Ivan Cankar
Traducción: Florencia Ferre
El pueblo esloveno y la cultura eslovena[1]
I
Estimados oyentes:
Ahora, en esta tempestuosa lucha electoral, hay mucho trabajo y poco tiempo. Por eso discúlpenme si esta conferencia no está lo suficientemente fundamentada y pulida como corresponde a un tema tan importante.
Consideren entonces esta conferencia como un intento apenas, quizá incluso como un intento malogrado de una obra mayor y más sólida. Sin embargo, me parece que justo ahora, justo en este tiempo vertiginoso es necesario hablar del pueblo esloveno y de la cultura eslovena, ¡porque no ha habido nunca hasta ahora tanto sermoneo, tanto palabrerío lamentable sobre la nación y la nacionalidad, sobre el pueblo y la cultura!
***
Hace ya mucho tiempo que me ocupo de la pluma. He oído más de un reproche amargo en estos años difíciles, más de una dura amonestación, y lo que es más triste aún, más de un elogio ingenuo. Pero en cada reproche, en cada amonestación y en cada elogio se repetía la misma cantilena; tanto me he acostumbrado a ella que deberá grabarse en mi tumba:
“¡Esto no es para el pueblo!”
Estás escribiendo para un par de personas, para un par de personas te atormentas, para un par te has muerto de hambre desde el principio hasta el fin; ¡porque el pueblo no te entiende, él es ajeno a ti y a tu tarea, tú eres ajeno a él y a su vida! Así me ha ocurrido a mí y a otros no les ha ido mejor. En el teatro de Liubliana ponen buenas obras modernas y también clásicas. Al día siguiente ya están con la misma bonita cantilena por Liubliana:
“¡Esto no es para el pueblo!”
A nuestro pueblo no le gustan esas cosas, nuestro pueblo no está maduro para esas cosas, ¡no ofrezcan tortas a nuestro pueblo, que apenas está habituado a un sancocho de sarraceno! Y así es: las obras modernas y clásicas están desapareciendo de los escenarios y las puestas son de arte local, que lleva escrito en la frente: ¡Dios mío! y ¡Atrápenlo!
Eso es lo que ocurre en el teatro, y a otros no les va mejor.
En Liubliana, los artistas eslovenos exhiben sus cuadros y esculturas. Nadie puede negar que su arte sea grande y puro. Pero de inmediato, todas las campanas de Liubliana tocan la misma cantilena:
“¡Esto no es para el pueblo!”
Nuestros artistas no trabajan para el pueblo, no lo conocen y por eso él tampoco los reconoce a ellos. ¡Que sigan entonces pasando hambre y vegetando como lo han hecho hasta ahora! Nuestro pueblo no necesita del arte; hasta ahora ha vivido sin él, pues ¡que siga viviendo sin él hasta el final! Y en verdad nuestros artistas levantaron campamento y se fueron al extranjero, todos hasta el último con arte y todo. Porque con buen juicio han entendido que es un poco más amable pasar hambre en el extranjero que pasar hambre en su patria, donde tras la sopa quemada se agregan reproches y burlas.
Eso es lo que ocurre con el arte, y a la ciencia no le va mejor.
Algunos jóvenes, algunos idealistas, sintieron la necesidad no sólo de hablarle a la gente sobre el anticristo y el párroco sino también de mostrar el camino hacia el conocimiento y la verdad a quien hasta ahora era ciego. Pero también a ellos les retumbaron los oídos con nuestro himno nacional:
“¡Esto no es para el pueblo!”
Los antiguos señores y conocedores del pueblo se les burlan condescendientes: ¡No le hacen ninguna falta a nuestro pueblo el conocimiento y la verdad! Si lo tuvieran, reconocerían ante todo su pobreza y se enfurecerían; si divisaran el camino a la verdad, encontrarían de inmediato la puerta de salida bajo el púlpito… ¿y adónde irían a parar entonces el párroco y el anticristo, esos dos sagrados objetos de devoción de la nación, esos dos pilares de la vida eslovena de principio a fin en décadas tumultuosas?
Todos ustedes, trabajadores del campo de la cultura eslovena: calcen sus botas, ajusten la cincha, alcen sus petates porque…
“¡Esto no es para el pueblo!”
***
Lo único en lo cual los dos antiguos bandos eslovenos están de acuerdo es en que nuestro pueblo no es culto. Así es como en ocasiones, los peores enemigos hacen una tregua y se besan en armonía y hermandad. Una vez, en Viena, el líder de la nación anunció a todo el mundo: ¡Nuestro pueblo está cien años atrasado en la cultura, nuestro pueblo es tonto y es idiota! Y de inmediato sonaron y tronaron miles de campanarios en las verdes colinas de la ancha patria eslovena: ¡Difamador del pueblo! ¡Nuestro pueblo no es idiota ni tonto, nuestro pueblo va a la iglesia, bajo el púlpito y al confesionario, a nuestro pueblo no le gusta su cultura extranjerizante, para nuestro pueblo basta la palabra de Dios y la devoción de los padres!
¡Así es como los dos bandos son uno y ninguno de los dos conoce la amarga verdad que se esconde en esta inculta batalla cultural, en estas palabras cultas sobre lo inculto!
***
Cuando por primera vez oí aquel reproche feroz –¡No estás trabajando para el pueblo, ninguno de ustedes trabaja para el pueblo!– quedé profundamente afligido. Es natural que no nos resulte agradable que el portavoz designado de las naciones nos arroje al rostro:
¡Eres prescindible, tú y tu obra son prescindibles! ¡Vayan todos ustedes a colgarse uno por uno de los árboles del parque y el pueblo sabrá de su justo fin tanto como habrá sabido de sus obras y sus vidas! Mi sensación fue parecida a la amargura de un hombre que ha vagado soñoliento y cansado en la noche por tres largas horas, y cuando cree que ya está viendo la ventana iluminada de su casa, de pronto se da cuenta con horror que está parado en la misma encrucijada de la que partió en penoso vagar…
¿Y entonces qué?
