La utopía en retrospectiva: el socialismo yugoslavo

Rastko Močnik

Presentación y análisis: Julia Sarachu
Traducción: Florencia Ferre

Entrevista en vivo con la participación de Eugenio López Arriazu, Diego Gómez y Rok Fink.

El profesor López Arriazu propuso invitar a Rastko Močnik para el cierre del Encuentro Nacional sobre utopías y sus derivas en agosto 2021, me pareció una gran idea así que le escribí inmediatamente y él aceptó enseguida. Conocí al profesor Močnik en 2018 cuando viajé a Eslovenia para asistir al 54° Seminario de Lengua, Cultura y Literatura Eslovena en la Universidad de Ljubljana; quería entrevistarlo personalmente porque había leído y analizado su obra para mi tesis doctoral, me interesaba hacerle preguntas y cuestionar algunos puntos de su interpretación del proceso de canonización de la obra del poeta esloveno France Prešeren, me sentía muy emocionada por conocerlo y tener la oportunidad de discutir con él, porque admiraba su trabajo y quería poner a prueba mis propias ideas con un intelectual de su estatura. En el N°5 de Revista Eslavia se encuentra publicada la desgrabación de la entrevista completa.

Rastko Močnik estudió sociología e historia de la literatura en la Universidad de Ljubljana, se doctoró en la École des hautes études en sciences sociales de París bajo supervisión de Algirdas Julien Greimas, y desde 1984 es profesor de sociología en la Facultad de Artes de la Universidad de Ljubljana. Pero en este caso nos interesaba especialmente como sociólogo, y en su faceta de activista político. Actualmente Močnik representa el pensamiento de izquierda más duramente crítico de la política eslovena a partir de la secesión de Yugoeslavia y su incorporación a la Comunidad Económica Europea. Si bien dentro del contexto yugoeslavo Močnik sostuvo una posición crítica en relación a algunos aspectos del régimen socialista (vinculados a la pérdida de la capacidad de decisión por parte de los colectivos de trabajo y el monopolio del poder que asumieron los grupos gerenciales de las empresas autogestionadas aliados a la burocracia estatal), sin embargo, en el momento decisivo, cuando los eslovenos votaron el plebiscito para definir la permanencia en la confederación de los estados que formaban Yugoeslavia, Močnik se opuso radicalmente a la secesión. A partir de entonces ocupó una posición fuertemente crítica del proceso de desmantelación de la economía social y la entrega de las empresas al capital internacional. De este modo Močnik reúne el conocimiento teórico y la experiencia de haber atravesado los momentos de construcción y apogeo del socialismo en Yugoeslavia, y luego los conflictos y tensiones que produjeron su desintegración, y a pesar de todo continúa sosteniendo la necesidad de trabajar por la transformación de las estructuras sociales en el sentido de la autodeterminación, la democracia y la igualdad, sigue proyectando un pensamiento utópico a pesar de todo. Por eso su intervención en el encuentro sobre utopías resultaba fundamental. Močnik afirma que los intelectuales tienen la responsabilidad moral de proponer un modelo superador que genere el contexto necesario para la transformación de las condiciones de existencia; sin embargo, considera que en el pensamiento actual predomina una actitud conformista, derivada de la experiencia del fracaso de los socialismos del siglo XX. Por lo tanto, es necesario analizar las causas que provocaron dichos fracasos para salir de la situación de desazón en la que se encuentra el pensamiento actual, para poder superar la frustración y el duelo de la filosofía y volver a desarrollar expectativas de transformación social. Partiendo de esta reflexión, Močnik, en su artículo, analiza paso a paso las modificaciones constitucionales, las políticas económicas y las influencias externas que se encadenaron, desde 1950 hasta 1990, provocando el crecimiento, apogeo, crisis y desintegración de la República Socialista de Yugoeslavia.

