Florencia Ferre
De lo personal a la comunidad. De la comunidad al mundo. Como una gota que cae en alta mar, así explica Dušan Šarotar (Murska Sobota, 1968) la posición del escritor de su tiempo y lugar. Un tiempo cargado con la historia del siglo XX en la literatura del siglo XXI, y un lugar signado por los desplazamientos de personas, de límites fronterizos, de parámetros para definir quiénes somos.
¿Cómo era Murska Sobota cuando eras un niño?
Así voy a empezar, mucho tiempo atrás: el primer libro, la primera novela que escribí, Potapljanje na dah, Apnea, está situada en el mar Adriático, en una isla solitaria de la que me atrajo por supuesto el mar pero sobre todo la gente, una comunidad pequeña, donde todos se conocen, viven en un pequeño pueblo, subsisten modestamente con la pesca, y por supuesto se trata de una comunidad muy cerrada, no llegás ahí y te enterás de todo enseguida, sino que estás ahí y seguís siendo turista. Pero nosotros fuimos durante muchos años, todos los años. Ya desde joven conocí a los viejos pescadores y de algún modo nos aceptaron entre ellos. Yo nunca había tenido la ambición de ser un escritor, pero quería algún día escribir sobre eso. Y así es como el primer libro fue sobre el mar.
Pero solo más tarde reconocí que lo que estaba buscando en el mundo, en el mar, era esto, Prekmurje. Y tal vez si no hubiera tenido esta experiencia, esta otredad, esta extranjería, si no hubiera viajado, quizá habría pasado por alto que en realidad Prekmurje es muy parecido: una pequeña comunidad en la que todos se conocen, donde predominan muchas reglas de comportamiento no escritas, muchas tradiciones y demás. A la vez, en Murska Sobota, la pequeña ciudad donde crecí, en los años ochenta estaban las primeras bandas de rock, el punk, las películas que venían de la ciudad a este lugar apartado, y entonces yo era, cómo diría… un chico díscolo. Y claro, con el rock y las bandas y esa actitud opositora no veía dónde vivía; más tarde, cuando empecé a escribir libros y ya vivía en Ljubljana, tuve una especie de parteaguas y me pregunté por qué escribía, para qué, cuál es el sentido de escribir. Y llegué a entender que ser escritor es algo que se consigue solo cuando tenés tu historia. Cuando hay algo que decir. Y tu historia significa que tenés que ponerte en contacto con lo que es más personal, lo más íntimo y privado, lo que es muy mío y me ha marcado. Creo también que esa historia tiene que corresponderse con el mundo. Con la comunidad, con la Historia, y cuando estas dos vías se unen, la escritura no sólo tiene significado sino también sentido, para mí, para la comunidad. Por eso creo que mi séptimo libro, El billar en el hotel Dobray –y esto no es algo que haya reflexionado en el momento, pero sí ahora a posteriori–, fue el primero que tuvo importancia cultural, porque con él comenzó a relatarse, a hablarse, a investigarse y sabemos ahora sobre la colectividad judía de Murska Sobota mucho más que cuando yo empecé a investigar para mi libro, en el año 2005, y por supuesto esto tiene también para mí un significado personal, me completa y le da sentido a mis actos.
De los años tempranos, cuando crecí en Murska Sobota, aún conservo el contacto con amigos y por supuesto con familiares, pero conservo sobre todo a mi ciudad natal como tópos, como un lugar mítico que a partir de una ciudad real da forma a una región ideal; y lo mismo ocurre con los personajes: escribí el libro para mi abuelo Franc Švarc, judío que sobrevivió al Holocausto, volvió a Murska Sobota y a las condiciones de vida de posguerra, cuando la colectividad judía había desaparecido, por supuesto, y sin duda yo me rebelaba profundamente ante los hechos históricos y por lo tanto los personajes están compuestos a partir de actores históricos reales transformados paulatinamente en personajes literarios.
¿Cómo fue el proceso de escritura de tu siguiente texto, la nouvelle Ostani z mano duša moja, Quédate conmigo, alma mía, y cuál su base histórica?
