El concepto de trabajo en «Kotlován», de Andréi Platónov

Julia Sarachu

La novela Kotlován (1930) está ambientada en la época post revolucionaria y cuenta la historia de un grupo de hombres que trabajan en la excavación de un pozo para establecer los cimientos sobre los cuales se construirá el edificio que será habitado por la comunidad organizada de acuerdo a los criterios del socialismo. Se trata de una metáfora que representa la unión de la población para trabajar en la construcción del socialismo como si se tratara de una edificio concreto. Al principio solo un grupo de obreros se esfuerza por llevar adelante la obra, pero poco a poco se les unen aquellos que al comienzo presentaban objeciones y resistencias, los que tienen inclinaciones intelectuales, los científicos, hasta los niños se acercan y participan del trabajo, incluso los pequeños propietarios de campos, que por su apego a la tierra y a las posesiones heredadas eran quienes más resistían la idea del socialismo, la propiedad y la actividad común, finalmente aceptan las nuevas condiciones, se suman a la tarea colectiva y todos juntos participan en la excavación.

Al comienzo de la narración se presenta al personaje de Vóshev como un obrero que ha sido despedido de la fábrica en la que trabajaba porque su voluntad se ha debilitado a causa del aumento de la pensatividad. Sin embargo, ante la necesidad de la subsistencia, Vóshev se acerca al comité a justificar su actitud para que le devuelvan el trabajo; entonces se plantea por primera vez el conflicto interno que atraviesa al personaje perturbando su desempeño, se pregunta por el sentido del trabajo como algo separado y anterior que debería justificar la acción:

-La administración dice que te quedabas pensando en medio de la producción -dijeron en el comité-. ¿En qué pensabas, camarada Vóshev?
-En el plan de vida.
-La empresa trabaja según el plan preparado del trust; el plan de la vida personal hubieras podido elaborarlo en el club o el rinconcito rojo.
-Yo pensaba en el plan de vida general. A mi vida no le tengo miedo, no es enigma para mí.
-Yo hubiera podido imaginar algo así como la felicidad, y la productividad se hubiera mejorado por el sentido anímico.
-La felicidad provendrá del materialismo, camarada Vóshev, y no del sentido. No podemos defenderte, eres una persona sin conciencia, y nosotros no deseamos hallarnos a la cola de las masas (Platónov, 2023, 2).

Luego de  deambular sin rumbo por algún tiempo, Vóshev finalmente se une al grupo de los trabajadores que se disponen a realizar la excavación. Al poco tiempo de iniciar el trabajo, a Vóshev nuevamente se le plantea el conflicto interno que ha provocado que lo despidan de su empleo previo. A través de una conversación con los obreros, el narrador introduce la idea de que el trabajo produce el pensamiento como crecimiento espiritual, por el contrario, el pensamiento que surge del ocio se resuelve en perversión y dolor:

-Yo por aquí no existo -profirió Vóshev, avergonzándose de que tantas personas lo sientan ahora solo a él-. Yo solamente pienso aquí.
-¿Y por qué piensas, te torturas?
-Sin verdad mi cuerpo se debilitará, yo no puedo alimentarme del trabajo, en la producción me quedaba pensativo, y me cesaron.
Todos los operarios callaban frente a Vóshev: sus rostros eran indiferentes y aburridos; un raro pensamiento, fatigado de antemano, iluminaba sus ojos pacientes.
-¡Y qué es tu verdad! -dijo el que había hablado antes-. No trabajas, no vivencias la materia de la existencia, ¡de dónde vas a recordar un pensamiento!
-¿Y para qué quieres la verdad? -preguntó otra persona, despegando los labios, herrumbrados de no decir palabra-. Solo en la mente te vas a sentir bien, y por fuera, ruin (Platónov, 2022, 7).

