La pobre Liza

Nikolái M. Karamzín

Introducción y traducción: Omar Lobos

Nikolái Karamzín y el cuento ruso

El siglo XVIII ruso, ese siglo que desde su mismo inicio abrió las puertas a las reformas del zar Pedro el Grande para europeizar Rusia (en términos de progreso técnico, científico, y también en lo que hace a usos y costumbres, al menos en los altos estamentos), fue también el siglo donde se crea allá la institución literaria como tal, de la mano de los clasicistas rusos entre los que descuellan Vasili Trediakovski, Alexandr Sumarókov y Mijaíl Lomonósov. Cuando el siglo va tocando a su fin, el clasicismo pierde impulso, y nuevas corrientes ingresan para suplantarlo. La primera fue el sentimentalismo, llegado fundamentalmente desde Inglaterra y Francia (Samuel Richardson, Ann Radcliffe, Jean-Jacques Rousseau).

En esa bisagra entre los siglos XVIII y XIX, Nikolái Karamzín (1766-1826) se convertiría en el referente por excelencia del sentimentalismo ruso, a la vez que en el gran reformador de la lengua literaria –reforma que trataba de asimilar el ruso a los modos gramaticales y estilísticos del francés y era vehiculizada a través de la traducción, la escritura y el debate periodístico–. La gran herramienta de Karamzín fue su Revista de Moscú (Moskovski Yurnal), que salió mensualmente durante 1791 y 1792 y es considerada la primera revista literaria rusa.

La influencia del sentimentalismo alcanzó un espectro mayor que la del clasicismo (de cuño restringidamente aristocrático y moralista), sobre todo entre el público femenino, modelando gustos, disposiciones anímicas y formas expresivas del lenguaje. La nueva orientación sentimentalista al lector era en realidad, como dirá Iuri Tyniánov, una orientación hacia la lectora (y pensamos en la Tatiana de Evgueni Onieguin). El crítico Vissarión Bielinski, décadas después, diría que fundamentalmente Karamzín contribuyó a crear un público, en tanto antes de él los libros estaban destinados solo a los “eruditos”, y además no había qué leer en Rusia.

Por otro lado, después de la predilección clasicista por el verso, Karamzín defendió la “humilde prosa”, y rescató para ella el más antiguo género narrativo ruso, la póviest’,[1] que gracias a él sobrevivirá vital hasta la actualidad en medio de los otros géneros que los rusos importaron de Occidente: poema, tragedia, oda, pieza, novela, etc. Además, tradujo innumerables relatos del francés y del inglés (donde también eran un género nuevo).

En la Revista de Moscú publicaría también su famosa póviest’ “La pobre Liza” (1792), con su emblemática frase “¡también las campesinas saben amar!”. El sentimiento como igualador de los seres humanos y una vara distinta para medir y juzgar las acciones implicaba una fisura en los convencionalismos sociales y morales de entonces; como dirá Alexandr Herzen, Karamzín volvió humana la literatura rusa. Asimismo, si bien el relato repite clichés literarios occidentales en boga, su ambientación en los aledaños de Moscú produjo su efecto “rusificador”, e hizo que el monasterio y el estanque “donde se ahogó Liza” se volvieran lugares de peregrinaje, e incluso los lectores se pusieran a rastrear el lugar de su tumba. Concluía Bielinski en 1839:

Nadie hoy se pondrá a leer “La pobre Liza” por placer, pero ella se conservará siempre en la historia de la literatura rusa y la cultura de nuestra sociedad como un importante monumento, como obra de la mente de una persona excepcional, porque fue la primera obra en lengua rusa que convenció a la sociedad semifrancesa de aquel tiempo de que también en los rusos podía haber alma, corazón, inteligencia, talento, y que la lengua rusa no era del todo bárbara, sino que tenía su capacidad para expresar los sentimientos tiernos, su encanto, ligereza y flexibilidad.

Sin dudas, la obra de mayor aliento y más celebrada prosa de Nikolái Karamzín son los doce tomos de su Historia del Estado ruso, que abarca desde sus orígenes hasta los tiempos de “los disturbios” (la smuta), a comienzos del siglo XVII, entusiastamente elogiada tanto por Bielinski como por Dostoievski. Y otras póviesti suyas famosas son “Natalia, hija de boyardos” y el relato histórico “Marfa la alcaldesa o el sometimiento de Nóvgorod”.

La pobre Liza

карамзин

Quizá ninguno que viva en Moscú conoce tan bien los alrededores de esta ciudad como yo, porque nadie más a menudo que yo suele estar en el campo, nadie más que yo anda errando a pie, sin plan, sin objetivo –adonde lleven los ojos– por prados y sotos, por colinas y llanos. Cada verano encuentro nuevos lugares agradables o, en los viejos, nuevas bellezas. Pero lo más agradable para mí es aquel lugar en el cual se alzan las oscuras y góticas torres del monasterio de Sí…nov. Parado sobre este monte, ves al lado derecho casi toda Moscú, ese tremendo conglomerado de casas e iglesias que se presenta a los ojos en forma de majestuoso anfiteatro: ¡espléndido cuadro, sobre todo cuando brilla sobre él el sol, cuando los rayos vespertinos arden en las innumerables cúpulas doradas, en las innumerables cruces, que se elevan al cielo! Abajo se extienden fértiles y florecientes prados tupidamente verdes, y tras ellos, por arenas amarillas, corre el claro río, agitado por los ligeros remos de las canoas pesqueras o rumoroso bajo el timón de pesados barcos que nadan desde comarcas fructíferas del imperio ruso y proveen a la ávida Moscú de trigo.

