El legado de las diosas, de Kateřina Tučková: un rescate desde la feminidad de la vieja espiritualidad de Europa

Alfredo Martín Torrada

Las historias que me atraen siempre están conectadas con alguna historia de mujer que no ha recibido la suficiente atención, o bien ha recibido un tratamiento superficial. Lo que a mí me atraen son esos fragmentos que nosotros, como sociedad, hemos dejado de lado o que simplemente ignoramos. Siempre me pregunto por qué es esto. Después de todo, deberíamos conocer esas historias. Porque si no conocemos las historias que conciernen a la mitad de la humanidad, nos privamos de un montón de experiencias, viviendo y comprendiendo, por ejemplo, acontecimientos históricos que no todos perciben de la misma manera[1].

Kateřina Tučková, 2022

Cuando Kateřina Tučková ganó, en el 2022, el Premio Nacional de Literatura Checa, remarcó la importancia que para ella tenía la “fuerte” generación actual de escritoras. La presencia del universo femenino en el trabajo literario de Tučková es tan fuerte, que su obra parece estar construida a partir de dos firmes ejes: uno, la recuperación de figuras femeninas, sometidas (o fuertemente afectadas) por la historia; el otro, la investigación archivística de esas experiencias, que utilizará luego como apoyo para la construcción de sus novelas.

Sus tres títulos más importantes giran en torno al destino de un grupo de mujeres acorraladas por un trasfondo histórico que las desprecia: las alemanas expulsadas de los sudetes luego de la segunda guerra mundial, en La expulsión de Greta Schnirch (Vyhnání Gerty Schnirch, 2010); el destrato, la persecución, e incluso el encierro, de cientos de monjas durante la década del cincuenta en la Checoslovaquia comunista en Agua blanca (Bílá Voda, 2022); y las diferentes operaciones llevadas a cabo durante el siglo XX sobre las “diosas” de los Cárpatos (mujeres, mezcla de herbolarias y clarividentes, que actuaban como guías y consejeras, en la frontera entre la República Checa y Eslovaquia) en El legado de las diosas (Žítkovské bohyně, 2012). Por fuera de su producción narrativa, Vítka es una pieza teatral del 2018, que narra la vida de la compositora y directora de orquesta Vítězslava Kaprálová (1915-1940), de prolífica y corta vida, exiliada y fallecida en París.

Si bien, tal como se ha comentado, la investigación documental ocupa un lugar predominante en la obra literaria de Tučková, en El legado de las diosas, el tipo de tratamiento que la autora da a la vieja espiritualidad de Europa (esa que a duras penas consiguió sobrevivir en el folklore campesino, para terminar en cuentos para niños) aleja a la novela del registro histórico, para acercarla al relato fantástico. La focalización en el personaje de Dora, descendiente de las diosas, pero también etnógrafa, funciona como contrapunto para configurar una novela que juega, aunque sin nunca llegar demasiado lejos, con los límites entre nuestras verdades científicas y un universo sobrenatural que, probablemente, hayamos perdido para siempre:

Dora conocía a las diosas, había sido testigo durante años de sus artes. El conocimiento de las plantas y del alma humana, que una buena recomendación sin duda consigue aliviar, era una cosa. Pero una maldición letal para su madre y Surmena, aquello era totalmente absurdo. Máxime si, según sostenía Irma, se hacía extensible a ella casi un siglo después, en una época en la que el mundo está dominado por los ordenadores y en la que el ser humano merodea por el universo porque ha descubierto todos los secretos de la Tierra (Tučková, 2021: 455).

Desde su racionalidad positivista, Dora deambula a lo largo del relato entre esos dos mundos, mientras la narración oscila entre la mayor y menor veracidad que le va otorgando a las acciones y aciertos de las diosas.

Sucesos como el conjuro de la tormenta (narrado casi como un cuento de hadas) o la descripción del procedimiento adivinatorio de las diosas (similar a los que todavía siguen circulando) apegan la novela al realismo, dejando entrever la inocencia de sus personajes (por ejemplo, vinculando el fin de la lluvia con el conjuro de Surmena). Mientras que, en otros pasajes, en cambio, las complejas coincidencias (las muertes de los enemigos de Mahdalová, por caso, o las convulsiones de Jakoubek, inmediatamente después de que Dora rompa su protección) acercan la novela a lo fantástico.

