¡Leer sin falta Tiji Don!

Omar Lobos

He completado la lectura de la epopeya de Mijaíl Shólojov Tiji Don (me cuesta traducir el adjetivo, volveré sobre esto) y he quedado capturado en su atmósfera, embargado por ella, con lágrimas en el pecho. A través de sus por momentos arrolladoras mil quinientas cincuenta páginas, he amado a este pueblo, los cosacos, los he compadecido, me ha conmovido su amor a la tierra, la naturaleza, las canciones, los caballos, me han conquistado su arrojo, su dureza y su ternura, he vivenciado la tremenda tragedia de su ocaso, del ocaso del mundo en que habían vivido y se había desarrollado su cultura a lo largo de cinco siglos. «¿De dónde venimos los cosacos?», se pregunta alguien en la primera parte, «¿de los rusos? No, los cosacos vienen de los cosacos», le responden, «en la antigüedad los siervos huían de los terratenientes, se asentaron en el Don, y a ellos llamaron cosacos» (Шолохов, 2015, стр. 133).

La pregunta recurrente y primera en los abordajes de la obra desde su aparición misma fue: ¿cómo pudo un joven de veinte y apenas años pintar tamaño lienzo cultural e histórico, además de la profundidad de los caracteres y la complejidad de las relaciones humanas que ofrece? Pues Mijaíl Alexándrovich Shólojov nació en 1905 (hay también quien dice que antes), y los dos primeros de los cuatro libros del Tiji Don se publicaron en la revista Oktiabr’ durante 1928, el tercero entre 1929 y 1932, y el cuarto y último en 1940. En el medio de este interregno se acusó al joven autor de plagio y se armó una comisión para investigar el asunto; la comisión, ante los borradores y manuscritos presentados por Shólojov y el contraste con sus obras previas, justificó la autoría de este. Pero las dudas siguieron, y hasta hoy hay quien defiende que la casi totalidad de la obra (salvo la última parte del cuarto libro) fue escrita en su primera versión por el escritor cosaco blanco Fiódor Dmítrievich Kriúkov, muerto de tifus en 1920 según versiones, o bien asesinado según otras (y como si la novela fuera poca, ¡las sospechas del asesinato y el robo de su archivo recaen sobre quien luego será el suegro de Shólojov!). Kriúkov dejó muchos relatos de tema cosaco, entre los que se cuentan el más célebre «Las ondas» («Зыбь») у «En el tiji Don». Pero, antes de esta su obra magna, el joven Shólojov ya había publicado en diversos diarios y revistas soviéticas algunos de sus Cuentos del Don, cuyo estilo y lenguaje prenuncia el de la epopeya, y luego en 1931, en la misma vena escribirá su otra gran novela, Tierra virgen recién roturada (Pódñataia Tseliná). Por otra parte, ninguno de los que defienden su autoría deja de admitir que seguramente Shólojov utilizó apuntes y diarios de otros (Tolstói también lo hizo para escribir su epopeya), pero, como se señala por ahí, era preciso también comprender el valor de estos documentos a tan joven edad para poder reelaborarlos.

Cito a propósito de la cuestionada autoría la opinión del crítico Vladímir Bondarenko:

«¿Por qué con este dizque campesino analfabeto Shólojov tenían amistad Alexandr Serafimóvich, Andréi Platónov y otros importantísimos escritores en la propia Rusia? ¿Acaso eran tan tontos que en el más cercano trato no podían ver la falta de autonomía de Shólojov? Honestamente, considero como segundo testimonio autorizado después del general blanco Krasnov [ver más abajo] a Iósif Stalin. Ninguna falta le hacía a él en el rol del más empinado escritor soviético un plagiador. Y sus especialistas, de haber olido algo semejante, le habrían informado. Y además el gran jefe, a diferencia de los escépticos de hoy, tenía un gusto estupendo. Valoraba la maestría aun de sus enemigos. Por otro lado, también grandes artistas a quienes Mijaíl Shólojov disgustaba, tales como Alexandr Fadéiev o Vladímir Nabókov, rechazaban de plano no su autoría, sino, el uno, el exceso de guardiablanquismo en la novela, y el otro, su profundísima naródnost’.» (Бондаренко, 2015)

Ígor Sujij, en su libro El canon ruso: libros del siglo XX, dirá que, como haya sido, lo más importante es que tenemos el Tiji Don, así como tenemos La Ilíada y La Odisea sin saber si existió realmente Homero (Сухих, 2024, стр. 6). El propio Shólojov, en una entrevista televisiva de 1975, dirá que a la obra en realidad la escribió el Don, haciendo eco a un crítico teatral del siglo XIX, que dijo que el famoso drama «La tormenta» no lo había escrito Alexandr Ostrovski: «El Volga lo escribió». Shólojov dirá además que siempre lo asombró el hecho de que toda la gente en su época no se haya puesto a escribir, tantos eran los acontecimientos y la necesidad de darles una determinada forma y un sentido.