Al otro lado del río se ve un bosquecito de encinas junto al cual pacen numerosos rebaños; allí los jóvenes pastores, sentados a la sombra de los árboles, cantan simples y melancólicas canciones y embellecen así los días estivales, para ellos tan uniformes. Un poco más allá, entre el espeso verdor de antiguos olmos, resplandece el de áureas cúpulas monasterio de Danila; más lejos aún, casi al borde del horizonte, se recortan azules los Montes de los Gorriones. En ese mismo lado izquierdo se ven anchos campos cubiertos de trigo, bosquecitos, tres o cuatro poblados, y a lo lejos la aldea de Kolómienskoie con su alto palacio.

A menudo vengo a este lugar y casi siempre recibo allí la primavera; allí mismo voy también en los oscuros días del otoño a apesadumbrarme junto con la naturaleza. Es terrible cómo aúllan los vientos en las paredes del desolado monasterio, entre los sepulcros cubiertos de alta hierba, y entre los oscuros pasadizos de las celdas. Allá, apoyado en las ruinas de las piedras sepulcrales, atiendo el sordo gemido de los tiempos deglutidos por el abismo del pasado, un gemido que estremece y hace trepidar mi corazón. A veces entro en las celdas y me imagino a aquellos que vivieron en ellas… ¡tristes cuadros! Aquí veo a un canoso stárets, la rodilla inclinada ante el crucifijo y rogando por la pronta liberación de sus ojos terrenos, pues todos los placeres han desaparecido para él en la vida, todos sus sentimientos han muerto, salvo el sentimiento de la enfermedad y la debilidad. Allí un joven monje, con el rostro pálido, la mirada mustia, mira el campo a través de la reja de la ventana, ve los alegres pajaritos que nadan libremente por el mar del aire, ve, y amargas lágrimas se derraman de sus ojos. Se consume, se marchita, se seca… y el melancólico son de la campana anuncia su muerte prematura. A veces en las puertas del templo observo la pintura de los milagros que sucedieron en este monasterio: ahí los peces que caen del cielo para saciar a los habitantes del monasterio, sitiado por numerosos enemigos; aquí la imagen de la Madre de Dios que pone en fuga a los enemigos. Todo esto renueva en mi memoria la historia de nuestra patria, la triste historia de aquellos tiempos en que los feroces tártaros y lituanos asolaban a sangre y fuego los alrededores de la capital rusa y cuando la desdichada Moscú, como una viudita indefensa, sólo de Dios esperaba ayuda en sus fieras desgracias.

Pero más frecuentemente que nada me llama a los muros del monasterio de Si…nov el recuerdo del deplorable destino de Liza, de la pobre Liza. ¡Ah! ¡Amo esas cosas que tocan mi corazón y me hacen derramar lágrimas de tierna aflicción!

A unos setenta sáyens del muro monasterial, junto a un bosquecito de abedules, en medio de un verde prado, hay una cabaña vacía, sin puertas, sin ventanas, sin piso, el techo que hace tiempo se pudrió y se derrumbó. En esta cabaña hará unos treinta años vivía la hermosa y amable Liza con una viejecita, su madre.

El padre de Liza había sido un labriego bastante acomodado, porque amaba el trabajo, labraba bien la tierra y había llevado siempre una vida sobria. Pero pronto tras su muerte su mujer y su hija se empobrecieron. La perezosa mano de su jornalero trabajaba mal el campo, y el trigo cesó de venir bien. Ellas se vieron obligadas a dar su tierra en alquiler, y por muy poco dinero. Además la pobre viuda, derramando lágrimas casi incesantemente por la muerte de su esposo –¡pues también las campesinas saben amar!–, de día en día se puso más débil y no podía trabajar en absoluto. Sólo Liza, que tenía a la muerte del padre quince años, sólo Liza, sin piedad de su tierna juventud, sin piedad de su rara belleza, trajinaba día y noche, tejía lienzos, zurcía medias, cortaba flores en primavera y en verano recolectaba bayas y las vendía en Moscú. La sensible y bondadosa viejecita, viendo la infatigabilidad de la hija, a menudo la apretaba contra su corazón que latía débilmente, la llamaba bondad divina, protectora, consuelo de su vejez, y rogaba a Dios que la recompensara por todo lo que hacía por su madre.

“Dios me dio manos para trabajar –decía Liza–, tú me alimentaste de tu pecho y me cuidaste cuando era una criatura; ahora llegó mi turno de cuidarte. Deja sólo de acongojarte, deja de llorar; nuestras lágrimas no revivirán a padrecito.”

Pero a menudo la tierna Liza no podía sujetar sus propias lágrimas… ¡ay!, recordaba que había tenido un padre y que no estaba más, pero para tranquilidad de la madre trataba de ocultar la tristeza de su corazón y parecer calma y jovial. “En el otro mundo, amada Liza –contestaba la apesadumbrada viejecita–, en el otro mundo dejaré de llorar. Allá, cuentan, todos estarán alegres; yo seguramente estaré feliz cuando vea a tu padre. Sólo que ahora no quiero morir, ¿qué sería de ti sin mí? ¿A quién abandonarte? No, ¡quiera Dios antes ubicarte! Quizá pronto hallemos una buena persona. Entonces, bendiciéndolos, amados hijos míos, me persignaré y yaceré tranquilamente en la tierra cruda.”

