Mandelshtam: un escritor que no escribía

Jorge Bustamante García

«Ósip Mandelshtam fue el poeta ruso más importante del siglo XX»

Joseph Brodski

Nadiezhda Yákovlevna, la mujer de Mandelshtam, dice en sus memorias que Ajmátova se interesaba en lo que había rodeado a Pushkin o Dostoievski, mientras Mandelshtam, por el contrario, ahondaba en la vida de sus coetáneos y era extraordinariamente observador de los demás y a pesar de su apariencia de hombre distraído sabía mucho acerca de todos los que lo rodeaban. Supo pronto que la poesía es una manera minuciosa de mirar y así lo anotó en uno de sus borradores: «La atención es una virtud del poeta. La distracción y la desidia son los subterfugios de la pereza lírica».

Nació en Varsovia en el seno de una familia judía, hijo de un comerciante en pieles y una profesora de música originaria de Lituania. Viajó con sus padres siendo aún muy chico a Petersburgo, y recibió una esmerada educación, primero en la universidad de esta ciudad y luego en la de Heidelberg, Alemania. Vivió en París entre 1907 y 1909, en donde asistió a cursos en la Sorbona y viajó en sus años juveniles por varios países europeos. Poeta de sólida formación, podía disertar de manera particularmente interesante sobre diversos temas. Era además un melómano exigente. Su poesía podía ser a veces sumamente transparente: «A quién, dime, debo agradecer,/ por la apacible alegría de respirar y vivir», o podía reflejar una excepcional hilaridad o una ironía implacable, como en sus poemas para niños y en sus textos satíricos. Sin embargo, gran parte de su poesía está dirigida a lectores exigentes, a los que hace pocas concesiones. En cierto momento, la burocracia ideológica presintió un peligro latente en esa poesía densa, refinadamente ambigua, llena de resonancias impredecibles, que escapaba a cualquier intento de control.

Su primer libro, Piedra (1913), apareció en una edición de autor de 300 ejemplares. Este libro abrió una puerta en su poesía para todos los fenómenos de la vida que viven en el tiempo y no sólo en la eternidad o en el instante, una puerta que conduce a otros libros, porque como lo dice con acierto Seamus Heaney «la poesía de Mandelshtam es de aquellas que abren brecha rumbo a la creación de otros poemas». En 1922 publica Tristia, poemas en donde ya lo que sencillamente existe es el mundo de la naturaleza, el mundo de las cosas sencillas. Pero el poeta amaba no tanto esas cosas, sino su existencia, el ser por el que eran posibles, y creía que ese era el más alto precepto de su poesía. Luego hay un silencio en su poesía. Es cuando Mandelshtam escribe sus mejores obras en prosa: El rumor del tiempo (1925), crónicas sobre su infancia, El sello egipcio (1928) y una selección de ensayos literarios Sobre la poesía (1928). De 1929 a 1933 escribe La cuarta prosa, Viaje a Armenia y Coloquio sobre Dante, este último un acercamiento telúrico, cristalográfico, casi geológico a la obra inmensa del gran florentino. Su curiosidad parecía infinita. Su mujer anota que Mandelshtam creía que cada poeta era un «perturbador del sentido», alguien que no utiliza tópicos, lugares comunes o frases hechas que están en boga entre la gente de su época, sino que extrae ideas de sus propias percepciones y escribe sus propias visiones de manera radical y absoluta. Esta parece ser la razón por la que un poeta irrita y enfurece a mucha gente de su época, incluso a quienes lo admiran.

Mandelshtam era un escritor que trabajaba de manera muy extraña. No necesitaba como otros de una mesa o un escritorio, sino que componía mentalmente sus versos mientras caminaba incesantemente por su habitación o vagaba sin rumbo por los bulevares y las calles. Necesitaba del movimiento y la poesía afloraba de pronto y se retenía en su cabeza, modulada por su propia voz, hasta que podía ser dictada a otro, generalmente su mujer, o escrita por él mismo después de vencer mil reticencias. Era un escritor que no tenía archivos, ni apuntes, ni manuscritos, era sencillamente un escritor que no escribía. Lo dijo irónicamente en La cuarta prosa: «No tengo letra, porque nunca escribo. Yo soy el único que trabajo con la voz, pero, a mi alrededor, la chusma escribe. ¡Qué escritor del diablo soy!». Así escribió los poemas de sus últimos libros Cuadernos de Moscú y Cuadernos de Vorónezh, donde Mandelshtam alcanzó el «acmé», el punto más alto de su poesía.

