El néctar. Esbozo filosófico de las memorias de una casa de vecindad

Slava Serguéiev (Sobre el autor)

Traducción: Marcia Gasca

(Primera publicación en ruso en: Slava Serguéev Lugares de residencia de la verdadera intelectualidad, Moscú, 2006).

Hace ya mucho tiempo tuve una relación con una muchacha que tenía un apartamento en Sadóvoe Koltsó. Mejor dicho, no era un apartamento, sino dos habitaciones grandes en una casa de vecindad.

Buenas habitaciones… De techo alto, muy alto, de cuatro metros de altura. Unas molduras que se interrumpían en tu pared y continuaban en la de los vecinos. Calentador de gas. Restos de azulejos en el cuarto de baño. Un pasillo larguísimo, de unos veinticinco metros; daba la impresión de que ahora mismo por él aparecería una sirvienta, ataviada con su cofia y su vestido largo, saliendo de la cocina con una bandeja en las manos…

Pero mis sueños son sueños vacíos, como dijo alguna vez el poeta checo de principios de siglo Yosif-Sviatoslav Makhar. En los años del estancamiento y del déficit de libros compré una obra suya, después de hacer una larga fila en la famosa librería de la avenida Kalininski, en el segundo piso… ¡Al fin puedo citarlo, lo cual significa que no lo compré en vano!

¿Y acaso sabe usted —dijo otro poeta— qué es una casa de vecindad?

Ante todo, son las relaciones con los vecinos. Ofensas seculares, como los anillos de los árboles. Intrigas que harían honor a cualquiera de las palaciegas. Escándalos con mutilaciones y sin ellas y otras diversiones irreflexivas. Simplemente el desvarío y el absurdo sin objeto y sin sentido, como toda nuestra vida.

Desvaríos, puros desvaríos…

Si empiezas a recordar aparece todo un rosario. Un rosario de recuerdos. ¿Quién dijo esto? ¡Oh, la miel de los recuerdos!

Perla primera

El viejo Kolia (un anciano de 72 años), vecino.

Alcóholico de pura cepa. Vive del espíritu santo y de vender botellas vacías. Veterano del trabajo (hasta la perestroika trabajó cerca de veinte años como plomero en la base secreta de aviación Lavochkin), ostenta una medalla. A causa de dificultades estatales y la falta de disciplina financiera en el seguro social, prácticamente no recibe pensión.

Da pena el hombre. Te saca las lágrimas, aprietas los puños. Te dan ganas de gritarle a alguien: ¡cabrones! Pero no sabes a quién concretamente.

¿A la Casa Blanca? ¿Al alcalde? Pues ellos dicen que no son los culpables, que el desorden es de carácter local…

Y este adorable abuelito, hombre de Dios, blanco en canas, de pronto, precisamente de pronto —sin ton ni son— comienza a orinarse en el fregadero de la cocina colectiva. Es decir, hasta ese momento todo iba más o menos normal; bueno, el viejo se emborrachaba, armaba escándalos, en estado de abstinencia amenazaba a la vecina del tercer piso —una vieja bolchevique— con una muerte violenta, durante horas podía estar berrando detrás de su puerta:

—¡Taniaaaa! ¿No estás durmieeendoooo?

—¡Antisocial!—  con estridencia le gritaba Tania por detrás de la puerta—, ¡Llamaré a la policía!

—¡Y yo te voy a ahorcar…! — le respondía cariñoso el viejo Kolia, y pateaba tan fuerte la puerta de la tía Tania que el edificio entero se estremecía.

Es decir, como ustedes mismos pueden ver, en general todo se desarrollaba normalmente; pero a partir de un punto no precisado, la curva de nuestra vida en la casa de vecindad comenzó a tender hacia un límite infinito, y aquel apartamento dividido se convirtió en una verdadera jungla.

Y lo más interesante era que el viejo se orinaba solo en el fregadero y en ningún otro sitio.

De nada servían peticiones, exhortaciones ni súplicas.

En los minutos de claridad el viejo Kolia reconocía sus errores: que no estaba bien lo que hacía, caramba, incluso se afligía. Pero al día siguiente todo se repetía de nuevo. Es decir, era evidente que estaba protestando, quizás hasta enviando un mensaje, era como para invitar a un psicoanalista.

Pero tengan presente que transcurría el año 1988, la ayuda de los psicoanalistas aún no se había afianzado de manera tan sólida en la usanza cultural de las masas populares: llamar así no más a un psicoanalista como se hace ahora no se le habría ocurrido a nadie, había que valerse de los medios que teníamos a nuestro alcance, y esa orinadera sistemática en la cocina era asumida por todos como una ofensa (aunque pareciera irracional) hecha a propósito, y nada más que eso.