La dinámica de la interacción fue la siguiente: en un principio le pedimos el texto en inglés, pensando publicarlo directamente en ese idioma junto con las ponencias de la jornada. Sin embargo, al recibir el trabajo, nos pareció demasiado interesante como para reducir la posibilidad de acceso solo a aquellos que pudieran leerlo en ese idioma. Entonces decidimos traducirlo, Florencia Ferre hizo un excelente trabajo de traducción del inglés, pudiendo consultar las dudas con el autor en esloveno. El encuentro se realizó de manera virtual el sábado 28 de agosto 2021 a las 18 hs, comencé con una presentación del profesor y una exposición e interpretación de su texto. Luego Eugenio López Arriazu coordinó en inglés la entrevista en vivo, en la que alumnos y profesores de la Universidad de Buenos Aires pudieron hacerle preguntas y cuestionar sus puntos de vista. Se destaca la participación de Diego Gómez, quien, conociendo en profundidad la historia social de Yugoeslavia, los conceptos de la teoría sociológica y el análisis marxista, pudo establecer un diálogo en el mismo registro de los conceptos expresados en el texto de Močnik. Por mi parte, como siempre, lo interpelé y cuestioné los fundamentos de su posición desde un punto de vista más filosófico. A continuación presentamos el texto del profesor Močnik traducido por Florencia Ferre. Puede verse aquí el video de la entrevista:

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La utopía en retrospectiva: el socialismo yugoslavo

Добрые и сильные, честные и умеющие, недавно вы начали возникать между нами, но вас уже не мало, и быстро становится все больше. Если бы вы были публика, мне уже не нужно было бы писать; если бы вас еще не было, мне еще не было бы можно писать. Но вы еще не публика, а уже вы есть между публикою, — потому мне еще нужно и уже можно писать.

Buenos y fuertes, honestos y sabios no hace mucho han empezado a surgir entre nosotros, pero ya no son pocos, y aumentan rápidamente. Si ustedes fueran el público, ya no sería necesario que yo escribiera; si aún no existieran, yo aún no podría escribir. Pero ustedes aún no son el público, aunque ya están entre el público… de modo que aún es necesario que yo escriba y ya puedo escribir.
Nikolai G. Chernyshevski[1]

Una utopía no puede ser del todo “utópica”. Las personas concretas en situaciones concretas son quienes la imaginan, y las restricciones históricas, las limitaciones de sus mentes imprimen a la utopía una marca de realismo. En el epígrafe, Chernyshevski define sucintamente el lugar de su escritura utópica entre “ya no” y “aún no”. Parecería que en siglo XIX eran más optimistas de lo que somos en el presente:

De ahí que la humanidad siempre se plantee solo tareas que puede resolver, pues considerándolo más profundamente siempre hallaremos que la propia tarea solo surge cuando las condiciones materiales para su resolución ya existen, o, cuando menos, se hallan en proceso de devenir.[2]

Las personas se resisten a la opresión y la explotación: imaginan alternativas, atisban un futuro posible dentro de la realidad presente. El problema de la utopía no radica en su supuesta “imposibilidad”. El problema está en otra parte: el problema real es cómo formular las posibilidades que ya están aquí y ahora. La formulación adecuada de las posibilidades debe tener validez teórica y fuerza política:

  1. Indica cómo manejar las contradicciones del presente para llegar a un futuro alternativo.
  2. Moviliza al pueblo en acciones conjuntas de transformación.

De modo que una formulación correcta del proyecto “utópico” tiene una dimensión teórica y una política. La lucha por la transformación social tiene que inventar su propio “lenguaje” y despertar “pasiones” en el pueblo. Las revoluciones burguesas pasadas, con objetivos de clase limitados, también ofrecían “ilusiones”[3] para presentar su lucha particular como una lucha universal. Una transformación que apunte a la abolición de las clases no necesita ilusiones que la enceguezcan:

La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. […] Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el contenido; aquí, el contenido desborda la frase.[4]

Sin embargo, nuestra situación presente es bastante excepcional: hemos atravesado la debacle de un proyecto emancipatorio; hemos perdido nuestras últimas ilusiones; podemos aprender de los logros y fracasos de los socialismos históricos.

El caso yugoslavo es digno de atención por varias razones:

  1. La autogestión de los trabajadores en colectivos de trabajadores.
  2. La gestión social de los servicios sociales (educación, salud, cultura, sistema jubilatorio y servicios sociales).
  3. El sistema de delegación de la toma de decisiones política.
  4. La brutalidad de la destrucción de la federación.[5]

A continuación, presentaré un esquema aproximativo de la autogestión de los trabajadores y de la gestión social, las principales contradicciones del sistema, y esbozaré los procesos que destruyeron la federación socialista.