La primera imagen y figura clave es la del fotógrafo Julius Schoenauer, que es también, como ocurre con los personajes del libro anterior, una persona real, un fotógrafo de Šalovec que tenía allí su estudio fotográfico y retrataba funerales, bodas, soldados; en la vida cotidiana la gente le encargaba que los fotografiara. En 1944 fue deportado con su familia igual que mi abuelo a Auschwitz y allí murió. Años después de la Segunda Guerra Mundial, cuando demolieron su casa, descubrieron en el altillo rollos de fotos. Él revelaba en general sobre vidrio, ponía el negativo en el vidrio y se encontraron los negativos. Y en estas fotografías, cuando por casualidad estuve ante ellas, reconocí nuestros rostros; y más adelante, cuando seguí investigando para la última novela, Zvezdna karta, El mapa de las estrellas, examiné con mayor cuidado estas fotografías y averigüé más sobre la vida de Schoenauer, descubrí que él era un gran amigo de la familia de mi abuelo Franc que vivió sus primeros años en Šalovci, en Goričko, y después de la Primera Guerra Mundial se mudó a Murska Sobota. Eran vecinos y las dos familias eran amigas, y por supuesto Schoenauer hacía con frecuencia fotografías de esta familia, la de mi abuelo, y en realidad ninguno de nosotros en mi familia sabía que esas fotografías existían. Esto abrió por completo otra dimensión y por eso después decidí seguir profundizando y volver a escribir sobre un período anterior en el tiempo; es decir, si en Billar en el Dobray escribí sobre la Segunda Guerra Mundial y el final de la guerra, y sobre la vuelta de Švarc volvió como uno de los pocos sobrevivientes del campo, en El mapa de las estrellas retomé la historia anterior de mi abuelo: esas fotografías me permitieron acceder a su vida anterior a la Segunda Guerra Mundial, a su familia de entonces, su mujer y su hijo, que fueron asesinados en Auschwitz. Así que creo que cuanto más se profundiza, cuando se tiene la impresión de que la historia se ha agotado, algo vuelve a abrirse, alguna puerta abre algún secreto que no conocías y así se amplía el campo de relatos de esta comunidad desaparecida y cada vez más me parece que nada jamás desaparece y que nada jamás será olvidado.
Y esta literatura, igual que Ostani z mano… no es solamente un relato, sino que fue concebida como un poema; porque es el poema lo que puede llegar a tocar, desde la ética, las cuerdas más elevadas y trascendentes, lo esencial en la literatura. Esto no es sólo una forma de memoria, sino también una forma de duelo. Es decir, hemos llegado tan lejos de los hechos que nos parece que todo puede haberse olvidado un poco, y hay cada vez menos testigos vivos, menos sobrevivientes. Ahora hay una sola, una última sobreviviente de Auschwitz con vida en Murska Sobota, la señora Erika Fürst,[1] que tiene más de 90 años; pero podríamos decir que en sólo cuestión de horas, de segundos, no habrá más testigos entre nosotros. Y entonces habrá un movimiento: de testigos pasaremos a ser narradores. Por eso es tan importante escribir con la autenticidad –en lo posible– que nos dan los testigos de la historia, aunque la experiencia llega hasta donde empieza la imaginación. Donde la historia como tal se agota, aparece la poesía. Y yo creo que hay un momento en que tenemos que empezar a escribir el duelo, tenemos que empezar a despedirnos. No nos fue dado despedirnos, no pudimos, estas personas murieron sin tumba, sin nombre, y a través de la poesía de alguna manera nos despedimos. Y cuando este proceso de duelo termine, también habrá concluido esta historia.
Es inevitable que lo que estás relatando me refiera a la dictadura en la Argentina. Es una historia que no se puede cerrar, terminar, el duelo sigue, adopta distintas formas, el relato también. Y en la Argentina hay por supuesto negacionistas de las desapariciones y del terrorismo de Estado. En el caso de Eslovenia, parecería que la historia del Holocausto es europea, es de Prekmurje, pero no parece que fuera eslovena. ¿Cómo es la recepción de estos testimonios y del descubrimiento de estos hechos en el país?
Creo firmemente que hay un aspecto universal en la forma en que hacemos un duelo, en cómo nos despedimos. Es decir, las civilizaciones que tienen el mito de un tipo de literatura europea occidental, tienen la experiencia de que la creación literaria siempre esté dedicada a acompañar momentos claves. Al menos dos veces en la vida la poesía es necesaria, aún si no somos lectores de poesía: primero como canción de cuna y en segundo lugar como elegía. La literatura occidental como la conocemos tiene esta experiencia. Es más, en alguna entrevista, cuando le preguntaron por la literatura hoy, Amos Os ha dicho que la literatura europea occidental contemporánea es cada vez más fiction; hay cada vez menos grandes novelas y están separadas en los estantes de las librerías; él decía: hay fiction, poetry, politics, y demás, y en algún estante de abajo están estas novelas de Europa del Este.
