Ivan Cankar
Traducción: Florencia Ferre
Imágenes de sueños[1]
Nunca he podido escribir con facilidad, pero en estos últimos tiempos cada oración que escribo es casi una tortura física. No solo las adversidades y tristezas externas me atan la mano fatigada y aplastan mi pensamiento contra el suelo. En verdad es más bien que las palabras fluirían mejor y más a gusto si… si al menos hubiera un poco de sol, si al menos por una vez pudiera respirar con el pecho lleno y liberado, si al menos una sola vez pudiera mirar al frente y a mí mismo sin temor, con los ojos desnudos. Y sin embargo esto no es lo fundamental; y es que no soy el único entre nosotros que, si no le diera pudor, se estaría lamentando. Algo muy distinto, más profundo, mucho más enfermizo es lo que ha hecho que mi habla se parezca a un balbuceo tímido, apenas entendible, que mi pensamiento, en lugar de remontarse luminoso hacia el cielo, aletee inestable, no sepa adónde ir y no pueda llegar a ninguna parte.
El hombre joven hilvana los versos, pone rima tras rima, y todo fluye amablemente por una corriente mansa, sin esfuerzo, solo y por su cuenta, y al final el resultado es muy parecido a un poema. El dulce tintineo le suena en el oído —[2] ¿de dónde? Es como el recuerdo de algo bello, cálido, que fue — ¿dónde, cuándo? Las palabras murmuran en voz baja, misteriosas, susurrando como las hojas que vuelan con el viento — pero ¿qué será lo que significan? Algo tienen que significar; el ojo se humedece, el corazón se ablanda con su sonido. Amor, nostalgia, amargura… las hay por miles, sin número, cada vez más dulces y cada vez más bellas; cantan en armonía…, pero son tan raras y lejanas que parece que las canturreara con voz asordinada por detrás de la montaña alguien muy distinto, un hombre desconocido que tal vez hubiera muerto hace mucho tiempo. Para él, para el hombre tras la montaña, estas palabras fueron alguna vez seres vivos con rostros palpables y sangre caliente; para los demás son un misterio sin voz y sin forma, como también lo son para esa joven mano que las escribe temblando sobre papel de borde dorado. Un misterio sin forma, sin voz, un muro garabateado con rimas, detrás del cual está la vida.
Pero un día llega la hora… no de pronto, como una iluminación desde los cielos, sino despacio, paso a paso, noche a noche, un presentimiento velado, mudo, que trepa inaudible al alma y no es claro hasta que se detiene justo frente al rostro; y este hombre joven ve el muro muerto y blanqueado frente a sí y sus propias palabras muertas sobre él. Insultado y avergonzado, siente que ha sido igual a un niño que juega con piedritas de colores, con palabras prestadas, y se esfuerza por construir una nueva casa, o tal vez incluso un templo. Y esta revelación amarga lo ensombrece, y entonces…
Entonces a menudo se sacude estos sombríos presentimientos, este saber implacable, y sigue escribiendo en el muro con mayor profusión y abigarramiento. Le parece que esta revelación ha sido solo una pequeñez, apenas la desconfianza pusilánime de sí mismo que a veces asalta al ser humano de improviso, como una gripe o un resfriado y también de improviso desaparece. Desde el instante en que contrae esta gripe, está orgulloso de sus rimas y es susceptible por ellas como es susceptible hasta el enojo por su excelencia e irreprochabilidad aquel que en su interior es consciente de su culpa. Busca con ojo inquieto a ver dónde puede encontrar la incredulidad y la burla, y tira de la manga del desconocido en la calle: «¡Confía en mí o ya verás…!». Es un obstáculo para su prójimo, se le atraviesa en el paso al peregrino, pero sin embargo es digno de compasión, porque él mismo es su mayor obstáculo y se atraviesa en su propio camino.