Pasaron dos años tras la muerte del padre de Liza. El prado se cubrió de flores, y Liza fue a Moscú con lirios. Un hombre joven, bien vestido, de agradable aspecto, se encontró con ella en la calle. Ella le mostró las flores… y enrojeció. “¿Las vendes, muchacha?”, preguntó él con una sonrisa. “Las vendo”, contestó ella. “¿Y cuánto hay que darte?” “¿Cinco kópeks?” “Es muy barato. Toma un rublo.” Liza se asombró, se atrevió a echar una mirada al joven, enrojeció aún más y, tras bajar los ojos al suelo, le dijo que no tomaría el rublo. “Pero ¿por qué?” “No preciso de más.” “Yo creo que unos hermosos lirios, cortados por las manos de una hermosa muchacha, cuestan un rublo. Pero si no lo tomas, aquí están los cinco kópeks. Yo quisiera siempre comprarte flores, quisiera que las cortaras sólo para mí.” Liza le dio las flores, tomó los cinco kópeks, se inclinó y quería irse, pero el desconocido la detuvo por el brazo. “¿Adónde vas, muchacha?” “A casa.” “¿Y dónde queda tu casa?” Liza le dijo dónde vivía, se lo dijo y se fue. El joven no quería retenerla, quizá porque los que pasaban habían comenzado a detenerse y, mirándolos, se sonreían con malicia y perfidia.

Liza, al volver a casa, le contó a la madre lo que le había pasado. “Hiciste bien en no tomar el rublo. Quizá era alguna mala persona…” “¡Ay no, madrecita! No lo creo. Tenía un rostro tan bondadoso, una voz tal…” “No obstante, Liza, mejor mantenerse con el propio esfuerzo y no tomar nada gratis. ¡Todavía no sabes, mi querida, cómo las malas personas pueden ofender a una pobre muchacha! Nunca mi corazón está en paz cuando vas a la ciudad; siempre le pongo una vela a la imagen y ruego a Dios Nuestro Señor que te preserve de cualquier desgracia y accidente.” En los ojos de Liza asomaron lágrimas; besó a su madre.

Al día siguiente cortó Liza los mejores lirios y fue con ellos de nuevo a la ciudad. Sus ojos despacito buscaban algo.

Muchos querían comprarle las flores, pero ella respondía que no se vendían, y miraba a un lado y a otro. Cayó la tarde, había que regresar a casa, y las flores fueron arrojadas al Moscova. “¡Que nadie las posea!”, dijo Liza, sintiendo cierta tristeza en su corazón.

Al día siguiente al atardecer estaba ella sentada a la ventana, hilaba y cantaba con voz queda lastimeras canciones, pero de repente dio un salto y gritó: “¡Ah!”. El joven desconocido estaba junto a la ventana.

“¿Qué te ha ocurrido?”, preguntó la asustada madre que estaba sentada junto a ella. “Nada, madrecita –contestó Liza con tímida voz–, sólo que lo vi a él.” “¿A quién?” “A ese señor que me compró las flores.” La vieja miró a la ventana.

El joven se inclinó ante ella tan cortésmente, con tan agradable aspecto, que ella no podía pensar sobre él nada que no fuera bueno. “¡Salud, bondadosa viejecita! –dijo él–. Estoy muy cansado; ¿no tienes leche fresca?” La servicial Liza, sin esperar respuesta de su madre –quizá porque ella lo había conocido antes–, corrió al sótano, trajo un limpio cacharro cubierto con una limpia tapa de madera, tomó un vaso, lo lavó, lo secó con un blanco repasador, lo llenó y lo extendió a la ventana, pero miraba al suelo. El desconocido bebió, y el néctar de las manos de Hebe no hubiera podido parecerle más rico. Cualquiera adivina que él después agradeció a Liza, y le agradeció no tanto con palabras cuanto con miradas.

Entre tanto la bondadosa viejecita alcanzó a contarle de su pena y consuelo: de la muerte del marido y las adorables cualidades de su hija, sobre su laboriosidad y ternura, y esto y lo otro. Él la escuchaba con atención, pero sus ojos estaban… ¿es necesario decir dónde? Y Liza, la tímida Liza, miraba de cuando en cuando al joven; pero no brilla el relámpago y desaparece en las nubes con la rapidez que sus ojos celestes se dirigían a la tierra al encontrar la mirada de aquel. “Yo quisiera –dijo él a la madre– que tu hija a nadie salvo a mí le vendiera su trabajo. De tal modo, no tendría por qué ir tan a menudo a la ciudad, y tú no tendrías que separarte de ella. Yo mismo puedo pasar cada tanto a verlas.” Aquí en los ojos de Liza brilló la alegría, que ella en vano quería esconder; sus mejillas ardían como el ocaso en un claro atardecer de verano; miraba su antebrazo izquierdo y lo pellizcaba con su mano derecha. La viejecita aceptó de buena gana la proposición, sin sospechar en ella ninguna intención mala, y aseguró al desconocido que los lienzos que tejía Liza y las medias que zurcía eran trabajos excelentes y duraban más tiempo que otros.

