Bianca Bellová
Traducción: Daniel Ordóñez, con el apoyo del Ceské Literární Centrum.
¿Sabes cuál será nuestro primer viaje juntos? ¿Adónde me gustaría ir contigo de verdad? Olvídate de Río, Saigón, Nueva York, la bahía de Ha-Long o Kingston. ¡Międzyzdroje, en Polonia! Estoy segura de que no lo habías escuchado en tu vida. Es que solo tiene 6000 habitantes. En el iPhone tengo algunas fotos, si te interesa. Cabinas en la playa para protegerse del viento. Un restaurante semicircular corroído por el paso de los años, con las sillas subidas sobre las mesas y las ventanas cubiertas de polvo. Un muelle de hormigón magníficamente decorado por las lámparas de bola del alumbrado público, que se adentra cien metros en el mar, como cuando llevan a una princesa gitana a casarse. En ese muelle se pasaba nuestra madre las 24 horas mirando las olas y esperando a Zarévich.
No hay nada más triste y conmovedor que un sitio de veraneo en el mar que ha conocido tiempos mejores, y más aún cuando se acaba la temporada. Igual de optimista que el Bosque de los Suicidios de uno de los círculos del Infierno, donde por el cuerpo de los árboles dañados corren tanto la sangre como las palabras… Pero esto no lo puede entender nadie que no seamos tú y yo. ¿No pasan muy por debajo de nuestros pies vías prehistóricas del subconsciente que nos han unido desde siempre?
*
Cuando la abuela se fue de nuestra vida, fue necesario remplazarla, por ejemplo, con alguna esencia que, al menos en parte, estuviera a su altura. No fue algo planeado y surgió lentamente y de forma inadvertida, pero incluso a día de hoy es algo demostrable e incuestionable: yo lo llamaba Adoración (mientras que David o lo escuchó mal o no lo entendía en absoluto porque se empeñaba en decirle Aberración) y era un ritual que iba llenando nuestro apartamento de seres mitológicos de tiempos remotos, de sus físicos apestosos y sus deseos de carne (especialmente humana) o, al menos, de almas.
Como ya he dicho antes, yo no me atrevía a entrar en el mundo de mi padre cuando reflexionaba y se emocionaba con su amada música (¡le frustró tanto comprobar que ni uno solo de sus hijos tenía oído musical!), ¡pero cuando se iba, todo era distinto! En cuanto mi padre salía de la casa, dejábamos a un lado los tratados y los ensayos filosóficos sobre música renacentista (pero con mucho cuidado para colocarlo todo luego de forma que no se diera cuenta, claro está) y aparecían facsímiles de valiosos ejemplares del Clementinum y transcripciones modernas publicadas en Occidente de bestiarios medievales, casi siempre con ilustraciones a color. Pasaba las hojas fascinada y aquellos dibujos de monstruos con muchas cabezas, patas y colas o, por lo contrario, varios cuerpos para una sola cabeza, me estuvieron provocando pesadillas durante mucho tiempo.
En nuestra habitación había dos lugares en los que nos podíamos poner manos a la obra: entre nuestras camas (lo que, por supuesto, era un suicidio, porque solo un imbécil pintaría un basilisco al lado de su cama) y en la pared detrás del armario. Era un armario lacado de madera oscura, cargado de muselina, brocados, lino y popelina que tenía que pesar una tonelada como mínimo, pero que David y yo cada día movíamos un poquito, así que enseguida hubo sitio para trabajar si uno no era demasiado exigente, y sí, nosotros realmente lo considerábamos un trabajo, y debo decir que desde entonces no he tenido un trabajo que me divirtiera de forma tan brutal.
Empezamos con las ninfas, estas aún eran, a su manera, seguras: algunos autores mencionan que su visión puede provocar locura, o incluso la muerte si están desnudas, pero para nosotros estaba claro que con nuestra destreza para las artes gráficas, este era un final poco probable. Les siguieron otras criaturas más insidiosas: grifos, valquirias, una salamandra, hidras, el Cancerbero, harpías, unicornios, el Leviatán, elfos, sirenas, el ave Fénix o un uróboro. Al principio pintábamos con lápices de colores, pero en seguida nos pareció una tontería y nos pasamos primero al bolígrafo negro y luego al carboncillo. Conforme el espacio detrás del mueble se iba llenando, se nos daba cada vez mejor y pasamos de la copia esclava de imágenes a la creación libre. Parecíamos el conde de Montecristo: uno de nosotros siempre creaba mientras el otro le alumbraba con una linterna de bolsillo Bateria Slaný y vigilaba los movimientos en campo enemigo.