Aun así, a veces, en el momento de ese sombrío presentimiento y de esa revelación implacable, sucede algo de una belleza delicada, incluso conmovedora: el hombre lee la montaña de versos que había escrito, se ríe de ellos a medias enternecido, a medias con amargura, los envuelve con una cinta roja y los guarda con cuidado entre los cuadernos de la escuela y las cartas de amor para sacarlos algún día con mano trémula del cajón secreto, cuando las tardes sean largas y las noches de desvelo, y evocar con un suspiro pensativo ante esos papeles amarillentos de caligrafía suave, redondeada… no las rimas, sino más bien a ese joven imberbe que las escribió. Una vez que arranca así su nombre del muro, se encamina contento y afanoso a su verdadero rumbo, el que le ha sido asignado desde el principio: a alguna oficina, a algún taller, a dictar cátedra, al púlpito o tan solo a la taberna, siempre en la medida correspondiente del respeto y la dicha que se ha ganado según su buen saber y entender. Y apenas de vez en cuando, solo con un vino fuerte, se le ocurre ponerse a escuchar las rimas que en las calmas horas vespertinas lleva el viento primaveral en las alas de las mariposas.
Pero es un elegido entre todos, marcado entre los demás, aquel que empieza a oír cómo a esas bellas, lejanas, extrañas palabras responden y cantan otras desde el fondo del corazón, completamente nuevas y propias de él; empiezan a cantar asordinadas, tímidas, quejumbrosas, pero cada vez más valientes y claras, más luminosas y fuertes; hasta que, en ellas, luces y voces muy distintas ahogan para siempre el sonido y la luz anteriores. Pero mira qué milagro de milagros: esas palabras lejanas, ajenas, indiscernibles han volado por su cuenta a la hoja en blanco, unas tras otras se han alineado con gracia, de pronto el poema suena como si hubiera estado desde siempre sobre el papel, en el aire y el oído; pero la palabra nueva, la palabra propia, rehúye el papel, no quiere llegar a la lengua ni a la pluma. Está en el corazón; está clara en él, ya madura, clama por ver la luz de la mañana; o bien ha crecido en el fondo de las profundidades, hay que arrancarla por la fuerza, sin piedad, aunque se derrame sangre. Porque es necesario arrancarla, ese es el mandato que le ha sido dado y contra el que no puede rebelarse; le fue dado en la hora en que por primera vez en su joven corazón, abierto con premura, brotó la palabra nueva; cuando por vez primera, aún medio dormida, despuntó de las profundidades. Entonces su vida y sus afanes fueron sentenciados hasta el fin de los días, sentenciados a un sufrimiento sin parangón, solo igual a la dulzura que hay en él, una llama en la llama.
Al principio, las palabras eran como flores jóvenes que tendían sus finas y tiernas raíces por la tierra desmenuzada, pensando aún en el rocío y el sol: se las podía sacudir, no había inspiración, casi no había ni una gota de sangre cuando la mano jovial cortaba la flor y se la prendía en la blusa a la muchacha. Pero las raíces llegaron al terrón más profundo, cada vez más adentro, removieron la tierra, movieron las rocas portentosas, se entretejieron y enmarañaron en una red viva que fue directo al centro; donde antes soñaba la humilde flor, se alzan anchos y oscuros pinos hasta el cielo… ¡tálalos ya, arráncalos! Un solo golpe de hacha despertará la aflicción y el horror de todo el ancho y sombrío bosque, aullará lo profundo de la misma tierra. El corazón se retuerce y contrae de dolor, se rebela, preferiría callar; pero no debe callar, sufriendo debe anunciar su sufrimiento, pues esa es su sentencia y su predestinación.