Este tipo de literatura de Europa del Este, como la que se produce después de la guerra y se consolida en tiempos de disidencias era una literatura que tenía una fuerza increíble, creía que podía cambiar el mundo. Y Oz dice que el escritor de Europa del Este seguía siendo un profeta para la sociedad, se lo veía como a alguien que porta una antorcha y lleva la verdad y es digno de respeto y consideración, y también conlleva un poder político. Y estoy de acuerdo; de alguna manera sus declaraciones eran irónicas, porque decía que la literatura occidental inunda, hay más y más best sellers, literatura de género, y esa fuerza de la literatura como profética, como una verdad superior de la poesía, se está perdiendo. Pero dejemos eso.
Mientras haya poesía vamos a despedirnos a través de la poesía. Así ha sido en los regímenes dictatoriales en España, en América Latina, en todas partes.
En cuanto a la recepción en Eslovenia, mi monólogo interno es que en 2007, cuando se publicó Billar…, fue la primera novela sobre la suerte que corrió la colectividad judía, sobre todo en Murska Sobota pero también en Eslovenia en general. Hasta el año 2007 no teníamos ningún libro que hablara de eso, y podemos preguntarnos en qué mundo vivíamos si 70 años después de los hechos nadie había escrito ni hablado del tema. Esta sigue sin ser una historia eslovena, no es una historia que Eslovenia se haya apropiado. Sigue diciéndose que es una historia de Prekmurje, pero no es cierto. Para eludir el conflicto digo que es la historia europea, y si queremos aceptarla, debemos aceptarla como parte de la historia europea y no de Prekmurje.
Cuando se publicó la traducción eslovena del libro de Hanna Arendt, Eichmann en Jerusalem, me invitaron a la presentación. Esto fue poco después de que se publicara Billar… y una de las preguntas del público fue por qué ese libro era importante para los eslovenos si en Eslovenia no había judíos, no había habido Holocausto y no era parte de la historia eslovena. Interesante, ¿no? Es parte de la literatura canónica mundial, pero con toda claridad se preguntó ahí qué tenía que ver eso con nosotros, por qué deberíamos preocuparnos, inquietarnos con la publicación de ese libro. Y yo estaba sentado ahí como parte de la mesa, y tuve que insistir en que ese era un libro tan esloveno como croata, como francés, como polaco, como rumano, búlgaro o húngaro… no sé, también los eslovenos somos parte de esa historia. Y ahí caí en la cuenta de que en realidad éste no es el espacio donde esta historia pueda tener lugar, donde pueda revivirse y se la puedan apropiar. El poema, la novela que escribí, abrió la puerta que tanto tiempo estuvo cerrada. Y hoy, 15, 17 años después de publicado ese libro, y de haber seguido escribiendo sobre el tema, yo estaba convencido de que de algún modo algo se abriría y que ahora debería haber unos 10 o 15 escritores que escribieran sobre el tema también, pero no. Nadie ha escrito. Sí se han publicado muchos libros de historia, antropología, sociología, etnografía sobre la historia de los judíos en Prekmurje y en Eslovenia. Han resurgido dos colectividades judías; cinco años atrás no había en Ljubljana ninguna colectividad judía activa, y ahora tenemos dos: la liberal que conduce Robert Waltl, y la ortodoxa; tenemos dos sinagogas en Ljubljana. Y para decir algo más personal, mi madre, que está por cumplir 80 años, estuvo por primera vez en una celebración de Rosh Hashanah este último año nuevo judío, en la sinagoga de Lendava. Pasaron 80 años y una obra literaria que cambió todo. Y no es en absoluto por mí. La obra funciona y si es fuerte y auténtica de alguna manera cambia el mundo. No veo de qué manera. Pero no creo en esto de que la literatura ya no tenga un lugar. Es cierto que es cada vez más marginal, pero yo me lo explico así: si Prešeren, que fue completamente marginal –tenía 15 lectores–, no hubiera escrito poesía, seguramente la gente no podría decir que existe tal cosa como la poesía eslovena. Si Trubar no hubiera traducido esos pocos textos, no podríamos decir que tenemos lengua eslovena, para no hablar de qué habría pasado si Shakespeare no hubiera escrito. Y así podemos seguir, si Safo no hubiera escrito sus poemas… eso es clave. Y todo esto cuando ocurrió fue completamente marginal. Pero no puedo imaginarme que dentro de 300, 500, mil años, si aún hay lengua, si aún hay humanos, alguien leyera y dijera que alrededor del año 2000 no había poesía. Tenemos poetas que serán representativos del año 2000. Seguro tenemos algunos. Y diremos que no fue en vano. Es que ha habido largos períodos de los que podríamos decir que no hubo literatura. Es importante que aún si es completamente marginal, tenga la fuerza de transmitir a través del tiempo algo. Cuando un poeta escribe el primer verso, repite la historia de la lengua, inventa de nuevo toda la historia de la literatura, y por supuesto, transmite lo que ya fue mil años antes y 500 años antes y sigue adelante. Por eso es importante seguir escribiendo.