La omnipresencia del bosque y la fuerza que se le aduce también conectan a la novela con lo sobrenatural, funcionando como puente con aquel mundo en el que la ciencia, aún, no había aniquilado lo intangible. En él, en el bosque y en sus claros, es en donde la modernidad desaparece, y en donde ocurren los momentos de mayor tensión del relato. Es allí, por ejemplo, donde transcurren las dos escenas sexuales que ofrece la novela, y es también en él en donde se llevan a cabo los femicidios de la madre de Dora y de Fuksena.

El universo en el que se desarrolla El legado de las diosas (surgido de los archivos y expedientes que investiga Dora[2], pero remitente una y otra vez al bosque y a sus claros, a ese mundo en el que tiempo parece haberse detenido[3]) es un universo en el que las mujeres (diosas en su mayoría) se ramifican y multiplican, convirtiéndose en el cuerpo de la narración. Mientras los personajes masculinos son reducidos a roles y espacios, casi siempre, despreciables.

El mismo prólogo que da inicio a la novela narra el brutal femicidio de la madre de Dora a manos de su propio padre. Los nombres masculinos que surgen a lo largo de las páginas refieren mayoritariamente a oportunistas, agentes secretos y de los servicios que, por una u otra razón, contribuyen a la confección de informes difamatorios sobre las diosas, cuyo resultado final será, primero, lograr el desprestigio de las diosas, para, más tarde, alcanzar su la extinción.  El párroco Hoffer, derrotado en sus disputas eclesiásticas y condenado por ello a servir en la región de los Claros (en donde la fe cristina compite con el poder de las las diosas) es su primer difamador: “´¿Acaso la palabra de unas mujeres (…) había de valer más que la palabra de Dios?´ (…). Así que las fustigó, las difamó, se negó a bautizar a sus hijos, a bendecirlas o a administrarles la extremaunción” (2021: 243). Ferdinand Norfolk es un oficial nazi que utiliza a las diosas para ganar fama, dejando embarazada y abandonada a la joven Fuksena antes de desaparecer  (“se preguntó si las Mahdalka se habían dado cuenta de con quién habían pactado al participar en la investigación de Norfolk, en qué peligrosos territorios se habían adentrado al abrirle la puerta de su hogar” [2021: 423]). Jindřich Švanc parece la reencarnación del mal mismo, ladrón y casi homicida, es un oportunista que solicita la nacionalidad alemana apenas se produce la ocupación nazi, consiguiendo gracias a ella escalar posiciones hasta lograr (a través de falsos informes) llevar a Surmena al encierro.

Los únicos personajes varones cuyo accionar no es condenado, y que son capaces de despertar la simpatía del lector son, no casualmente, los hombres cuya potencia viril se encuentra suprimida: Jakoubek, hermano y refugio afectivo de Dora, personaje repleto de ternura que durante casi toda la novela es el único vínculo afectivo de la protagonista, ha nacido con discapacidad mental; y el señor Oštěpka, arquetipo del librero solitario y ensimismado, que es quien le da la posibilidad a Dora de vincularse con el mundo de las ideas y la etnografía.

El alejamiento de estos dos personajes del mundo común de los hombres, y, especialmente, de su potencialidad erótica (también Věnceslav Rozmazal, personaje de moralidad neutra se encuentra, retirado en su ancianidad, alejado de toda posibilidad sexual[4]) resulta significativa, especialmente, considerando que, a lo largo de la  novela, no se encuentran prácticamente relaciones heterosexuales que estén impulsadas por algo similar al amor, o la ternura. O que, al menos, consigan escapar del trágico o patético.

 El matrimonio de los padres de Dora termina con el femicidio de su madre, la joven Fuksena muere en manos de aquellos a quienes había rechazado en favor del alemán que la abandona embarazada; Justýna sufre el abuso de su padre; Magdalena MÍkva, cansada del destrato, acepta envenenar a su marido; el matrimonio de Janigena se mantiene en píe sustentado por la lástima y el temor al qué dirán. Si Surmena, heroína indiscutida de la novela, ha conseguido construir, al menos hasta su encierro, un resguardo de felicidad para Dora y Jakoubek (luego de la tragedia los envuelve) ha sido a costa de evitar a los hombres (siendo incluso ante la intervención de uno, aquel que vengativamente la difama, ante lo cual esa dicha termina para siempre).