Irina estaba en un temblor de nervios. Yo aún no me había mudado definitivamente con ella, vivía entre dos casas (mi esposa tenía un apartamento independiente, y mis padres también, así que no tenía ninguna experiencia de casas de vecindad…) y no acababa de entender lo que sucedía.

Yo, de hombre a hombre, hasta le rogué, lo amenacé, incluso lo zarandeé un par de veces, pero no servía de nada. Y en un determinado momento comprendí que había que hacer algo, porque las cosas podían terminar mal. Irina (es incomprensible de dónde una mujer tan frágil saca tantas fuerzas), tras uno de los sucesos, no resistió, irrumpió de golpe en la habitación del pobre viejo (¡y ese hecho en sí mismo implica una causa penal!), lo arrastró hasta la cocina, le exigió que “limpiara su desorden siquiera una vez” y cuando recibió una negativa categórica y en una forma extremadamente descortés, le metió la cabeza al pobre anciano contra el fogón, no contra el fregadero (¿sería porque estaba más cerca?), sí, contra el fogón, y con tal fuerza que se quebró una de las hornillas. Todo ocurrió muy rápido, yo ni siquiera tuve tiempo de intervenir, fue como una ráfaga…

En definitiva, el viejo Kolia no sufrió graves daños (una ligera contusión, dijeron en traumatología), nuestra gente es dura de pelar, aunque pegaba unos gritos que se escuchaban en toda la casa: “¡Ayúdenme que me matan!”.

Estuvimos largo rato explicándole al policía del barrio lo que había sucedido, le regalamos una botella de coñac reservada para un día de fiesta y, gracias a Dios, se marchó por donde vino.

Por la noche estuve tratando de convencer a Irina de que cambiara su actitud hacia lo que sucedía, que desconectara aquello, apelaba a su inteligencia, pero ella lloraba y me pedía que la ayudara a permutar su vivienda.

Y cito:

—Yo lo entiendo todo, pero si ese viejo maricón se vuelve a mear en el fregadero lo mato.

Y cuidado, eh, que las disputas en las casas de vecindad no son cosa de juego, puede pasar cualquier cosa; les tengo un ejemplo de unos conocidos míos: una profesora de inglés, una dama con estudios universitarios —fíjense bien, gente instruída— le pegó a un pintor ortodoxo de la corriente simbolista con una palangana. ¡En la cabeza! Y con tal fuerza que ella misma se fracturó un dedo.

¿Por qué?

¿Por qué? ¡Es ridículo…! ¿Acaso se puede hacer esa pregunta en una casa de vecindad? ¿O en cualquier otro lugar de Rusia? ¿Acaso aquí se pueden hacer preguntas?

El pintor bañaba a su spaniel en la bañera colectiva. Y hay que decir que su perro no era de los más sucios…

A un representante del simbolismo ¿qué más le da? Él lo sublimaba todo y lo convertía en arte. En una obra pictórica o un dibujo. Tomen por ejemplo la serie de aguafuertes La urbanización de la cabra, o la acuarela Los tocones pensantes: estatuas hablantes, ¿cuánto valor no tenían?, causaron furor en la temporada de 1990; pero el spaniel sufrió un ataque de nervios; seis meses después aún no podía quedarse solo, aullaba tan alto que se escuchaba en todo el apartamento. Los vecinos de la otra escalera no hacían más que preguntar quién gritaba de esa forma allí.

Por lo visto recordaba cómo lo habían llevado al cuarto de baño, lo habían metido en la bañera, lo que ya de por sí resultaba extremadamente desagradable, habían abierto la llave del agua caliente; pero entonces llegó aquella amable señora, profesora de la cátedra interfacultades de lenguas extranjeras de la Universidad Estatal de Moscú. Ella siempre lo acariciaba, le daba huesitos y en ocasiones hasta algún que otro pedacito de mortadela… Y de pronto se puso a golpear a su dueño con una palangana.

En Europa, seguramente, este hecho hubiera conducido a un proceso judicial con la participación de los representantes de la Sociedad de Defensa de los Animales, pero aquí se limitó a la presencia de aquel mismo extenuado policía de barrio.

Así que no hay que andarse bromeando con los vecinos.

Claro… ahora te pones a pensar que si no hay que bromear con las discusiones entre vecinos, que si esto, que si lo otro. Ahora es muy fácil razonar, pero en aquel momento había que decidir con rapidez qué hacer.

