La mitología revolucionario-democrática como fundamento de la historia soviética de la literatura rusa

Iván A. Esaúlov

Traducción: Alejandro Ariel González

Pero todo el error de esas buenas personas reside en que siempre
han visto el progreso ruso únicamente en la autovejación.
F. M. Dostoievski

En los últimos años se ha vuelto un lugar común en las discusiones la constatación de una crisis evidente en el estudio de la literatura rusa.[1] Además, la historia soviética de la literatura suele considerarse ideológicamente falsa y es sometida a toda suerte de «revisiones» en las que aquí no tenemos espacio para detenernos.

Los orígenes de la crisis actual de la «cientificidad» en el estudio de la literatura, por lo visto, no se pueden reducir a la intencional tergiversación soviética. La variante soviética de lectura de la literatura rusa tiene su genealogía prerrevolucionaria. La tarea del presente trabajo no consiste en hacer un listado de las coincidencias y divergencias entre las posiciones de los «revolucionarios demócratas» del siglo XIX y de los historiadores soviéticos de la literatura. Solo quisiéramos señalar algunas «líneas de fuerza» comunes —por lo demás, bastante evidentes— que vinculan la tendencia crítica dominante en el siglo pasado, que no pretendía ninguna cientificidad, con la «historia de la literatura» elaborada más tarde, que precisamente intenta monopolizar esa cientificidad.

Esos rasgos en común tienen como base una singular axiología[2] que determina el modo mismo de abordar la literatura rusa, la historia de Rusia y, también, el tipo de espiritualidad cristiana, dominante para la cultura nacional.

Ya en 1909 Piotr Struve, en la antología Hitos (Вехи), afirmaba: «En los años 1860, con el desarrollo del periodismo y de la publicística, la “intelliguentsia” se distingue de la clase educada como una formación espiritualmente singular. Es de notar que nuestra literatura nacional sigue siendo una provincia que la intelliguentsia no puede conquistar. Los grandes escritores Pushkin, Lérmontov, Gógol, Turguéniev, Dostoievski, Chéjov no tienen el aspecto de miembros de la intelliguentsia».[3]

Mijaíl Guershenzón dijo en la misma línea: «Desde el mismo momento en que su pensamiento consciente se despertaba, el miembro de la intelliguentsia se convertía en esclavo de la política: solo pensaba, leía y discutía sobre ella, era lo único que buscaba en todo —en otras personas tanto como en el arte— y vivía como un auténtico prisionero, incapaz de ver el mundo […] Libres eran […] nuestros grandes artistas, y, naturalmente, cuando más auténtico era su talento, más odiosas le resultaban las anteojeras de la moral socio-utilitaria de la intelliguentsia, de modo que la fuerza del genio artístico entre nosotros podía medirse casi infaliblemente por el grado de odio a la intelliguentsia; basta con nombrar a los más geniales: Tolstói y Dostoievski, Tiútchev y Fet […] Para ellos, aquello de lo que vivía la intelliguentsia era como si no existiera».[4] La radical diferencia en las orientaciones de valor llevaba inevitablemente a que «la intelliguentsia […] en la persona de sus líderes espirituales —críticos y publicísticos— […] creara un tribunal partidario para juzgar la libre verdad del arte y pronunciara sentencias».[5]

En la célebre carta del «padre de la intelliguentsia rusa» Bielinski a Gógol, «esa fogosa y clásica expresión de los ánimos de la intelliguentsia»[6] que no por azar Herzen tomó como un «testamento» del crítico, puede verse precisamente una «sentencia» en la que, en efecto, se expresaba de un modo clásico la amarga —no solo para la ciencia de la literatura, sino también para el posterior destino de Rusia— y sustancial divergencia entre axiologías opuestas. A la vez, se trata de una suerte de manifiesto sobre el trato a los escritores rusos cuando estos afirman abiertamente los principios cristianos ortodoxos de la vida rusa.

El enfrentamiento del periodismo «progresista» alentado por los miembros de la intelliguentsia con la vía principal de la literatura rusa, continuado y acentuado dramáticamente para la literatura clásica rusa durante los tiempos soviéticos, difícilmente pueda explicarse apelando a la divergencia solo de orientaciones políticas y estéticas. Tal enfrentamiento reconoce hondas raíces religiosas.