La autogestión de los trabajadores en colectivos de trabajadores

La autogestión se introdujo en las empresas en 1950, en el contexto de una economía centralizada planificada y de una organización estatista de la sociedad en su conjunto. Aunque al principio los colectivos de trabajadores gestionaban una parte menor del nuevo valor producido, la parte del valor bajo el control del colectivo de trabajadores crecía en forma sostenida.[6] Cuanto mayor era la parte de la producción de la que disponían los trabajadores, mayor era también la parte destinada al ingreso personal. Sin embargo, el incremento del ingreso personal neto estaba atrasado con respecto a la disminución de la parte de la producción apropiada por el estado para “las necesidades comunes y generales”.[7] Los colectivos de trabajadores no abusaban de su poder y cuidaban adecuadamente la reproducción ampliada. La combinación de la autogestión en las empresas, el planeamiento del estado central y la inversión estatal característicos de la primera fase era muy eficiente: el crecimiento del producto social jamás fue tan alto como durante los años cincuenta.[8]

La limitación de la autogestión a las empresas pronto desarrolló una contradicción entre las prácticas democráticas dentro de las unidades productivas y la administración de la sociedad en su conjunto por el partido-estado. Esta contradicción se manifestaba como la tensión entre la parte autogestionada de la reproducción de la fuerza de trabajo (los salarios), y los medios de producción en el nivel de la empresa; y, por otro lado, entre la parte regulada por el estado de la reproducción de la fuerza de trabajo (los servicios públicos) y los medios de producción en el nivel de la economía nacional. La contradicción entre la autogestión en las unidades de producción y la regulación estatal de la economía y la sociedad en su conjunto se estaba volviendo antagónica. Esta contradicción se expresaba en el conflicto entre los trabajadores y la administración del partido-estado. Dado que los trabajadores percibían a la dirección de las empresas como parte de la burocracia del partido-estado (una percepción por demás adecuada), a partir de 1958 en adelante el conflicto adoptó cada vez con mayor frecuencia la forma de huelgas en empresas particulares o en grupos de empresas interrelacionadas.[9]

Los yugoslavos respondieron a la crisis estructural, que se expresaba en conflictos políticos y en una merma en el comportamiento de la economía, con dos intervenciones: la nueva constitución de 1963 y la reforma económica de 1965.[10]

La constitución de 1963 aportó dos innovaciones dignas de especial atención.

  1. La introducción de la “gestión social” de los servicios públicos (educación, salud, cultura, sistema jubilatorio, servicios sociales).
  2. El establecimiento de un mecanismo que integraba a los colectivos de autogestión en un contexto territorial más amplio (el “sistema de delegación”).

La gestión social de los servicios sociales

La gestión social de los servicios públicos (educación, salud, cultura, sistema jubilatorio, servicios sociales) fue diseñada para impedir tanto la estatización burocrática como la comercialización de mercado de esas actividades. Permitía que las decisiones fueran tomadas por quienes tenían competencia en esos campos y quienes estarían afectados por las decisiones, es decir, los implementadores y los usuarios.[11]

La gestión de los servicios públicos se basaba en un sistema de “doble representación”: las unidades territoriales estaban representadas en los consejos (es decir, en los cuerpos de gestión) de las entidades del servicio público, y los servicios públicos estaban representados en los consejos y asambleas de las unidades territoriales.[12] La idea era asegurar la articulación directa de la producción-reproducción dentro de las unidades de servicios públicos a la reproducción de la porción correspondiente de la sociedad más amplia.

La gestión por “doble representación” intentaba sostener un sistema de producción y circulación no mercantilizado. Sin embargo, los bienes públicos producidos e intercambiados tenían su “precio” (es decir, tenían un valor expresado en dinero), un reconocimiento de que la ley del valor no había sido abolida y seguía funcionando dentro de la sociedad socialista autogestionada. De acuerdo con esto, la autogestión social puede verse como una formación de conciliación, que retiraba a los servicios públicos tanto de la acumulación de capital como de la administración estatal, mientras que mantenía su forma monetaria como uno de los mecanismos de su integración social. El otro mecanismo de su integración social era el sistema de su gestión por “doble representación”.