Drago Jančar dice en Severni sij que los centroeuropeos piensan que son parte de Europa; el traductor y crítico checo Aleš Kozar ha afirmado que Europa del Este se siente parte de Europa. ¿La Europa occidental siente que Europa del Este es parte de Europa? ¿Cómo ves la relación entre la Europa occidental y Europa del Este y Mitteleuropa?
Somos parte pero por largo tiempo hemos creído que somos algo especial. Vilenica[2] se creó con la idea de que Europa central tiene una tradición de alta literatura occidental y de democracia, y comprensión… y que a la vez somos parte de la tradición de Europa del Este. Esto viene sobre todo –y tengo que trazar una especie de mapa– del hecho de que fuimos parte del Imperio Austrohúngaro. Algo de Occidente, algo de Oriente. Jančar, como uno de los mayores representantes de la literatura centroeuropea, ha tenido la experiencia de hacer y entender a la literatura como disidente, profética, y al mismo tiempo, también como modernismo, esto que ha surgido en Occidente. Y estamos entonces probablemente entre corrientes… yo lo llamo un felpudo, en el medio, ante la puerta; cuando vas de Europa del Este te limpiás los zapatos en Eslovenia, y al revés, cuando vas de Europa del Este a Occidente, otra vez te limpiás los zapatos para no entrar embarrado sino bonito y blanco… Creo que eso está potenciado en Prekmurje, esto del felpudo. El río Mura es el contacto simbólico entre Oriente y Occidente. Y mi literatura es literatura del Este por su sentimiento, por su atmósfera, también por sus tonos poéticos, sombríos, modernistas y por su tema; pero por la forma en que escribo, es una parte de la literatura occidental. Aquí no sabemos de qué lado estamos, y eso es algo maravilloso, es una de las cosas más bellas. No me hago estas preguntas acerca de si somos Europa occidental u oriental, porque cuando vivís en la frontera y sos libre, podés ir a un lado o al otro, y al mismo tiempo te das cuenta de lo que es vivir en la frontera. Yo vivo en la frontera. La frontera donde está la lengua eslovena, el país donde suceden todas las grandes historias eslovenas, es donde todo se pierde, se funde, se superpone. La minoría eslovena en Porabje[3] era una minoría fuerte. Después de la Segunda Guerra Mundial quedaron del otro lado de la frontera… setenta años después sólo un par de personas habla esloveno. Desaparece… esta es la frontera. Cómo ser abierto y también proteccionista de la propia cultura. Es importante. La lengua no es sólo un instrumento con el que nos comunicamos, sino algo muy importante, es muy importante que se respete la lengua en las fronteras.
¿Cómo ves en ese sentido el tema de los refugiados, en Europa y en Eslovenia?
Con la ola más numerosa, 500 mil personas pasaron por Eslovenia. La gran mayoría de los eslovenos y la extrema derecha estaba unida, por supuesto decían que esto nos iba a hundir, que había que pararlos, que había que disparar sobre los refugiados, que esto iba a destruir a Eslovenia, a Europa; una gran teoría conspirativa, que todo estaba planeado para cambiar la forma de vida de Europa; los representantes de la extrema derecha hablaban abiertamente en el parlamento del así llamado Gran reemplazo, es decir que la izquierda colabora en la inmigración, importan y transportan refugiados, y así van a cambiar desde adentro la forma de vida europea y destruir la cultura europea y etcétera, etcétera, etcétera.