Por supuesto, se podía permutar la vivienda; en definitiva, era una zona muy buena, Sadóvoe Koltsó, en el Centro, pero eso no es algo que se resuelve en dos días.

El asunto es que el ochenta por ciento del problema radicaba en que se necesitaba ayuda urgente.

Sucedió que toda esta historia había coincidido con mi mudanza definitiva a casa de Irina, así que esta operación pacificadora bajo la égide de la ONU debía convertirse en mi bautizo de fuego. Bajo ningún concepto quería una escalada del conflicto, es decir, golpear al viejo Kolia; como quiera que sea, fui educado en el espíritu de la Ilustración: Rousseau, Diderot, Písarev, Chernychevski, ¿acaso alguien que tan siquiera hubiese mencionado estos nombres sagrados podría golpear a un hombre mayor, que poseía además la medalla de Veterano del Trabajo?[1]

De ninguna manera.

Todo resultó muy simple.

Me bastó vivir una semana ininterrumpida en el apartamento de Irina para comprender lo que ustedes, queridos amigos, con su maravillosa experiencia del pasado, hoy por hoy confirmada por las ciencias sociales, probablemente ya habían entendido hace rato.

El viejo Kolia quería lo que quieren todos en nuestros fríos parajes: amor.

Ay, el amor, el amor…

Y es sabido que allí donde hay amor siempre hay derramamiento de sangre.

El pobre anciano simplemente quería que le prestaran atención. Pero Irina vivía su vida de intelectual. Metida en los libros. En las pinturas. En su vida privada. Ella consideraba que con saludar a la gente por la mañana y sonreírles con amabilidad por la noche era suficiente. ¿Y acaso a la gente le hace falta eso? ¿Acaso necesitan gentileza y sonrisas? ¿Cuántas revoluciones y levantamientos se necesitan, cuántos Lenin y Pugachov son necesarios para que la intelectualidad rusa abandone sus aires “europeos”?

Ex oriente lux![2]

Lo dijeron alto y claro…

Para una persona natural, orgánica, como me parece que la llamó Alexandr Blok en su artículo La intelectualidad y la revolución, un “buenas” amable por las mañanas no es ni siquiera una humillación, es algo peor, es un llamado directo a la violencia, a un siniestro premeditado, a una matanza y a un motín.

Yo te voy a dar a ti “buenas” —piensa, mientras bebe con avidez el agua fría que sale a borbotones por la llave, mirándote atravesado con sus ojos negros de bestia— ¡yo te voy a enseñar a ti lo que es “buenas”!

Las personas naturales necesitan la comunicación. Sentir el calor humano. Ayuda mutua. Compasión. Lo que Vladímir Soloviov llamaba “el carácter conciliar”.

Y en este caso, me bastó pasar dos o tres días seguidos “en el sitio” para comprenderlo todo: el viejo Kolia exigía simplemente que repararan en él. Que conversaran con él. Que le preguntaran “¿cómo le va la vida?” Quien lo hiciera, se convertiría en algo más que en su amigo, sería su hermano, un hermano de sangre para toda la vida…

Bebimos juntos un trago en la ya mencionada cocina.

(Por supuesto, fui yo quien lanzó el ramo de olivo, ya que, comoquiera que sea, soy Máster en Ciencias Económicas, tengo mis conocimientos. He leído a Kliuchevski, la colección Hitos, algunas cosillas de autores contemporáneos…)[3]

Bebimos un par de veces y el viejo Kolia me comenta: “Mira lo que te voy a decir, Irina es una buena mujer, pero un poco rara. Tírale a la basura todos sus libros, acuérdate de lo que te estoy diciendo, no la van a llevar a nada bueno…”

¡Ay, ay, ay, nuestro amante de la sabiduría… Odóievski![4] En realidad, no me estaba diciendo nada nuevo, yo mismo sabía eso. Pero ¿qué podía hacer? ¿Qué es la intelectualidad sin libros? Son los yogas, esotéricos y seguidores de Krishna…¿Y ustedes han visto alguna vez a los yogas y esotéricos rusos?

Mejor que siga con los libros.

En general, esos años en la casa de vecindad aportaron mucho a mi comprensión del mundo. Es que antes de eso yo vivía con mi esposa en un apartamento independiente. Allí el aura es completamente distinta… Las coordenadas… el punto de recuento, qué se yo. Allí cada persona es independiente de los demás.

Digan lo que digan acerca del carácter forzado de la convivencia colectiva en las casas de vecindad en la época soviética, en eso hay, no sé, o bien una predeterminación mental, con perdón sea dicho, o bien una continuidad con toda la vida anterior rusa. La continuación de las tradiciones. El espíritu del colectivismo, el koljoz. Ese mismo “carácter conciliar” y ese amor coercitivo… La materialización del proverbio “si te golpea es porque te ama”.