Se puso oscuro, y el joven quería ya irse. “¿Pero cómo debemos llamarte, bueno y cariñoso barin?”[2], preguntó la vieja. “Me llamo Erast”, contestó él. “Erast –dijo despacito Liza–, ¡Erast!” Unas cinco veces repitió este nombre, como tratando de memorizarlo. Erast se despidió de ellas hasta la vista y se fue. Liza lo acompañó con los ojos y la madre se quedó pensativa, y tomando a su hija de la mano le dijo: “¡Ah, Liza! ¡Qué bueno y noble es! ¡Si tuvieras un novio así!”. Todo el corazón de Liza se estremeció. “¡Madrecita! ¡Madrecita! ¿Cómo podría ser esto? Es un barin, y entre campesinos…” Liza no terminó de decir su frase.

Ahora el lector debe saber que este joven, este Erast, era un noble bastante rico, de juicio bastante sensato y corazón bondadoso, bondadoso por naturaleza, pero débil y alocado. Llevaba una vida disipada, pensaba solamente en su placer, lo buscaba en las diversiones mundanas pero a menudo no lo encontraba: se aburría y se quejaba de su destino. La belleza de Liza en el primer encuentro había causado impresión en su corazón. Él leía novelas, idilios, tenía una imaginación bastante viva y a menudo se trasladaba mentalmente a aquellos tiempos (reales o irreales) en los cuales, de creerse a los poetas, todas las gentes paseaban indolentemente por los prados, nadaban en limpios manantiales, se besaban como tortolitos, descansaban bajo rosas y mirtos y pasaban todos sus días en feliz ociosidad. Le parecía que había encontrado en Liza aquello que su corazón buscaba hacía tiempo. “Natura me llama a sus abrazos, a sus alegrías puras”, pensaba, y se resolvió –al menos por un tiempo– a dejar el gran mundo.

Volvamos a Liza. Llegó la noche, la madre bendijo a su hija y le deseó un manso sueño, pero esta vez su deseo no se cumplió; Liza durmió muy mal. El nuevo huésped de su alma, la imagen de Erast, se le representaba tan vivamente que casi a cada minuto se despertaba, se despertaba y suspiraba. Ya antes de la salida del sol Liza se levantó, bajó a la orilla del Moscova, se sentó en la hierba y melancólicamente miró las blancas nieblas que se agitaban en el aire y al elevarse hacia arriba dejaban gotas que brillaban sobre el verde manto de la naturaleza. Por todas partes reinaba el silencio. Pero pronto el saliente astro del día despertó a toda la creación; revivieron los sotos, los arbustitos, los pajaritos revolotearon y se pusieron a cantar, las flores levantaron sus cabecitas para embriagarse con los vivificadores rayos de luz. Pero Liza seguía melancólica. ¡Ah, Liza, Liza! ¿Qué ha pasado contigo? Hasta este momento, despertándote junto con los pajaritos, junto con ellos te alegrabas por la mañana, y tu alma pura y alegre relucía en tus ojos, semejante a cuando el sol reluce en las gotas del celestial rocío; pero ahora estás pensativa, y la común alegría de la naturaleza es ajena a tu alma. Entre tanto un joven pastor por la orilla del río arreaba su rebaño tocando su cáñamo. Liza tendía a él su mirada y pensaba: “Si aquel que ahora ocupa mis pensamientos hubiera nacido simple campesino, pastor, y ahora arreara por delante de mí su rebaño, ¡ah!, yo lo saludaría con una sonrisa y le diría afablemente: ‘¡Salud, amable pastorcito! ¿A dónde arreas tu rebaño? También aquí crece hierba verde para tus ovejas, también aquí hay flores bermejas con las que se puede tejer una corona para tu sombrero’. Él me miraría con un aire cariñoso, tomaría quizá mi mano… ¡Sueños!”. El pastor, tocando su cáñamo, pasó de largo y con su abigarrado rebaño se ocultó tras una cercana colina.

De pronto Liza oyó ruido de remos, miró al río y vio un bote, y en el bote a Erast.

Todas sus venitas se pusieron a latir, y por supuesto no de miedo. Se levantó, quería irse, pero no podía. Erast saltó a la orilla, se acercó a Liza y… el sueño de ella en parte se cumplió: pues él la miró con un aire cariñoso, la tomó de la mano… Y Liza, Liza estaba de pie con la mirada gacha, las mejillas inflamadas, el corazón trepidante, no podía retirarle su mano, no podía darse vuelta cuando él se acercaba a ella con sus rosados labios… ¡Ah! ¡La besó, la besó con tal ardor que a ella le pareció que todo el universo ardía en un fuego! “Adorable Liza! –dijo Erast–, ¡adorable Liza! ¡Yo te amo!”, y estas palabras resonaron en lo profundo de su alma como una música celestial, arrebatadora; apenas se atrevía a creer a sus oídos y…

Pero arrojo el pincel. Diré solamente que en este momento de éxtasis desapareció la timidez de Liza: Erast supo que era amado, amado apasionadamente por un corazón novel, puro y franco.