La obra conquistó el Premio Stalin en 1941 e hizo merecedor a Shólojov del Nobel de Literatura en 1965.[1]

Mijaíl Alexándrovich Shólojov nació en el Alto Don, en la stañitsa (colonia rural) Vióshenskaia (poblado de Kruyílinski), que sería el epicentro de los levantamientos cosacos en la región en 1919 contra el incipiente poder soviético. Sus padres no eran cosacos, aunque en algunos comentarios biográficos se dé tal condición a su madre (en realidad, hija de ex siervos de la gleba). Pero lo cierto es que él creció y se educó en ese ambiente. Vivió la guerra civil, que sobrevino a la revolución y el fin de la primera gran guerra, en su aldea natal, a posteriori leyó las memorias de empinados protagonistas de esa gesta como los generales Denikin y Krasnov (el general antisoviético Piotr Krasnov –conocedor además del mundo cosaco hasta sus más mínimos detalles–, que según Bondarenko se admiró hasta el final de sus días del genio de Shólojov), y además tuvo oportunidad de hablar con muchos que participaron de los levantamientos, incluso con el inspirador del protagonista de su obra, el atamán y comandante Jarlampi Vasílievich Ermakov, antes de que lo fusilaran en 1927.

El título, que en castellano se ha traducido como «El Don apacible», en italiano «Il placido Don», en portugués «O Don tranquilo», en inglés «The Quiet Don», conlleva una dificultad para encontrar una correspondencia, porque el adjetivo tiji puede significar «silencioso», «callado», «quedo», «silente». Ciertamente, tomando en cuenta los acontecimientos que se narran en la obra semejante calificativo no deja de sonar irónico, o al menos contradictorio. El caso es que Shólojov lo tomó del folklore en torno al Don que hay en el cancionero anónimo cosaco, donde tiji es el epíteto exclusivo e inseparable, inherente al río Don. De hecho, en la narración son numerosas las veces en que así se alude a él. Y en los epígrafes esto es avalado por viejas canciones cosacas: «¡Oy, padrecito nuestro tiji Don!/ Oy, ¿qué corrés, tiji Don, tan turbiecito?», «Cómo estás, padrecito, glorioso tiji Don,/ sustento nuestro, Don Ivánovich…», «Ortodoxo tiji Don», «Orgulloso es nuestro Don, padrecito tiji Don:/ Al infiel no se ha inclinado, a Moscú cómo vivir no ha preguntado». Aun Anna Ajmátova refiere a él así en su Réquiem: «Tijo corre el tiji Don…» (Тихо льётся тихий Дон…: «Calmo corre el calmo Don…»).

La trama novelesca está centrada en la familia Miélejov, a quien se conoce como «los turcos», por cuanto quien había iniciado el linaje se había traído, allá por mediados del siglo XIX, una muchacha turca en alguna de las campañas rusas. Esta transmitiría sus rasgos étnicos a su descendencia, cuyos exponentes serían conocidos como «los salvajonamente hermosos turcos Miélejov». El protagonista, Grigori, es un personaje de una dimensión tan extraordinaria como entrañable, superior –a mi criterio– a cualquiera de las criaturas tolstoianas. Se trata de un joven cosaco en edad de casarse (tiene 20 años), pero que al comenzar nomás la narración entabla una relación amorosa con la joven y bellísima Axinia, esposa de su vecino. El fatal y arrebatador amor de Axinia y Grigori, que será uno de los articuladores de la trama, está a la altura de los más grandes amores literarios de las letras universales, esto es, el non plus ultra del amor. Dirá además el escritor Ígor Volguin que se trata de la novela más erótica de toda la literatura rusa. El otro gran elemento articulador es, por supuesto, la revolución y la guerra civil. Los cuatro tomos del Tiji Don abarcan temporalmente desde 1912 –casi en vísperas de la primera guerra mundial– hasta 1921, cuando el triunfo de los bolcheviques en la guerra civil es ya inexorable.