Vóshev explica que al no encontrar el significado de la vida perdió la fuerza de voluntad, y los compañeros lo comparan con los intelectuales que solo quieren estar quietos y pensar. Pero a medida que Vóshev persevera en el trabajo duro, comienza a modifcar su corportamiento gradualmente, deja a un lado la duda y ya come con ganas porque se le despierta el hambre con el trabajo duro. Los obreros se animan mutuamente para que no decaigan las fuerzas y el trabajo no se detenga. Por ejemplo, reprenden al trabajador Kozlov, cuando lo vence el cansancio y trabaja regazado con respecto a los demás. Lo acusan de gozar demasiado y lo amenazan con ponerlo a dormir sobre la mesa para que todos lo vean y se sienta avergonzado. Luego nuevamente decae la fuerza de Vóshev, cuando piensa que la excavación nunca llegará completamente al fondo del mundo. Es decir, no encuentra la finalidad de la tarea que realizan. Entonces los compañeros lo animan para que continúe con el trabajo mediante dos argumentos fundamentales: por un lado, repiten la idea de que sin trabajo no tendrá memoria del material, entonces el pensamiento girará exclusivamente entorno a sí mismo como le ocurre a los animales, y la reflexión no arribará a ninguna conclusión, «no sacarás nada», le dice el compañero Safrónov (Platónov, 2022, 11). El segundo argumento consiste en enfrentarlo al hecho incuestionable de su propia existencia, la situación de existir en el mundo le exige actuar para sobrevivir y colaborar en la obra común para supervivencia de todos. El pensamiento sin acción implica la muerte. Más adelante en la narración, se plantean dos problemas adicionales que transforman a los trabajadores en mártires sin objeto de su tarea (Platónov, 2022, 19): por un lado, el hecho de que no alcanzan a comprender el todo completo de la obra que están realizando, porque nadie se los explicó; por otro lado, la cuestión del tiempo, no alcanzarán a ver el edificio terminado, los obreros tienen conciencia de que morirán antes de que la obra pueda ser concluida. En este punto el narrador introduce la figura del ingeniero como el intelecto que, libre de esperanza y deseo, actúa en función del objetivo de la construcción del edificio sin cuestionamientos ni afectividad, impulsado por el imperativo de la realización del proyecto, encontrando en esta forma de vinculación con el mundo una nueva forma de goce (Platónov, 2022, 20). Esta concepción que aparece en la obra de Platónov del goce en el deber como forma de superación que permite al ser humano elevarse por encima de su animalidad y alcanzar la libertad, coincide con la teoría de Hegel en la introducción general a la Filosofía de la historia universal (1833), donde el filósofo afirma que lo que diferencia al humano del animal es, justamente, la capacidad que este tiene de superar la inmediatez y, mediante la voluntad, inhibir la satisfacción del impulso para obrar de acuerdo a fines que él mismo se autodetermina:

El hombre es lo que debe ser, mediante la educación, mediante la disciplina. Inmediatamente el hombre es solo la posibilidad de serlo, esto es, de ser racional, libre; es solo la determinación, el deber (Hegel, 2010, 53).