Quien conozca la historia del siglo XX, tan sólo la del siglo XX, se queda mudo ante esto. Qué significa esto de estigmatizar a la gente en forma planificada y a gran escala, decir que son peligrosos, que son ratas, y se los confina a campos de refugiados o campos de concentración, como sea. Esto siempre conduce a la catástrofe. Por eso creo que la recepción de estas historias para nada tranquilizadoras, como las que escribo, tendría que ser un recordatorio; todas las alarmas deberían sonar cuando vuelve a despertarse ese tipo de vocabulario. Hungría fue la primera en cerrar por completo todas sus fronteras con alambre de púas alrededor del país. Hay que decir que en 1945, al final de la guerra, cuando la Unión Soviética, entonces Rusia, marchó sobre Hungría, 270 mil húngaros emigraron en un par de días, y nadie les cerró las fronteras; los recibieron en Eslovenia, en Austria, en Francia, en toda la Europa occidental, en Estados Unidos. Y ahora, cuando estalló la guerra en Ucrania, los mismos que hablaban de que había que cerrar todas las fronteras y echar a los refugiados y no dejar entrar a nadie y pusieron alambre de púas también en Eslovenia, dijeron que de inmediato, en una semana, iban a recibir –y el número es una coincidencia azarosa, pero este es el cinismo de la historia, dijo el mismo número– 270 mil refugiados ucranianos. Y cómo y dónde alojar ahora a todas esas personas. Esto significaba vaciar todos los hospitales, residencias de estudiantes secundarios, escuelas, para alojarlos. Pero el cinismo es que los mismos que querían disparar sobre los que llegaban por las vías de los Balcanes, y que huían de Afganistán, de Siria, y así, a éstos, los ucranianos, quieren recibirlos. Con esto quiero ilustrar a qué locura se llega cuando se empieza a estigmatizar a las personas. Cuando estalló la crisis de la oleada de refugiados, fui a Rigonc, escribí una nota para la revista Mladina,[4] y en ese mismo momento pensé –se me despertó el mismo reflejo ético–, bueno, esto es, esta es la nueva imagen del éxodo, del holocausto; la ironía de la historia es que hace 70 años llevaron a la gente de Alemania a los campos en Polonia, y ahora la gente huye de Siria a Alemania. Qué rápido se dan vuelta las cosas, ¿no? Así que aquí no hay dilema. Es necesario recibirlos.
Y el mensaje para la Argentina es que después de la Segunda Guerra Mundial todos huyeron allá, tanto los nazis como sobrevivientes de los campos, o inmigración política.
En la Argentina hay también una inmigración importante de otros países de Latinoamérica, vienen a estudiar en la universidad, o a buscar mejor suerte, de Colombia, Perú, Venezuela, y por supuesto de Paraguay y Bolivia para no hablar de las migraciones internas por razones de trabajo…
En Panorama también escribí sobre los migrantes. Y sobre migrantes que no huyeron de la guerra o de la catástrofe; es que diariamente las personas migran en busca de una historia feliz, alguna forma de éxito, por trabajo, por oportunidades. Y esto siempre será así. Y si en principio acordamos que esto lo vamos a aceptar… nadie huye de su lugar sólo porque sí. Huyen porque allí no hay posibilidades de vida, o hay guerra o hay pobreza o hay sequía o inundaciones o regímenes autoritarios. Y esto siempre será así.
¿Y el futuro? En la maravillosa película de Arnaud des Pallières, Journal d’Amérique, hay un segmento en que él toma filmaciones de personas que van en busca de comida rápida, hamburguesas, papas fritas, mientras la voz en off habla de la vida de las estrellas y la inevitable tendencia de toda civilización a su propia destrucción.
Para el futuro la pregunta es si aún viviendo en el siglo XXI seremos capaces de encontrar alguna respuesta. Ahora las presiones sólo van a aumentar. O será imposible vivir en África por la pobreza, China ha comprado prácticamente toda África, o será el calentamiento, o por otro lado hay conflictos armados por todas partes. Las condiciones sólo pueden empeorar, pero la respuesta global… habrá que ver si seremos capaces de encontrarla. O si la única respuesta será este cataclismo y simplemente diremos sí, la historia se ha repetido, como todos los imperios han caído, éstos, los nuestros, también. Pero es difícil decir cuándo, cómo, ¿en 300 años? Nosotros hemos vivido por así decirlo durante la caída del imperio austrohúngaro, que se pensaba que era eterno. Y se hundió también el imperio romano y se hundió el babilónico. Tal vez también China caiga. Es un proceso que tal vez sea inevitable, que una civilización llegue a derrumbarse. Pero esto, no sé, no quiero creer en esta opción, que sea ineludible la destrucción. Lo ineludible debería ser encontrar una solución, pero definitivamente la solución no es construir altos muros alrededor de Europa, este es el último paso antes de la propia destrucción. Todo castillo que se ha cerrado en sí mismo, fue vencido.