Pero vuelvo a la familia de los «turcos» Miélejov. Panteléi Prokófievich, hijo de la cautiva turca, ha tenido con su esposa Vasilisa Illínishna tres hijos: Petró –ya casado con la bella y osada Daria, otro de los grandes personajes femeninos–, Grigori y la adolescente Duniasha. Para conjurar la problemática pasión de Grigori por una mujer ajena los padres deciden casarlo con la hija de los ricos Kórshunov, Natalia, criatura hermosa, educada en el trabajo duro y un tanto retraída, que inmediatamente se prenda de Grigori aunque conoce la historia de aquel y se sabe no correspondida. El motivo del triángulo amoroso representa también un potentísimo nervio en la trama, y especialmente en el alma de Grigori. La familia Kórshunov aporta además el personaje de Dmitri (Mitka), hermano menor de Natalia, que devendrá en encarnizado (arribista y cruel) soldado de los blancos. En contraparte, el joven cosaco Misha Koshevói, amigo de infancia de los hermanos Miélejov, enamorado de Duniasha, se convertirá en un importante y duro cuadro bolchevique, y llegará a tener en sus manos el destino de su cuñado Grigori (sin hablar de lo que antes de eso habrá significado para el hermano Petró).

Ya en las primeras páginas se da el encuentro que dispara el amor de sus destinos entre Axinia y Grigori, junto al Don: ella, que ha bajado a buscar agua con dos baldes, y él, montado, a dar de beber a su caballo. La imagen de este primer encuentro fatídico es la que está inmortalizada en la escultura de Nikolái Moyáiev a la vera del río en la aldea de Shólojov. Al despertar del amor sobrevendrán de inmediato las amargas peripecias a las que se verán condenados: la represalia del marido sobre ella, el casamiento de Grigori con Natalia, la necesidad de huir con Axinia de la aldea, el embarazo, la guerra… Es solo el comienzo.

La guerra, las escenas de guerra (primero la mundial, luego la civil), desnudas en su crueldad, ocupan quizá más abundantes páginas que las de la saga familiar. Grigori, reclutado, debe marchar al frente austríaco, y aprender a matar. Lo hace, disciplinadamente, aunque el corazón le golpea fuerte. Tendrá una suerte de «maestro» en su compañero cosaco apodado «Chubati» («el del jopo», чуб), diestro en matar fría y –digamos– filosóficamente al enemigo, por eso Grigori sentirá por él una animadversión espantada, ante lo que dice y, sobre todo, ante lo que es capaz de hacer y hace. Pero la guerra es eso: sangre, mandobles, hachazos, despiadadas ejecuciones a sable, cráneos partidos, carne cortada, muerte. A menudo la crítica ha aludido a Grigori como un «Hamlet cosaco» (Sujíj, por ejemplo). No me parece, porque, si bien tiene un temperamento reflexivo y las dudas lo abruman, Grigori tiene que vivir su destino en la acción, en la vida que le toca vivir y que no le permite pararse demasiado en cavilaciones. En todo caso, es antes un «buscador de la Verdad», figura tan cara a la tradición literaria rusa, y la búsqueda de la verdad es siempre un camino activo.

Con la partida de Grigori a la guerra comienza otro tipo de tribulaciones en el seno familiar: meses sin noticias, angustias, insomnios, hasta el infundio horrible de que ha muerto, que pronto es desmentido (pero ¿quién quita la pena mortal del entretanto?). Y en este contexto comienza el derrotero trágico de Natalia, un personaje que devendrá entrañable, de los grandísimos personajes de la obra, llamado a despertar la compasión y la admiración del lector, tanto por su entereza como por sus insoportables momentos de quiebre. La visita a Axinia para pedirle que le devuelva a su marido representa un gran momento novelesco y evoca –aun si de modo asordinado– los duelos de mujeres famosos en Dostoievski.

Grigori ha luchado contra los austríacos en toda la Prusia oriental. Ha tenido ocasión de salvar de la muerte a su rival Stepán Astájov, el marido de Axinia, pese a lo cual restan irreconciliables. Se revela como un guerrero impar, recibe condecoraciones, es exaltado en su complexión épica. Su condición de herido en un hospital de Moscú le permite compartir su convalecencia con el ucraniano Garanyá, que inyecta en él un ideal revolucionario con el que Grigori siente inmediata empatía. Su alta médica y su vuelta a casa tendrá un doble corolario: la ruptura con Axinia, que le ha sido infiel en su ausencia, y el regreso con su mujer. En este punto se cierra el primer libro, al que se consagró en 1930 la primera –para mí fantástica– versión fílmica (muda) del Tiji Don. https://vk.com/video-3788326_456239246