“Socialismo de mercado”

La reforma económica de 1965 introdujo el mercado como mecanismo de coordinación de las unidades productivas autogestionadas.[13] Desde principios de los años sesenta en adelante, dos fracciones competían dentro de la Liga Comunista: la fracción más antigua, “ortodoxa”, formada durante los años de la Internacional Comunista (estalinista) de preguerra, y la “liberal” o “tecnocrática”, compuesta en su mayoría por cuadros más jóvenes y profesionales. La reforma de 1965 fue el resultado del ascenso temporario de los “tecnócratas”, que consiguieron formar una alianza sólida con los altos mandos de empresas en especial en Croacia, Serbia y Eslovenia (las tres repúblicas más desarrolladas).

El establecimiento del “mercado socialista” produjo varios efectos. Las empresas comenzaron a operar como “capitales individuales” cuya producción se integra a la sociedad solo ex post a través de los mecanismos del mercado. Los consejos de trabajadores empezaron a actuar como “asambleas de accionistas”. El poder de los cuadros gerenciales aumentó considerablemente. Comenzó a percibirse a los servicios públicos como “gasto social”.

La reforma económica de 1965 se enfrentó a la contradicción entre la autogestión en las empresas y el estatismo administrativo en la sociedad en su conjunto de una forma muy diferente que la constitución de 1963. La constitución de 1963 intentó abolir el estatismo a través de la expansión de la autogestión hacia la sociedad en su conjunto y terminar así con el aislamiento productivo de las unidades productivas entre sí y de otros sistemas sociales (gobierno territorial, servicios públicos). Al contrario, la reforma económica volvió a aislar a las unidades productivas unas de otras con la introducción del mercado como mediador de su coordinación. La reforma separó a la industra y el comercio de los servicios públicos, que no operaban con arreglo a los principios del mercado.

El efecto conjunto de las reformas constitucional y económica fue que la gestión social operó bastante bien en los servicios públicos mientras que la autogestión en la industria y el comercio degeneró hacia una variante de democracia industrial dentro de las unidades productivas que competían en el mercado.

Intensificación de los conflictos después de la reforma de 1965

Aunque las reformas constitucional y económica operaban en direcciones opuestas, compartían una cierta ingenuidad ideológica. Su base ideológica en común era la creencia en que los mecanismos jurídicos y los mecanismos del mercado eran una suerte de instrumentos “neutrales” que podían introducirse en un marco general socialista en forma segura. Ambos presupuestos eran falsos. La hipertrofia de la regulación jurídica endureció las prácticas de autogestión y dio comienzo a un proceso de nueva burocratización. Los mecanismos del mercado crearon nuevos circuitos de poder, profundizaron las desigualdades sociales, aumentaron las desigualdades estructurales entre las empresas, sectores, regiones y, lo que resulta más importante, entre las repúblicas federales.

El funcionamiento orientado al mercado de las empresas fortaleció a los grupos gerenciales. Los grupos gerenciales se articularon políticamente bajo una plataforma de “modernización” que sus oponentes tildaron como “liberalismo tecnocrático”. Abogaban por la introducción de un “mercado socialista” y por la limitación de la autogestión a una forma de gobernanza corporativa leve; reclamaban que la gobernanza de esferas sociales determinadas estuviera a cargo de elites profesionales; estaban empeñados en el fortalecimiento de la autonomía de las repúblicas federales.

Dentro de las empresas que ahora operaban como “capitales individuales” y competían en el mercado, la contradicción –antes no antagónica– entre la dirección y los colectivos de trabajadores cobró la forma antagónica del conflicto de clases. Por otro lado, el mecanismo del mercado alienaba a los colectivos de trabajadores entre sí, mientras que las empresas autogestionadas operaban como unidades productivas separadas que competían unas con otras. Como resultado, el movimiento trabajador autónomo, en los casos en que logró desarrolarse, se circunscribió a empresas particulares. Durante el período del socialismo de mercado (1965-1974), las huelgas se multiplicaron, pero se mantenían acotadas dentro de empresas particulares. En consecuencia, se aplacaban con relativa facilidad y con concesiones a los trabajadores.

