Jaroslav Hašek: una literatura a ras del suelo, la identidad checa y el hombre común

Alfredo Martín Torrada

El surgimiento de los movimientos nacionales del siglo XIX representó para la literatura checa un gesto fundacional por medio del cual una nación (que había perdido su soberanía hacía trescientos años) se propuso recuperar una lengua que se había visto marginada, y cuya existencia había encontrado, prácticamente, único refugio en las zonas rurales. El punto de inflexión de su recuperación, y el comienzo de la refundación de la literatura checa se dieron en ese gesto ampuloso de volver a producir literatura en checo, dentro de una geografía dominada por el idioma alemán. Si bien el resurgir de la literatura en lengua checa comenzó a dar sus primeros pasos a través de tres nombres clave (los de Božena Němcová, Karel Jaromír Erben y Karel Hynek Mácha[1], vinculados, todos ellos, tanto al romanticismo tardío como a los movimientos nacionales del siglo XIX), no fue hasta principios del siglo XX que la literatura checa comenzó a producir un caudal de literatura con una calidad suficiente como para comenzar a llamar la atención de occidente.

En este sentido, el nombre de Jaroslav Hašek fue uno de los primeros en atraer la atención del mundo sobre las letras checas. La popularidad y repercusión conseguida por su principal obra, Las aventuras del buen soldado Švejk, en tierras checas llamó la atención de Bertolt Brecht, quien, en 1943, estrenó una adaptación teatral de la novela (Schweyk en la Segunda Guerra Mundial) legitimando la figura de Hašek no sólo hacia el interior de Checoslovaquia, sino también hacia el resto de Europa.

La novela de Hašek, que narra las peripecias de un singular soldado checo desde el momento de su reclutamiento como soldado del ejército del Imperio Austro-Húngaro hasta su llegada al frente, es una narración que se nutre de la picaresca y que se encolumna en la más pura tradición satírica de Cervantes o Rabelais.

La importancia de la intervención de legitimadores externos, para que la obra de Hašek comience un proceso de valorización que lo terminará ubicando como uno de los prosistas más importantes de las letras checas, es un proceso que destaca Radko Pytlík a la hora de explicar “la importancia mundial” de su obra: “La burguesía checa y sus voceros ideológicos demostraron siempre sentir una abierta antipatía hacia Hašek y trataron, en su tiempo, de no dar cabida en su pensamiento a la idea de que Švejk fuese considerado como el prototipo de la nación checa. (…). Tal vez sea precisamente por esta razón que Švejk fue comprendido, antes que en su propio país, en el extranjero, es decir, en la URSS, y gracias a la crítica izquierdista progresista, también en la Alemania de los años veinte” (1983: 103).

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Jaroslav Hašek

En las antípodas de la figura de Čapek (sin duda el más prestigioso escritor checo de la primera mitad del siglo pasado, amigo e interlocutor del primer presidente de Checoslovaquia, Tomas G. Masaryk, y candidato al premio Nobel de literatura en 1937) la producción de Hašek toma absoluta distancia tanto del ambiente cultural checo, como de cualquier movimiento estético; ya sea local (el “poetismo”, por ejemplo) o foráneo (desde el modernismo hasta cualquiera de las vanguardias), para refugiarse en la tradición oral de las historias de bares y tabernas, desde cuyas mesas Hašek escribió, de un tirón y prácticamente sin corregir, Las aventuras del buen soldado Švejk, su principal obra.

