Alejandro Ariel González
En la historia de los pueblos hay textos que desempeñan un papel especial, tanto por su valor intrínseco como por ser una arena permanente de disputa a lo largo del tiempo. Esos textos acompañan el decurso de una nación y las distintas generaciones dialogan con ellos para posicionarse en su presente, para explicarse a sí mismos, para fijarse tareas, para trazar mundos posibles y, también, mundos indeseables.
En Rusia, uno de esos textos, acaso el más importante en este sentido, es el Domostrói, es decir, Libro de la economía doméstica, concebido en el siglo XVI en la ciudad de Nóvgorod.

El Domostrói es un compendio de reglas y preceptos religiosos, morales, sociales, familiares, domésticos que apuntan al ideal de un mundo armónico y ordenado a partir de círculos concéntricos: el hogar, la familia, la sociedad, la Iglesia, el Estado.
Si bien existían traducciones del Domostrói a lenguas extranjeras, no ha sido sino hasta junio de 2023, gracias a la iniciativa de Enrique J. Vercher García y Ediciones Complutenses, que los lectores hispanohablantes podemos acceder finalmente a una versión castellana.
La edición, digámoslo en primer lugar, es un lujo en cuanto a su presentación. Los responsables comprendieron que un texto de estas características no puede ser lanzado al mercado sin una minuciosa presentación que contemple diferentes planos (histórico, social, cultural, lingüístico, ideológico) y sin un importante aparato crítico que guíe la lectura.
Así, en la página 13 encontramos una nota («Al lector») de Tatiana Vítautasovna Chumakova, catedrática de Filosofía de la Universidad de San Petersburgo, en la que da la bienvenida a la edición castellana y explica en sucintas palabras la estructura tripartita del Domostrói: «espiritual» (capítulos 1-15),[1] «mundana» (capítulos 16-29)[2] y «doméstica» (capítulos 30-63).[3]
«La educación en la Edad Media rusa» es el texto que sigue a continuación (pp. 15-24), a cargo del Prof. Dr. Ángel Luis Encinas Moral, de la Universidad Complutense de Madrid. Aquí el autor ofrece un somero panorama sobre las ideas y las polémicas que se suscitaron en Rusia a partir del siglo XVI, cuando el estado de Moscovia comienza a erigirse como una entidad política y religiosa autónoma; aquí se sientan las bases de concepciones determinantes en la historia política rusa: Moscú como Tercera Roma, la «bizantización» del poder ruso, las relaciones entre Iglesia y Estado, la relación de Rusia con las ideas provenientes de la Europa renacentista. El Domostrói, en esta línea, es producto de la necesidad de reglar la vida civil y cotidiana de los habitantes de las ciudades.
La «Introducción» (pp. 25-77), realizada por el Dr. Enrique J. Vercher García, traductor del texto ruso, brinda un panorama muy completo tanto para el lector especializado como para quien toma por primera vez contacto con este documento. Aquí se aclara la naturaleza de la obra:
«Habla de la relación del hombre ideal con Dios y la Iglesia, de la debida obediencia al zar, de cómo hay que comportarse con los invitados y en sociedad, de cómo mantenerse ordenada y limpia la casa, de las relaciones entre los miembros de la familia y con los criados, de cómo gestionar la hacienda y los gastos, y también de cuestiones relacionadas con los alimentos y la comida» (pág. 26).
También se señala un rasgo muy interesante:
«Se trata de un texto singular ya por el hecho de que suponga una obra civil en una época dominada por los escritos religiosos y jurídico-administrativos. Un monumento único que nos abre las puertas a conocer numerosos aspectos de la vida privada del pueblo ruso en la época de Iván IV el Terrible […]. El Domostroj es, pues, una fuente indispensable para entender la realidad de la familia y la sociedad de la Rusia de aquellos tiempos, o más exactamente del ideal de familia y sociedad de sus autores» (id.).
A partir de ahí, Vercher García se adentra en el contexto histórico y social («La Rusia de los tiempos del Domostroj», pp. 27-46), en el origen de la obra («Historia del texto y del autor», pp. 46-52), en sus «Fuentes, estructura, contenido y estilo» (pp. 52-59), en su recepción a lo largo del tiempo («Del Domostroj, y de sus fortunas y adversidades», pp. 59-67) y en los criterios de edición y traducción de la versión castellana («Observaciones sobre la traducción», pp. 67-69). Acompaña el texto una exhaustiva bibliografía en ruso y otras lenguas (pp. 69-76) y una relación de las ediciones impresas del Domostrói en Rusia y otros países (pp. 76-77).
En este recorrido, Vercher García demuestra un sólido conocimiento del tema y lo expone de un modo claro y didáctico.
Entre las páginas 79 y 162 se ofrece la traducción del texto, que comprende 64 capítulos (como aclara el traductor, la edición que se toma es la llamada redacción de Silvestre, en su versión del manuscrito Konshin). Los criterios de traducción nos parecen acertados, pues gracias a ellos se conserva en gran medida el estilo del original, la distancia que nos separa de aquel mundo, las realias propias de este y, a la vez, la prosa resultante es fácilmente accesible a un lector contemporáneo. El balance entre original y recepción contemporánea es óptimo. Las notas explicativas y las referencias bibliográficas, si bien son necesariamente muchas, no resultan invasivas y aportan información adicional de gran valor. Como un detalle que se agradece, el libro viene acompañado de bellas ilustraciones que aligeran la lectura y le dan al lector la posibilidad de sumirse más profundamente en la época. Acaso habría sido deseable un criterio de transliteración más amigable con los lectores hispanohablantes y más alejado de las normas académicas, que presentan palabras prácticamente impronunciables para quien no conozca las lenguas eslavas, o las hace sonar de un modo distinto al original (sin ir más lejos, el propio título: Domostrói/Domostroj).[4]
En resumidas cuentas, no queda sino celebrar esta iniciativa que, además de su excelente realización, está llamada a cubrir un vacío muy importante en nuestra lengua.
Notas
[1] El tenor de estos capítulos, por ejemplo, es este: «Cómo amar a Dios con toda el alma y a nuestro prójimo, y cómo temer a Dios y recordar la hora de nuestra muerte» (cap. 4).
[2] Por ejemplo: «Cómo debe vivir cualquier persona teniendo en orden las cuentas» (cap. 26).
[3] Por ejemplo: «De cuánto y cuándo debe aprovisionar el marido, incluido para días de ayuno, y cómo ha de conservarlo» (cap. 43).
[4] La tensión entre norma académica y grafía castellana se manifiesta en que incluso los autores transliteran a veces de un modo y, a veces, de otro: «Roždestvenskaja» y «Rozhdestvenskaja» en apenas cuatro líneas de diferencia (pág. 69); «Opríchnina» (pág. 32), pero «mestničestvo» (pág. 33); «Andréi Kurbski» (pág. 23), pero «Andrej Kurbskij» (pág. 44), etc.