La Primera Guerra Mundial desde la perspectiva de una mujer

Julia Sarachu

Una de las obras más interesantes de la literatura eslovena que refleja la Primera Guerra Mundial es la novela Hanka. Recuerdos de la guerra de Zofka Kveder (1878-1926), quien se considera la primera escritora y activista eslovena por los derechos de la mujer.

Kveder era hija de un empleado de ferrocarril alcohólico y su madre era muy religiosa, estudió en un convento en Ljubljana y se fue de su casa tempranamente por el clima conflictivo que había en el hogar. Su primer trabajo fue como secretaria en Kočevje a los 16 años. Luego se trasladó a Trieste, donde trabajó en la revista Slovenka y publicó cuentos. En 1899 fue admitida en la Universidad de Berna, Suiza, que permitía el ingreso de mujeres, y se inscribió en materias de filosofía, historia del arte y literatura, pero tuvo que abandonar los estudios por el alto costo de vida que no pudo solventar. Entre el año 1900 y 1906 vivió en Praga, donde se consolidó como la primera escritora eslovena profesional, logrando vivir íntegramente de su labor intelectual: trabajó como periodista y crítica en diversos periódicos y revistas, se involucró activamente en la vida editorial de la ciudad, colaborando con círculos modernistas checos, eslovenos y croatas, fue una importante mediadora cultural, traduciendo obras entre los idiomas esloveno, checo, croata y alemán, y también se desempeñó como escritora de ficción, publicó en 1900 su obra más famosa y disruptiva, Misterij žene (El misterio de una mujer), una colección de relatos que aborda la opresión femenina. Durante su estancia en Praga se casó con el poeta croata Vladimir Jelovšek, con el que tuvo tres hijas. En 1906, cuando Jelovšek terminó sus estudios universitarios en Praga, la familia se trasladó a Zagreb, donde Kveder se integró rápidamente al ambiente cultural, pero en 1914, decidió divorciarse por las repetidas infidelidades de su marido. Al poco tiempo se casó con el periodista y político croata Juraj Demetrović, un importante activista en favor del yugoslavismo y el centralismo bajo la monarquía serbia. En 1915 fue elegida como representante feminista croata en el Congreso Internacional de Mujeres de La Haya, pero no participó en el evento porque estaba embarazada y concentrada en su novela más conocida Hanka. A partir de 1917, escribió varios artículos sobre los movimientos feministas de los países eslavos en la revista croata “Ženski svljet” («Mundo de mujeres»). Convivía con Demetrović y sus dos hijas menores, ya que la primera se había quedado estudiando en Praga cuando se mudaron a Zagreb y murió trágicamente de gripe española en 1920. Tras la muerte de su hija mayor, esto sumado a los constantes viajes de Demetrović por trabajo y actividad política, que hicieron complicada la vida familiar, Kveder se vio fuertemente afectada en el aspecto anímico y físico. Finalmente, Demetrović la abandonó por una mujer más joven en 1926, poco antes de su muerte el 21 de noviembre. El informe oficial dijo que Kveder murió por un paro cardíaco, pero sus familiares declararon que se había envenenado.