Cada templo de la gran morada del corazón humano esconde las puertas de otro templo… y este, de un tercero… y así siguiendo y siguiendo sin fin, de una capilla a otra capilla, de una mazmorra a otra mazmorra, de un secreto a otro secreto; cada escalera, por muy oscura y escarpada que sea, lleva a otra escalera, más oscura y escarpada, de la profundidad a la profundidad, de la penumbra a la penumbra. Muchas veces le parece a uno que ya ha abierto el último templo, que está parado en lo alto de las últimas escaleras y que ve el fondo mismo que aún no había sido a nadie revelado; este pensamiento es arriesgado y al mismo tiempo timorato, un signo del cansancio, una sombra de aquella mano blanca y helada que alguna vez nos acaricia compasiva la mejilla y nos redime. Hay momentos, tal vez apenas conscientes, en que deseas, pusilánime, esa mano compasiva. «¡Este es el fin, voy a descansar!», piensas, pero ¡ay!, siguen más escalones, siguen más puertas hacia el misterio… ¡Ponte de pie, en marcha sin demora! «Este es el fondo», dices, «¡ahora todo será desvelado!» — ¡pero sigue habiendo escaleras por allí, levántate, ve a lo profundo, hacia la noche! Desde el fondo, desde el mismo fondo quisieras confesarte, desde el fondo gritar en alto a todas las personas, para que oyeran con sus propios oídos y vieran con sus propios ojos… que no hay último día, que no hay palabra final, definitiva por siempre, salvadora, nadie la ha oído aún ni pronunciado; todo es deriva y camino, es peregrinaje interminable por las silenciosas catacumbas del corazón.
La vida que este cuerpo enfermo vive afuera, bajo el ruidoso sol, es solo un pálido reflejo, solo una alegoría deslucida de aquella otra vida que está encerrada en ti y en mí. Es la deslucida alegoría que más que revelar el verdadero rostro de la persona, en realidad lo eclipsa y desfigura. Te parece que conoces a tu prójimo hasta el tuétano, lo has visto en la boda y el funeral; pero de pronto dice algo aterrorizado, bajo presión, en un goce sobrenatural… y alguien muy diferente está parado frente a ti, un extraño que jamás has visto, un ser humano parecido a ti, a todos y a ninguno. Solo a quien ha sido intrépido y ha llegado al fondo de su propio ser deseoso de la verdad última, solo a aquel se le desvelan todas las alegorías, se le abren las catacumbas del corazón del prójimo.
Sin descanso va el peregrino errante por estos templos misteriosos, por estas escaleras sombrías que se hunden en el abismo. Ve montones de riquezas que jamás imaginó, ve en más cantidad temores sin rostro ni nombre; a veces está tan alegre que cantaría una alabanza a los cielos, muchas otras está tan triste que se pondría a llorar de rodillas. Pero cuando vuelve de ese largo viaje lleno de conocimiento y trata de contarle a la gente todo lo que ha visto, la lengua no se mueve, las palabras no quieren salirle de la boca. Y lo que por fin, por la fuerza, extrae de su garganta balbuceando y murmurando, porque no puede callar, es apenas un indicio, apenas un recuerdo de aquello que ha contemplado con sus ojos.
El peregrino no tiene miedo, no teme la confesión abierta — ¿por qué habría de temerla? Él sabe que mientras erraba por los templos y escaleras de su propio corazón, iba también alumbrando los santuarios cerrados de su prójimo, de todos y cada uno; no necesitaba golpear donde llegaba, las puertas se abrían de par en par ante su mirada deseosa, ardiente, y adondequiera que fuera estaba en su casa. Él sabe que en esas profundidades quietas todas las personas son más hermanas que en ninguna otra parte, incluso más que en la iglesia. Él sabe que si alguna vez, por un instante, las personas se miraran una a la otra desde el fondo, los muros entre ellas se desmoronarían como si fueran de ceniza. Frente a la casa hay una feria; allí están los mercachifles, trujamanes, gitanos, ladrones; en todos lados y por todas partes chorrea la codicia, salpica la envidia, se escupe odio, pero cada vez que termina y los mercachifles, trujamanes, gitanos y ladrones se encierran cada uno en su choza, en la de veras, que está a doscientos metros bajo tierra de feriantes, entonces ya no son ellos; hay un solo ser humano y este ser humano es elevado en sus pensamientos, noble, sin maldad ni malicia en sus sentimientos, puro, altruista, con infinito denuedo en su amor universal que abraza con fuerza toda creación divina. El peregrino sabe todo esto, por eso no teme la confesión abierta en nombre de sí mismo y de su prójimo.