En el segundo libro, sobre el fondo de la guerra imperialista comienza a cobrar relieve el movimiento revolucionario. Personajes episódicos, pero de gran fuerza en su caracterización, como Bunchuk (ficticio) y luego Podtiólkov (real) afirman este gran lienzo epocal donde domina la perspectiva popular y cosaca. El eje histórico articulador de este libro son las tensiones internas que terminarán desembocando en la guerra civil luego de la revolución de Octubre. Por un lado está el frustrado levantamiento del general Lavr Kornílov (cosaco de procedencia, que durante el llamado Gobierno Provisional quiso instalar una dictadura militar que contuviera el avance de los sectores de izquierda), cuando el zar ya ha abdicado pero el imperio ruso continúa en la guerra, y por el otro la cada vez mayor presencia e influencia bolchevique, hasta el definitivo parteaguas de Octubre.[2] Así es como con los personajes novelescos se mezclan figuras históricas dentro del mundo cosaco como el propio Kornílov o el general blanco Alexéi Kaledin, primer atamán electo de las Tropas del Don, o el ya mencionado Fiódor Podtiólkov, presidente del consejo de comisarios del pueblo de la República soviética del Don.

Más allá del extravío de Grigori sobre cuál partido tomar (ve cómo muchos cosacos se pliegan a la guardia roja, pero a la vez le repugnan algunas conductas de sus representantes; oye las voces de quienes piensan que si ganan los bolcheviques será suerte para los obreros, si ganan los blancos, para los terratenientes, pero que los cosacos no precisan ni a unos ni a otros), es un libro donde las contingencias de la familia Miélejov y, sobre todo, de los protagonistas quedan suspendidas en un impasse, asordinadas por la precipitación de los acontecimientos generales (salvo el nacimiento del casalito mellizo de Grigori y Natalia). No obstante, el dramático cierre del libro, con la ejecución en la aldea de los cabecillas bolcheviques capturados por los cosacos tiene un efecto potente: «Ustedes hacen la voluntad de los mercenarios alemanes, sin reconocer la responsabilidad colosal que asumen ante todo el pueblo cosaco», les increpan. Y la imprecación final de Grigori a su ex camarada Podtiólkov: «¡Vos, basura, vendiste los cosacos a los judíos!» (Шолохов, 2015, pág. 714).

Dirá Sujíj que «al parecer, un punto de vista integral en el mundo del Tiji Don es en general imposible. A diferencia del autor de Guerra y paz, que parte de la integralidad, de la unidad de la vida nacional en un tiempo de grandes puestas a prueba […], Shólojov en los libros segundo y tercero demuestra la disolución, el estallido del núcleo nacional, cuyas esquirlas se dispersan según diversas trayectorias» (Сухих, 2024, pág. 22). Asimismo, tampoco sería posible hallar un pensamiento, una idea que guíe la narración: Shólojov simplemente cuenta.[3] Y si un pensamiento hay, como dirá décadas después el propio autor, es que el pueblo combatió de los dos lados. Así comienza el libro tercero:

«En abril de 1918 en el Don se llevó a cabo una gran división: los cosacos de los distritos del norte que lucharon en el frente fueron con las unidades de soldados rojos en retirada; los cosacos de los distritos de abajo los persiguieron y empujaron contra las fronteras de la región. […] Solamente en 1918 la historia dividió definitivamente a los arribeños de los abajeños. Pero el comienzo de la división podía señalarse ya cientos de años atrás, cuando los menos prósperos cosacos de los distritos del norte, que no tenían ni las tierras fértiles en torno al Azov, ni viñedos, ni ricos recursos de caza y de pesca… invadían por su cuenta las tierras de los rusos…» (Шолохов, 2015, стр. 9 [2])

Las Tropas del Don, al mando del general Krasnov, se unen al ejército blanco del comandante Antón Denikin para luchar contra los bolcheviques. En su auxilio, desde los diversos extremos de Rusia se ha producido la intervención extranjera:

«Los acontecimientos se precipitaban día a día. En Siberia, el motín checoslovaco; en Ucrania, Majnó, que envalentonado había empezado a hablar con los alemanes en el dialecto de las armas y las ametralladoras.[4] El Cáucaso, Múrmansk, Arjánguelsk… Toda Rusia constreñida por aros de fuego… Toda Rusia en los tormentos de un gran reparto…» (Шолохов, 2015, pág. 41 [2])

En esta convulsión tremenda, hacer pie resulta muy difícil, esto es, poder saber dónde está la verdad; así, desde la perspectiva del «Hamlet» cosaco Grigori se deslizan miradas ambiguas sobre los comunistas:

«También después, cuando el regimiento ingresó en la franja de ininterrumpidos combates, cuando en lugar de cortinas de fuego ya había un frente extendido como una línea ondulada, Grigori siempre, al toparse con el enemigo, encontrándose en una cercanía inmediata con él, experimentaba el mismo agudo sentimiento de una enorme, insaciable curiosidad hacia los soldados rojos, hacia estos soldados rusos con los cuales por alguna razón tenía que luchar». (Шолохов, 2015, pág. 78 [2])

En otro momento, el comandante cosaco Pável Kudínov (personaje real) dirá bromeando a Grigori que este es «un bolchevique a medio hacer» y que por eso no le gustan los rangos (Шолохов, 2015, pág. 375 [2]). Ciertamente, no es un bolchevique, pero así y todo «algo similar». No obstante, Grigori empieza a aparecer en listas negras como «de ánimo hostil» contra el poder soviético. Y cuando los rojos llegan al Don, y enseguida a su aldea, esa hostilidad se ve confirmada por los abusos de los bolcheviques: disparan contra los perros, requisan caballos… fusilan: su propio suegro será una de las primeras víctimas. Esto desata en mayo de 1919 el llamado Levantamiento de Vióshenskaia (la stanitsa de Shólojov, que sería el epicentro de la rebelión cosaca contra el poder soviético). Comienza aquí una serie dramática de ataques y contraataques que enfrentan a hombres de la misma aldea, devenidos en Caínes de sus propios hermanos, tanto de un lado como del otro. El odio, las represalias entre vecinos y casi familiares destruyen la vieja comunidad y trazan una deriva descarnada y trágica, criminal, sangrienta. La vida en el Don ha sido definitivamente perturbada.

«Iván Alexéievich, al mirar por última vez, vio esta deslumbrante y resplandeciente franjita de seda, y ante sus ojos por alguna razón se alzó desgreñado por el viento seco el pecho del Don, las verdes olas crinudas y una oblicuamente inclinada, delineando con su extremo la cresta de una ola, blanca ala de una gaviota pescadora». (Шолохов, 2015, pág. 497)

El Don se ha transformado en un campo de lucha decisivo en la deriva de la guerra civil. Grigori deviene uno de los comandantes de las tropas sublevadas y ocasiona a los rojos derrotas formidables. Mientras se encuentra en lucha, lejos de su hogar, bebe terriblemente, tiene amores de paso con cuanta mujer o jovencita se cruce en su camino, pero al pasarse la embriaguez su pensamiento vuelve inexorablemente a Axinia: «¡Amorito! ¡Inolvidada!».

Finalmente, los sublevados se unirán –mal que pese a Grigori– al Ejército (blanco) del Don, auxiliado con armas e incluso aeroplanos por la intervención extranjera desde el Mar Negro. «La amarga necesidad nos unió a esa maldita basura», dirá.

Además de la referida cuestión del plagio, hubo otras razones que explican los tres largos años que se estiró la publicación de este tercer libro. El nuevo jefe de redacción de la revista Oktiabr’, reemplazante del bien dispuesto hacia Shólojov Alexandr Serafimóvich, fue el ascendente Alexandr Fadéiev, que en este tercer libro exigía –según referirá el propio Shólojov– «hacer a Grigori uno de los nuestros», y para eso debía eliminar todo lo referente al levantamiento cosaco de 1919 en el que participa activamente.[5] El autor se oponía de modo terminante, y se vio obligado a solicitar la mediación de Maxim Gorki y a través de este la del propio Stalin, quien finalmente autorizó la publicación (Чувиляев, 2018). Resulta asombroso, teniendo en cuenta el contexto de creciente férrea censura, que una obra tan ambigua respecto de su tratamiento de blancos y rojos haya visto finalmente la luz. (Hay diversas conjeturas sobre esto).

El cuarto libro tiene dos partes: la primera, que se cierra con la retirada definitiva de los restos del ejército blanco y la emigración masiva desde los puertos del Mar Negro, deja a Grigori entre la disyuntiva de emigrar también o –para «lavar sus culpas»– unirse al Ejército Rojo. Indiferentemente, optará por esto último. Una vieja canción cosaca, entonada por varias voces, refrenda en el final esta claudicación: «Y en un sombrío silencio oían esta poderosa canción los descendientes de los cosacos libres, que oprobiosamente se habían retirado, aplastados en una guerra sin gloria contra el pueblo ruso…» (Шолохов, 2015, pág. 635 [2]).

El Tolstói de Guerra y paz aparece en la crítica como la referencia obligada para comparar, contrastar, analogar con Tiji Don (en general con pérdida para este). No he leído (aún) análisis que mencionen a Nikolái Gógol, cuando (para mí) lo que salta a la vista en innumerables páginas es el epos arrebatador y bárbaro de Tarás Bulba. Contra la morosidad flemática de Tolstói, Shólojov sigue a sus criaturas en la punta de los nervios (y el filo de los sables).