Fue este el aspecto que señaló Serguéi Bulgákov en su artículo «El heroísmo y la abnegación», también publicado en Hitos. Ya a principios del siglo XX, tan trágico para Rusia, Bulgákov se vio obligado a argumentar especialmente que «la concepción popular del mundo y la disposición espiritual están determinadas por la fe cristiana»,[7] y, tras comparar la concepción del «alma popular, que Dostoievski comparte con los más grandes artistas y pensadores rusos»,[8] con la «típica mirada de la intelliguentsia», llega a la poco consoladora conclusión de que «en este punto central, la intelliguentsia ha tratado y sigue tratando con absoluta incomprensión e incluso desprecio todo aquello que concierne a la fe del pueblo […] La influencia de la intelliguentsia se refleja ante todo en que ella, en su afán de aniquilar la religión popular, corrompe el alma del pueblo, lo desplaza de sus fundamentos seculares, que hasta ahora han sido inmutables».[9] A la vez, «la destrucción de los pilares religiosos y morales seculares del pueblo libera en él esos elementos oscuros que tanto abundan en la historia rusa».[10]

Todo lo demás (la «ética del nihilismo» señalada por Semión Frank, el «apartamiento irreligioso respecto del Estado» advertido por Struve, o bien el cisma de Rusia «en dos mitades irreconciliables, el bloque de derecha y el bloque de izquierda, las centurias negras y las centurias rojas»,[11] constatado por el propio Bulgákov) no es sino una consecuencia del hecho de que «la intelliguentsia ha rechazado a Cristo, le ha dado la espalda, ha arrancado su imagen de su corazón».[12]

Desde luego, en el presente artículo no nos proponemos analizar críticamente las ideas expresadas en la antología Hitos y determinar el grado de corrección de la invectiva de sus autores respecto de la intelliguentsia rusa en su conjunto.[13] No obstante, sin esa ampliación «culturológica» de nuestro tema, que puede parecer injustificada por más que la señalemos necesariamente en forma de tesis, las «líneas de fuerza» más importantes que ligan la crítica revolucionario-democrática con los críticos literarios soviéticos pasarían falsamente por los estrechos marcos del «literatura-centrismo» y, por tanto, se verían tergiversadas.

A pesar de toda la diferencia entre la intelliguentsia rusa y el «eruditismo» soviético analizado por Solzhenitsin a principios de los años 1970,[14] el rechazo de Cristo señalado por Bulgákov y, ligado directamente con ello, la destrucción de los pilares religiosos y morales seculares del pueblo adoptó en el período posterior a la Revolución un carácter tan brusco y beligerante en el ámbito de las humanidades[15] (las raras excepciones no hacen más que confirmar la regla) que no podía sino determinar de un modo decisivo la orientación de los investigadores que estudiaban la historia de Rusia y la historia de la literatura rusa.

No es preciso que nos detengamos especialmente en las numerosas consecuencias generales de semejante orientación (por ejemplo, en el asombroso hecho de que —según la valoración de los investigadores—los años de la «reacción» en la historia de Rusia casi siempre, y de un modo extraño, son en realidad períodos de estabilidad estatal; la expresión más extrema de esa tendencia es la famosa tesis de los socialdemócratas rusos sobre la conveniencia de que Rusia pierda «en cualquier guerra»). Recurramos al material crítico-literario concreto.

Maksim Gorki, en su Historia de la literatura rusa, exalta «la línea más grande y, acaso, la socialmente más fructífera de la literatura rusa: la línea denunciatoria y realista».[16] Sin embargo, en su opinión esa línea no es en absoluto determinante en la literatura rusa, en la que prevalece un principio completamente diferente. Según Gorki, «la inmensa mayoría de los escritores rusos» eran «demagogos desesperados que lisonjeaban por todos los medios al pueblo».[17] Sin embargo, pese a la posterior y gradual corrección del radicalismo de Gorki en la interpretación de la historia de la literatura nacional, precisamente la línea «denunciatoria», como se sabe, es presentada con toda legitimidad como el vector dominante en el desarrollo global de la literatura anterior a la Revolución.