La novela Hanka. Recuerdos de la guerra, fue publicada en idioma serbio en Zagreb, en el año 1917, pleno contexto de guerra, mientras atravesaba una fuerte crisis personal por su reciente divorcio y el casamiento con Demetrović, que en ese momento era uno de los líderes del nacionalismo yugoslavo. Claramente la escritora utilizó elementos de su vida personal para la construcción del personaje principal de la novela: Hanka, una mujer polaca y burguesa casada con un alemán, que, a poco tiempo de haber comenzado la Primera Guerra Mundial, descubre las infidelidades de su marido y decide separarse. Mientras su marido permanece trabajando como médico en la localidad donde residen, al sur del Imperio austrohúngaro. Sus hijas son internadas por decisión de su marido en un instituto de enseñanza en Dresde, mientras ella decide trasladarse a Praga, donde trabaja para entidades de ayuda a los refugiados polacos. El relato se estructura en forma de novela epistolar, Hanka le escribe una serie de cartas a su amigo Kazimir Staszyński, un intelectual y nacionalista polaco que la estimula a escribir juntos una investigación acerca de la historia polaca. Se conocen en uno de los viajes de Hanka a Polonia para visitar a sus familiares, a partir de entonces, comienzan su colaboración intelectual. El interés común por la nación polaca los acerca y se terminan enamorando, sin embargo, Hanka ya está casada y tiene dos hijas, por lo cual se trata de un amor irrealizable y nunca llegan a confesárselo. Cuando estalla la Primera Guerra Mundial, se encuentran por casualidad en Varsovia, Staszyński es convocado por el ejército ruso y Hanka regresa junto a su familia, han quedado divididos por la guerra, Staszyński del lado ruso y Hanka en el sector bajo influencia de Austria y Alemania. A partir de entonces, Hanka comienza a escribir las cartas para su amigo, cartas que no puede enviarle porque él se encuentra en el frente de batalla en algún lugar desconocido. En las cartas confiesa sus sentimientos, cuenta todos sus problemas familiares y personales, pero también describe las diversas situaciones que vive en relación con las consecuencias de la guerra: el traslado en trenes desbordados, la desesperación de las familias por huir de los lugares donde hay enfrentamientos armados, la crisis humanitaria de los refugiados polacos en Praga, en especial mujeres y niños, los hospitales colapsados, la desesperación de las personas que han perdido y buscan a sus familiares, y sobre todo, la tragedia del pueblo polaco en cuyo territorio se enfrentan el ejército alemán y el ejército ruso, ambos integrados por polacos que se ven obligados a matarse entre  hermanos. La novela es extremadamente actual en su temática y nos recuerda la situación en territorio ucraniano. La increíble maestría de la autora consiste en la manera en que integra la crisis personal de Hanka con la situación política y social que la rodea. Esto lo logra, evidentemente, porque construye la obra basada en sus experiencias personales, el contexto de escritura, la ideología del nacionalismo eslavo de la época, con la que tiene contacto permanente por la actividad política de su segundo marido, sumado al activismo feminista de la propia autora. Toda esta amalgama de experiencias y contexto social producen una obra maestra de la literatura que muestra la guerra desde una perspectiva poco común y muy rica: la de una mujer culta y sensible que expone en carne viva la tragedia de la Primera Guerra Mundial, que aún determina la actual situación política y social global, y sus consecuencias en la vida cotidiana de las personas.

A continuación adelantamos un fragmento del capítulo “5 de febrero de 1915” de la novela Hanka. Recuerdos de la guerra, traducido por Julia Sarachu, que será publicado por Gog y Magog en noviembre 2026. Una joya de las letras eslavas. ¡Que lo disfruten!

5 de febrero de 1915

Jan se comunica conmigo a menudo. Aún conserva mucho de su alegre optimismo. Incluso en los peores momentos, no lo abandona su confianza firme en un destino feliz.

Me escribió sobre cómo lo afectó la primera visión de los heridos. «Todo el que los ve por primera vez, cómo se arrastran tambaleantes desde las líneas de combate o cómo los llevan en camillas, enmudece y se queda paralizado. Es una sensación especial, oscura y profunda. ¿Acaso yo también sufriré así?, se preguntan todos. ¿Yo también estaré tan mal, seré tan infeliz? Por la mañana todavía estábamos sentados juntos, pero miren, ahora le tocó a él… Podría pasarme a mí también… Debe sufrir terriblemente, porque se queja y se lamenta como un niño… Llama a su madre… Le pide ayuda a Dios… Mirás y rezás, y una pesada debilidad se apodera de tu alma. Después, cuando pasan de largo, borrás rápidamente esa impresión de tu alma, como si borraras con un trapo las letras escritas con tiza en el pizarrón. ¡No debés pensar en cosas tristes! La naturaleza humana no soporta eso. Alguien dice algo gracioso, tal vez una palabra tonta o alguna ocurrencia que ya hemos escuchado cien veces, y todos nos reímos y suspiramos aliviados. Todos le agradecemos que nos haya despertado de nuestro pesado abatimiento.

El primer entierro de soldados muertos me impactó terriblemente. Desde pequeños, estábamos acostumbrados al respeto por los muertos. En casa, los metíamos en ataúdes. Hasta los más pobres tienen su féretro y su tumba. Y a cada uno que muere le permitimos habitar entre nosotros, sobre la tierra, un día más. Aquí no tenemos tiempo para esperar. Tan pronto como el alma abandona el cuerpo, en cuanto muere la vida y deja de latir el corazón, los amigos cavan inmediatamente una tumba y se alegran si al menos pueden hacer eso. Porque quién sabe si habrá tiempo mañana. Feliz aquel que es depositado en la tierra fría junto con veinte, cincuenta o incluso cien soldados. Cada uno, de hecho, teme que su cadáver quede sin sepultar en algún lugar detrás de un arbusto, en un bosque, en la tierra desdichada que separa al amigo del enemigo. Todos temen esto, hasta el más fuerte de nosotros, el más librepensador. Porque, sabés, es terrible ser un espanto para el amigo y el enemigo, descomponerse ante sus ojos. ¡Terribles son los cadáveres en verano! ¡Y ese venenoso y horrendo hedor que esparcen!