Estaban sentados sobre la hierba, y de un modo que entre ellos quedaba no mucho espacio, se miraban a los ojos uno a otro, se decían uno a otro: “¡Ámame!”, y dos horas les parecieron un parpadeo. Finalmente Liza recordó que su madre podría inquietarse por ella. Debían separarse. “¡Ah, Erast! –dijo ella–, ¿siempre vas a amarme?” “¡Siempre, adorable Liza, siempre!”, contestó él. “¿Y puedes jurármelo?” “¡Puedo, amada Liza, puedo!” “¡No! No necesito que jures. Te creo, Erast, te creo. ¿Es posible que engañaras a la pobre Liza? ¿Podría pasar esto?” “¡No podría, no podría, adorable Liza!” “¡Qué feliz soy, y cómo se alegrará madrecita cuando sepa que me amas!” “¡Ay no, Liza! A ella no hay que contarle nada.” “¿Pero por qué?” “La gente vieja suele ser desconfiada. Se imaginará alguna cosa mala.” “No puede ser.” “No obstante, te ruego no le digas de esto ni una palabra.” “Muy bien: es preciso obedecerte, aunque yo no quisiera ocultarle nada.”

Se despidieron, se besaron por última vez y se prometieron verse cada día al anochecer, o a la orilla del río o en el soto de abedules, o en cualquier parte cerca de la cabaña de Liza, sólo que verse con seguridad, sin falta. Liza se fue, pero sus ojos se dieron vuelta cien veces hacia Erast, que permanecía de pie en la orilla y la miraba alejarse.

Liza regresó a su cabaña con una disposición absolutamente distinta de aquella con la que había salido. En su rostro y en todos sus movimientos se manifestaba una llana alegría. “¡Me ama!”, pensaba, y se admiraba de este pensamiento. “¡Ah, madrecita! –dijo Liza a su madre, que recién se había despertado–. ¡Ah, madrecita! ¡Qué magnífica mañana! ¡Qué alegre es todo en el campo! ¡Nunca las alondras han cantado tan bien, nunca el sol ha brillado tan claramente, nunca las flores han olido tan agradablemente!” La viejecita, apoyándose en el bastón, salió al prado para gozar de la mañana que Liza había descripto con tan encantadores matices. Le pareció en efecto muy pero muy agradable; la hija amada alegraba para ella con su alegría toda la naturaleza. “¡Ah, Liza! –decía–. ¡Qué bueno es todo lo que ha hecho Dios! Llego a la sexta decena de vivir en el mundo, y todavía no me canso de contemplar las obras del Señor, no me canso de contemplar el puro cielo, parecido a una alta tienda, y la tierra, que cada año se cubre de nueva hierba y nuevas flores. Es preciso que el zar de los cielos ame mucho al hombre cuando ha dispuesto tan bien para él el mundo de aquí. ¡Ah, Liza! ¿Quién querría morir si a veces no tuviéramos penas?… Por lo visto así tiene que ser. Quizá olvidaríamos nuestra alma, si de nuestros ojos nunca cayeran lágrimas.” Y Liza pensaba: “¡Ah! ¡Yo antes olvidaré mi alma que a mi adorable amigo!”.

Después de esto Erast y Liza, temiendo no mantener su palabra, cada atardecer se veían (cuando la madre de Liza se acostaba a dormir) o en la orilla del río o en el soto de abedules, pero más a menudo que nada a la sombra de unas encinas centenarias (a unos ochenta sáyens de la cabaña), encinas que sombreaban un profundo y limpio estanque, cavado ya en tiempos de antaño. Allí a menudo la apacible luna, a través de las verdes ramas, plateaba con sus rayos los claros cabellos de Liza, con los que jugaban los céfiros y la mano de su adorable amigo; a menudo estos rayos alumbraban en los ojos de la tierna Liza una brillante lágrima de amor, enjugada siempre por un beso de Erast. Se abrazaban, pero la casta y vergonzosa Cinthia no se ocultaba de ellos tras una nube: puros y castos eran sus abrazos. “Cuando tú –decía Liza a Erast–, cuando tú me dices: ¡Te amo, mi cielo!, cuando me aprietas contra tu corazón y me miras con tus ojos enternecedores, ¡ah!, en ese momento me siento tan bien, tan bien, que me olvido de mí misma, me olvido de todo salvo… de Erast. ¿Es asombroso? ¡Lo asombroso, mi cielo, es que yo sin conocerte podía vivir tranquila y alegremente! Ahora no puedo comprenderlo, ahora pienso que sin ti la vida no es vida, sino tristeza y aburrimiento. Sin tus ojos la clara luna es sombría, sin tu voz el ruiseñor que canta es aburrido, sin tu respiración la brisa me es desagradable.” Erast se admiraba de su pastorcita –así llamaba a Liza–, y viendo cuánto lo amaba, le parecía que él mismo era más adorable. Todas las brillantes diversiones del gran mundo se le representaban como insignificantes en comparación con los placeres con que la apasionada amistad de un alma inocente alimentaba su corazón. Con repugnancia meditaba en la voluptuosidad que antes embriagaba sus sentimientos. “Voy a vivir con Liza como un hermano con una hermana –pensaba–, ¡no utilizaré su amor para mal y seré feliz siempre!” ¡Insensato joven! ¿Conoces tu propio corazón? ¿Puedes responder siempre de tus movimientos? ¿Es siempre el juicio zar de tus sentimientos?