Por ejemplo, en el artículo «Cuestiones de interpretación de la historia de la literatura rusa», Dmitri Blagói formula con toda franqueza: «El historiador de la literatura no debe ser prisionero de los hechos ni dejarse llevar de la rienda por estos […] La historia de la literatura debe concebirse básicamente […] como la historia de una literatura progresista que se fue conformando en la lucha contra lo caduco, lo obstinado, lo reaccionario».[18]

En el editorial «Cuarenta años de ciencia filológica soviética» Blagói afirma: «A la luz de la doctrina leninista sobre las dos culturas, nuestra crítica literaria ha prestado una especial atención a esos escritores y corrientes literarias más progresistas que eran subvalorados o tergiversados por la crítica literaria burguesa […] Una nueva luz recibió también la literatura rusa del siglo XIX. Su abordaje desde el punto de vista de la Revolución rusa y de las tres etapas del movimiento emancipador ruso determinó esa singular atención por las corrientes revolucionarias en la literatura rusa».[19]

Como ya en 1967 dijera Vasili Kuleshov al reflexionar sobre los «principios de interpretación del curso general de la literatura rusa del siglo XIX»: «La revolución triunfante arrojó una luz retrospectiva sobre todo el movimiento emancipador que la precedió».[20] Bajo esa «luz retrospectiva» se produjo una curiosa transformación de la historia de la literatura rusa en la que pueden distinguirse tres aspectos:

1) esta literatura era entendida principalmente como una literatura de denuncia social;

2) para facilitar esa revisión «retrospectiva», en el centro de atención de la crítica literaria aparecieron escritores u obras considerados «progresistas»;

3) la proporción entre escritores y críticos literarios (periodistas) se inclinó resueltamente en favor de los últimos; además, los «demócratas revolucionarios» no solo eran calificados como precursores de los «demócratas» soviéticos, sino también como una suerte de teóricos de la literatura.

Si los aspectos 1 y 2 son del todo evidentes (basta con analizar, por ejemplo, el contenido de la bibliografía en cuatro tomos La crítica y la ciencia literaria soviética. 1917-1967, publicada en 1989, así como conocer las iracundas «protestas de la comunidad científica» —periódicamente surgidas y promovidas desde arriba— contra la «teoría de la única corriente» en la literatura rusa, es decir, los intentos bastante tímidos e inconsecuentes de eludir la rigidez del esquema clasista de las «etapas emancipadoras» y también de la doctrina leninista de las «dos culturas»), nos parece de sumo interés detenernos con más detalle en la reinterpretación radical de la relación entre la crítica «democrática» y la literatura propiamente dicha.

Es demostrativo que en el restablecido tomo diez de la Enciclopedia literaria, el artículo central «Literatura rusa» comience no propiamente por la literatura, sino por la caracterización de la actividad de los críticos «progresistas»: «La línea Bielinski, Chernishevski, Dobroliúbov […] constituye el punto máximo de la ciencia literaria».[21] Es probable que, en términos «retrospectivos», la jerarquía de los críticos y escritores del siglo XIX fuera vista como algo semejante a la jerarquía, consolidada en la URSS, de los ideólogos y obreros-prácticos literarios (los «escritores soviéticos»). En los diez tomos de Historia de la literatura rusa (1941-1956), el análisis de la crítica literaria ocupa precisamente un enorme lugar.

Sin embargo, esa proporción del todo inverosímil sería más tarde proclamada insuficientemente radical. Por ejemplo, los autores de los cuatro tomos de Historia de la literatura rusa (1980-1983) postulan: «A menudo […] el destacado papel organizador y rector de la crítica clásica [es decir, desde luego, la crítica revolucionario-democrática — I. E.] se presenta de un modo en extremo atenuado».[22] (!) Aquí es notable, en especial, el cliché que hemos resaltado en itálica, que suele formar parte de la actividad puramente partidaria soviética. Sin embargo, utilizado respecto de la crítica democrática del siglo XIX, caracteriza la crítica «progresista» como «vanguardia» del proceso literario, crítica que organiza y rige la literatura rusa casi en la misma medida en que el partido dirige la literatura soviética.

La explicación de esa situación bastante extraña la encontramos en que el propio discurso de la crítica literaria se construye no en torno a la descripción de su objeto inmediato de estudio, sino que persigue propósitos completamente diferentes. En el editorial del primer tomo de Legado literario en 1931, la historia de la literatura rusa se define como una suerte de «parcela de la lucha de clases» que sin falta debe conquistarse: «En un ataque victorioso en todo el frente, la crítica literaria leninista acabará con el enemigo de clase incluso en esa parcela».[23] En 1954, como refiriéndose a una orientación del todo evidente para el investigador soviético, en la revista «Noticias de la Academia de Ciencias de la URSS» se afirma que «el historiador de la literatura del siglo XIX, por supuesto, está obligado a resaltar por todos los medios la inmensa influencia rectora ejercida por la crítica revolucionario-democrática, empezando por Bielinski, sobre el desarrollo del propio proceso literario».[24]