Cuando vi por primera vez el entierro de los soldados muertos, sentí ganas de llorar. Estamos tan habituados a las diversas costumbres que rigen la vida de un hombre civilizado, desde su aparición hasta su desaparición definitiva, que sentí una inmensa compasión por estos desafortunados soldados caídos, a quienes enterramos sin ataúdes.

Sabía que en la guerra a todos los soldados los enterraban de la misma manera, que siempre los habían enterrado así. ¡Cómo podrían tener tantos ataúdes! Pero me asaltaba constantemente la misma sensación de asombro, y solo un pensamiento me rondaba la mente: ¡No hay ataúdes, mirá, no hay ataúdes!

¡Ay, el hombre es una bestia extraña e interesante! Cuando regresé a mi trinchera después de aquella triste escena, quise saber qué hora era. Saqué mi reloj y lo miré, pero se había parado. Le di cuerda, pero seguía inmóvil. No se movía. Estaba roto. Y mis pensamientos se aferraban a aquel objeto con placer, para detenerse en él y escapar de aquella experiencia tan seria. El cerebro se niega a procesar las materias tristes. Elimina armoniosamente lo que es demasiado pesado, lo que oprime demasiado el alma. Esta vez, mis pensamientos se lanzaron hacia el reloj con una disposición increíble. ¿Qué es un reloj para un hombre culto? ¿Cuál es su importancia en la organización de una sociedad civilizada? ¿Qué es para un soldado?

Sabés, para un soldado, un reloj es algo extraordinario. Es lo único que ha traído del mundo de la cultura a su vida. El soldado está sucio y andrajoso, no tiene tiempo ni oportunidad de lavarse y asearse con regularidad como en casa. Diversas alimañas lo comen y no lo dejan ni dormir tranquilo. Siente asco de sí mismo cuando se mira y recuerda a qué estaba acostumbrado y cómo vive hoy la gente civilizada. Pero si tiene un reloj, aún no es un salvaje. ¡Es un hombre del siglo XX! El reloj, viejo compañero de su vida anterior, está con él, siempre y en todas partes lo acompaña. Fragmenta en pedazos la larga noche cuando estás de guardia, vigilás y escuchás en la oscuridad por si sucede algo sospechoso. Late, late incansablemente. Gira la manecilla con persistencia, sin pausa ni descanso, cumple con su deber. Promete pan al hambriento, porque siempre dice que el tiempo corre y pronto, pronto vendrán los soldados a los que enviaron por pan. Consuela al cansado en la marcha pesada: un poco más, un poco más de perseverancia, ¡el objetivo debe llegar, el objetivo ya está cerca! Bajo la lluvia de metralla y granadas, cuando cada soldado yace en su refugio cavado a toda prisa, agazapado solo en el suelo, temeroso y temblando de que en cualquier momento lo alcance una bala, lo mate una granada, entonces el tictac del reloj infunde nueva confianza y nuevas esperanzas. Un poco más, un poco más y caerá la noche, el rugido de los cañones se acallará, la infernal lluvia de hierro bajo el cielo cesará. Solo el soldado sabe lo bueno y fiel compañero que es el reloj para el hombre. Por eso se siente tan triste y desgraciado cuando este diligente compañero suyo se detiene y calla.

Yo ahora estoy sin reloj. ¡Por favor, Hanka, enviame otro inmediatamente, lo más rápido posible! No será como este, mi viejo compañero que ya ha vivido tanto tiempo conmigo, pero será tuyo, y por eso también lo amaré.»

Esto es lo que me escribe Jan. Me gustan mucho sus cartas. Son iguales a él.

Mucho ha pasado y vivido en la guerra actual. Pero hasta ahora no he recibido ni una sola carta suya que no me haya dado un poco de alegría, un poco de cariño o incluso despreocupación.

Una vez me escribió un extenso tratado sobre el significado de la hermana.