Para seguir con el tema del amor, diré a propósito que en el recinto descrito, además del ya mencionado anciano Kolia, Irina y yo, vivían dos “familias” más: una muchacha joven llamada Lialia, de ocupación indetermimada, interesada en todo lo espiritual, y Nina, una mujer supersexy soltera, trabajadora de una oficina de perfil confuso, que a la luz de una investigación más exhaustiva resultaba ser el Estado Mayor de la Defensa Civil de la ciudad de Moscú.

La supersexy tendría unos treinta y cinco años, y no vivía sola en sus quince metros, sino con su pequeño hijo Misha. De este modo, ¿a dónde quiero llegar?, pues para que vean que no había nada de extraordinario allí; sin contar al ya apaciguado viejo Kolia, no había ningún montañés, ni presidiarios, ni ortodoxos luchadores por la verdad ni —gracias a Dios— personas regularmente consumidoras de bebidas alcohólicas y narcóticos.

Y yo, pues debo advertirles que a pesar de mi máster, era oriundo de la Región de Samara, de los llamados pastores y comerciantes de grano del Volga. Sé que ahora suena ridículo hablar de eso (aunque está de moda) pero mi bisabuelo arreaba ganado no sé si de Astraján a Sarátov o de Sarátov a Astraján. Así que, como escribió el poeta Pável Vasíliev: “¿Tú recuerdas la huella en la estepa salina…? Pero observa, en el cuello del corcel…”[5]

Lo que quiero decir es que no tenía mucho que aprender allí. Todo lo llevaba en los genes, solo que se había cubierto ligeramente de polvo…

Pero bueno, esto solo son prólogos, y nosotros, por así decirlo, nos vamos acercando al tema central de nuestra investigación.

 Perla segunda

Era otoño cuando me mudé definitivamente a casa de Irina. En una fecha cercana a las fiestas por la Revolución de Octubre. Aún no había nevado: aquel año el invierno se había retrasado. El 7 de noviembre, claro, todos en la casa bebimos juntos.

Resultaba extraño, pero en las “fiestas estatales”, por supuesto que el colectivo, a excepción de Irina, festejaba unido; a duras penas logré sentarla a la mesa. Sin embargo, el Año Nuevo se celebraba más o menos de forma privada… ¿Por qué, díganme ustedes, señores culturólogos?

Se quedan callados, corderos…

Por lo visto bebimos bastante, al punto que por la mañana no recordaba nada. Es decir, me acordaba hasta un determinado momento, pero después ya, era como si me hubieran desconectado de la corriente. Recuerdo que al principio todos estábamos sentados a la mesa con solemnidad y conversábamos.

 Me parece que Nina nos contaba que en su trabajo les habían entregado unos pedidos hechos por las festividades y que la jefa del sindicato, la muy degenerada, no le había dado todas las mandarinas que le tocaban, a pesar de que ella se había destacado mucho en las prácticas recientes de la defensa contra un ataque nuclear chino, o algo por el estilo.

Había mostrado una elevada preparación militar; sin embargo, le habían dado el hueco de la rosquita. Aquí siempre es así. Tomemos el caso de Gueorgui Konstantínovich Zhúkov. Un ejemplo vivo. Salvó a Rusia de Hitler y de Beria, y por ese motivo lo enviaron más allá de los Urales a pastar vacas.

Más tarde, el viejo Kolia hizo un brindis por el Padre de los Pueblos, en cuyo mandato, digan lo que digan, no había este relajo, y la joven Lialia dijo que todo eso, de todas formas, no era más que una ilusión, pura maya, que no importaba si eran mandarinas o mendarinas, pedidos u órdenes. Todo aquello era una bobería: Hare Krishna… después de lo cual Irina se dispuso a discutir acaloradamente con ella, en el espíritu de la moral cristiana, acerca del principio “cultiva tu jardín”, “¿cómo que no importaba?” A continuación el viejo Kolia pronunció otro brindis por el culto a la personalidad, y ellas tres, las tres mujeres, se lanzaron a un tiempo sobre él, quejándose de la carga que llevaron las mujeres en el socialismo desarrollado; entonces yo le di un puntapié a Irina bajo la mesa para que se callara.

¡Vaya tema que escogieron!

En ese momento se terminaron las bebidas alcohólicas y todos se marchitaron.

