«El lago», de Bianca Bellová, o la ternura a pesar de todo

Alfredo Martín Torrada

El lago, primera novela traducida al español de Bellová, narra la historia de Nami, un adolescente que, después de perderlo todo, decide partir en un viaje iniciático hacia la capital, principalmente en busca de su madre, pero en la necesidad también de huir de su pasado.

En la primera parte del libro, sin duda la más densa, la más oscura y trágica, el joven protagonista va sufriendo, uno a uno, los peores dramas imaginables: el abandono de su madre (de su padre nunca ha sabido nada), la muerte de sus abuelos (figuras tutoras que lo crían hasta la adolescencia), la pérdida del hogar (como consecuencia de aquellas muertes), la humillación, el destrato (indefenso ante el mundo es obligado a dormir en un granero), el aplastamiento, la usurpación, e, incluso, la amputación del primer amor —único refugio afectivo desde la muerte de sus abuelos— a mano de soldados rusos, en la escena más impactante de la novela.

Desde el momento de su huida, sin embargo, la novela comienza una etapa de transición a partir de la cual —sin prisa, pero sin pausa— las narración va ganando ligereza y sus páginas claridad, hasta alcanzar, si no el final feliz, al menos la paz de Nami, quien en el cierre del relato detendrá su viaje para comenzar una búsqueda más profunda: una búsqueda que tendrá como protagonista a ese lago que da título y atraviesa toda la novela.

Sucede que Nami, ya en paz con su madre y de regreso a su pueblo (superado el rencor, reconciliado  —no amorosa, pero sí afectivamente— con aquel primer amor, tristemente perdido para siempre) parece encontrar al fin, junto al viejo chatarrero en quien pensaba encontrar al padre de su padre (y en quien termina encontrando no más que a una especie de alter ego futuro, alguien que también lo ha perdido todo, incapaz de abandonar su pueblo, y atado al lago para siempre), su lugar en el mundo.

El final de la novela es un hallazgo, porque, siguiendo la estructura narrativa de muchos relatos de formación (o novelas de aprendizaje), Bellová impone a su joven protagonista la resignación del paraíso (lugar de encuentro, sanación, fortalecimiento y armonía) en pos de la búsqueda de su propio y personal destino. Frente al idilio del final feliz, en el que podría permanecer sin culpa ni objeción (no hay conflicto alguno en ese paraíso, no hay otro lugar en todas las páginas de la novela en las que sus personajes rían genuina y alegremente, no hay ningún otro pasaje en el que se manifieste tanta alegría y esperanza como en ese destino en el que Nami —y el resto de los habitantes— encuentran después de tanto tiempo la lluvia) Nami decide continuar su viaje, intuyendo, aún sin indicio alguno, que todavía quedan por encontrar ciertos retazos de verdad, sin los cuales le será imposible poder completar su historia.

Una verdad que, aún sin posibilidad de confirmación, será la que haga a Nami detener de una vez por todas su viaje, para hacerse finalmente uno con el lago. Un lago dios-demonio que rige, castiga y condiciona, desde hace años, la vida de los hombres.

El lago, que, aún si explicitarlo, toma como punto de partida lo acontecido en el mar de Aral (laguna salada entre Kazajistán y Uzbekistán, que fue secándose con los años a partir de la intervención soviética en la década sesenta del siglo pasado[1]), es una novela de formación que, bajo una sutil y cercana distopía, hunde al lector, durante gran parte del relato, en un mundo de crueldad e injusticias. Un mundo de abandono, contaminación, deformaciones, amputaciones, muerte, violaciones, desigualdad y explotación, para, recién en su tramo final, comenzar a echar algo de luz sobre los restos de belleza que aún quedan diseminados y escondidos en una geografía arrasada.

Es en el personaje de la Vieja Dama, en su estadía en la ciudad de Kutse, en su reencuentro con Zarza (aquel primer amor tan desgarradoramente malogrado), en la risa alegre que Nami emite ante su explotador, en la noble superioridad con la que supera al viejo alcalde que ha usurpado su casa, en el abrazo (luego del forcejeo) y posterior unión con aquél chatarrero al que, al final de cuentas, pareciera no unirlo nada, en donde, en el último tercio de la novela, Bellová carga de ternura el relato, posibilitando a Nami reconciliarse con su propia historia, y al lector hacer lo mismo con su propio mundo.

Notas

[1] Daniel Ordoñez, traductor de la novela, en una entrevista realizada por Juan Pablo Bertazza para Radio Praga, profundiza sobre este punto. La entrevista se encuentra disponible en: https://espanol.radio.cz/libros-checos-que-deberias-leer-8683023/17 Consultado el 15/06/2023.