Ni por un momento dudé que el pueblo decía la verdad, que las campanas de las iglesias cantaban una prístina canción: que las llamadas actividades culturales son estériles y se pierden como el agua en la arena. Y que aquel sabio había hablado con justicia sobre las horcas en los árboles del parque…
En medio de esta amargura y aflicción, un hombre misericordioso me tomó del brazo y me llevó a una taberna. Abrió las puertas de par en par, extendió la mano y dijo estas lúcidas palabras:
¡No lo lamentes, amigo! ¡Si es la verdad y está escrito que todos ustedes no trabajan para el pueblo, que toda su vida y esfuerzo es prescindible si piensan que se lo dan al pueblo, que el pueblo no los entiende como no lo entienden ustedes! Pero, amigo, ¡sursum corda! Ustedes no trabajan para el pueblo, por eso en cambio trabajan para la nación; no sufren por el pueblo, por eso sufren por la nación; ¡se entregan a la nación y la nación les estará agradecida!
No comprendí estas sabias palabras, pero el amigo, que era compasivo, me explicó la cosa de una forma muy amable:
¡Mira esta habitación amplia, llena de humo y mal iluminada! ¡Mira a estas personas! Sus rostros son graves, en sus ojos hay más preocupación y odio que saber, sus manos son pesadas y torpes, su vestimenta está remendada y trasegada, sus bocas apestan a aguardiente… ¡Mira, este es el pueblo! Sus caras son ásperas porque están quemadas por el sol, sus manos son pesadas y torpes porque están agotadas por el trabajo, en sus ojos hay preocupación y odio porque han visto la injusticia, sus bocas huelen a aguardiente porque el champán es muy caro… ¡Mira, este es el pueblo! Ve hacia él y léele a Maeterlink y a Wedekind y te responderá: No te burles, canalla, tienes la oreja larga. O mejor te responderá: Cultura, paga lo que le debes a mi trabajo y reverénciame tú a mí para que luego me incline yo ante ti…
Y bien, amigo, ya hemos visto al pueblo, ahora miremos a la nación. La nación estaba sentada en el salón y ya estaba un poco borracha. La habitación era luminosa y amable, las mesas estaban cubiertas. Y a la mesa estaba sentada, vestida de negro, alegre y bulliciosa, toda la nación. Sus rostros estaban enrojecidos y acalorados; rezumaba el vino por sus mejillas, ardía en sus ojos la dicha de la vida. Pero se puso de pie tras una mesa un señor elegante y buen mozo, golpeó con su anillo la copa y empezó a hablar: ¡Ilustres señores! ¡Dado que estamos aquí amablemente reunidos, es menester que mostremos a nuestros enemigos jurados quiénes somos! ¿Qué es la nación eslovena? La nación eslovena está pisoteada… Mesero, cierra la puerta para que no entre aquí el olor a aguardiente y a tabaco del pueblo aquel. ¡Está pisoteada, digo! Pero nuestra nación goza de un desprecio y un agravio injustos: mucho se ha elevado su cultura… ¡eso, cierra… ese pueblo del demonio! Y nuestra nación ya está a la altura de otras naciones poderosas! Por lo tanto podemos cantar con orgullo…
Y el himno resonó majestuoso por el salón: “Soy esloveno”… Y luego quisieron empezar a cantar también “Hey, eslavos”, pero las cabezas se caían y las voces se apagaban… El pueblo se había dispersado temprano, porque estaba cansado, y la nación se quedó bajo la mesa y roncaba…
***
Mi amigo fue avieso, pero toda verdad es aviesa. Me mostró la nación tal como es en su fragor de medianoche, cuando abre su corazón y con más claridad revela el estado de nuestra cultura… Nuestras celebraciones nacionales, las grandes fiestas de nuestra cultura, no eran nada más que el fragor de medianoche… ¡Con cuánta algarabía saludaron la primera exposición de arte esloveno! ¡Se habría pensado que de pronto había llegado el día de la resurrección, que nuestro arte había sido salvado, nuestra cultura, repuesta, que podíamos avanzar con el rostro en alto ante la nación que vio nacer a Michelangelo! Pero apenas cayó el sol, los solemnes oradores huyeron a la taberna entre risitas y carcajadas:
¡Era una broma! ¡No es así! ¿Vieron ese mamarracho? ¡No daría por él ni un centavo! ¡Jakopič dice que pintó un santo, pero se parece más a un pillo de Liubliana que un santo! ¡Prefiero un cuadrito de tal por cual!
¡Antes hablaste del día de resurrección!, se sorprende el poeta joven. Pero el solemne orador lo instruye condescendiente y lo sermonea: ¡Día de resurrección, cultura, arte, ciencia… esos son fantasmas nocturnos! ¡El patriota inteligente los convoca de día, porque sabe que no vienen; a medianoche los deja en paz!
Hay una historia más amable que ya conté alguna vez. Prepararon una gran convocatoria, una magnífica manifestación en favor de la universidad eslovena. La sala estaba atestada, vino toda la nación vestida de negro, los educados, fervorosos y honorables; no estaba el pueblo y tampoco hacía falta que viniera: habrían tenido tanto que hacer en la sala como en la redacción de Il Piccolo. Hablaron los oradores uno a uno, había una gran fila. Dijeron que la tierra había temblado y que a mí, que soy un hombre débil, se me habían saltado las lágrimas de los ojos. Aquella noche me convencí de que la nación eslovena estaba salvada de una vez por todas, o de que lo estaría a lo más al día siguiente al alba. Luego de terminada la ceremonia, los solemnes oradores se sientan en la taberna, se enjugan las sienes sudorosas y se ríen con malicia:
¡Tanto trabajo para semejante tontería! ¡Para qué queremos una universidad! ¡Si hubiera tres, una en Liubliana, una en Šiška y una en Vrhnika, yo me iría a Viena!
¡Pero qué bien has hablado! se sorprende el poeta débil. Y el solemne orador se solivianta:
¡Y de qué voy a hablar! ¿Pensabas que iba a hablar de nuestra incultura? ¡Pero si soy un patriota! ¡Acostúmbrate a discernir entre pensamiento y palabra, entre sensatez y entusiasmo! ¡Nosotros hablamos de la cultura porque no la tenemos; si la tuviéramos, callaríamos! Y el poeta bajó la cabeza avergonzado…
También la tercera historia es amable en buena medida.