Los comunistas yugoslavos enfrentaron las nuevas contradicciones con un método político clásico: las purgas en las cúpulas políticas y económicas.[14] De este modo, no consiguieron erradicar las contradicciones estructurales y abandonaron un enfoque político y económico adecuado para la crisis emergente del sistema capitalista mundial.

“Libre cambio de trabajo”: un intento de evitar la comercialización y la burocratización

A simple vista, la constitución federal de 1974 parece contradictoria. En la esfera económica, intentaba eliminar los efectos del “mercado social” a través de la introducción del principio de “libre cambio de trabajo”, una coordinación de la economía nacional a través de contratos entre colectivos de trabajadores. Por otra parte, en la esfera política pareció consagrar los efectos más destructivos de la economía de mercado a través de la organización de aparatos del partido-estado en el ámbito nacional y de la transformación de la federación yugoslava en una confederación de facto de estados nación.

El propósito principal de la constitución de 1974 era romper el aislamiento mutuo al que el “mercado socialista” había confinado las unidades de producción autogestionadas. La constitución ofrecía una fórmula para articular las prácticas de autogestión dentro de las unidades de producción con procesos de intercambio dentro de la esfera de la circulación. Se concebía a las relaciones dentro de las unidades de producción como “asociación libre del trabajo y los medios de trabajo”. Los trabajadores asociaban su trabajo a los medios de producción (que eran “propiedad social”) y se asociaban entre ellos. La unidad mínima de esta doble “asociación” de las condiciones materiales y sociales del proceso de producción era la “organización básica de trabajo asociado”. Las organizaciones básicas de trabajo asociado debían regular sus relaciones con “acuerdos de autogestión”. Estos acuerdos debían regular la circulación de bienes entre unidades de producción: el “libre cambio de trabajo” debía reemplazar tanto a la regulación planificada por el estado como a la coordinación mediada por el mercado.

La constitución de 1974 fortaleció la gestión social en la esfera de los servicios públicos. Reformuló el principio de “doble representación” a través del establecimiento de “comunidades de interés autogestionadas” en las que los delegados de los “implementadores” de servicios públicos junto con los delegados de sus “usuarios” gestionaban la educación, la ciencia, la cultura, la salud, las jubilaciones y los servicios sociales. Dentro del sistema de “comunidades de interés autogestionadas”, el mecanismo de solidaridad social operaba más allá de la dicotomía “administración estatal vs. privatización”. En el período en que la autogestión de los trabajadores en las empresas ya estaba en declive, la autogestión social en los servicios públicos desarrolló un modelo exitoso de regulación democrática de servicios no mercantilizados y de reproducción social. La autogestión en los servicios públicos creó un sistema de salud pública que supo ser uno de los mejores de Europa; creó un sistema educativo de educación libre en todos los niveles y de gran calidad.

Lo que hoy la mayoría de los historiadores interpreta como una “concesión al nacionalismo” fue solo un efecto secundario de la interacción entre el concepto de la constitución de 1974 y las condiciones sociohistóricas en las que fue introducido. La tendencia general de la constitución era transferir el proceso de toma de decisiones tan abajo como fuera posible e introducir tantos elementos de democracia directa como fuera posible. Sin embargo, la “devolución” solo alcanzó hasta las repúblicas federales y ahí se detuvo debido a la concentración de poder que ya se había alcanzado en ese nivel. La orientación política “tecnoliberal”, que fortalecía el poder de las repúblicas federales en contra de la federación, continuó operando incluso después de la derrota de sus impulsores, porque se apoyaba en procesos espontáneos y no regulados que profundizaron la brecha entre el “norte” desarrollado y el “sur” subdesarrollado.

Ya cuando se introdujo la constitución de 1974, las relaciones de dominación se habían rearticulado completamente y la coalición gobernante se había reconformado. Hasta mediados de los sesenta, la “coalición” política dominante estaba compuesta por comunistas yugoslavos y sus simpatizantes. Como los simpatizantes (socialistas cristianos, nacionalistas progresistas, socialistas e intelligentsia progresista) diferían de una república a otra, y como su capacidad política e ideológica se limitaba a repúblicas particulares, la hegemonía de los comunistas pro Yugoslavia era incuestionable y la orientación yugoslava de la “coalición” que dirigían parecía asegurada.