«Sabés, Hanka», escribió, «recién ahora siento lo que significa la palabra hermana. Veo cómo otros escriben a sus madres, prometidas y esposas. Yo soy el único entre mis compañeros que le escribe tanto a su hermana. Significás mucho para mí. También le escribo a menudo a mamá, pero con ella no puedo conversar. Solo la consuelo porque teme mucho por mí, y le reprocho porque veo en sus cartas cómo reza, cómo ayuna, cómo asiste a misa por todos nosotros, pero no piensa en absoluto en su propia salud. Y eso es, sin embargo, lo más importante: que se cuide y que espere feliz el fin de la guerra y nuestro regreso.

Pero vos, hermana, vos sos más cercana a mí que mi mejor amigo. Somos de la misma sangre y eso es muy importante. Sos un poco mayor que yo y, por supuesto, más sabia, eso debe ser así. Es hermoso y agradable. Bueno, y aún sos joven, lo suficientemente joven como para que te envuelva en mis pensamientos con poesía querida y cálida. No tengo prometida, no tengo amiga, no estoy enamorado. Por eso, algo del sentimiento que de otro modo sentiría por una chica a la que quisiera, te pertenece a vos. La única diferencia es que este sentimiento es suave, puro y claro. No me altera, no me inquieta. No enciende fuego en mi corazón, pero le da calidez, con su calma y constancia. Sé que no está expuesto a ningún peligro, que nunca cambiará, ni tampoco cesará. Todo, todo lo que te sucede a vos o a mí, solo puede enriquecer nuestra relación.

Si más adelante, cuando regrese de la guerra, me enamoro y me caso, te traeré a mi chica y esposa, convencido de que la amarás como a mí. Si tengo hijos, ¡cuánto me gustará poder mostrártelos y presumir de ellos ante vos!

Si soy feliz, vos también disfrutarás de mi felicidad, te alegrarás de ella. Pero si soy infeliz, encontraré en vos comprensión y consuelo.

Sos para mí, hermana, como un tranquilo lago de montaña, protegido de la tormenta y de los vientos. Sé que existe y que no puedo perderlo de ninguna manera, que puedo regresar a él cuando quiera.

La poesía de los eslavos del sur siempre me ha interesado y atraído precisamente por su tierna comprensión de la hermana. Para ellos, una hermana es algo hermoso, algo que se puede amar y también respetar. Inventaron la amistad más hermosa entre un hombre y una mujer y la llamaron posestrimstvo[1]. Como un escudo sagrado, el respeto puro protege a la posestrima. Tanta belleza han tejido en torno a la hermana y la posestrima, que nunca se marchitará. Pura y fuerte debe ser la gente en sus familias, cuando tanto valora el vínculo entre hermanos, y aún más el del hermano con la hermana.

Cuando regrese, elegiré para mi tesis doctoral el problema de la hermana en las canciones populares de los eslavos del sur y te la dedicaré. Tengo que agradecerte a vos el haber encontrado un tema tan interesante y hermoso para mi tesis.»

¿No es cierto, amigo mío, que mi Jan es un hermano extremadamente tierno?

Ni siquiera puedo decir cuán agradecida estoy por su querido afecto y devoción.

Cada vez que escribo estos apuntes míos, que quizá nunca le daré a leer, al menos no antes de morir, a veces me quedo pensativa y me pregunto.

¿O tal vez sí?

No lo sé, no lo sé todavía.

Créame, no era consciente de que el ser humano es un ser tan complejo. La anotación de los propios pensamientos e impresiones es terriblemente instructiva, también para aquel que los escribe. Porque cuando más tarde hojea lo que escribió, obtiene también sobre sí mismo un concepto más unitario.

Olvidamos los sentimientos. Los sentimientos solo tienen un presente y luego nunca más se dejan evocar y renovar. Al menos no en su fuerza original, ni en su verdadera profundidad. Después nunca sabemos exactamente cómo éramos hace cinco, diez o más años. Involuntariamente cambiamos, embellecemos y corregimos mucho de eso en nuestra memoria. Siempre miramos nuestro pasado a la luz del presente. Si somos fuertes, felices, llenos de serenidad, nos parece que en realidad siempre, o al menos la mayor parte del tiempo, hemos sido así. Las vivencias luminosas y serenas de nuestro pasado son las que penetran con mayor fuerza en nuestra memoria. Es diferente si estamos tristes y abatidos.

Nunca podemos ser completamente justos con nosotros mismos y con nuestra vida.