«El chorro compacto de centurias cosacas, como el cauce de un río que se topa con un peñasco, se dividió suavemente en dos brazos dejando al descubierto la formación de soldados rojos. Desde detrás de una cerca, la centuria que yacía emboscada disparó una ráfaga, una segunda, una tercera… ¡Un grito! Un caballo con un soldado rojo rodó de cabeza. A otro se le doblaron las rodillas, el hocico en la nieve hasta las orejas. De las monturas arrancaron las balas a otros tres o cuatro soldados rojos. Mientras a todo galope los demás, apretándose unos contra otros, volvían grupas, les dispararon un cargador y se callaron. Grigori apenas tuvo tiempo de gritar con voz entrecortada: «¡Centu-riaa…!», cuando miles de patas de caballos, arando la nieve en una vuelta cerrada, giraron y se lanzaron en persecución». (Шолохов, 2015, стр. 408 [2])

Señala Iván Chuviliáiev:

«Los héroes principales de la epopeya –sea «La Ilíada» o «Guerra y paz»– son tradicionalmente creadores activos de la historia, representantes de las capas superiores de la sociedad. El autor de «Tiji Don» los reemplaza por personas «corrientes», que se vuelven partícipes de acontecimientos históricos no por derecho de nacimiento, sino gracias a la convergencia de circunstancias y a los propios esfuerzos: Grigori Miélejov presta servicio hasta llegar a oficial, lo valoran tanto en el ejército zarista, como en el blanco, como en el rojo». (Чувиляев, 2018)

Pero el escritor Alexandr Snieguiriov dirá que Shólojov en sus personajes «corrientes» en realidad pintó dioses. La apariencia de personas del común con la que aparecen investidos pronto deja develarse a figuras que pertenecen a otra dimensión. Grigori no es un cosaco corriente, Axinia –dice Snieguiriov– es una diosa griega de la Antigüedad clásica.[6]  Y en todo esto ha obrado sin dudas la tremenda empatía del autor por el fuerte, laborioso y poético pueblo cosaco y su destino.

Un apartado particular sin duda merecen las mujeres de esta epopeya, que ciertamente, por ser mujeres, quedan excluidas del género –que siempre es cosa de hombres–, si bien contribuyen grandemente al fondo dramático que las epopeyas infaliblemente necesitan (¿qué sería «La Odisea» sin la espera de Penélope y el asedio de los pretendientes? ¿y qué de «Guerra y paz» sin la figura de Natasha Rostova y su gravitación en los personajes masculinos principales?). En Tiji Don cada una de las mujeres de la familia Miélejov tiene un relieve extraordinario, en algún caso superior al de los varones, como ocurre con Daria respecto de su esposo Petró. Y hasta cierto punto, Illínishna, la madre de los muchachos, adquirirá un contorno más dramático que el de su propio marido Panteléi Prokófievich, sobre todo hacia el final, cuando al borde de sus facultades mentales se le acaben las fuerzas para seguir esperando el regreso de su hijo Grigori. Illínishna, celosa guardiana del hogar, comprensiva con sus nueras (y finalmente incluso con la aborrecida Axinia) y protectora de ellas. Las mujeres se comprenden, comprenden su situación en un orden fuertemente patriarcal, y eso crea solidaridades profundas, inteligencia, amistad. Una escena potentísima es sin dudas aquella en el campo, cuando bajo la tormenta en ciernes, Natalia desahoga sus desdichas en confidencias con su madre política y luego, desesperada, maldice a Grigori alzando los puños al cielo delante de la madre. Si bien esta consigue contenerla, a Illínishna se le partirá el corazón cuando comprenda que la triste suerte de Natalia está echada.

Natalia, esa admirable y adorable «mujer rusa», al modo en que Dostoievski definió a la Tatiana de Evgueni Onieguin, es un personaje de una belleza moral tremenda. Grigori lo comprende, y la ama –a su manera– muy profundamente, tanto más cuando deviene la madre de sus hijos. Abnegada, trabajadora, sumisa –Grigori hasta la habrá acusado de «helada» en el amor–, funciona como una contracara de la fuerte y sensual Axinia. En el libro cuarto devendrá una de las criaturas más conmovedoras y trágicas de la saga.