Liza exigía que Erast visitara a menudo a su madre. “Yo la quiero –decía ella– y quiero su bien, y me parece que verte es una gran bonanza para cualquiera.” La viejecita en efecto siempre se alegraba cuando lo veía. Le gustaba hablar con él de su difunto marido y contarle de los días de su juventud, de cómo se había encontrado por primera vez con su amado Iván, cómo él la había amado y con qué amor, con qué concordia había vivido con ella. “¡Ah! Nunca podíamos cansarnos de mirarnos el uno al otro, hasta aquella misma hora en que la fiera muerte segó sus piernas. ¡Murió en mis brazos!” Erast la escuchaba con no fingido placer. Le compraba el trabajo de Liza y quería siempre pagar diez veces más caro que el precio que ella fijaba, pero la viejecita nunca tomaba de más.

De tal manera pasaron algunas semanas. Una vez al atardecer Erast esperó largo tiempo a su Liza. Finalmente ella llegó, pero tan poco alegre que él se asustó; sus ojos habían enrojecido de lágrimas. “¡Liza, Liza! ¿Qué te pasa?” “¡Ah, Erast! ¡He estado llorando!” “¿Por qué? ¿Qué pasa?” “Tengo que contarte todo. Hay un novio que pide mi mano, hijo de un rico campesino del poblado vecino; madrecita quiere que me case con él.” “¿Y tú estás de acuerdo?” “¡Cruel! ¿Puedes preguntarme esto? Sí, me da pena madrecita; llora y dice que yo no quiero su tranquilidad, que ella va a sufrir a la hora de la muerte si en vida no me casa. ¡Ah! ¡Madrecita no sabe que yo tengo tan adorable amigo!” Erast besaba a Liza, le decía que la felicidad de ella le era lo más caro que había en el mundo, que a la muerte de su madre él la llevaría consigo e iría a vivir con ella inseparablemente, en el campo y en los espesos bosques, como en el paraíso. “¡Sin embargo, tú no puedes ser mi marido!”, dijo Liza con un quedo suspiro. “¿Y por qué?” “Soy una campesina.” “Me ofendes. Para tu amigo lo más importante es el alma, tu sensible alma inocente, y Liza estará siempre cercanísima a mi corazón.”

Ella se arrojó a sus brazos, ¡y en ese momento la castidad tenía que perecer! Erast sentía una inusual agitación en su sangre: nunca Liza le había parecido tan encantadora, nunca sus caricias le habían llegado tan intensamente, nunca sus besos habían sido tan ardientes; ella no sabía nada, no sospechaba nada, no temía nada, la tiniebla de la noche alimentaba los deseos, ni una estrellita brillaba en el cielo, ningún rayo podía iluminar el extravío. Erast siente un estremecimiento; Liza también, sin saber por qué, pero sabiendo lo que le pasaba… ¡Ah, Liza, Liza! ¿Dónde está tu ángel guardián? ¿Dónde tu inocencia?

El extravío pasó en un minuto. Liza no comprendía sus sentimientos, se asombraba y se preguntaba. Erast hacía silencio, buscaba las palabras y no las encontraba. “¡Ah, tengo miedo –decía ella–, tengo miedo de lo que nos pasó! Me parecía que moría, que mi alma… ¡No, no sé decirlo!… ¿No dices nada, Erast? ¿Suspiras?… ¡Dios mío! ¿Qué pasa?” Entre tanto brilló un relámpago y sonó un trueno. Liza se echó a temblar toda. “¡Erast, Erast! –dijo–. ¡Tengo miedo! ¡Temo que el trueno me mate, como a una criminal!” La tempestad tronaba amenazante, la lluvia caía de las negras nubes, parecía que la naturaleza se plañía de la perdida inocencia de Liza. Erast trataba de calmar a Liza y la acompañó hasta la cabaña. Las lágrimas rodaban de los ojos de ella cuando se despedía de él. “¡Ah, Erast! ¡Asegúrame que vamos a ser felices como antes!” “¡Lo seremos, Liza, lo seremos!”, contestó él. “¡Dios lo quiera! No puedo no creer a tus palabras, ¡porque te amo! Sólo que en mi corazón… ¡Pero basta! ¡Adiós! Mañana, mañana nos veremos.”

Sus encuentros continuaron, ¡pero cómo cambió todo! Erast no podía ya estar complacido con las solas caricias inocentes de su Liza, con sus solas miradas saturadas de amor, el solo roce de la mano, un beso, los puros abrazos. Deseaba más, más y, finalmente, no podía desear nada, pero quien conoce su propio corazón, quien haya meditado sobre la particularidad de sus más tiernos placeres, por supuesto que convendrá conmigo en que cumplir todos sus deseos es la más peligrosa tentación del amor. Liza no era ya para Erast ese ángel de castidad que antes excitaba su imaginación y embelesaba el alma. El amor platónico cedió el lugar a sentimientos de los que él no podía enorgullecerse y que para él ya no eran nuevos. En lo que hace a Liza, tras entregarse a él completamente, sólo por él vivía y respiraba, en todo, cual cordero, se sometía a su voluntad y en los placeres de él ponía su felicidad. Veía en él un cambio y a menudo le decía: “Antes solías ser más alegre, antes solíamos estar con más sosiego y más felices, ¡y yo no temía tanto perder tu amor!”. A veces, al despedirse de ella, él le decía: “Mañana, Liza, no podré verme contigo: me surgió un asunto importante”, y cada vez ante palabras tales Liza suspiraba.