Pusieron un monumento a Prešeren en Liubliana y organizaron un gran homenaje. A quién se homenajeaba, si a Prešeren, a su monumento o al prócer Janez Bleiweis o al alcalde Hribar todavía no está muy claro; lo que estaba claro era que se trataba de un homenaje como el que la nación aún no había tenido jamás; todo era de un fervor sin medida, justamente porque no se sabía por qué. Sobre Prešeren, aquellos patriotas sólo sabían que le había gustado tomar vino, que había vivido en concubinato y que hacía poemas de amor; sobre el monumento sólo sabían que era de un indecible mal gusto, pero el homenaje había estado lindo y era un lindo día. Un lindo día y una noche mejor. Nunca antes se había escanciado tanto vino en Liubliana, nunca se habían dado tantos discursos solemnes, ríos y ríos de frases rimbombantes brotaban por las calles y desembocaban en el Ljubljanica. La nación estaba encantada y en forma grandilocuente dio pruebas de su inamovible patriotismo… y la celebración fue la semilla de un griterío aturdidor y altisonante paneslavismo. ¡Porque en la feria estaba el monumento a Prešeren, pero su espíritu no; en la feria estaba la nación, pero el pueblo no!
Sólo por la tarde llegó el pueblo. Y el pueblo no celebró el homenaje, el pueblo no estaba entusiasmado ni con el monumento a Prešeren ni con el paneslavismo ni con los ríos de frases que corrían. El pueblo vino a saludar a aquel hombre que hace cincuenta años intuyó en su desesperación y su amargura lo que hoy sólo ve el pueblo, el derrotero luminoso en la montaña: »La mayor parte del mundo pertenece a los eslavos, hallaremos el camino«[2].
Entonces se reveló con claridad la gran distancia que hay entre el pueblo y la nación. Quizá sintieron ambos esa fuerte distancia, el pueblo y la nación… quizá ambos vieron aquel abismo, inmenso a lo ancho y sin fondo en lo profundo, que los separa desde siempre y que está lleno hasta el tope de agua pestilente y pestilentes frases…
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La cosa es entonces así: al pueblo la cultura le es ajena, y la nación la conoce sólo de nombre y le resulta apenas un pretexto para su entusiasmo ebrio. Así es como nuestra cultura cuelga del aire, vive su vida sola y cuando alguna vez asoma, ningún ojo se humedece por ella; la nación y el pueblo van a seguir viviendo su vida en paz y en zozobra como hasta ahora. El pueblo tiene su iglesia y su púlpito igual que hace trescientos años; en cuanto a la nación, para su entusiasmo también es bueno Marko Pohlin;[3] y al fin y al cabo tenemos tantos nombres ilustres que bastan para mil fiestas patrias…
Los dos bandos dicen la verdad: ¡La cultura es prescindible tanto para el pueblo como para la nación!
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¿Qué es la cultura? ¿Qué concepto expresa esta palabra que para todos nosotros es tan familiar y al mismo tiempo tan terriblemente ajena? Literatura, arte, ciencia… todo esto es una manifestación exterior, es sólo un documento de la cultura nacional, es el documento de la prosperidad material e intelectual de la nación. Nuestra cultura eslovena tal y como está hoy es el resultado de todo nuestro trabajo material e intelectual desde el comienzo de la conciencia de una vida nacional hasta hoy. La historia de la cultura nacional y la historia de la nación misma es la historia de su desarrollo económico, político y social.
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Hasta hace poco tiempo era insensato hablar de una cultura nacional eslovena. La historia de la nación eslovena es la historia del pisoteado, del siervo que ha servido por los siglos de los siglos y tanto se ha acostumbrado a servir que la servidumbre se le ha metido en la carne y en la sangre. Durante siglos ha servido política y socialmente al señor que tenía más a mano; durante siglos su espectro esclavizado ha vagado en la noche y las sombras por el camino que lleva a Roma. El primer buen signo de una cultura incipiente apareció en la época de la Reforma. En la segunda mitad del siglo XVI, Primož Trubar y Jurij Dalmatin se convirtieron en el primer gran monumento a la cultura eslovena. Es limitado y obtuso afirmar que aquel gran movimiento fue sola y únicamente religioso y que por eso fue para la nación eslovena apenas un paso insignificante de una iglesia a otra, de un sometimiento espiritual a otro. Esta, como todas las batallas culturales notables, fue alentada con fuerza por un poderoso deseo de libertad latente entre las masas del pueblo. Los reformadores de la fe fueron quienes despertaron ese deseo, fueron sus guías hacia la meta. En esta batalla contra la tradición de sometimiento fueron los primeros en emplear las armas de la literatura y así escribieron el primer documento de la cultura eslovena; el primer documento del anhelo de libertad, de una prosperidad física y espiritual más elevada.
Y porque eso hicieron, corrieron la suerte de la gran mayoría de los trabajadores de la cultura: exiliados de la patria, murieron en las sombras, y su obra fue destruida por la iglesia católica con fuego y con espada… La nación eslovena se hundió en una servidumbre mayor, doblegada por un yugo más pesado…
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El segundo gran movimiento cultural fueron las rebeliones campesinas de los siglos XVI y XVII. Cada palmo de libertad que se granjea el pueblo es un paso adelante en la cultura. Aquellos campesinos desesperados, valientes hasta la locura en su desesperación, que incendiaron castillos y se rebelaron al ejército imperial con guadañas, mayales y horquillas; aquellos campesinos, que colgaron a los procuradores y arrojaron a los nobles bajo el arado, no eran trabajadores menores en el campo de la cultura eslovena como Trubar y Dalmatin. Matija Gubec, a quien en Zagreb sentaron sobre un trono al rojo vivo y le pusieron una corona al rojo vivo sobre la cabeza y en la mano le metieron un cetro incandescente, se merece en su memoria eterna un trono de bronce en la plaza San Marcos[4] y una corona de oro. Trubar y Dalmatin escribieron la memoria de su ilustre trabajo en un libro, los campesinos de las rebeliones la escribieron en piedra en la tierra eslovena con su sangre caliente…
Porque corrieron la suerte que ha corrido la gran mayoría de los trabajadores de la cultura: murieron en la ignominia, y destruyeron su trabajo con fuego y espada…
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¡Ninguna obra que el hombre haya realizado en favor de la libertad, por tanto en favor de la cultura, desaparece para siempre! ¡No hay fuego ni espada que pueda destruirla por siempre! Con la sangre de aquellos nuestros primogénitos trabajadores fue abonado el sembradío de nuestra cultura posterior. Y cuando haya madurado la cosecha, cuando las guadañas estén preparadas, ¡vamos a acordarnos de los torturadores!