Detrás del armario de la habitación, a la que ahora ya nadie llamaba de otra forma que no fuera “cuarto de invitados”, surgió un reino que dejaría pasmado al mismísimo J. L. Borges. Sátiros copulaban con esfinges, el ave Roc robaba un preciado tesoro a los troles, a los que siempre parecía que les hubiesen pisoteado la cara, unos genios se llevaban a unas sílfides esbeltas y en el centro dormitaba una pantera, que con el olor de su aliento atraía a todos los demás seres. Es un poco sintomático que durante todos los años que pasamos detrás del armario nadie nos echase de menos, exactamente igual que los niños que pasaron la mitad de sus vidas tras el armario de Narnia.
Incluso muchos años después de haber superado una meningitis, David a veces tenía que quedarse en casa sin fuerzas. En una de estas ocasiones, me guiñó un ojo cómplice ya desde la puerta cuando volví de la escuela. En seguida se puso a alardear de su obra pero yo no pude más que quedarme maravillada.
–Es Néguev –susurró mientras yo miraba un animal con cabeza de tigre, cuerpo de pájaro y cola de pez.
–Es perfecto –dijo David.
–Sí –confirmé.
–Sabe moverse por tierra, aire y agua.
–¿Y se alimenta del aliento de los perdidos? –planteé.
David asintió magnánimo.
–Y no se puede matar, solo de forma traicionera por la espalda cuando come… –proseguí, y hasta eso me lo aprobó. Así que teníamos a Néguev, nuestro animal doméstico, que siempre estaba bien alimentado y dispuesto a salir de paseo por donde fuera: en su tiempo libre soñaba con animales inexistentes y por placer cazaba hombres lobo. Mis seres no se podían comparar con Néguev: pero lo cierto es que alcancé la perfección con los dibujos del ave Fénix y los unicornios, criaturas que consideraba nobles, pero que tenían poco de ingenioso. Le envidiaba a David una bestia tan bonita como esa.
Coordenadas temporales: eso era en la época en la que mis compañeras de clase se intercambiaban dibujos de conejitos y perritos de ojos saltones desiguales en diarios en los que ponía Puedes dibujar, puedes escribir pero no arrancar las páginas. También por eso nos costaba tanto a David y a mí encontrar amigos entre nuestros coetáneos.
*
Ese zoológico sigue estando ahí, querido, después de todos estos años en los que no se ha pintado en ese piso, allí sobrevive, igual que en mi cabeza: a menudo me quedo pensando en quién se parece a alguno de estos seres. La abuela era el pelícano que se abre el pecho y rocía su sangre sobre sus crías para que vuelvan a la vida. Mamá era, claramente, un hada llorando. Y tú, tú siempre fuiste esa pantera que con su canto silencioso y su aroma embriagador atraía a sus víctimas a sus fauces. Alguien me preguntó cómo pude doblegarme así a ti, y eso fue cuando –debido a tu posición– hasta en las revistas del corazón salieron tus juegos, pero yo no dije nada: a quién iba a explicárselo. Que el sexo es algo que me gusta darte aunque no me apetezca especialmente, porque… porque lo que yo recibo a cambio es algo mucho más valioso. Esos momentos cuando cortamos leña juntos y luego al atardecer la ordenamos, se nos quedan frías las manos y nos vamos juntos a la casa a tomarnos un té y un strudel caliente. Ese ímpetu casi animal con el que lo haces todo, viviéndolo al cien por cien, por lo que a menudo parecías hasta trastornado, al borde de la locura. Esos instantes en los que decías que espantaba a esa fiera oscura que llevabas dentro, y eras tan convincente que sigo pensándolo. Me valía la pena apretar los dientes un poco a veces. Eres mi pantera del mito.
Aunque los últimos eventos hablen más de tu parecido con el unicornio atraído por una virgen pura para que descansara en su regazo y así fue cazado. ¿Una virgen pura? ¡Ja!
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Estuve mucho tiempo sin ver estos dibujos, hasta hace poco, cuando mamá se vino abajo y empecé a ir a su piso solo para regar las plantas.
El piso sigue siendo el mismo, a pesar de que de repente empezaron a suceder en él tantas cosas extrañas que tenía la sensación de estar entrando en otro mundo. Por primera vez después de estos años, escuché cómo se lo montaban los vecinos: ella daba chillidos entrecortados y él bramaba de forma monótona como una locomotora en un túnel. En el piso se extendió por el aire un olor a tabaco y colonia fuerte. El armario grande alguien lo había vuelto a pegar a la pared, y cuando me puse a regar la difenbaquia no pude evitarlo. Me costó, pero conseguí despegarlo veinte centímetros. En el suelo había un murciélago, muerto y seco. Un pequeño guardián momificado de nuestros tesoros, cuyo coraje se correspondía aproximadamente con la importancia de estos. Cogí el murciélago con el recogedor y lo tiré por la ventana.
*
Me pareció que en alguna parte del piso había cambiado la presión del aire, que se había abierto una puerta o la ventanilla de ventilación, sencillamente algo era distinto. Vi que estaba encendida la luz del baño y la puerta entreabierta, así que me levanté y me acerqué a hurtadillas a la rendija por la que pasaban esos lúmenes, veo a David que está buscando el botiquín y le digo:
–Hola, ¿qué pasa?