colci-103110-097895056311001-90636f23e8180adee116893641051780-640-0Este razonamiento se relaciona directamente con la idea implicada en la dialéctica de la dominación y servidumbre, que Hegel desarrolla en Fenomenología del espíritu (1808), según la cual el pensamiento surge del trabajo: el trabajo implica la postergación de la satisfacción del impulso inmediato para realizar el cumplimiento del deber. En el cumplimiento del deber el sujeto realiza la orden, pero lo hace desde sí mismo, con sus propias manos y de acuerdo a su criterio, de ese modo objetiva su interioridad y llega a reconocerse a sí mismo en su propia obra. Mediante este proceso de exteriorización de lo interior alcanza la autocontemplación y el autoconocimiento, lo que le permite establecer sus propios fines, y desear realizarlos para llegar a vivir de acuerdo a su propia idea de cómo debe ser el mundo, lo que es una expresión de su interioridad. Entonces ya no hay diferencia entre deseo y deber. En la obra de Platónov se plantea un problema que surge como proyección de la dialéctica hegeliana: en el artículo «La primera tragedia socialista» de 1934, el autor sostiene que si bien el trabajo en un principio permitió al esclavo liberarse, y luego sirvió a los obreros como medio para llevar adelante la lucha de clases, luego la técnica desarrollada por el trabajo humano superó al ser humano en cuanto al desarrollo de su capacidad moral. La tecnología alcanzó determinado grado de dominación de la naturaleza que otorgó al ser humano el poder para satisfascer sus impulsos antes de que este pudiera evolucionar moralmente lo suficiente como para lograr autolimitarse, para evitar un consumo ilimitado de los recursos que pueda poner en peligro el equilibrio ecológico y la integridad física y psicológica del propio ser humano. Esta teoría de Platónov, que se adelanta un siglo a la problemática contemporánea del equilibrio ecológico planetario, implica una concepción de la naturaleza que el autor introduce en dicho artículo: según el escritor ruso, la condición esencial de la naturaleza es su avaricia, es decir, la materia presenta resistencia al ser humano, mediante dicha resistencia se autopreserva para no ser saqueada, devorada completamente por el apetito sin límites que impone al ser humano el mandato de supervivencia derivado de su condición animal. Esta avaricia esencial de la naturaleza exige al hombre la disciplina del trabajo, y en este sentido el concepto del trabajo se vuelve fundamental para el mantenimiento del equilibrio planetario, al mismo tiempo que, postergando la satisfacción del impulso, permite que el desarrollo moral del ser humano acompañe a la par la evolución tecnológica. En la concepción de Platónov, el goce sin esfuerzo, es decir, la superación del trabajo como estructura de la relación del hombre con el mundo, implica la autodestrucción del ser humano y el colapso ecológico planetario. El trabajo funciona como concepto sintético fundamental que define la existencia humana. Por fuera de esta estructura no puede existir el ser humano como tal en el mundo, esa es su armonía. Esta teoría polemiza en su época con la posición de Alexandre Kojève, que interpreta de otro modo la proyección de la dialéctica hegeliana en Introducción a la lectura de Hegel, donde se han reunido las conferencias dictadas por el filósofo en la École Pratique des Hautes Études de París entre 1933 y 1939. Kojève sostiene que la naturaleza está fuera del tiempo en el sentido de que se autoproduce eternamente idéntica a sí misma. El ser humano surge de la naturaleza, pero inmediatamente se opone a ella, y de este modo genera un nuevo devenir que es el tiempo histórico: transforma el ser natural y lo humaniza mediante el trabajo y la lucha, podríamos decir que lo niega en la medida que lo adapta a la conciencia que tiene de sí, a sus deseos, a sus fines, hasta completar el proceso de adecuación-aniquilación mediante el desarrollo de la técnica, lo que le permitirá hacer coincidir completamente el ser natural consigo mismo. Una vez concluida la acción negadora, esta acción también es una autoaniquilación del hombre en tanto oposición, pensamiento, tiempo histórico. Por lo tanto, así como surge de la naturaleza, el hombre también desaparece en la naturaleza que sobrevive al tiempo. A esto llama Kojéve el fin de la historia en su famosa “Nota a la segunda edición” hacia el final de la “Interpretación de la tercera parte del capítulo VIII” de la Fenomenología del espíritu. Kojève plantea la idea de que el desarrollo de la ciencia y la tecnología, potenciado a partir de la revolución industrial, producirá un cambio en la relación del hombre con el mundo: la estructura de dicha relación ya no estará determinada por la mediación del trabajo y la lucha, porque no habrá separación hombre-mundo. Ya no habrá deseo porque no habrá obstáculo que impida el acceso inmediato al goce, dado que la tecnología permitirá la dominación absoluta de la naturaleza y emancipará al hombre del trabajo. Platónov en su obra instala una interpretación opuesta del mismo proceso que observa Kojève, y sostiene que la dialéctica del trabajo no debe ni puede ser superada sin provocar una autodestrucción masiva: no se trata simplemente de un cambio en el modo de relación del ser humano con la naturaleza, que deja de oponerse y se integra de manera armónica, porque el trabajo es la estructura esencial de la existencia humana y por lo tanto sin oposición, deseo, resistencia y lucha no hay forma de existencia posible. Gorki rechazó en 1935 la publicación del artículo de Platónov por considerarlo de carácter pesimista, ya que el autor no propone en su esquema de pensamiento el fin del esfuerzo humano, sino todo lo contrario, presenta la imagen del futuro como tarea infinita. Sin embargo, mediante su razonamiento, Platónov justifica el proyecto socialista como proceso de educación del alma humana para adaptarla y hacerla capaz de administrar correctamente el desarrollo tecnológico, para que este no se le vuelva en contra y lo involucre en una dinámica autodestructiva que lleve a un sufrimiento «sin fin ni desenlace»:

Dentro de algunos años este problema será más importante que la metalurgia; toda la ciencia, la técnica y la metalurgia -una herramienta de poder sobre la naturaleza- no servirán para nada si le tocan como herencia a una sociedad indigna. Más aún, ese hombre imperfecto hará de la historia tal tragedia sin fin ni desenlace que se le cansará el propio corazón. Pero esto no habrá de tener lugar, si trabajamos ahora. Si nos convertimos realmente en ingenieros e inventores del alma humana, y no en capataces (Platónov, 2020, 2-3).

Hay en la teoría de Platónov un gran impulso de esperanza, sobre todo desde la perspectiva contemporánea, cuando comienzan a escucharse por todos lados voces anunciando que la destrucción del ecosistema, provocada por la explotación ilimitada de los recursos naturales por parte del ser humano, ha entrado en una espiral irreversible. Platónov cifra esta esperanza justamente en el concepto del trabajo como principio esencial que define la existencia humana en el mundo. Esta teoría reproduce la posición de Dostoievski en Discurso sobre Pushkin (1880):

No se halla fuera de ti la verdad, sino en ti mismo, domínate, hazte dueño de ti mismo, y se te revelará la verdad. No en las cosas está la verdad, no fuera de ti, y no en alguna parte más allá de los mares, sino ante todo en tu propio trabajo, en ti mismo. Si te vences, si te reprimes, te harás libre como nunca siquiera lo haz imaginado, y comenzarás una obra grande, harás libre a otros, y se te revelará la felicidad, porque cobrará plenitud tu vida, y comprenderás por fin al pueblo tuyo y su santa verdad (Dostoievski, 1978, p. 4).

El trabajo en el propio suelo es el concepto sintético fundamental que propone Dostoievski como forma de superar la alienación con el objetivo de lograr el autoconocimiento necesario para el desarrollo individual y nacional. Dostoievski plantea la dialéctica del trabajo como contraposición de la lógica del goce que domina el comportamiento del skitalec ruso, figura que, según el escritor ruso, ha sido introducida en la historia de la literatura rusa con la obra de Pushkin. Según Dostoievski, la figura del skitalec representa a la juventud letrada rusa del siglo XIX educada en una cultura extranjera, que no trabaja y vive una vida de placeres y viajes por Europa occidental, esto le provoca una desubicación con respecto a su situación existencial y una falta de comprensión de la problemática de su país y de sí mismo, que lo precipita en decisiones y comportamientos destructivos y autodestructivos. Recientemente he descubierto que estos conceptos expresados en la obra de Dostoievski han influido de manera decisiva en el desarrollo de la teoría política argentina de mediados del siglo XX y aparecen citas de Dostoievski fundamentando las ideas anteriores en los principales autores del revisionismo histórico y fundadores del peronismo revolucionario, como por ejemplo Arturo Jauretche y Hernández Arregui a fines de la década del 50, y luego en la teoría literaria de David Viñas a mediados del 70. En la obra de los autores anteriormente mencionados, se utilizan citas de Dostoievski para sostener la teoría del imperialismo cultural, según la cual los intelectuales argentinos, alejados de la realidad del trabajo y la vida cotidiana de las clases populares e inmersos en una educación abstracta  y basada en la ideología de los países dominantes de Europa occidental, han utilizado y copiado esquemas de pensamiento foráneos para analizar y aplicar a la situación local, esto ha producido la incomprensión de la propia posición existencial, el fracaso de las políticas aplicadas y la subordinación económica, política y cultural a las potencias extranjeras. A esto han denominado la teoría del imperialismo cultural o colonización pedagógica:

la colonización se hace por medios indirectos: se maneja la inteligencia, y la habilidad consiste en crear una pedagogía colonial, un modo de formación de la inteligencia para que la misma no perciba la situación real y, más aún, sea su colaboradora/…/la colonización ha sido casi exclusivamente pedagógica, porque la forma más molesta, la intervención directa del poder político extranjero, no ha existido (Jauretche, 1957, 1).