Finalmente, durante cinco días seguidos ella no lo vio y estuvo con grandísima inquietud; al sexto él llegó con el rostro triste y le dijo: “¡Amada Liza! Tengo que despedirme de ti por algún tiempo. Sabes que estamos en guerra, yo estoy en servicio, mi regimiento sale en campaña”. Liza palideció y por poco no cayó desmayada.

Erast la acariciaba, le decía que siempre iba a amar a la adorable Liza y esperaba a su regreso no separarse ya nunca de ella. Largo tiempo guardó ella silencio, después se deshizo en lágrimas amargas, aferró la mano de él, y mirándolo con toda la ternura del amor le preguntó: “¿No te es posible quedarte?”. “Puedo –contestó él–, pero sólo con grandísima infamia, con una grandísima mancha para mi honor. Todos van a despreciarme; todos van a sentir repugnancia de mí, como de un cobarde, como de un indigno hijo de la patria.” “¡Ah, si es así –dijo Liza–, ve, ve adonde te manda Dios! Pero pueden matarte.” “Morir por la patria no es terrible, amada Liza.” “Yo moriría tan pronto tú no estuvieras más en el mundo.” “¿Pero por qué pensar eso? Yo espero quedar con vida, espero regresar a ti, a mi cielo.” “¡Dios quiera, Dios quiera! Cada día, a cada hora voy a rogar por ello. Ah, por qué no sé leer ni escribir. Tú me informarías sobre todo lo que te pasara, y yo te escribiría… ¡sobre mis lágrimas!” “No, cuídate, Liza, cuídate para tu amigo. No quiero que llores en mi ausencia.” “¡Hombre cruel! ¡Piensas privarme de este consuelo! ¡No! Una vez que me separe de ti, acaso deje de llorar cuando se seque mi corazón.” “Piensa en el agradable momento en que nos veremos de nuevo.” “¡Voy, voy a pensar en él! ¡Ah, si llegara cuanto antes! ¡Amado, adorable Erast! ¡Recuerda, recuerda, recuerda a tu pobre Liza, que te ama más que a sí misma!”

Pero no puedo describir todo lo que se decían en esta ocasión. Al día siguiente habrían de verse por última vez.

Erast quería despedirse de la madre de Liza, que no podía contenerse de lágrimas al oír que su cariñoso, agraciado barin debía irse a la guerra. Él la forzó a tomar algún dinero, diciéndole: “No quiero que Liza en mi ausencia venda su trabajo, que según el acuerdo me pertenece a mí”. La viejecita lo colmó de bendiciones. “¡Quiera el Señor –decía– que regreses con felicidad y que yo pueda verte una vez más en esta vida! Acaso para entonces mi Liza se encuentre un novio como pensamos. ¡Cómo agradecería yo a Dios si vinieras a nuestra boda! ¡Y cuando Liza tenga hijos, sabe, barin, que tú debes ser el padrino! ¡Ah! ¡Mucho quisiera yo vivir hasta esto!” Liza estaba de pie junto a su madre y no se atrevía a mirarla. El lector puede imaginarse fácilmente lo que ella sentía en este momento.

Pero qué sentía ella cuando Erast, tras abrazarla por última vez, tras apretarla por última vez contra su corazón, le dijo: “¡Adiós, Liza!”… ¡Qué cuadro conmovedor! La aurora matutina, como un mar carmesí, se derramaba por el cielo del oriente. Erast estaba parado bajo las ramas de una alta encina, reteniendo en sus brazos a su pobre, lánguida y afligida amiga, que al despedirse de él se despedía de su propia alma. Toda la naturaleza permanecía en silencio.

Liza sollozaba… Erast lloraba… la dejó… ella cayó… se puso de rodillas, alzó sus manos al cielo y miraba a Erast que se alejaba… más lejos… más lejos… y finalmente se perdió… resplandecía el sol, y Liza, abandonada, pobre, perdió los sentidos y la conciencia.

Volvió en sí… y el mundo le pareció mustio y triste. Todo lo agradable de la naturaleza se había ocultado para ella junto con el amado de su corazón. “¡Ah! –pensaba–. ¿Para qué me he quedado en este desierto? ¿Qué me contiene de volar tras mi adorable Erast? La guerra no es terrible para mí; terrible es estar sin mi amigo. Vivir con él, morir con él quiero, o salvar con mi muerte su preciosa vida. ¡Espera, espera, amado! ¡Volaré hacia ti!” Quería ya volar tras Erast, pero el pensamiento: “¡Tengo una madre!” la detuvo. Liza suspiró, e inclinando la cabeza con paso quedo marchó a su cabaña. Desde esa hora sus días fueron días de tristeza y de pesar, que había que ocultar a su tierna madre: ¡y por ello más sufría su corazón! Éste solamente se aliviaba cuando Liza, aislándose en lo espeso del bosque, podía derramar lágrimas libremente y gemir por la separación con el amado. A menudo la triste tortolita unía su quejumbrosa voz a los lamentos de ella. Pero a veces –aunque muy raramente– un dorado rayo de esperanza, un rayo de consuelo alumbraba las tinieblas de su aflicción. “Cuando él vuelva, ¡qué feliz voy a ser! ¡Cómo cambiará todo!” Por este pensamiento se iluminaba su mirada, se renovaban las rosas de sus mejillas, y Liza sonreía como una mañana de mayo tras la noche tempestuosa. De tal modo pasaron cerca de dos meses.