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Más de cien años la nación eslovena ha estado en el suelo tendida, esclava de amos extranjeros. Se acostumbró a la servidumbre como el caballo al collerón. Tanto se resignó y humilló que ya no pudo pensarse ni a sí misma ni a su vecina sin tener encima un procurador con el látigo en la mano. Aquel bello relato de Trdina sobre Pedro y Pablo[5] es muy justo y verdadero (¡No vaya a ser que esta servil tierra eslovena mancille las plantas de los pies del hombre libre!). La nación salió de su letargo sólo bajo el influjo de los nuevos aires que vinieron desde Francia; cuando ardió la llama de la gran Revolución Francesa en París, también a la nación eslovena se le iluminaron los ojos… y Vodnik saludó con fervor el cetro de Napoleón… Bueno, este renacimiento fue como un despertar repentino, como cuando alguien se estremece y hay un destello en sus ojos… Napoleón pasaba y si antes al pueblo lo aguijoneaba el látigo, ahora lo hacían los escorpiones.
Lo que les sucedió a los eslovenos desde Napoleón hasta Francisco José lo describe el doctor Lončar[6] en su panfleto: La vida política de los eslovenos:
“La situación social, cultural y política de los eslovenos en el período de las revoluciones de 1848 era la desesperación. Los nobles locales estaban completamente perdidos; lo que quedaba de la nobleza se había alienado de la nación y trabajaba para los intereses alemanes, italianos y húngaros. Se enriquecía con las llagas eslovenas a costa de los eslovenos. La burguesía también estaba enajenada de lo esloveno, en su espíritu y en parte también en su sangre. Los pequeños comerciantes y artesanos, de quienes se podría decir que “cuando los campesinos van al campo, los burgueses no tienen casa”, dependían de amos y funcionarios extranjeros y por eso se adaptaron a su pensamiento y comportamiento… El campesinado no era libre sino subordinado a su señor. Los oprimía el peso del diezmo y de los grandes impuestos… Y la servidumbre tuvo una influencia negativa en el ánimo de la nación eslovena; le enseñó a ser servil, a humillarse ante el señorío, lo que es comprensible, pues entre los administradores de los señores estaba el procurador, que se ufanaba diciendo: “¡Soy la cuarta persona de la Santísima Trinidad!”
***
En la segunda mitad de esos tiempos penosos vivió el mayor poeta esloveno, Prešeren. Las circunstancias sociales y políticas en las que vivió, la forma en que vivió, desapareció y murió, él y su círculo íntimo de amigos, es el primero y terrible signo de una nueva época. Prešeren vivió como un proletario y quiso colgarse, pero antes lo salvó la muerte; Andrej Smole, un idealista, vivió una vida tempestuosa y murió en la miseria; Čop se ahogó.
La vida, los afanes y la muerte de estas personas son una tragedia que habrá que escribir y que abre de par en par las puertas al pasado de nuestra nación y a su futuro hasta nuestros días.
Porque hasta la época de Prešeren jamás se había abierto con tanta claridad el abismo que separa a la nación del pueblo. Prešeren fue un gran poeta y el pueblo no lo comprendió; sus poemas, compuestos desde el corazón, resonaron y se apagaron sin ecos… el pueblo no los escuchó. El pueblo ya no reconocía a aquellos que se entregaban en cuerpo y alma sobre su altar. Comenzó una larga y terrible sucesión de tragedias que no ha terminado aún en nuestros días. Todo el escarpado camino de nuestra cultura está regado y abonado con lágrimas y sangre.
Todos nuestros grandes y justos poetas, artistas y científicos que con pensamiento honesto y férrea voluntad construyeron nuestra cultura a lo largo y a lo ancho, todos pagaron sus actos con su felicidad y su vida. Para la nación que amaban eran extraños, en el mejor de los casos, ignorados, en la mayoría, burlados y despreciados. No con letras de oro sino de sangre está escrito el libro de la cultura eslovena.
Por qué ha ocurrido esto y por qué debía suceder… ¡mañana!
II
Estimados oyentes:
Según me han contado algunas personas, por lo demás muy sensatas y aguzadas, ayer hablé de un modo que el pueblo no entendió. Esto es directamente una maldición que me acompaña. Vine a protestar solemnemente contra la idea de que nosotros, los trabajadores de la cultura eslovenos, no trabajamos para el pueblo, de que el pueblo no nos entiende, y he aquí que resulta que no ha entendido tampoco la protesta. Es en verdad una gran pena y amargura, y créanme que me he puesto a llorar cuando oí y leí esto… Por eso les pido, estimados oyentes: si entre ustedes hay algún patriota instruido y educado que no entienda mis palabras, pronúnciese y le voy a explicar lo que haga falta de buena gana…
Y puesto que es una ocasión tan bella, mencionaré también algo muy curioso que me ocurrió en Trieste. Un patriota dijo y escribió que yo no comprendo las circunstancias de Trieste y que los triestinos no comprenden las de Carniola, que entonces sería mejor que me quedara en Liubliana (los de Liubliana pedirían a su turno que me quedara mejor en Viena) lo que en lenguaje llano significa: quién diablos te ha traído aquí, vuélvete por donde viniste. Desde cierta perspectiva, este patriota tenía razón al decir que no conozco las circunstancias de Trieste. En efecto, hasta ahora no sabía que los patriotas triestinos habían arrojado Eslovenia Unida al mar Adriático y que ahora tenemos de nuevo siete provincias eslovenas. Yo, un humilde escritor esloveno y un socialista panesloveno, pensé que estaba en mi casa donde fuera que pusiera el pie en la patria eslovena. Ahora veo que los patriotas han dispuesto otra cosa y estoy enterándome ahora. En lo que atañe a nosotros, los demócratas socialistas, declaro que seguiremos siendo paneslovenos como lo hemos sido, y que nos aferramos con firmeza a nuestra autonomía nacional, que no sólo abarcará las inmediaciones de Trieste sino toda Eslovenia, ¡del Adriático al Drava!
Anoche hablé sobre la nación y sobre el pueblo, sobre el terrible destino de nuestra cultura intelectual y sobre los aprietos de nuestros trabajadores de la cultura. ¡Permítanme seguir hablando sobre estas tristes cuestiones!
***
No hace mucho veía trabajadores que no estaban organizados ni laboral ni políticamente. Se sentaban en grupos apretados, mujeres y hombres, en tabernas sucias y sofocantes; frente a cada pareja había una botella de aguardiente. Jamás había visto rostros tan agostados y enjutos… enjutos y agostados por el trabajo duro, por la mala vida y el aguardiente. Cantaban canciones populares, griteríos roncos sin melodía y sin letra… Al mirarlos y escucharlos me revolvía, no por el aire viciado que supuraba en la taberna como en una calera, tampoco por el hedor del alcohol, sino que me revolvía de vergüenza e indignación.
