Arina Óbuj (Sobre la autora)
Traducción: Rafael Guzmán Tirado
-¿Por qué en el calendario de tu casa siempre se ve la página con el mes de marzo?
-Porque en ella está la foto de Bella Ajmadúlina[1]. En la siguiente aparece Gorki, frunciendo el ceño, y en la otra, Shukshín[2], con los ojos entrecerrados. No, no pases la página. Que se sigan viendo Bella y el mes de marzo. Está claro de todas formas que estamos en diciembre.
Miró por la ventana, como si quisiera asegurarse de la veracidad de sus palabras. El barrio de Río Negro[3] estaba completamente blanco.
-Río Negro, Pueblo Nuevo, Pueblo Viejo… –continuó ella-. El nombre de estos barrios no es para personas pretenciosas: no tienen dónde esconder sus pijotadas.
Van dos en el coche, en el “Yandex.Mapas”[4] aparece el mensaje: “Lugar donde tuvo lugar el duelo de Pushkin”.
-La verdad es que el sitio está mal elegido -comentó-. Hay una carretera, casas… es que podían verlos desde las ventanas.
-Sí, los que viven ahí, cada vez que salen al balcón, tratan de detenerlos. Pero nunca lo han conseguido: Dantes dispara y Pushkin cae sobre la nieve. Y luego vienen al mismo lugar dos poetas, Voloshin y Gumilyov, a batirse en duelo, a resolver sus pijotadas.
-Su duelo pasó de tragedia a farsa. Al parecer, Voloshin había perdido una bota o yo qué sé…, cuando iba andando hacia la marca en el suelo que los separaba.
-Una galocha[5]. Anduvo buscándola un buen rato, negándose rotundamente a batirse en duelo con una sola galocha.
La nieve daba un color plata a la ciudad. Al otro lado de la ventana se veía la iglesia del Nacimiento de Juan el Bautista.
-Aquí es donde Pushkin bautizó a sus hijos.
No sé por qué, siempre que pasamos al lado, dice esa frase. Como si Pushkin los hubiera bautizado ayer. Noticia de última hora.
-No me imagino yo a Pushkin llevando una cruz colgada en el cuello —dice—. No, yo entiendo todo, entiendo que bautizara a sus hijos, pero no puedo imaginármelo con una cruz en el cuello.
-Pero es que una cruz no tiene que verse, debe estar oculta, pegada al cuerpo.
-Vale, puedo imaginarme a Pushkin desnudo, pero llevando una cruz.…
-Sé que no crees en Dios, pero a lo mejor ya es bastante con que creas en Pushkin.
Se detuvieron en el semáforo. Estaba cruzando la calle una mujer con una chaqueta vaquera y con el pelo rojo, asomándole por debajo de la gorra. Ella no dejaba de mirarla.
-¿Tampoco existe la vida eterna?
-No.
-¿Acaso no se te aparecen en sueños tus difuntos? Los abuelos, las abuelas…
-Sí.
-¿Y qué te dicen?
-Cosas diversas.
-Mira, esa es mi abuela, ¿ves? La pelirroja, con gorra. Ella también vive en barrio Río Negro. Murió hace dos años.
-¿Murió o está viva?
-La verdad es que no sé qué decirte. Una vez, en un sueño, me llamó por teléfono y me dijo que estaba de vacaciones en Zheleznovodsk. Y yo le digo: “Pero, espera, ¿es que estás viva?”. Y ella me respondió: “Pero qué dices ¡¿Estás loca?!”, y colgó. Pero, vamos, como si estuviera viva. Con un genio que tenía. Oye, ¿te he hablado del “Túnel del miedo”?
*
… La primera vez que dejé de temer a la muerte fue cuando vi que llevaba chanclas rosas.
Ella me saludó con la mano y me dijo:
-Hola, cariño. ¿Cuántos años tienes?
-Ocho.
-Cuando crezcas, ven a verme.
La muerte no me dejaba entrar en el “Túnel del miedo”, bloqueándome la puerta negra, de donde salían gritos y una música siniestra.
Yo también quería entrar, aunque todos los que entraban por esa puerta negra no regresaban.
Unos minutos después, Katya me montó en la enorme “Taza de té”, que era una de esas atracciones que había en la isla Krestovski, donde dejaban montarse a los niños de ocho años.
Mientras daba vueltas en “la Taza”, de repente me di cuenta de que las personas que habían entrado en el “Túnel del miedo” habían salido por el otro lado.
Todos estaban vivos. No existe la muerte.
*
-Sí, la verdad es que tiene gracia. ¿Cuándo vendrás a Moscú?
Ella lo miró y pensó que estaba demasiado metido en sí mismo, como si él mismo fuera todo a la vez: la“Taza de té”, el té y el“Túnel del miedo”.
Bajó la ventanilla del todo. Y allí aparecieron: Tesalónica, Brujas, Sainte-Agnès… en San Petersburgo se puede encontrar cualquier ciudad.
Y ella se encuentra en el andén, reflejándose en el cristal del Sapsán[6].
-No me has respondido. ¿Cuándo vendrás a Moscú?
Él se va, y ella se queda. Esto sucede constantemente: el tren Petersburgo-Moscú lleva ya haciendo su ruta ciento sesenta y nueve años.
Dantés lleva matando a Pushkin ciento ochenta y tres años.
Y Pushkin lleva viviendo doscientos veintiún años.
Y en el calendario se ve Bella Ajmadúlina. Y el mes de marzo.
Blanca, intangible, subyugada
-Voy a volar sobre la isla Vasílievski —prometió.
Y viene volando. Se quita las alas y las cuelga en una percha en el pasillo.
-¿Puedo probármelas?
Me ayuda a ponerme las alas en la espalda.
