La pala

Viacheslav Kupriánov

Traducción: Gerard Hofman

La cosecha estaba en pleno apogeo; todos estaban atentos a la tierra y no al cielo. Y este, para bien y para mal, estaba de un azul brillante, limpio y vacío, de modo que, cuando apareció en él un objeto grande, todos levantaron la cabeza.

El objeto tenía forma de disco plano y, en el centro, parecía transparente; de algún modo recordaba a una medusa —si es que alguien vio alguna vez una bajo el agua—; y, si no, es mejor compararlo con un diente de león, aunque aplanado: como si uno lo levantara y soplara para que se eleve o se vaya flotando, pero no; en cambio, sube, se vuelve enorme allá arriba y después empieza a bajar otra vez. Bueno, eso si que es el verdadero espectáculo.

El objeto seguía creciendo, lo que aumentaba la inquietud de quienes lo miraban desde abajo: ¿llegaría a cubrir todo el campo, o incluso toda la zona alrededor, o hasta un hemisferio entero? La alarma era tan difusa que no se animaban a salir corriendo para salvarse. El capataz Filipp Semenovich, con las manos en la cintura, miraba hacia arriba como todos los demás y, sin bajar la cabeza, le hizo una seña a su ayudante con un gesto profesional y dio órdenes con el laconismo de un cirujano:

– Volodia, ven rápido al pueblo: pan, sal, una toalla… ¡Ahora mismo!

Y Volodia desapareció y volvió recién después de un buen rato, cuando el objeto ya no solo se hacía notar por su aspecto, sino también por un sonido agudo; un acordeonista local afirmó más tarde que era la melodía de la canción popular “Valenki…[1]

Mientras tanto, el objeto había descendido tanto que la figura en su base se hizo visible. Entonces quedó claro que no era una decoración, sino una red de tubos. Pero en ese momento la música se apagó, y el artefacto, que resultó ser del tamaño de un toro reproductor, se asentó sobre el campo arado.

– ¡Síganme! ¡Solo en orden, sin empujones!, y se dirigió hacia el diente de león que aún no había florecido, hacia la medusa del tamaño de un toro reproductor.

Mientras tanto, de las entrañas de la medusa salieron dos criaturas, como era de esperar, con trajes espaciales. Eran de estatura media, pero sus proporciones recordaban a las de un niño: una cabeza enorme bajo una cúpula de vidrio, el torso ajustado en una especie de corsé que parecía trenzado con boas, y unas piernas cortas, aunque al parecer articuladas, que les permitían corretear con rapidez por la tierra suelta del campo arado. Las criaturas agitaban sus extremidades superiores; los dedos, que parecían brotar del codo, alcanzaban hasta medio metro de largo. Esas mismas extremidades agitaban los recién llegados.

—Qué manos tan voraces… —murmuró para sí Philip Semenovich, mientras el pan le temblaba apenas en las manos y la sal del salero se le derramaba un poco, aunque no se dio cuenta.

Mientras tanto, las criaturas desplegaron una especie de mapa y hacían gestos con evidente irritación, si es que sus emociones se parecían en algo a las nuestras.
Por fin se calmaron y clavaron la mirada en la multitud que se acercaba, encabezada por el capataz. En sus posturas, desanimadas, apareció algo parecido a la esperanza. Y cuando Filipp Semenovich, pálido pero lleno de dignidad, abrió la boca para balbucear con voz temblorosa: —¡Bienvenidos, queridos invitados!—, lo detuvieron con un gesto claro, agitándole delante de la nariz una mano espacial con los dedos bien abiertos.

El que venía agitando la mano pulsó entonces un botón de su traje, encendió un pequeño micrófono portátil, del que se oyó, en un claro dialecto local:

– ¿Por casualidad no han encontrado aquí una pala?

Y le pusieron el micrófono del reportero bajo la nariz a Filipp Semenovich.

—¿Qué pala? —balbuceó desconcertado el capataz.

– Verá, hace 700 millones de años, 11 meses, 4 días, 5 horas y 48 minutos, nuestra gente visitó este planeta para reponer nuestro zoológico andromediano con un diplodocus[2]. Tras completar la misión, antes del despegue —precisamente desde este punto— se observó que una de las ruedas de la nave se había atascado. Desatascaron la rueda con una pala y, cuando regresaron a casa, una inspección determinó que algún distraído había dejado esa pala en este planeta. No se pudo averiguar quién había sido el culpable, ya que durante el vuelo se sucedieron unas ochenta generaciones. Sea como sea, tuvimos que regresar urgentemente aquí a recuperar el bien estatal.

Este honor nos ha tocado a nosotros, gracias a nuestros antepasados de la octogésima generación. ¿Es que no encontraron la pala?

–¿La pala? – repitió Filipp Semenovich con horror en la voz –. Pero si tenemos todas las palas que quieras…

—Volodia —se dirigió a su ayudante—, ve al almacén de inmediato, trae un par de las más nuevas…

—Oh, no, eso no sirve —respondió con tristeza el dispositivo—. O es esa pala en concreto, o ninguna. Nuestro programa es inequívoco. Bueno, tendremos que volver con las manos vacías. Sí… ¿Salvo que la encuentren?

–¿Y qué les va a pasar ahora por esto? – preguntó con simpatía Filipp Semenovich.

–A juicio – respondió el dispositivo –. ¿A nosotros qué nos importa? Cumplimos con nuestro deber. Será nuestra octogésima generación la que pague las consecuencias.

La criatura apagó todos sus botones y, junto con su compañero (¿compañera?), volvió a entrar en el vientre de la medusa.

Los dos hicieron un gesto de despedida con las manos y se elevaron suavemente del suelo.

Se volvió a oír música, aunque no tan alegre como durante el descenso. El acordeonista local afirmó después que se trataba de la conocida melodía “Entre los altos trigales se perdió…”.[3]

Notas 

[1]La canción “Валенки” [Español: Botas de fieltro] es una canción tradicional rusa de origen probablemente gitano, difundida desde fines del siglo XIX y popularizada en la década de 1940 por la cantante Lidia Ruslánova, cuyas letras evocan de forma humorística las botas de fieltro típicas y escenas de la vida cotidiana y amorosa. [N. del T.]

[2]Diplodocus es un género de dinosaurio saurópodo del período Jurásico tardío, conocido por su cuerpo enorme, cuello y cola extremadamente largos. [N. del T.]

[3]Original ruso: “Средь высоких хлебов затерялось”. El romance está basado en el poema “Похороны” [esp. El funeral] de Nikolái Nekrásov, escrito en 1861 y musicalizado en 1911 por N. A. Aleksándrov. [N. del T.]