La relación de la novela de Hašek con la picaresca se encuentra desarrollada en el trabajo de Hamza Messari, Elementos picarescos en la novela “Las aventuras del valeroso soldado Schwejk” (2006). Pero también la destaca Milan Kundera cuando al hablar del Quijote afirma que “de cara a la historia de la literatura, Cervantes (…) situó un personaje legendario al ras del suelo”, y que en ese “ras del suelo” es donde se desarrolla el mundo de la prosa, que da paso al arte de la novela: “La prosa: esta palabra no sólo significa un lenguaje no versificado; significa también el carácter concreto, cotidiano, corporal, de la vida. Decir que la novela es el arte de la prosa no es, pues, una perogrullada; esta palabra define el sentido profundo de ese arte. A Homero no se le ocurre preguntarse si Aquiles o Áyax, después de sus muchos combates cuerpo a cuerpo, aún conservan sus dientes. Para Don Quijote y para Sancho, por lo contrario, los dientes son una constante preocupación, dientes que duelen, dientes que faltan” (Kundera, 2000: 19-20). Y es en este “ras del suelo”, en el plano más prosaico y corporal de la vida en el que Jaroslav Hašek ha sabido situar toda su literatura. Si para Kundera es con un gesto que acompaña a la obra de Cervantes con lo que nace el arte de la novela (Kundera, 2000: 123-124), será en la obra cumbre de Hašek en donde se encuentre “probablemente la gran última novela popular” (Kundera, 2000: 20).

En Las aventuras del buen soldado Švejk los rasgos identitarios checos se ven presentes, en primer lugar, a través de la reiteración de un fuerte discurso antiaustríaco que atraviesa toda la novela. Es un discurso que, lejos de todo intelectualismo y politiquería, se encuentra instalado en la cotidianidad de la vida ordinaria. Una vida de personajes plebeyos, marginales y tramposos, cuya supervivencia depende tanto del pan que consiguen cada día con el sudor de su frente, como de la astucia para moverse dentro de una sociedad para la cual nunca han dejado de ser descartables actores de reparto.

Es de esa vida que les toca vivir a este tipo de personajes (cargados, cada uno de ellos, de sus vulgares, urgentes, cómicas y dramáticas necesidades y preocupaciones) de donde Hašek reúne el material que necesita para la construcción de su novela, y también, de toda su literatura.

El nacionalismo que recorre sus textos no es otro que el nacionalismo declamado en los bares y tabernas que Hašek habita, y en los que el autor, literalmente, lleva a cabo la escritura de sus obras. Un nacionalismo cargado de protesta, que nace del rechazo del hombre común a un imperio (y a una guerra declarada por ese imperio) que no lo considera más que como carne de cañón. Un imperio que no lo representa, y con el cual no quiere saber más nada: “En el edificio de la prefectura planeaba el espíritu de una autoridad extranjera que comprobaba si la población estaba suficientemente entusiasmada con la guerra. Salvo contadas excepciones —personas que negaban el hecho de ser hijo de una nación que había de desangrarse por intereses que eran absolutamente ajenos— la prefectura integraba un magnífico grupo de fieras burocráticas que no se preocupan por nada que no fuera la cárcel y la horca con la finalidad exclusiva de defender la existencia de los retorcidos artículos de la ley.” (Hašek, 2016: 68).

El comienzo mismo de Las aventuras del buen soldado Švejk, sin ir más lejos, se da a partir de la noticia del atentado contra el archiduque Fernando (desencadenante final de la primera guerra), que tiene como única respuesta el desconocimiento burlón del propio Švejk: “¿De qué Fernando habla señora Müllerová? —preguntó Švejk sin dejar de masajear las rodillas— yo conozco a dos Fernandos. Uno es criado del droguero Průša, aquel que una vez se untó por equivocación el cabello con pomada, y también conozco a un tal Fernando Kokoška que recoge mierda de perro. El mundo poco perdería sin ellos.” (Hašek, 2016: 27).

Este sentimiento anti imperial que recorre toda la novela funciona como un recordatorio constante de la existencia de un pueblo subyugado, que había sido el primero en levantarse contra el poder central en las revoluciones de 1848[2]. Y alcanza sus puntos más álgidos en las burlas a cada uno de los estratos de poder del Imperio, a los que Švejk vence y engaña constantemente.