Con indignación y vergüenza pensé: ¿no son acaso también estas personas, estos ignorantes, no organizados a quienes la nación culta y honorable ha descartado con desprecio y a quienes llama embrutecidos… no son también estas personas trabajadores de la cultura? ¿Acaso no recae toda la cultura sobre sus espaldas extenuadas como antes recaía la cultura griega sobre las espaldas de los ilotas y la cultura romana sobre las espaldas de los esclavos de todas las naciones? ¿No es el trabajo de estos despreciados, de estos ignorados, el cimiento sobre el cual construimos la torre de Babel de nuestra cultura, que llega casi hasta las nubes? ¡Hasta las nubes llega la torre de Babel de nuestra cultura y aquellos que la cargan sobre sus hombros cansados no la ven, porque sus ojos turbios están vueltos hacia el suelo!
Oía su griterío salvaje, indiscernible, y bajé la cabeza y seguí mi camino avergonzado…
***
Un par de días después llegué a la casa de una familia de Liubliana de linaje y me sirvieron un té. El departamento estaba decorado con un inusual buen gusto, del todo artístico. Allí vi muebles escogidos y reunidos con mano cuidadosa y sensible, con ojos maduros, de tal forma que antiguos objetos de valor –baúles de Carniola tallados a mano, armarios, sillas antiguas, mayólicas de distintas épocas y lugares, cinturones dorados, cofias bordadas con hilo de oro de antiguos trajes tradicionales eslovenos–, todas estas cosas se unían con armonía y naturalidad a objetos artesanales de nueva factura.
La habitación era acogedora y aún más las personas en ella. En los rostros jóvenes, en los ojos sonrientes, en los suaves modales ¡pura vitalidad! Ni pasado ni recuerdos ni lamentaciones ni miedo; ¡una mirada clara vuelta con alegría hacia un alegre futuro!
Hablaba con ellos y ya sus voces puras revelaban la inteligencia de su espíritu y su corazón. Todas las cosas bellas que había engendrado nuestra cultura las conocían y apreciaban, las recibían en la razón y en el corazón. Con la ligereza y la despreocupación de los niños arrancaban los frutos dorados que daba el árbol de nuestra cultura, ese árbol que crece en la tierra abonada con el esfuerzo y los cadáveres de nuestros trabajadores de la cultura…
Cuando salí a la calle, recordé a aquella gente ebria, extenuada, atormentada… Sabe Dios si el azar no habrá sido tan maligno que justamente la obra cultural de aquellos muertos en vida, enterrados en vida, haya hecho un recorrido tan extraño que en su fin último se haya transformado en la amable sonrisa de una bella e inocente Melita…
Y recordé a las jóvenes y esforzadas trabajadoras, envejecidas prematuramente, vestidas con harapos polvorientos, que nacen y trabajan y se amontonan en una tumba también prematura, que vivieron sin saber lo que es la vida. Sabe Dios si no habrá querido el azar maligno que la obra y la vida de una de aquellas trabajadoras de la cultura haya hecho un recorrido tan extraño que en su último fin se haya transformado en la mirada luminosa de una inocente Anka de ojos negros…
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La cultura, como no puede ser de otro modo, se desarrolló en forma paralela al desarrollo político y social. En la vida política y nacional se hizo valer el poder de la burguesía, en la vida social predominó el capitalismo sin límites. Y toda la cultura, en sus manifestaciones externas, se volvió burguesa y capitalista o, mejor dicho, se puso al servicio de la burguesía y el capitalismo. La gran masa del pueblo, con su trabajo, era la productora de cultura, pero no su consumidora… Los culíes chinos extraen diamantes en el Transwaal, pero los llevan puestos las damas de Nueva York; en Bélgica las proletarias elaboran bordados de bolillo caros y artesanales, pero los llevan puestos las demi-mondaine de París… Dragotin Kette completó a Prešeren y escribió versos inmortales; él murió joven en la pobreza y la riqueza de sus versos es desconocida para el pueblo, se la apropió esa pequeña parte de la juventud burguesa que está ávida de arte…
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Así como la sociedad moderna capitalista se liberó de las manos del pueblo y del trabajo del pueblo porque se apropió de los medios de producción, así también y exactamente así esclavizó a los trabajadores de la mente. El escritor, el artista, el científico son tan serviles esclavos de la sociedad burguesa como el trabajador de carga, del ferrocarril o el minero. La prosperidad espiritual, la cultura intelectual, no puede pensarse sin la prosperidad material, sin la cultura material. Quien se ha apropiado de los medios de producción de la cultura material se ha apropiado al mismo tiempo de la cultura material y se la ha alquilado como mucama y gobernanta… Así como el duro trabajo físico de millones y millones sirve a una ínfima minoría para su gloria y su bienestar, así también el trabajo intelectual sirve a esa misma ínfima minoría para su solaz y entretenimiento…
Un ejemplo concreto: El noble vive en una hermosa estancia a media hora de la ciudad. El proyecto de la casa lo hizo un artista, un arquitecto, la construyeron los trabajadores albañiles, la pintó un artista pintor, las estatuas las puso un escultor, el jardín fue diseñado por un jardinero. Cuando trabajadores y artistas terminan su trabajo, se van por donde vinieron, y el noble llega y se instala allí con tanta soltura como si la casa la hubiera construido y decorado él mismo y como si fuera su justo y merecido hogar… Por la noche se viste con un traje negro que le ha cosido un sastre, antes toma una cena liviana que le ha preparado un cocinero, después se sienta en el coche que preparan los mozos de cuadra y que conduce un cochero, y se va al teatro a escuchar una obra o una ópera que ha creado un artista en honor al señor noble y para su entretenimiento y que ejecutan artistas dramáticos o cantantes de ópera; en el palco hay un sirviente de librea sentado detrás de él, que aplaude o silba en lugar de su perezoso señor, y al final el señor noble va quizá a un restaurante, cena por segunda vez y a lo último lee tal vez un folletín humorístico que he escrito yo para la mejor digestión del señor noble…
Este es un ejemplo estereotipado, pero me parece que expresa todo el absurdo y a la vez toda la injusticia que crea la sociedad capitalista. Por supuesto el noble dirá indignado y ofendido: Pero si se les ha pagado a cada uno: al arquitecto, al constructor, al pintor, al escultor, al jardinero, al sastre, al cochero, al mozo de cuadra, a todos hasta al escritor que ha escrito la obra, hasta al músico que compuso la ópera, hasta al último figurante.. y quizá ni siquiera Cankar haya escrito gratis su folletín…
De todos modos, sólo un astuto de Ribnica ha conseguido adiestrar a su caballo para vivir sin comer; pero ni bien se acostumbra, se muere…[7]
El proletario y el artista están al servicio del capital, lo alimentan y reproducen con la fuerza de sus brazos y su mente, acumulan incesante y cada vez más alta cultura material e intelectual… Sólo en sus manos, en su mente, el capital se vuelve vivo, los medios de producción se vuelven funcionales… El capitalista absorbe la rica bendición, se sienta en el restaurante y hace la digestión…
***
Para la nación eslovena, este desarrollo cultural fue una desgracia mucho mayor que para todas las otras naciones. Entre nosotros, la burguesía se desarrolló muy despacio; si es que no hace mucho que más de la mitad de nuestra burguesía había nacido en el extranjero y era desde el principio enemiga de la población eslovena y de la cultura nacional eslovena. Lo que se llama la clase burguesa eslovena es en su gran mayoría aún joven y ha salido directamente del pueblo campesino y trabajador.