El artículo, en el que he desarrollado una introducción al tema de la influencia del pensamiento de Dostoievski en la teoría política argentina, ha sido expuesto en la conferencia IV Congreso Internacional «La identidad nacional a través del diálogo entre culturas» realizada en Rostov del 6 al 8 de octubre de 2022, a la cual fui invitada por la Universidad Federal del Sur de Rusia. El artículo luego fue publicado en Revista Eslavia N° 10 en diciembre 2022, este ha sido el punto de partida de la investigación sobre el tema que desarrollo actualmente en la Universidad de Buenos Aires.

En el caso del filósofo argentino Arturo Jauretche, en su obra Los profetas del odio de 1957, el escritor argentino enfatiza la idea de que el alejamiento de la realidad del trabajo y la vida cotidiana de las clases populares es una de las causas principales de la falta de ideas propias y conceptos surgidos de la experiencia para explicar la problemática local, lo que provoca la caída en una situación de dependencia. Jauretche cita una anécdota del escritor argentino Ricardo Güiraldes, autor de la novela Don Segundo Sombra (1926), como ejemplo del cambio de perspectiva que necesita realizar la intelectualidad argentina para enfocarse en el análisis y la generación de ideas originales para colaborar en el desarrollo de su propia posición existencial:

Tal vez sea útil recordar una anécdota de Ricardo Güiraldes referida por Adam Diehl. Güiraldes llegó a París, con el caudal de su cultura europea, bien armado de las últimas novedades, del «dernier crie» de las letras, pero lo invadía una profunda desazón cada vez que alternaba con sus colegas parisinos que lo aplastaban con su mayor dominio del tema y del «metier». Demasiado inteligente Güiraldes para no percibir su desubicación -cosa que no les pasa a estos exóticos suburbanos de Europa impermeabilizados por la petulancia cipaya-, reaccionaba diciéndole a Adam Diehl: «¡Yo los quisiera agarrar a estos pialando un novillo!». De esta reacción nació el reencuentro de Güiraldes consigo mismo, y su fruto fue «Don Segundo Sombra». /…/Varios son los que desde entonces han escrito proponiéndose impugnar «Don Segundo Sombra»‘ y su principal argumento es que se trata del peón visto por el estanciero. Esto da idea del método de nuestros intelectuales: pretenden que Güiraldes viera el peón desde el ángulo de un tercero, y no del propio, del estanciero. Y todo nuestro problema consiste en empezar a ver las cosas desde el ángulo de nuestra realidad, la individual y la colectiva. Los que tienen más afición por las alpargatas que por los libros según las teorías culturales de Ghioldi, lo han hecho siempre así. Tal vez por eso son más inteligentes que nuestros intelectuales, que sólo expresarán la inteligencia cuando sean expresión de la propia realidad. Cuando con humildad de cabecitas negras, comprendan que ellos también son en el mundo cabecitas negras, y que el esfuerzo intelectual consiste en dar una cada vez más alta expresión del cabecita negra (Jauretche, 1957, 35).

Tanto en el caso de la teoría de Dostoievski como la aplicación de sus conceptos para el análisis de la realidad política y social argentina, llevada a cabo por algunos intelectuales argentinos entre 1955 y 1976, el trabajo sobre el propio suelo obliga al ser humano a conectarse con su realidad inmediata y tomar conciencia de su situación existencial, lo que fundamenta la construcción de la identidad individual y nacional, de este modo se evita la disociación del pensamiento abstracto desconectado de toda base material que, según los autores mencionados, es la causa fundamental de la caída en la situación de dominación. La teoría de Kojève interpreta el desarrollo de la ciencia y la tecnología como fuente de emancipación del hombre del yugo del trabajo y la sumisión a la naturaleza, sin embargo, pasa por alto el hecho de que, si bien la técnica puede lograr el suficiente control de la naturaleza para asegurar los medios de subsistencia humana sin necesidad de trabajo manual, por otro lado, la tecnología surge como una nueva forma de dependencia, elemento de control y dominación cultural, lo que determina en gran medida, según han demostrado Dostoievski y los teóricos argentinos, la subordinación política y social. A esto debe agregarse, la certeza de que el ser humano se encuentra muy lejos de haber logrado el control total de la naturaleza, no ha superado la enfermedad ni la muerte, ni puede predecir y dominar determinadas catástrofes naturales o colapsos astronómicos.