Una idea cabal de la imagen con la que Hašek retrata al Imperio puede encontrarse en la presentación del teniente Lukáš, oficial checo al servicio del ejército imperial, a quien se describe como “un ejemplo típico del oficial activo de la corrupta monarquía austríaca” (2016: 199). De forma inmediatamente posterior a la presentación del personaje, la narración le cede la voz al teniente Lukáš, quien, aunque “hablaba” y “escribía en alemán, en cambio prefería leer libros en checo”, y “enseñaba en la escuela de los voluntarios de un año (…): ‘podemos ser checos si queréis, pero no hace falta que nadie sepa nada’” (2016: 199). Todo lo cual deja en claro que, a pesar de los vaivenes y las derrotas políticas, para las primeras décadas del siglo XX, la defensa de la identidad checa seguía vigente, manifestándose plenamente en el rechazo a los Habsburgo, y en la indiferencia a la suerte que el Imperio pudiera correr. Sobre este rechazo e indiferencia se refiere Patrizia Runfola en el capítulo de su ensayo Praga en tiempos de Kafka dedicado a Hašek:

En Praga, los checos entonaban un silencioso canto de resistencia, y se servían de sus banderas con una eficaz fuerza simbólica. (…). Esta indolencia aparente, que en realidad escondía una obstinada lealtad hacia un país sometido, obligado durante siglos a fingir, se refleja en el protagonista del libro Las aventuras del valeroso soldado Švejk (…). A diferencia de los escritores vieneses, que contemplaban con melancolía o amargura el desmoronamiento del imperio (…), Hašek, como buen checo, consignó despiadadamente en su libro los aspectos grotescos, las situaciones humillantes, la imbecilidad sórdida y vil imperante en las comisarías… (Runfola, 2006: 156).

Con el correr del relato, la burla al Imperio Austro-húngaro se irá intensificando de tal forma que no habrá personaje austríaco que no sea ridiculizado, llegando incluso hasta el insulto: “El coronel Friedrich Kraus, que poseía el título Von Zillergut, (…) era un idiota como pocos. Cuando contaba algo, siempre preguntaba a todos los presentes si entendían las palabras más comunes. (…). Era tan extraordinariamente estúpido que los oficiales lo evitaban siempre que podían…” (2016: 236-237).

Aunque no es hasta llegar al final del primer volumen —de los cuatro componen la novela— que los verdaderos sentimientos de Švejk respecto a la guerra y a la monarquía, saldrán, sin ningún tipo de rodeo, a la luz:

—El emperador es un patata —declaró Švejk—. Siempre lo ha sido y después de la guerra lo será todavía más.
—¡Y que lo diga! —declaró un soldado del cuartel—, un asno integral. Tal vez ni sepa que estamos en guerra. Es posible que por vergüenza no se lo hayan dicho. Y por lo que se refiere a su firma para el manifiesto de las naciones del Imperio, es un engaño. La deben de haber puesto en la prensa sin su conocimiento, él ya no puede pensar en nada.
—Está jodido —añadió Švejk con aire de suficiencia—. Se lo hace todo encima, tienen que darle de comer como a una criatura. No hace mucho, en la taberna, un hombre contaba que el emperador tiene dos nodrizas que lo amamantan tres veces al día.
—¡Ojalá todo esto acabara ya! —suspiró el soldado del cuartel—. ¡Qué nos den una paliza!, pero que Austria-Hungría vuelva a tener paz!
Y así continuaron conversando. Švejk condenó a Austria-Hungría definitivamente con estas palabras:
—Una monarquía tan estúpida como ésta no tiene derecho a existir. (Hašek, 2016: 243).

Estas opiniones vertidas no deben ser, sin embargo, entendidas como simples comentarios aleatorios que Švejk y sus compañeros manifiestan al pasar. Muy por el contrario, es la misma narración la que deja en claro la profunda representatividad de ese diálogo entre esos dos soldados, que “continuaban expresando las opiniones del pueblo checo sobre la guerra” (2016: 243-244). Siendo ésta una de las formas que elige Hašek para dejar en claro cuál es la idea que le interesa transmitir acerca de la relación que unía a su pueblo con el imperio de los Habsburgo.

La elección de la palabra “pueblo” por parte de la traductora Zgustová para la expresión original českého člověka (literalmente “hombre checo”[3]) resulta significativa, porque pareciera querer captar el espíritu de ese tipo de individuo que Hašek toma para la construcción de su obra. Personas pertenecientes a los sectores trabajadores a los que también se refiere Radko Pytlík al retratar al protagonista de la novela: “En este sentido Švejk se asemeja a una serie de héroes plebeyos de cuento, granujas, pícaros avispados que en un momento dado saben desarrollar la cantidad necesaria de energía e inteligencia…” (Pytlík, 1983: 107).