Pero resultó que todavía quedaba pólvora en el polvorín y ¡ábrete tierra y tráganos!, dijo la madre soltera Nina, y fue hasta su habitación, de donde trajo una botella de samogón[6] hecho en el campo, que ella tenía apartado para la próxima fiesta o para un día negro, para el Primero de Mayo o el Año Nuevo, para la visita de un amiguito o para despedirlo, ¡acaso tenía importancia…!

El samogón se lo habían enviado unos parientes desde la región de Kalinin, hoy en día región de Tver.

La bebida resultó fortísima. De las tierras no humificadas… La Cordillera de la tristeza rusa, el Escudo Ruso, la Antártida Rusa… la Tierra de Francisco José. Aquí descansa en paz el continente marchito —dijo Mandelshtam— aquí bebían y beben horriblemente, inconteniblemente, con desespero, con rabia, porque aquí no hay nada más que hacer, definitivamente lo único que quedaría es cultivar “tu jardín”! Aquí Rusia es igual a ella misma y comprendes la vanidad de cualquier deseo. Esto fue lo que dijo Gógol sobre estos parajes: aunque galopes tres años, de todas formas no llegarás a ninguna parte. Y me parece que el poeta А. Tiútchev, en su poema dedicado a los decembristas, dijo al respecto: “¡Un iceberg! ¡Levantaron la mano contra un iceberg!”

Y este humilde servidor también quisiera decir algo que diera en el clavo, pero no sé por qué no se me ocurre nada y solo señalaré esto:

Yo también estuve aquí, Mika y Shura estuvieron aquí…

A propósito, sí que estuvimos: recuerdo la bajada hacia el río, un prado cubierto de flores, una alondra, el enorme cielo con nubes blancas, una vieja casona “señorial” en la colina, la hacienda, que fuera alguna vez propiedad privada…

Estuve trabajando en la construcción de un campamento de pioneros en el lugar donde durante la guerra hubo un hospital militar; primero era nuestro; después, alemán; luego, de nuevo nuestro; pero antes de la revolución había sido una casa señorial, con su hacienda, El jardín de los cerezos, La casa con mezanine, El tío Vania, Las tres hermanas.

Una brigada de obreros por cuenta propia cubría con lozas de hormigón los senderos de tierra en el parque, donde la hierba crecía al descuido. Alguien había donado dinero para el campamento de pioneros, y todo se gastó en las lozas de hormigón. Bajo uno de los senderos nos tropezamos con una fosa común; los lugareños dijeron que eran alemanes, alguien dijo que eran nuestros, eso no importaba, simplemente era terrible: los huesos estaban mezclados, a poca profundidad, sin un obelisco, sin un monumento, lanzados allí con premura, abandonados como algo innecesario, olvidados, como si las personas a las que habían pertenecido fueran arena, piedras u hojarasca…

Pero en derredor todo era un paraíso. Un paraíso terrenal. Los cerezos habían florecido, su aroma, por las noches, flotaba sobre la tierra en frías oleadas; yo salía a la ribera con un libro, me sentaba, pero no leía, observaba el panorama que se abría ante mí, me imaginaba que era un aristócrata. Los herederos del verdadero aristócrata bebían cerveza barata en el eterno y ajeno París, en Nueva York, la capital del mundo, en el sofocante Buenos Aires, pagaban las cuentas históricas por culpa del capricho liberal, por cien años de sentimientos de culpa ante el pueblo, por una historia banal, banalísima, ¿para qué contarla de nuevo? Pero de todas formas me esfuerzo por ver qué hay en esas verdades trilladas, en esos manoseados argumentos, que se repiten como las estaciones de una ruta de trolebuses, ¿qué, el paso de la historia?

En 1908 el aristócrata huyó con los gitanos; la esposa se sintió ofendida por lo de los gitanos y entregó dinero a la caja del Partido Socialdemócrata Ruso de los Trabajadores, se buscó un amante, un estudiante de la universidad; más tarde, el estudiante se afilió a los socialistas revolucionarios, en 1922 perdió la vida en Yaroslav; la hacienda fue saqueada; de hecho, eso había ocurrido ya en 1918; la aristócrata se marchó en 1919, los restos de un tractor comprado por ella para el pueblo aún andaban tirados por allí, petrificados, sobre el suave declive de la ribera.

El sol se ponía, sobre la tierra se iba extendiendo el rocío, yo aspiraba el aroma de los cerezos, la historia parecía un sueño, desde la casa donde nos habían hospedado llegaba el sonido de un radiorreceptor…

Perdonen, como dicen en las novelas, me he apartado del tema. Y bien, hablábamos de la mujer soltera Nina, del 7 de noviembre de 1988 o 1989, y del samogón de la provincia de Kalinin.