Daria, la otra nuera, es la imagen de la libertad sexual entre las mujeres cosacas, las yalmierkas (según definición, «cosaca cuyo marido presta servicio militar») o las viudas. Instinto independiente y rebelde es el de Daria, que no trepida en legitimar sus deseos sexuales, enrostrándoselos aun a su propio suegro, con quien siempre ha tenido una relación tensa, cuando su esposo Petró lleva meses en la guerra. Tampoco le temblará la mano para tomar un arma y vengar a este, cuando llegue el momento, y desde allí irá trazando su propio derrotero trágico, fiel hasta el final a su temperamento impulsivo y, a su modo, justiciero.

Axinia, abusada en su infancia, golpeada, sola, después de su malograda maternidad su amor por Grigori se convierte en el único y poderosísimo sostén de su vida. Una suerte de fémina infernal, como dice alguien por allí, en la línea de la Nastasia Filíppovna dostoievskiana, humillada y ofendida, o bien «una diosa de la mitología griega», se ve desde el comienzo condenada al rol de «la querida» de Grigori, pero sabe en cambio que él la ama apasionada y fatalmente a ella sola, desde lo más hondo del amor, y por eso arrostra todos los golpes (físicos y morales), la maledicencia, el desprecio, la zozobra, el miedo. En el libro cuarto, ante el acoso oportunista de un cosaco que quiere forzarla en el camino, ella dirá –en principio para disuadir a este invocando un nombre famoso e imponente, pero también con la cierta orgullosa afirmación de algo definitivamente conquistado–: «¡Yo soy la mujer de Grigori Miélejov!» (Шолохов, 2015, pág. 400 [2]). Y en otra figuración dostoievskiana, dirá a su Grisha[7] que lo seguirá siempre «como un perrito». Axinia aparece como un personaje novedoso en la literatura rusa, alguien que conquista su legitimidad desde los márgenes y cuya entereza es fruto de su incondicional amor. Puede leerse como una gran metonimia de la vida cosaca: emocional, bella, rebelde, volitiva, en tensión con un deber ser que se va revelando implacable.

Aun el personaje de la joven Duniasha, hermana menor de Petró y Grigori, no escapa a los terribles conflictos: su amor (correspondido) hacia Misha Koshevói se verá trágicamente atravesado por la enemistad de este con sus hermanos, de quienes está llamado a convertirse en verdugo.

Hacia el final, cuando ya el lector ama a morir a Grigori y se le aprieta el corazón por la inminente resolución de su destino, Shólojov nos somete a la tensión y el suspenso insoportable de los capítulos finales (cuya inserción muchos, como Alexéi Tolstói, consideraban un error del autor). Grigori ya ha luchado en la Primera Guerra, luego se ha sublevado contra el poder soviético, se ha unido a los blancos, luego lucha junto con los rojos en el frente polaco, siete años consumió su juventud en la guerra, ha ido perdiendo a todos y cada uno de sus seres queridos, los integrantes de su familia. Este tránsito «por los verdes», las bandas de forajidos que luchaban «por el pueblo» a las que se ve movido a unirse, prolonga agónicamente la resolución de su vida. La obra se vuelve casi un policial de suspenso, de suspenso acongojado, ominoso. Pero ello hace que el final adquiera una potencia inusitada. El final final resulta de una maestría conmovedora, con mucho de parábola bíblica, ese repliegue sobre algo tan íntimo y sagrado como es su semilla, ese «no mucho» con lo que había soñado Grigori en tantas noches sin sueño. Como si se dijera, solamente este «no mucho» es la vida de un cosaco y lo único por lo que vive y se desvela. Y eso –al fin y al cabo– vale para cada hombre.

La lectura del Tiji Don ha constituido para mí una de aquellas cuyo residuo emocional sospechás imperecedero. Había comprado los dos tomos en Rostov del Don en 2015, y estos aguardaban su improbable turno en mi biblioteca. Cuando en esa primera visita al antiguo país de los cosacos buscaba libros sobre ellos, su cultura, su historia, invariablemente en todas las librerías me repetían el mantra: «Tiji Don», «Tiji Don», y nada más que «Tiji Don». El año pasado (2025), a raíz del seminario sobre literatura soviética que propusimos, me sentí movido a leerlo, a la par de otras obras literarias sobre la guerra civil. No imaginaba el efecto. Seguramente operaba en este prejuicio todo el estigma que sobre la literatura soviética en general se ha construido en Occidente, privándonos de obras formidables que caen bajo el rótulo de «realismo socialista» o –lo que es igual– «literatura de propaganda». Comprobé, además, el estatus de enciclopedia de la vida cosaca que resonaba en el mantra aquel.