Es también a ese hombre de pueblo, a ese hombre de raíz popular, que encuentra inmediata identificación en el personaje de Švejk —quien después de todo “representa a un sandio grotesco, prototipo del hombre común y corriente de las calles praguenses” (Pytlík, 1983: 125)— a quien Hašek en particular parece dirigirse. Especialmente, cuando describe y presenta a su héroe, en el prólogo de la novela, como uno de aquellos tantos hombres, que, desapercibidos y de a pie, caminan por las calles sin llamar la atención de nadie, y sin que de ellos se sepa absolutamente nada:

Una gran época pide grandes hombres. Hay héroes desconocidos y oscuros, privados de la fama y de la gloria históricas de un Napoleón. Un análisis de su carácter empañaría hasta la gloria de Alejandro Magno. Hoy mismo podríais encontrar, por las calles de Praga, a un hombre desaliñado que no se da cuenta de la importancia que tiene para la historia de la magna época moderna. Sigue su camino con humildad, no molesta a nadie ni le asedia ningún periodista pidiéndole una entrevista.
Si le preguntarais cómo se llama, os contestaría con sencillez y modestia: «Soy Švejk…».
Y sin duda este hombre tranquilo, descuidado y discreto es el viejo y buen soldado Švejk, valeroso y heroico, cuyo nombre, en la época del Imperio austrohúngaro, repetían todos los ciudadanos del reino de Bohemia; ni la república hará empalidecer su gloria.
Quiero mucho a este buen soldado Švejk, y estoy convencido de que cuando narre sus aventuras durante la Guerra Mundial, todos vosotros sentiréis por este héroe humilde y desconocido la misma simpatía (Hašek, 2016: 17).

hasekEl éxito conseguido por la novela —una novela cuya primera legitimización se dio “especialmente en la clase trabajadora”, antes de que una “editorial de prestigio decidiera publicarla” (Zgustova, 2016: 11)— es comprensible también dado que el personaje de Švejk no es sólo representativo de ese hombre anónimo y común, sino que, además, es un personaje que se mueve siempre dentro de un universo habitado por personajes de esa misma condición. Casi todos, además, checos como él. Así ocurre con la señora Müllerová; con el tabernero Pavilec, “célebre por sus groserías” (Hašek, 2016: 30); con el pobre Břetislav Ludvík, apuñalado durante una discusión y protagonista de una de las primeras anécdotas de Švejk; con el sargento mayor Řepa o con los carceleros Klíma y Slavík. E, incluso, con aquellos personajes que más espacio ocuparán en la novela; tal como son el propio teniente Lukaš; el sargento mayor Vaněk; el voluntario de un año Marek (en parte una especie de alter ego del propio autor); el cocinero Juradja; el capellán Martinec o el viejo zapador Vodička. Así como también cualquier otro personaje que habilite o participe de las incontables anécdotas que a cada momento relata Švejk.

De esta manera, la novela presenta el fiel reflejo de una geografía pluricultural (compuesta especialmente por checos, judíos y alemanes[4]) pero en la cual cada cultura ocupaba estratos sociales diferentes: “La mayoría de los checos pertenecía a un proletariado humilde, del que provenían las bondadosas niñeras que criaban a los párvulos de las familias alemanas pudientes” (Runfola, 2006: 18).

Es así como Hašek consigue construir una fábula completamente checa, que apela al sentido de pertenencia y que refuerza las nociones de identidad (“vamos al Kuklík —sugirió Švejk—. Podéis dejar las bayonetas en la cocina, el dueño Sebarona es del Sokol, no hay nada que temer” [Hašek 2016: 129], [5]) y el anhelo de autonomía en el interior de una nación que había visto perdida, siglos atrás, su propia soberanía.

Esta identificación del hombre común, del checo de a pie, con los personajes que pueblan la novela es precisamente lo que resalta Jean-Richard Bloch en su introducción a la edición francesa:

Hašek había creado un personaje que tenía justamente algo de Pickwick, de Monsieur Prudhomme y del padre Ubu, de Panurgo y de Sancho Panza, pero tan exactamente representativo del pequeño pueblo checo que este fantoche, (…), llegó a ser rápidamente popular en Praga. Por cierto, no en los salones ni en los cenáculos, sino entre esa gente ingenua que lee un libro sin reparar en el nombre del autor (Bloch, 1969: 8-9).