El idilio en la relación entre Dora y Jakoubek se quiebra en el momento en el que Dora descubre a su hermano masturbándose. Es decir, en el momento en el que encuentra a Jakoubek asumiendo una potencia sexual que durante toda la novela le había sido amputada. Si (quitando a su hermano) el estrecho círculo afectivo de Dora está conformado únicamente por mujeres (el recuerdo de Surmena, las escasas memorias de su madre, la figura ancestral de Irma…), también su deseo erótico se encuentra orientado (y correspondido) en esa dirección: la relación de Dora con Janigena evolucionará desde lo erótico-afectivo[5] hacia lo sentimental[6]. Y cuando los fines de semana de Dora con Jakoubek se tornen imposible, será gracias a Janigena gracias a quien interrumpa la dulce soledad en la que Dora ha elegido vivir[7].

Sin embargo, y a pesar de esa división bastante tajante, entre el lugar que que unos y otras ocupan en el relato, la novela no alcanza nunca a dar el paso en falso de convertirse en una diatriba contra los hombres. Ni esa división es trasladada al comportamiento consciente de los personajes.

En primer lugar, porque el duelo entre Surmena y  Mahdalka (la diosa buena contra la diosa mala) atraviesa toda la historia, pero, también, porque aún en su fría lógica, y a pesar de su mirada científica, Dora no deja de ver el mundo bajo cierta ingenuidad que le imposibilita revelarse ante los verdaderos villanos. Cuando Dora se entera de que Surmena ha hecho hasta lo imposible por ocultar la maldición a la que han sido sometidas, Dora enfurece contra su tía y rompe uno de los pocos recuerdos materiales que tiene de ella[8] (). En un acto en el que Dora revela toda su inocencia, al dirigir su enojo contra la persona que más ha hecho por cuidarla (y contra su sistema de valores, ese al que, además, Dora rescata y valora), en lugar de dirigir su ira hacia el universo masculino, verdadero culpable, no sólo de su destino, sino también del destino de las diosas en general.

Bibliografía

Tučková, Kateřina (2021): El legado de las diosas. Traducción de Kepa Uharte. Ed. Periférica y Errata naturae editores. Salamanca.

Tučková, Kateřina (2022): en “Příběhy žen zametené na okraj. ´Kateřina Tučková nejen o traumatu z dětství´”, entrevista realizada por Jiří Kubík, para Seznam Zprávy. 22 de julio. Disponible en:

seznamzpravy.cz/clanek/audio-podcast-galerie-osobnosti-autorka-bestselleru-smazala-800-stran-textu-mela-jsem-spatneho-vypravece-231967

Notas

[1] En checo en el original, la traducción es nuestra.

[2] Este mecanismo, a través del cual se construye la narración, repite, por otra parte, el mecanismo  utilizado por la auotra para la escritura de El legado... En la “Nota de la autora”, con la que se cierra el volumen, Tučková enumera los diferentes documentos y textos que ha utilizado, e incluso reescrito, para la confección de la novela.

[3] Y es por eso que no habrá manera de que la pareja proveniente de la ciudad se integre a la vida cotidiana de Žítková: “Aunque hubieran ido a los Claros deseosos de emprender una nueva vida en las montañas, de establecer una conexión con la tierra, no encajaban con la gente del lugar. Era como si quisieran acceder a la comunidad desde otro siglo” ((Tučková, 2021: 536-537).

[4] “Estaba tumbado en el sofá, junto a la ventana, con una manta sobre las piernas. Con esfuerzo se enderezó apoyándose sobre los codos para darle la bienvenida. Le costaba moverse, no podía disimular un temblor constante” (Tučková, 2021: 465).

[5] “Podían pasar incluso varios meses hasta que, en ellas, se acallaran las alas oscuras y agitadas de la desazón y pudieran volver a quedar en Koprvazy” (Ibidem: 428).

[6] “¿Qué sería de ella? En las últimas semanas, sus encuentros se habían vuelto más intensos. Durante años apenas habían hablado, y ahora, sin embargo, las palabras irrumpían como un huracán en sus antes sigilosas citas” (Ibidem: 536)

[7] “Su vida transcurría entre el trabajo, las visitas al hospital y las noches en la soledad de Žítková, que de vez en cuando se veía interrumpida por Janigena” (Tučková, 2021: 535).

[8]