¡Y cuánto olvidamos! Pues no es posible que nuestra memoria lo conserve todo. Solo las vivencias más intensas permanecen en las células de nuestro cerebro. Quizás esto sea bueno, pero quizás también sea una lástima. ¡Cuán pleno y rico es cada día de nuestra vida, incluso aquellos que consideramos más pobres! ¡Cuántas imágenes se suceden ante nuestros ojos desde la mañana, cuando amanece, hasta que cae la noche! ¡Cuántos pensamientos pasan por nuestra cabeza y cuántas de las más diversas emociones, por nuestro corazón! Un libro grueso no sería suficiente para describirlos y anotarlos a todos.

¡Cuánto experimentan incluso aquellos que se quejan de que no viven nada!

Siempre me pareció que no estaba en la verdadera vida grande. Ya sabe, ahí en medio del ajetreo de la vida, donde las aguas fluyen más rápido, donde nunca descansan y corren constantemente, hacia adelante y más adelante. Me parecía que me había quedado atrás en algún lugar a la orilla, donde el agua se detiene a cada momento. Esta no es la verdadera vida, la real, la gran vida inquieta y poderosa.

¡Ay, siempre he anhelado estar en medio de la gran vida, ahí donde las olas corren más rápido! ¡Quería sentir la vida, la vida verdadera! Que zumbara en mis oídos como un vendaval cuando corre libre por el paisaje, inalcanzable. Sentir de cerca, muy de cerca su golpeteo, su grandeza y belleza. Que me quebrara, que me golpeara, y me arrastrara de nuevo consigo hacia lo alto. ¡Luchar con ella, pelear, temblar y estremecerme en ella, pero luego, fuerte y salvaje, vencerla! ¡Ay, quería mirarla cara a cara, para sentir en mis mejillas su aliento caliente, temerla y amarla!

Pero me pasó de largo. No me abrazó con sus fuertes músculos para que muriera de miedo y placer.

¡No, en serio! Sé que solo estoy ahí, a la orilla del río de la vida, donde las aguas fluyen lentamente y a menudo se detienen en los bajos.

Mi vida es solo un reflejo tenue.

Vivo mi propia pequeña vida personal, como cada gota del río vive para sí misma.

Sin embargo, la inmensidad también se refleja en mí, como en una gota de agua. ¡Tampoco mi vida está vacía, también mi vida es rica!

¿No es mi ser misteriosamente complejo, rico y diverso?

Mi vida.

¿Qué es esto a lo que llamo mi vida?

¡A veces me parece que es usted, amigo, mi vida!

Y sin embargo, no es solo usted.

Yo y mis hijas, eso también es algo grande. Yo y Jadviga, yo y Stazika.

Yo y mi madre. Yo y mi padre herido. Yo y mis hermanos: Jan, Vladislav, Zigmund, Stanislav.

Yo y mi marido.

Yo y todas las demás personas que alguna vez he conocido y que alguna vez conoceré.

Cada uno de estos vínculos entre yo y los demás es algo especial, una novela en sí misma, una vida en sí misma.

No, yo no soy tan pobre como a veces pensaba.

O bien soy ambas cosas: rica y pobre. Según el punto de vista desde el cual lo juzgue.

Ahora, cuando estas cosas terribles suceden en Europa, me parece más que nunca que estoy en la orilla, en el bajo, donde el verdadero vendaval de nuestros días ya no llega.

Solo un eco debilitado me alcanza. Solo leo informes de los periódicos sobre todo. Pero a veces recibo alguna carta de aquellos que están en medio de lo que sucede, que participan en lo que sucede. A veces viene algún conocido, alguna señora, y me descorre la cortina para que mire desde mi celda, por la pequeña ventana, a la gran vida.

¿Pero qué es lo que quiero en realidad?

¿Cuánto ve cada individuo de todos los terribles acontecimientos, incluso estando allí donde retumban los cañones? Al fin y al cabo, es solo una partícula insignificante entre millones, una pequeña, absolutamente insignificante parte de la historia actual, que ocurre justo delante de él y a su alrededor.

Cada día, los barcos chocan con minas y vuelan por los aires. Los submarinos surgen monstruosos de las profundidades marinas y lanzan sus armas infernales contra cruceros y acorazados. Los aviones surcan el aire como enormes aves de rapiña y lanzan misiles y bombas. Luchan en el aire como águilas furiosas. Enormes cañones convierten gruesas fortalezas de hormigón en polvo. Granadas incendiarias queman ciudades y aldeas. Puentes construidos con el trabajo y el esfuerzo de generaciones se derrumban en los cauces de los ríos. Los soldados caen como espigas maduras bajo la guadaña. Dicen que el horroroso grito de miles de rusos terribles resonaba hacia el cielo, mientras se hundían en los pantanos de Masuria. En Besarabia, Bucovina y el norte de la Galicia polaca, el cólera estrangulaba a la gente en masa. En Serbia, el tifus exantemático mata peor que las balas. Bélgica y Francia, hasta la misma París, están llenas de tumbas. Nuestra tierra polaca, desde los Cárpatos hasta el Vístula, está empapada de sangre.