Ya les había comentado que yo, como decía la gente de antes, ya había corrido la seca y la meca. Aparte de la brigada de obreros por cuenta propia de Tver, trabajé en una cuadrilla de geología, también como obrero, estuve en el Lejano Oriente, en Kamchatka, pesqué con caña en la ribera del gran río siberiano Lena, trabajé de estibador en una granja agrícola en Oréjovo, en tiempos difíciles bebí hasta loción de pepino, pero aquel día del samogón me fundí solo de olerlo.

Había sido hecho con todas las de la ley. Yo experimenté una compleja mezcla de sensaciones, desde el placer opiáceo hasta las náuseas, combinados con fuertes deseos de vomitar. Tuve ganas de matar a alguien. Era evidente que ofrecer cualquier resistencia hubiera sido un sinsentido. Y en medio de ese infierno se escuchó el sonido de las trompetas:

—¡Vamos a probarlo! —dijo el viejo Kolia.

Intenté negarme cortésmente. Irina volteó la cabeza un par de veces, luego se sentó junto a la ventana en busca de un poco de aire…

El viejo Kolia se sirvió; el samogón salía de la botella despacio, espeso, como el petróleo. Tomó la copita en su mano y, con el meñique delicadamente extendido, se la echó al coleto de un golpe y, tras recobrar el aliento, le dijo a Nina:

—Nnnéc-tar…

A continuación, Nina, la mujer soltera, repartió la bebida en las copas. Nos echó una mirada demencial, como la de un soldado de caballería segundos antes de lanzarse al combate, y dijo severamente:

—¡Al ataque! —fue la primera en beberse su copa y soltó un aullido.

Ya no tenía sentido negarse. Me aferraba al brazo de Irina como un alpinista a la cuerda de salvamento, pero después de la cuarta o quinta copita comencé a perder la memoria. No hubo ni una batalla ni una retirada de la conciencia… Simplemente esta se desconectó. No sé por cuáles mundos vagué, y no recuerdo nada de lo que allá había. Al despertarme el día 8 al mediodía (sentía la cabeza rellena de plomo y quería pedirle a alguien que me abriera los ojos, como en Gógol) me bebí tres vasos de agua y una botella de cerveza y le pregunté cauteloso a Irina qué había sucedido la noche anterior.

Mi alma penaba con una turbia sensación de culpa. Por los labios apretados de Irina y sus lacónicas respuestas comprendí que no por gusto penaba.

Como me dijo Lialia, la muchacha extraña, a quien encontré camino al baño: algo había pasado, algo muy confuso, pero no recuerdo con exactitud qué, porque “me fui del aire” después del samogón de Nina, como si me hubiera metido unos cuantos parkisoniles.

Luego de estas palabras, Lialia desapareció sin dejar rastro, además, tan rápido que llegué a poner en duda la veracidad de nuestro encuentro en el pasillo vacío de la casa de vecindad.

Más tarde me crucé con el viejo Kolia en la calle; él iba a vender botellas vacías y yo, para congraciarme con Irina, había salido a pasear a su perrita Psiusha, un simpático e inofensivo animalito faldero que parecía una pelusa de álamo; vivió varios años tranquilita en casa de Irina y un día, durante un celo, se escapó inesperadamente y sin regreso. Pues como les decía, me crucé con el tío Kolia, y a mis intentos por saber algo de lo sucedido me respondía encogiéndose de hombros, con vagas sonrisas y exclamaciones lacónicas:

—¡¿Qué sé yo!? —a eso le seguían expresiones idiomáticas—. Estábamos festejando el aniversario de la Revolución de Octubre —repetía invariablemente al final.

Decidí dejar de lado aquel asunto. Bueno, parrandeé un poco y ya, pensé. No era nada terrible. Habíamos bebido. Consideraría que ese había sido mi “empadronamiento” en casa de Irina. Me inquietaba un poco la ausencia del cuarto testigo, Nina, pero pensé que estaría de guardia en su oficina estatal y me tranquilicé.

Al día siguiente ya estaba de un humor absolutamente apacible y regresaba del trabajo a la casa en aquel atardecer frío de noviembre. Subí hasta nuestro piso, creo que iba hasta tarareando una canción, entré al apartamento y en el pasillo me topé de repente con Nina.

—Buenas —le dije con la sonrisa más amplia que pude esbozar. Me parece que en ese momento hasta me olvidé de la celebración que habíamos tenido dos días antes y de las extrañas sonrisitas de doble sentido del viejo Kolia.