La poesía de Mandelshtam y varios hechos de su vida provocaron la hostilidad del régimen estalinista durante sus últimos años. Su actitud decididamente individualista, su concepto de la vida ajeno a todo colectivismo, y pecados como el haber abofeteado al escritor oficialista Alexis Tolstoi ante numerosos testigos en el Instituto de Escritores de Leningrado; o el ensalzar públicamente la figura de Anna Ajmátova; o el peor de todos, haber escrito poemas satíricos contra Stalin en los que lo llama «el montañés del Kremlin» y lo acusa de «destruir la razón y la vida», lo llevarían primero al destierro y luego a la muerte. Arrestado en 1934, pasó un exilio de tres años en la región de Vorónezh. En 1937 es liberado y regresó con su esposa Nadezhda a Moscú, pero al año siguiente es de nuevo aprehendido y enviado a un campo de trabajos forzados en la región del río Kolimá, al noreste lejano de Rusia, donde murió en diciembre de 1938 en la más abyecta de las circunstancias. Como recordarían algunos sobrevivientes después, al poeta lo enterraron en una fosa común. Unos días antes de morir le había escrito a su hermano Alexandr: «Mi salud es pésima. He adelgazado mortalmente, estoy hecho una piltrafa. Enviarme cosas, víveres y dinero, no se si tendría algún sentido. Inténtalo de todas maneras, padezco mucho sin mis cosas…». Al igual que Jlébnikov y muchos otros poetas rusos Mandelshtam escribió desde la precariedad. Y desde la precariedad construyó toda su obra. Como en su poema «Tristia», estudió la ciencia de la despedida en las antiguas quejas de la noche e intuyó que todo había pasado antes, que todo se repetiría de nuevo. Y supo que sólo es dulce el instante del reconocimiento.

Leer sólo libros infantiles,

                                    Acariciar sólo pensamientos incautos,

                                    Disipar todo lo que huela a solemne,

                                    Sublevarse contra la honda tristeza.

                                    Yo estoy mortalmente cansado de la vida,

                                    No admito nada de ella,

                                    Pero aún así amo esta pobre tierra

                                    Porque no conozco otra.

De niño, en un jardín remoto, solía mecerme

Sobre un columpio de madera sencilla,

Y recuerdo los altos y obscuros abetos

En medio del delirio brumoso.

                                   1908

El oído afinado dirige la vela sensitiva,

La mirada dilatada se desdobla

Y un coro enmudecido de pájaros nocturnos

Atraviesa el silencio.

Yo soy tan pobre como la naturaleza,

Y tan simple como el firmamento,

Y mi libertad es tan quimérica

Como el canto de los pájaros nocturnos.

Yo veo al mes inanimado

Y al cielo más muerto que el lienzo;

Y acepto del vacío

 ¡Su mundo enfermo y extraño!

                                                                                               1910

Guarda siempre mi palabra tras un dejo de desgracia y humo,

Tras la resina de la paciencia circular, tras la brea vergonzosa del trabajo…

Como el agua que en los pozos de Nóvgorod debe ser negra y dulce,

Para que en la Navidad se refleje en ella la estrella de siete alas.

Y por ello, padre mío, mi amigo y burdo ayudante,

Soy un hermano bastardo, un renegado del pueblo,

Que promete edificar grandes y frondosas construcciones

Para que en ellos se mueran los príncipes.

Ojalá me amaran sólo a mí estos parajes helados

Como los bolos que, apuntando a la muerte, golpean el jardín,

Aunque pase toda la vida en una camisa de hierro

Encontraré para la ejecución un hacha en el bosque.

                                           3 de mayo de 1931

Me extravié en el cielo ¿Qué puedo hacer?

Quien esté cerca – ¡conteste!

Sería mejor para ustedes hablar

De las vigorosas visiones dantescas.

No puedo separarme de la vida:

Aunque ella mate y acaricie,

En los oídos y en las cuencas de los ojos

Se posa la tristeza florentina.

No coloques, por favor, no coloques

Laurel amoroso en el whisky,

Mejor despedaza mi corazón

En trozos de sonidos azules.

Y cuando muera, este servidor,

Amigo en vida de todos los vivos,

Como eco celeste en el pecho

Resonará en lo alto y profundo.

                                     9-19 de marzo de 1937