Es extraño y digno de reflexión que esta juventud y esta generación popular de nuestra burguesía no beneficie ni a la burguesía misma ni al pueblo ni mucho menos a la cultura.
En otras naciones se ha conservado o al menos adquirido o solamente imitado o simulado el amor a la cultura intelectual y su comprensión, y desempeña el papel que desempeñaron en épocas pasadas los ricos aristócratas y el clero, protectores generosos y también amos crueles de la cultura intelectual y de sus trabajadores.
Nuestra burguesía es en gran parte parecida a un carnicero torpe, que no sabe leer ni escribir, que jamás ha oído cantar ni le suena ningún arte o ciencia y que de repente se gana el premio mayor de la lotería. Ahora es un señor. Compra su carruaje con dos pares de caballos, se calza una galera de lado sobre la cabeza, se encaja tres anillos de brillantes en cada uno de sus diez gruesos dedos, se pasea por la avenida y le grita al pueblo: ¡Sáquense el sombrero, yo soy un aristócrata!
Algún político respetable, personalmente honesto y educado dijo hace poco en público en Liubliana: Yo soy burgués, nosotros somos el partido de la burguesía. Y él mismo, el que lo decía, es hijo de un pobre campesino y se le nota de lejos que sigue llevando zapatos de pobre.
Conozco muchos otros que por nada del mundo se sentarían a la misma mesa que un proletario en ropa de trabajo… hay muchos en Liubliana, puede que no falten tampoco en Trieste. He visto jóvenes señores que se avergüenzan de que su madre vaya con ellos por la calle porque va vestida como una campesina; ellos van un paso adelante y se hacen los que no la conocen.
Estos advenedizos, nuestros carniceros con galera de lado, son burgueses sólo por fuera, aristócratas sólo en lo exterior. La única virtud de los burgueses y aristócratas de otras naciones, que es cuidar y ayudar a multiplicar la cultura intelectual o al menos apreciarla, está ausente en nuestra burguesía. Conozco un señor en Liubliana, un aristócrata de los pies a la cabeza, un gran patriota y entusiasta de todos los cientos de objetos de devoción nacional o cuantos quiera que haya. Ha sido elegido en diversas comisiones necesarias y no tanto, preside casi todas las veladas una sesión imprescindible o prescindible… en suma, un pilar de la nación eslovena, uno de los pilares más insignes y beneméritos… Y le pregunto: ¿ha leído esto o aquello? No. Por principio no leo literatura eslovena reciente. ¿Ha ido a la exposición? No, por principio no voy a exposiciones… ¡No, al teatro no voy por principio! He aquí que este patriota de principios es un ejemplo de los fervorosos patriotas eslovenos. Por todas partes proclama la cultura, se indigna si alguien niega la cultura a la nación eslovena, pero él no mueve ni un meñique por ella, ¡él quiere seguir siendo un tonto por principio!
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Es muy delgada la capa de nuestra burguesía que ha conservado o adquirido sensibilidad para la cultura intelectual. Tan delgada es esa capa que ya no puede sostener con sus propias fuerzas la empresa cuyo nombre es la cultura intelectual eslovena. Hoy en día, los compradores de los productos de los trabajadores de la cultura son en su mayoría sólo muchachas jóvenes de casas ricas, maestras y estudiantes secundarios. La burguesía ha dejado plantada a su cultura intelectual, ya no paga a sus trabajadores y la cultura intelectual eslovena ha declarado la quiebra.
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Es una quiebra total, más terrible y vergonzosa para la nación que si todos los bancos eslovenos del primero al último estuvieran en bancarrota. Es una quiebra terrible y vergonzosa y lleva ya más de una década; los trabajadores desempleados vagan como mendigos de una esquina a otra, de un lugar a otro.
Aún está lejos el día en que esta empresa en declive de la cultura intelectual eslovena esté recuperada y ampliada; ¡y quien la va a recuperar y ampliar va a ser el pueblo esloveno!
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El patriota nacionalista de principios pregunta con voz ferviente:
¿Por qué ustedes, poetas, no componen para el pueblo, por qué ustedes, pintores, no pintan para el pueblo, por qué ustedes, estudiosos, no escriben para el pueblo?
¡Cuánta hipocresía hay en esa pregunta, y cuánta ignorancia!
La sociedad humana, tal como es hoy, ha privado al pueblo trabajador de todo tipo de educación, lo ha saqueado de toda alta cultura intelectual, porque necesitaba su fuerza en el campo, en las fábricas, en los ferrocarriles, en las minas. Así, con las manos de los esclavos, con el trabajo de los esclavos, puso los cimientos de la cultura, de la prosperidad material. Después explotó y esclavizó a los trabajadores de la cultura, para que construyeran sobre esos cimientos un magnífico edificio de arte y ciencia… Y ahora, cuando sería el momento de pagar, cuando el edificio ya está casi terminado, la sociedad en quiebra viene a preguntar: ¿Pero quién los contrató? ¿Pero por qué no trabajan para el pueblo? ¡Yo no necesito estas artes de ustedes, no las encargué! ¡Trabajen para el pueblo! ¡Tú, Župančič, súbete al tren y léele ahí al fogonero tus sonetos! ¡Tú, Lajovic, arrastra tu piano hasta la mina y compón una sinfonía para los mineros! ¡Tú, Grošelj, ve al taller y explícales a las operarias la teoría de Darwin! ¡Y tú, mi querido Cankar, vete a leerles tus novelas a los pillos de Liubliana!