Cientos de miles de cañones matan a diario a lo largo y ancho de Europa, en el norte y el sur, en el este y el oeste. Las tumbas devoran constantemente a sus víctimas. En cien mil hospitales, los heridos se lamentan. ¿Quién podría contar las viudas y los huérfanos débiles que lloran por aquel que los alimentaba y defendía? Por todas partes hay lágrimas y una inmensa miseria.

¿Dónde está la vida, dónde?

Amigo, ya es tarde. Debo descansar. La conversación ya es suficiente.

Quisiera recordar algo más alegre todavía. No es bueno acostarse con pensamientos pesados.

Pero todos los pensamientos ligeros se han ido, se han ido, no sé adónde.

Mi corazón se puso triste y abatido.

Mi madre no me escribe desde hace mucho, y me preocupa. Ahora me hacen falta sus cartas piadosas, que antes a menudo leía con impaciencia. ¿Qué pasa con ellas? Su aldea de montaña está ahora bastante cerca del campo de batalla. Me hubiera gustado que se vaya de ahí y nos hubiéramos refugiado juntas en algún lugar. Pero ella cree en el destino, cree firmemente que la guerra no la alcanzará. No se preocupa por nada. «Los rusos regresarán pronto a Moscú», me escribió en una de sus últimas cartas. En cada una repite esto, ya desde que comenzó la guerra. Incluso ahora, sigue pensando lo mismo, aunque los rusos ya están en los Cárpatos. «Yo rezo», dice ella, «todo lo demás está en manos de Dios».

No está demasiado preocupada por sus dos hijos mayores, que se encuentran del otro lado, en la Polonia rusa. Espera pacientemente a que los nuestros los capturen. En Viena tiene un viejo conocido de sus días de juventud, un consejero de la corte. Él debe preguntar a cada momento en el ministerio si entre los prisioneros rusos no están también Stanislav y Zigmund. Hasta ahora no ha encontrado sus nombres…

Yo estoy más preocupada que mi madre. Ella imagina la guerra de manera aún más idílica, como era en los viejos tiempos. Y es mejor así. Si supiera cómo es en realidad, sufriría demasiado.

Vladislav me contó que ella está muy feliz e indescriptiblemente orgullosa porque él se alistó en las Legiones Polacas. Le envió una medalla con la foto de papá, que él le había regalado cuando era su prometida. Este era su mayor tesoro y su objeto sagrado. Siempre lo llevaba en el pecho. Vladislav me escribió que se sintió conmovido hasta las lágrimas cuando recibió de ella este regalo y talismán.

Mamá, ¿qué pasa ahora contigo?

¿No es verdad, amigo, que sería extraordinariamente hermoso si pudiéramos obtener una respuesta inmediata a una pregunta así en la distancia?

¿Cuándo se realizará hasta ese punto el invento de Marconi[2]?

Y ahora, amigo mío, por fin: ¡Buenas noches!

Sin embargo, espero que no esté herido.

No creeré en los sueños.

Es decir ¡sólo creeré en los sueños hermosos!

Bibliografía

Kveder, Zofka (1938). Hanka. Vojni spomini. Izbrano delo Zofke Kvedrove, 8. knj. Poslovenili in priredili Marja Boršnik in Eleonora Kernc. Ljubljana: Delniška tiskarna.

Notas

[1]  Hermana espiritual. Los eslovenos, croatas, serbios y búlgaros tenían una forma ancestral de amistad sagrada. Se daba entre mujeres, entre hombre y mujer o entre hombres, y consistía en un ritual, a veces mezclaban gotas de sangre, por medio del cual se unían espiritualmente para siempre. La unión en hermandad espiritual entre mujer y hombre cancelaba o renunciaba por completo a la relación romántica, elevando la relación a un plano de respeto absoluto y protección.

[2]  Guglielmo Marconi inventó a principios del siglo XX la telegrafía sin hilos (o radiotelegrafía), tecnología que sentó las bases de la radio moderna. Aunque sus experimentos comenzaron a finales del siglo XIX, fue en los primeros años del siglo XX cuando logró hitos fundamentales que demostraron la viabilidad de la comunicación inalámbrica a larga distancia.