En el siguiente link, pueden curiosearse buena parte de las versiones que circularon en español (aunque no figure la de Progreso, que al día de hoy es de las pocas que pueden conseguirse usadas): https://www.libros-antiguos-alcana.com/mijail-aleksandrovich-sholojov/el-don-apacible/libro

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En toda la Unión Soviética la popularidad del libro fue acrecentada y reforzada en el imaginario popular por la versión fílmica de 1957 (la considerada clásica), del célebre director Serguéi Guerásimov. Los protagonistas del film parecieron venir a ponerle un rostro definitivo a los personajes de Shólojov, y las versiones que sobrevinieron (las teleseries de Serguéi Bondarchuk, estrenada en 2006, y de Serguéi Ursuliak, en 2015), no consiguieron revertir esa contundencia. Así, el actor Piotr Glébov fue el Grigori por antonomasia, y lo mismo ocurrió con las grandes y bellísimas y brillantes actrices soviéticas Elina Buistrítskaia (Axinia), Zinaída Kiriénko (Natalia) y Liudmila Jitiáieva (Daria), que devinieron legendarias. «¡Qué clase de cosacas van a ser ustedes!», empezó por exclamar Guerásimov, «vean las manos de Buistrístkaia, recién salidas de la manicura». Y las mandó a un koljoz a trabajar la tierra y estropearse las manos. La filmación en el Don, su detrás de cámara, construyó un largo anecdotario con que el público soviético y luego ruso se solazaba (y aún se solaza) ante cada encuentro con alguno de los artistas, sea entrevista o concierto. Al codiciado rol de Axinia, por ejemplo, aspiraba la ya devenida famosa actriz de origen cosaco Nonna Mordiukova, conocida en toda la URSS por su protagonismo en la película «La joven guardia» (1948), basada en la novela homónima de Alexandr Fadéiev. Pero según Buistrítskaia a ella la eligieron los hijos de Shólojov al ver su foto («Acá tenés a Axinia»), y obtuvo el rol. Mordiukova –siendo ya una de las más grandes actrices de la Unión Soviética– sobrellevó toda la vida la terrible ofensa, y sostenía que la interpretación de su rival había sido mala; tituló sus memorias: «La cosaca».

Película «El tiji Don», con subtítulos en castellano: https://www.youtube.com/watch?v=FJ4Ewf0_IVs

Piotr Glébov (Grigori) y Elina Buistrítskaia (Axinia)

Bibliografía

Бондаренко, В. (23 de 02 de 2015). Ещё о «Тихом Доне». [Bondarienko, s sobre «Tiji Don»] Obtenido de Ли­те­ра­тур­ная Рос­сия: https://litrossia.ru/item/4021-oldarchive/

Сухих, И. (2024). Русский канон: книги XX века. [Sujíj, El canon ruso: libros del siglo XX] СПб: Азбука.

Чувиляев, И. (2018). Михаил Шолохов. Тихий Дон. [Chuviliáiev, Mijaíl Shólojov. Tiji Don] Obtenido de Полка: https://polka.academy/articles/573

Шолохов, М. (2015). Тихий Дон (2 т.). [Shólojov, Tiji Don (2 tomos)] Москва: Эксмо.

Notas

[1] Hoy día, la cuestión de la autoría aparece como definitivamente zanjada –en favor de Shólojov– por académicos de las más importantes universidades rusas que utilizaron métodos analíticos y estadísticos, pero toda esta leyenda sin dudas es ya parte de la obra.

[2] En sus apuntes autobiográficos, dirá Shólojov que empezó a escribir la obra en 1925 bajo el título de «La Dónschina» (la revuelta en el Don), sobre la marcha de Kornílov con los cosacos a Petrogrado y sin pensar en extenderla más allá de esta contingencia.

[3] El escritor, crítico y divulgador de la literatura rusa Dmitri Buíkov –gran admirador de la epopeya– dirá que Shólojov es Tolstói sin una filosofía de la historia, es decir, un «Tolstói sin cabeza». Programa televisivo «Clase abierta con Dmitri Buíkov» https://www.youtube.com/watch?v=E1UO3mt9zQ8&t=50s

[4] Néstor Majnó, jefe anarquista, que alternativamente acuerda con el Ejército Rojo, luego se rebela, funda una república campesina sobre el Dniepr, se alía circunstancialmente con los nacionalistas ucranianos, etc.

[5] Según refiere Dmitri Buíkov, cuando Shólojov escribía el cuarto libro viajó a verlo a Vióshenskaia Alexéi Tolstói para pedirle lo mismo: que en el final Grigori se convirtiera en bolchevique.

[6] Véase programa «El juego de abalorios», del escritor y crítico Ígor Volguin. https://www.youtube.com/watch?v=sufnZ9IVdbo

[7] Diminutivo de Grigori.