Durante los sesenta, la fracción “tecnoliberal” dentro de la Liga Comunista reunió a los cuadros dirigentes políticos y económicos en una nueva plataforma política que articulaba el “socialismo de mercado”, la integración al mercado mundial, la dirigencia de elites profesionales, la implementación de incentivos a la “productividad” (es decir, la profundización de las desigualdades de ingresos), y demás, en un programa de “modernización. El resultado fue la reconformación de la coalición gobernante en un agregado de burocracias políticas de las repúblicas federales apoyadas por sus altos directivos locales (tecnocracias económicas). Hacia los años ochenta, las burocracias políticas y las tecnocracias económicas de las repúblicas federales ampliaron la coalición gobernante a través de la cooptación de las burocracias culturales, es decir, las burocracias de los aparatos ideológicos del estado en el nivel de las repúblicas federales. Las burocracias culturales siempre habían sido predominantemente nacionalistas, y ahora estaban proporcionando el apoyo ideológico necesario para la transferencia de poder de la federación hacia las repúblicas federales bajo la forma de “culturas nacionales”.

Sin embargo, el drástico intento de 1974 de regular tanto la producción como la circulación dentro de un sistema unificado de reproducción socialista en realidad nunca fue puesto en práctica. Fue socavado por la crisis general del sistema capitalista mundial y específicamente por la trampa de la deuda en la que la iniciativa de libre gerenciamiento de las elites modernizadoras puso a la economía yugoslava a fines de los setenta.

Aunque este sistema quedó en gran medida en una ficción constitucional, no es difícil advertir que su puesta en práctica habría sido gravemente obstruida al menos por dos grandes debilidades.

La primera de sus debilidades era el “contractualismo”: en la práctica, solo reemplazaba la ley burguesa por el mercado capitalista.

La otra debilidad era que los creadores del sistema subestimaron la determinación que los procesos mundiales ejercían sobre la economía nacional. El fin del socialismo yugoslavo se disparó con su integración a la economía mundial. La economía yugoslava estaba muy integrada al sistema capitalista mundial y así sufrió los vaivenes de la crisis de fines de los setenta: el descenso de la productividad del capital, el descenso de las exportaciones y, sobre todo, la crisis de la deuda. Las empresas y bancos yugoslavos, dirigidos por tecnócratas, contrajeron grandes deudas desde mediados de los años sesenta en adelante. A fines de los setentas, la economía yugoslava ya había quedado atrapada en la trampa de la deuda.

Los conflictos de clase se intensificaban. Las huelgas de trabajadores se politizaban: sin embargo, las clases trabajadoras, ya fragmentadas junto a la división de las naciones, jamás establecieron mecanismos para la articulación política de sus demandas.

Destrucción de la federación socialista

Con la crisis de la deuda, las organismos de capital internacional (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, etc.) empezaron a intervenir en los procesos políticos y sociales de Yugoslavia.[15] Exigían la restauración del capitalismo como condición para la ayuda económica. En ese momento, la coalición gobernante en Yugoslavia llevaba más de una década desmembrándose en coaliciones locales de burocracias políticas y culturales y tecnocracias económicas dentro de las repúblicas federales. Las coaliciones gobernantes locales se adaptaron a la nueva situación: bajo la doble presión desde abajo (las clases trabajadoras, los movimientos sociales alternativos) y desde arriba (el capitalismo global), decidieron mantener su posición de poder restaurando el capitalismo.

La “coalición de restauración” recurrió al aparato que había estado controlando desde el comienzo mismo del socialismo yugoslavo: el estado.