Tanto Josef Švejk, como el voluntario de un año Marek, o el teniente Lukaš, o el sargento mayor Vaněk son parte del ejército imperial, pero nunca dejan de ser esos hombres comunes, sin riquezas ni títulos que los amparen, que intentan resguardar su subsistencia más o menos de la misma forma en la que siempre lo han hecho. Aunque de pronto se encuentren con la amenaza constante de la guerra.

Sucede que el retrato que le interesa hacer a Hašek no se apoya en la descripción de las diferentes formas en que seres cotidianos ven su experiencia de vida trastocada por la traumática lucha en el frente (en la cual un conjunto de personas es sometido a matar y morir); sino, más bien, en el retrato de cómo la guerra se expande a todas las esferas de la vida, tiñendo de patetismo, bajeza y crueldad incluso al mundo cotidiano. A esa vida que sigue su camino más allá de la línea de combate.

A lo largo de las páginas de la novela no se encuentra, después de todo, la descripción de las atrocidades, el horror y la muerte que el frente suscita. Y sí, en cambio, el retrato de personajes que, sin otras herramientas más que su propia fuerza, voluntad y astucia, trasladan al interior de la maquinaria militar aquellos trucos y habilidades que les han permitido sobrevivir en una sociedad que se les ha mostrado siempre indiferente, y que de pronto los convoca, para que, con el sacrificio de su propia existencia, sostengan sus cimientos en pie.

Los rasgos autobiográficos (y aquellos pertenecientes a su entorno) con que Hašek viste a sus personajes son uno de los más claros ejemplos del tipo social sobre el cual el autor trabaja: Švejk vende perros callejeros camuflados como perros de raza al igual que Hašek, el personaje de Marek bien puede leerse como un alter ego del propio autor. Monika Zgustova recuerda que “la novela tiene muchos elementos autobiográficos: unos cuantos personajes de la obra son hombres y mujeres que habían existido de verdad y que tenían los mismos nombres” (2016: 11). Y este interés por los marginales, los desclasados, los humildes (que como Švejk recurren al engaño, a la pequeña estafa, a los delitos menores) se extiende por fuera de la novela, para aparecer también en el resto de la obra de Hašek.

Así ocurre en los cuentos “La expedición del ladrón Šejba” (que narra las desventuras de un ladronzuelo desafortunado), en “Tres hombres y un tiburón” (en el que un redactor de una revista sobre animales, el propietario de un circo de pulgas y el dueño de una calesita deciden exhibir como vivo un tiburón “artificialmente congelado”) y en “De cómo votó Cetlička” (cuyo protagonista tiene prohibida su residencia en Praga y que tenía la costumbre de escurrir “su mano hasta el fondo de los bolsillos” y marcharse “sin ser notado” [Hašek, 1984: 68]), por mencionar sólo algunos. O incluso en los relatos del “Ciclo de Bugulma”, donde el narrador Gašek, sin formación alguna y de la noche a la mañana, es nombrado gobernador de una ciudad que no conoce[6]. En todas estas narraciones lo que se repite es el retrato del hombre de a pie; aquél que, sin estudios ni preparación, enfrenta y subsiste diariamente sin más recursos que su propia picardía y astucia.

Es así como los protagonistas de Hašek construyen la imagen de un hombre que, a sabiendas de que no está en condiciones de pararse de igual a igual frente al adversario, no se rebela ante la subordinación. Pero, a pesar de ello, logran conseguir que esa subordinación no implique la derrota, ni el renunciamiento a sus lealtades y a sus propios intereses. Es la forma de obediencia típica de Švejk —y aquí se podría agregar de toda una nación— quien, obligado repetidas veces a enfrentarse a fuerzas superiores, es capaz de conseguir, gracias a su astucia y sus tramoyas, resistir y perdurar, sin la necesidad de recurrir a enfrentamientos o violencia alguna.