—¡Mal rayo te parta! —me respondió secamente Nina.

¿Saben ustedes qué? Pues quedé absolutamente perplejo. Les repito que nunca antes había vivido en una casa de vecindad.

—No entiendo —le dije.

—¿No entiendes? —me preguntó ella a su vez y, acercándoseme, de repente, se abrió por completo la bata de casa. Sus enormes pechos se mostraban al descubierto sin ajustadores. Yo retrocedí.

—¿Qué pasa? —pregunté balbuceando, mientras trataba de adivinar al mismo tiempo, por los sonidos que llegaban desde el final del apartamento, si Irina estaba o no en casa.

—¡¿Que qué pasa?! —más asombrada aún se mostró Nina, estiró el brazo (entonces sentí que el corazón se me desplomaba del pecho, hasta el suelo, y allá abajo, comenzaba a temblar y se quedaba acurrucado) y encendió otra lámpara en el semioscuro pasillo. Yo intenté apartar la vista pero no pude.

¡Era una provocación! “Ahora entrará Irina y estaré muerto” —de momento, en mi pobre cabeza se encendió esa desesperada idea pero enseguida se apagó. Y de repente… de repente lo vi… Ambos senos de Nina, desde sus gigantescos pezones hasta sus desmesuradas redondeces, que caían sobre la panza, estaban llenos de mordidas y marcas oscuras, llamadas “chupones” en el lenguaje popular.

—¿Lo ves ahora? —preguntó amenazante Nina.

Entonces fue que lo comprendí todo. Esta era la causa de la sequedad que Irina había mostrado el día anterior y de las sonrisitas de doble sentido del viejo Kolia.

—¡El néctar…!—exclamé más o menos como exclamó el personaje del famoso cuento de Alexandr Serguéievich Pushkin La dama de picas: “¡La vieja…!”.

Si allí a mi alrededor hubiera habido personas de la sociedad mundana o simplemente alguna visita, habrían podido sostenerme en brazos, porque la cabeza me daba vueltas. Pero ya que estábamos solos en el pasillo, resistí de pie. Le temía a Nina.

—El néctar…— dijo imitándome, y su voz se hizo algo más cálida. Por lo visto, mi sincero espanto conmovió su gran corazón.

—A duras penas pude zafarme de ti en la fiesta, te me echabas encima. Estos intelectuales… —y agregó algunas palabras soeces, pero por su mirada comprendí que me habían perdonado.

Entusiasmado, corrí donde Irina. Qué formas —pensé— qué formas eran esas, pero esto era solo el recipiente…Es decir, el fuego… En el cual reina el vacío…

—Oye —me llamó Nina. Me detuve. —Tú, este… —dijo ella, esbozando apenas una sonrisa —si eso, ven a mi cuarto. No tengas pena.

—¿Pero, cómo…?! — pregunté retrocediendo.

—Pues así mismo —respondió Nina. — Sin problema ninguno…

Si aún no los he aburrido con tantas citas, ahora me viene a la mente una sorprendente cuarteta de Nikolái Stepánovich Gumiliov que viene al caso, solo que el nombre de la poesía ahora no hay forma de que lo recuerde:

Sé que a los árboles y no a nosotros
Les fue dada la grandeza de la vida perfecta;
En esta tierra amable, hermana de las estrellas,
Estamos en paraje extraño y ellos, en la patria

¡Qué versos! Quizás tenga razón, ¿eh?

A continuación, toda la escena se oculta tras una niebla…

* * *

¿Por qué he recordado todo esto? Ni yo mismo lo sé. ¿Tal vez porque hace poco estuve por unas gestiones en Sokólniki y casualmente me encontré en el metro con mi antigua pareja?

Hace tiempo que nos separamos, todavía no sé si por suerte o por desgracia.

Resulta que tiene un apartamento de dos habitaciones en Sokólniki. Al final se mudó, tal y cómo lo había deseado entonces.

Como buenos amigos, con solemnidad, caminamos por el parque tomados del brazo, nos bebimos unas cervezas en un café al aire libre y recordamos el pasado con una sonrisa. Todo resultó tan bonito que por mi tonta cabeza pasó la fortuita idea de que me la podía templar, digamos, por los viejos tiempos. Más aún que vivía cerca.