Los orígenes de la concepción de la literatura rusa del siglo XIX como una literatura de «realismo crítico» tienen un paradigma axiológico y de sentido basado en un determinado enfoque del pasado cristiano prerrevolucionario del país. Ese enfoque tiene un carácter acientífico y mitológico.[25]

Reaccionarios se denominan todos aquellos fenómenos literarios sobre los cuales se puede sospechar un movimiento «desde el radicalismo y el democratismo hacia la conservación y defensa del “orden” burgués» (de la ponencia de Gorki en el Primer Congreso de Escritores Soviéticos).[26] Por el contrario, progresista es todo aquello que de una u otra manera se oponga al «orden» ortodoxo del Imperio ruso.[27] Además, cuanto más alto sea el grado de «radicalismo», más «progresista» es tal o cual escritor, activista social o crítico literario.

Bajo esa orientación axiológica, el propio proceso literario, así como la obra de los distintos autores, son descritos en correspondencia con el esquema sociohistórico del consecuente movimiento «emancipador» en Rusia (las etapas establecidas por Lenin, famosas por el artículo «En memoria de Herzen» y devenidas por siempre el armazón de la variante soviética de la «historia de la literatura rusa», son en este sentido solo un caso particular).

Pero esta axiología se encuentra total y completamente dentro de los límites del «mito», más precisamente, del «mito de izquierda», si se recuerda sin ir más lejos la gradación de Roland Barthes.

Respecto del grado de adecuación a la realidad de la historia de la literatura rusa puede juzgarse al menos por el elocuente hecho de que las obras más maduras y tardías no de escritores secundarios, sino de Pushkin, Gógol y Dostoievski «no fueron leídas», sino rechazadas por la crítica rusa democrática «progresista y de vanguardia» precisamente porque contradecían de plano la lógica del mito de izquierda.

En la ponencia de Gorki en el Primer Congreso de Escritores, la valoración negativa del período presoviético aún se halla en forma pura y cristalina, en total correspondencia con las orientaciones ideológicas de los primeros quince o veinte años que siguieron a la Revolución. «El tema principal de la literatura rusa del siglo XIX es el individuo en su contraposición a la sociedad, el Estado, la naturaleza».[28]

En lo sucesivo ya no veremos una claridad semejante en las historias de la literatura rusa. Sin embargo, permanece inmutable la propia orientación axiológica con cuya ayuda se moderniza dicha construcción mitológica.

Nos referimos a la garantía cientificista de la variedad soviética del mito de izquierda, que incluye nociones estereotipadas para la ciencia histórica y la crítica literaria soviéticas acerca del movimiento «emancipador» en Rusia, así como acerca del papel de la iglesia en la cultura rusa, nociones conformadas dentro de los límites del pensamiento materialista marxista. Es de singular importancia señalar el hecho de que tanto los representantes de las ciencias humanas soviéticas «oficiales» como los «disidentes» internos que se oponían con cuidado a ellas en los años 1960-1980 se encontraban en la inmensa mayoría de los casos «dentro» de una misma mitología y compartían sus principales orientaciones dominantes.

Sobre las pretensiones actuales del mito de izquierda a una explicación «científica» del fenómeno de la literatura rusa en la conciencia de las humanidades postsoviéticas, que han perdido las coordenadas marxista-leninistas pero que en general aún no han adoptado otras, puede juzgarse, sin ir más lejos, por las quejas que constantemente se oyen en los medios masivos de comunicación (que además son de una orientación ideológica opuesta) de parte de quienes ejercen el «eruditismo» postsoviético, que han divisado la dolorosa perspectiva de que se destruya esa noción de la literatura rusa que resultaba cómoda para ellos, por utópica que fuera.[29]

Lo mismo ponen de manifiesto los nuevos intentos de «desacralizar» a Pushkin, Gógol, Dostoievski; sobre todo su «reaccionaria» fe ortodoxa, y también sus «incorrectas» representaciones (es decir, refractarias al riguroso marco de los estándares «democráticos» del segmento actual del «pequeño tiempo») sobre la autocracia rusa, el pueblo ruso y el destino de Rusia. Incluso puede hablarse del claro «renacimiento» de ese tipo de apreciaciones, que recuerdan en gran medida el pensamiento ideológico de acusación propio de los años 1920 en la Unión Soviética.[30] Es muy demostrativo que, paralelamente a esa «desacralización», tiene lugar una tenaz introducción de ídolos[31] propios cuya obra, por lo visto, es axiológicamente más afín al «eruditismo» de las ciencias humanas del período postsoviético.