No teme, pero le da vergüenza. A las personas no las avergüenzan los inmundos, asquerosos pecados que se han acumulado en la feria; eso no, es como si los pecados les colgaran sin más ni más de la chaqueta y se los pudieran sacudir en la calle mientras caminan. Vergüenza les da la belleza pura que tienen encerrada en sí mismos y que ha permanecido inmarcesible en medio del escándalo de la taberna de la feria, no salpicada por barriales y charcos, por obscenidades y groserías. Esta belleza las avergüenza. Preferirían desnudar en público sus cuerpos pecadores antes que abrir a sus hermanos tan solo una rendija mínima de la puerta del templo donde arde la luz pura que encendieron ellas mismas en horas de soledad. Vigilan con cuidado que nadie nunca sepa de la capilla en la que guardan su dolor más sagrado, su gozo más quedo, su juventud inmaculada, su acto más noble, tal vez el único de sus largas vidas… Todo lo bello les da vergüenza, sobre todo el amor.
¡Tú, peregrino, no debes avergonzarte! A ti, peregrino, se te ha ordenado desde el cielo que mires lo que a otros no se les concede mirar, que digas lo que a otros no se les concede decir. No tienes derecho a cerrar las puertas, tampoco aquellas que hasta tú abres apenas con mano temblorosa. Si la luz te llama desde las profundidades insondables, debes arrojarte a ella sin titubear y sin temor para traer esta luz a las personas. Muchas veces, la palabra te resulta torpe y difícil, se escatima, se asusta como un niño tímido de los desconocidos; muchas veces ladeas la cabeza, bajas los ojos, porque también a ti, más que a nadie a ti, que hablas en voz alta, te da vergüenza el amor. Pero cada palabra contenida por vergüenza te quemaría en el corazón para siempre; ¡y tú, peregrino, conoces este dolor…! ¡Acuérdate de tu madre, de ella, que está en la tumba! Dime, ¿no irías de rodillas a cavar con las manos en su sepultura para decirle lo que no quisiste decirle mientras aún podía oírte? ¿Una sola palabra quizá, solo una, callada por vergüenza frívola, por mezquindad del corazón? ¡Acuérdate de los otros, de los muchos que no te oyen más y nunca te van a oír, que esperaron sedientos tu palabra y no se la diste! ¡No calles para no ir a lamentarte a las tumbas sordas, para no llamar desde el fondo cuando el viento disperse tus palabras en el bosque y en el campo!
¡Qué pesada es de pronto mi palabra, qué llena de lágrimas, cómo se arranca, enferma, del corazón asustado!
Esta noche he visto un gran sepulcro, llegaba desde la montaña hasta el mar. El muerto estaba tendido en ella, tan luminoso y bello que las estrellas del cielo lo miraban extasiadas. En el rostro del que estaba tendido en la tumba había un sufrimiento inmenso petrificado, en los labios, pobres labios, temblaba el último reproche: «¡Haz el recuento de las horas, hijo, cuando me tratabas con abnegación, cuando pensabas en mí con amor puro! ¡Pronuncia la palabra que me diste con calidez y acierto, desde lo profundo, con ella me diste una gota de vida viva! ¡Muéstrame las lágrimas que derramaste por mí, muéstrame la sangre que perdiste en mi nombre! ¡Tus manos están vacías; tiéndete a mi lado, hay bastante espacio!».
Oh, Dios, pero si eran solo sueños — aún hay tiempo, aún estoy a tiempo. —
Notas
[1] El libro fue publicado en Madrid por la editorial La tortuga búlgara en 2025. La traductora agradece a Marco Vidal, editor, a Cristian Cámara Outes, director de la colección, y a Mercedes García de Saracho, correctora atentísima y muy respetuosa, por sus colaboraciones al texto. Vaya también un gran agradecimiento a la directora de la Asociación de traductores literarios eslovenos (DSKP), Tanja Petrič por la sugerencia de poner el facsímil de la primera página del manuscrito de Imágenes de sueños, y a Marijan Rupert, coordinador de la colección de manuscritos de la Biblioteca nacional y universitaria de Liubliana (Narodna in univerzitetna knjižnica, NUK) por facilitarnos el archivo.
[2] Se ha mantenido el uso de rayas para expresar pausas, reconsideraciones o la introducción de aclaraciones. Es propio de la lengua eslovena en el periodo en que se escribió el texto original.