crecen en las ciénagas, vigilan el inframundo y con sus frágiles lomos equilibran las capas frías del mundo.
Sobre la autora

Markéta Pilátová (1973, Kroměříž) es escritora, traductora y periodista. Estudió filología hispánica e historia en la Universidad Palacký de Olomouc, donde trabajó como profesora ayudante durante seis años. Ejerció dos años como profesora de checo en la Universidad de Granada (España), antes de viajar a Argentina y Brasil, donde permaneció doce años, enseñando checo a los descendientes de compatriotas. Allí empezó a escribir novelas y libros infantiles, inspirados en el entorno local y las historias de exiliados checos. Como periodista, escribe principalmente para el semanario Respekt, en donde trabajó como corresponsal desde América Latina y España. Es autora de varias novelas, libros de relatos, poemas y once libros infantiles. Entre los más conocidos se encuentran Mis ojos te llevarán a casa (Baile del Sol, 2019), Tsunami Blues (Baile del Sol, 2016) y Con Baťa en la selva (2017). Ha sido nominada al Premio Josef Škvorecký y al Premio Magnesia Litera. Es una de las escritoras checas contemporáneas más traducidas.