Es evidente que se trata no solo de una lógica local, cuasicientífica, limitada por el material crítico-literario y basada en las creencias mitológicas de Bielinski, Chernishevski y Dobroliúbov. Esas mismas creencias constituyen una de las ramas de la mitología «occidentalcéntrica».

Por lo visto, detrás de esa mitología hay concepciones progresistas más globales —y de orientación preferentemente atea— sobre las vías de desarrollo de la sociedad y de la literatura. Dichas concepciones, en rigor, son indemostrables; sin embargo, precisamente por ello representan una parte muy importante de la mitología intelectual neoeuropea, con su manifiesta inclinación al «izquierdismo». Esta última característica puede formularse de otro modo si recurrimos a otro tipo de discurso: se trata de un defecto muy específico y, a la vez, elocuente — la incurable cojera de la pierna izquierda.

Notas

Artículo publicado por primera vez en Проблемы исторической поэтики, Петрозаводский государственный университет, № 5, 1998, pp. 191-202.

[1] Cf., por ejemplo, los materiales de la «mesa redonda» sobre el tema «¿Cómo debe ser la historia de la literatura?» (Вопросы литературы, 1996, вып. 3, с. 3-40). Aunque debemos señalar que la cuestión sobre la corrección científica de la aplicación del enfoque materialista —del cual el marxismo constituye una variedad particular (a la vez, la interpretación soviética de la literatura rusa se convirtió en uno de los modos de aplicación de ese enfoque en la práctica)— a su objeto de «conocimiento», que es de índole espiritual —la creación literaria— y no material, hasta ahora no ha sido casi planteada ni concebida.

[2] Para más detalles cf.: Есаулов И. А., Литературоведческая аксиология: опыт обоснования понятия // Евангельский текст в русской литературе XVIII-XX веков, Петрозаводск, 1994, c. 378-383; Ibid., Категория соборности в русской литературе, Петрозаводск, 1995, c. 3-27.

[3] Струве П. Б., Интеллигенция и революция // Вехи. Из глубины, М., 1991, c. 156.

[4] Гершензон М. О., Творческое самосознание // Вехи. Из глубины, М., 1991, c. 84-85.

[5] Ibid., c. 85.

[6] Булгаков С. Н., Героизм и подвижничество (Из размышлений о религиозной природе русской интеллигенции) // Вехи. Из глубины, М., 1991, c. 61.

[7] Ibid., c. 66.

[8] Ibid.

[9] Ibid., c. 67.

[10] Ibid., c. 68.

[11] Cf. ibid., c. 167-199, 150-166, 68.

[12] Булгаков С. Н., Героизм и подвижничество, c. 72. Cf. el recuerdo de Dostoievski sobre Bielinski en una carta a Strájov: «Ese hombre me insultó a Cristo con palabrotas»” (Достоевский Ф. М., Полное собрание сочинений: В 30 т., т. 29, кн. 1, Л., 1986, с. 215), que se corresponde con la bruscas palabras del escritor en esa misma carta: «El repugnante insecto Bielinski […] tenía un talentucho de mala muerte, por eso maldijo a Rusia y le causó a conciencia tanto daño” (Ibid., c. 208). El estrecho vínculo entre las dos réplicas del escritor es del todo evidente: como se sabe, para Dostoievski (como más tarde para Bulgákov) era indudable que el ideal del pueblo ruso era Cristo.

[13] Cf., por ejemplo, uno de los últimos intentos de relectura de la célebre antología: Штурман Д., В поисках универсального сознания. Перечитывая “Вехи” // Новый мир, 1994, № 4, c. 133-184.

[14] Cf. Солженицын А. И., Образованщина // Из-под глыб, Париж, 1974, c. 217-259.