Qué cosas tiene la vida… Lo que hace el tiempo; y es que nuestra ruptura había estado matizada por el fuego de la pasión, ya que tras anunciar mi decisión de volver con mi esposa, Irina lanzó mis cosas por la escalera, y luego desde los altos gritaba, para el disfrute de todo el edificio, que iba a atentar contra su vida si yo me marchaba, y corrió detrás de mí casi desnuda por la calle…

Aquello fue horrible. También yo fui una buena pieza, me molestaba con ella a pesar de que había estado un montón de años tomándole el pelo…

El apartamento fue desalojado hacía unos cinco años, me contaba calmada mi amor de antaño, ya que una poderosa firma compró toda aquella manzana, no se sabía bien si para construir un hotel o un burdel, con un invernadero, piscina y un gimnasio en la azotea. La gente pensó entonces que los matarían a todos enseguida por aquella inversión millonaria, pero los de la firma resultaron gente decente y le escogieron a cada cual más o menos algo acorde a sus deseos.

Todos los convivientes al final riñeron entre sí por el nerviosismo; no era para menos, tremenda suerte que habían tenido; el viejo Kolia en señal de protesta rompió con un ladrillo aquel fregadero, ¿lo recuerdas? En cuanto a Lialia, en los últimos días se trajo a un hombre a vivir con ella, según sus palabras un profesor chino, un viejuco, como decimos nosotros. En resumen, un caballo pálido.

Según palabras de Irina, el hombre era realmente extraño. Ya tenía sus años, pero mantenía su pelo largo y canoso recogido detrás, como una cola de caballo.

Lialia, la extraña muchacha, dijo que él tenía cuarenta años y que era de Altái, y que no convivía con ella como pareja sino que le daba lecciones de sabiduría, pero la mujer soltera llamada Nina, como militar al fin y persona cercana al Estado Mayor de la Defensa Civil, averiguó enseguida que el hombre no tenía cuarenta, sino que ya había cumplido cincuenta, incluso algunos más, y que no era de Altái, sino de Poltava, que no era ningún chino, sino un judío natural de Kíev, que en una época había trabajado en un importante instituto de proyectos, pero que después fue aporreado por su gente y por el alcohol, y había caído en la sabiduría oriental, el yoga y “toda aquella metralla antisoviética” como se expresó muy certeramente, según mi parecer, la soltera Nina.

Con respecto a la castidad de la relación que mantenían según la declaración de Lialia, su vecina de habitación, Nina, solo soltó una risita maliciosa:

—Pero si él da tratamiento a todas las que se le ponen a tiro —dijo con inesperada crueldad—, a todas esas “estudianticas” que van a sus clases; y con la tonta de Lialia se enredó para conseguir el empadronamiento en Moscú. Solo que no va a conseguir ni carajo, ¡él no conoce las leyes moscovitas,,,!

En definitiva, que la víspera de la mudanza la atmósfera seguía siendo la misma, lo que constató el gerente de la firma, que había venido a negociar y que valoró la situación con tenacidad profesional.

—¡Qué bárbaro!— dijo el joven gerente, ataviado con una chaqueta de cuero, al ver el famoso pasillo de veinticinco metros y, al mismo tiempo, escuchar atentamente el golpeteo de la pandereta y el canto coral que provenían de la habitación de Lialia.

Entonces invitó a Irina a montarse en el auto BMW propiedad de la firma “para ir a ver las variantes de vivienda propuestas…”

Irina suspiró.

—Una conclusión banal de todo esto. Ahora la cosa no está mal, tanto en mi vida privada como en el país, cada cual vive independiente, pero a veces es algo aburrido.

Y de pronto sonrió irónicamente con cierto aire de culpa:

—Es como si ya no fuéramos rusos…

Y yo pensé que en algo llevaba razón. No sé si los rusos en las fiestas deben beber samogón mal destilado y cantar himnos de Krishna, pero, en todo caso, ya nadie dirá ahora «qué barbaro» sobre nuestra vida.

La verdad es la verdad.

 2000

Notas

[1] Se enumeran famosos filósofos franceses de la Ilustración y críticos revolucionarios rusos del siglo XIX.

[2] La luz viene del este (proverbio latino)

[3] Kliuchevski: célebre historiador ruso, autor de la Historia del Estado Ruso, en varios tomos; Hitos, colección de artículos de conocidos filósofos rusos acerca del papel de la intelectualidad en Rusia (1909)

[4] Referencia al escritor ruso Vladímir Odóievski (1804-1869), que estuvo durante unos años al frente de un círculo filosófico-literario llamado Sociedad de Amantes de la Sabiduría.

[5] Talentoso poeta ruso soviético. Fusilado en el año 1937.

[6] Samogón: bebida alcohólica muy fuerte, obtenida de forma artesanal en la casa, a partir de la destilación de una masa con contenido alcohólico, pueden ser frutas o granos azucarados.