Sin embargo, la coalición de restauración no podía armarse directamente como la nueva clase gobernante. El agente decisivo que aseguró la condición básica para la restauración, es decir, la liquidación de la propiedad social, fue la burocracia política, ya que controlaba el aparato del estado. Como último acto común, las burocracias políticas, ahora ya fragmentadas en las repúblicas federales, rearticularon el sistema constitucional socialista yugoslavo en un conglomerado de estados nación burgueses (con las enmiendas constitucionales de 1988), y dejaron que los estados desempeñaran la función de Piamonte.[16] En ausencia de burguesías nacionales, las ex repúblicas socialistas que las burocracias nacionales habían vuelto naciones estado burguesas llevaron a cabo la restauración del capitalismo por coerción estatal. El primer acto en esta dirección de los estados burgueses fue abolir la propiedad social; su transposición a propiedad del estado pronto cedió a las denacionalizaciones y privatizaciones.

La historia de la Yugoslavia socialista había terminado.

Algunas lecciones para futuras utopías

De esta exposición aproximativa del socialismo yugoslavo podemos extraer algunas lecciones provisorias.

La experiencia yugoslava nos demuestra que es imposible practicar la autogestión solo en forma parcial, solo en las empresas. La autogestión en colectivos funcionará solamente si la interacción entre esos colectivos está organizada de forma autogestionada también.

La autogestión tiende a degenerar en el contexto de las relaciones de mercado. Puesto que abolir el mercado en todas las esferas de la vida social no parece posible en un futuro próximo, deberíamos encontrar la forma de limitar los efectos destructivos del mercado en una democracia autogestionada.

En las esferas en que las relaciones de mercado pueden suprimirse (como los servicios públicos), la experiencia yugoslava ofrece un buen ejemplo de cómo eludir la dicotomía “administración estatal vs. privatización”.

La autogestión social yugoslava en unidades territoriales trajo una solución parcial a la cuestión de cómo organizar democráticamente las prácticas y procesos en la sociedad en su conjunto. Puede ser inspiradora en la búsqueda de alternativas al parlamentarismo burgués y a los sistemas unipartidarios.

La experiencia yugoslava demostró que un proyecto socialista debe gestionar constantemente su integración al sistema socioeconómico mundial. Un proyecto socialista no puede sobrevivir sin el apoyo de una red internacional de esfuerzos análogos.

Notas

[1] Nikolai G. Chernyshevski (1886), ¿Qué hacer?, traducción de Amelia Serraller Calvo, Madrid, Akal, 2019. [Traducción de la cita: Florencia Ferre]

[2] Karl Marx (1859), Contribución a la crítica de la economía política, traducción de Jorge Tula, José Aricó et al., México, Siglo XXI, 1980, prefacio, p. 5.

[3]Sprache, Leidenschaften und Illusionen – el lenguaje, las pasiones y las ilusiones,” Karl Marx (1852), El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, cap. 1. [La traducción fue tomada de la edición reproducida por la Biblioteca virtual CLACSO aquí. [N. de la T.]

[4] Karl Marx (1852), El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, cap. 1.

[5] En el último censo, de 1991, Yugoslavia tenía 23.528.230 habitantes. Durante las guerras de 1991 – 2001, la estimación de muertos es de 130.000 – 140.000 personas, hubo 2,4 millones de personas refugiadas y 2 millones de desplazamientos internos.

[6] En 1952, los colectivos de trabajadores gestionaban alrededor de un tercio del nuevo valor producido; la parte del “producto social” (esa era la denominación usada entonces, más o menos equivalente al PBI) gestionada por los colectivos de trabajadores crecía con el tiempo. En 1962, la proporción “autogestión/estado” ya se había invertido: 57,7% / 42,3%; durante el período 1976-1981 la parte autogestionada del producto social fue la más alta: 68%; sin embargo, cayó a 55% en 1984: en ese momento, el estado tuvo que confiscar una gran parte del producto social para servir la deuda externa. (Los datos han sido tomados y adaptados de Oficina de estadística (1986), Jugoslavija 1945 – 1985. Statistički prikaz, Belgrado, Savezni zavod za statistiku.)

[7] En 1962, la parte del ingreso personal neto en el producto social era del 32,4%, mientras que la parte destinada a la reproducción por colectivos de autogestión era del 25,3%; en 1965, la proporción era del 35,2% (ingreso personal) vs. 31,6% (reproducción).