Bibliografía:

Bloch, Jean-Richard (1969): “Presentación”, en El buen soldado Shveik. Ed. La Pleyade. Buenos Aires.

Hašek, Jaroslav (1955): Osudy dobrého vojáka švejka. Ed. KLHU. Praga.

——————— (1984): Pequeños cuentos de un gran maestro. (Traducción de Enrique Roldán). Ed. Orbis Praga. Praga.

——————— (2016): Las aventuras del buen soldado Švejk. (Traducción de Monika Zgustova). Ed. Galaxia Gutenberg. Barcelona.

Kundera, Milan (2000): El arte de la novela. Ed. Tusquets. Barcelona.

Messari, Hamza (2006): Elementos picarescos en la novela “Las aventuras del valeroso soldado Schwejk”, de Jaroslav Hašek. Tesis doctoral, Universidad Masaryk, Born. Disponible en: is.muni.cz/th/qk8lf/Tesis_30_4.pdf (visitado el 26/02/2020).

Pytlík, Radko (1983): “La importancia mundial de la obra de Jaroslav Hašek”, en revista Panorama de la literatura checa 5. Ed. Panorama. Praga.

Runfola, Patrizia (2006): Praga en tiempos de Kafka. Ed. Bruguera. Barcelona.

Zgustova, Monika (2016): “Un parlanchín que se fue a la guerra”, prólogo a Las aventuras del buen soldado Švejk, de Jaroslav Hašek. Ed. Galaxia Gutenberg. Barcelona.

Notas

[1] Němcová, Erben y Mácha son, sin duda alguna, las tres personalidades más sobresalientes de la literatura checa del siglo XIX, aunque, aun así, apenas hayan conseguido llamar la atención por fuera de esa literatura. Erben y Němcová se destacaron en la investigación, recolección y recopilación de cuentos checos folklóricos y tradicionales, tal como lo hicieran los hermanos Grimm en Francia. Němcová, a su vez, escribió la novela rural Babička (Abuela), que es una de las obras más perdurables de la literatura checa. Por su parte Mácha, que murió con apenas 26 años, es el máximo representante del romanticismo checo, y, para muchos, el más grande poeta en su lengua. Su fama se apoya sustancialmente en la calidad alcanzada por su poema Mayo, del cual tomaría el nombre el movimiento que reunió a los escritores checos más importantes de la segunda mitad del siglo XIX (y que tendría a Jan Neruda como su figura más destacada).

[2] Durante este año se llevaron a cabo diferentes intentos revolucionarios dentro del Imperio Austro-húngaro. Estas protestas y revueltas de carácter nacionalistas buscaban mayor libertad y autonomía para las naciones menores que componían el imperio. El movimiento político liderado por el historiador František Palacký, que presentó por primera vez un programa político que defendía el derecho natural del pueblo checo a una existencia independiente, fue uno de los primeros, y más importantes, de los reclamos iniciados contra los Habsburgo durante este periodo.

[3] La frase completa del texto original es: Když oba potom jěště dále tlummočili názor českého člověka na válku. (Hašek, 1955: 208).

[4] “En los albores del siglo XX, residían en Praga cuatrocientos quince mil checos, diez mil alemanes y veinticinco mil judíos” (Runfola, 2006: 17).

[5] El Sokol es una asociación deportiva tradicional checa de carácter nacionalista, fundada a mediados del siglo XIX. Otras referencias a la identidad checa aparecen con la mención de la guerra de los Treinta años (en la que, en 1618, tras la derrota en la batalla de la Montaña Blanca, la nación checa pierda su soberanía) (p. 162), las guerras husistas (que dan inicio a la guerra de los Treinta años) (p. 306), y de la propia “historia de la nación checa” (p.700).

[6] Los rasgos autobiográficos del autor también están presentes en algunos de estos relatos. Al igual que el personaje de “Tres hombres y un tiburón”, Hašek había sido redactor de “El mundo animal”, revista de la cual, también al igual que el personaje, resultó despedido por escribir sobre animales inventados. Todos los cuentos pertenecientes al “Ciclo de Bugulma” están inspirados en su propia experiencia como gobernador de esa ciudad en 1918, al término de la primera guerra mundial.