[15] «A lo largo de los años 1920 […] en todos los ámbitos de la cultura se aniquiló toda la tradición y la historia rusas como acaso solo sucede durante una ocupación» (Солженицын А. И., Раскаяние и самоограничение // Из-под глыб, Париж, 1974, c. 135). Así, según una observación de Lidia Guinzburg del año 1926, «en la URSS ahora se permite todo tipo de sentimientos nacionales, con excepción de los rusos. Incluso el nacionalismo judío, aplastado por la Revolución en la persona de los sionistas y los mencheviques judíos, comienza ahora a renacer como política de las minorías nacionales. Dentro de la URSS, Ucrania y Georgia figuran como Ucrania y Georgia, pero Rusia es una palabra no bien vista por la censura» (Гинзбург Л., Записи 20-30-х годов // Новый мир, 1992, № 6, c. 153-154). Cabe señalar, por cierto, que la propia Lidia Guinzburg veía en esa «excepción» tan característica un singular «sentido histórico, si bien ilógico»: «El nacionalismo ruso está demasiado vinculado con la ideología contrarrevolucionaria (el patriotismo)» (Ibid., c. 154). Sin embargo, difícilmente pueda explicarse esa actitud apelando solo al contexto histórico inmediato del primer decenio posterior a la Revolución: para quienes dirigían el desarrollo de las ciencias humanas y de la cultura en Rusia, incluso «en 1934 las palabras “Rusia” y “rusos” seguían teniendo connotaciones negativas» (Паперный Вл., Культура Два, М., 1996, c. 83).

[16] Горький М., История русской литературы, М., 1939, c. 25.

[17] Ibid., c. 5.

[18] Благой Д. Д., Вопросы построения истории русской литературы // Известия АН СССР. Отделение литературы и языка, 1954, т. 13, вып. 5, c. 411.

[19] Известия АН СССР. Отделение литературы и языка, 1957, т. 16, вып. 5, c. 399, 401.

[20] Советское литературоведение за пятьдесят лет, М., 1967, c. 395.

[21] Литературная энциклопедия, т. 10, München, 1991, cтб. 91.

[22] История русской литературы, т. 1, Л., 1980, c. 8.

[23] Литературное наследство, т. 1, 1931, c. 5.

[24] Известия АН СССР. Отделение литературы и языка, 1954, т. 13, вып. 5, c. 404.

[25] Cf.: «El mito de la realidad rusa como una suma de estancamiento, ignorancia y sumisión servil estaba fatal e irremediablemente ligado con el programa de total aniquilación de la vida nacional» (Хализев В. Е., Спор о русской классике в начале ХХ века // Русская словесность, 1995, № 2, c. 20).

[26] Первый Всесоюзный съезд советских писателей. Стенографический отчет, М., 1934, c. 11. Recordemos que, para Gorki, los «pequeños burgueses» Tolstói y Dostoievski «hicieron un flaco favor a su ignorante y desdichado país» justamente «con la prédica de la paciencia, la resignación, el perdón, la justificación», es decir, con la afirmación de los valores precisamente cristianos. «Quieren reconciliar al torturador y al torturado […] Enseñan paciencia a los mártires […], prometen al pueblo una recompensa en el cielo por el esfuerzo y los sufrimientos […] Eso es un trabajo criminal que detiene el correcto desarrollo del progreso» (Горький М., Собрание сочинений: В 30 т., т. 23, М., 1953, c. 352-355).

[27] En 1912, Vasili Rózanov, con su inherente tono paradójico, escribía sobre la opríchnina de izquierda: «Ha aparecido la “opríchnina” de izquierda, que ha conquistado toda Rusia». Por eso «en Rusia “estar en la oposición” significa amar y respetar al Soberano […], “ser sedicioso” en Rusia significa ir a escuchar misa» (Розанов В. В., Уединенное, М., 1990, c. 290).

[28] Первый Всесоюзный съезд советских писателей. Стенографический отчет, c. 17.

[29] Cf. «Dostoievski ha sido convertido en ícono […] Pushkin se convierte en un “súbdito fiel” y en un “devoto creyente”» (Пелисов Г., Покушение // Правда, 1996, 24 de julio); Розен А., Пушкин как предшественник Маркса, а ныне опора Православию // Независимая газета, 1994, 3 de diciembre. Es característico que en los periódicos de la época de la «perestroika» se llamara con tanta insistencia a restaurar las «normas leninistas de vida». Sin embargo, cuando los cultores postsoviéticos del «eruditismo» comprendieron definitivamente la imposibilidad de esa «restauración», que podía convertirse en funesta para la cultura rusa, con no menos ardor precavían incansablemente a la sociedad de un regreso «irreflexivo» a los tradicionales valores cristianos en general y a las tradiciones estatales rusas en particular. Además, con especial dolor se vive la hipotética probabilidad de que en Rusia se restaure el tipo de conciencia religiosa que es predominante en ella. No menos característica, y testimonio de un determinado y lamentable nivel de la cultura general, es la inclinación a comprender el cristianismo solo como una ideología ajena y sumamente peligrosa (desde el punto de vista de las propias orientaciones de valor).