Es amargo…
Sí, y la cuestión del poder que nos otorga ser Europa –unida–… se ha demostrado lo frágiles que son estas formaciones supranacionales; si bien tenemos libre circulación del capital, de personas, de mercancías y demás, en el momento en que llegó la epidemia, no pasaron segundos y todas las fronteras nacionales estaban cerradas, Alemania, Austria, Italia, todos hicieron regímenes fronterizos, las fronteras se cerraron, igual con los refugiados.
Cada país conservó las vacunas para sí, los equipos sanitarios para sí. Inmediatamente se vio que los estados nacionales se cerraron.
¿Y el problema no es entonces el estado nacional?
Esa es una de las cuestiones, de las grandes preguntas. Por un lado podríamos decir que las fronteras están de más, que hay que abrirlas, destruirlas, y esa es una respuesta amplia. Otra respuesta amplia es cómo renovar el estado nacional, un estado nacional poderoso que en su campo proteja los así llamados intereses nacionales, entre otros, la lengua, la cultura, la producción, los servicios. Y aquí sí tenemos un gran dilema, o destruir las fronteras o renovar los estados nacionales, porque el problema de tener muchos estados supranacionales como es la Unión Europea, o como era Yugoslavia, es que el estado supranacional tendría que tener… no tenemos una lengua en común –en teoría cada uno puede hablar en el parlamento su lengua y se lo traduce, pero es técnicamente imposible, en realidad todos hablan inglés–, no tenemos una esfera pública, medios de comunicación en común –como escribió Habermas–; no puedo encender el televisor y ver noticias europeas, no hay siquiera publicaciones periódicas en las que pueda encontrar una sección de euronews; lo mismo en la literatura o en la política o en cuestiones de ciudadanía: tenemos que tener una ciudadanía por país, no podemos ser europeos y ya. Además, no es igual en todas partes, la libre circulación no tiene los mismos estándares en todos lados. Entonces, la pregunta es si afirmar aún más este estado supranacional es mejor o peor… no hay respuesta. En todas partes, en realidad en todo el mundo, la derecha exige cerrar fronteras, echar a los extranjeros, eso es cada vez más fuerte.
Si no hubiera fronteras, ¿los eslovenos habrían conservado su lengua?
En realidad la lengua ha continuado, la cuestión está en cuánta literatura exportamos. Cuántas personas son hablantes del esloveno, y no exclusivamente eslovenas, y reconocen el valor de la lengua. Los lectorados de lengua eslovena son las embajadas más fuertes. El país con el cual tenemos las relaciones económicas más fuertes es en el que tenemos menos traductores: hay tres o cuatro traductores literarios del esloveno al alemán. En octubre, Eslovenia será el país invitado en la Feria de Francfort, uno de los mayores eventos internacionales en torno al libro. La literatura y la cultura eslovenas estarán en el centro del mercado del libro mundial durante algunos días; espero que este evento tenga efectos de largo plazo en el conocimiento y en consecuencia la traducción de la literatura eslovena a muchas otras lenguas.
Notas
[1] Los libros de Dušan Šarotar desencadenaron un gran movimiento por la memoria local, en Murska Sobota pero también en Ljubljana. Entre otras cosas, la Radio y Televisión Eslovena hizo una serie de entrevistas a sobrevivientes; entre las entrevistadas está la señora Erika Fürst. Esta y otras entrevistas audiovisuales pueden verse en: https://365.rtvslo.si/arhiv/pricevalci/174636881.
[2] El festival internacional Vilenica, en Eslovenia, otorga desde 1986 un premio mayor a autores centroeuropeos de narrativa y ensayo. (https://vilenica.si/en/about-vilenica/)
[3] Se trata de la región más occidental de Hungría, donde vive una colectividad eslovena.