El desarrollo de la sociedad humana forzó a los trabajadores de la cultura a alienarse de las masas del pueblo; el desarrollo de la cultura intelectual hasta el presente los forzó a seguir construyendo lo que empezaron sus antecesores. Y puesto que la sociedad capitalista actual se apropió de todo el trabajo, tanto físico como intelectual porque esta sociedad privó al pueblo de toda cultura así como hasta ahora en muchas partes lo priva del arte de la lectura y la escritura… no podría haber ocurrido otra cosa sino que los trabajadores de la cultura se alejaran cada vez más del pueblo. Ellos estaban alienados del pueblo, y aquella sociedad que los alienó del pueblo los deja ahora plantados. Los abandona y se les ríe en la cara: ¿Pero por qué no trabajan para el pueblo?
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Así es como hoy los esclavos de la quebrada cultura intelectual eslovena viven la vida terrible de un operario fabril desocupado. Ustedes ya saben la pobreza en que han vivido nuestros poetas y artistas desde Prešeren hasta tiempos recientes. La miseria es cada vez mayor. Porque hay cada vez más de estos prescindibles trabajadores de la cultura en nuestros días, pero no hay compradores, porque la empresa está en quiebra… Ya he escrito antes sobre la vida y la suerte que corren los artistas, pero las personas no creyeron ni la mitad de lo que decía y pensaron que contaba cuentos románticos. Sin embargo, no exageré ni una palabra; ni una palabra es inventada… la verdad es tan cruel y tan horrenda que cuesta describirla y no hace falta agregarle ninguna fantasía. Quizá conozcan la historia de la Refinería de Azúcar de Liubliana.[8]
La exposición en Miethke (el hambre de Grohar).
Tratnik en Múnich (un paisaje por una taza de café).
Una postal de Smrekar desde Múnich.
Nuestra vida en Viena… en una residencia de estudiantes.
Los poemas de Por la llanura, de Župančič: mucha fama, pocos cigarros.
Mi libro, quemado por el obispo… mis alojamientos, un poco de humor.
Los académicos no encuentran ni editorial ni imprenta. ¡Es que esto no es para el pueblo!
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Ahora, la pregunta es ¿dónde está el origen de esta quiebra, de esta desocupación? Sin quererlo ni saberlo, aquel patriota de principios nos ha dado la respuesta exacta a esa pregunta, cuando preguntó burlón: ¿Por qué no escriben para el pueblo?
Nos ha respondido bien y con justicia, dijo lo que nosotros sentíamos y queríamos de corazón desde hace mucho: que pase lo que tenga que pasar, con el pueblo, para el pueblo. Cuando desaparezca –y quiera Dios que ocurra pronto– esta sociedad podrida con todos sus perversos pecados capitales, no desaparecerá con ella lo que construyeron nuestros trabajadores de la cultura que fueron por ella cruelmente esclavizados. ¡Entonces se verá que nuestros trabajadores de la cultura, esclavizados por la injusta y deshonesta sociedad, trabajaron para el pueblo; que el pueblo, cuando ponga su pesado pie en la nuca de esta nación hipócrita y de estos patriotas hipócritas, cortará los frutos de aquel árbol que los subyugados trabajadores de la cultura plantaron para sus ingratos amos y abonaron con la sangre de su corazón! Todo lo que hicieron y crearon, todo aquello por lo que sufrieron y murieron nuestros trabajadores –de Trubar y Dalmatin, de Matija Gubec y los campesinos rebelados hasta Prešeren y Kette y hasta todos aquellos que sufren y trabajan en este presente vergonzoso– todo aquello un día será la libre propiedad del pueblo liberado!
El ferviente patriota de principios se asusta de esas palabras. Se espanta y dice: ¡Pero si yo también estoy de parte del pueblo! Lo dice en especial cuando se acercan las elecciones. Porque los fervientes patriotas de principios tienen esta extraña manía de querer siempre representar al pueblo, donde sea, cuando sea, como sea. ¡Pero si yo también estoy de parte del pueblo!
En todas partes se le nota el miedo al pueblo y el desprecio que tiene por el pueblo. Se aferra como garrapata a unas vetustas y polvorientas tradiciones que llama objetos de devoción nacional; el pueblo sigue siendo para él algo que está sentado o parado frente a él, grita tres veces ¡viva! y después se desvanece en el aire hasta las siguientes elecciones. Para él, el pueblo no es nada más que la bandera tricolor que va por toda Eslovenia recorriendo distintas fiestas patrias para que luego los pasquines puedan escribir: “También vinieron nuestros valientes triestinos”. No bien el pueblo se despierta un poco, no bien empieza a pensar que la bandera tricolor no es la única cosa ni la más importante sino que primero está el bienestar físico y sólo después la celebración de la nación, el patriota se ofende, grita y difama a su pueblo, que tan repentina e inesperadamente se ha deshecho de la bandera tricolor, y este patriota cabal preferiría ver si ese pueblo esloveno al que ya no le da la gana de gritar ¡viva! a algún aguado programa porque tiene muchas otras preocupaciones… a ver si todo ese pueblo deserta y se va a América, y ojalá que a la luna. Con cada palabra, con cada gesto, con cada acto, el patriota de galera demuestra que el pueblo le resulta insoportable, que directamente le tiene miedo. Con cada palabra, con todos sus programas electorales, demuestra que ama, no al pueblo, sino al pueblo humillado. Mientras el pueblo esté humillado, mientras crea en frases vacías, mientras lleve la bandera por toda la patria y ponga arcos de triunfo y reverencie ídolos de galera y frac, entonces el pueblo es la nación, entonces se llamará nuestro buen y juicioso pueblo. Pero en cuanto se hace consciente de su fuerza y su derecho… entonces de pronto es un pueblo extraviado, un pueblo perdido, en una palabra: el pueblo, y el patriota le da la espalda ofendido… Porque esta es la explicación más exacta: el patriota ferviente está en favor de los derechos del pueblo, y no del derecho del pueblo. El derecho del pueblo es uno solo; los derechos son muchos y tienen muy diversos nombres; en Trieste los llaman objetos de devoción. Los nacionalistas se desviven por esos objetos de devoción –yo quisiera ver alguna vez cómo son–; sólo odian ese único gran derecho fundamental, porque le tienen miedo; y cuando la revolución social nos granjee ese gran derecho fundamental, nos granjeará también la poderosa cultura del pueblo, y entonces ya no habrá lugar ni para esos objetos de devoción tan respetables ni para el patriotismo y sus sentimentales patriotas!