Me están grandes. Me arrastran por el suelo. Ni puedo dar un paso ni despegar.
-Son pesadas… ¿cómo las puedes llevar?
-Hace falta habilidad -sonríe.
Siempre tiene asuntos urgentes, todos los días está salvando al mundo: porque en el mundo constantemente hay algo que no va bien, que exige permanentemente su atención.
No sé quién es, por eso lo llamo simplemente Blanco.
Si tiene alas es que es un ángel. Y si no tiene, entonces es un hombre.
Puede que todo esto no sea verdad, pero, por otro lado, yo he visto esas alas con mis propios ojos. Muchas personas necesitan algo tangible para tener fe.
Tenía un amigo que no creía en Dios, pero llevaba puesta una cruz porque los padres lo bautizaron, él entendió que eso era una tradición y nunca se la quitaba, pero no tenía fe. Blanco dice que eso le pasa a muchas personas. Y cuando llegan al cielo, los más aturdidos vagan por allí, se sorprenden constantemente, tocan las nubes, paran a cada ángel que haya por allí y le preguntan: “¿Y ahora qué? ¿A dónde voy?” Allí hay el mismo jaleo que en un aeropuerto. Luego los llaman a recepción … Usted para el infierno, usted para el paraíso, tenga la entrada.
Y mi amigo, el no creyente, perdió tres veces la cruz en el río. Y tres veces se compró una nueva. Tenía necesidad de llevar esa carga. Blanco dice que los ángeles vuelan hacia la cruz y se sientan en el llamado “rincón del ángel».
-¿Qué rincón?
-Este.
Blanco me toca el cuello y me presiona ligeramente al lado de la yugular.
-Aquí se puede escuchar en lo que está pensando la cabeza y por qué el corazón late, es muy cómodo. Por cierto, deja de contar tus errores, olvídalos, ponte en otro modo, limpia tu memoria.
Pero solo dejo de pensar en ellos cuando Blanco me cubre con su ala. En este momento, el mundo se reduce a los límites de un ala.
*
En mi vida, Blanco apareció inesperadamente y justo a tiempo.
Ese año, la muerte se había llevado a todos a toda prisa, sin un respiro. Todos tuvieron tiempo de repetir las siguientes palabras: “Se ha ido una época, se ha ido una época, se ha ido una época”.
Durante ese año murieron grandes actores, directores, músicos, escritores, artistas… como si Allí en las nubes hubiera programado un festival donde todas las mejores personas del planeta Tierra debían actuar.
Y el auditorio celestial estaba lleno de espectadores.
Mi abuela Katya, como solía hacer en la tierra, llegó al concierto con antelación; dos horas antes de que empezara ya había ocupado su lugar.
El 30 de agosto dio un concierto Josif Kobzón[7].
-¿Y Kobzón cantó “Katyusha”[8]? – pregunto yo.
Blanco asintió.
-¿En serio?
-Por supuesto, tú me lo habías pedido. Y yo se lo dije a Kobzón.
Y el 1 de octubre dijo lo siguiente:
Charles Aznavour va a cantarle esta noche.
Y Blanco le mostró los pases para el concierto.
*
Cuando yo era pequeño había un juego que se llamaba el “Secretito”, que consistía en cavar un agujero en el suelo, colocar una bonita flor dentro de él y cubrirlo con un vaso, se memorizaba el lugar donde estaba, sin decírselo a nadie, y ya está, el misterio estaba servido. Y ahora mi secreto es Blanco. Y también se esconde en rincón de al lado de la yugular.
… Y un día, en una de las paredes de mi patio, apareció una inscripción: “Infinito menos lo importante es igual a infinito”.
Todo el patio anduvo dándole vueltas a esa ecuación, pero nadie podía dominar esa resta ni el resultado obtenido.
Borraron, pintaron y limpiaron la memoria.
Pero la inscripción volvió a aparecer. Rezumó. E insistía: “Infinito menos lo importante es igual a infinito”.
Es decir, “menos lo importante” quiere decir “menos Katya”. En la Tierra tiene lugar constantemente una resta. Y una suma: el planeta crece con nuevos habitantes. El infinito es así. Y el Cielo, que es infinito, acepta a todos los “menos”.
*
Las alas están colgadas en el pasillo de mi casa. Alguien las dejó allí.
Me las pongo. Y me miro en el espejo. Me están un poco grandes. Pero por lo menos están calientes.
Por el camino al cementerio de Smolensk, siempre me encuentro al mismo mendigo, se llama Filemón. Todo el mundo lo conoce, siempre está sentado en su propia butaca. A las palomas les parece que es una estatua: se posan en su cabeza, hombros, piernas y vientre… Es el Dios de las palomas. Le gusta las limosnas, y las acepta con dignidad.
―¿Quiere coger las alas?
―¡Pero si son mías!
Él reacciona a todo de esta manera: piensa que la gente no le da limosna, sino que le devuelve sus deudas.
Se puso las alas y se elevó al cielo con las palomas.
Todo es verdad, todo sucedió así.
Y caía la nieve sobre San Petersburgo, la de marzo. Blanca, intangible, subyugada.
Notas
[1]Conocida poeta rusa, nacida el 10 de abril de 1937. Destacó por su elevado lirismo.
[2] Escritor, actor y director ruso.
[3] Barrio de San Petersburgo, donde cayó muerto A. S. Pushkin.
[4] Nombre del buscador de Internet más extendido en Rusia.
[5] Calzado de goma, usado en Rusia para andar por la nieve o por el lodo.
[6] Tren de alta velocidad ruso.
[7] Iósif Kobzón fue un cantante soviético y ruso.
[8] Canción rusa muy popular durante la segunda mitad del siglo XX.