Un día Liza debía ir a Moscú a comprar agua de rosas, con la que su madre se curaba sus ojos. En una de las calles principales se encontró un espléndido carruaje, y en este carruaje vio a… Erast. “¡Ah!”, exclamó Liza y se lanzó hacia él, pero el carruaje pasó de largo y dobló hacia un portal. Erast bajó y quería ya ir al porche de una inmensa casa cuando de repente se sintió… entre los brazos de Liza. Palideció… después, sin contestar ni una palabra a sus exclamaciones, la tomó de la mano, la condujo a su despacho, cerró la puerta y le dijo: “¡Liza! Las circunstancias han cambiado; me comprometí para casarme; debes dejarme en paz y por tu propia tranquilidad olvidarme. Te he querido y te quiero ahora, es decir te deseo todo bien. Aquí tienes cien rublos… tómalos –le puso el dinero en el bolsillo–, permíteme besarte por última vez… y vete a casa”. Antes de que Liza pudiera acordarse él la condujo fuera del despacho y le dijo al sirviente: “Acompaña a esta muchacha hasta la calle”.

Mi corazón se inunda de sangre en este momento. Me olvido del hombre que hay en Erast… estoy dispuesto a maldecirlo, pero mi lengua no se mueve… miro al cielo, y una lágrima rueda por mi rostro. ¡Ah! ¿Por qué estaré escribiendo no una novela, sino un triste hecho?

Entonces, ¿Erast engañó a Liza cuando le dijo que iba al ejército? No, en efecto había estado en el ejército, pero en lugar de batirse con el enemigo había jugado a las cartas y perdido casi todos sus bienes. Pronto cerraron la paz, y Erast volvió a Moscú cargado de deudas. Le quedaba un solo medio de enderezar sus circunstancias: casarse con una rica viuda ya mayor, que hacía tiempo estaba enamorada de él. Se resolvió a ello y se mudó a vivir en casa de ella, dedicando un sincero suspiro a su Liza. ¿Pero todo esto puede justificarlo?

Liza se halló en la calle, y en un estado tal que ninguna pluma puede describirlo. “¿Él, él me ha echado? ¿Él ama a otra? ¡Estoy perdida!” ¡Estos eran sus pensamientos, sus sentimientos! Un intenso desmayo los interrumpió por un tiempo. Una buena mujer que iba por la calle se detuvo sobre Liza, que yacía en el suelo, y estuvo tratando de hacerla volver en sí. La desdichada abrió los ojos, se levantó con la ayuda de esta buena mujer, le agradeció y marchó sin saber adónde. “¡No puedo ya vivir –pensaba Liza–, no puedo!… ¡Oh, si el cielo se me cayera encima! ¡Si la tierra tragara a la pobre!… ¡No! ¡El cielo no se cae, la tierra no vacila! ¡Ay de mí!” Salió de la ciudad y de repente se vio a la orilla del profundo estanque a la sombra de antiguas encinas que unas pocas semanas antes habían sido testigos silenciosos de sus éxtasis. Este recuerdo sacudió su alma; la terribilísima tortura de su corazón se reflejó en su rostro. Pero a los pocos minutos se sumergió en cierta cavilación, examinó a su alrededor, vio a la hija de su vecino (una muchacha de quince años) que iba por el camino, la llamó, sacó de su bolsillo diez imperiales, y dándoselos le dijo: “¡Amable Aniuta, amable amiguita! Llevale este dinero a madrecita, no es robado, dile que Liza es culpable ante ella, que yo le oculté mi amor por un hombre cruel, por E… ¿Para qué saber su nombre? Dile que él me traicionó, pídele que me perdone, Dios la ayudará, bésale la mano así como ahora yo beso la tuya, dile que la pobre Liza te mandó darle un beso, dile que yo…”. Y aquí se arrojó al agua. Aniuta se echó a gritar, a llorar, pero no podía salvarla, fue corriendo al poblado, se juntó gente y sacaron a Liza, pero ya estaba muerta.

De tal manera acabó con su vida alguien bello de cuerpo y alma. ¡Cuando nos veamos allá, en la nueva vida, yo te reconoceré, tierna Liza!

La sepultaron cerca del estanque, bajo una oscura encina, y pusieron una cruz de madera en su tumba. Allí a menudo me siento pensativo, apoyado sobre el receptáculo donde se hallan los restos de Liza; en mis ojos fluye el estanque; sobre mí murmuran las hojas.

La madre de Liza oyó sobre la terrible muerte de su hija y su sangre se heló de horror… sus ojos se cerraron para siempre. La cabaña quedó desierta. En ella aúlla el viento, y los lugareños supersticiosos, al oír por las noches este murmullo, dicen: “Allí está gimiendo un muerto; ¡allí está gimiendo la pobre Liza!”.

Erast hasta el final de su vida fue desdichado. Tras conocer el destino de Liza, no podía consolarse y se consideraba el asesino. Yo lo conocí un año antes de su muerte. Él mismo me contó esta historia y me llevó a la tumba de Liza. ¡Ahora, quizá, ya se han reconciliado!

Notas

[1] Dicho género no tiene una correspondencia precisa con los géneros occidentales, e incluso dentro de Rusia su estatus y comprensión fue variando según las épocas; puede ser análogo, según los casos, a “crónica”, “relato”, “cuento”, “novela corta”, “novela”.

[2] Barin: en la Rusia feudal, “señor”, “amo”.