[8] El mayor crecimiento medio annual del PBI (8,9%) tuvo lugar durante el período 1953-1960. El índice de crecimiento de la productividad del trabajo 1965/1955 fue de 183, el mayor en la historia de la Yugoslavia socialista. La inversión en los “medios básicos de producción” fue del 31,8% del PBI durante el período 1953-1960 y del 31,6% durante el período 1956-1965 (valga la comparación con Japón, que en el mismo período invirtió el 30% de su PBI).

[9] La primera huelga en Yugoslavia fue del 13 al 15 de enero de 1958: 4.000 mineros fueron a la huelga en el mayor distrito minero de Eslovenia (Trbovlje, Hrastnik). La segunda fue inmediatamente después: el 16 de enero de 1958 1.200 mineros entraron en huelga en la mina cercana y más pequeña de Zagorje. Durante el período 1958-1969, el número de huelgas por año alcanzó su pico entre 1962 y 1965; justamente cuando la primera fase de la autogestión entraba en crisis. (Neca Jovanov, Sukobi, Nikšić, Univerzitetska riječ, 1989.)

[10] En realidad, el primer intento de resolver la contradicción entre la autogestión y el estatismo fue la Ley Constitucional de 1953, que introducía “cámaras de productores” como una segunda cámara en los concejos comunales (concejos municipales), la asambleas de las repúblicas federales y la asamblea federal.

[11] La autogestión social en los servicios públicos y unidades territoriales se diferenciaba en su denominación de la autogestión de los trabajadores en las empresas. La autogestión social se basaba en el principio de “doble representación”; los colectivos autogestionados de trabajadores enviaban a sus representantes a los consejos y asambleas de las entidades territoriales, mientras que sus consejos estaban compuestos exclusivamente por representantes de los trabajadores (y no incluían a representantes de unidades territoriales).

[12] Por ejemplo: los concejos de las comunas (concejos municipales) estaban representados en los consejos de los jardines de infantes, de las escuelas primarias y de la mayoría de las secundarias, en los centros de atención de salud, en los museos locales; y en correspondencia, entidades locales estaban representadas en los concejos de las comunas. Las entidades nacionales (universidades, grandes hospitales, teatros nacionales…) estaban vinculadas por el sistema de doble representación a las asambleas de las repúblicas federales.

[13] La reforma introducía en el mercado en especial a las empresas que producían los medios de consumo. Reducía los impuestos e incrementaba la parte de la producción bajo el control de los colectivos de trabajadores; hacía posible el incremento del ingreso individual y aumentaba el consumo masivo.

[14] El estado croata y la cúpula del partido dimitieron después de la sesión de la Presidencia de la Liga Comunista de Yugoslavia y Karađorđevo el 1 de diciembre de 1971; en la purga que siguió, unas 70.000 personas fueron apartadas de sus altos cargos en los aparatos políticos, económicos y militares; muchas fueron detenidas. La cúpula serbia dimitió en octubre de 1972, la purga apartó entre 5.000 y 12.000 personas (las estimaciones son variables); no hubo detenciones. (Véase Latinka Perović, »Na tragu srpske liberalne tradicije. Ko su i šta su srpski liberali sedamdesetih godina XX veka,« en: Marko Nikezić (2003), Srpska krhka vertikala, Belgrado, Helsinški odbor za ljudska prava [Comité Helsinki por los derechos humanos], 2003). En Eslovenia, el consejo ejecutivo (el gabinete) liderado por el primer ministro Stane Kavčič renunció en octubre de 1972; no hubo más purgas.

[15] En el marco de la crisis de la deuda –cuya gravedad fue magnificada ideológicamente y de la cual abusaron políticamente tanto las instituciones de capital global como las burocracias de las repúblicas–, Yugoslavia pagaba regularmente sus obligaciones; el último gobierno federal, liderado por Ante Marković, incluso detuvo la inflación.

[16] “La función del Piamonte en el Risorgimento italiano es la de una «clase dirigente». […] El Piamonte tuvo por lo tanto una función que puede ser comparada, en ciertos aspectos, con la del partido, o sea del personal dirigente de un grupo social […]; con la determinación de que se trataba de un Estado, con un ejército, una diplomacia, etcétera.” Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, tomo V, traducción de Ana María Palos, México, Ediciones Era, 1981, p. 232.

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