[30] También ha surgido una militante y activa resistencia a cualquier revisión positiva del «pasado maldito» de Rusia. Por desgracia, la polémica científica suele sustituirse en tal caso por acusaciones ideológicas en parte heredadas del léxico de las ciencias sociales soviéticas (por ejemplo, las acusaciones de irracionalismo) y en parte ligadas con la nueva coyuntura política (por ejemplo, en lugar del estigma «antisovietismo» se utiliza la etiqueta «antioccidental»; huelga señalar que los autores, así como no se molestaban en argumentar en la época soviética, tampoco lo hacen ahora). En este sentido, es característica la reseña, extensa y sumamente agresiva, de mi libro Категория соборности в русской литературе (Петрозаводск, 1995), escrita no por un historiador, no por un teórico literario, sino por el sociólogo Lev Gudkov (Новое литературное обозрение, 1998, № 31, c. 353-375). Sobre el nivel de análisis del libro hablan con elocuencia no solo la jerga específica de la reseña, las grandilocuentes definiciones —típicas de los sociólogos de los tiempos soviéticos— de cómo debe ser la ciencia «correcta», es decir, la «nuestra», y de qué debe ocuparse («la ciencia es la producción de conocimiento colectivamente organizada», p. 369; «no importa tanto cómo ha surgido una cosa, sino cómo es utilizada», p. 363), definiciones que lindan con la infaltable desacreditación de las corrientes científicas «ajenas», sino también la diligente mención del lugar de trabajo del autor del libro (p. 363). El reseñista siente un gran disgusto por el hecho de que en los tiempos postsoviéticos la literatura anteriormente prohibida suela editarse en Rusia sin las necesarias introducciones «metodológicas» y comentarios marxistas, y que, por ello, esa literatura pueda ser interpretada de diversas maneras (es decir, «incorrectamente»): «Quisiera señalar el papel ambiguo de la traducción de autores extranjeros. […] Heidegger y Gadamer, Foucault y Derrida, Weber y Bourdieu llegan a nosotros […] sin comentarios» (p. 370). Incluso si somos indulgentes y tenemos en consideración la especialización bibliotecaria y profesional de la «sociología» de Gudkov, no deja de ser lamentable su total desconocimiento de algunas cuestiones de cultura general, por no mencionar las propiamente literarias. Por ejemplo, no conoce la delimitación ya hace tiempo establecida en la crítica literaria entre los conceptos de autor biográfico y autor de una obra literaria. Gudkov, en correspondencia con su nivel de comprensión, caracteriza esa delimitación empleada en mi libro como «atribución de una capacidad limitada a un individuo concreto» [es decir, al autor de la obra — I. E.] (p. 362). Por extraño que parezca, esta jerga penal-acusatoria (cf.: «a lo largo de todo el texto hay un constante “atropello” a…», p. 362), es muy afín a los «desenmascaramientos» de los sociólogos soviéticos en la literatura de los años 1920-1930. Por lo visto, se trata de complejos aún existentes: el autor de la reseña experimenta una fuerte animadversión no solo hacia el tradicionalismo como tal, sino también hacia los «portadores de la cultura» (p. 370) en general, lo cual aún puede comprenderse en los «responsables» de las innovaciones en los primeros decenios del poder soviético, pero, para nuestros tiempos, semejante declaración no deja de ser bastante sorprendente. Queda esperar que nuestro reseñista comprenda, con gran provecho profesional para sí mismo, el sentido de la parábola de Pushkin «El zapatero» y que también ocupe la posición de lector creada por el autor y adecuada al propio texto sin confundirla con la posición de los lectores empíricos en una biblioteca pública (chinos, papúas, estadounidenses, rusos y judíos: la ilustrativa serie de Gudkov). Solo temo que el autor de la parábola también pueda ser sociológicamente incriminado por «atribuir una capacidad limitada a un individuo concreto». Me refiero al zapatero, no al reseñista.

[31] Cf. Мальчукова Т. Г., Филология как наука и творчество, Петрозаводск, 1995, c. 324-327.