La importancia del trabajo reside en el hecho de que no hay comunidad sin obra común, esto lo señala Platónov mediante la evolución del argumento del libro: los obreros que trabajan en la excavación adoptan a la niña Nastia cuando muere su madre Iulia y la niña queda huérfana. La madre y la hija son figuras simbólicas mediante las cuales Platónov representa la Revolución francesa y la Revolución rusa:

-Yo misma no quería nacer, tenía miedo: mi madre iba a ser una burguesa.
-¿Entonces cómo te organizaste?
La niña cohibida y con temor bajó la cabeza y empezó a pellizcarse la camisa; es que sabía que estaba entre el proletariado, y se vigilaba a sí misma, como hace tiempo y largamente le había dicho su madre.
-¿Pero yo sé quién es el principal?
-¿Quién? -prestó oídos Safrónov.
-El principal es Lenin, y el segundo Budionni. Cuando ellos no estaban y vivían solo los burgueses, yo no nacía, porque no quería. ¡Y cuando vino Lenin, vine yo también! (Platónov, 2022, 37)

Luego, en la página 71 por ejemplo, el narrador la denomina la niña URSS. Sin embargo, en el final de la novela, la niña muere y los trabajadores, que se habían encariñado con ella y se preocupaban mucho por cuidarla, a pesar de la gran aflicción que sienten ante su muerte, no se paralizan, sino que se animan los unos a los otros para profundizar la excavación, a ellos se unen los campesinos y hasta el oso, símbolo de la naturaleza, los acompaña, y todos juntos trabajan en el kotlován, entonces el obrero Chiklin entierra a la niña en el fondo del pozo, en una tumba especial protegida con una piedra sepulcral, y sobre su tumba, ubicada en los cimientos, se construirá el edificio. Esta imagen representa la función primordial que asigna Platónov en su concepción a la dialéctica del trabajo: el socialismo para el autor es un proyecto común que debe involucrar a todos los sectores, una tarea infinita que establece la armonía entre el hombre y la naturaleza en un contexto específico, justamente porque circunscribe la actividad y limita las posibilidades humanas. Ambos factores se encuentran actualmente amenazados por el desarrollo de la tecnología. En la obra de Platónov, el socialismo aparece como un principio de restricción que el autor considera necesario para la autopreservación. Este principio de restricción, que introduce la dialéctica del trabajo, es la identidad comunitaria que fundamenta el desarrollo de la identidad individual y la conciencia humana.

En estos tiempos, cuando la crisis de la modernidad ha llevado a la humanidad a una situación generalizada de desazón, y los políticos y filósofos no saben cómo liderar a la gente, y la gente no encuentra los fundamentos de la existencia, es necesario el retorno al mandato original: resulta imperioso pensar en una reorganización del trabajo humano, para reconstruir el sentido de comunidad y reestablecer el vínculo con la naturaleza.

Bibliografía

Hegel, G.W.F. (2008). Fenomenología del espíritu. Madrid: FCE.

Hegel, G.W.F. (2010a). Filosofía de la Historia Universal, tomo I. Buenos Aires: Losada.

Hegel, G.W.F. (2010b). Filosofía de la Historia Universal, tomo II. Buenos Aires: Losada.

Jauretche, A. (1957). Los profetas del odio. Buenos Aires: A. Peña Lillo Editor.

Kojéve, A. (2013). Introducción a la lectura de Hegel. Madrid: Editorial Trotta.

Platónov, A. (2023). El pozo de cimientos, trad. Omar Lobos. Buenos Aires: Colihue.

Platónov, A. (2020). «La primera tragedia socialista», trad. Omar Lobos. Ficha de Cátedra de Literaturas Eslavas, FFyL, Universidad de Buenos Aires.