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Que se demuestre a estos amigos del pueblo, impuestos a la fuerza, lo vano de su nacionalismo, que significa lo opuesto al amor al pueblo… y al final preguntan con total inocencia: ¿Cómo que no soy amigo del pueblo? ¡Claro que sí! Son como los clericalistas de Liubliana, que acaban de besar la mano del párroco y luego se sorprenden: ¿Que yo soy clericalista? ¿Pero qué es eso del clericalismo?
(La historia de los campesinos)
¿Pero cuál odio al pueblo? ¿Qué es eso del odio al pueblo? ¡Yo soy amigo del pueblo! Es amigo, ¡pero anoche el canalla le quitó el abrigo!
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No hace mucho conocí a una persona que hace quince años vive entre el proletariado. Cuando llegó, la gente lo escupía, el mismo párroco se rebajó a escupirle en la cara… ¡fuera de aquí, ateo, anticristo! Cuando empezó a enseñar a los trabajadores, primero les hizo tomar conciencia de que era una injusticia que fueran esclavos, y entonces no encontró sitio en toda la región, tenía que esconderse con sus amigos a la sombra en algún prado o en el campo. Dondequiera que fuera, aparecían también un par de gendarmes. Y no pocas veces tuvo que reflexionar sobre su trabajo cultural entre cuatro paredes y vivir del dinero público. También ocurrió que tuvo que huir de su patria a la más libre Suiza, y por supuesto volvió después de unos meses y siguió con su trabajo. Hoy, después de quince años, esos trabajadores están organizados laboral y políticamente, en lo cultural están muy por encima de la mayoría de los nacionalistas universitarios; ya no huelen a aguardiente, ya no cantan sin melodía y sin letra –aunque no creo que las letras de sus canciones agraden a los patriotas nacionalistas–; su biblioteca es abundante y los libros no están sin tonsurar, al contrario, me alegró ver que esos libros de los que los nacionalistas dicen que no están escritos para el pueblo, estaban usados y manoseados…[9] Ahí vi entonces qué es una obra cultural verdadera, valiente y perseverante, que no le tiene miedo a nada, que no vacila jamás, que no desespera. Ante esa gran obra me pareció que mi propio trabajo era una nimiedad y de muy poco provecho. ¡Porque me di cuenta de dónde viene y adónde lleva el camino a la salvación del pueblo de la servidumbre, a la salvación de la cultura de su actual bancarrota, a la salvación de los trabajadores de la cultura de la vergüenza del desempleo, del desprecio y la humillación!
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¡El único camino es la lucha del pueblo, la lucha inclaudicable, hasta que caiga la última barricada, hasta que se conquiste el último objetivo! La lucha por la completa liberación social y política –porque sin libertad social y política es imposible la libertad cultural–. Mientras el pueblo sea esclavo de la sociedad, esclavo de esta nación anónima, será pisoteada, humillada y sin derecho también la cultura intelectual. La lucha por la liberación del pueblo es una lucha cultural… y quien difame esta lucha, quien la supedite a intereses espurios, es el enemigo del pueblo y el enemigo de la cultura.
Notas
[1] Discurso pronunciado en la ciudad de Trieste el 24 y 25 de abril de 1907. [Todas las notas son n. de t.]
[2] Cita un verso del poema épico Krst pri Savici, El bautismo en el Savica, de France Prešeren: “Narvéč svetá otrokom sliši Slave,/ tje bomo našli pot, kjer nje sinovi/ si prosti vól’jo vero in postáve.”
[3] Marko Pohlin fue un sacerdote, lingüista y poeta esloveno (1735-1801), el primero que exhortaba a no avergonzarse de la lengua eslovena, por lo que la nación –como nombra Cankar a la burguesía patriota–, puede sentirse orgullosa de sí misma.
[4] Se refiere a la plaza San Marcos en Zagreb, donde fue ejecutado Matija Gubec.
[5] Janez Trdina (1830-1905) fue un escritor e historiador esloveno. Sus relatos y poemas, entre ellos el mencionado por Cankar, tienen un contenido programático patriótico e histórico.
[6] En 1906, el historiador y político Dragotin Lončar publicó un libro que se considera el primero sobre la historia política eslovena de todo el siglo XIX y hasta 1918 inclusive.
[7] El estereotipo de los habitantes de Ribnica en la tradición popular es que son gente de mundo, astutos, adaptables, porque de allí son las artesanías en madera y cestería (suha roba), que salían a ofrecer como vendedores ambulantes cargados con grandes cestas a la espalda; por lo que se llamaban krošnjarji. En la metáfora, el oriundo de Ribnica es la burguesía que subyuga al pueblo, al caballo, que una vez que se acostumbra a la privación, se muere, dejando al burgués sin esclavo y sin el producto de su trabajo.
[8] Cukrarna es un edificio histórico en Liubliana; desde el primer tercio hasta pasada la mitad del siglo XIX fue una refinería de azúcar; hoy es una galería de arte, y en tiempos de Cankar vivían allí soldados y personas pobres. Allí también vivieron Dragotin Kette y Josip Murn, y Cankar, Oton Župančič y otros escritores se reunían ahí con ellos, por lo que el edificio quedó asociado al modernismo esloveno. Esta y las siguientes, son alusiones a la pobreza en que vivían los artistas: la exposición que los impresionistas eslovenos, entre ellos Ivan Grohar y Rihard Jakopič, hicieron en 1904 en la galería Methke en Viena; Fran Tratnik, pintor, y Hinko Smrekar, pintor y caricaturista, estudiaron en Munich, y Cankar alude a lo que pintaban (un paisaje) o dibujaban (una postal) por lo poco que pudieran obtener para mantenerse; el libro de poemas Čez plan, de Oton Župančič, que no le dejó dinero a su autor; finalmente, el primer libro de poemas de Cankar, Erotika, fue censurado y por eso quemado por el obispo de Liubliana, y las incesantes mudanzas a cuartos alquilados donde vivió aun desde niño, después de que la casa de su infancia se incendiara.
[9] El ejemplo no es inventado, Cankar alude al político socialdemócrata esloveno Anton Kristan (1881-1930).