Y dice que se quiere tomar un paracetamol o un ibuprofeno, da igual, que el pie le duele un huevo, yo le miro el pie y veo que tiene el dedo gordo hinchado como las pelotas de un perro e igual de morado y asqueroso, así que meto la mano en mi bolso y le doy dos ibuprofenos de 400 y me quedo esperando a que se los tome.
–¿Dónde lo has metido? –le pregunto, y me dice que estaba con Adélka en el parque y ese maldito carrusel que gira al pedalear le había pasado por encima del pie y, joder, tenía que pesar una tonelada por lo menos. Me mira sin saber qué hacer y le ofrezco un café.
–Hace mucho que no nos vemos –digo. David chasquea la lengua.
Nos sentamos en la cocina y David se bebe el café que no huele a nada, me siento un poco débil, y entonces vuelvo a sentirlo: un olor a colonia y a los viejos tiempos, lo atrapo infaliblemente en el aire y lo inspiro. Le pregunto a mi hermano si también lo siente. Y él inclina la cabeza, olisquea y dice que sí, que huele a rancio como los sacos de dormir de los boy scout.
Le pregunto por Adélka y David arruga la frente. No quiere hablar de eso, dice.
Le pregunto por su exmujer y David se encoge de hombros. Su matrimonio y el mío fracasaron casi a la vez, aunque nos advirtiéramos de ello mutuamente. No vas a ser feliz –le decía– es rubia.
–¿Y tú qué? –respondía.
Que por qué me encabezoné en casarme con un tío al que no conocía de nada, me preguntó entonces. Y entonces le dije que quería tener al menos alguna seguridad o, al menos, alguna esperanza. Pero, por supuesto, fue por ti. Era a ti a quien quería demostrar que cotizaba tan alto en el mercado que podía hacerme con un tipo que conducía un Defender y tenía una mansión en el barrio de Ořechovka. Y también tenía que llenar ese cráter que habías dejado en mí. ¡Porque tú me abandonaste, qué locura!
–¿Y tu ex? –pregunta David–. ¿Kotrba? ¿Os veis todavía?
Niego con la cabeza.
–Era un idiota, ¿no? –dice David y se echa a reír. Me sumo.
Después, nuestro momento de relajación se esfuma de nuevo y nuestra relación se vuelve a tensar. Nos quedamos callados.
«Hace mucho que no nos vemos», quiero decirle otra vez.
–¿Qué olor es ese? Es tan familiar… –pregunto de nuevo, pero David no huele nada, o no quiere salir de viaje al pasado. Dejó de invertir en nuestra relación. We have drifted apart, ¡¿no tiene el inglés expresiones mucho más exactas?!, so far apart. Unos completos e irreversiblemente extraños.
–He visto a Néguev –intento de nuevo y esta vez veo que he dado en el blanco. No dice nada, pero no puede reprimir su interés.
–Ahí está como siempre. Con alguna telaraña, pero en servicio.
Veo que vacila: el pasado, que tanto significa para él, amenaza con recordar, hacer ver, lo unidos que estábamos. En otro tiempo. Va al armario y lo arrastra de un empujón. Cuando nuestro panóptico zoológico ve la luz por primera vez es como si todos de repente se encogieran de la vergüenza. Sus desproporciones y la perspectiva mal empleada habían quedado por primera vez completamente al descubierto y la composición parecía de los 120 días de Sodoma. Néguev victorioso recordaba a un mono magullado. Y todos aquellos seres ponían caras como cuando vuelves después de un tiempo a una pandilla de la que formabas parte y de repente compruebas que nadie te ha echado mucho de menos, y cuando te están presentando a los nuevos amigos no pueden acordarse de tu nombre. En el pequeño instante que pasó hasta que cayó en ello, David dejó de controlar su expresión. Pasó del asombro a la tristeza, casi al dolor. Era tan familiar. Como cuando una virgen llora en un acantilado la pérdida de su inocencia.
–Dios, creía que tenía un poco más de nivel. ¡Es horrible!
–Tendrías que haberlos dejado en la oscuridad –digo y le ayudo a llevar el armario otra vez hacia la pared. Porque la mayor parte de nuestros seres ocultos intentan escapar cuando los alumbramos.
David se marcha cojeando malhumorado del apartamento dando un portazo. Se sienta sobre Néguev y sale volando.
Sobre la autora

Bianca Bellová (1970) nació en Praga, donde vive a medio camino entre la parte balcánica y la británica de su familia. Es escritora, traductora e intérprete. Ha publicado siete libros de ficción, entre los que destaca la novela Jezero (El lago, 2016), que ha ganado varios premios literarios, entre ellos el Premio de Literatura de la UE 2017, y cuyos derechos de publicación se han vendido a veintidós países. La novela fue publicada en 2019 por la editorial española Tres Hermanas. Su última novela es Ostrov (La isla, 2022).